Hola lo siento por la tardanza, si quieres más historia así comenté y vaya apóyame en mi cuenta de x lucy_escribe1.
Esto pasó cuando tenía 24 años. Y no, no fue algo que planeé. Simplemente ocurrió, como una tormenta que no ves venir hasta que ya estás mojada.
Para que me entiendan bien, tengo que contarles cómo soy. En esa época era muy calenturienta. No voy a mentir, siempre he tenido un líbido alto y me encantaba coger. Soy de las que saben lo que quieren y no tienen miedo en hacer lo que sea. Pero también sé que algo de culpa tengo en lo que pasó. No toda, pero sí una parte. Porque siempre he sabido el efecto que causo en los hombres.
Tengo los pechos enormes. Siempre han sido mi carta de presentación, mi mejor atributo. Y créanme, llaman la atención. No importa lo que me ponga, siempre hay miradas que se quedan un segundo de más. A veces eso me gusta, a veces me molesta, pero es parte de mí. Además, siempre he tenido un estilo un poco alternativo. No soy gótica al cien por cien, pero tiro hacia ahí. Ropa negra, botas plataforma, delineador oscuro, algún collar. Tengo un estilo más bien rockero, con un toque oscuro. Me gusta sentirme sexy con un aire de misterio.
Y con ese cuerpo y ese estilo, ya se imaginarán que no paso desapercibida. Pero bueno, sigamos con la historia.
Todo comenzó con mi madre. Ella empezó a salir con un hombre al que llamaremos Sebastián. Y vaya si no paraba de hablar de él. Era "súper amable", "muy caballeroso", "un hombre perfecto" en pocas palabras. Mi madre y yo nos llevamos bien, no somos las mejores amigas del mundo pero tenemos una buena relación. Sin embargo, ya me tenía harta de escuchar todas esas maravillas. Obviamente no le dije lo que pensaba, solo sentía un fastidio enorme cada vez que empezaba con el tema. No es que tuviera nada en contra de su felicidad, pero ¿tanto tenía que insistir?
Yo no había conocido a ese tal "hombre perfecto". Hasta que una noche, todo cambió.
Era tarde, mi madre iba a tener una cita con él. Bajé a la cocina a tomar agua, con el pelo revuelto y en pijama, cuando escuché el timbre. Mi madre me llamó desde la entrada.
—¡Lucía, ven un momento!
Fui arrastrando los pies, medio dormida todavía. Y ahí estaba él. Sebastián. Alto, bien vestido, con una sonrisa perfecta. Mi madre lo tomó del brazo, radiante.
—Cariño, esta es mi hija Lucía. Ya te había hablado de ella —dijo con una emoción que casi me dio vergüenza ajena.
Sebastián me miró de arriba abajo. No fue disimulado. Y luego soltó:
—Pero amor, no me dijiste que fuera tan hermosa. Se ve que lo sacó de su madre —dijo con una sonrisa amplia.
—¡Ay, basta! —respondió mi madre, sonrojándose como una adolescente.
Fue incómodo. Muy incómodo. Ver a mi madre así, toda tímida y risueña, me dio una mezcla de ternura y repelús. Sebastián entonces se giró hacia mí y me extendió la mano.
—Espero que nos llevemos bien. Tu madre me ha dicho cosas muy buenas de ti —dijo con una voz grave y pausada—. Ojalá pronto nos conozcamos mejor.
Yo solo pude alzar la mirada un momento y responder:
—Igualmente, espero que nos llevemos bien.
Pero en mi interior ya quería que ese momento terminara. Como cualquier hija, no quería saber más de la vida romántica de mi madre. Era demasiada información.
Mi madre miró su reloj.
—Ay, se nos hace tarde. Ya tenemos que irnos —dijo, tomando su bolso—. Lucía, hay comida en la nevera, ¿sí?
—Sí, ma, no te preocupes.
Me quedé en la puerta viéndolos irse. Sebastián le abrió la puerta de la camioneta a mi madre, todo un caballero. Pero justo cuando se subía, noté que me miró de reojo. Una mirada que se quedó un segundo de más. Lo dejé pasar. Toda la situación había sido incómoda, seguro solo era mi imaginación.
Cerré la puerta y seguí en lo mío.
Al día siguiente me levanté y bajé a la cocina a hacerme el desayuno. Mi madre ya estaba allí, tomando café con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía una adolescente enamorada.
—Buenos días, ma —dije, frotándome los ojos.
—¡Oh, buenos días! ¿Cómo dormiste? —preguntó, toda radiante.
—Bien, todavía con algo de sueño, pero bien —respondí mientras abría la nevera.
Se hizo un silencio breve. Y entonces llegó la pregunta que sabía que iba a hacer.
—Mmm… ¿y qué te pareció? —dijo, apoyando la barbilla en la mano.
—¿Qué cosa? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—Pues… tu futuro padrastro —dijo con una risita nerviosa.
—Ama, no empieces —respondí, poniendo los huevos en el sartén.
—¡Jajaja! Lo siento, es que estoy emocionada de que por fin se hayan conocido —dijo, dando vueltas a su taza de café—. Pero, ¿en serio? ¿Qué te pareció? ¿Qué opinas de él?
Suspiré. Sabía que no iba a soltarlo hasta que le dijera algo.
—Pues… me pareció alguien amable —dije, dándole vueltas a los huevos—. Pero me dio una vibra rara. Es que solo nos saludamos, no es que pueda decir mucho solo con eso.
Mi madre asintió, como si mi respuesta no la hubiera desanimado en absoluto.
—Bueno, todavía le falta conocerte —dijo con optimismo—. Espero que pronto se puedan conocer mejor.
No le di más importancia. Una semana pasó y todo seguía normal. No había vuelto a ver a Sebastián. Hasta que llegó ese día. El día en que todo se salió de control.
Mi tía tuvo una emergencia médica, y mi madre se fue al hospital a cuidarla. Me quedé sola en casa. Ya era noche cerrada y estaba en la cocina preparándome algo de cenar, usado algo casual, con el cabello desordenado.
De repente, alguien tocó la puerta principal.
Me pareció extraño a esa hora. Nadie venía a visitarme sin avisar. Fui a abrir con desconfianza. Y ahí estaba. Sebastián.
Llevaba un traje muy elegante, pero lo usaba de manera casual, como si acabara de salir de una reunión importante. La camioneta de lujo estaba estacionada frente a la casa. Me quedé paralizada un segundo.

—Buenas noches, Lucía, ¿verdad? —dijo con esa sonrisa perfecta—. ¿Ya está lista Marisol? ¿Tu mamá?
Parpadeé varias veces, procesando.
—Mmm… ¿ibas a tener una cita hoy? —pregunté, sin saber qué más decir.
—Sí —respondió, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Algún problema? ¿Todo está bien?
—Sí, todo bien —dije rápidamente, sintiéndome tonta—. Solo que mi tía tuvo una emergencia y mi mamá fue al hospital a cuidarla. Me imagino que por la urgencia no te avisó.
La expresión de Sebastián cambió a una de preocupación fingida.
—Ay, espero que todo esté bien con tu tía —dijo, poniendo una mano en su pecho—. Qué mala suerte. Tenía una reservación en un restaurante muy exclusivo… una pena perderla.
Hizo una pausa. Me miró fijamente. Demasiado fijamente.
—Oye… ¿te gustaría ir a cenar conmigo? —preguntó, como si se le hubiera ocurrido en ese momento—. Ya tengo la reservación, sería un desperdicio perderla. Y además… así podemos conocernos mejor, como tu madre quería.
Me quedé en silencio, procesando la oferta. Una cena lujosa y gratis. Con un hombre guapo, mayor, que olía a dinero y a perfume caro. Y además, podía conocerlo de verdad, ver si era ese "hombre perfecto" que tanto presumía mi madre. O descubrir si era todo fachada.
—Sí —dije, sin pensarlo demasiado—. Me gustaría ir.
Una sonrisa se dibujó en su rostro. Pero luego sus ojos bajaron un instante a mis pechos. Apenas un segundo. Pero lo vi.
—¿Estás bien así? —preguntó con un tono que pretendía ser inocente—. Digo… tal vez quieras ponerte algo encima. Para no… no sé… llamar tanto la atención.
Sabía perfectamente a qué se refería. A mis pechos. A que mi camisa era demasiado ajustada. A que no llevaba sujetador.
—Sí, tienes razón —dije, y subí a mi habitación a toda prisa.
Me puse una camisa de cuadros por encima, me acomode el cabello y me miré al espejo. No estaba arreglada, pero tampoco me importaba. No iba a impresionar a nadie. O quizá sí, pero sin esforzarme.

Salí de la casa y él me abrió la puerta de la camioneta con una cortesía que casi parecía ensayada. El interior olía a cuero nuevo y a su perfume. Me subí, él cerró la puerta, rodeó el coche y se sentó al volante.
—¿Lista para una noche inolvidable? —dijo, arrancando el motor.
Yo solo sonreí, sin responder. Pero algo en su tono me hizo pensar que no hablaba solo de la cena.
Ahí estaba yo, sentada en la camioneta de lujo de Sebastián, con el corazón latiéndome fuerte. Nerviosa y emocionada a la vez. Estaba haciendo lo que mi madre quería: conocerlo. Pero en mi interior, algo no encajaba. Una vocecita me decía que esto estaba mal.
Mientras conducía, sentía su mirada sobre mí. Era rara. Sus ojos empezaban en mis piernas, subían lentamente hasta mis pechos, y se quedaban ahí un segundo de más. No dije nada. Pensé que eran prejuicios míos, que todos los hombres me miraban así por mis pechos. Le di el beneficio de la duda, por todo lo que mi madre había dicho de él.
Pero no podía quitarme la sensación de que su mirada era de lujuria.
El resto del camino fue en silencio. Incómodo. Ninguno sabía de qué hablar.
Hasta que llegamos al hotel.
—Esto… ¿no es un hotel? —pregunté, sorprendida.
—Sí —respondió con calma—, pero en el primer piso hay un restaurante.
Me bajé del coche y seguí a Sebastián de cerca. El lugar era elegante, sofisticado. Yo me sentía fuera de lugar con mi camisa y mis tenis gastados.
Llegamos a la recepción del restaurante.
—Buenas noches, tengo reservación a las 10, a nombre de Sebastián —dijo él.
La recepcionista consultó y asintió.
—Sí, una reservación para dos. Su mesa ya está lista. Síganme, usted y su cita.
Pensé en corregirla, pero ¿para qué? No valía la pena. Solo seguí a la recepcionista hasta una mesa en el centro del restaurante.
—Espero que disfruten su cita —dijo, y se fue.
Sebastián me jaló la silla. Caballeroso, sí. Pero aún no me convencía de que fuera el "hombre perfecto".
Me senté y el silencio volvió al instante.
—¿Vienes mucho aquí? —pregunté, rompiendo el hielo.
—Sí, me gusta este lugar. Buena comida y buen vino.
Llegó el mesero con los menús. Los abrí y casi me da algo. Los precios eran una locura. Seguro se notó en mi cara, porque Sebastián soltó una risita.
—No te preocupes por los precios, yo pago. Pide lo que quieras.
—Mejor pide tú por mí —dije—. No conozco ninguno de los platillos.
—Jajaja, bueno. Espero que te guste.
El mesero volvió y Sebastián pidió todo. Nombres de platos que nunca había escuchado. Yo solo asentía, perdida.
El mesero se fue y el silencio incómodo regresó. Otra vez.
—¿Cuánto tiempo llevas saliendo con mi madre? —pregunté.
—Unos meses. ¿Y tú, sales con alguien?
—No, he tenido encuentros pero nada serio.
—¿Y qué planes tienes para el futuro?
—La verdad no sé. Unas amigas me han dicho que me haga un OnlyFans. Dicen que con mi cuerpo triunfaría. ¿Tú qué crees?
Lo dije para provocarlo. Quería ver su reacción.
—No sé mucho de eso —respondió con calma—. Busca algo más seguro.
Demasiado correcto. No era la reacción que esperaba.
Llegó el mesero con la comida y el vino. Sirvió las copas y se fue.
Yo nunca había probado vino. Agarre la copa y le di un buen sorbo. Mal idea. El sabor me hizo arrugar la nariz y toser. Sebastián se rió suavemente.
Me dio rabia, pero el vino empezó a relajarme. Y fue entonces cuando decidí poner mi plan en marcha.
Terminamos de cenar. El mesero se fue después de servir más vino. Y yo empecé.
Despacio, sin hacer ruido, me quité un tenis bajo la mesa. Luego, con cuidado, deslicé mi pie descalzo hasta la entrepierna de Sebastián. Lo apoyé ahí, sintiendo el bulto de su pantalón.
Empecé a moverlo.
Primero suave, como sin querer. La planta de mi pie rozaba la tela de su pantalón, sintiendo el calor que desprendía. Mis dedos se enroscaban ligeramente, acariciando el bulto que empezaba a formarse. Subía y bajaba lentamente, presionando apenas, sintiendo cómo se endurecía bajo mi pie.
Él se quedó inmóvil. No dijo nada. Pero su respiración cambió. Se volvió más profunda, más pesada.
Yo seguía. Movía mi pie en círculos lentos, sintiendo cada centímetro de su erección crecer. La tela se tensaba bajo mis dedos. Presioné un poco más, justo en la punta, y noté cómo se estremecía.
—¿Qué haces? —susurró, con la voz ronca.
—Nada —respondí, con una sonrisa inocente—. Solo estoy cómoda.
Y seguí. Moviendo mi pie arriba y abajo, lento, tortuoso, sintiendo cómo se ponía cada vez más duro. Mis dedos jugaban con la cremallera, rozándola, como si fuera a bajarla en cualquier momento. Apretaba con la planta, sintiendo el calor, la dureza, el grosor. Podía imaginar perfectamente lo que estaba tocando.
Él no apartó mi pie. No dijo que parara. Solo se quedó ahí, mirándome, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros.
Justo entonces, volvió el mesero.
—Señor, ¿les gustaría un postre? —preguntó—. Tal vez a su hija le gustaría algo dulce.
En ese momento, sentí cómo su erección se endurecía aún más bajo mi pie. Casi podía sentirla palpitar. Sonreí para mis adentros. Estaba funcionando.
—No gracias —respondió Sebastián, con la voz más grave—. Mi hija se ha portado algo mal, y merece otro tipo postre.
Eso me sonó a doble sentido. Me encantó.
El mesero se fue. Y entonces lo hice.
"Sin querer", dejé caer mi copa de vino sobre mis pechos.
El vino tinto se derramó, empapando mi camisa. La tela se pegó a mi piel, dejando ver el contorno de mis pezones. Sentí el líquido frío y mis pezones se endurecieron.
—¡Ay, qué torpe! —exclamé—. Me mojé toda.
Sus ojos se clavaron en mis pechos mojados. Tragó saliva. Lo vi.
—Ay, Lucía —dijo, con la voz ronca—. Tengo una habitación en el hotel. Vamos, ahí te limpian.
—No es necesario —dije, sorprendida —. Solo me mojé un poco.
—Insisto. Va a estar toda pegajosa.
—Pero la cuenta…
—Ya la agregaron a mis gastos. Vamos.
No cedió. Así que fui con él.
Caminamos hacia el ascensor. Mi teni ya en su lugar, mi camisa mojada pegada a mi cuerpo. Yo estaba nerviosa, pero también excitada. Esto se estaba saliendo de control.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Adentro, éramos solo los dos. Él presionó el botón del piso donde estaba su habitación. El ascensor empezó a subir.
No esperaba esto. En serio, no lo esperaba. Pero podía aprovecharlo. Seguir con mi plan.
Subimos varios pisos en el ascensor en silencio. Él iba adelante de mí, caminando rápido, como si no pudiera esperar a llegar. Sacó su tarjeta y abrió la puerta de la habitación. Me dejó pasar primero.
Era una suite increíble. Cama enorme, televisión gigante, vistas panorámicas. Todo lujo. Casi olvido por qué estaba ahí.
—En esa puerta está el baño —dijo, señalando—. Tómate tu tiempo.
—Sí, gracias —respondí, con una sonrisa pícara—. No voy a tardar.
Entré al baño y cerré la puerta. Respiré hondo. Estaba nerviosa, pero me tranquilicé rápido. Yo era la que tenía el control. Solo quería ver si intentaba algo. Solo lo estaba poniendo a prueba. Eso me repetí para calmarme.
Ahora, ¿cómo podía provocarlo? Se me ocurrió algo.
Empecé a quitarme la ropa. Primero la camisa manchada de vino. Luego el short. Después las medias y las bragas. Todo. Quedé completamente desnuda frente al espejo. Me miré un momento: mis pechos grandes, mi cuerpo curvilíneo, mi piel blanca. Sabía lo que hacía.
Me metí a la regadera. El agua caliente relajó mis músculos. Pensaba salir recién bañada, solo en toalla. Sabía que no se iba a resistir. Ese era mi plan.
Pero a los pocos minutos, pasó algo que no esperaba.
Escuché cómo se abría la puerta del baño. Entró Sebastián. Y estaba completamente desnudo.
No entendía nada. ¿Por qué había entrado? ¿Por qué sin ropa? Mis ojos bajaron sin querer. Su verga todavía no estaba completamente parada, pero así se veía bastante grande. No pude evitar excitarme al verla. Tenía un buen paquete, y según se acercaba, se le iba poniendo más duro. Me di cuenta de que era por mí.
Al instante, tapé mis pechos y mi coño con las manos. Pero solo pude cubrir los pezones. El resto de mis pechos quedó a la vista.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, intentando sonar firme—. ¿Por qué estás desnudo? ¿No ves que me estoy bañando?
Él sonrió. Una sonrisa que no me gustó nada.
—¿Qué hago aquí? —repitió, con voz grave—. Sabes perfectamente lo que hago. Ahora no intentes hacerte la inocente conmigo.
—¿De qué hablas?
Ya se había metido dentro de la regadera. No me dejaba salir por la puerta de cristal. Estaba atrapada con él. Sin escapatoria.
—Estuviste de calienta huevos toda la cena —dijo, mientras me agarraba del cuello con firmeza.
Por reflejo, intenté alejarlo. Pero había dejado expuestos mis pechos. Él me agarró una con la mano libre. No podía alejarlo. Era demasiado fuerte. Me sentí impotente.
—me vas a conocer mejor puta—susurró.
Con mucha facilidad, sin soltarme, me giró y me puso con la cara contra el cristal del baño. Me separó las piernas con su rodilla. Quedé a su merced, con mi coño completamente expuesto.
—Perfecto —dijo, y su voz sonó ronca—. Ya estás mojada.
Estaba mojada por la ducha, sí. Pero la verdad es que también lo estaba por la excitación. No podía mentir.
En eso, sentí algo entre mis nalgas. Su pene. Ya estaba completamente duro.
—Espera, espera —dije rápido—. No es lo que crees. Yo no quería es...
No me dejó ni terminar. Me la metió de una.

No pude evitar gemir. Sentí cómo llegaba a lo más profundo de mí. El grosor. Lo largo. Podía sentir cada centímetro perfectamente dentro de mí. Empezó a moverse, dándome embestidas fuertes. Con cada una, mis pechos chocaban contra el cristal frío. Yo no decía nada, solo gemía. No quería esto. Pero tampoco quería que se detuviera.
Sus embestidas eran fuertes y rudas. Provocaban un sonido muy sucio: el choque de mis nalgas contra su pelvis. En un momento, se inclinó y me susurró al oído:
—Tienes un muy buen coño. No dejes de apretar.
Eso me excitó más. No sé por qué, pero su pene se sentía tan bien. No quería que parara.
De repente, empezó a aumentar el ritmo.
—Prepárate —dijo, con la respiración agitada—. Ahí va la primera carga.
Esa palabra empezó a resonar en mi cabeza. Y en ese momento me di cuenta: no estaba usando condón.
—Espera, espera —dije, intentando girarme—. ¡No te puedes correr dentro!
—Ahora sí tienes voz, zorra —respondió, riéndose—. Hace un momento estabas tan contenta, solo gimiendo.
—Cállate —dije, jadeando—. Puedes seguir, solo no te corras dentro.
—Una puta no me va a venir a dar ordenes—rio—. Parece que todavía no entiendes tu lugar. Además, esto es lo que te mereces.
Empezó a ser más rudo. Me agarró de la cintura con mucha fuerza. No me dejaba escapar. Sus embestidas eran cada vez más fuertes. Yo ya estaba al límite.
Con una última embestida, me vine justo cuando él lo hizo. Sentí cómo me empezaba a llenar con su semen.
—Eres un idiota —dije, con la voz entrecortada.
Pero no había terminado.
Unos minutos después, me agarró de la mano, me sacó de la ducha y me empujó contra la cama. Me puso boca abajo.
—Todavía no terminamos —dijo.
Sentí su pene en mi trasero. Todavía lo tenía duro. Apenas lo habíamos hecho, ¿cómo era posible?
Sin dejarme descansar, me penetró otra vez. Yo todavía estaba sensible, pero él siguió con la misma intensidad. No podía creer que un maldito viejo me estuviera cogiendo así de rico.
Sin previo aviso, sentí una fuerte nalgada que me provocó un gemido.
—¿Qué te pasa, imbécil? —dije, girando la cabeza.
—¿Y todavía sigues con ese tono? —respondió, riendo—. Debes aprender a respetarme. Pero parece que eres una masoquista.
—Que, no lo soy.
Otra nalgada. Más fuerte. Gemí otra vez.
—Jajaja, sí, claro —dijo, con tono burlón.
Me molestó que disfrutara humillarme. Así que decidí no darle ese gusto. El resto de esa posición me la pasé callada, intentando aguantar los gemidos. Pero uno que otro se me escapaba.
A los minutos, me provocó otro orgasmo.
Estaba demasiado agotada. Mis piernas temblaban, no paraban de temblar. Él era tan intenso que apenas podía seguirle el ritmo.
—Parece que lo estás disfrutando mucho, zorrita —dijo.
Con la respiración agitada, solo pude decir:
—Cállate.
De repente, me cargó como si no pesara nada. Me puso en una posición que nunca había probado: pasaba su brazos sobre mis piernas y ponía su manos en mi nuca, de espaldas, con su pene dentro de mí, mientras seguía de pie. Sentí su respiración en mi nuca.

—¿Qué haces? —pregunté—. Bájame.
—Todavía no termino de disfrutar tu cuerpo —respondió.
—Espera, al menos déjame descansar.
Pero ya me estaba penetrando en esa posición. Era tan humillante. Era la primera vez que alguien me ponía así. No podía hacer nada, estaba a su merced. Y por alguna razón, eso me excitaba más.
Me vine varias veces en esa posición. Sus embestidas hacían que mis tetas rebotaran. Terminó cuando se volvió a correr dentro de mí.
Cayó de espaldas a la cama conmigo encima. A pesar de que él había hecho todo el trabajo, yo estaba muy cansada. Quedé sentada encima de él, con su miembro todavía dentro de mí. En mi interior, lo sentía aún duro. Esto no había terminado.
Empezó a moverse otra vez. Nos estábamos viendo cara a cara. Su expresión era de arrogancia y satisfacción. Me daba rabia.
—Pareces muy contento —dije, con la voz cansada—. Maldito pervertido, cogerte a la hija de tu novia.
—Jajajaja —rio—. Mira quién lo dice. No he oído ninguna queja tuya. Y además, tú eres la que se está moviendo.
Me di cuenta de que tenía razón. Yo me estaba moviendo por iniciativa propia. Quería parar, estaba cansada. Pero se sentía tan bien... quería más.
Solo es un dildo, pensé. Solo lo estoy usando como un dildo.
Repetía eso en mi cabeza mientras seguía moviéndome. Pero él de repente me empujó más fuerte, me tomó y me puso boca abajo.
—¿Un dildo haría esto? —dijo.
Y me empezó a coger más fuerte, mientras me agarraba del cuello.
Estaba confundida. ¿Cómo sabía lo que estaba pensando? Luego entendí: lo había dicho sin darme cuenta.
Con una última embestida fuerte, nos vinimos al mismo tiempo.
Quedé tirada en la cama, agotada. Mi cuerpo temblaba, mis piernas no respondían. Él se recostó a mi lado, también respirando agitado.
Estaba completamente agotada y complacida. Mi cuerpo seguía tembloroso, todavía excitado a pesar de todo. Descansamos un momento en silencio. Él también estaba cansado, pero no tanto como yo.
Al rato, se levantó y se metió al baño. Escuché caer el agua de la ducha. Aproveché para recuperar el aliento, pero mis piernas no dejaban de temblar. Había sido demasiado intenso.
A los minutos, salió. Ya vestido, con esa maldita actitud de superioridad. Me aventó mi ropa.
—Ponte eso —dijo, sin mirarme—. Ya nos tenemos que ir.
No dije nada. Solo lo miré con rabia. Me sentía humillada. Usada. Pero también excitada, y eso era lo que más me enfurecía.
Me puse la ropa en silencio. La camisa todavía estaba húmeda por el vino, pero no me importaba. Solo quería salir de ahí. Él ya estaba esperando en la puerta, con la tarjeta en la mano.
Lo seguí desde atrás por el pasillo y hasta el ascensor. Mis piernas aún estaban débiles, me costaba caminar. Y cada vez que él notaba que me tambaleaba o que cojeaba, soltaba una risita baja. Esa maldita risa de satisfacción. Me daban ganas de golpearlo.
No dije una palabra. Solo lo seguí como una perra obediente. Su actitud arrogante, como si me hubiera vencido, me hervía la sangre.
Afuera del hotel, esperamos la camioneta. Yo estaba callada, mirando al suelo, deseando que todo terminara ya. Pero algo dentro de mí no quería que acabara así. No podía dejar que se fuera con esa sensación de victoria.
Cuando subimos a la camioneta, puse mi mano en su pierna. No sabía bien por qué. Quizás para ponerlo nervioso, para hacerle sentir algo de culpa. O quizás para recordarle lo que había pasado. Pero él ni siquiera se inmutó. Solo siguió conduciendo, con esa sonrisa de superioridad.
Llegamos frente a mi casa. El motor se apagó. Agarré la manija para abrir la puerta, pero no se abría. Había puesto el seguro.
—Oye, espera —dijo, con un tono tranquilo que me puso los pelos de punta—. ¿A dónde vas tan rápido? Antes de irte, me debes una mamada.
Me quedé congelada.
—¿Qué? —pregunté, sin poder creerlo.
—O quieres que tu mamá sepa que su hija es una puta? —dijo, mostrándome su teléfono—. Tengo un video muy interesante de esta noche.
Mi corazón se paró. No sabía qué video tenía o si era real, pero no quería arriesgarme. Mi madre no podía saberlo. No así.
—Eres un desgraciado —susurré, con los puños apretados.
Pero acepté. No tenía opción. Y además, una parte de mí seguía excitada. No quería admitirlo, pero era verdad.
Me incliné sobre él y desabroché su pantalón. Su pene ya estaba medio duro, como si lo hubiera estado esperando. Lo saqué y lo tomé con mi mano. Estaba caliente, grueso.
Empecé a lamer la punta, despacio, con la lengua. Di círculos alrededor del glande, sintiendo el sabor salado de su piel. Él suspiró, inclinando la cabeza hacia atrás.
Lo tomé con mis labios y comencé a chuparlo. Primero suave, solo la cabeza, moviendo la lengua en círculos mientras lo succionaba. Poco a poco, fui introduciéndolo más en mi boca. Sentía cómo se endurecía completamente, llenando mi garganta.
—Así —dijo, con voz ronca—. Usa esa boquita para algo útil.
Me dio rabia, pero no paré. Seguí chupándolo con ganas, subiendo y bajando la cabeza. Mi mano recorría lo que mi boca no podía alcanzar, acariciando sus bolas mientras él gemía. Cada vez que llegaba al fondo, sentía cómo su pene tocaba mi garganta, y yo apretaba, lo succionaba con fuerza.
—Mierda —susurró, poniendo una mano en mi cabeza—. Así, sigue así.
Aceleré el ritmo. Mi boca se movía más rápido, mi lengua lamía toda su longitud en cada subida. Saliva escurría por mi barbilla, pero no me importaba. Solo quería terminar rápido.
Empecé a chuparlo con más fuerza, haciendo presión con mis mejillas mientras movía la cabeza. Él empezó a jadear, a mover sus caderas hacia arriba, buscando más profundidad. Lo dejé hacer. Quería que terminara.
—Voy a venirme —dijo, con la voz entrecortada.
Apreté más la succión, subí y bajé rápido. Y en segundos, sentí cómo se tensaba y se venía en mi boca. Su semen llenó mi garganta. Me quedé un momento así, sintiendo cómo se vaciaba, antes de separarme y tragar todo.
Limpié el borde de mis labios con el dorso de la mano. Lo miré con odio. Él solo sonrió, satisfecho.
—Ahora sí —dijo—. Usando tu boquita para algo útil.
No respondí. Bajé de la camioneta y caminé hacia mi casa. Mis piernas todavía temblaban. No miré atrás.
Entré, subí las escaleras y llegué a mi habitación. Me dejé caer en la cama, agotada, humillada. Mi cuerpo aún vibraba. Y en mi cabeza, solo pensaba en cómo iba a decirle a mi madre lo que había pasado.
Mi mente estaba hecha un desastre, pero había un pensamiento claro: Dios, que hice, le hice algo horrible a mi madre.
En eso, mi celular sonó. Lo había dejado en la mesa de noche. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrí.
Era un video. De mí. Dándole esa mamada a Sebastián en la camioneta. No tenía audio, pero se veía perfectamente mi cara.
Otro mensaje llegó justo después:
"Si le dices a tu madre, le voy a enseñar este video. Y no se ve como una buena hija en el video. Jajajaja. Espero que pronto nos volvamos a divertir."
Me quedé mirando la pantalla, sin poder respirar. Sentí un nudo en el estómago.
Esto no había terminado. Solo había comenzado.
Y lo que pasó después.... bueno, eso será para otra historia.
Esto pasó cuando tenía 24 años. Y no, no fue algo que planeé. Simplemente ocurrió, como una tormenta que no ves venir hasta que ya estás mojada.
Para que me entiendan bien, tengo que contarles cómo soy. En esa época era muy calenturienta. No voy a mentir, siempre he tenido un líbido alto y me encantaba coger. Soy de las que saben lo que quieren y no tienen miedo en hacer lo que sea. Pero también sé que algo de culpa tengo en lo que pasó. No toda, pero sí una parte. Porque siempre he sabido el efecto que causo en los hombres.
Tengo los pechos enormes. Siempre han sido mi carta de presentación, mi mejor atributo. Y créanme, llaman la atención. No importa lo que me ponga, siempre hay miradas que se quedan un segundo de más. A veces eso me gusta, a veces me molesta, pero es parte de mí. Además, siempre he tenido un estilo un poco alternativo. No soy gótica al cien por cien, pero tiro hacia ahí. Ropa negra, botas plataforma, delineador oscuro, algún collar. Tengo un estilo más bien rockero, con un toque oscuro. Me gusta sentirme sexy con un aire de misterio.
Y con ese cuerpo y ese estilo, ya se imaginarán que no paso desapercibida. Pero bueno, sigamos con la historia.
Todo comenzó con mi madre. Ella empezó a salir con un hombre al que llamaremos Sebastián. Y vaya si no paraba de hablar de él. Era "súper amable", "muy caballeroso", "un hombre perfecto" en pocas palabras. Mi madre y yo nos llevamos bien, no somos las mejores amigas del mundo pero tenemos una buena relación. Sin embargo, ya me tenía harta de escuchar todas esas maravillas. Obviamente no le dije lo que pensaba, solo sentía un fastidio enorme cada vez que empezaba con el tema. No es que tuviera nada en contra de su felicidad, pero ¿tanto tenía que insistir?
Yo no había conocido a ese tal "hombre perfecto". Hasta que una noche, todo cambió.
Era tarde, mi madre iba a tener una cita con él. Bajé a la cocina a tomar agua, con el pelo revuelto y en pijama, cuando escuché el timbre. Mi madre me llamó desde la entrada.
—¡Lucía, ven un momento!
Fui arrastrando los pies, medio dormida todavía. Y ahí estaba él. Sebastián. Alto, bien vestido, con una sonrisa perfecta. Mi madre lo tomó del brazo, radiante.
—Cariño, esta es mi hija Lucía. Ya te había hablado de ella —dijo con una emoción que casi me dio vergüenza ajena.
Sebastián me miró de arriba abajo. No fue disimulado. Y luego soltó:
—Pero amor, no me dijiste que fuera tan hermosa. Se ve que lo sacó de su madre —dijo con una sonrisa amplia.
—¡Ay, basta! —respondió mi madre, sonrojándose como una adolescente.
Fue incómodo. Muy incómodo. Ver a mi madre así, toda tímida y risueña, me dio una mezcla de ternura y repelús. Sebastián entonces se giró hacia mí y me extendió la mano.
—Espero que nos llevemos bien. Tu madre me ha dicho cosas muy buenas de ti —dijo con una voz grave y pausada—. Ojalá pronto nos conozcamos mejor.
Yo solo pude alzar la mirada un momento y responder:
—Igualmente, espero que nos llevemos bien.
Pero en mi interior ya quería que ese momento terminara. Como cualquier hija, no quería saber más de la vida romántica de mi madre. Era demasiada información.
Mi madre miró su reloj.
—Ay, se nos hace tarde. Ya tenemos que irnos —dijo, tomando su bolso—. Lucía, hay comida en la nevera, ¿sí?
—Sí, ma, no te preocupes.
Me quedé en la puerta viéndolos irse. Sebastián le abrió la puerta de la camioneta a mi madre, todo un caballero. Pero justo cuando se subía, noté que me miró de reojo. Una mirada que se quedó un segundo de más. Lo dejé pasar. Toda la situación había sido incómoda, seguro solo era mi imaginación.
Cerré la puerta y seguí en lo mío.
Al día siguiente me levanté y bajé a la cocina a hacerme el desayuno. Mi madre ya estaba allí, tomando café con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía una adolescente enamorada.
—Buenos días, ma —dije, frotándome los ojos.
—¡Oh, buenos días! ¿Cómo dormiste? —preguntó, toda radiante.
—Bien, todavía con algo de sueño, pero bien —respondí mientras abría la nevera.
Se hizo un silencio breve. Y entonces llegó la pregunta que sabía que iba a hacer.
—Mmm… ¿y qué te pareció? —dijo, apoyando la barbilla en la mano.
—¿Qué cosa? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—Pues… tu futuro padrastro —dijo con una risita nerviosa.
—Ama, no empieces —respondí, poniendo los huevos en el sartén.
—¡Jajaja! Lo siento, es que estoy emocionada de que por fin se hayan conocido —dijo, dando vueltas a su taza de café—. Pero, ¿en serio? ¿Qué te pareció? ¿Qué opinas de él?
Suspiré. Sabía que no iba a soltarlo hasta que le dijera algo.
—Pues… me pareció alguien amable —dije, dándole vueltas a los huevos—. Pero me dio una vibra rara. Es que solo nos saludamos, no es que pueda decir mucho solo con eso.
Mi madre asintió, como si mi respuesta no la hubiera desanimado en absoluto.
—Bueno, todavía le falta conocerte —dijo con optimismo—. Espero que pronto se puedan conocer mejor.
No le di más importancia. Una semana pasó y todo seguía normal. No había vuelto a ver a Sebastián. Hasta que llegó ese día. El día en que todo se salió de control.
Mi tía tuvo una emergencia médica, y mi madre se fue al hospital a cuidarla. Me quedé sola en casa. Ya era noche cerrada y estaba en la cocina preparándome algo de cenar, usado algo casual, con el cabello desordenado.
De repente, alguien tocó la puerta principal.
Me pareció extraño a esa hora. Nadie venía a visitarme sin avisar. Fui a abrir con desconfianza. Y ahí estaba. Sebastián.
Llevaba un traje muy elegante, pero lo usaba de manera casual, como si acabara de salir de una reunión importante. La camioneta de lujo estaba estacionada frente a la casa. Me quedé paralizada un segundo.

—Buenas noches, Lucía, ¿verdad? —dijo con esa sonrisa perfecta—. ¿Ya está lista Marisol? ¿Tu mamá?
Parpadeé varias veces, procesando.
—Mmm… ¿ibas a tener una cita hoy? —pregunté, sin saber qué más decir.
—Sí —respondió, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Algún problema? ¿Todo está bien?
—Sí, todo bien —dije rápidamente, sintiéndome tonta—. Solo que mi tía tuvo una emergencia y mi mamá fue al hospital a cuidarla. Me imagino que por la urgencia no te avisó.
La expresión de Sebastián cambió a una de preocupación fingida.
—Ay, espero que todo esté bien con tu tía —dijo, poniendo una mano en su pecho—. Qué mala suerte. Tenía una reservación en un restaurante muy exclusivo… una pena perderla.
Hizo una pausa. Me miró fijamente. Demasiado fijamente.
—Oye… ¿te gustaría ir a cenar conmigo? —preguntó, como si se le hubiera ocurrido en ese momento—. Ya tengo la reservación, sería un desperdicio perderla. Y además… así podemos conocernos mejor, como tu madre quería.
Me quedé en silencio, procesando la oferta. Una cena lujosa y gratis. Con un hombre guapo, mayor, que olía a dinero y a perfume caro. Y además, podía conocerlo de verdad, ver si era ese "hombre perfecto" que tanto presumía mi madre. O descubrir si era todo fachada.
—Sí —dije, sin pensarlo demasiado—. Me gustaría ir.
Una sonrisa se dibujó en su rostro. Pero luego sus ojos bajaron un instante a mis pechos. Apenas un segundo. Pero lo vi.
—¿Estás bien así? —preguntó con un tono que pretendía ser inocente—. Digo… tal vez quieras ponerte algo encima. Para no… no sé… llamar tanto la atención.
Sabía perfectamente a qué se refería. A mis pechos. A que mi camisa era demasiado ajustada. A que no llevaba sujetador.
—Sí, tienes razón —dije, y subí a mi habitación a toda prisa.
Me puse una camisa de cuadros por encima, me acomode el cabello y me miré al espejo. No estaba arreglada, pero tampoco me importaba. No iba a impresionar a nadie. O quizá sí, pero sin esforzarme.

Salí de la casa y él me abrió la puerta de la camioneta con una cortesía que casi parecía ensayada. El interior olía a cuero nuevo y a su perfume. Me subí, él cerró la puerta, rodeó el coche y se sentó al volante.
—¿Lista para una noche inolvidable? —dijo, arrancando el motor.
Yo solo sonreí, sin responder. Pero algo en su tono me hizo pensar que no hablaba solo de la cena.
Ahí estaba yo, sentada en la camioneta de lujo de Sebastián, con el corazón latiéndome fuerte. Nerviosa y emocionada a la vez. Estaba haciendo lo que mi madre quería: conocerlo. Pero en mi interior, algo no encajaba. Una vocecita me decía que esto estaba mal.
Mientras conducía, sentía su mirada sobre mí. Era rara. Sus ojos empezaban en mis piernas, subían lentamente hasta mis pechos, y se quedaban ahí un segundo de más. No dije nada. Pensé que eran prejuicios míos, que todos los hombres me miraban así por mis pechos. Le di el beneficio de la duda, por todo lo que mi madre había dicho de él.
Pero no podía quitarme la sensación de que su mirada era de lujuria.
El resto del camino fue en silencio. Incómodo. Ninguno sabía de qué hablar.
Hasta que llegamos al hotel.
—Esto… ¿no es un hotel? —pregunté, sorprendida.
—Sí —respondió con calma—, pero en el primer piso hay un restaurante.
Me bajé del coche y seguí a Sebastián de cerca. El lugar era elegante, sofisticado. Yo me sentía fuera de lugar con mi camisa y mis tenis gastados.
Llegamos a la recepción del restaurante.
—Buenas noches, tengo reservación a las 10, a nombre de Sebastián —dijo él.
La recepcionista consultó y asintió.
—Sí, una reservación para dos. Su mesa ya está lista. Síganme, usted y su cita.
Pensé en corregirla, pero ¿para qué? No valía la pena. Solo seguí a la recepcionista hasta una mesa en el centro del restaurante.
—Espero que disfruten su cita —dijo, y se fue.
Sebastián me jaló la silla. Caballeroso, sí. Pero aún no me convencía de que fuera el "hombre perfecto".
Me senté y el silencio volvió al instante.
—¿Vienes mucho aquí? —pregunté, rompiendo el hielo.
—Sí, me gusta este lugar. Buena comida y buen vino.
Llegó el mesero con los menús. Los abrí y casi me da algo. Los precios eran una locura. Seguro se notó en mi cara, porque Sebastián soltó una risita.
—No te preocupes por los precios, yo pago. Pide lo que quieras.
—Mejor pide tú por mí —dije—. No conozco ninguno de los platillos.
—Jajaja, bueno. Espero que te guste.
El mesero volvió y Sebastián pidió todo. Nombres de platos que nunca había escuchado. Yo solo asentía, perdida.
El mesero se fue y el silencio incómodo regresó. Otra vez.
—¿Cuánto tiempo llevas saliendo con mi madre? —pregunté.
—Unos meses. ¿Y tú, sales con alguien?
—No, he tenido encuentros pero nada serio.
—¿Y qué planes tienes para el futuro?
—La verdad no sé. Unas amigas me han dicho que me haga un OnlyFans. Dicen que con mi cuerpo triunfaría. ¿Tú qué crees?
Lo dije para provocarlo. Quería ver su reacción.
—No sé mucho de eso —respondió con calma—. Busca algo más seguro.
Demasiado correcto. No era la reacción que esperaba.
Llegó el mesero con la comida y el vino. Sirvió las copas y se fue.
Yo nunca había probado vino. Agarre la copa y le di un buen sorbo. Mal idea. El sabor me hizo arrugar la nariz y toser. Sebastián se rió suavemente.
Me dio rabia, pero el vino empezó a relajarme. Y fue entonces cuando decidí poner mi plan en marcha.
Terminamos de cenar. El mesero se fue después de servir más vino. Y yo empecé.
Despacio, sin hacer ruido, me quité un tenis bajo la mesa. Luego, con cuidado, deslicé mi pie descalzo hasta la entrepierna de Sebastián. Lo apoyé ahí, sintiendo el bulto de su pantalón.
Empecé a moverlo.
Primero suave, como sin querer. La planta de mi pie rozaba la tela de su pantalón, sintiendo el calor que desprendía. Mis dedos se enroscaban ligeramente, acariciando el bulto que empezaba a formarse. Subía y bajaba lentamente, presionando apenas, sintiendo cómo se endurecía bajo mi pie.
Él se quedó inmóvil. No dijo nada. Pero su respiración cambió. Se volvió más profunda, más pesada.
Yo seguía. Movía mi pie en círculos lentos, sintiendo cada centímetro de su erección crecer. La tela se tensaba bajo mis dedos. Presioné un poco más, justo en la punta, y noté cómo se estremecía.
—¿Qué haces? —susurró, con la voz ronca.
—Nada —respondí, con una sonrisa inocente—. Solo estoy cómoda.
Y seguí. Moviendo mi pie arriba y abajo, lento, tortuoso, sintiendo cómo se ponía cada vez más duro. Mis dedos jugaban con la cremallera, rozándola, como si fuera a bajarla en cualquier momento. Apretaba con la planta, sintiendo el calor, la dureza, el grosor. Podía imaginar perfectamente lo que estaba tocando.
Él no apartó mi pie. No dijo que parara. Solo se quedó ahí, mirándome, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros.
Justo entonces, volvió el mesero.
—Señor, ¿les gustaría un postre? —preguntó—. Tal vez a su hija le gustaría algo dulce.
En ese momento, sentí cómo su erección se endurecía aún más bajo mi pie. Casi podía sentirla palpitar. Sonreí para mis adentros. Estaba funcionando.
—No gracias —respondió Sebastián, con la voz más grave—. Mi hija se ha portado algo mal, y merece otro tipo postre.
Eso me sonó a doble sentido. Me encantó.
El mesero se fue. Y entonces lo hice.
"Sin querer", dejé caer mi copa de vino sobre mis pechos.
El vino tinto se derramó, empapando mi camisa. La tela se pegó a mi piel, dejando ver el contorno de mis pezones. Sentí el líquido frío y mis pezones se endurecieron.
—¡Ay, qué torpe! —exclamé—. Me mojé toda.
Sus ojos se clavaron en mis pechos mojados. Tragó saliva. Lo vi.
—Ay, Lucía —dijo, con la voz ronca—. Tengo una habitación en el hotel. Vamos, ahí te limpian.
—No es necesario —dije, sorprendida —. Solo me mojé un poco.
—Insisto. Va a estar toda pegajosa.
—Pero la cuenta…
—Ya la agregaron a mis gastos. Vamos.
No cedió. Así que fui con él.
Caminamos hacia el ascensor. Mi teni ya en su lugar, mi camisa mojada pegada a mi cuerpo. Yo estaba nerviosa, pero también excitada. Esto se estaba saliendo de control.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Adentro, éramos solo los dos. Él presionó el botón del piso donde estaba su habitación. El ascensor empezó a subir.
No esperaba esto. En serio, no lo esperaba. Pero podía aprovecharlo. Seguir con mi plan.
Subimos varios pisos en el ascensor en silencio. Él iba adelante de mí, caminando rápido, como si no pudiera esperar a llegar. Sacó su tarjeta y abrió la puerta de la habitación. Me dejó pasar primero.
Era una suite increíble. Cama enorme, televisión gigante, vistas panorámicas. Todo lujo. Casi olvido por qué estaba ahí.
—En esa puerta está el baño —dijo, señalando—. Tómate tu tiempo.
—Sí, gracias —respondí, con una sonrisa pícara—. No voy a tardar.
Entré al baño y cerré la puerta. Respiré hondo. Estaba nerviosa, pero me tranquilicé rápido. Yo era la que tenía el control. Solo quería ver si intentaba algo. Solo lo estaba poniendo a prueba. Eso me repetí para calmarme.
Ahora, ¿cómo podía provocarlo? Se me ocurrió algo.
Empecé a quitarme la ropa. Primero la camisa manchada de vino. Luego el short. Después las medias y las bragas. Todo. Quedé completamente desnuda frente al espejo. Me miré un momento: mis pechos grandes, mi cuerpo curvilíneo, mi piel blanca. Sabía lo que hacía.
Me metí a la regadera. El agua caliente relajó mis músculos. Pensaba salir recién bañada, solo en toalla. Sabía que no se iba a resistir. Ese era mi plan.
Pero a los pocos minutos, pasó algo que no esperaba.
Escuché cómo se abría la puerta del baño. Entró Sebastián. Y estaba completamente desnudo.
No entendía nada. ¿Por qué había entrado? ¿Por qué sin ropa? Mis ojos bajaron sin querer. Su verga todavía no estaba completamente parada, pero así se veía bastante grande. No pude evitar excitarme al verla. Tenía un buen paquete, y según se acercaba, se le iba poniendo más duro. Me di cuenta de que era por mí.
Al instante, tapé mis pechos y mi coño con las manos. Pero solo pude cubrir los pezones. El resto de mis pechos quedó a la vista.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, intentando sonar firme—. ¿Por qué estás desnudo? ¿No ves que me estoy bañando?
Él sonrió. Una sonrisa que no me gustó nada.
—¿Qué hago aquí? —repitió, con voz grave—. Sabes perfectamente lo que hago. Ahora no intentes hacerte la inocente conmigo.
—¿De qué hablas?
Ya se había metido dentro de la regadera. No me dejaba salir por la puerta de cristal. Estaba atrapada con él. Sin escapatoria.
—Estuviste de calienta huevos toda la cena —dijo, mientras me agarraba del cuello con firmeza.
Por reflejo, intenté alejarlo. Pero había dejado expuestos mis pechos. Él me agarró una con la mano libre. No podía alejarlo. Era demasiado fuerte. Me sentí impotente.
—me vas a conocer mejor puta—susurró.
Con mucha facilidad, sin soltarme, me giró y me puso con la cara contra el cristal del baño. Me separó las piernas con su rodilla. Quedé a su merced, con mi coño completamente expuesto.
—Perfecto —dijo, y su voz sonó ronca—. Ya estás mojada.
Estaba mojada por la ducha, sí. Pero la verdad es que también lo estaba por la excitación. No podía mentir.
En eso, sentí algo entre mis nalgas. Su pene. Ya estaba completamente duro.
—Espera, espera —dije rápido—. No es lo que crees. Yo no quería es...
No me dejó ni terminar. Me la metió de una.

No pude evitar gemir. Sentí cómo llegaba a lo más profundo de mí. El grosor. Lo largo. Podía sentir cada centímetro perfectamente dentro de mí. Empezó a moverse, dándome embestidas fuertes. Con cada una, mis pechos chocaban contra el cristal frío. Yo no decía nada, solo gemía. No quería esto. Pero tampoco quería que se detuviera.
Sus embestidas eran fuertes y rudas. Provocaban un sonido muy sucio: el choque de mis nalgas contra su pelvis. En un momento, se inclinó y me susurró al oído:
—Tienes un muy buen coño. No dejes de apretar.
Eso me excitó más. No sé por qué, pero su pene se sentía tan bien. No quería que parara.
De repente, empezó a aumentar el ritmo.
—Prepárate —dijo, con la respiración agitada—. Ahí va la primera carga.
Esa palabra empezó a resonar en mi cabeza. Y en ese momento me di cuenta: no estaba usando condón.
—Espera, espera —dije, intentando girarme—. ¡No te puedes correr dentro!
—Ahora sí tienes voz, zorra —respondió, riéndose—. Hace un momento estabas tan contenta, solo gimiendo.
—Cállate —dije, jadeando—. Puedes seguir, solo no te corras dentro.
—Una puta no me va a venir a dar ordenes—rio—. Parece que todavía no entiendes tu lugar. Además, esto es lo que te mereces.
Empezó a ser más rudo. Me agarró de la cintura con mucha fuerza. No me dejaba escapar. Sus embestidas eran cada vez más fuertes. Yo ya estaba al límite.
Con una última embestida, me vine justo cuando él lo hizo. Sentí cómo me empezaba a llenar con su semen.
—Eres un idiota —dije, con la voz entrecortada.
Pero no había terminado.
Unos minutos después, me agarró de la mano, me sacó de la ducha y me empujó contra la cama. Me puso boca abajo.
—Todavía no terminamos —dijo.
Sentí su pene en mi trasero. Todavía lo tenía duro. Apenas lo habíamos hecho, ¿cómo era posible?
Sin dejarme descansar, me penetró otra vez. Yo todavía estaba sensible, pero él siguió con la misma intensidad. No podía creer que un maldito viejo me estuviera cogiendo así de rico.
Sin previo aviso, sentí una fuerte nalgada que me provocó un gemido.
—¿Qué te pasa, imbécil? —dije, girando la cabeza.
—¿Y todavía sigues con ese tono? —respondió, riendo—. Debes aprender a respetarme. Pero parece que eres una masoquista.
—Que, no lo soy.
Otra nalgada. Más fuerte. Gemí otra vez.
—Jajaja, sí, claro —dijo, con tono burlón.
Me molestó que disfrutara humillarme. Así que decidí no darle ese gusto. El resto de esa posición me la pasé callada, intentando aguantar los gemidos. Pero uno que otro se me escapaba.
A los minutos, me provocó otro orgasmo.
Estaba demasiado agotada. Mis piernas temblaban, no paraban de temblar. Él era tan intenso que apenas podía seguirle el ritmo.
—Parece que lo estás disfrutando mucho, zorrita —dijo.
Con la respiración agitada, solo pude decir:
—Cállate.
De repente, me cargó como si no pesara nada. Me puso en una posición que nunca había probado: pasaba su brazos sobre mis piernas y ponía su manos en mi nuca, de espaldas, con su pene dentro de mí, mientras seguía de pie. Sentí su respiración en mi nuca.

—¿Qué haces? —pregunté—. Bájame.
—Todavía no termino de disfrutar tu cuerpo —respondió.
—Espera, al menos déjame descansar.
Pero ya me estaba penetrando en esa posición. Era tan humillante. Era la primera vez que alguien me ponía así. No podía hacer nada, estaba a su merced. Y por alguna razón, eso me excitaba más.
Me vine varias veces en esa posición. Sus embestidas hacían que mis tetas rebotaran. Terminó cuando se volvió a correr dentro de mí.
Cayó de espaldas a la cama conmigo encima. A pesar de que él había hecho todo el trabajo, yo estaba muy cansada. Quedé sentada encima de él, con su miembro todavía dentro de mí. En mi interior, lo sentía aún duro. Esto no había terminado.
Empezó a moverse otra vez. Nos estábamos viendo cara a cara. Su expresión era de arrogancia y satisfacción. Me daba rabia.
—Pareces muy contento —dije, con la voz cansada—. Maldito pervertido, cogerte a la hija de tu novia.
—Jajajaja —rio—. Mira quién lo dice. No he oído ninguna queja tuya. Y además, tú eres la que se está moviendo.
Me di cuenta de que tenía razón. Yo me estaba moviendo por iniciativa propia. Quería parar, estaba cansada. Pero se sentía tan bien... quería más.
Solo es un dildo, pensé. Solo lo estoy usando como un dildo.
Repetía eso en mi cabeza mientras seguía moviéndome. Pero él de repente me empujó más fuerte, me tomó y me puso boca abajo.
—¿Un dildo haría esto? —dijo.
Y me empezó a coger más fuerte, mientras me agarraba del cuello.
Estaba confundida. ¿Cómo sabía lo que estaba pensando? Luego entendí: lo había dicho sin darme cuenta.
Con una última embestida fuerte, nos vinimos al mismo tiempo.
Quedé tirada en la cama, agotada. Mi cuerpo temblaba, mis piernas no respondían. Él se recostó a mi lado, también respirando agitado.
Estaba completamente agotada y complacida. Mi cuerpo seguía tembloroso, todavía excitado a pesar de todo. Descansamos un momento en silencio. Él también estaba cansado, pero no tanto como yo.
Al rato, se levantó y se metió al baño. Escuché caer el agua de la ducha. Aproveché para recuperar el aliento, pero mis piernas no dejaban de temblar. Había sido demasiado intenso.
A los minutos, salió. Ya vestido, con esa maldita actitud de superioridad. Me aventó mi ropa.
—Ponte eso —dijo, sin mirarme—. Ya nos tenemos que ir.
No dije nada. Solo lo miré con rabia. Me sentía humillada. Usada. Pero también excitada, y eso era lo que más me enfurecía.
Me puse la ropa en silencio. La camisa todavía estaba húmeda por el vino, pero no me importaba. Solo quería salir de ahí. Él ya estaba esperando en la puerta, con la tarjeta en la mano.
Lo seguí desde atrás por el pasillo y hasta el ascensor. Mis piernas aún estaban débiles, me costaba caminar. Y cada vez que él notaba que me tambaleaba o que cojeaba, soltaba una risita baja. Esa maldita risa de satisfacción. Me daban ganas de golpearlo.
No dije una palabra. Solo lo seguí como una perra obediente. Su actitud arrogante, como si me hubiera vencido, me hervía la sangre.
Afuera del hotel, esperamos la camioneta. Yo estaba callada, mirando al suelo, deseando que todo terminara ya. Pero algo dentro de mí no quería que acabara así. No podía dejar que se fuera con esa sensación de victoria.
Cuando subimos a la camioneta, puse mi mano en su pierna. No sabía bien por qué. Quizás para ponerlo nervioso, para hacerle sentir algo de culpa. O quizás para recordarle lo que había pasado. Pero él ni siquiera se inmutó. Solo siguió conduciendo, con esa sonrisa de superioridad.
Llegamos frente a mi casa. El motor se apagó. Agarré la manija para abrir la puerta, pero no se abría. Había puesto el seguro.
—Oye, espera —dijo, con un tono tranquilo que me puso los pelos de punta—. ¿A dónde vas tan rápido? Antes de irte, me debes una mamada.
Me quedé congelada.
—¿Qué? —pregunté, sin poder creerlo.
—O quieres que tu mamá sepa que su hija es una puta? —dijo, mostrándome su teléfono—. Tengo un video muy interesante de esta noche.
Mi corazón se paró. No sabía qué video tenía o si era real, pero no quería arriesgarme. Mi madre no podía saberlo. No así.
—Eres un desgraciado —susurré, con los puños apretados.
Pero acepté. No tenía opción. Y además, una parte de mí seguía excitada. No quería admitirlo, pero era verdad.
Me incliné sobre él y desabroché su pantalón. Su pene ya estaba medio duro, como si lo hubiera estado esperando. Lo saqué y lo tomé con mi mano. Estaba caliente, grueso.
Empecé a lamer la punta, despacio, con la lengua. Di círculos alrededor del glande, sintiendo el sabor salado de su piel. Él suspiró, inclinando la cabeza hacia atrás.
Lo tomé con mis labios y comencé a chuparlo. Primero suave, solo la cabeza, moviendo la lengua en círculos mientras lo succionaba. Poco a poco, fui introduciéndolo más en mi boca. Sentía cómo se endurecía completamente, llenando mi garganta.
—Así —dijo, con voz ronca—. Usa esa boquita para algo útil.
Me dio rabia, pero no paré. Seguí chupándolo con ganas, subiendo y bajando la cabeza. Mi mano recorría lo que mi boca no podía alcanzar, acariciando sus bolas mientras él gemía. Cada vez que llegaba al fondo, sentía cómo su pene tocaba mi garganta, y yo apretaba, lo succionaba con fuerza.
—Mierda —susurró, poniendo una mano en mi cabeza—. Así, sigue así.
Aceleré el ritmo. Mi boca se movía más rápido, mi lengua lamía toda su longitud en cada subida. Saliva escurría por mi barbilla, pero no me importaba. Solo quería terminar rápido.
Empecé a chuparlo con más fuerza, haciendo presión con mis mejillas mientras movía la cabeza. Él empezó a jadear, a mover sus caderas hacia arriba, buscando más profundidad. Lo dejé hacer. Quería que terminara.
—Voy a venirme —dijo, con la voz entrecortada.
Apreté más la succión, subí y bajé rápido. Y en segundos, sentí cómo se tensaba y se venía en mi boca. Su semen llenó mi garganta. Me quedé un momento así, sintiendo cómo se vaciaba, antes de separarme y tragar todo.
Limpié el borde de mis labios con el dorso de la mano. Lo miré con odio. Él solo sonrió, satisfecho.
—Ahora sí —dijo—. Usando tu boquita para algo útil.
No respondí. Bajé de la camioneta y caminé hacia mi casa. Mis piernas todavía temblaban. No miré atrás.
Entré, subí las escaleras y llegué a mi habitación. Me dejé caer en la cama, agotada, humillada. Mi cuerpo aún vibraba. Y en mi cabeza, solo pensaba en cómo iba a decirle a mi madre lo que había pasado.
Mi mente estaba hecha un desastre, pero había un pensamiento claro: Dios, que hice, le hice algo horrible a mi madre.
En eso, mi celular sonó. Lo había dejado en la mesa de noche. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrí.
Era un video. De mí. Dándole esa mamada a Sebastián en la camioneta. No tenía audio, pero se veía perfectamente mi cara.
Otro mensaje llegó justo después:
"Si le dices a tu madre, le voy a enseñar este video. Y no se ve como una buena hija en el video. Jajajaja. Espero que pronto nos volvamos a divertir."
Me quedé mirando la pantalla, sin poder respirar. Sentí un nudo en el estómago.
Esto no había terminado. Solo había comenzado.
Y lo que pasó después.... bueno, eso será para otra historia.
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