¿Se acuerdan del dato que estaba esperando el día que recibí la llamada del Cholo desde la cárcel? Al final me llegó. Fue Julio quien me lo pasó: el socio que una tarde llegó a la oficina enajenado, con ganas de romper todo porque la grúa lo había dejado esperando por más de tres horas.
Después de “atenderlo” con la experiencia y profesionalidad que me caracterizan, recuperó la calma, terminó pidiéndome disculpas por sus exabruptos y, sobre todo, quedamos como amigos.
El dato era sobre una flota de taxis, unos veinte vehículos. El dueño quería cambiar de compañía y Julio, que había trabajado para él antes de tener su propio taxi, me recomendó.
El dueño se llama Tony, un tipo que debe estar más ocupado que el presidente, porque me cambió hasta tres veces la fecha y hora de la reunión.
Finalmente, cuando me confirmó, después de tantas idas y vueltas, dejé todo y me fui hasta su oficina en la calle Ecuador, decidida a conseguir esas pólizas.
El lugar parece una concesionaria. Me atiende una secretaria, que me toma los datos y me hace esperar en un espacio por el que pasan empleados constantemente.
Después de unos diez o quince minutos se abre la puerta de la oficina y salen dos hombres: uno de traje y el otro de jean y camisa. Se despiden con un apretón de manos; seguro acaban de cerrar algún negocio. El de traje se va, así que el que se queda, de camisa, debe ser Tony.
De unos 60 años, robusto, panzón, pelo negro teñido, largo atrás, ralo adelante, y con un bigotazo que le da cierta onda de actor porno de los setenta.
Se da cuenta de que estoy sentada esperando y se me queda mirando.
-La señora (mi apellido) lo está esperando-le informa la secretaria.
-Ah sí, la del seguro, ¿no?-
-La misma…- le confirmo levantándome -Julio nos puso en contacto-
-Ese Julito…- repone mirándome de una forma a la que ya estoy acostumbrada -Si hubiera sido más específico, te citaba antes…-
Le indica a la secretaria que no le pase llamadas, que no está para nadie, y entramos a su oficina. Me invita a sentarme y me pregunta si quiero un trago.
-Son las once de la mañana…- observo, con una sonrisa.
-No hay horario para un Etiqueta Azul…- responde, acercándose a un bar bastante bien provisto.
-Bueno, dale, te acepto uno…- le digo, para no despreciarlo.
Sirve dos vasos, me da el mío y se sienta con el suyo al otro lado del escritorio.
-Y bueno, a ver… empezá a venderte…-
Entre dimes y diretes, y tras casi una hora de negociar esto, lo otro y lo de más allá, llegamos a un acuerdo: la flota completa iba a ser asegurada por mí.
-Tenía razón Julito, sos muy buena en lo tuyo…- dice, tras sellar el acuerdo con un apretón de manos.
Ya me estaba levantando para despedirme cuando me suelta:
-¿Sabés qué? Me gustó tu trato, tu forma de negociar… Tengo una colección de autos clásicos. Me gustaría asegurarlos con vos también...-
-Sí, claro. ¿Cuándo podría verlos?-
-Ahora mismo, si no estás apurada…- responde, agarrando un juego de llaves del escritorio.
Salimos de la oficina. Antes se baja de un trago el vaso de whisky. Yo apenas me mojo los labios.
Le dice a su secretaria que vamos a estar en la cochera y entramos a un ascensor. Habilita con una llave el segundo sótano y bajamos.
El primero es para los taxis, la flota que voy a asegurar. El segundo, para su colección privada: un Chevrolet Corsa, un Falcón, un Torino, un Fiat 600, un Dodge 1500, un Peugeot 504, un Citroën 3CV, todos restaurados a nuevo, como si nunca hubiesen salido de la fábrica.
Las luces de la cochera tienen sensor de movimiento y se van encendiendo a medida que avanzamos, por eso el último que veo, bien al fondo, como escondido, es un Renault 12 rojo.
Me emocioné al reconocerlo, ya que mi tío Carlos tenía uno igual, del mismo color incluso.
-¿Te gusta?- me pregunta Tony al notar mi interés.
Guardo silencio por un momento, rodeando el auto, acariciando la carrocería, tratando de recuperar los recuerdos de aquellos años tan maravillosos.
-No lo vas a creer, pero en uno igual a este… tuve mi primera vez...- le digo entonces, directa, sin filtro.
No es cierto, no me desvirgaron en un auto. Pero por alguna extraña razón me sentí tentada a incitarlo de esa manera. Y aunque mi tío no me hizo mujer en el interior de un Renault, sí que habíamos pasado buenos momentos en un auto como aquel.
Lo recordaba pasándome a buscar para ir a un telo cuando ya había cumplido los dieciocho, o llevándome a su casa cuando la tía Edith no estaba, antes de cumplirlos.
-¿Puedo ver el interior?- le pregunto.
Él mismo abre la puerta y se queda parado ahí, como invitándome a acercarme.
Me inclino para mirar adentro, parando la cola hacia su lado.
No sé por qué, si por los recuerdos, si porque se me vino encima todo lo vivido con mi tío, pero de repente me dieron ganas de cogerme a ese tipo ahí mismo, en esa cochera semioscura, en un auto que formaba parte importante de mis recuerdos de juventud.
Obviamente él me había llevado al sótano para lo mismo. No soy tonta. Quizás no para cogerme de entrada, pero sí para intentar alguna artimaña de seducción. Así que le iba a facilitar la tarea.
-Hasta huele igual…- le digo, todavía reclinada, dejándolo contemplar libremente toda la parte posterior de mi cuerpo.
Todavía debe estar procesando mis palabras, porque no dice nada. Aunque puedo sentir su mirada clavada en mí, recorriendo la curva de mi espalda y la forma en que mi culo se levanta tentador mientras me inclino más hacia el interior del coche.
-¿Y estuvo bien…? Digo, tu primera vez- me pregunta con voz más grave.
-La mejor experiencia de mi vida…- le contesto -Aunque extrañamente nunca más volví a hacerlo en un auto…-
Siento el calor de su cuerpo detrás de mí. No me toca, pero está lo bastante cerca como para que su presencia me erice la piel. El olor a cuero del tapizado se mezcla con su perfume.
-¿Te gustaría rememorar ese momento?- me propone, apoyando una mano en mi cintura.
Me levanto, pero no se la aparto. Dejo que me siga tocando.
-¿Qué me estás queriendo decir, Tony?- le replico, mirándolo seriamente.
-Nada. Solo que tuviste una linda experiencia en un auto como este… Podemos revivirla-
-¿Revivirla cómo?-
-Tal como fue…-
-¿Cogiendo, querés decir?-
Asiente con una sonrisa perversa.
-¿Estás loco, Tony? Mirá si baja uno de tus empleados y nos descubre… me muero…-
No le digo que se está propasando, que lo que me propone está fuera de lugar, que es un zarpado… No. Sino que me preocupa que nos descubran.
-Nadie viene a esta cochera sin mi autorización- me asegura.
-¿En serio?-
-Soy el único que tiene la llave…-
Lo miro haciéndome la indecisa, como si estuviera a punto de tomar una decisión de alto riesgo. Entonces, sin decir nada, me saco el blazer, lo dejo sobre el techo y, agachándome, me meto en el auto.
Cuando está a punto de meterse conmigo, lo freno poniéndole una mano en el pecho.
-¿Qué pasó? ¿Te arrepentiste?- se sobresalta.
-Primero lo primero…- le sonrío.
Sentada, con las piernas hacia afuera, le desabrocho el pantalón. Tony suelta una exclamación cuando le meto la mano adentro para sacarle la pija. La tiene toda mojada, medio gomosa todavía, pero cuando se la empiezo a chupar se le pone como un fierro.
Él se mantiene ahí parado, un brazo apoyado en la puerta abierta y el otro en el techo, mientras le doy una chupeteada que le arranca unos jadeos por demás excitados.
Me desabrocho entonces la camisa, me suelto el corpiño, que tiene un botoncito adelante, y juntándome los pechos con las manos, le hago una turca.
-¡La puta que te parió, Julito! ¿Por qué no me avisaste antes…!- exclama divertido.
Entonces me saca la pija de entre las tetas y, agarrándome de los pelos, me la hace comer hasta que mi nariz se hunde en la mata oscura y espesa de sus pendejos.
-¡¡¡Aaagggghhhhh… Aaagggghhhhh… Aaagggghhhhh…!!!- me atraganto, casi lagrimeando.
Cada porongazo me rebota en la glotis, haciendo que mi saliva salte para todos lados. Cuando me la saca de la boca, toda embadurnada con mis babas, suspiro aliviada:
¡¡¡Ahhhhhhhhhh…!!!
Me subo la minifalda, me corro a un costadito la bombacha y, recostándome de espalda, me ofrezco toda húmeda y caliente. Él se pone de rodillas, se inclina entre mis piernas y me chupa la concha voraz, desaforado.
Me trabaja con la lengua y los dedos, arrancándome unos gemidos por demás excitados.
-¡Tony… decime que tenés forros!- le digo cuando la calentura me supera y ya no puedo controlarme más.
La cara cuando se asoma por entre mis muslos, el bigote mojado con mi caldo íntimo, lo dice todo. No, no tiene forros.
-No importa, vení, cogeme igual, pero acabá afuera...- le advierto.
Se baja el pantalón hasta las rodillas y echándose sobre mí, en el interior del Renault, me la clava con un fuerte empujón.
Es un buen cogedor Tony. Se mueve de una forma con la que no solo busca su propio disfrute, sino también el mío, golpeándome el clítoris cada vez que se hunde hasta lo más profundo.
Yo tengo los pies apoyados en el estribo, pero enseguida los levanto y, rodeando su ancho y pesado cuerpo, me muevo con él, sintiendo cómo la pija rebota brutalmente en mi interior.
El olor a cuero del tapizado, al aceite de autos, el ruido de los fluorescentes… todo se conjuga para hacer de aquel un momento deliciosamente erótico.
-¡¡¡Dale... Dale... Cogeme... Siiiiiii... Toda... Dámela toda... Siiiiii... Ahhhhhhh...!!!- lo exacerbo, guiándolo hacia un polvo urgente, necesario.
Y aunque se lo había advertido, me acaba adentro. Igual no importa, hace unos pocos días me cambié el parche, así que dejo que se descargue por completo en mi interior, disfrutando ambos de un orgasmo que, aunque inesperado, rebosa intensidad y vehemencia.
-¡Qué rico polvo, Tony…!- le digo entre plácidos suspiros, para luego besarlo con genuino sentimiento.
No se parece en nada a mi tío Carlos, mi tío era un churro bárbaro, pero su forma de ser, su trato… por un momento me pareció volver a estar con él.
-Mariela, no exagero si te digo que sos la mejor agente de seguros con la que me ha tocado trabajar- me elogia.
-Podés decirme Mary…- le digo, sonriendo, todavía impactada por el orgasmo.
Nos volvemos a besar, jugosa, intensamente. Cuando se levanta, me acaricio la concha, notando como la leche empieza a derramarse.
-¿Y, cómo estuvo? ¿Más o menos como tu primera vez?- me pregunta mientras se sube el pantalón y se lo abrocha.
Yo también me levanto, me acomodo la bombacha, me bajo la mini, la aliso por los lados y me lo quedo mirando como diciendo: ¿en serio te la creíste?
-Tony, no me desvirgaron en un auto…-
Se me queda mirando sin entender.
-Cuando nos saludamos en tu oficina supe que vos y yo íbamos a terminar cogiendo. ¿Por qué no acá?-
-¡Cómo me hiciste entrar...!-
-¿Me vas a decir que me hiciste bajar hasta acá solo para mostrarme los autos…?- le replico, poniéndome el blazer.
Su sonrisa lo dice todo...
Mientras subimos en el ascensor, tratando de arreglarnos lo mejor posible, tras habernos revolcado en el asiento trasero de un auto, Tony me abraza, y pegándome a su cuerpo, me propone:
-Tenemos que ir a un telo, para tener más tiempo y estar más cómodos...-
-Dale, llamame en la semana y arreglamos- le digo, besándolo.
Me suelta justo cuando la puerta se abre en el piso principal. Salimos y no solo siento la mirada de la secretaria, sino también de los empleados que pasan por ahí, y de un par de personas que están esperando en dónde yo había estado sentada antes. Todos se dan cuenta que estuvimos cogiendo. Se nota no solo en el rubor de nuestras caras, sino también en algún desarreglo de la ropa, ya que a mí por ejemplo me había quedado la mini toda arrugada.
Me despido de Tony y salgo del lugar tratando de no cruzar la mirada con nadie. Si bien puedo ser bastante desenfadada en ciertos momentos, en situaciones como esa me da algo de vergüenza.
Esa misma semana Tony me llama y vamos a un telo. Si el polvo en el Renault había estado diez puntos, ahora sin prisa, y con mayor confort, estuvo mil puntos.
No sé cuántos nos echamos, pero estuvimos garchando más de un turno. Con decirles que entramos con el sol todavía en lo alto, y salimos en plena noche, con la luna más brillante que nunca.
Dicen que no deben mezclarse negocios con placer... ¿Están seguros?...

Después de “atenderlo” con la experiencia y profesionalidad que me caracterizan, recuperó la calma, terminó pidiéndome disculpas por sus exabruptos y, sobre todo, quedamos como amigos.
El dato era sobre una flota de taxis, unos veinte vehículos. El dueño quería cambiar de compañía y Julio, que había trabajado para él antes de tener su propio taxi, me recomendó.
El dueño se llama Tony, un tipo que debe estar más ocupado que el presidente, porque me cambió hasta tres veces la fecha y hora de la reunión.
Finalmente, cuando me confirmó, después de tantas idas y vueltas, dejé todo y me fui hasta su oficina en la calle Ecuador, decidida a conseguir esas pólizas.
El lugar parece una concesionaria. Me atiende una secretaria, que me toma los datos y me hace esperar en un espacio por el que pasan empleados constantemente.
Después de unos diez o quince minutos se abre la puerta de la oficina y salen dos hombres: uno de traje y el otro de jean y camisa. Se despiden con un apretón de manos; seguro acaban de cerrar algún negocio. El de traje se va, así que el que se queda, de camisa, debe ser Tony.
De unos 60 años, robusto, panzón, pelo negro teñido, largo atrás, ralo adelante, y con un bigotazo que le da cierta onda de actor porno de los setenta.
Se da cuenta de que estoy sentada esperando y se me queda mirando.
-La señora (mi apellido) lo está esperando-le informa la secretaria.
-Ah sí, la del seguro, ¿no?-
-La misma…- le confirmo levantándome -Julio nos puso en contacto-
-Ese Julito…- repone mirándome de una forma a la que ya estoy acostumbrada -Si hubiera sido más específico, te citaba antes…-
Le indica a la secretaria que no le pase llamadas, que no está para nadie, y entramos a su oficina. Me invita a sentarme y me pregunta si quiero un trago.
-Son las once de la mañana…- observo, con una sonrisa.
-No hay horario para un Etiqueta Azul…- responde, acercándose a un bar bastante bien provisto.
-Bueno, dale, te acepto uno…- le digo, para no despreciarlo.
Sirve dos vasos, me da el mío y se sienta con el suyo al otro lado del escritorio.
-Y bueno, a ver… empezá a venderte…-
Entre dimes y diretes, y tras casi una hora de negociar esto, lo otro y lo de más allá, llegamos a un acuerdo: la flota completa iba a ser asegurada por mí.
-Tenía razón Julito, sos muy buena en lo tuyo…- dice, tras sellar el acuerdo con un apretón de manos.
Ya me estaba levantando para despedirme cuando me suelta:
-¿Sabés qué? Me gustó tu trato, tu forma de negociar… Tengo una colección de autos clásicos. Me gustaría asegurarlos con vos también...-
-Sí, claro. ¿Cuándo podría verlos?-
-Ahora mismo, si no estás apurada…- responde, agarrando un juego de llaves del escritorio.
Salimos de la oficina. Antes se baja de un trago el vaso de whisky. Yo apenas me mojo los labios.
Le dice a su secretaria que vamos a estar en la cochera y entramos a un ascensor. Habilita con una llave el segundo sótano y bajamos.
El primero es para los taxis, la flota que voy a asegurar. El segundo, para su colección privada: un Chevrolet Corsa, un Falcón, un Torino, un Fiat 600, un Dodge 1500, un Peugeot 504, un Citroën 3CV, todos restaurados a nuevo, como si nunca hubiesen salido de la fábrica.
Las luces de la cochera tienen sensor de movimiento y se van encendiendo a medida que avanzamos, por eso el último que veo, bien al fondo, como escondido, es un Renault 12 rojo.
Me emocioné al reconocerlo, ya que mi tío Carlos tenía uno igual, del mismo color incluso.
-¿Te gusta?- me pregunta Tony al notar mi interés.
Guardo silencio por un momento, rodeando el auto, acariciando la carrocería, tratando de recuperar los recuerdos de aquellos años tan maravillosos.
-No lo vas a creer, pero en uno igual a este… tuve mi primera vez...- le digo entonces, directa, sin filtro.
No es cierto, no me desvirgaron en un auto. Pero por alguna extraña razón me sentí tentada a incitarlo de esa manera. Y aunque mi tío no me hizo mujer en el interior de un Renault, sí que habíamos pasado buenos momentos en un auto como aquel.
Lo recordaba pasándome a buscar para ir a un telo cuando ya había cumplido los dieciocho, o llevándome a su casa cuando la tía Edith no estaba, antes de cumplirlos.
-¿Puedo ver el interior?- le pregunto.
Él mismo abre la puerta y se queda parado ahí, como invitándome a acercarme.
Me inclino para mirar adentro, parando la cola hacia su lado.
No sé por qué, si por los recuerdos, si porque se me vino encima todo lo vivido con mi tío, pero de repente me dieron ganas de cogerme a ese tipo ahí mismo, en esa cochera semioscura, en un auto que formaba parte importante de mis recuerdos de juventud.
Obviamente él me había llevado al sótano para lo mismo. No soy tonta. Quizás no para cogerme de entrada, pero sí para intentar alguna artimaña de seducción. Así que le iba a facilitar la tarea.
-Hasta huele igual…- le digo, todavía reclinada, dejándolo contemplar libremente toda la parte posterior de mi cuerpo.
Todavía debe estar procesando mis palabras, porque no dice nada. Aunque puedo sentir su mirada clavada en mí, recorriendo la curva de mi espalda y la forma en que mi culo se levanta tentador mientras me inclino más hacia el interior del coche.
-¿Y estuvo bien…? Digo, tu primera vez- me pregunta con voz más grave.
-La mejor experiencia de mi vida…- le contesto -Aunque extrañamente nunca más volví a hacerlo en un auto…-
Siento el calor de su cuerpo detrás de mí. No me toca, pero está lo bastante cerca como para que su presencia me erice la piel. El olor a cuero del tapizado se mezcla con su perfume.
-¿Te gustaría rememorar ese momento?- me propone, apoyando una mano en mi cintura.
Me levanto, pero no se la aparto. Dejo que me siga tocando.
-¿Qué me estás queriendo decir, Tony?- le replico, mirándolo seriamente.
-Nada. Solo que tuviste una linda experiencia en un auto como este… Podemos revivirla-
-¿Revivirla cómo?-
-Tal como fue…-
-¿Cogiendo, querés decir?-
Asiente con una sonrisa perversa.
-¿Estás loco, Tony? Mirá si baja uno de tus empleados y nos descubre… me muero…-
No le digo que se está propasando, que lo que me propone está fuera de lugar, que es un zarpado… No. Sino que me preocupa que nos descubran.
-Nadie viene a esta cochera sin mi autorización- me asegura.
-¿En serio?-
-Soy el único que tiene la llave…-
Lo miro haciéndome la indecisa, como si estuviera a punto de tomar una decisión de alto riesgo. Entonces, sin decir nada, me saco el blazer, lo dejo sobre el techo y, agachándome, me meto en el auto.
Cuando está a punto de meterse conmigo, lo freno poniéndole una mano en el pecho.
-¿Qué pasó? ¿Te arrepentiste?- se sobresalta.
-Primero lo primero…- le sonrío.
Sentada, con las piernas hacia afuera, le desabrocho el pantalón. Tony suelta una exclamación cuando le meto la mano adentro para sacarle la pija. La tiene toda mojada, medio gomosa todavía, pero cuando se la empiezo a chupar se le pone como un fierro.
Él se mantiene ahí parado, un brazo apoyado en la puerta abierta y el otro en el techo, mientras le doy una chupeteada que le arranca unos jadeos por demás excitados.
Me desabrocho entonces la camisa, me suelto el corpiño, que tiene un botoncito adelante, y juntándome los pechos con las manos, le hago una turca.
-¡La puta que te parió, Julito! ¿Por qué no me avisaste antes…!- exclama divertido.
Entonces me saca la pija de entre las tetas y, agarrándome de los pelos, me la hace comer hasta que mi nariz se hunde en la mata oscura y espesa de sus pendejos.
-¡¡¡Aaagggghhhhh… Aaagggghhhhh… Aaagggghhhhh…!!!- me atraganto, casi lagrimeando.
Cada porongazo me rebota en la glotis, haciendo que mi saliva salte para todos lados. Cuando me la saca de la boca, toda embadurnada con mis babas, suspiro aliviada:
¡¡¡Ahhhhhhhhhh…!!!
Me subo la minifalda, me corro a un costadito la bombacha y, recostándome de espalda, me ofrezco toda húmeda y caliente. Él se pone de rodillas, se inclina entre mis piernas y me chupa la concha voraz, desaforado.
Me trabaja con la lengua y los dedos, arrancándome unos gemidos por demás excitados.
-¡Tony… decime que tenés forros!- le digo cuando la calentura me supera y ya no puedo controlarme más.
La cara cuando se asoma por entre mis muslos, el bigote mojado con mi caldo íntimo, lo dice todo. No, no tiene forros.
-No importa, vení, cogeme igual, pero acabá afuera...- le advierto.
Se baja el pantalón hasta las rodillas y echándose sobre mí, en el interior del Renault, me la clava con un fuerte empujón.
Es un buen cogedor Tony. Se mueve de una forma con la que no solo busca su propio disfrute, sino también el mío, golpeándome el clítoris cada vez que se hunde hasta lo más profundo.
Yo tengo los pies apoyados en el estribo, pero enseguida los levanto y, rodeando su ancho y pesado cuerpo, me muevo con él, sintiendo cómo la pija rebota brutalmente en mi interior.
El olor a cuero del tapizado, al aceite de autos, el ruido de los fluorescentes… todo se conjuga para hacer de aquel un momento deliciosamente erótico.
-¡¡¡Dale... Dale... Cogeme... Siiiiiii... Toda... Dámela toda... Siiiiii... Ahhhhhhh...!!!- lo exacerbo, guiándolo hacia un polvo urgente, necesario.
Y aunque se lo había advertido, me acaba adentro. Igual no importa, hace unos pocos días me cambié el parche, así que dejo que se descargue por completo en mi interior, disfrutando ambos de un orgasmo que, aunque inesperado, rebosa intensidad y vehemencia.
-¡Qué rico polvo, Tony…!- le digo entre plácidos suspiros, para luego besarlo con genuino sentimiento.
No se parece en nada a mi tío Carlos, mi tío era un churro bárbaro, pero su forma de ser, su trato… por un momento me pareció volver a estar con él.
-Mariela, no exagero si te digo que sos la mejor agente de seguros con la que me ha tocado trabajar- me elogia.
-Podés decirme Mary…- le digo, sonriendo, todavía impactada por el orgasmo.
Nos volvemos a besar, jugosa, intensamente. Cuando se levanta, me acaricio la concha, notando como la leche empieza a derramarse.
-¿Y, cómo estuvo? ¿Más o menos como tu primera vez?- me pregunta mientras se sube el pantalón y se lo abrocha.
Yo también me levanto, me acomodo la bombacha, me bajo la mini, la aliso por los lados y me lo quedo mirando como diciendo: ¿en serio te la creíste?
-Tony, no me desvirgaron en un auto…-
Se me queda mirando sin entender.
-Cuando nos saludamos en tu oficina supe que vos y yo íbamos a terminar cogiendo. ¿Por qué no acá?-
-¡Cómo me hiciste entrar...!-
-¿Me vas a decir que me hiciste bajar hasta acá solo para mostrarme los autos…?- le replico, poniéndome el blazer.
Su sonrisa lo dice todo...
Mientras subimos en el ascensor, tratando de arreglarnos lo mejor posible, tras habernos revolcado en el asiento trasero de un auto, Tony me abraza, y pegándome a su cuerpo, me propone:
-Tenemos que ir a un telo, para tener más tiempo y estar más cómodos...-
-Dale, llamame en la semana y arreglamos- le digo, besándolo.
Me suelta justo cuando la puerta se abre en el piso principal. Salimos y no solo siento la mirada de la secretaria, sino también de los empleados que pasan por ahí, y de un par de personas que están esperando en dónde yo había estado sentada antes. Todos se dan cuenta que estuvimos cogiendo. Se nota no solo en el rubor de nuestras caras, sino también en algún desarreglo de la ropa, ya que a mí por ejemplo me había quedado la mini toda arrugada.
Me despido de Tony y salgo del lugar tratando de no cruzar la mirada con nadie. Si bien puedo ser bastante desenfadada en ciertos momentos, en situaciones como esa me da algo de vergüenza.
Esa misma semana Tony me llama y vamos a un telo. Si el polvo en el Renault había estado diez puntos, ahora sin prisa, y con mayor confort, estuvo mil puntos.
No sé cuántos nos echamos, pero estuvimos garchando más de un turno. Con decirles que entramos con el sol todavía en lo alto, y salimos en plena noche, con la luna más brillante que nunca.
Dicen que no deben mezclarse negocios con placer... ¿Están seguros?...

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