Capítulo 5: Mes 4 (reescrito)
Primera semana. Después de aquella cena, la casa se llenó de silencios. Mi papá no me hablaba: me esquivaba en el pasillo, con la mirada en el piso. Mi mamá, en cambio, apareció al día siguiente con un cuaderno lleno de anotaciones: turnos médicos, vitaminas, una lista de nombres. Lloraba y se reía al mismo tiempo. Yo también. Las hormonas me tenían hecha un péndulo: una hora agradecida y la siguiente furiosa con nadie en particular.
Segunda semana. El vientre empezó a notarse: una curva pequeña, firme y tibia, justo debajo del ombligo. Me paraba desnuda frente al espejo del cuarto, fascinada, y me pasaba la mano por encima.
Mis pechos habían vuelto a crecer. Ahora usaba 100F: la banda del corpiño me quedaba chica desde que la caja torácica se me ensanchó. Se veían más llenos y más pesados, con las venitas azules dibujadas bajo la piel. Los pezones, que siempre fueron de un rosa muy claro, habían tomado un tono más profundo, como un rosa apagado que se acercaba al durazno oscuro. Las areolas estaban más anchas, con unos granitos diminutos alrededor que antes no tenía. Los tocaba con la yema de los dedos y se endurecían al instante, tan sensibles que me arrancaban un suspiro. Las caderas más anchas, la cola más redonda, los muslos más llenos. Nunca me había visto tan mujer, y me daba vergüenza admitir cuánto me excitaba mirarme.
Una tarde mi papá me encontró en el living con una remera ajustada que marcaba la panza. Se detuvo. Por primera vez me miró a los ojos y me apoyó la mano en el hombro, apenas un segundo. Después siguió su camino. Casi me largo a llorar.
Tercera semana. Le conté a Ezequiel que estaba embarazada, esperando que se espantara. Contestó: "No me lo esperaba. ¿Puedo verte igual?"
Fui esa noche. Apenas cerró la puerta me apoyó contra ella y me levantó la remera. Se quedó mirándome la panza y los pechos, respirando fuerte.
—Se te oscurecieron un poco los pezones —murmuró, rozándolos con el pulgar—. Y te crecieron. Estás hermosa, Lu. No sabés cómo me pone verte así.
Me besó el vientre, despacio, y subió hasta mis pechos, llenándose la boca, lamiendo y succionando los pezones hasta que se me aflojaron las rodillas. Yo le desabroché el pantalón con las manos temblando y lo masturbé despacio, sintiéndolo duro y caliente entre mis dedos. Me arrodillé ahí mismo, en el pasillo, y lo tomé con la boca, despacio y después más hondo, con una mano en la base y la otra apoyada en mi panza, hasta que me levantó del pelo con un gruñido.
En la cama me puse en cuatro, con los pechos colgando pesados, la panza rozando las sábanas y la cola levantada. Me agarró de las caderas y me penetró de una sola embestida, hasta el fondo. Grité contra la almohada. Me cogió fuerte, con el choque de su pelvis contra mi cola y el ruido húmedo llenando el cuarto.
—Decime qué querés —jadeó.
—Más fuerte. No me voy a romper.
Me dio vuelta, me abrió las piernas y me embistió mirándome a los ojos, con una mano sobre mi panza y la otra apretándome un pecho. Mi orgasmo llegó en una ola larga que me arrancó un grito y me dejó temblando. Él salió de golpe, se masturbó sobre mi vientre y mis pechos, gruñendo mi nombre, y el semen caliente resbaló por mi piel.
Nos quedamos jadeando, con la panza pegajosa y la cabeza dándome vueltas.
Cuarta semana. A la mañana siguiente volví a casa. Mi papá estaba solo en la cocina, con el mate en la mano. Me miró, con el pelo revuelto y las ojeras, y se aclaró la garganta.
—Tu mamá me dijo que ya podés escuchar el latido.
—Sí.
—¿Puedo ir con ustedes a la próxima ecografía?
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Asentí sin poder hablar. Me abrazó fuerte, torpe, con olor a yerba. Ahí entendí que la casa estaba empezando a ser un hogar.
Primera semana. Después de aquella cena, la casa se llenó de silencios. Mi papá no me hablaba: me esquivaba en el pasillo, con la mirada en el piso. Mi mamá, en cambio, apareció al día siguiente con un cuaderno lleno de anotaciones: turnos médicos, vitaminas, una lista de nombres. Lloraba y se reía al mismo tiempo. Yo también. Las hormonas me tenían hecha un péndulo: una hora agradecida y la siguiente furiosa con nadie en particular.
Segunda semana. El vientre empezó a notarse: una curva pequeña, firme y tibia, justo debajo del ombligo. Me paraba desnuda frente al espejo del cuarto, fascinada, y me pasaba la mano por encima.
Mis pechos habían vuelto a crecer. Ahora usaba 100F: la banda del corpiño me quedaba chica desde que la caja torácica se me ensanchó. Se veían más llenos y más pesados, con las venitas azules dibujadas bajo la piel. Los pezones, que siempre fueron de un rosa muy claro, habían tomado un tono más profundo, como un rosa apagado que se acercaba al durazno oscuro. Las areolas estaban más anchas, con unos granitos diminutos alrededor que antes no tenía. Los tocaba con la yema de los dedos y se endurecían al instante, tan sensibles que me arrancaban un suspiro. Las caderas más anchas, la cola más redonda, los muslos más llenos. Nunca me había visto tan mujer, y me daba vergüenza admitir cuánto me excitaba mirarme.
Una tarde mi papá me encontró en el living con una remera ajustada que marcaba la panza. Se detuvo. Por primera vez me miró a los ojos y me apoyó la mano en el hombro, apenas un segundo. Después siguió su camino. Casi me largo a llorar.
Tercera semana. Le conté a Ezequiel que estaba embarazada, esperando que se espantara. Contestó: "No me lo esperaba. ¿Puedo verte igual?"
Fui esa noche. Apenas cerró la puerta me apoyó contra ella y me levantó la remera. Se quedó mirándome la panza y los pechos, respirando fuerte.
—Se te oscurecieron un poco los pezones —murmuró, rozándolos con el pulgar—. Y te crecieron. Estás hermosa, Lu. No sabés cómo me pone verte así.
Me besó el vientre, despacio, y subió hasta mis pechos, llenándose la boca, lamiendo y succionando los pezones hasta que se me aflojaron las rodillas. Yo le desabroché el pantalón con las manos temblando y lo masturbé despacio, sintiéndolo duro y caliente entre mis dedos. Me arrodillé ahí mismo, en el pasillo, y lo tomé con la boca, despacio y después más hondo, con una mano en la base y la otra apoyada en mi panza, hasta que me levantó del pelo con un gruñido.
En la cama me puse en cuatro, con los pechos colgando pesados, la panza rozando las sábanas y la cola levantada. Me agarró de las caderas y me penetró de una sola embestida, hasta el fondo. Grité contra la almohada. Me cogió fuerte, con el choque de su pelvis contra mi cola y el ruido húmedo llenando el cuarto.
—Decime qué querés —jadeó.
—Más fuerte. No me voy a romper.
Me dio vuelta, me abrió las piernas y me embistió mirándome a los ojos, con una mano sobre mi panza y la otra apretándome un pecho. Mi orgasmo llegó en una ola larga que me arrancó un grito y me dejó temblando. Él salió de golpe, se masturbó sobre mi vientre y mis pechos, gruñendo mi nombre, y el semen caliente resbaló por mi piel.
Nos quedamos jadeando, con la panza pegajosa y la cabeza dándome vueltas.
Cuarta semana. A la mañana siguiente volví a casa. Mi papá estaba solo en la cocina, con el mate en la mano. Me miró, con el pelo revuelto y las ojeras, y se aclaró la garganta.
—Tu mamá me dijo que ya podés escuchar el latido.
—Sí.
—¿Puedo ir con ustedes a la próxima ecografía?
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Asentí sin poder hablar. Me abrazó fuerte, torpe, con olor a yerba. Ahí entendí que la casa estaba empezando a ser un hogar.
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