Capítulo 3
El fuego que no se puede apagar

Caminaba más rápido de lo normal hacia la casa del pastor Andrés. El sol de la tarde calentaba mi espalda, pero ese calor exterior era insignificante comparado con el que ardía dentro de mí desde hacía días.
Cada paso hacía que la tela de mi falda larga rozara contra la piel sensible de mis muslos, enviando pequeñas descargas que me obligaban a apretar los dientes. Mi cuerpo ya no era el mismo de antes. Desde aquella noche en que me exploré con tanta intensidad, algo había despertado definitivamente. Me despertaba en medio de la madrugada con los pechos pesados y doloridos, los pezones erectos rozando contra la tela delgada del camisón, y una humedad constante entre las piernas que me hacía sentir vergüenza y una extraña excitación al mismo tiempo.
Intentaba rezar, intentaba pensar en Santiago, en su sonrisa amable, en sus manos gentiles que nunca habían ido más allá de un beso en la mejilla. Pero mi mente traicionera volvía una y otra vez a las sensaciones nuevas: el peso de mis propios pechos en mis manos, la humedad resbaladiza bajo mis dedos, el placer intenso que me había hecho arquear la espalda y gemir contra la almohada. Estaba ansiosa. Ansiosa por volver a esa casa, por escuchar más palabras del pastor, por entender este fuego que crecía dentro de mí cada día con más fuerza. Quería prepararme para ser una buena esposa. Quería estar lista para Santiago. Al menos eso era lo que me repetía una y otra vez mientras aceleraba el paso.
Llegué quince minutos antes de la hora acordada. El corazón me latía con tanta fuerza que lo sentía en la garganta. Me detuve frente a la puerta de madera oscura, respiré hondo varias veces y levanté la mano para tocar. Pero antes de que mis nudillos golpearan la madera, lo escuché claramente.
Un gemido bajo. Prolongado. Inconfundiblemente femenino. Luego otro sonido: húmedo, profundo, carnal, como labios que se encontraban con urgencia y deseo crudo.

Me quedé completamente paralizada. El pulso retumbaba en mis oídos. En lugar de tocar, me moví con sigilo hacia el costado de la casa, donde recordaba que había un pequeño agujero en la cerca de madera que permitía ver parte del patio trasero. Me incliné, conteniendo la respiración, y miré.
Lo que vi me golpeó como una ola caliente y violenta que me dejó sin aliento.
El pastor Andrés tenía a Ana presionada contra la pared del patio, sujetándola con su cuerpo grande y fuerte. La besaba con una pasión salvaje, casi animal. Su boca grande cubría completamente la de ella, y vi con claridad cristalina cómo su lengua gruesa entraba y salía de la boca de Ana sin ningún tipo de pudor, profunda, húmeda, dominante, explorando con movimientos lentos y posesivos. Ana gemía contra sus labios, completamente entregada, con los ojos entrecerrados de placer y el cuerpo temblando visiblemente. Sus manos se aferraban desesperadamente a la camisa del pastor, arrugándola, como si necesitara sostenerse para no caer.

Las manos grandes y fuertes del pastor bajaban sin ninguna vergüenza por la espalda de su esposa hasta agarrar sus nalgas con posesión descarada. Las apretaba con fuerza, las amasaba, las separaba por encima del vestido, empujando su cadera contra la de ella con movimientos lentos pero firmes que hacían que Ana se arqueara y se frotara contra él sin control. El pastor mordió su labio inferior, tirando de él, y Ana soltó un gemido ahogado y tembloroso que me atravesó el cuerpo como un rayo. Una de sus manos subió hasta el pecho de Ana y lo apretó con fuerza, pellizcando el pezón por encima de la tela mientras seguía besándola como si quisiera devorarla entera.
Era un beso sucio, húmedo, lleno de saliva y deseo crudo. Los sonidos —el chocar constante de labios, las lenguas enredándose audiblemente, los gemidos entrecortados y desesperados de Ana, la respiración pesada y masculina del pastor— me golpeaban directo en el vientre. Sentí que me mojaba de golpe, de una forma intensa y vergonzosa. Mis bragas se empaparon en cuestión de segundos. Mis pezones se endurecieron dolorosamente contra la blusa holgada, sensibles al mínimo roce de la tela. Un calor líquido, espeso y palpitante se concentró en mi sexo, haciendo que mis paredes internas se contrajeran solas, vacías y desesperadas. Mis muslos temblaban sin control. Apreté las piernas con fuerza, pero eso solo hizo que mi clítoris hinchado rozara contra la tela húmeda y me provocara un pequeño gemido que tuve que ahogar mordiéndome el labio.
Nunca había visto nada tan explícito. Tan carnal. Tan prohibido. Mis mejillas ardían. Mi respiración se había vuelto entrecortada. Sentía la humedad deslizándose por mis labios internos y bajando lentamente por la cara interna de mis muslos. Quería apartar la mirada, quería sentir vergüenza… pero no podía. Mi cuerpo ardía con una fuerza que me aterrorizaba y excitaba al mismo tiempo.
De pronto, el beso terminó. Ana tenía los labios hinchados, rojos y brillantes de saliva. El pastor le susurró algo al oído y ella asintió con esa expresión sumisa y satisfecha que yo ya conocía bien. Segundos después, Ana salió por la puerta lateral de la casa, ajustándose el vestido y el cabello con las mejillas aún sonrojadas.
Me escondí rápidamente y fingí que acababa de llegar caminando por el sendero. Ana me vio y sonrió con naturalidad, aunque su voz sonaba más ronca y suave de lo habitual.
—Valeria, llegaste temprano —dijo amablemente—. Justo salía a la iglesia, el pastor me pidió que llevara unos documentos urgentes. Hoy la sesión será solo contigo y él. Pasa, te está esperando.
Asentí, incapaz de decir más que un “gracias” entrecortado y tembloroso. Mis piernas apenas me sostenían. La humedad entre mis piernas era tan evidente que tenía miedo de que se notara al caminar.
Entré a la casa. El pastor Andrés me recibió con su sonrisa serena y profunda, como si nada hubiera ocurrido en el patio hacía solo unos minutos.
—Valeria, bienvenida. Pasa y siéntate. Hoy estaremos solos.
Nos sentamos en la sala. Traté de comportarme con normalidad, cruzando las piernas con fuerza, pero mi cuerpo seguía ardiendo. Las imágenes del beso no se me iban de la cabeza: la lengua del pastor entrando y saliendo de la boca de Ana, sus manos fuertes apretando esas nalgas, los gemidos entregados de ella, el movimiento de sus caderas…
—¿Estás bien? —preguntó el pastor después de unos minutos de charla amena sobre los preparativos de la boda y cómo me sentía con la fecha acercándose—. Te noto diferente hoy. Tus mejillas están muy rojas, tus manos tiemblan ligeramente y tu respiración está agitada. ¿Te pasa algo?
Sentí que me ardían las orejas, el cuello y el pecho.
—Solo estoy ansiosa y nerviosa por el matrimonio —mentí, bajando la mirada a mis manos entrelazadas—. Es mucho para procesar.
El pastor sonrió con esa comprensión profunda que parecía ver a través de todas mis mentiras.
—Entiendo perfectamente —dijo con tono suave, casi divertido—. Pareciera que estás especialmente ansiosa por la noche de bodas. Y hablando de eso… hay algunas cosas que puedo decirte para que esa noche sea mucho más placentera para ti y para Santiago. Porque el cuerpo es complicado, Valeria. A veces nos excitamos sin quererlo… y otras veces, cuando queremos, no lo logramos. El secreto está en conocer las zonas erógenas. Cada cuerpo es diferente, pero podemos intentar descubrir las tuyas… si tú quieres.
Cada palabra suya era como una caricia lenta y deliberada sobre mi piel ya hipersensible. Mi clítoris palpitaba con fuerza. Sentía la humedad deslizándose más abundantemente. No pude resistirme.
—Me parece bien —susurré, con la voz ronca y temblorosa.
El pastor asintió lentamente, satisfecho.
—Entonces cierra los ojos, Valeria. Y si en algún momento te sientes incómoda o quieres que pare, solo dímelo. ¿De acuerdo?
—Sí, pastor…
—Relájate… Siéntate recta.
Sentí sus manos grandes, cálidas y firmes posarse sobre mis hombros. Empezó a masajearlos con movimientos lentos y profundos, presionando los músculos tensos. La sensación fue inmediata y abrumadora: la piel se me erizó por completo, un escalofrío intenso bajó por mi columna vertebral y se concentró en mi vientre. Intenté con todas mis fuerzas imaginar que eran las manos de Santiago. Mi prometido. El hombre bueno y amable con quien me casaría. Pero el recuerdo del beso en el patio era demasiado reciente, demasiado vívido y poderoso.

Sus manos bajaron por mis brazos, acariciando la piel a través de la blusa, luego volvieron a mis hombros y descendieron hasta mi cintura, rodeándola completamente con sus palmas grandes. Me apretó con suavidad pero firmeza, atrayéndome un poco hacia él. Gemí bajito, incapaz de contenerlo. Luego subió por mi espalda y bajó de nuevo, rozando esa zona baja donde ya me había tocado antes, pero esta vez con mucha más presión, más intención, sus dedos acariciando la curva donde la cintura se une con las caderas. El calor explotó en mi vientre como una llamarada.
—Así… déjate sentir —murmuró él con voz baja y calmada cerca de mi oído, su aliento caliente rozando mi cuello y provocando otro escalofrío—. El fuego está aquí.
Una de sus manos se posó con decisión sobre mi vientre bajo, presionando ligeramente justo encima de la falda, como si quisiera marcar el centro exacto donde todo el calor se acumulaba. La otra mano subió despacio hasta posarse sobre mi pecho izquierdo, cubriéndolo casi por completo por encima de la blusa. Sentí el peso de su palma, el calor que traspasaba la tela, la forma en que mi pezón erecto y sensible rozaba contra su mano con cada respiración agitada. Cada pequeño movimiento enviaba descargas eléctricas directas y punzantes a mi clítoris hinchado.
El placer era abrumador. Mis muslos temblaban sin control. Sentía cómo mi vagina se contraía rítmicamente, vacía, desesperada, suplicando algo que la llenara. La humedad empapaba mis bragas por completo y bajaba lentamente por la cara interna de mis muslos. En mi mente, las imágenes del pastor besando a Ana se mezclaban con sus manos sobre mí. Intentaba pensar en Santiago, pero su rostro se desdibujaba cada vez más.
—¿Quieres que me detenga? —preguntó él con voz ronca y baja.
—No… —gemí, casi suplicando, con la voz entrecortada y rota—. No se detenga, por favor…
El pastor se puso de pie y se colocó frente a mí. Sus manos volvieron a mi espalda baja, pero ahora con mucha más intención. Apretaba, amasaba, atrayéndome hacia su cuerpo. Recorrió mis costados con lentitud tortuosa, subiendo y bajando, rozando la parte exterior de mis pechos. Luego sus pulgares comenzaron a acariciar la parte inferior de ellos con movimientos circulares, presionando la carne blanda y sensible, levantándolos ligeramente. Mis pezones ardían. Sentía que iba a explotar solo con eso.
Deslizó una mano por mi muslo interno, subiendo lentamente por debajo de la falda larga. Sus dedos rozaron la piel suave y caliente de la cara interna, cada vez más cerca de mi sexo palpitante, deteniéndose a solo centímetros de donde más lo necesitaba. La otra mano seguía en mi pecho, ahora masajeándolo con más decisión, pellizcando suavemente el pezón entre los dedos por encima de la tela, tirando de él con delicadeza.
—Entrégate al fuego, Valeria… —susurró cerca de mi oído, su aliento caliente contra mi cuello—. Ábrete. Deja que crezca. Es hermoso cuando se permite arder…
Estaba a punto de correrme. Mis caderas se movían solas en pequeños círculos desesperados. Mi clítoris latía con fuerza, hinchado y extremadamente sensible. Sentía las paredes internas contrayéndose una y otra vez, suplicando. El placer subía, subía, casi insoportable, a punto de romperme por completo…
Y entonces se detuvo por completo.
Abrí los ojos, jadeando fuertemente, con el cuerpo entero temblando y la mente nublada de placer frustrado. El pastor me miró con esa calma serena, como si nada hubiera pasado.
—Creo que por hoy es suficiente —dijo suavemente—. Has avanzado mucho, Valeria. Descansa y reflexiona sobre lo que sentiste hoy.
Salí de su casa aturdida, con las piernas débiles y temblorosas, la entrepierna completamente empapada y el cuerpo vibrando de un placer frustrado que me dejaba un vacío doloroso y profundo. Durante todo el largo camino a casa solo podía pensar en una cosa:
¿Cómo era posible que casi llegara al orgasmo solo con sus manos y su voz? ¿Cómo mi cuerpo había reaccionado de esa forma tan intensa, tan descontrolada, tan traicionera? ¿Y por qué una parte oscura y nueva de mí ya quería volver lo antes posible, aunque eso me aterrorizara profundamente?
Tenía miedo. Mucho miedo. Pero el fuego ya estaba encendido… y cada vez era más difícil apagarlo.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el relato completo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
Escucha el audio y lee por adelantado aquí: [FUEGOENLAPIEL]
El fuego que no se puede apagar

Caminaba más rápido de lo normal hacia la casa del pastor Andrés. El sol de la tarde calentaba mi espalda, pero ese calor exterior era insignificante comparado con el que ardía dentro de mí desde hacía días.
Cada paso hacía que la tela de mi falda larga rozara contra la piel sensible de mis muslos, enviando pequeñas descargas que me obligaban a apretar los dientes. Mi cuerpo ya no era el mismo de antes. Desde aquella noche en que me exploré con tanta intensidad, algo había despertado definitivamente. Me despertaba en medio de la madrugada con los pechos pesados y doloridos, los pezones erectos rozando contra la tela delgada del camisón, y una humedad constante entre las piernas que me hacía sentir vergüenza y una extraña excitación al mismo tiempo.
Intentaba rezar, intentaba pensar en Santiago, en su sonrisa amable, en sus manos gentiles que nunca habían ido más allá de un beso en la mejilla. Pero mi mente traicionera volvía una y otra vez a las sensaciones nuevas: el peso de mis propios pechos en mis manos, la humedad resbaladiza bajo mis dedos, el placer intenso que me había hecho arquear la espalda y gemir contra la almohada. Estaba ansiosa. Ansiosa por volver a esa casa, por escuchar más palabras del pastor, por entender este fuego que crecía dentro de mí cada día con más fuerza. Quería prepararme para ser una buena esposa. Quería estar lista para Santiago. Al menos eso era lo que me repetía una y otra vez mientras aceleraba el paso.
Llegué quince minutos antes de la hora acordada. El corazón me latía con tanta fuerza que lo sentía en la garganta. Me detuve frente a la puerta de madera oscura, respiré hondo varias veces y levanté la mano para tocar. Pero antes de que mis nudillos golpearan la madera, lo escuché claramente.
Un gemido bajo. Prolongado. Inconfundiblemente femenino. Luego otro sonido: húmedo, profundo, carnal, como labios que se encontraban con urgencia y deseo crudo.

Me quedé completamente paralizada. El pulso retumbaba en mis oídos. En lugar de tocar, me moví con sigilo hacia el costado de la casa, donde recordaba que había un pequeño agujero en la cerca de madera que permitía ver parte del patio trasero. Me incliné, conteniendo la respiración, y miré.
Lo que vi me golpeó como una ola caliente y violenta que me dejó sin aliento.
El pastor Andrés tenía a Ana presionada contra la pared del patio, sujetándola con su cuerpo grande y fuerte. La besaba con una pasión salvaje, casi animal. Su boca grande cubría completamente la de ella, y vi con claridad cristalina cómo su lengua gruesa entraba y salía de la boca de Ana sin ningún tipo de pudor, profunda, húmeda, dominante, explorando con movimientos lentos y posesivos. Ana gemía contra sus labios, completamente entregada, con los ojos entrecerrados de placer y el cuerpo temblando visiblemente. Sus manos se aferraban desesperadamente a la camisa del pastor, arrugándola, como si necesitara sostenerse para no caer.

Las manos grandes y fuertes del pastor bajaban sin ninguna vergüenza por la espalda de su esposa hasta agarrar sus nalgas con posesión descarada. Las apretaba con fuerza, las amasaba, las separaba por encima del vestido, empujando su cadera contra la de ella con movimientos lentos pero firmes que hacían que Ana se arqueara y se frotara contra él sin control. El pastor mordió su labio inferior, tirando de él, y Ana soltó un gemido ahogado y tembloroso que me atravesó el cuerpo como un rayo. Una de sus manos subió hasta el pecho de Ana y lo apretó con fuerza, pellizcando el pezón por encima de la tela mientras seguía besándola como si quisiera devorarla entera.
Era un beso sucio, húmedo, lleno de saliva y deseo crudo. Los sonidos —el chocar constante de labios, las lenguas enredándose audiblemente, los gemidos entrecortados y desesperados de Ana, la respiración pesada y masculina del pastor— me golpeaban directo en el vientre. Sentí que me mojaba de golpe, de una forma intensa y vergonzosa. Mis bragas se empaparon en cuestión de segundos. Mis pezones se endurecieron dolorosamente contra la blusa holgada, sensibles al mínimo roce de la tela. Un calor líquido, espeso y palpitante se concentró en mi sexo, haciendo que mis paredes internas se contrajeran solas, vacías y desesperadas. Mis muslos temblaban sin control. Apreté las piernas con fuerza, pero eso solo hizo que mi clítoris hinchado rozara contra la tela húmeda y me provocara un pequeño gemido que tuve que ahogar mordiéndome el labio.
Nunca había visto nada tan explícito. Tan carnal. Tan prohibido. Mis mejillas ardían. Mi respiración se había vuelto entrecortada. Sentía la humedad deslizándose por mis labios internos y bajando lentamente por la cara interna de mis muslos. Quería apartar la mirada, quería sentir vergüenza… pero no podía. Mi cuerpo ardía con una fuerza que me aterrorizaba y excitaba al mismo tiempo.
De pronto, el beso terminó. Ana tenía los labios hinchados, rojos y brillantes de saliva. El pastor le susurró algo al oído y ella asintió con esa expresión sumisa y satisfecha que yo ya conocía bien. Segundos después, Ana salió por la puerta lateral de la casa, ajustándose el vestido y el cabello con las mejillas aún sonrojadas.
Me escondí rápidamente y fingí que acababa de llegar caminando por el sendero. Ana me vio y sonrió con naturalidad, aunque su voz sonaba más ronca y suave de lo habitual.
—Valeria, llegaste temprano —dijo amablemente—. Justo salía a la iglesia, el pastor me pidió que llevara unos documentos urgentes. Hoy la sesión será solo contigo y él. Pasa, te está esperando.
Asentí, incapaz de decir más que un “gracias” entrecortado y tembloroso. Mis piernas apenas me sostenían. La humedad entre mis piernas era tan evidente que tenía miedo de que se notara al caminar.
Entré a la casa. El pastor Andrés me recibió con su sonrisa serena y profunda, como si nada hubiera ocurrido en el patio hacía solo unos minutos.
—Valeria, bienvenida. Pasa y siéntate. Hoy estaremos solos.
Nos sentamos en la sala. Traté de comportarme con normalidad, cruzando las piernas con fuerza, pero mi cuerpo seguía ardiendo. Las imágenes del beso no se me iban de la cabeza: la lengua del pastor entrando y saliendo de la boca de Ana, sus manos fuertes apretando esas nalgas, los gemidos entregados de ella, el movimiento de sus caderas…
—¿Estás bien? —preguntó el pastor después de unos minutos de charla amena sobre los preparativos de la boda y cómo me sentía con la fecha acercándose—. Te noto diferente hoy. Tus mejillas están muy rojas, tus manos tiemblan ligeramente y tu respiración está agitada. ¿Te pasa algo?
Sentí que me ardían las orejas, el cuello y el pecho.
—Solo estoy ansiosa y nerviosa por el matrimonio —mentí, bajando la mirada a mis manos entrelazadas—. Es mucho para procesar.
El pastor sonrió con esa comprensión profunda que parecía ver a través de todas mis mentiras.
—Entiendo perfectamente —dijo con tono suave, casi divertido—. Pareciera que estás especialmente ansiosa por la noche de bodas. Y hablando de eso… hay algunas cosas que puedo decirte para que esa noche sea mucho más placentera para ti y para Santiago. Porque el cuerpo es complicado, Valeria. A veces nos excitamos sin quererlo… y otras veces, cuando queremos, no lo logramos. El secreto está en conocer las zonas erógenas. Cada cuerpo es diferente, pero podemos intentar descubrir las tuyas… si tú quieres.
Cada palabra suya era como una caricia lenta y deliberada sobre mi piel ya hipersensible. Mi clítoris palpitaba con fuerza. Sentía la humedad deslizándose más abundantemente. No pude resistirme.
—Me parece bien —susurré, con la voz ronca y temblorosa.
El pastor asintió lentamente, satisfecho.
—Entonces cierra los ojos, Valeria. Y si en algún momento te sientes incómoda o quieres que pare, solo dímelo. ¿De acuerdo?
—Sí, pastor…
—Relájate… Siéntate recta.
Sentí sus manos grandes, cálidas y firmes posarse sobre mis hombros. Empezó a masajearlos con movimientos lentos y profundos, presionando los músculos tensos. La sensación fue inmediata y abrumadora: la piel se me erizó por completo, un escalofrío intenso bajó por mi columna vertebral y se concentró en mi vientre. Intenté con todas mis fuerzas imaginar que eran las manos de Santiago. Mi prometido. El hombre bueno y amable con quien me casaría. Pero el recuerdo del beso en el patio era demasiado reciente, demasiado vívido y poderoso.

Sus manos bajaron por mis brazos, acariciando la piel a través de la blusa, luego volvieron a mis hombros y descendieron hasta mi cintura, rodeándola completamente con sus palmas grandes. Me apretó con suavidad pero firmeza, atrayéndome un poco hacia él. Gemí bajito, incapaz de contenerlo. Luego subió por mi espalda y bajó de nuevo, rozando esa zona baja donde ya me había tocado antes, pero esta vez con mucha más presión, más intención, sus dedos acariciando la curva donde la cintura se une con las caderas. El calor explotó en mi vientre como una llamarada.
—Así… déjate sentir —murmuró él con voz baja y calmada cerca de mi oído, su aliento caliente rozando mi cuello y provocando otro escalofrío—. El fuego está aquí.
Una de sus manos se posó con decisión sobre mi vientre bajo, presionando ligeramente justo encima de la falda, como si quisiera marcar el centro exacto donde todo el calor se acumulaba. La otra mano subió despacio hasta posarse sobre mi pecho izquierdo, cubriéndolo casi por completo por encima de la blusa. Sentí el peso de su palma, el calor que traspasaba la tela, la forma en que mi pezón erecto y sensible rozaba contra su mano con cada respiración agitada. Cada pequeño movimiento enviaba descargas eléctricas directas y punzantes a mi clítoris hinchado.
El placer era abrumador. Mis muslos temblaban sin control. Sentía cómo mi vagina se contraía rítmicamente, vacía, desesperada, suplicando algo que la llenara. La humedad empapaba mis bragas por completo y bajaba lentamente por la cara interna de mis muslos. En mi mente, las imágenes del pastor besando a Ana se mezclaban con sus manos sobre mí. Intentaba pensar en Santiago, pero su rostro se desdibujaba cada vez más.
—¿Quieres que me detenga? —preguntó él con voz ronca y baja.
—No… —gemí, casi suplicando, con la voz entrecortada y rota—. No se detenga, por favor…
El pastor se puso de pie y se colocó frente a mí. Sus manos volvieron a mi espalda baja, pero ahora con mucha más intención. Apretaba, amasaba, atrayéndome hacia su cuerpo. Recorrió mis costados con lentitud tortuosa, subiendo y bajando, rozando la parte exterior de mis pechos. Luego sus pulgares comenzaron a acariciar la parte inferior de ellos con movimientos circulares, presionando la carne blanda y sensible, levantándolos ligeramente. Mis pezones ardían. Sentía que iba a explotar solo con eso.
Deslizó una mano por mi muslo interno, subiendo lentamente por debajo de la falda larga. Sus dedos rozaron la piel suave y caliente de la cara interna, cada vez más cerca de mi sexo palpitante, deteniéndose a solo centímetros de donde más lo necesitaba. La otra mano seguía en mi pecho, ahora masajeándolo con más decisión, pellizcando suavemente el pezón entre los dedos por encima de la tela, tirando de él con delicadeza.
—Entrégate al fuego, Valeria… —susurró cerca de mi oído, su aliento caliente contra mi cuello—. Ábrete. Deja que crezca. Es hermoso cuando se permite arder…
Estaba a punto de correrme. Mis caderas se movían solas en pequeños círculos desesperados. Mi clítoris latía con fuerza, hinchado y extremadamente sensible. Sentía las paredes internas contrayéndose una y otra vez, suplicando. El placer subía, subía, casi insoportable, a punto de romperme por completo…
Y entonces se detuvo por completo.
Abrí los ojos, jadeando fuertemente, con el cuerpo entero temblando y la mente nublada de placer frustrado. El pastor me miró con esa calma serena, como si nada hubiera pasado.
—Creo que por hoy es suficiente —dijo suavemente—. Has avanzado mucho, Valeria. Descansa y reflexiona sobre lo que sentiste hoy.
Salí de su casa aturdida, con las piernas débiles y temblorosas, la entrepierna completamente empapada y el cuerpo vibrando de un placer frustrado que me dejaba un vacío doloroso y profundo. Durante todo el largo camino a casa solo podía pensar en una cosa:
¿Cómo era posible que casi llegara al orgasmo solo con sus manos y su voz? ¿Cómo mi cuerpo había reaccionado de esa forma tan intensa, tan descontrolada, tan traicionera? ¿Y por qué una parte oscura y nueva de mí ya quería volver lo antes posible, aunque eso me aterrorizara profundamente?
Tenía miedo. Mucho miedo. Pero el fuego ya estaba encendido… y cada vez era más difícil apagarlo.
Nota del autor: Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, el relato completo y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.
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