You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Una deliciosa venganza 3

Después de la cita con el doctor Andrade, decidí que necesitaba ser más cuidadosa. No con mi comportamiento —eso era imposible de cambiar, ya era adicta a la adrenalina de la infidelidad— sino con mi esposo. Empezaba a sospechar, o al menos eso creía yo. Había encontrado mensajes míos borrosos, notas de "trabajo" que no cuadraban, y una vez incluso me había preguntado por qué olía a perfume diferente.

Así que decidí jugar a la esposa perfecta. Fui a la boutique de lencería más cara de la ciudad y me gasté una fortuna en conjuntos que dejarían a cualquier hombre baboso. Negro, rojo, encaje francés, corsés que apretaban mi cintura y levantaban mis tetas hasta el cielo, ligueros de seda, medias de rejilla fina que costaban más que mi almuerzo semanal. Quería sorprender a mi esposo, hacerle creer que todo estaba bien entre nosotros, que yo seguía siendo su mujer fiel y dedicada.

El sábado por la noche lo preparé todo. Mandé un mensaje diciéndole que lo esperaba con una sorpresa. Preparé velas aromáticas en nuestra habitación, música suave, champaña fría. Y me vestí con el conjunto más obsceno: un body negro de encaje transparente que dejaba ver mis pezones duros, ajustado a mi cuerpo como una segunda piel, con aberturas estratégicas en el coño y el culo —sí, había comprado específicamente lencería para follar, con esos detalles perversos. Medias negras de seda que subían hasta mis muslos, atadas a ligueros de encaje. Tacones de aguja de quince centímetros que hacían que mis piernas parecieran interminables.

Me miré en el espejo de nuestro dormitorio y casi me corro sola. Parecía una puta de lujo, una escort de mil dólares la hora. Mi pelo suelto y ondulado cayendo sobre mis hombros desnudos, el maquillaje oscuro y provocativo, los labios rojos y húmedos. Estaba lista para darle al muy hijo de puta el polvazo de su vida, para hacerle creer que tenía a la mejor esposa del mundo mientras yo seguía follando a medio mundo a sus espaldas.
Una deliciosa venganza 3
puta

Escuché el coche llegar a eso de la medianoche. El motor se apagó, puertas que se abrían, voces masculinas. Sonreí, ajustándome el encaje sobre mi coño afeitado, sintiendo cómo la tela me rozaba el clítoris. Caminé hacia la puerta de la habitación, apoyándome en el marco con una pose que había practicado: una pierna ligeramente doblada, cadera hacia un lado, tetas empujadas hacia afuera.

Pero lo que vi cuando bajaron las escaleras no era lo que esperaba.

Mi esposo no venía solo. Venía cargado —literalmente cargado— por dos de sus amigos. Roberto, el gordo contador con quien jugaba golf, y el otro... joder, era Javier, el hermano menor de Roberto, un tipo de veintiocho años que trabajaba en construcción y tenía un cuerpo esculpido en mármol. Los dos sostenían a mi esposo entre ellos, y él estaba completamente inconsciente, borracho perdido, cabeceando, balbuceando algo ininteligible.

—Lo... lo encontramos así en el bar —tartamudeó Roberto, subiendo las escaleras con dificultad por el peso de mi esposo—. Dijo que tenía que venir a casa, que su mujer le tenía una sorpresa...

Y entonces me vieron.

Roberto se detuvo en seco en medio de la escalera. Su boca se abrió. Los ojos se le salieron de las órbitas. Javier, detrás de él, casi deja caer a mi esposo cuando su mirada encontró mi cuerpo envuelto en ese encaje negro transparente, mis tetas prácticamente al aire, mis piernas interminables en medias de seda, mi coño apenas cubierto por una tira de encaje que dejaba ver los labios hinchados.

—Santa... santa madre de Dios —susurró Javier, y vi cómo su garganta se movía al tragar saliva.

—Señora... señora Martínez... —Roberto intentó hablar, pero su voz se quebró.

Me quedé quieta, procesando. Mi plan se había ido a la mierda. Mi esposo estaba inconsciente, inútil, borracho como una cubeta. Y sus dos amigos me miraban como lobos hambrientos que acaban de encontrar a su presa.

Y entonces, algo dentro de mí hizo *click*.

¿Por qué desperdiciar esta noche? ¿Por qué no aprovechar que tenía a dos hombres sanos, sobrios, con vergas seguramente duras como rocas, justo frente a mí? Mi esposo estaba ahí, sí, pero inconsciente. No sabría nada. No recordaría nada. Y sus amigos... Dios, la forma en que me miraban, esa mezcla de culpa y deseo puro, me hacía mojar el encaje de inmediato.

—Ay, pobrecito —dije con mi voz más dulce, más provocativa, sin moverme del marco de la puerta—. Parece que mi esposo no podrá disfrutar de su sorpresa esta noche.

—Nosotros... nosotros solo íbamos a dejarlo en la cama y... —empezó Roberto, pero no podía apartar la mirada de mis tetas.

—¿Y qué? —interrumpí, dando un paso hacia ellos, dejando que los tacones resonaran en el suelo de madera—. ¿Se van a ir así, dejándome sola? Vestida así... caliente así... con mi coño mojado esperando verga?

El silencio fue ensordecedor. Incluso mi esposo, entre ellos, dejó de balbucear por un segundo.

—Señora, su esposo está aquí... —murmuró Javier, pero sus ojos recorrían mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mi entrepierna, en mis tetas, en mi cara de puta.

—Mi esposo está inconsciente —dije, acercándome más, hasta que estuve a centímetros de ellos, pudiendo oler el alcohol en la ropa de mi marido y el sudor masculino de los otros dos—. Y yo estoy muy, muy despierta. Y muy, muy caliente.

Roberto hizo algo que no esperaba. Dejó caer a mi esposo. No completamente, lo apoyó contra la barandilla de la escalera, pero soltó su peso. Y luego, con una mano temblorosa, se ajustó la entrepierna de sus pantalones. Ya estaba duro. La protuberancia era evidente, grande, gruesa.

—Estás loca —dijo, pero era una constatación, no una queja.

—Loca de calentura —confirmé, y entonces hice algo que selló el trato. Me incliné hacia adelante, dejando que mis tetas se aplastaran contra el pecho de Roberto, y susurré al oído de Javier—: Fóllame. Fóllame los dos. Ahora. Frente a mi esposo borracho. Usenme como la puta que soy.

Eso fue todo. Eso fue la chispa que encendió la mecha.

Javier soltó a mi esposo por completo. Mi marido se deslizó contra la barandilla, sentándose en el escalón, inconsciente, cabeceando, completamente ajeno a lo que sucedía a centímetros de él. Y Javier me agarró. Sus manos grandes, callosas de trabajar la construcción, me agarraron de la cintura con fuerza brutal y me levantaron. Me cargó como si pesara nada, mis piernas rodeando su cintura, mi encaje expuesto, mi coño rozando contra su estómago.

—Habitación. Ahora —ordenó, y su voz era un gruñido animal.

Roberto los siguió, tropezando, desabrochándose el cinturón ya, con la verga marcando obsceneamente en sus pantalones de vestir.

Javier me tiró sobre la cama. La misma cama donde yo había preparado velas y champaña para mi esposo. La misma cama donde ahora iba a ser follada por sus amigos. Me reboté en el colchón, con las piernas abiertas, el encaje expuesto, el coño húmedo y visible a través de la tela transparente.

—Miren esto —dije, abriendo más las piernas, tocándome sobre el encaje—. Miren lo mojada que estoy. Todo esto es para ustedes. Mi esposo no puede, así que ustedes tendrán que follarme por él.

Roberto fue el primero en reaccionar. Se subió a la cama, arrodillándose entre mis piernas, y bajó la cabeza. Me lamió a través del encaje, su lengua húmeda presionando contra la tela, contra mi clítoris, haciendo que arqueara la espalda y gimiera. Luego, con un movimiento violento, rasgó el encaje. Literalmente rasgó mi lencería cara de un tirón, dejando mi coño completamente expuesto, rosado, brillante de humedad.

—Joder, qué coño tan perfecto —gruñó, y entonces me comió de verdad. Su lengua entró en mí, profundo, lamió mis paredes, chupó mis labios, mordió suavemente mi clítoris.

Mientras tanto, Javier se había desvestido. Se quitó la camiseta y joder, su cuerpo era una obra de arte. Músculos definidos, tatuajes tribales en el pecho y los brazos, un abdomen de lavadero que bajaba hasta... hasta una verga que me dejó sin aliento. Enorme, gruesa, la punta brillante, curvada ligeramente hacia arriba, con las venas marcadas y los pelos oscuros en la base.

—Chúpala —ordenó, agarrándome del pelo y levantando mi cabeza—. Ábrete como buena puta infiel.

Obedecí. Abriendo la boca lo más que pude, lo recibí, saboreando su precum salado, dejando que me follara la garganta con movimientos brutales. Estaba de rodillas en la cama, con Roberto comiéndome el coño por detrás, y Javier usando mi boca por delante. El sonido de nuestra respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con los gemidos que no podía contener alrededor de la verga de Javier.

Cuando Roberto se incorporó, escuché el sonido de su ropa cayendo. Luego sentí su verda contra mi entrada. Era gruesa, muy gruesa, más gorda que la de mi esposo, más gorda que la de don Raúl incluso. Comenzó a empujar, lento pero implacable, estirándome, llenándome.

—Ay, joder... estás tan apretada... —gruñó Roberto, agarrándome de las caderas—. Tan caliente. Tu esposo dijo que eras frígida. Mentiros hijo de puta.

—Soy una puta, no frígida —gemí, sacando la boca de Javier un segundo—. Fóllame, Roberto. Fóllame duro. Quiero sentirte.

Y me folló. Dios, cómo me folló. Embestidas profundas, brutales, que me hacían moverme hacia adelante y chocar contra la verga de Javier en mi boca. El sonido de sus cuerpos golpeando contra mi culo era obsceno, *plap, plap, plap*, húmedo y fuerte. Roberto me agarraba de los ligueros, usandolos como asas para tirar de mí hacia atrás cada vez que empujaba hacia adelante, haciendo que el encaje se clavara en mi piel.

—Voy a venirme —anunció Roberto, jadeando—. Me voy a venir en este coño perfecto.

—Sí, lléname... —supliqué—. Venite en mi coño, Roberto. Déjame tu semen. Marcame.

Y explotó. Sentí su semen caliente, espeso, llenándome por completo, chorro tras chorro empapando mis paredes. Roberto se quedó quieto, jadeando, clavado hasta el fondo, pulsando dentro de mí. Cuando se salió, su semen comenzó a correr por mis muslos, blanco, espeso, humillante.

Pero no habían terminado. Javier me empujó, haciendo que me diera la vuelta. Me puso de espaldas, con la cabeza colgando del borde de la cama, y se posicionó entre mis piernas. Su verga, enorme y roja, brillante con mi saliva, presionó contra mi entrada.

—Mira a tu esposo —ordenó Javier, agarrándome de la barbilla y girando mi cabeza hacia un lado.

Allí estaba mi esposo, sentado en el suelo al lado de la cama, todavía inconsciente, cabeceando, con la boca abierta y babeando ligeramente. No tenía idea de que su mejor amigo estaba a punto de follarme, de que ya había otro amigo llenándome de semen, de que su esposa estaba siendo usada como una puta de dos pesos a metros de él.

—Míralo mientras te follo —gruñó Javier, y entró de una vez.

Grité. Era enorme, más grande que Roberto, más grande que casi todos con los que había estado. Me llenó por completo, estirándome, tocando fondo de inmediato. Javier no fue gentil. Comenzó a darme una paliza brutal, embistiendo con fuerza salvaje, haciendo que la cama se moviera, que mi cuerpo entero se sacudiera. Mis tetas rebotaban violentamente, el encaje rasgado apenas colgando de mi cuerpo.

—Puta... puta infiel... —gruñía Javier, clavándome una y otra vez—. Tu esposo está ahí, borracho, y yo te estoy destrozando el coño. ¿Te gusta? ¿Te gusta ser una puta?

—Sí... sí... —lloriqueé, sintiendo otro orgasmo acercándose, intenso, devastador—. Fóllame, Javier. Fóllame frente a él. Usame. Soy tu puta.

—Ah, voy a venirme... —gritó Javier, y sus embestidas se volvieron desesperadas—. Me voy a venir... joder...

—Adentro... adentro... —supliqué—. Lléname. Lléname de semen, Javier.

Y se corrió. Con un rugido animal que seguramente despertó a los vecinos, Javier se clavó hasta el fondo y explotó. Sentí su semen, caliente, abundante, mezclándose con el de Roberto dentro de mí, llenándome hasta rebosar, goteando por mis nalgas hacia la sábana blanca que yo había preparado tan cuidadosamente para mi esposo.

Javier se quedó quieto un momento, jadeando, mirándome con una mezcla de asombro y culpa. Luego se salió lentamente, y vi su verga, todavía semi-erecta, brillando con nuestras mezclas.

Pero no habían terminado. Roberto, que se había recuperado, se acercó de nuevo. Esta vez me giró, me puso de rodillas en la cama, con la cara hundida en la almohada y el culo al aire.

—Quiero este culito —anunció Roberto, y escuché cómo escupía en su mano—. Me dijiste que te gusta por el culo, ¿verdad, puta?

—Sí... sí, fóllame el culo... —gemí, agotada pero todavía excitada—. Rompeme el culo, Roberto.

Entró más fácil de lo que esperaba, mi culo ya estaba tan usado últimamente que ofrecía poca resistencia. Pero igual dolió, esa sensación de ardor deliciosa que me hacía ver estrellas. Roberto me agarró de los hombros y comenzó a follarme el culo con la misma brutalidad con la que había follado mi coño, mientras Javier, recuperado, se acercó a mi cara y me metió su verga en la boca de nuevo, todavía húmeda con nuestros fluidos.

Estaba llena. Por los dos lados. Siendo usada simultáneamente por los amigos de mi esposo mientras él dormía borracho a centímetros de nosotros. Era la escena más degradante, más humillante, más excitante de mi vida. El sonido de nuestros cuerpos, de las embestidas, de mis gemidos ahogados por la verga de Javier, llenaba la habitación.

—Me voy a venir otra vez... —gruñó Roberto, acelerando en mi culo—. Voy a llenarte el culo de leche, puta.

—Y yo en tu boca... —jadeó Javier, agarrándome de la cabeza—. Traga todo, zorra. Traga mi semen.

Y vinieron juntos. Roberto explotó en mi culo, llenándome de semen caliente, mientras Javier se clavó en mi garganta y descargó directamente en mi estómago. Tragué todo, ansiosa, sintiendo cómo me usaban, cómo me convertían en su recipiente de placer.

Cuando terminaron, se apartaron, jadeando, sudados, mirándome con asombro. Yo me desplomé en la cama, entre ellos, con el culo y el coño doloridos, llenos de semen, la boca hinchada, el encaje destrozado, el maquillaje corrido. Parecía una puta barata usada por una pandilla, no la esposa respetable que había intentado ser hace una hora.

—Joder... —susurró Javier, poniéndose los pantalones—. Eso fue...

—Increíble —terminó Roberto, arreglándose la ropa—. Pero tenemos que irnos. Tu esposo... él podría despertar.

Asintieron, se miraron entre ellos, y luego me miraron a mí. Bajaron la vista, avergonzados pero satisfechos, y salieron de la habitación sin decir más. Escuché sus pasos bajando las escaleras, la puerta principal abriéndose y cerrándose.

Me quedé sola en la cama, con el semen de dos hombres diferentes saliendo de mis dos agujeros, mirando el techo, escuchando los ronquidos de mi esposo que seguía inconsciente en el suelo al lado de la cama.

Me levanté lentamente, con las piernas temblorosas, y me miré en el espejo. Era un desastre. Semen en mis muslos, en mi barbilla, el encaje de mil dólares hecho jirones, el pelo enredado, los ojos vidriosos. Parecía una mujer violada por una pandilla, y la idea me hizo sonreír.

Me acerqué a mi esposo y lo miré. Estaba profundamente dormido, inconsciente, con una mancha de baba en la camisa. Incluso olí su aliento a alcohol desde donde estaba. No tenía idea. No recordaría nada. Mañana despertaría con resaca, pensando que había tenido una esposa preocupada que lo había ayudado a acostarse, que había sido una noche normal de borrachera con amigos.

Y mientras tanto, yo había sido follada por esos mismos amigos, llenada de su semen, usada como un trozo de carne. Era perfecto. Era la venganza más dulce.

Me duché lentamente, dejando que el agua caliente limpiara el semen de mi cuerpo, sintiendo el dolor satisfactorio en mi culo y mi coño. Me puse una bata y volví a la habitación. Desperté a mi esposo lo suficiente para ayudarlo a subir a la cama, a quitarse la ropa, a acostarse bajo las sábanas. Se quedó dormido de inmediato, roncando, oliendo a alcohol y fracaso.

Me acosté a su lado, con el culo todavía dolorido, sabiendo que llevaba restos de semen dentro de mí que ninguna ducha podría alcanzar. Y sonreí en la oscuridad.

Porque mañana, cuando Roberto y Javier me vieran en alguna reunión social, cuando mi esposo estuviera allí hablando de su "gran noche de borrachera", yo sabría la verdad. Yo sabría que había sido su puta, que había tomado sus vergas, que había gritado su nombre mientras su mejor amigo me destrozaba.

Y eso, esa certeza secreta, era más deliciosa que cualquier otra venganza.

Me dormí con una sonrisa en los labios, soñando con la próxima vez que mi esposo llegara borracho, y con todos los amigos que podría coleccionar en el camino. Porque yo era insaciable. Y mi venganza, aparentemente, no tenía límites.
sexi
caliente
putita

0 comentarios - Una deliciosa venganza 3