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https://www.poringa.net/posts/relatos/6349193/Dormi-con-la-Pija-Apoyado-en-el-Culo-de-Mama.html
La tarde en Rosario caía espesa y dorada. Eran casi las 6 PM y el sol todavía pegaba fuerte contra las ventanas, convirtiendo la casa en un sauna. El calor se filtraba por todos lados: en las baldosas frías, en las paredes descascaradas y especialmente en la piel.
Lucas llegó desde la parada del colectivo 153, mochila al hombro, transpirado pero de buen humor. Abrió la puerta de calle y se quedó congelado en la entrada del living.
María estaba completamente desnuda. En bolas total. Su cuerpo de cincuenta y seis años se exhibía sin ninguna vergüenza mientras doblaba ropa sobre la mesa grande del living. Sus tetas grandes y pesadas colgaban naturales, balanceándose con cada movimiento. Los pezones oscuros y anchos. La panza suave y redonda, las caderas anchas, el culo carnoso y generoso, y la concha con un triangulito de pelo negro natural, ligeramente húmeda. Sus piernas fuertes, con algunas várices visibles, terminaban en pies descalzos sobre el piso caliente.
—…¿Mamá? —preguntó Lucas, cerrando la puerta despacio, con la voz ronca y los ojos clavados en ella—. ¿Por qué estás así?
María levantó la vista con una naturalidad que ella misma no terminaba de creerse. Siguió doblando una remera de él.
—Porque sí, m’hijo. Por vos —contestó con voz calmada, aunque se le notaba un leve temblor—. Hace un calor del carajo, estoy más cómoda sin nada, y total… ya no tiene sentido seguir disimulando. Ya me viste, me tocaste y me chupaste todo. Ya no soy solo tu mamá… soy también esto que ves.
Lucas sintió cómo la sangre se le iba toda a la pija, que empezó a endurecerse dolorosamente dentro del jean.
—Puta madre, mamá… estás re buena —murmuró, acercándose lentamente, casi hipnotizado.
María soltó una risita corta, mezcla de vergüenza y orgullo nuevo.
—No digas pavadas. Soy una vieja de cincuenta y seis con várices y todo. Pero sí… sé que te gusta mirarme. Por eso decidí estar así cuando llegues. Si igual vas a querer frotarte o tocarme, prefiero estar fresca y cómoda en mi propia casa.
Lucas se puso detrás de ella y apoyó las manos con posesión en sus caderas anchas y sudadas.
—¿Puedo tocarte? —preguntó con voz baja y cargada.
—Podés —respondió ella sin dejar de doblar ropa—. Pero acordate de la regla, Lucas: nada adentro. Ni dedos, ni pija, ni nada. Ni en la concha ni en el culo. Solo por afuera. ¿Estamos claros?
—Estamos, mamá.
Lucas se sacó la mochila, se lavó las manos rápido en la pileta y volvió. Se bajó el jean y los boxers hasta los tobillos. Su pija gruesa, venosa y completamente dura saltó libre, goteando precum.
Se pegó detrás de su mamá desnuda y apoyó la verga caliente entre sus nalgas grandes y suaves. Empezó a frotarse lento, deslizando toda su longitud entre las carnes calientes y húmedas de sudor.
María separó un poco más los pies para darle mejor acceso y siguió doblando ropa, aunque su respiración se volvió más pesada.
—¿Cómo te fue en la facultad? Contame mientras hacés… pero no me ensuciés la ropa limpia.
—Bien, mamá… —jadeó Lucas, frotando con más firmeza, abriendo las nalgas con las manos—. Aprobé el parcial anterior y hoy también me fue bien. Creo que voy piola este cuatrimestre.
—Qué bueno, mi amor —dijo ella con genuino orgullo maternal, moviendo el culo en círculos lentos contra la pija de su hijo—. Seguí así. Tu mamá se rompe el lomo limpiando casas para que vos puedas estudiar y tener un futuro mejor. Y si necesitás desahogarte con mi cuerpo… acá estoy. Desnuda para vos. Ya no hay secretos entre nosotros.
La escena era surreal y altamente erótica: María doblando ropa como si nada, hablando de la vida cotidiana, mientras su hijo le frotaba la pija cada vez más fuerte entre las nalgas.
Lucas le agarró las tetas desde atrás, apretándoselas con fuerza, tironeando los pezones mientras follaba el espacio entre sus cachetes.
—Uff… qué culo tenés, mamá… tan grande, tan blando y caliente… me volvés loco.
—Callate, boludo —lo retó ella, aunque empujaba el culo hacia atrás buscando más presión—. No me digas esas cosas sucias. Soy tu mamá, no una mina cualquiera. Solo usame para frotarte y terminá rápido que tengo que guardar todo esto.
A pesar de sus palabras, María estaba empapada. Sus jugos le brillaban en los labios hinchados de la concha. Lucas aceleró, abriendo completamente sus nalgas para que la cabeza hinchada rozara directo contra su ano y bajara hasta los labios de la concha, sin entrar.
—Estás chorreada, mamá… te encanta esto aunque lo niegues.
—Claro que estoy mojada… mirá lo que me hacés —admitió bajito, casi avergonzada—. Pero no me entrés. Solo frotá. Usá mis nalgas y mis tetas.
Lucas le apretó las tetas más fuerte, follándole el canal entre las nalgas con movimientos largos y potentes. El sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenaba el living.
—¿Qué querés comer esta noche? —preguntó ella, casi sin aliento, doblando una toalla con manos temblorosas.
—Milanesas, mamá…
—Entonces después salgo a comprar carne… Ay, Dios… frotá más despacio un rato, que me estás dejando el culo todo baboseado…
Cuando sintió que él estaba cerca, María abrió más las nalgas con sus propias manos.
—Correte donde quieras… pero afuera. En el culo o en la espalda.
Lucas soltó un gemido ronco y profundo. Chorros espesos, calientes y abundantes salieron disparados sobre las nalgas de su mamá, entre ellas, salpicando su ano y bajando hacia la concha. Siguió frotándose mientras se vaciaba completamente, marcándola.
María se quedó quieta, sintiendo el semen caliente escurriéndose por su piel. Cerró los ojos un momento, procesando la mezcla de vergüenza, placer y una extraña sensación de entrega.
—Mirá cómo me dejaste otra vez… —murmuró con tono cansado pero cariñoso—. Andá a buscarme el trapo húmedo, m’hijo. Y después ayudame a guardar la ropa.
Lucas le besó el hombro con ternura.
—Te quiero, mamá.
Ella suspiró y sonrió apenas, todavía desnuda y marcada con su semen.
—Yo también te quiero, boludo. Aunque me estés volviendo loca. Aunque cada día me cueste más distinguir dónde termina la mamá y empieza la mujer que te desea.
La tarde seguía avanzando en Rosario, calurosa y lenta. María ya estaba cambiando. De a poco, sin poder evitarlo, se estaba entregando cada vez más a ese deseo prohibido. Ya no solo lo permitía. Empezaba a buscarlo. Y ese pensamiento la llenaba de miedo… y de una excitación que nunca antes había conocido.
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La tarde en Rosario caía espesa y dorada. Eran casi las 6 PM y el sol todavía pegaba fuerte contra las ventanas, convirtiendo la casa en un sauna. El calor se filtraba por todos lados: en las baldosas frías, en las paredes descascaradas y especialmente en la piel.
Lucas llegó desde la parada del colectivo 153, mochila al hombro, transpirado pero de buen humor. Abrió la puerta de calle y se quedó congelado en la entrada del living.
María estaba completamente desnuda. En bolas total. Su cuerpo de cincuenta y seis años se exhibía sin ninguna vergüenza mientras doblaba ropa sobre la mesa grande del living. Sus tetas grandes y pesadas colgaban naturales, balanceándose con cada movimiento. Los pezones oscuros y anchos. La panza suave y redonda, las caderas anchas, el culo carnoso y generoso, y la concha con un triangulito de pelo negro natural, ligeramente húmeda. Sus piernas fuertes, con algunas várices visibles, terminaban en pies descalzos sobre el piso caliente.
—…¿Mamá? —preguntó Lucas, cerrando la puerta despacio, con la voz ronca y los ojos clavados en ella—. ¿Por qué estás así?
María levantó la vista con una naturalidad que ella misma no terminaba de creerse. Siguió doblando una remera de él.
—Porque sí, m’hijo. Por vos —contestó con voz calmada, aunque se le notaba un leve temblor—. Hace un calor del carajo, estoy más cómoda sin nada, y total… ya no tiene sentido seguir disimulando. Ya me viste, me tocaste y me chupaste todo. Ya no soy solo tu mamá… soy también esto que ves.
Lucas sintió cómo la sangre se le iba toda a la pija, que empezó a endurecerse dolorosamente dentro del jean.
—Puta madre, mamá… estás re buena —murmuró, acercándose lentamente, casi hipnotizado.
María soltó una risita corta, mezcla de vergüenza y orgullo nuevo.
—No digas pavadas. Soy una vieja de cincuenta y seis con várices y todo. Pero sí… sé que te gusta mirarme. Por eso decidí estar así cuando llegues. Si igual vas a querer frotarte o tocarme, prefiero estar fresca y cómoda en mi propia casa.
Lucas se puso detrás de ella y apoyó las manos con posesión en sus caderas anchas y sudadas.
—¿Puedo tocarte? —preguntó con voz baja y cargada.
—Podés —respondió ella sin dejar de doblar ropa—. Pero acordate de la regla, Lucas: nada adentro. Ni dedos, ni pija, ni nada. Ni en la concha ni en el culo. Solo por afuera. ¿Estamos claros?
—Estamos, mamá.
Lucas se sacó la mochila, se lavó las manos rápido en la pileta y volvió. Se bajó el jean y los boxers hasta los tobillos. Su pija gruesa, venosa y completamente dura saltó libre, goteando precum.
Se pegó detrás de su mamá desnuda y apoyó la verga caliente entre sus nalgas grandes y suaves. Empezó a frotarse lento, deslizando toda su longitud entre las carnes calientes y húmedas de sudor.
María separó un poco más los pies para darle mejor acceso y siguió doblando ropa, aunque su respiración se volvió más pesada.
—¿Cómo te fue en la facultad? Contame mientras hacés… pero no me ensuciés la ropa limpia.
—Bien, mamá… —jadeó Lucas, frotando con más firmeza, abriendo las nalgas con las manos—. Aprobé el parcial anterior y hoy también me fue bien. Creo que voy piola este cuatrimestre.
—Qué bueno, mi amor —dijo ella con genuino orgullo maternal, moviendo el culo en círculos lentos contra la pija de su hijo—. Seguí así. Tu mamá se rompe el lomo limpiando casas para que vos puedas estudiar y tener un futuro mejor. Y si necesitás desahogarte con mi cuerpo… acá estoy. Desnuda para vos. Ya no hay secretos entre nosotros.
La escena era surreal y altamente erótica: María doblando ropa como si nada, hablando de la vida cotidiana, mientras su hijo le frotaba la pija cada vez más fuerte entre las nalgas.
Lucas le agarró las tetas desde atrás, apretándoselas con fuerza, tironeando los pezones mientras follaba el espacio entre sus cachetes.
—Uff… qué culo tenés, mamá… tan grande, tan blando y caliente… me volvés loco.
—Callate, boludo —lo retó ella, aunque empujaba el culo hacia atrás buscando más presión—. No me digas esas cosas sucias. Soy tu mamá, no una mina cualquiera. Solo usame para frotarte y terminá rápido que tengo que guardar todo esto.
A pesar de sus palabras, María estaba empapada. Sus jugos le brillaban en los labios hinchados de la concha. Lucas aceleró, abriendo completamente sus nalgas para que la cabeza hinchada rozara directo contra su ano y bajara hasta los labios de la concha, sin entrar.
—Estás chorreada, mamá… te encanta esto aunque lo niegues.
—Claro que estoy mojada… mirá lo que me hacés —admitió bajito, casi avergonzada—. Pero no me entrés. Solo frotá. Usá mis nalgas y mis tetas.
Lucas le apretó las tetas más fuerte, follándole el canal entre las nalgas con movimientos largos y potentes. El sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenaba el living.
—¿Qué querés comer esta noche? —preguntó ella, casi sin aliento, doblando una toalla con manos temblorosas.
—Milanesas, mamá…
—Entonces después salgo a comprar carne… Ay, Dios… frotá más despacio un rato, que me estás dejando el culo todo baboseado…
Cuando sintió que él estaba cerca, María abrió más las nalgas con sus propias manos.
—Correte donde quieras… pero afuera. En el culo o en la espalda.
Lucas soltó un gemido ronco y profundo. Chorros espesos, calientes y abundantes salieron disparados sobre las nalgas de su mamá, entre ellas, salpicando su ano y bajando hacia la concha. Siguió frotándose mientras se vaciaba completamente, marcándola.
María se quedó quieta, sintiendo el semen caliente escurriéndose por su piel. Cerró los ojos un momento, procesando la mezcla de vergüenza, placer y una extraña sensación de entrega.
—Mirá cómo me dejaste otra vez… —murmuró con tono cansado pero cariñoso—. Andá a buscarme el trapo húmedo, m’hijo. Y después ayudame a guardar la ropa.
Lucas le besó el hombro con ternura.
—Te quiero, mamá.
Ella suspiró y sonrió apenas, todavía desnuda y marcada con su semen.
—Yo también te quiero, boludo. Aunque me estés volviendo loca. Aunque cada día me cueste más distinguir dónde termina la mamá y empieza la mujer que te desea.
La tarde seguía avanzando en Rosario, calurosa y lenta. María ya estaba cambiando. De a poco, sin poder evitarlo, se estaba entregando cada vez más a ese deseo prohibido. Ya no solo lo permitía. Empezaba a buscarlo. Y ese pensamiento la llenaba de miedo… y de una excitación que nunca antes había conocido.
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