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"Desde que estoy embarazada"

Capítulo 3: Mes 2
Hice lo que mejor sé hacer: no pensar. Si no miraba el calendario, no existía. Total, me sentía mejor que nunca.
Primera semana. Mi cuerpo estaba distinto y a mí me encantaba. Mis pechos ya eran 95E, así que fui a comprarme corpiños nuevos. En el probador me quedé un buen rato mirándome: el escote lleno, los pezones claros marcándose bajo el encaje, las caderas más anchas, la cola más redonda, la piel con un brillo raro.
En el colectivo, un tipo de traje no me sacaba los ojos del escote. Antes me habría encogido. Esta vez me enderecé y le sostuve la mirada, con una media sonrisa. Al bajar me dejó un papelito con su número. Lo rompí, pero seguí sonriendo toda la cuadra.
En el subte me mareé de golpe y tuve que sentarme. Me dije que era el calor.
Segunda semana. En casa, el juego era otro. Mi mamá golpeaba la puerta del baño mientras yo dejaba que el agua tibia me cayera sobre los pechos, hipersensibles. Me toqué despacio, con una mano pellizcando un pezón y la otra entre las piernas, mordiéndome el labio mientras ella hablaba del otro lado sobre qué cocinar. Acabé en silencio, con la frente contra los azulejos.
—Qué colorada estás —dijo cuando salí.
—Es el agua caliente.
Tercera semana. Vero me sacó a bailar. Me puse un top corto que me marcaba el escote y una pollera ajustada. En la pista sentí unas manos en mi cintura: Tomás, 28, ojos verdes y sonrisa fácil. Bailamos pegados, con su boca rozándome la oreja y su erección apretada contra mi cola.
—Vamos a otro lado —le dije, sin dudarlo.
En el baño del boliche cerró con llave y me apoyó contra la pared. Me subió el top y me chupó los pechos con hambre, lamiendo los pezones claros, mientras yo le desabrochaba el pantalón. Me arrodillé sobre las baldosas frías y lo tomé con la boca, despacio al principio y después más hondo, con la mano en la base y los ojos clavados en los suyos, hasta que me agarró del pelo y me levantó con un gruñido.
Me dio vuelta, me levantó la pollera y me arrancó la bombacha. Me penetró de golpe desde atrás, con una mano tapándome la boca y la otra apretándome un pecho. Cada embestida me hacía golpear contra la pared, con el bajo de la música tapando nuestros gemidos y el sonido húmedo de nuestros cuerpos. Acabé mordiéndole la palma, temblando entera, y él terminó unos segundos después, jadeando contra mi cuello.
Volví a la pista con las piernas flojas y el maquillaje corrido. Vero levantó las cejas. Yo me encogí de hombros.
Cuarta semana. Esa semana me sentí invencible: mensajes, miradas, un par de coqueteos más, un beso en una plaza. Ya eran casi dos meses sin período. El cansancio me tiraba a las nueve de la noche y algunos días los pechos me dolían tanto que no aguantaba ni un abrazo. Pero yo tenía un plan: no mirar, no contar, no pensar.
El último domingo del mes me encontré en la farmacia con un test en la mano, sin saber muy bien cómo había llegado ahí. Lo hice esa misma noche en el baño de casa, sentada en el borde de la bañera, con la puerta con llave y el corazón en la garganta.
Dos rayitas.
Me quedé mirándolas mucho rato. Sentí un vacío enorme pensando en mis papás, en el dinero, en que nunca supe qué hacer con mi vida. Pero debajo del miedo había algo firme y nuevo: la certeza de que, por primera vez, algo era mío de verdad.
Apoyé la mano sobre mi vientre plano y susurré, casi sin voz:
—Bueno. Acá estamos.

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