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"Desde que estoy embarazada"

Capítulo 7: Mes 6
Primera semana. Una mañana, al salir de la ducha, vi la primera estría: un trazo fino y violáceo en el costado de la panza. Después descubrí otras, más pequeñas, en la parte baja. Me quedé frente al espejo con el corazón hecho un nudo y lloré. Mi mamá golpeó la puerta.
—¿Todo bien, Lu?
—Sí —mentí.
El cuerpo seguía cambiando sin pedir permiso. Mis pechos ya eran 105G: enormes, pesados, con las venas marcadas y las areolas anchas, de un marrón tostado como caramelo, con los pezones más grandes y salientes. Dejaban gotitas en el corpiño casi todos los días. Me miraba de perfil, con la panza redonda y firme, y no sabía si era la mujer más hermosa del mundo o un globo. A veces las dos cosas en la misma hora.
Segunda semana. En la calle, la panza seguía abriendo puertas, pero también invitaba a manos ajenas. Una señora en la feria me tocó el vientre sin preguntar. Después un tipo en el tren. Me di cuenta de que lo odiaba: sentirme un objeto público. La segunda vez le aparté la mano con un "no me toques" que salió más fuerte de lo que esperaba. Volví a casa temblando de bronca.
Al día siguiente, un tipo de veintiocho me ayudó a cargar las bolsas en el supermercado y me invitó a tomar algo. Quedamos el jueves. Me maquillé, me puse el vestido azul, esperé una hora en el bar. Me escribió a las diez: "Perdón, me surgió algo." Pagué el jugo y me fui caminando, entre indignada y aliviada.
Tercera semana. Sebastián tenía treinta y seis, una sonrisa cuidada y un departamento impecable. La cena fue agradable. Después la cosa se torció. Apenas me quitó el vestido, empezó a hablar demasiado.
—Nunca estuve con una embarazada. Es raro, pero me calienta un montón.
Me besó los pechos con una torpeza ansiosa, apretándolos como si fueran de goma, y una gota de leche le cayó en la barbilla. Se rio nervioso. Cuando me puso boca arriba, la espalda me ardió tanto que tuve que pedirle que parara. Probó de costado, pero él insistía en ir más rápido de lo que yo podía. Me dio un calambre, me faltó el aire, sentí una patada del bebé justo cuando me estaba penetrando y me quedé helada.
—Pará —le dije—. No me siento cómoda.
Me miró con fastidio.
—Pero si vos buscabas esto.
Me vestí en silencio. Lloré un rato en el taxi, no por él, sino por lo fácil que era sentirse chiquita frente a esa mirada. Al llegar, mi papá me esperaba con un té sin preguntar nada.
Cuarta semana. Escribí a Diego, el de la terraza. Fue lo mejor que hice en el mes. Me recibió con velas y una montaña de almohadas armadas sobre la cama.
—Quiero que estés cómoda —dijo—. Vos mandás.
Me desnudó despacio, besando cada estría, cada curva, y me dijo que era la mujer más hermosa que había visto. Me acostó de costado, con una almohada bajo la panza y otra entre las piernas, y me besó el cuello mientras sus manos amasaban mis pechos, arrancándome gemidos largos. Su boca bajó por mi espalda y llegó hasta mi cola. Me abrió con los dedos y me lamió despacio, profundo, hasta que temblé entera y acabé gritando contra la almohada.
—Ahora vos —le pedí, con la voz rota.
Se acostó detrás de mí, me levantó una pierna y entró de a poco, con una mano en mi cadera y la otra jugando con mi clítoris. Se movió lento, hondo, con una paciencia que me desarmaba. Cada embestida arrancaba un suspiro. Los pechos me pesaban y me goteaban, y él los apretaba, lamiendo la leche tibia de mis pezones oscuros mientras yo me deshacía. Mi segundo orgasmo llegó en oleadas largas, como olas que no terminaban de romper, y el tercero me dejó sollozando de placer. Él acabó adentro con un gemido bajo, abrazándome fuerte.
Después me limpió con una toalla tibia, me acarició el vientre y susurró:
—Nunca me sentí tan cerca de alguien.
Me quedé despierta mucho rato, con su mano sobre la panza y el aleteo de mi hija respondiendo desde adentro.

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