Pasaron tres semanas desde aquel sábado transformador. Tres semanas en las que mi vida se convirtió en un torbellino de secretos, mentiras y sexo delicioso. Don Raúl y yo habíamos establecido una rutina que me excitaba hasta la médula: mi esposo seguía "trabajando hasta tarde" —que todos sabemos que significaba clavándose a su asistente en hoteles de cuatro estrellas— y yo aprovechaba esas noches para presentarme en casa de mi suegro con el plug ya puesto, lista para ser usada.
Pero la cosa no quedó ahí. Mi sed de venganza, una vez despertada, se había convertido en un apetito insaciable. Empecé a ver a todos los hombres de mi alrededor como presas potenciales. ¿Por qué conformarme con solo el suegro cuando podía tener más? ¿Por qué limitar mi venganza a un solo hombre cuando mi esposo me había humillado con su putita?
El primero fue el entrenador del gimnasio. Marco, un chico de veinticinco años, moreno, musculoso, con esos tatuajes tribales que le recorrían los brazos y una verga que se le marcaba obscenamente en los pantalones cortos de deporte. Lo había estado provocando durante meses, usando leggings que se me metían en el culo, haciendo sentadillas frente a él, dejándole ver el sudor entre mis tetas cuando hacía cardio.
Un martes por la noche, después de una sesión privada de entrenamiento en la que "accidentalmente" dejé caer mi toalla y me quedé desnuda frente a él en los vestidores, Marco no pudo resistirse más. Me empujó contra los lockers, me dio la vuelta, y me metió su verga joven y dura por el coño allí mismo, con el riesgo de que alguien entrara, con la adrenalina corriendo por nuestras venas. Vino rápido, demasiado rápido para mi gusto, pero su semen caliente en mi útero fue un aperitivo delicioso.

Luego vino el vecino. Don Gilberto, un hombre de sesenta años, viudo, con aspecto de abuelo tierno pero con unas manos grandes y fuertes que me habían tocado "accidentalmente" el culo en más de una ocasión cuando nos cruzábamos en el ascensor. Un jueves por la tarde, cuando mi esposo estaba en su "reunión de negocios", invité a don Gilberto a "tomar un café" a mi casa. Terminó follandome en la cocina, sentada en la encimera, con sus manos arrugadas apretando mis tetas mientras me decía cosas sucias sobre cómo su esposa nunca había sido tan puta como yo.

Pero el mejor, el que realmente me volvió adicta, fue el mecánico. Un tipo llamado Chuy, bajito, fornido, cubierto de grasa, con aspecto de haber salido de una película de acción de los noventa. Llevé el coche de mi esposo al taller con la excusa de que "hacía un ruido raro", pero en realidad era porque había visto a Chuy en shorts y camiseta sin mangas, y su verga parecía un salami colgando entre sus piernas. Cuando me incliné sobre el capó del coche para "mirar el motor", Chuy no se hizo el tonto: me levantó la falda, rasgó mis bragas de encaje con un movimiento brutal, y me folló contra el auto, en el taller, a plena luz del día, con sus compañeros trabajando en el fondo. Esa verga era enorme, gruesa, curvada hacia arriba, y me hizo gritar tanto que tuvieron que poner música para tapar mis gemidos.
Me convertí en una coleccionista de vergas. Cada hombre que me follaba era una victoria contra mi esposo, una forma de demostrar que yo valía más que su putita rubia. Mi cuerpo se convirtió en un templo de placer para cualquiera que quisiera usarlo, excepto para el dueño legítimo. Mi esposo seguía durmiendo a mi lado cada noche, besándome con esa boca que besaba a otra, sin saber que su propio padre había estado en mi culo horas antes, o que el mecánico me había llenado de semen esa misma mañana.
Pero todo ese sexo salvaje, toda esa actividad sexual intensa y a veces brutal, tuvo consecuencias. Empecé a sentir molestias. Un dolor sordo en el bajo vientre, ardor al orinar, y —lo más preocupante— sangrado ligero después de las sesiones más intensas con don Raúl, que cada vez se volvía más violento en su forma de follarme, como si quisiera marcarme por dentro para siempre.
Decidí ir al médico. Necesitaba revisión, necesitaba asegurarme de que no me había hecho daño con tanto sexo anal agresivo. Busqué un ginecólogo nuevo, uno que no conociera a mi familia, uno donde pudiera ser anónima. Encontré al doctor Andrade en una clínica del otro lado de la ciudad. Cuarenta y pocos años, según su foto en la web, con aspecto serio, profesional, de esos médicos que parecen sacados de una serie de médicos sexis.
Llegué a la clínica un miércoles por la mañana, vestida de manera conservadora por primera vez en semanas: un vestido azul marino que llegaba hasta las rodillas, zapatos bajos, pelo recogido en un moño. Quería parecer una paciente respetable, una mujer casada preocupada por su salud.
La recepcionista me hizo pasar a la consulta del doctor Andrade. Era un hombre atractivo, más de lo que esperaba. Alto, pelo oscuro con canas en las sienes, ojos verdes intensos, y un porte de autoridad que me puso nerviosa de una manera extraña. No la excitación habitual que sentía con los hombres, sino una vulnerabilidad que no me gustaba.
—Buenos días, señora... —miró su expediente— ...señora Martínez. ¿Qué le trae por aquí?
Me senté en la camilla, cruzando las piernas, sintiendo el papel desechable crujir bajo mi culo.
—Doctor, he tenido... molestias. Dolor abdominal, ardor al orinar, y... sangrado después de las relaciones.
—¿Desde cuándo? —preguntó, tomando nota, su voz profesional pero cálida.
—Unas tres semanas. Desde que... empecé a tener relaciones más... intensas.
Me miró por encima de sus gafas, y por un momento pensé que había captado algo en mi tono.
—Entiendo. Voy a hacerle un examen físico. ¿Puede desvestirse de la cintura para abajo y ponerse esta bata? Yo vuelvo en unos minutos.
Cuando salió, me desvestí lentamente. Me quité las bragas —negras de encaje, húmedas por alguna razón que no quería analizar— y me puse la bata de papel abierta por detrás. Me recosté en la camilla, mirando al techo, escuchando el aire acondicionado.
El doctor Andrade volvió con una enfermera, una mujer de mediana edad que parecía aburrida de su vida. Me hizo unas preguntas rutinarias mientras el doctor se lavaba las manes, y luego la enfermera salió, dejándome sola con él.
—Voy a examinarla ahora —dijo, poniéndose unos guantes de látex azules que se ajustaban a sus manos grandes.
Comenzó con el examen de mamas, sus manos frías y profesionales moviéndose sobre mis tetas, presionando, palpando. Intenté no pensar en lo cerca que estaba su cuerpo del mío, en su aliento cerca de mi cuello.
—Todo bien aquí —murmuró—. Ahora voy a hacer el examen pélvico. Por favor, abra las piernas y ponga los pies en los estribos.
Obedecí, sintiendo el papel de la camilla arrugarse bajo mi culo expuesto. El doctor se sentó en su banquito rodante y se posicionó entre mis piernas. Sentí sus ojos sobre mí, mirando mi coño, y de repente me sent expuesta de una manera diferente. No era la exposición de puta que buscaba, sino la de paciente vulnerable.
Insertó un espéculo frío, y gemí involuntariamente cuando se abrió, dejando mi cérvix expuesto. El doctor hizo un examen visual, luego tomó un hisopo para muestras.
—Hay algo de irritación —comentó—. Y... —se detuvo, y sentí que su tono cambiaba— ...señora Martínez, ¿ha tenido relaciones anales recientemente?
Mi corazón se detuvo. Joder. ¿Cómo lo sabía?
—Yo... sí —tartamudeé—. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque hay signos evidentes —dijo, y su voz sonaba diferente, más grave—. Hay pequeñas fisuras, irritación severa del canal anal, y... —hizo una pausa— ...hay semen residual. Señora, esto parece resultado de penetración anal violenta, reciente y frecuente.
Quería morirme de vergüenza, pero al mismo tiempo, sentí un calor extraño bajando por mi vientre. La forma en que lo dijo, esa autoridad médica mezclada con... ¿era imaginación mía o había algo más en su voz?
—Doctor, yo... —empecé a excusarme, pero él levantó una mano.
—No necesita explicarme su vida sexual, señora —dijo, pero no se movió de entre mis piernas. Si acaso, se acercó más—. Pero debo advertirle que está causando daño. Necesita descansar, usar más lubricante, y... —otra pausa, más larga esta vez— ...quizás un compañero más cuidadoso.
—No es solo un compañero —solté antes de poder contenerme, y luego me maldije a mí misma—. Son... varios.
Los ojos del doctor Andrade se encontraron con los míos. Había algo allí, un destello que no había estado antes. Curiosidad morbosa, lujuria reprimida, o quizás solo fascinación profesional por una paciente promiscua.
—Varios —repitió, y no era una pregunta.
—Sí —susurré, y no sé por qué, pero continué—. Mi esposo me engaña. Yo me vengué. Me follo a quien quiero. A su padre, al vecino, al entrenador... a cualquiera con verga dura que me quiera dar.
El doctor permaneció inmóvil por un momento que pareció eterno. Luego, lentamente, se quitó los guantes de látex con un chasquido audible. Se levantó. Cerró la puerta de la consulta con llave. El clic sonó fuerte en la habitación silenciosa.
—Señora Martínez —dijo, volviéndose hacia mí, y ahora sí, definitivamente, había lujuria pura en sus ojos—. Lo que está haciendo es destructivo para su salud. Pero... —se acercó a la camilla, sus manos fuertes agarrando mis rodillas— ...entiendo la necesidad. Entiendo el vacío que se siente.
—¿Doctor? —mi voz salió como un susurro.
—Mi esposa también me engañó —dijo, y sus manos subieron por mis muslos, empujando la bata hacia arriba—. Hace años. Y desde entonces... —sus manos llegaron a mis caderas— ...he aprendido a tomar lo que quiero cuando se presenta.
—¿Qué está haciendo? —pregunté, pero no me moví. No cerré las piernas. Si acaso, las abrí más.
—Estoy haciendo lo que debería haber hecho hace años con pacientes como tú —gruñó, y de repente me agarró de los tobillos, tirando de mí hasta que mi culo quedó al borde de la camilla—. Estoy tomando lo que me ofreces con esa boca de puta y ese culo destruido.
Y entonces bajó la cabeza y me lamió. No el coño, no. Me lamió el culo directamente, ese culo que había diagnosticado como dañado, violento, usado. Su lengua caliente y húmeda recorrió mis fisuras, lamió mi ano sensible, haciendo que me arqueara y gemiera en la camilla de hospital como una perra en celo.
—Doctor... por favor... —jadeé, agarrando las sábanas de papel.
—Cállate y toma esto —gruñó contra mi culo, y luego metió dos dedos en mi coño mientras seguía comiéndome el ano—. Tienes el coño tan mojado, puta. Tan lista. ¿Te excita que tu médico te use así? ¿Que sepa lo zorra que eres?
—Sí... sí, doctor... —lloriqueé, moviendo mis caderas contra su boca—. Por favor, fóllame. Fóllame como los otros. Fóllame mejor.
Se levantó abruptamente. Vi cómo se desabrochaba el cinturón, cómo bajaba los pantalones de su traje. Su verga saltó libre, y joder, era hermosa. Gruesa, larga, con una vena gruesa corriendo por el lado, la punta brillando con pre-seminal. Se puso un condón con movimientos rápidos, expertos.
—Vas a sentir esto —dijo, posicionándose—. Y vas a recordar que soy tu doctor cada vez que te duela a caminar.
Entró en mi coño de una embestida. Estaba tan mojada, tan lista, que entró sin resistencia, llenándome por completo. Pero no se quedó ahí. Mientras me follaba el coño con embestidas duras, metió un dedo en mi culo, ese culo tan usado, tan violento, y comenzó a follarme con el dedo al mismo ritmo.
—Ay, joder... ay, sí... —grité, sin importarme quién escuchara fuera—. Más duro, doctor. Más duro.
—Toma esto, puta enferma —gruñó, cambiando de agujero. Sacó su verga de mi coño, la puso contra mi ano, y empujó.
Entró con facilidad, demasiada facilidad, mi culo ya estaba tan usado que ofrecía poca resistencia. Pero el doctor no se detuvo. Me agarró de las rodillas, levantando mis piernas hasta que mis tobillos quedaron sobre sus hombros, y comenzó a darme una paliza anal brutal, metiéndose hasta el fondo cada vez, sus caderas golpeando contra mis nalgas con fuerza.
—Mira esto —ordenó—. Mira cómo te follo, puta. Mira cómo te destruyo el culo.
Abrí los ojos y lo vi en el espejo del techo que tenían para los pacientes. La vista era obscena: yo, recostada en la camilla de hospital, vestida de paciente pero con las piernas abiertas como zorra, y él, el doctor Andrade, con su bata blanca abierta, su traje desabrochado, clavándome su verga en el culo con una furia salvaje.
—Me voy a venir en tu culo —anunció, y sus embestidas se volvieron desesperadas, erráticas—. Voy a llenarte de semen, puta. Voy a curarte con mi leche.
—Sí, doctor, sí... —gemí, sintiendo mi propio orgasmo acercándose, esa mezcla de dolor y placer que me volvía loca—. Venite en mi culo. Lléname. Soy tu puta enferma, doctor. Úsame.
—¡Ah, puta! —gritó, y se clavó hasta el fondo, quedándose quieto, pulsando dentro de mí.
Sentí su semen caliente llenando el condón dentro de mi culo, pero él no se detuvo. Siguió moviéndose, sacando y metiendo, haciendo que el condón se deslizara parcialmente, dejando que su semen escapara dentro de mí, crudo, caliente, mezclándose con el de don Raúl y el de Chuy y todos los demás que habían estado ahí antes que él.
Cuando finalmente se salió, el condón quedó dentro de mí, lleno de semen. Lo sacó con cuidado, atándolo, y luego me miró con una mezcla de culpa y satisfacción.
—Esto... esto no puede repetirse —dijo, jadeando, arreglándose el traje.
Me senté lentamente en la camilla, sintiendo su semen corriendo por mis muslos, mi culo palpitando, mi coño contrayéndose vacío.
—Oh, doctor Andrade —sonreí, con mi maquillaje corrido, mi pelo deshecho, mi aspecto de puta usada—. Esto acaba de empezar. Ahora tienes mi historial médico. Sabes todo sobre mí. Y yo sé que eres un médico que se coge a sus pacientes. ¿Crees que voy a dejar que esto termine aquí?
Su rostro palideció, pero vi cómo su verga, todavía semi-erecta, se movió. Ya estaba pensando en la próxima vez.
Me vestí lentamente, dejando que viera el desastre que había hecho de mí, el semen que manchaba mis muslos, las marcas de sus dedos en mis rodillas. Cuando salí de la consulta, la recepcionista me miró extrañada por mi aspecto desaliñado.
—La próxima cita es en dos semanas, señora Martínez —dijo el doctor Andrade desde la puerta de su consulta, su voz profesional pero con un temblor apenas perceptible—. Para... seguimiento.
—Dos semanas, doctor —repetí, sonriendo—. No puedo esperar para mi... revisión.
Salí de la clínica bajo el sol de mediodía, con el culo dolorido, lleno de semen de mi médico, y una nueva adición a mi colección. Mi esposo seguía sin saber nada, seguía follando a su putita, seguía creyendo que tenía una esposa fiel en casa.
Pero yo ya no era su esposa. Era la puta de su padre, la zorra de su vecino, la perra de su entrenador, y ahora, la enferma favorita de su médico. Y cada verga que me follaba, cada hombre que me llenaba de semen, era otra victoria, otra forma de demostrar que yo era más que su traición, más que su descarte.
Esa noche, cuando mi esposo llegó a casa oliendo a perfume barato de su amante, yo ya había estado con don Raúl esa tarde. Mi suegro me había follado contra la ventana de su sala, con riesgo de que los vecinos vieran, y había terminado en mi culo, como siempre. Y cuando mi esposo me besó buenas noches, yo sabía que llevaba el semen de su propio padre dentro de mí, mezclado con el de mi médico de esa mañana.
La venganza nunca había sabido tan dulce, tan sucia, tan perfecta. Y yo no tenía intención de detenerme. Había tantos hombres por ahí, tantas vergas duras esperando ser usadas, tantas formas de humillar a mi esposo sin que él lo supiera.
Me dormí con una sonrisa en los labios, soñando con mi próxima cita médica, con el próximo encuentro con el suegro, con el próximo hombre que convertiría en mi juguete. Porque yo era una puta, sí. Pero era una puta con un propósito. Y ese propósito me mantenía más viva, más excitada, más satisfecha que nunca antes en mi vida.


El juego apenas comenzaba.
Pero la cosa no quedó ahí. Mi sed de venganza, una vez despertada, se había convertido en un apetito insaciable. Empecé a ver a todos los hombres de mi alrededor como presas potenciales. ¿Por qué conformarme con solo el suegro cuando podía tener más? ¿Por qué limitar mi venganza a un solo hombre cuando mi esposo me había humillado con su putita?
El primero fue el entrenador del gimnasio. Marco, un chico de veinticinco años, moreno, musculoso, con esos tatuajes tribales que le recorrían los brazos y una verga que se le marcaba obscenamente en los pantalones cortos de deporte. Lo había estado provocando durante meses, usando leggings que se me metían en el culo, haciendo sentadillas frente a él, dejándole ver el sudor entre mis tetas cuando hacía cardio.
Un martes por la noche, después de una sesión privada de entrenamiento en la que "accidentalmente" dejé caer mi toalla y me quedé desnuda frente a él en los vestidores, Marco no pudo resistirse más. Me empujó contra los lockers, me dio la vuelta, y me metió su verga joven y dura por el coño allí mismo, con el riesgo de que alguien entrara, con la adrenalina corriendo por nuestras venas. Vino rápido, demasiado rápido para mi gusto, pero su semen caliente en mi útero fue un aperitivo delicioso.

Luego vino el vecino. Don Gilberto, un hombre de sesenta años, viudo, con aspecto de abuelo tierno pero con unas manos grandes y fuertes que me habían tocado "accidentalmente" el culo en más de una ocasión cuando nos cruzábamos en el ascensor. Un jueves por la tarde, cuando mi esposo estaba en su "reunión de negocios", invité a don Gilberto a "tomar un café" a mi casa. Terminó follandome en la cocina, sentada en la encimera, con sus manos arrugadas apretando mis tetas mientras me decía cosas sucias sobre cómo su esposa nunca había sido tan puta como yo.

Pero el mejor, el que realmente me volvió adicta, fue el mecánico. Un tipo llamado Chuy, bajito, fornido, cubierto de grasa, con aspecto de haber salido de una película de acción de los noventa. Llevé el coche de mi esposo al taller con la excusa de que "hacía un ruido raro", pero en realidad era porque había visto a Chuy en shorts y camiseta sin mangas, y su verga parecía un salami colgando entre sus piernas. Cuando me incliné sobre el capó del coche para "mirar el motor", Chuy no se hizo el tonto: me levantó la falda, rasgó mis bragas de encaje con un movimiento brutal, y me folló contra el auto, en el taller, a plena luz del día, con sus compañeros trabajando en el fondo. Esa verga era enorme, gruesa, curvada hacia arriba, y me hizo gritar tanto que tuvieron que poner música para tapar mis gemidos.
Me convertí en una coleccionista de vergas. Cada hombre que me follaba era una victoria contra mi esposo, una forma de demostrar que yo valía más que su putita rubia. Mi cuerpo se convirtió en un templo de placer para cualquiera que quisiera usarlo, excepto para el dueño legítimo. Mi esposo seguía durmiendo a mi lado cada noche, besándome con esa boca que besaba a otra, sin saber que su propio padre había estado en mi culo horas antes, o que el mecánico me había llenado de semen esa misma mañana.
Pero todo ese sexo salvaje, toda esa actividad sexual intensa y a veces brutal, tuvo consecuencias. Empecé a sentir molestias. Un dolor sordo en el bajo vientre, ardor al orinar, y —lo más preocupante— sangrado ligero después de las sesiones más intensas con don Raúl, que cada vez se volvía más violento en su forma de follarme, como si quisiera marcarme por dentro para siempre.
Decidí ir al médico. Necesitaba revisión, necesitaba asegurarme de que no me había hecho daño con tanto sexo anal agresivo. Busqué un ginecólogo nuevo, uno que no conociera a mi familia, uno donde pudiera ser anónima. Encontré al doctor Andrade en una clínica del otro lado de la ciudad. Cuarenta y pocos años, según su foto en la web, con aspecto serio, profesional, de esos médicos que parecen sacados de una serie de médicos sexis.
Llegué a la clínica un miércoles por la mañana, vestida de manera conservadora por primera vez en semanas: un vestido azul marino que llegaba hasta las rodillas, zapatos bajos, pelo recogido en un moño. Quería parecer una paciente respetable, una mujer casada preocupada por su salud.
La recepcionista me hizo pasar a la consulta del doctor Andrade. Era un hombre atractivo, más de lo que esperaba. Alto, pelo oscuro con canas en las sienes, ojos verdes intensos, y un porte de autoridad que me puso nerviosa de una manera extraña. No la excitación habitual que sentía con los hombres, sino una vulnerabilidad que no me gustaba.
—Buenos días, señora... —miró su expediente— ...señora Martínez. ¿Qué le trae por aquí?
Me senté en la camilla, cruzando las piernas, sintiendo el papel desechable crujir bajo mi culo.
—Doctor, he tenido... molestias. Dolor abdominal, ardor al orinar, y... sangrado después de las relaciones.
—¿Desde cuándo? —preguntó, tomando nota, su voz profesional pero cálida.
—Unas tres semanas. Desde que... empecé a tener relaciones más... intensas.
Me miró por encima de sus gafas, y por un momento pensé que había captado algo en mi tono.
—Entiendo. Voy a hacerle un examen físico. ¿Puede desvestirse de la cintura para abajo y ponerse esta bata? Yo vuelvo en unos minutos.
Cuando salió, me desvestí lentamente. Me quité las bragas —negras de encaje, húmedas por alguna razón que no quería analizar— y me puse la bata de papel abierta por detrás. Me recosté en la camilla, mirando al techo, escuchando el aire acondicionado.
El doctor Andrade volvió con una enfermera, una mujer de mediana edad que parecía aburrida de su vida. Me hizo unas preguntas rutinarias mientras el doctor se lavaba las manes, y luego la enfermera salió, dejándome sola con él.
—Voy a examinarla ahora —dijo, poniéndose unos guantes de látex azules que se ajustaban a sus manos grandes.
Comenzó con el examen de mamas, sus manos frías y profesionales moviéndose sobre mis tetas, presionando, palpando. Intenté no pensar en lo cerca que estaba su cuerpo del mío, en su aliento cerca de mi cuello.
—Todo bien aquí —murmuró—. Ahora voy a hacer el examen pélvico. Por favor, abra las piernas y ponga los pies en los estribos.
Obedecí, sintiendo el papel de la camilla arrugarse bajo mi culo expuesto. El doctor se sentó en su banquito rodante y se posicionó entre mis piernas. Sentí sus ojos sobre mí, mirando mi coño, y de repente me sent expuesta de una manera diferente. No era la exposición de puta que buscaba, sino la de paciente vulnerable.
Insertó un espéculo frío, y gemí involuntariamente cuando se abrió, dejando mi cérvix expuesto. El doctor hizo un examen visual, luego tomó un hisopo para muestras.
—Hay algo de irritación —comentó—. Y... —se detuvo, y sentí que su tono cambiaba— ...señora Martínez, ¿ha tenido relaciones anales recientemente?
Mi corazón se detuvo. Joder. ¿Cómo lo sabía?
—Yo... sí —tartamudeé—. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque hay signos evidentes —dijo, y su voz sonaba diferente, más grave—. Hay pequeñas fisuras, irritación severa del canal anal, y... —hizo una pausa— ...hay semen residual. Señora, esto parece resultado de penetración anal violenta, reciente y frecuente.
Quería morirme de vergüenza, pero al mismo tiempo, sentí un calor extraño bajando por mi vientre. La forma en que lo dijo, esa autoridad médica mezclada con... ¿era imaginación mía o había algo más en su voz?
—Doctor, yo... —empecé a excusarme, pero él levantó una mano.
—No necesita explicarme su vida sexual, señora —dijo, pero no se movió de entre mis piernas. Si acaso, se acercó más—. Pero debo advertirle que está causando daño. Necesita descansar, usar más lubricante, y... —otra pausa, más larga esta vez— ...quizás un compañero más cuidadoso.
—No es solo un compañero —solté antes de poder contenerme, y luego me maldije a mí misma—. Son... varios.
Los ojos del doctor Andrade se encontraron con los míos. Había algo allí, un destello que no había estado antes. Curiosidad morbosa, lujuria reprimida, o quizás solo fascinación profesional por una paciente promiscua.
—Varios —repitió, y no era una pregunta.
—Sí —susurré, y no sé por qué, pero continué—. Mi esposo me engaña. Yo me vengué. Me follo a quien quiero. A su padre, al vecino, al entrenador... a cualquiera con verga dura que me quiera dar.
El doctor permaneció inmóvil por un momento que pareció eterno. Luego, lentamente, se quitó los guantes de látex con un chasquido audible. Se levantó. Cerró la puerta de la consulta con llave. El clic sonó fuerte en la habitación silenciosa.
—Señora Martínez —dijo, volviéndose hacia mí, y ahora sí, definitivamente, había lujuria pura en sus ojos—. Lo que está haciendo es destructivo para su salud. Pero... —se acercó a la camilla, sus manos fuertes agarrando mis rodillas— ...entiendo la necesidad. Entiendo el vacío que se siente.
—¿Doctor? —mi voz salió como un susurro.
—Mi esposa también me engañó —dijo, y sus manos subieron por mis muslos, empujando la bata hacia arriba—. Hace años. Y desde entonces... —sus manos llegaron a mis caderas— ...he aprendido a tomar lo que quiero cuando se presenta.
—¿Qué está haciendo? —pregunté, pero no me moví. No cerré las piernas. Si acaso, las abrí más.
—Estoy haciendo lo que debería haber hecho hace años con pacientes como tú —gruñó, y de repente me agarró de los tobillos, tirando de mí hasta que mi culo quedó al borde de la camilla—. Estoy tomando lo que me ofreces con esa boca de puta y ese culo destruido.
Y entonces bajó la cabeza y me lamió. No el coño, no. Me lamió el culo directamente, ese culo que había diagnosticado como dañado, violento, usado. Su lengua caliente y húmeda recorrió mis fisuras, lamió mi ano sensible, haciendo que me arqueara y gemiera en la camilla de hospital como una perra en celo.
—Doctor... por favor... —jadeé, agarrando las sábanas de papel.
—Cállate y toma esto —gruñó contra mi culo, y luego metió dos dedos en mi coño mientras seguía comiéndome el ano—. Tienes el coño tan mojado, puta. Tan lista. ¿Te excita que tu médico te use así? ¿Que sepa lo zorra que eres?
—Sí... sí, doctor... —lloriqueé, moviendo mis caderas contra su boca—. Por favor, fóllame. Fóllame como los otros. Fóllame mejor.
Se levantó abruptamente. Vi cómo se desabrochaba el cinturón, cómo bajaba los pantalones de su traje. Su verga saltó libre, y joder, era hermosa. Gruesa, larga, con una vena gruesa corriendo por el lado, la punta brillando con pre-seminal. Se puso un condón con movimientos rápidos, expertos.
—Vas a sentir esto —dijo, posicionándose—. Y vas a recordar que soy tu doctor cada vez que te duela a caminar.
Entró en mi coño de una embestida. Estaba tan mojada, tan lista, que entró sin resistencia, llenándome por completo. Pero no se quedó ahí. Mientras me follaba el coño con embestidas duras, metió un dedo en mi culo, ese culo tan usado, tan violento, y comenzó a follarme con el dedo al mismo ritmo.
—Ay, joder... ay, sí... —grité, sin importarme quién escuchara fuera—. Más duro, doctor. Más duro.
—Toma esto, puta enferma —gruñó, cambiando de agujero. Sacó su verga de mi coño, la puso contra mi ano, y empujó.
Entró con facilidad, demasiada facilidad, mi culo ya estaba tan usado que ofrecía poca resistencia. Pero el doctor no se detuvo. Me agarró de las rodillas, levantando mis piernas hasta que mis tobillos quedaron sobre sus hombros, y comenzó a darme una paliza anal brutal, metiéndose hasta el fondo cada vez, sus caderas golpeando contra mis nalgas con fuerza.
—Mira esto —ordenó—. Mira cómo te follo, puta. Mira cómo te destruyo el culo.
Abrí los ojos y lo vi en el espejo del techo que tenían para los pacientes. La vista era obscena: yo, recostada en la camilla de hospital, vestida de paciente pero con las piernas abiertas como zorra, y él, el doctor Andrade, con su bata blanca abierta, su traje desabrochado, clavándome su verga en el culo con una furia salvaje.
—Me voy a venir en tu culo —anunció, y sus embestidas se volvieron desesperadas, erráticas—. Voy a llenarte de semen, puta. Voy a curarte con mi leche.
—Sí, doctor, sí... —gemí, sintiendo mi propio orgasmo acercándose, esa mezcla de dolor y placer que me volvía loca—. Venite en mi culo. Lléname. Soy tu puta enferma, doctor. Úsame.
—¡Ah, puta! —gritó, y se clavó hasta el fondo, quedándose quieto, pulsando dentro de mí.
Sentí su semen caliente llenando el condón dentro de mi culo, pero él no se detuvo. Siguió moviéndose, sacando y metiendo, haciendo que el condón se deslizara parcialmente, dejando que su semen escapara dentro de mí, crudo, caliente, mezclándose con el de don Raúl y el de Chuy y todos los demás que habían estado ahí antes que él.
Cuando finalmente se salió, el condón quedó dentro de mí, lleno de semen. Lo sacó con cuidado, atándolo, y luego me miró con una mezcla de culpa y satisfacción.
—Esto... esto no puede repetirse —dijo, jadeando, arreglándose el traje.
Me senté lentamente en la camilla, sintiendo su semen corriendo por mis muslos, mi culo palpitando, mi coño contrayéndose vacío.
—Oh, doctor Andrade —sonreí, con mi maquillaje corrido, mi pelo deshecho, mi aspecto de puta usada—. Esto acaba de empezar. Ahora tienes mi historial médico. Sabes todo sobre mí. Y yo sé que eres un médico que se coge a sus pacientes. ¿Crees que voy a dejar que esto termine aquí?
Su rostro palideció, pero vi cómo su verga, todavía semi-erecta, se movió. Ya estaba pensando en la próxima vez.
Me vestí lentamente, dejando que viera el desastre que había hecho de mí, el semen que manchaba mis muslos, las marcas de sus dedos en mis rodillas. Cuando salí de la consulta, la recepcionista me miró extrañada por mi aspecto desaliñado.
—La próxima cita es en dos semanas, señora Martínez —dijo el doctor Andrade desde la puerta de su consulta, su voz profesional pero con un temblor apenas perceptible—. Para... seguimiento.
—Dos semanas, doctor —repetí, sonriendo—. No puedo esperar para mi... revisión.
Salí de la clínica bajo el sol de mediodía, con el culo dolorido, lleno de semen de mi médico, y una nueva adición a mi colección. Mi esposo seguía sin saber nada, seguía follando a su putita, seguía creyendo que tenía una esposa fiel en casa.
Pero yo ya no era su esposa. Era la puta de su padre, la zorra de su vecino, la perra de su entrenador, y ahora, la enferma favorita de su médico. Y cada verga que me follaba, cada hombre que me llenaba de semen, era otra victoria, otra forma de demostrar que yo era más que su traición, más que su descarte.
Esa noche, cuando mi esposo llegó a casa oliendo a perfume barato de su amante, yo ya había estado con don Raúl esa tarde. Mi suegro me había follado contra la ventana de su sala, con riesgo de que los vecinos vieran, y había terminado en mi culo, como siempre. Y cuando mi esposo me besó buenas noches, yo sabía que llevaba el semen de su propio padre dentro de mí, mezclado con el de mi médico de esa mañana.
La venganza nunca había sabido tan dulce, tan sucia, tan perfecta. Y yo no tenía intención de detenerme. Había tantos hombres por ahí, tantas vergas duras esperando ser usadas, tantas formas de humillar a mi esposo sin que él lo supiera.
Me dormí con una sonrisa en los labios, soñando con mi próxima cita médica, con el próximo encuentro con el suegro, con el próximo hombre que convertiría en mi juguete. Porque yo era una puta, sí. Pero era una puta con un propósito. Y ese propósito me mantenía más viva, más excitada, más satisfecha que nunca antes en mi vida.


El juego apenas comenzaba.
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