((Buenas. Volviendo al ruedo con una nueva historia. Espero que les guste!
--M77.))
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Capitulo 1 - “Un Día Peronista”
“A ver, Nicolás… cuando vos decís ‘mi novia es una puta’, primero que me parece una reacción completamente agresiva, y segundo no se a que te referís exactamente”.
Esa frase me quedó grabada, no sé por qué. Me la dijo mi psicóloga, Carmen, durante una de nuestras sesiones. A mi me pareció absolutamente evidente, no sabía que habría que explicar. Una puta es una puta. La miré a Carmen como diciendo, sin palabras, “en serio te tengo que explicar?”.
Carmen era mi tercer terapeuta, a lo largo de los años. Ya hacía dos que nos veíamos. Era una señora ya de sesenta y siete años, con más ganas de jubilarse que de atender pacientes. Fea como pisar mierda descalzo. Como decían Les Luthiers, “sus encantos no habían disminuído con los años: habían desaparecido”. Los terapeutas anterioresque tuve no me sirvieron para nada, un gastadero de guita. Carmen era buena, pero de repente salía con éstas cosas que quería que yo le explicara lo que me parecia obvio.
“... que se acuesta con tipos, Carmen. Qué va a querer decir?”, le dije sin embargo.
“Si”, me dijo, “el acto es claro, pero lo que no entiendo es por qué te seguís refiriendo a Valentina como ‘tu novia’, si es que ella hace esas cosas.”, me contestó.
“Porque nunca cortamos”, le respondí. Era la verdad.
Carmen me miró como queriendo ver qué había detrás de mis ojos, todos los engranajes, finalmente me dijo, “No te parece que te estás agarrando de una formalidad que ya no tiene sentido?”
“Ay, perdón, no soy tan progresista como otros…”, le contesté medio riendo.
“No me entendés”, me frenó, “No lo estoy diciendo de progresista… onda, ‘hoy en día las etiquetas como novio y novia ya no sirven’... no. Nada que ver. Te lo estoy diciendo desde el punto de vista que si tiene relaciones con otros hombres, como vos aseguras, entonces la palabra ‘novia’ ya no debería seguir siendo válida para describir tu relación con ella, no?”
“Ah, okey…”
“Por eso no sé por qué seguís diciendo que es ‘tu novia’. Claramente ella decidió que ya no lo es? O me falta algo?”, me preguntó.
“No sé…”, le dije.
“O a vos te hace falta juntarte con ella y con algún escribano público y que los dos firmen el documento que dice que ya no son…”
“Uf, dale Carmen, no jodas…”, la corté.
Carmen se encogió de hombros, “No lo digo para joderte. Sólo digo que cuando pasa algo así la relación se suele terminar ahí, ipso facto…”
Rebobinemos.
Soy Nicolás Bianchi. 36 años. Hincha de Almagro de toda la vida por mi viejo (gracias por todas las ‘alegrías’, papá). Trabajo en una empresa de comercio exterior y logística, en la parte contable. Es una empresa mediana, tirando a chica. Somos once empleados en una oficina del microcentro. Buena gente, me llevo bien con todos y todas.
Tengo un leve trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Soy un tipo muy detallista. Es leve en serio, pese a las gastadas que me como de vez en cuando en la oficina por las cosas que hago o noto. Por eso empecé a ir a ver a terapeutas y por eso terminé con Carmen. Al principio era por el TOC, ella me ayudó bastante, pero después empezaron a suceder otras cosas que las charlé con ella y ahí estamos. Por ahora no me pudo ayudar mucho. Qué cosas?
Rebobinemos mas.
Pese a lo que opine Carmen y aún pese a los kilómetros de verga que le entran todos los meses, estoy en pareja con mi novia. Si, mi novia. Valentina Soria. Ella tiene treinta y cuatro años, recontra bien llevados. Es una bombita Vale. Pelo castaño que se lo tiñe de rubia, esbelta, tiene un cuerpazo. Unas gomas alucinantes. Pero lo que me flechó desde un principio fue su cara, mezcla de chica de barrio y recontraputa, y la forma de ser tan agradable que tenía. Que tiene.

Nos conocimos hace siete años, empezamos a salir enseguida. No la conocí a través de un amigo en común, ni trabajamos juntos ni nada de eso. Fue algo tan inusual, para mi al menos, que no lo pude interpretar como otra cosa más que intervención divina. Un día me tomé un colectivo para ir a la oficina y la vi. Estaba sentada en los asientos de la izquierda, individuales, con auriculares puestos y mirando su celu. Me quedé absolutamente pelotudo viéndola. No le podía sacar los ojos de encima. Durante el viaje, de vez en cuando ella levantaba la vista para ver por donde iba el bondi, miraba alrededor y me encontraba la mirada. Yo la apartaba enseguida. Y enseguida volvía a verla cuando ella miraba el celu de nuevo. Me parecía que el tiempo no pasaba.
Cuando la ví que se levantó para aprestarse a bajarse sentí como que me bajó la presión. Que me sentía mal. Que la iba a perder. No puedo explicarlo. Me sudaban las manos. Yo no soy un tipo impulsivo por naturaleza, pero algo tenía que hacer. Algo que nunca antes había hecho en la vida. Cuando se paró cerca de la puerta, apretó el timbre y se agarró de un caño. No era mi parada, era mucho antes de donde me tenía que bajar, pero me puse atrás de ella. Ella ni bola, seguía con su música.
Nos bajamos los dos, ella en su parada y yo que ni sabía dónde mierda me había bajado. La seguí una cuadra, pensando y repensando qué decirle. Tenía que hacer algo y rápido. Si se metía en algún edificio la perdía para siempre. Tomé coraje y la abordé en la esquina, mientras esperaba que cambie el semáforo para cruzar.
Pensé que me iba a mandar a la mierda, o ignorarme educadamente como hace la gente cuando la paran por la calle. Por ahí se pensaba que le estaba queriendo vender medias. Pero no. Se sacó los auriculares. Le dije exactamente lo que pensaba, que me disculpara, que yo no solía hacer ésto para nada, pero que la vi en el colectivo y era la mujer mas hermosa que había visto en persona en mi vida. Que no quería molestarla, sólo quería decírselo o me iba a arrepentir toda la vida si no lo hacía.
Valentina se rió, pero bien. No para gastarme, se rió dulcemente y me miró. Me agradeció el cumplido y que yo hubiese sido educado. Tenía una linda voz encima. Le dejé mi celular, anotado en un papelito. Le dije que por favor lo tomara. Que no había compromiso de nada, pero que si estaba sola y le pintaba en algún momento salir, ir a tomar un café o lo que fuera, que yo también estaba solo y me encantaría.
Por segunda vez no me mandó a la mierda. Sonrió, me miró y se guardó el papelito. Me dijo gracias. Nada más. Gracias. La luz cambió, ella cruzó y yo me quedé ahí como un estúpido mirándole el orto mientras se alejaba.
Pensé que todo había quedado ahí. Lo que hice, lo hice, y punto. Cumplí. Pero a los tres días me mandó un whatsapp. Empezamos a salir poco después de eso. Yo no lo podía creer. Aún no puedo. Al año siguiente su abuela, Elvira, falleció y le dejó su departamento en Villa Urquiza. Linda zona, residencial. La familia de ella, los Soria, eran gente de guita históricamente, siempre algún que otro Soria andaba metido en campos en el interior, cría de ganado, exportación de carne y todo eso. Valentina se mudó a ese departamento, que había que arreglarlo un poco ya que la vieja Elvira lo tuvo bastante descuidado por años. Vale dejaba de pagar alquiler donde estaba y tenía su propio depto por fin, para remodelar y vivir. Estaba muy feliz. Y yo también, cuando me dijo que nos mudáramos juntos ahí. A mi me quedaba recontra a trasmano, lejos de la oficina, pero no me importó.
Era convivir con Valentina.
Rebobinemos.

Valentina era recontra peronista hasta la médula. Yo no. Yo siempre fui más bien de centro-derecha, si es que me podía definir así. Yo nunca fuí una persona apasionada de la política. Ni mucho menos. Siempre tuve mis ideas, pero el resto lo ignoraba. Valentina, en cambio, siempre fue peronista, igual que los padres. De adolescente (y ya no tan adolescente) ella militaba en unidades básicas, iba a marchas, participaba. Estaba muy comprometida con sus ideas. Cuando entró a la facultad empezó a estudiar Sociología en la UBA y ahí por supuesto que también militó. Se metió en la Juventud Universitaria Peronista que estaba ahí en Sociales, ayudando con el centro de estudiantes, militando, repartiendo panfletos, apoyando medidas de fuerza y todo eso. También se había puesto en contacto con grupos sociales en algunos barrios y los fines de semana iba a ayudar ahí. Hasta dictó clases de literatura (siempre dentro de sus posibilidades, ya que no era una experta) en una asociación barrial, gratis para la gente que iba.
Eso fue en sus años más jóvenes. Cuando nos conocimos me dijo que nunca había terminado la carrera y que ya a las unidades básicas no iba. Seguía relacionada con gente que había conocido por sus años de asistencia social, organización de marchas y todo eso. Y que todavía ayudaba en algunos barrios, pero no tanto como antes.
A mi no me molestaba. Al contrario, me gustaba verla entusiasmada y comprometida ayudando a la gente, porque más allá de cualquier signo o preferencia política, había un montón de gente que lamentablemente necesitaba ayuda y estaba genial que la recibiera.
Cuando nos mudamos juntos ahí a Villa Urquiza nuestra rutina se estableció casi inmediatamente. Valentina no estaba trabajando, por lo que se quedaba en el departamento. Primero arreglando y refaccionándolo y una vez que eso terminó, ocupándose de las cosas de la casa. Yo los días de semana estaba de nueve a dieciocho en la oficina, volvía a la noche, y compartíamos los fines de semana en el departamento todo el día. A veces salíamos a comer o a algún lado, otros días ella iba a hacer algo de colaboración y ayuda social y yo me quedaba en casa, de relax.
A los tres años de estar juntos ahí, Valentina se reconectó con una amiga de la facultad, Cecilia. Otra loca linda como ella. Ceci siempre me cayó bien. Cecilia la buscó para proponerle un emprendimiento para arrancar juntas, ya que Valentina no tenía trabajo. A ver, no lo necesitaba, pero unos mangos mas siempre venían bien en cualquier hogar.
La idea de las chicas la terminaron llamando “Fondo Liso”. Era un emprendimiento de venta por Instagram de textiles y materiales de cuero reciclados o refaccionados, y también papelería reciclada, regalos empresariales, chucherías varias. Algunas estaban muy lindas y a alguna gente le gustaba. Cecilia era la que se ocupaba de conseguir el material y los talleres para darle forma a las prendas, carteras, fundas de mate, etc. Valentina era la que se ocupaba de promoción en Instagram, ventas y las cuentas.
Fondo Liso ya tiene tres años de vida. Nunca fue un éxito ni tampoco un fracaso. Les sirve a las dos para ganarse unos pesos extra y estar ocupadas. Sobre todo Valentina. Nunca se lo dije, pero yo siempre pensé (pura opinión personal) que las ventas de Fondo Liso se disparaban un poco cuando Valentina aparecía en los avisos ella en lugar de mostrar sólo los productos, ya que todos los pajeros seguro compartían los videos.
Ya estamos más o menos al día? Okey. Cómo es que se desencadenó toda ésta historia, que terminé hablando de ésto con Carmen y por qué le dije que Valentina era una puta? Para eso tenemos que rebobinar hasta el principio de éste cassette fatal en el que se convirtió mi vida en los últimos tiempos.
Como todas las buenas historias, ésta empieza con una pelotudez: Ir a una verdulería.
Fue hace más o menos un año. Un sábado de sol, a la mañana. Valentina me dijo que la acompañara a hacer las compras por el barrio, así la ayudaba con las bolsas. No me molestaba. Valentina no podía evitar ir a las cadenas más grandes de supermercados por algunas cosas puntuales, pero si era por ella prefería ir a los negocios de barrio “para ayudar las economías de esa gente”, según ella.
Terminamos en la verdulería de un tipo que se llamaba Raúl Mena. Un cincuentón. Se conocían con Valentina de ella ir tanto a comprar. Simpático el tipo. Yo me quedé afuera en la vereda con las otras bolsas, boludeando con el celular mientras ella compraba. De pronto escucho desde la vereda el vozarrón de otro tipo, no era Raúl.
“Vale? Monito, so’ vo’?”
Levanté la cabeza y vi que había otro tipo con Raúl, parecía que trabajaba ahí o era amigo de Raúl. Imposible determinar. Un morocho, gordo, mas bien obeso, con el pelo medio largo y barba con algunas canas, bastante desprolijo. La vi a Valentina que se llevó una mano al pecho y le contestó.
“Tavo? Boludo que hacés!”, se rió ella, “No lo puedo creer, que hacés?”
Se acercaron y se dieron un abrazo educado, un beso en la mejilla. Los dos se sonreían.
El tipo se rió y la miraba, “Tanto tiempo, moni… mirá vo’ lo que es la vida…”
“Si, boludo, increíble. Qué hacés acá?”, le preguntó ella.
“Y acá laburando, víteh… con Raúl.”
Raúl les sonrió a los dos mientras le embolsaba unas verduras a Valentina, “Se conocen ustedes dos?”
Valentina se rió, “Si… pero hace añares que no nos vemos…”
“Diez año’ fácil…”, asintió el gordo.
“Mas o menos… qué es de tu vida, loco? Te perdí el rastro cuando dejé de ir a La Cañada”, dijo Valentina. Yo sabía que ‘La Cañada’ era una de las asociaciones barriales en las que Valentina ayudaba, años atrás, en Mataderos.
El gordo se encogió de hombros, “Y, víteh… luchándola. Acá y allá. ‘Toy parando en San Miguel ahora, en un asentamiento con un primo mío y la jermu.”
“Y laburás acá?”, preguntó Valentina, “Que viajecito que tenés…”
El gordo rebufó, “Si, no me hable’... jajajaj… pero que bueno verte, monito. Que loco. ‘Tas hermosa como siempre!”
“Ay, gracias…”, se rió Valentina.
“Perdón que me meta no, pero… cómo es lo de ‘monito’”, preguntó Raúl con una sonrisa socarrona. Valentina y el gordo se rieron.
“Así le decíamo’...”
“Otras épocas….”, se rió Valentina.
“Ah. Y a qué viene el apodo?”, preguntó Raúl.
“Ay Raúl, mejor lo dejamos ahí….”, se rió Valentina. El gordo también se rió.
“Seh, seh… lo dejamo’ ahí…”, comentó el gordo, “Acá Raúl de buena onda me dió laburo… ayudando acá con lo’ cajone’ y las cosa’. Vo’ ‘tas viviendo por acá?”
“La señora es vecina, Tavo… ojo, eh?”, acotó Raúl.
“Ufff… no me digas ‘señora’ che…”, se rió Valentina, “Sí, acá a tres cuadras. Con mi novio.”
El gordo asintió, “Que bueno che, las vuelta’ de la vida. Rauli, no sabe’ lo que es ésta chica, un pan de dió’. Sabe’ la’ de mano’ que nos dió…”
Valentina sonrió, “Se ayuda si se puede, decía mi viejo.”
Raúl asintió y sonrió también, “Buena política.”

A mi ni me veían de donde estaba parado yo. Charlaron un ratito más hasta que Raúl terminó de prepararle las bolsas a Valentina, ella le pagó, se despidió del gordo con otro abrazo y beso en la mejilla y salió.
Volviendo a casa le pregunté a Valentina que onda. Ella se sonrió y me dijo.
“Tavo? El gordo era un tipo en situación de calle que a veces atendíamos en La Cañada.”, se sonrió como recordando, “Re buen tipo. Nos ayudaba a nosotros también con lo que podía.”
Yo asentí, “Si, parece macanudo.”
“Re buen tipo”, recalcó ella, “Mirá vos donde me lo vengo a encontrar después de tanto tiempo.”
“A veces es así. Que bueno que parece que tiene laburo y eso ahora”, le dije.
“Si, buenísimo.”, dijo ella, “Hay un montón de gente que la ayudás y a veces parece que la ayuda no hace nada, viste? Siguen perdidos. Por suerte Tavo enderezó el rumbo”
Cuando llegamos al departamento y Valentina estaba sacando todo de las bolsas, la escuché quejarse, “Ay, pero la puta madre… que boluda….”
“Que pasó?”, le pregunté desde el living.
“Me olvidé los zapallitos… por quedarme charlando…”, suspiró.
“Dejá.. voy yo. De paso voy al kiosco a comprar puchos, que me voy a quedar sin…”, le dije y agarré las llaves.
“Dale, amor… trae un kilo nomás…”
Compré cigarrillos y encaré para la verdulería. Al llegar los vi a Raul y al gordo Tavo sentados, uno en una silla y el gordo en un cajón de fruta que parecía a punto de rendirse al peso del culo del gordo y causar una tragedia. Estaban tomando mate y charlando. A mí Raúl no me conocía, yo era cualquier tipo. Ni sabía que yo era el novio de Valentina porque nunca fui con ella en ningún momento dentro de la verdulería. Ni ese día ni ningún día.
Saludé, Raúl me contestó el saludo amablemente y agarré una bolsita para poner los dichosos zapallitos. Ahí fue cuando los escuché seguir con la charla.
“No te puedo creer”, le dijo Raúl a Tavo, “Mirá vos, la nena…”
El gordo se rió y asintió, “Si, papá… cada historia tiene… no sabé lo que era.”
“O por ahí te estás mandando la parte y me estás tirando un tremendo bolazo con la rubia…”, se rió Raúl.
Yo me hice el boludo y empecé a seleccionar los zapallitos, examinándolos como si de ellos dependiera la paz de occidente. Quería dejarlos a los dos tipos seguir hablando, a ver de qué me enteraba, si es que me enteraba de algo.
“Nah, papá… “, se rió Tavo, “Yo no miento. Te lo juro por la virgen.”
“Así que es guerrera. Tiene pinta”, comentó Raúl.
“Sabe’ cómo le daban los vago’ ahí en La Cañada… ufff…”, se rió el gordo.
“Dale, gil… que? Te la moviste vos también?”
El gordo se rió, “No… pero ganas no me faltan, eh? Ni ayer ni hoy… ‘ta hecha una bomba la hija de puta, igual que antes”.
“Ahí te doy la derecha, negro…”, se rió Raúl.
“No le hace asco a nada”, se rió Tavo, “Bah… o por lo meno’ en esa época no. Ahora andá a sabe’. Por ahí se hizo una señora decente”.
“Tiene novio, dijo”, comentó Raúl.
Yo ya no podía demorar más la selección de los putos zapallitos y ya sentía que me hervía la sangre. Si seguía ahí manoseando zapallitos se iban a pensar que estaba buscando otra cosa. Le pasé la bolsa a Raúl, la pesó, le pagué y nos saludamos amablemente. Volví al departamento pensando si decirle algo a Valentina o no. De lo que había escuchado en la verdulería.
Al final, y por el momento, decidí no hacerlo. No por una cuestión que no quería. Fue más que nada porque tenía miedo de reflotarle cosas que por ahí ella había dejado atrás. Ella siempre fue muy abierta conmigo, de su pasado militante y las cosas que hizo, pero eso de que “los vagos se la movían todo el tiempo” en La Cañada, de eso nunca me había dicho nada. Está bien que por ahí no son cosas que se dicen, pero yo pensaba que me habría dicho si alguna vez tuvo alguna aventura.
Entonces si Valentina nunca me dijo nada era porque lo había dejado atrás, no querría que se lo recuerden, o la otra opción era que el gordo ese Tavo era un bocón que se estaba mandando la parte con su nuevo jefe, Raúl, y le estaba calentando la pava vaya a saber para qué. Igual me resultó llamativo que Tavo le dijera a Raúl que él nunca se la había movido. Que otros sí, pero él no. Pensaba que si el gordo era un bocón, si era una historia inventada, habría dicho que él también se había cogido a semejante mujer para fanfarronear. Pero no.
El mero hecho que no lo hizo, que no lo dijo, fue algo que me quedó en la cabeza por semanas. Y fue lo que me empezó a alimentar la creciente paranoia que yo tenía, íntimamente en mi cabeza, respecto a Valentina. Le daba veracidad al cuento del gordo.
No lo sabía en ese momento, pero era el principio del fin.
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Capitulo 1 - “Un Día Peronista”
“A ver, Nicolás… cuando vos decís ‘mi novia es una puta’, primero que me parece una reacción completamente agresiva, y segundo no se a que te referís exactamente”.
Esa frase me quedó grabada, no sé por qué. Me la dijo mi psicóloga, Carmen, durante una de nuestras sesiones. A mi me pareció absolutamente evidente, no sabía que habría que explicar. Una puta es una puta. La miré a Carmen como diciendo, sin palabras, “en serio te tengo que explicar?”.
Carmen era mi tercer terapeuta, a lo largo de los años. Ya hacía dos que nos veíamos. Era una señora ya de sesenta y siete años, con más ganas de jubilarse que de atender pacientes. Fea como pisar mierda descalzo. Como decían Les Luthiers, “sus encantos no habían disminuído con los años: habían desaparecido”. Los terapeutas anterioresque tuve no me sirvieron para nada, un gastadero de guita. Carmen era buena, pero de repente salía con éstas cosas que quería que yo le explicara lo que me parecia obvio.
“... que se acuesta con tipos, Carmen. Qué va a querer decir?”, le dije sin embargo.
“Si”, me dijo, “el acto es claro, pero lo que no entiendo es por qué te seguís refiriendo a Valentina como ‘tu novia’, si es que ella hace esas cosas.”, me contestó.
“Porque nunca cortamos”, le respondí. Era la verdad.
Carmen me miró como queriendo ver qué había detrás de mis ojos, todos los engranajes, finalmente me dijo, “No te parece que te estás agarrando de una formalidad que ya no tiene sentido?”
“Ay, perdón, no soy tan progresista como otros…”, le contesté medio riendo.
“No me entendés”, me frenó, “No lo estoy diciendo de progresista… onda, ‘hoy en día las etiquetas como novio y novia ya no sirven’... no. Nada que ver. Te lo estoy diciendo desde el punto de vista que si tiene relaciones con otros hombres, como vos aseguras, entonces la palabra ‘novia’ ya no debería seguir siendo válida para describir tu relación con ella, no?”
“Ah, okey…”
“Por eso no sé por qué seguís diciendo que es ‘tu novia’. Claramente ella decidió que ya no lo es? O me falta algo?”, me preguntó.
“No sé…”, le dije.
“O a vos te hace falta juntarte con ella y con algún escribano público y que los dos firmen el documento que dice que ya no son…”
“Uf, dale Carmen, no jodas…”, la corté.
Carmen se encogió de hombros, “No lo digo para joderte. Sólo digo que cuando pasa algo así la relación se suele terminar ahí, ipso facto…”
Rebobinemos.
Soy Nicolás Bianchi. 36 años. Hincha de Almagro de toda la vida por mi viejo (gracias por todas las ‘alegrías’, papá). Trabajo en una empresa de comercio exterior y logística, en la parte contable. Es una empresa mediana, tirando a chica. Somos once empleados en una oficina del microcentro. Buena gente, me llevo bien con todos y todas.
Tengo un leve trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Soy un tipo muy detallista. Es leve en serio, pese a las gastadas que me como de vez en cuando en la oficina por las cosas que hago o noto. Por eso empecé a ir a ver a terapeutas y por eso terminé con Carmen. Al principio era por el TOC, ella me ayudó bastante, pero después empezaron a suceder otras cosas que las charlé con ella y ahí estamos. Por ahora no me pudo ayudar mucho. Qué cosas?
Rebobinemos mas.
Pese a lo que opine Carmen y aún pese a los kilómetros de verga que le entran todos los meses, estoy en pareja con mi novia. Si, mi novia. Valentina Soria. Ella tiene treinta y cuatro años, recontra bien llevados. Es una bombita Vale. Pelo castaño que se lo tiñe de rubia, esbelta, tiene un cuerpazo. Unas gomas alucinantes. Pero lo que me flechó desde un principio fue su cara, mezcla de chica de barrio y recontraputa, y la forma de ser tan agradable que tenía. Que tiene.

Nos conocimos hace siete años, empezamos a salir enseguida. No la conocí a través de un amigo en común, ni trabajamos juntos ni nada de eso. Fue algo tan inusual, para mi al menos, que no lo pude interpretar como otra cosa más que intervención divina. Un día me tomé un colectivo para ir a la oficina y la vi. Estaba sentada en los asientos de la izquierda, individuales, con auriculares puestos y mirando su celu. Me quedé absolutamente pelotudo viéndola. No le podía sacar los ojos de encima. Durante el viaje, de vez en cuando ella levantaba la vista para ver por donde iba el bondi, miraba alrededor y me encontraba la mirada. Yo la apartaba enseguida. Y enseguida volvía a verla cuando ella miraba el celu de nuevo. Me parecía que el tiempo no pasaba.
Cuando la ví que se levantó para aprestarse a bajarse sentí como que me bajó la presión. Que me sentía mal. Que la iba a perder. No puedo explicarlo. Me sudaban las manos. Yo no soy un tipo impulsivo por naturaleza, pero algo tenía que hacer. Algo que nunca antes había hecho en la vida. Cuando se paró cerca de la puerta, apretó el timbre y se agarró de un caño. No era mi parada, era mucho antes de donde me tenía que bajar, pero me puse atrás de ella. Ella ni bola, seguía con su música.
Nos bajamos los dos, ella en su parada y yo que ni sabía dónde mierda me había bajado. La seguí una cuadra, pensando y repensando qué decirle. Tenía que hacer algo y rápido. Si se metía en algún edificio la perdía para siempre. Tomé coraje y la abordé en la esquina, mientras esperaba que cambie el semáforo para cruzar.
Pensé que me iba a mandar a la mierda, o ignorarme educadamente como hace la gente cuando la paran por la calle. Por ahí se pensaba que le estaba queriendo vender medias. Pero no. Se sacó los auriculares. Le dije exactamente lo que pensaba, que me disculpara, que yo no solía hacer ésto para nada, pero que la vi en el colectivo y era la mujer mas hermosa que había visto en persona en mi vida. Que no quería molestarla, sólo quería decírselo o me iba a arrepentir toda la vida si no lo hacía.
Valentina se rió, pero bien. No para gastarme, se rió dulcemente y me miró. Me agradeció el cumplido y que yo hubiese sido educado. Tenía una linda voz encima. Le dejé mi celular, anotado en un papelito. Le dije que por favor lo tomara. Que no había compromiso de nada, pero que si estaba sola y le pintaba en algún momento salir, ir a tomar un café o lo que fuera, que yo también estaba solo y me encantaría.
Por segunda vez no me mandó a la mierda. Sonrió, me miró y se guardó el papelito. Me dijo gracias. Nada más. Gracias. La luz cambió, ella cruzó y yo me quedé ahí como un estúpido mirándole el orto mientras se alejaba.
Pensé que todo había quedado ahí. Lo que hice, lo hice, y punto. Cumplí. Pero a los tres días me mandó un whatsapp. Empezamos a salir poco después de eso. Yo no lo podía creer. Aún no puedo. Al año siguiente su abuela, Elvira, falleció y le dejó su departamento en Villa Urquiza. Linda zona, residencial. La familia de ella, los Soria, eran gente de guita históricamente, siempre algún que otro Soria andaba metido en campos en el interior, cría de ganado, exportación de carne y todo eso. Valentina se mudó a ese departamento, que había que arreglarlo un poco ya que la vieja Elvira lo tuvo bastante descuidado por años. Vale dejaba de pagar alquiler donde estaba y tenía su propio depto por fin, para remodelar y vivir. Estaba muy feliz. Y yo también, cuando me dijo que nos mudáramos juntos ahí. A mi me quedaba recontra a trasmano, lejos de la oficina, pero no me importó.
Era convivir con Valentina.
Rebobinemos.

Valentina era recontra peronista hasta la médula. Yo no. Yo siempre fui más bien de centro-derecha, si es que me podía definir así. Yo nunca fuí una persona apasionada de la política. Ni mucho menos. Siempre tuve mis ideas, pero el resto lo ignoraba. Valentina, en cambio, siempre fue peronista, igual que los padres. De adolescente (y ya no tan adolescente) ella militaba en unidades básicas, iba a marchas, participaba. Estaba muy comprometida con sus ideas. Cuando entró a la facultad empezó a estudiar Sociología en la UBA y ahí por supuesto que también militó. Se metió en la Juventud Universitaria Peronista que estaba ahí en Sociales, ayudando con el centro de estudiantes, militando, repartiendo panfletos, apoyando medidas de fuerza y todo eso. También se había puesto en contacto con grupos sociales en algunos barrios y los fines de semana iba a ayudar ahí. Hasta dictó clases de literatura (siempre dentro de sus posibilidades, ya que no era una experta) en una asociación barrial, gratis para la gente que iba.
Eso fue en sus años más jóvenes. Cuando nos conocimos me dijo que nunca había terminado la carrera y que ya a las unidades básicas no iba. Seguía relacionada con gente que había conocido por sus años de asistencia social, organización de marchas y todo eso. Y que todavía ayudaba en algunos barrios, pero no tanto como antes.
A mi no me molestaba. Al contrario, me gustaba verla entusiasmada y comprometida ayudando a la gente, porque más allá de cualquier signo o preferencia política, había un montón de gente que lamentablemente necesitaba ayuda y estaba genial que la recibiera.
Cuando nos mudamos juntos ahí a Villa Urquiza nuestra rutina se estableció casi inmediatamente. Valentina no estaba trabajando, por lo que se quedaba en el departamento. Primero arreglando y refaccionándolo y una vez que eso terminó, ocupándose de las cosas de la casa. Yo los días de semana estaba de nueve a dieciocho en la oficina, volvía a la noche, y compartíamos los fines de semana en el departamento todo el día. A veces salíamos a comer o a algún lado, otros días ella iba a hacer algo de colaboración y ayuda social y yo me quedaba en casa, de relax.
A los tres años de estar juntos ahí, Valentina se reconectó con una amiga de la facultad, Cecilia. Otra loca linda como ella. Ceci siempre me cayó bien. Cecilia la buscó para proponerle un emprendimiento para arrancar juntas, ya que Valentina no tenía trabajo. A ver, no lo necesitaba, pero unos mangos mas siempre venían bien en cualquier hogar.
La idea de las chicas la terminaron llamando “Fondo Liso”. Era un emprendimiento de venta por Instagram de textiles y materiales de cuero reciclados o refaccionados, y también papelería reciclada, regalos empresariales, chucherías varias. Algunas estaban muy lindas y a alguna gente le gustaba. Cecilia era la que se ocupaba de conseguir el material y los talleres para darle forma a las prendas, carteras, fundas de mate, etc. Valentina era la que se ocupaba de promoción en Instagram, ventas y las cuentas.
Fondo Liso ya tiene tres años de vida. Nunca fue un éxito ni tampoco un fracaso. Les sirve a las dos para ganarse unos pesos extra y estar ocupadas. Sobre todo Valentina. Nunca se lo dije, pero yo siempre pensé (pura opinión personal) que las ventas de Fondo Liso se disparaban un poco cuando Valentina aparecía en los avisos ella en lugar de mostrar sólo los productos, ya que todos los pajeros seguro compartían los videos.
Ya estamos más o menos al día? Okey. Cómo es que se desencadenó toda ésta historia, que terminé hablando de ésto con Carmen y por qué le dije que Valentina era una puta? Para eso tenemos que rebobinar hasta el principio de éste cassette fatal en el que se convirtió mi vida en los últimos tiempos.
Como todas las buenas historias, ésta empieza con una pelotudez: Ir a una verdulería.
Fue hace más o menos un año. Un sábado de sol, a la mañana. Valentina me dijo que la acompañara a hacer las compras por el barrio, así la ayudaba con las bolsas. No me molestaba. Valentina no podía evitar ir a las cadenas más grandes de supermercados por algunas cosas puntuales, pero si era por ella prefería ir a los negocios de barrio “para ayudar las economías de esa gente”, según ella.
Terminamos en la verdulería de un tipo que se llamaba Raúl Mena. Un cincuentón. Se conocían con Valentina de ella ir tanto a comprar. Simpático el tipo. Yo me quedé afuera en la vereda con las otras bolsas, boludeando con el celular mientras ella compraba. De pronto escucho desde la vereda el vozarrón de otro tipo, no era Raúl.
“Vale? Monito, so’ vo’?”
Levanté la cabeza y vi que había otro tipo con Raúl, parecía que trabajaba ahí o era amigo de Raúl. Imposible determinar. Un morocho, gordo, mas bien obeso, con el pelo medio largo y barba con algunas canas, bastante desprolijo. La vi a Valentina que se llevó una mano al pecho y le contestó.
“Tavo? Boludo que hacés!”, se rió ella, “No lo puedo creer, que hacés?”
Se acercaron y se dieron un abrazo educado, un beso en la mejilla. Los dos se sonreían.
El tipo se rió y la miraba, “Tanto tiempo, moni… mirá vo’ lo que es la vida…”
“Si, boludo, increíble. Qué hacés acá?”, le preguntó ella.
“Y acá laburando, víteh… con Raúl.”
Raúl les sonrió a los dos mientras le embolsaba unas verduras a Valentina, “Se conocen ustedes dos?”
Valentina se rió, “Si… pero hace añares que no nos vemos…”
“Diez año’ fácil…”, asintió el gordo.
“Mas o menos… qué es de tu vida, loco? Te perdí el rastro cuando dejé de ir a La Cañada”, dijo Valentina. Yo sabía que ‘La Cañada’ era una de las asociaciones barriales en las que Valentina ayudaba, años atrás, en Mataderos.
El gordo se encogió de hombros, “Y, víteh… luchándola. Acá y allá. ‘Toy parando en San Miguel ahora, en un asentamiento con un primo mío y la jermu.”
“Y laburás acá?”, preguntó Valentina, “Que viajecito que tenés…”
El gordo rebufó, “Si, no me hable’... jajajaj… pero que bueno verte, monito. Que loco. ‘Tas hermosa como siempre!”
“Ay, gracias…”, se rió Valentina.
“Perdón que me meta no, pero… cómo es lo de ‘monito’”, preguntó Raúl con una sonrisa socarrona. Valentina y el gordo se rieron.
“Así le decíamo’...”
“Otras épocas….”, se rió Valentina.
“Ah. Y a qué viene el apodo?”, preguntó Raúl.
“Ay Raúl, mejor lo dejamos ahí….”, se rió Valentina. El gordo también se rió.
“Seh, seh… lo dejamo’ ahí…”, comentó el gordo, “Acá Raúl de buena onda me dió laburo… ayudando acá con lo’ cajone’ y las cosa’. Vo’ ‘tas viviendo por acá?”
“La señora es vecina, Tavo… ojo, eh?”, acotó Raúl.
“Ufff… no me digas ‘señora’ che…”, se rió Valentina, “Sí, acá a tres cuadras. Con mi novio.”
El gordo asintió, “Que bueno che, las vuelta’ de la vida. Rauli, no sabe’ lo que es ésta chica, un pan de dió’. Sabe’ la’ de mano’ que nos dió…”
Valentina sonrió, “Se ayuda si se puede, decía mi viejo.”
Raúl asintió y sonrió también, “Buena política.”

A mi ni me veían de donde estaba parado yo. Charlaron un ratito más hasta que Raúl terminó de prepararle las bolsas a Valentina, ella le pagó, se despidió del gordo con otro abrazo y beso en la mejilla y salió.
Volviendo a casa le pregunté a Valentina que onda. Ella se sonrió y me dijo.
“Tavo? El gordo era un tipo en situación de calle que a veces atendíamos en La Cañada.”, se sonrió como recordando, “Re buen tipo. Nos ayudaba a nosotros también con lo que podía.”
Yo asentí, “Si, parece macanudo.”
“Re buen tipo”, recalcó ella, “Mirá vos donde me lo vengo a encontrar después de tanto tiempo.”
“A veces es así. Que bueno que parece que tiene laburo y eso ahora”, le dije.
“Si, buenísimo.”, dijo ella, “Hay un montón de gente que la ayudás y a veces parece que la ayuda no hace nada, viste? Siguen perdidos. Por suerte Tavo enderezó el rumbo”
Cuando llegamos al departamento y Valentina estaba sacando todo de las bolsas, la escuché quejarse, “Ay, pero la puta madre… que boluda….”
“Que pasó?”, le pregunté desde el living.
“Me olvidé los zapallitos… por quedarme charlando…”, suspiró.
“Dejá.. voy yo. De paso voy al kiosco a comprar puchos, que me voy a quedar sin…”, le dije y agarré las llaves.
“Dale, amor… trae un kilo nomás…”
Compré cigarrillos y encaré para la verdulería. Al llegar los vi a Raul y al gordo Tavo sentados, uno en una silla y el gordo en un cajón de fruta que parecía a punto de rendirse al peso del culo del gordo y causar una tragedia. Estaban tomando mate y charlando. A mí Raúl no me conocía, yo era cualquier tipo. Ni sabía que yo era el novio de Valentina porque nunca fui con ella en ningún momento dentro de la verdulería. Ni ese día ni ningún día.
Saludé, Raúl me contestó el saludo amablemente y agarré una bolsita para poner los dichosos zapallitos. Ahí fue cuando los escuché seguir con la charla.
“No te puedo creer”, le dijo Raúl a Tavo, “Mirá vos, la nena…”
El gordo se rió y asintió, “Si, papá… cada historia tiene… no sabé lo que era.”
“O por ahí te estás mandando la parte y me estás tirando un tremendo bolazo con la rubia…”, se rió Raúl.
Yo me hice el boludo y empecé a seleccionar los zapallitos, examinándolos como si de ellos dependiera la paz de occidente. Quería dejarlos a los dos tipos seguir hablando, a ver de qué me enteraba, si es que me enteraba de algo.
“Nah, papá… “, se rió Tavo, “Yo no miento. Te lo juro por la virgen.”
“Así que es guerrera. Tiene pinta”, comentó Raúl.
“Sabe’ cómo le daban los vago’ ahí en La Cañada… ufff…”, se rió el gordo.
“Dale, gil… que? Te la moviste vos también?”
El gordo se rió, “No… pero ganas no me faltan, eh? Ni ayer ni hoy… ‘ta hecha una bomba la hija de puta, igual que antes”.
“Ahí te doy la derecha, negro…”, se rió Raúl.
“No le hace asco a nada”, se rió Tavo, “Bah… o por lo meno’ en esa época no. Ahora andá a sabe’. Por ahí se hizo una señora decente”.
“Tiene novio, dijo”, comentó Raúl.
Yo ya no podía demorar más la selección de los putos zapallitos y ya sentía que me hervía la sangre. Si seguía ahí manoseando zapallitos se iban a pensar que estaba buscando otra cosa. Le pasé la bolsa a Raúl, la pesó, le pagué y nos saludamos amablemente. Volví al departamento pensando si decirle algo a Valentina o no. De lo que había escuchado en la verdulería.
Al final, y por el momento, decidí no hacerlo. No por una cuestión que no quería. Fue más que nada porque tenía miedo de reflotarle cosas que por ahí ella había dejado atrás. Ella siempre fue muy abierta conmigo, de su pasado militante y las cosas que hizo, pero eso de que “los vagos se la movían todo el tiempo” en La Cañada, de eso nunca me había dicho nada. Está bien que por ahí no son cosas que se dicen, pero yo pensaba que me habría dicho si alguna vez tuvo alguna aventura.
Entonces si Valentina nunca me dijo nada era porque lo había dejado atrás, no querría que se lo recuerden, o la otra opción era que el gordo ese Tavo era un bocón que se estaba mandando la parte con su nuevo jefe, Raúl, y le estaba calentando la pava vaya a saber para qué. Igual me resultó llamativo que Tavo le dijera a Raúl que él nunca se la había movido. Que otros sí, pero él no. Pensaba que si el gordo era un bocón, si era una historia inventada, habría dicho que él también se había cogido a semejante mujer para fanfarronear. Pero no.
El mero hecho que no lo hizo, que no lo dijo, fue algo que me quedó en la cabeza por semanas. Y fue lo que me empezó a alimentar la creciente paranoia que yo tenía, íntimamente en mi cabeza, respecto a Valentina. Le daba veracidad al cuento del gordo.
No lo sabía en ese momento, pero era el principio del fin.
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