El Precio de la Victoria
Capítulo 4

La falda estaba sobre la cama cuando salí de la ducha.
Plisada, azul, corta, con el polo del club a juego doblado encima. Carlos estaba terminando de atarse los cordones de las zapatillas, sentado en el borde de la cama, y levantó la vista cuando salí del baño envuelta en la toalla.
—Te dejé el uniforme listo —dijo, señalando con un gesto mínimo hacia la silla—. Lo demás lo eliges tú.
No agregó nada más. Tomó su bolso y salió, dejándome sola con el conjunto y esa libertad parcial que, después de los días anteriores, se sentía casi extraña en mis manos.
Me quedé un momento mirando el conjunto.
Abrí el cajón donde había guardado mi ropa interior, ahora que el armario ya no estaba cerrado con llave como el primer día, y dudé entre las opciones. Las bragas de algodón de siempre. La tanga.
Terminé eligiendo algo intermedio, ni lo más cómodo ni lo más expuesto, como si ese punto medio pudiera ser también una forma de control sobre algo, aunque fuera mínimo.
Me vestí. La falda terminaba varios centímetros por encima de lo que yo hubiera elegido para mí misma en cualquier otro contexto de mi vida. El polo se ajustaba al cuerpo de una forma que ya no me sorprendía pero que tampoco había dejado de notar.
Me miré en el espejo.
*Hoy es el debut de Mateo*, pensé, y usé ese pensamiento como ancla para salir de la habitación.
---
El estadio era más grande que cualquier cancha en la que había visto jugar a Mateo antes. Gradas de cemento, un cartel con el nombre del torneo, banderas de los clubes participantes ondeando con un viento que no terminaba de refrescar el calor de la tarde.
Me ubiqué en el banquillo, en el extremo donde Carlos me había indicado que me sentara, con una carpeta de planillas sobre las piernas y la tarea de anotar cambios y tiempos si él lo pedía.
Saúl estaba dos asientos más allá.
No había sido convocado como titular, pero formaba parte de la lista de suplentes, y desde el primer minuto noté que su atención iba y venía entre el partido y yo con una frecuencia que no podía atribuir solo a la casualidad. Cada vez que cruzaba las piernas, cada vez que me inclinaba para anotar algo en la carpeta, sentía su mirada detenerse un segundo de más antes de volver al campo.
Intenté ignorarlo. Concentrarme en el partido, en Mateo, en cualquier cosa que no fuera la sensación incómoda de ser observada desde tan cerca por alguien que no era Carlos.
No funcionó del todo.
Hacia el final del primer tiempo, con el marcador favorable y Mateo jugando con una soltura que me llenaba de un orgullo casi físico, Saúl se inclinó levemente hacia mi lado del banquillo, como para alcanzar una botella de agua, y su brazo rozó el mío.
—Disculpe —dijo, sin mirar.
No fue nada. Un roce de nada, accidental o no.
Pero algo en mi cuerpo respondió de todas formas, una corriente pequeña y traicionera que subió por el brazo hasta algún lugar que no tenía nada que ver con el partido. Cerré las manos sobre la carpeta y fijé la vista en el campo con una concentración que era, en realidad, un intento de huir de mí misma.
*No es nada*, me dije. *Es el calor. Son los nervios del partido.*
No terminé de creérmelo.
No sabía bien qué pensar de todo esto. Hacía tanto tiempo que nadie me miraba de esa forma que había olvidado, casi por completo, que mi cuerpo todavía podía llamar la atención de un hombre. Carlos me miraba así desde el principio, con esa atención lenta y deliberada que recorría cada parte de mí sin pedir permiso, y en algún momento, sin darme cuenta de cuándo exactamente, había empezado a esperar esas miradas en lugar de temerles.
---
El segundo tiempo empezó parejo, y durante quince minutos pareció que el partido estaba decidido a favor del equipo. Mateo se movía con una confianza que no le había visto en los entrenamientos, leyendo los espacios, conectando con Ramiro en el arco con una seguridad que hacía que toda la defensa funcionara mejor.
Y entonces llegó el error.
Fue una jugada simple, de esas que se repiten cien veces sin consecuencia: un balón que llegó a los pies de Mateo en una zona peligrosa, con tiempo de sobra para despejar o para pasarlo con calma. Lo perdió. Un mal control, una decisión tardía, y el rival se lo robó a tres metros del área.
El gol llegó quince segundos después.
El silencio que se hizo en el banquillo fue corto pero denso. Miré a Carlos de reojo. Estaba de pie, con los brazos cruzados, sin ningún gesto visible más allá de una mandíbula apretada que solo alguien que lo conociera bien hubiera notado.
No gritó. No lo sacó del campo. No hizo ningún cambio.
Mateo siguió jugando.
—¿Lo va a dejar ahí? —La voz de Saúl, a mi lado, sonó más fuerte de lo necesario—. Cualquier otro ya estaría en el banco después de eso.
Carlos no respondió. Ni siquiera giró la cabeza.
Saúl se volvió hacia mí entonces, y por primera vez en todo el partido su mirada no tuvo nada de ambiguo. Fue directa, cargada de una molestia que no se esforzó en disimular.
—Qué casualidad —dijo, en voz baja, solo para mí—. Que justo a su hijo nadie lo saque nunca.
No supe qué responder. Sentí el calor subiéndome a la cara, pero esta vez no era el mismo calor de antes. Era otra cosa, más parecida a la vergüenza, mezclada con una sospecha que no sabía cómo nombrar: ¿hasta dónde llegaban las conjeturas de Saúl? ¿Qué exactamente creía que estaba viendo?
El equipo terminó ganando el partido sobre la hora, con un gol de Diego que desató una celebración eufórica en todo el banquillo. Pero el error de Mateo y el comentario de Saúl quedaron flotando en mí durante el resto del partido, dos hilos sueltos que no terminaba de poder atar.
---
El vestuario, después, era todo ruido y felicidad desordenada. Los jugadores cantaban, se abrazaban, alguien golpeaba un banco como tambor improvisado. El triunfo había limpiado cualquier tensión visible, al menos en la superficie.
Me quedé en el pasillo exterior, apoyada contra la pared, esperando instrucciones de Carlos sobre qué hacer con el equipo del partido, mientras los chicos entraban por turnos hacia las duchas. Algunos pasaban cerca de mí, todavía con la respiración agitada del partido, y más de uno dejaba la vista un segundo de más sobre mis piernas antes de seguir camino. No decían nada. No hacía falta.
Y otra vez esa corriente extraña, esa mezcla de vergüenza y algo que no quería nombrar todavía: la sensación, incómoda y nueva, de gustarles a esos hombres jóvenes sin haber hecho nada para conseguirlo.
El calor del estadio, la adrenalina del partido, la mirada de Saúl que todavía sentía pegada a la piel como una marca invisible, las miradas de los demás que acababan de cruzarse con la mía: todo se mezclaba en una tensión que no terminaba de bajar. Me cambié de posición contra la pared, cruzando las piernas con una incomodidad que no tenía nada que ver con el cansancio físico. Intenté pensar en otra cosa, en el partido, en Mateo, en cualquier cosa que no fuera lo que mi propio cuerpo insistía en sentir.
Carlos salió del vestuario con la planilla bajo el brazo, todavía con la ropa del partido puesta, y se detuvo a unos pasos de mí.
Me miró.
No dijo nada al principio. Solo observó: el rubor que no se había ido de mis mejillas, la forma en que tenía las piernas cruzadas con una rigidez que no era natural, la manera en que evitaba sostenerle la mirada directamente. Lo leyó todo con esa facilidad que ya conocía de él, la misma con la que la noche anterior había sabido exactamente qué estaba pasando por mi cuerpo antes de que yo misma lo admitiera.
Una sonrisa lenta empezó a formarse en su rostro. La misma de siempre. La que ya conocía y que significaba que había entendido algo que yo todavía intentaba ocultarme a mí misma.
—Elena —dijo, con esa voz baja que reservaba para cuando estábamos cerca de los demás pero ya no del todo a salvo de ellos—. Venga conmigo un momento.
---
Lo seguí por el pasillo lateral del estadio sin preguntar. Mis piernas todavía sentían el eco de la tensión acumulada en el banquillo. Carlos caminaba con esa seguridad tranquila, como si supiera exactamente adónde iba. Giramos en una esquina y abrió una puerta metálica que decía “Oficina de Delegados”. El lugar estaba vacío, apenas iluminado por una ventana alta con cortinas entreabiertas. Olía a papel viejo y a desinfectante.
Cerró la puerta detrás de nosotros y echó el pestillo.
Me quedé de pie en el centro de la habitación, con las manos sujetando el borde de la falda como si eso pudiera protegerme de algo. El corazón me latía fuerte.
Carlos se acercó despacio y se detuvo a menos de un metro. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas, en la forma en que la falda se ajustaba a mis caderas.
—Estás mojada —dijo sin rodeos, con esa voz baja y grave—. Y no es por el calor del partido.
Sentí que el rubor me subía hasta las orejas. Abrí la boca para negarlo, pero las palabras no salieron. Porque tenía razón. Y odiaba que tuviera razón.
—No es… no es lo que piensas —murmuré, bajando la vista.
Carlos dio un paso más y me tomó suavemente por la barbilla, obligándome a mirarlo.
—Sé exactamente lo que es. Saúl no te quitó los ojos de encima en todo el partido. Y tu cuerpo respondió como la puta cachonda que eres. Te excita que te miren, ¿verdad? Que otros hombres te deseen mientras estás sentada ahí con esa falda corta.
Me besó. No fue brusco, pero tampoco suave. Fue posesivo. Sus manos bajaron por mis costados hasta llegar al borde de la falda. La levantó despacio, descubriendo mis muslos. Cuando sus dedos rozaron la tela de mi ropa interior, soltó un sonido bajo de aprobación.
—Buena chica… aunque no del todo obediente.
Me giró con cuidado y me apoyó contra el escritorio. Sentí su cuerpo grande pegarse a mi espalda. Una de sus manos se coló por debajo de la falda y apartó la tela de mi tanga. Sus dedos encontraron mi humedad de inmediato y deslizaron uno dentro con facilidad.
—Mmm… —se me escapó un gemido ahogado.
—Shh —susurró contra mi oído, mientras empezaba a mover el dedo con lentitud—. No queremos que alguien pase por el pasillo y escuche cómo se moja la mamá de Mateo solo porque la miraron otros hombres.
Añadió un segundo dedo. Mis piernas temblaron. Me agarré al borde del escritorio, intentando mantener algún control, pero mi cuerpo ya estaba traicionándome otra vez. La falda subida hasta la cintura, el aire fresco del lugar contrastando con el calor entre mis piernas… todo se sentía demasiado intenso.
*Esto no soy yo*, pensé, desesperada. *No puedo estar excitándome así solo porque Saúl me miró… ¿Qué me está pasando?*
—Carlos… aquí no… —intenté protestar en un susurro.
—Aquí sí —respondió, mordiendo suavemente el lóbulo de mi oreja—. Porque sé que te excita el riesgo. Porque aunque quieras negártelo, tu coño se aprieta cada vez que piensas que alguien podría entrar y verte así, abierta y empapada.
Movió los dedos más rápido, curvándolos justo donde más lo sentía. Mi respiración se volvió entrecortada. Intenté reprimir los gemidos, pero cada vez me costaba más. El placer era tan fuerte que por momentos sentía que no me reconocía a mí misma. Mi cuerpo respondía con una urgencia que yo no quería admitir, contrayéndose alrededor de sus dedos como si llevara años esperando esto.
—Déjate ir —murmuró contra mi cuello—. No luches contra lo que sientes. Tu cuerpo ya eligió.
El orgasmo me golpeó de repente, fuerte y silencioso. Apreté los labios con fuerza para no gritar mientras olas de placer me recorrían. Mis piernas se aflojaron. Carlos me sostuvo con su cuerpo, sin sacar los dedos hasta que los últimos espasmos pasaron.
Cuando por fin me calmé, me giró de nuevo hacia él. Sus ojos estaban oscuros, llenos de deseo controlado. Se bajó el pantalón lo suficiente para liberar su polla dura y gruesa.
—Ahora vas a sentirme —dijo, levantándome una pierna y apoyándola en su cadera.
Entró en mí de un solo empujón profundo. Gemí contra su pecho, mordiendo la tela de su polo para amortiguar el sonido. Empezó a follarme con ritmo firme, profundo, sujetándome con fuerza por las caderas. La falda arrugada entre nuestros cuerpos, el escritorio crujiendo ligeramente con cada embestida.
—Tan apretada… tan caliente —gruñó bajito—. Me encanta cómo te mojas para mí, Elena. Sobre todo después de que otros te miren.
Mis uñas se clavaron en sus hombros. Cada vez que entraba del todo sentía un placer que me nublaba la mente.
—Carlos… —jadeé.
—Dime —ordenó, sin dejar de moverse—. Dime qué sientes.
—Demasiado… es demasiado bueno… haaa… —admití en un susurro roto.
—Así, gime para mí —susurró acelerando el ritmo—. Déjame oír cómo te gusta que te folle después de que te miraron todo el partido.
—Haaa… sí… más… —se me escapó, casi sin poder controlarlo.
Carlos sonrió con satisfacción y aumentó la intensidad, golpeando más profundo. El placer era abrumador. Sentía cada centímetro de él, cada embestida que me hacía perder un poco más el control.
Cuando sentí que él también estaba a punto, salió de mí, me hizo arrodillarme y se corrió en mi boca y sobre mis pechos con un gruñido bajo. Me quedé ahí, de rodillas, respirando agitada, con su sabor en la lengua y la falda todavía subida.
Carlos me miró desde arriba un momento, recuperando el aliento, y luego me ayudó a levantarme con una gentileza sorprendente.
—Límpiate —dijo suavemente, pasándome unos pañuelos que encontró en el escritorio.
Me besó en la frente, un gesto extrañamente tierno después de lo que acababa de pasar, y se acomodó la ropa.
—Sal primero tú. Yo esperaré un momento.
Salí al pasillo todavía recomponiéndome, con las piernas temblando un poco y las manos ocupadas en acomodarme la falda y pasarme los dedos por el pelo, como si eso pudiera borrar lo evidente.
No alcancé a llegar muy lejos.
Saúl estaba apoyado contra la pared, a pocos metros de la puerta, con una botella de agua a medio terminar en la mano. No supe cuánto tiempo llevaba ahí. Su mirada se cruzó con la mía de inmediato, y esta vez no hizo ningún esfuerzo por disimularla.
Recorrió mi cara, el rubor que todavía no se me había bajado de las mejillas, el pelo despeinado que había intentado acomodar sin éxito. Bajó un segundo hacia la falda arrugada y volvió a subir.
Algo cambió en su expresión.
Ya no era la misma molestia de antes, esa indignación deportiva por un favoritismo que creía estar viendo en el campo. Era otra cosa, más lenta, más incómoda de sostener: la sospecha tomando una forma distinta, una que todavía no terminaba de cerrar del todo en su cabeza, pero que ya no podía ignorar.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pasé junto a él con la vista al frente, sintiendo sus ojos clavados en la espalda durante todo el trayecto hasta la salida del pasillo, y solo cuando doblé la esquina me permití soltar el aire que había estado conteniendo.
*Sospecha algo*, pensé. *Y la próxima vez que me mire, ya no va a ser por error de nadie en la cancha.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el relato completo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: [FUEGOENLAPIEL]
Capítulo 4

La falda estaba sobre la cama cuando salí de la ducha.
Plisada, azul, corta, con el polo del club a juego doblado encima. Carlos estaba terminando de atarse los cordones de las zapatillas, sentado en el borde de la cama, y levantó la vista cuando salí del baño envuelta en la toalla.
—Te dejé el uniforme listo —dijo, señalando con un gesto mínimo hacia la silla—. Lo demás lo eliges tú.
No agregó nada más. Tomó su bolso y salió, dejándome sola con el conjunto y esa libertad parcial que, después de los días anteriores, se sentía casi extraña en mis manos.
Me quedé un momento mirando el conjunto.
Abrí el cajón donde había guardado mi ropa interior, ahora que el armario ya no estaba cerrado con llave como el primer día, y dudé entre las opciones. Las bragas de algodón de siempre. La tanga.
Terminé eligiendo algo intermedio, ni lo más cómodo ni lo más expuesto, como si ese punto medio pudiera ser también una forma de control sobre algo, aunque fuera mínimo.
Me vestí. La falda terminaba varios centímetros por encima de lo que yo hubiera elegido para mí misma en cualquier otro contexto de mi vida. El polo se ajustaba al cuerpo de una forma que ya no me sorprendía pero que tampoco había dejado de notar.
Me miré en el espejo.
*Hoy es el debut de Mateo*, pensé, y usé ese pensamiento como ancla para salir de la habitación.
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El estadio era más grande que cualquier cancha en la que había visto jugar a Mateo antes. Gradas de cemento, un cartel con el nombre del torneo, banderas de los clubes participantes ondeando con un viento que no terminaba de refrescar el calor de la tarde.
Me ubiqué en el banquillo, en el extremo donde Carlos me había indicado que me sentara, con una carpeta de planillas sobre las piernas y la tarea de anotar cambios y tiempos si él lo pedía.
Saúl estaba dos asientos más allá.
No había sido convocado como titular, pero formaba parte de la lista de suplentes, y desde el primer minuto noté que su atención iba y venía entre el partido y yo con una frecuencia que no podía atribuir solo a la casualidad. Cada vez que cruzaba las piernas, cada vez que me inclinaba para anotar algo en la carpeta, sentía su mirada detenerse un segundo de más antes de volver al campo.
Intenté ignorarlo. Concentrarme en el partido, en Mateo, en cualquier cosa que no fuera la sensación incómoda de ser observada desde tan cerca por alguien que no era Carlos.
No funcionó del todo.
Hacia el final del primer tiempo, con el marcador favorable y Mateo jugando con una soltura que me llenaba de un orgullo casi físico, Saúl se inclinó levemente hacia mi lado del banquillo, como para alcanzar una botella de agua, y su brazo rozó el mío.
—Disculpe —dijo, sin mirar.
No fue nada. Un roce de nada, accidental o no.
Pero algo en mi cuerpo respondió de todas formas, una corriente pequeña y traicionera que subió por el brazo hasta algún lugar que no tenía nada que ver con el partido. Cerré las manos sobre la carpeta y fijé la vista en el campo con una concentración que era, en realidad, un intento de huir de mí misma.
*No es nada*, me dije. *Es el calor. Son los nervios del partido.*
No terminé de creérmelo.
No sabía bien qué pensar de todo esto. Hacía tanto tiempo que nadie me miraba de esa forma que había olvidado, casi por completo, que mi cuerpo todavía podía llamar la atención de un hombre. Carlos me miraba así desde el principio, con esa atención lenta y deliberada que recorría cada parte de mí sin pedir permiso, y en algún momento, sin darme cuenta de cuándo exactamente, había empezado a esperar esas miradas en lugar de temerles.
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El segundo tiempo empezó parejo, y durante quince minutos pareció que el partido estaba decidido a favor del equipo. Mateo se movía con una confianza que no le había visto en los entrenamientos, leyendo los espacios, conectando con Ramiro en el arco con una seguridad que hacía que toda la defensa funcionara mejor.
Y entonces llegó el error.
Fue una jugada simple, de esas que se repiten cien veces sin consecuencia: un balón que llegó a los pies de Mateo en una zona peligrosa, con tiempo de sobra para despejar o para pasarlo con calma. Lo perdió. Un mal control, una decisión tardía, y el rival se lo robó a tres metros del área.
El gol llegó quince segundos después.
El silencio que se hizo en el banquillo fue corto pero denso. Miré a Carlos de reojo. Estaba de pie, con los brazos cruzados, sin ningún gesto visible más allá de una mandíbula apretada que solo alguien que lo conociera bien hubiera notado.
No gritó. No lo sacó del campo. No hizo ningún cambio.
Mateo siguió jugando.
—¿Lo va a dejar ahí? —La voz de Saúl, a mi lado, sonó más fuerte de lo necesario—. Cualquier otro ya estaría en el banco después de eso.
Carlos no respondió. Ni siquiera giró la cabeza.
Saúl se volvió hacia mí entonces, y por primera vez en todo el partido su mirada no tuvo nada de ambiguo. Fue directa, cargada de una molestia que no se esforzó en disimular.
—Qué casualidad —dijo, en voz baja, solo para mí—. Que justo a su hijo nadie lo saque nunca.
No supe qué responder. Sentí el calor subiéndome a la cara, pero esta vez no era el mismo calor de antes. Era otra cosa, más parecida a la vergüenza, mezclada con una sospecha que no sabía cómo nombrar: ¿hasta dónde llegaban las conjeturas de Saúl? ¿Qué exactamente creía que estaba viendo?
El equipo terminó ganando el partido sobre la hora, con un gol de Diego que desató una celebración eufórica en todo el banquillo. Pero el error de Mateo y el comentario de Saúl quedaron flotando en mí durante el resto del partido, dos hilos sueltos que no terminaba de poder atar.
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El vestuario, después, era todo ruido y felicidad desordenada. Los jugadores cantaban, se abrazaban, alguien golpeaba un banco como tambor improvisado. El triunfo había limpiado cualquier tensión visible, al menos en la superficie.
Me quedé en el pasillo exterior, apoyada contra la pared, esperando instrucciones de Carlos sobre qué hacer con el equipo del partido, mientras los chicos entraban por turnos hacia las duchas. Algunos pasaban cerca de mí, todavía con la respiración agitada del partido, y más de uno dejaba la vista un segundo de más sobre mis piernas antes de seguir camino. No decían nada. No hacía falta.
Y otra vez esa corriente extraña, esa mezcla de vergüenza y algo que no quería nombrar todavía: la sensación, incómoda y nueva, de gustarles a esos hombres jóvenes sin haber hecho nada para conseguirlo.
El calor del estadio, la adrenalina del partido, la mirada de Saúl que todavía sentía pegada a la piel como una marca invisible, las miradas de los demás que acababan de cruzarse con la mía: todo se mezclaba en una tensión que no terminaba de bajar. Me cambié de posición contra la pared, cruzando las piernas con una incomodidad que no tenía nada que ver con el cansancio físico. Intenté pensar en otra cosa, en el partido, en Mateo, en cualquier cosa que no fuera lo que mi propio cuerpo insistía en sentir.
Carlos salió del vestuario con la planilla bajo el brazo, todavía con la ropa del partido puesta, y se detuvo a unos pasos de mí.
Me miró.
No dijo nada al principio. Solo observó: el rubor que no se había ido de mis mejillas, la forma en que tenía las piernas cruzadas con una rigidez que no era natural, la manera en que evitaba sostenerle la mirada directamente. Lo leyó todo con esa facilidad que ya conocía de él, la misma con la que la noche anterior había sabido exactamente qué estaba pasando por mi cuerpo antes de que yo misma lo admitiera.
Una sonrisa lenta empezó a formarse en su rostro. La misma de siempre. La que ya conocía y que significaba que había entendido algo que yo todavía intentaba ocultarme a mí misma.
—Elena —dijo, con esa voz baja que reservaba para cuando estábamos cerca de los demás pero ya no del todo a salvo de ellos—. Venga conmigo un momento.
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Lo seguí por el pasillo lateral del estadio sin preguntar. Mis piernas todavía sentían el eco de la tensión acumulada en el banquillo. Carlos caminaba con esa seguridad tranquila, como si supiera exactamente adónde iba. Giramos en una esquina y abrió una puerta metálica que decía “Oficina de Delegados”. El lugar estaba vacío, apenas iluminado por una ventana alta con cortinas entreabiertas. Olía a papel viejo y a desinfectante.
Cerró la puerta detrás de nosotros y echó el pestillo.
Me quedé de pie en el centro de la habitación, con las manos sujetando el borde de la falda como si eso pudiera protegerme de algo. El corazón me latía fuerte.
Carlos se acercó despacio y se detuvo a menos de un metro. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas, en la forma en que la falda se ajustaba a mis caderas.
—Estás mojada —dijo sin rodeos, con esa voz baja y grave—. Y no es por el calor del partido.
Sentí que el rubor me subía hasta las orejas. Abrí la boca para negarlo, pero las palabras no salieron. Porque tenía razón. Y odiaba que tuviera razón.
—No es… no es lo que piensas —murmuré, bajando la vista.
Carlos dio un paso más y me tomó suavemente por la barbilla, obligándome a mirarlo.
—Sé exactamente lo que es. Saúl no te quitó los ojos de encima en todo el partido. Y tu cuerpo respondió como la puta cachonda que eres. Te excita que te miren, ¿verdad? Que otros hombres te deseen mientras estás sentada ahí con esa falda corta.
Me besó. No fue brusco, pero tampoco suave. Fue posesivo. Sus manos bajaron por mis costados hasta llegar al borde de la falda. La levantó despacio, descubriendo mis muslos. Cuando sus dedos rozaron la tela de mi ropa interior, soltó un sonido bajo de aprobación.
—Buena chica… aunque no del todo obediente.
Me giró con cuidado y me apoyó contra el escritorio. Sentí su cuerpo grande pegarse a mi espalda. Una de sus manos se coló por debajo de la falda y apartó la tela de mi tanga. Sus dedos encontraron mi humedad de inmediato y deslizaron uno dentro con facilidad.
—Mmm… —se me escapó un gemido ahogado.
—Shh —susurró contra mi oído, mientras empezaba a mover el dedo con lentitud—. No queremos que alguien pase por el pasillo y escuche cómo se moja la mamá de Mateo solo porque la miraron otros hombres.
Añadió un segundo dedo. Mis piernas temblaron. Me agarré al borde del escritorio, intentando mantener algún control, pero mi cuerpo ya estaba traicionándome otra vez. La falda subida hasta la cintura, el aire fresco del lugar contrastando con el calor entre mis piernas… todo se sentía demasiado intenso.
*Esto no soy yo*, pensé, desesperada. *No puedo estar excitándome así solo porque Saúl me miró… ¿Qué me está pasando?*
—Carlos… aquí no… —intenté protestar en un susurro.
—Aquí sí —respondió, mordiendo suavemente el lóbulo de mi oreja—. Porque sé que te excita el riesgo. Porque aunque quieras negártelo, tu coño se aprieta cada vez que piensas que alguien podría entrar y verte así, abierta y empapada.
Movió los dedos más rápido, curvándolos justo donde más lo sentía. Mi respiración se volvió entrecortada. Intenté reprimir los gemidos, pero cada vez me costaba más. El placer era tan fuerte que por momentos sentía que no me reconocía a mí misma. Mi cuerpo respondía con una urgencia que yo no quería admitir, contrayéndose alrededor de sus dedos como si llevara años esperando esto.
—Déjate ir —murmuró contra mi cuello—. No luches contra lo que sientes. Tu cuerpo ya eligió.
El orgasmo me golpeó de repente, fuerte y silencioso. Apreté los labios con fuerza para no gritar mientras olas de placer me recorrían. Mis piernas se aflojaron. Carlos me sostuvo con su cuerpo, sin sacar los dedos hasta que los últimos espasmos pasaron.
Cuando por fin me calmé, me giró de nuevo hacia él. Sus ojos estaban oscuros, llenos de deseo controlado. Se bajó el pantalón lo suficiente para liberar su polla dura y gruesa.
—Ahora vas a sentirme —dijo, levantándome una pierna y apoyándola en su cadera.
Entró en mí de un solo empujón profundo. Gemí contra su pecho, mordiendo la tela de su polo para amortiguar el sonido. Empezó a follarme con ritmo firme, profundo, sujetándome con fuerza por las caderas. La falda arrugada entre nuestros cuerpos, el escritorio crujiendo ligeramente con cada embestida.
—Tan apretada… tan caliente —gruñó bajito—. Me encanta cómo te mojas para mí, Elena. Sobre todo después de que otros te miren.
Mis uñas se clavaron en sus hombros. Cada vez que entraba del todo sentía un placer que me nublaba la mente.
—Carlos… —jadeé.
—Dime —ordenó, sin dejar de moverse—. Dime qué sientes.
—Demasiado… es demasiado bueno… haaa… —admití en un susurro roto.
—Así, gime para mí —susurró acelerando el ritmo—. Déjame oír cómo te gusta que te folle después de que te miraron todo el partido.
—Haaa… sí… más… —se me escapó, casi sin poder controlarlo.
Carlos sonrió con satisfacción y aumentó la intensidad, golpeando más profundo. El placer era abrumador. Sentía cada centímetro de él, cada embestida que me hacía perder un poco más el control.
Cuando sentí que él también estaba a punto, salió de mí, me hizo arrodillarme y se corrió en mi boca y sobre mis pechos con un gruñido bajo. Me quedé ahí, de rodillas, respirando agitada, con su sabor en la lengua y la falda todavía subida.
Carlos me miró desde arriba un momento, recuperando el aliento, y luego me ayudó a levantarme con una gentileza sorprendente.
—Límpiate —dijo suavemente, pasándome unos pañuelos que encontró en el escritorio.
Me besó en la frente, un gesto extrañamente tierno después de lo que acababa de pasar, y se acomodó la ropa.
—Sal primero tú. Yo esperaré un momento.
Salí al pasillo todavía recomponiéndome, con las piernas temblando un poco y las manos ocupadas en acomodarme la falda y pasarme los dedos por el pelo, como si eso pudiera borrar lo evidente.
No alcancé a llegar muy lejos.
Saúl estaba apoyado contra la pared, a pocos metros de la puerta, con una botella de agua a medio terminar en la mano. No supe cuánto tiempo llevaba ahí. Su mirada se cruzó con la mía de inmediato, y esta vez no hizo ningún esfuerzo por disimularla.
Recorrió mi cara, el rubor que todavía no se me había bajado de las mejillas, el pelo despeinado que había intentado acomodar sin éxito. Bajó un segundo hacia la falda arrugada y volvió a subir.
Algo cambió en su expresión.
Ya no era la misma molestia de antes, esa indignación deportiva por un favoritismo que creía estar viendo en el campo. Era otra cosa, más lenta, más incómoda de sostener: la sospecha tomando una forma distinta, una que todavía no terminaba de cerrar del todo en su cabeza, pero que ya no podía ignorar.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pasé junto a él con la vista al frente, sintiendo sus ojos clavados en la espalda durante todo el trayecto hasta la salida del pasillo, y solo cuando doblé la esquina me permití soltar el aire que había estado conteniendo.
*Sospecha algo*, pensé. *Y la próxima vez que me mire, ya no va a ser por error de nadie en la cancha.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el relato completo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: [FUEGOENLAPIEL]
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