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Vacaciones con mi mujer en Brasil: cómo empezó todo(Parte 1)

Primera parte de una serie. Es la historia de cómo una pareja de muchos años empieza a jugar con una fantasía que venían rodeando hacía tiempo. Arranca despacio, como arrancan estas cosas. Va escalando.


SIETE NOCHES EN BÚZIOS
Parte 1

La tercera noche ya teníamos el ritual armado: ducha después de la playa, la piel todavía tibia de sol, y bajar al bar del hotel antes de cenar. María se había puesto el vestido verde, el que compró para el viaje y que en Montevideo nunca se hubiera animado a usar.

Yo fui a pedir los tragos. Cuando me di vuelta desde la barra, lo vi. Era un tipo de unos cuarenta, solo, dos mesas más allá, y la miraba. No miraba con descaro, sino con esa atención tranquila de quien no tiene apuro. María hacía como que leía la carta, pero yo la conozco hace doce años y sabía que se había dado cuenta.

Esperé el pinchazo de los celos y no llegó. Vino otra cosa, un calor raro en el pecho, una especie de orgullo mezclado con vértigo.

Me senté y le pasé la caipiriña.

—Tenés un admirador —le dije.
—Ya sé —contestó sin levantar la vista, y sonrió apenas—. ¿Te molesta?

Era la pregunta que veníamos rodeando hacía meses, en conversaciones a medias, con la luz apagada, siempre en tono de chiste por si acaso. Esta vez no había chiste donde esconderse.

—No —dije, y me sorprendió lo firme que me salió—. Me gusta que te miren. Me gusta que sepas que te miran.

María levantó los ojos. Se quedó estudiándome un rato largo, como midiendo si yo hablaba en serio. Después, despacio, cruzó las piernas, giró apenas el cuerpo hacia la otra mesa y le sostuvo la mirada al desconocido un segundo más de lo correcto.

—¿Así? —me preguntó bajito.
—Así.

Un rato después empezó la música en la terraza y el tipo se acercó. Fue educado: me saludó primero a mí y preguntó si podía invitarla a bailar una canción. María me miró. No era exactamente pedir permiso, era confirmar que seguíamos jugando juntos. Asentí.

Los miré desde la mesa. La mano de él estaba en la cintura de ella, correcta pero presente. Ella se reía de algo que él le decía al oído, y cada tanto me buscaba con los ojos por encima de su hombro. Cada vez que me encontraba, algo se me apretaba adentro. Nunca la había visto tan linda, ni tan mía, por extraño que suene.

Fue una sola canción. Ella le agradeció, le dio un beso en la mejilla y volvió a la mesa con las mejillas encendidas.

—Me temblaban las piernas —confesó, y me agarró la mano por debajo de la mesa—. ¿A vos qué te pasó?
—Que no pude dejar de mirarte.

Se mordió el labio, apuró lo que quedaba del trago y se levantó sin soltarme.

—Vamos arriba —dijo—. Quiero que me cuentes todo lo que pensaste mientras mirabas.

La cena quedó para otro día. Y nos quedaban cuatro noches.


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La parte 2 ya está escrita: la noche en que el desconocido deja de ser un desconocido. Si les gustó, dejen puntos o un comentario y la subo en estos días.

¿Alguno vivió algo así en unas vacaciones? Los leo.

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