La tarde estaba calurosa y el termo tanque del departamento hacía un ruido raro. Andrea, en short cortísimo negro que le marcaba el culo redondo y una remera blanca sin corpiño que le dibujaba las tetas pesadas y los pezones duros, se apoyó en el marco de la puerta de la cocina mirando a su marido.
—Llamá al portero, nene… que venga a mirar eso. Y que se tome su tiempo.
El marido sonrió de medio lado. Ya sabía cómo venía la mano. Andrea estaba en modo putita total: morocha de pelo largo, cuerpo fit, tetas grandes que se movían solas y esa cara de gata en celo que le ponía la pija dura apenas la miraba.
Cinco minutos después el portero subió. Un tipo de unos cuarenta, fuerte, medio panza pero con brazos de laburo. Entró con la caja de herramientas y Andrea le abrió la puerta sonriendo amplia, pasando la lengua por el labio inferior.
—Pasá, che… el termo está en la cocina. Mi marido está ahí.
El tipo saludó al marido y se agachó a mirar el tanque. Andrea se quedó parada al lado, con las piernas ligeramente abiertas, el short subido tanto que se le veía el borde de la concha. Cada vez que el portero se daba vuelta, ella se inclinaba un poco más, ofreciéndole la vista de las tetas colgando dentro de la remera.
—¿Y? ¿Tiene arreglo? —preguntó ella con voz baja, casi ronca.
—Sí, es el termostato… lo cambio y listo.
Andrea se agachó a su altura, fingiendo mirar, y le rozó el muslo con la mano. El portero se tensó. Ella le sostuvo la mirada y le dijo, bien despacio:
—Qué calor hace, ¿no? Yo estoy toda mojada… mirá.
Le tomó la mano y se la puso entre las piernas, por encima del short. La tela estaba empapada. El portero tragó saliva. El marido, sentado en la silla de la cocina, solo sonrió y se acomodó la pija por encima del pantalón.
Andrea no esperó más. Se arrodilló delante del portero, le bajó el cierre con una mano y sacó la pija gruesa y ya semidura. La miró un segundo, le dio una lengüetada larga desde las bolas hasta la punta y después se la metió entera hasta la garganta.
El sonido húmedo y profundo llenó la cocina. Andrea chupaba como una profesional: saliva corriendo por la barbilla, tetas sacudidas cada vez que se enterraba la pija hasta el fondo, ojos entrecerrados de puta. El portero se agarró del mesón y soltó un jadeo.
El marido se acercó, se apoyó de espaldas a la mesada y le habló al portero como si estuvieran tomando un café:
—¿Primera vez que te chupa una casada delante del marido?
El portero, con la voz entrecortada porque Andrea le estaba apretando la glande con la garganta, contestó:
—Sí… la puta madre… qué bien chupa tu mujer.
—Es una putita de primera. Le gusta que la vean. ¿Te gusta cómo te traga toda?
Andrea, sin sacar la pija de la boca, miró a su marido y asintió con la cabeza, babosa, mientras seguía succionando fuerte. Hizo un ruido de garganta profunda y el portero gruñó.
—Sí… se la come entera… mirá cómo le corre la saliva por las tetas…
Andrea se sacó la remera de un tirón. Las tetas grandes y pesadas cayeron libres, pezones duros. Siguió chupando, ahora con una mano masturbando lo que no le entraba y la otra apretándose una teta para que el portero la mirara.
El marido siguió charlando, caliente como nunca:
—Cuando se venga, hacela tragar todo. A ella le encanta. Después si querés te la cojo yo o te la presto un rato más… como prefieras.
El portero no pudo contestar. Andrea aceleró: chupaba rápido, profundo, baboso, mirándolo a los ojos. El tipo se puso rígido, le agarró el pelo y se corrió directo en su boca. Andrea no se movió. Tragó todo, una, dos, tres veces, dejando que le bajara por la garganta mientras el portero seguía eyaculando. Cuando terminó, sacó la pija todavía dura, le dio una última lengüetada limpia y se pasó el dorso de la mano por la boca, sonriendo.
—Rico… —dijo ella, todavía de rodillas—. ¿Querés que te la limpie otra vez o ya seguís con el termo?
El marido se rió bajo y le acarició el pelo a su esposa.
—Dejale terminar el laburo primero, putita. Después vemos.
—Llamá al portero, nene… que venga a mirar eso. Y que se tome su tiempo.
El marido sonrió de medio lado. Ya sabía cómo venía la mano. Andrea estaba en modo putita total: morocha de pelo largo, cuerpo fit, tetas grandes que se movían solas y esa cara de gata en celo que le ponía la pija dura apenas la miraba.
Cinco minutos después el portero subió. Un tipo de unos cuarenta, fuerte, medio panza pero con brazos de laburo. Entró con la caja de herramientas y Andrea le abrió la puerta sonriendo amplia, pasando la lengua por el labio inferior.
—Pasá, che… el termo está en la cocina. Mi marido está ahí.
El tipo saludó al marido y se agachó a mirar el tanque. Andrea se quedó parada al lado, con las piernas ligeramente abiertas, el short subido tanto que se le veía el borde de la concha. Cada vez que el portero se daba vuelta, ella se inclinaba un poco más, ofreciéndole la vista de las tetas colgando dentro de la remera.
—¿Y? ¿Tiene arreglo? —preguntó ella con voz baja, casi ronca.
—Sí, es el termostato… lo cambio y listo.
Andrea se agachó a su altura, fingiendo mirar, y le rozó el muslo con la mano. El portero se tensó. Ella le sostuvo la mirada y le dijo, bien despacio:
—Qué calor hace, ¿no? Yo estoy toda mojada… mirá.
Le tomó la mano y se la puso entre las piernas, por encima del short. La tela estaba empapada. El portero tragó saliva. El marido, sentado en la silla de la cocina, solo sonrió y se acomodó la pija por encima del pantalón.
Andrea no esperó más. Se arrodilló delante del portero, le bajó el cierre con una mano y sacó la pija gruesa y ya semidura. La miró un segundo, le dio una lengüetada larga desde las bolas hasta la punta y después se la metió entera hasta la garganta.
El sonido húmedo y profundo llenó la cocina. Andrea chupaba como una profesional: saliva corriendo por la barbilla, tetas sacudidas cada vez que se enterraba la pija hasta el fondo, ojos entrecerrados de puta. El portero se agarró del mesón y soltó un jadeo.
El marido se acercó, se apoyó de espaldas a la mesada y le habló al portero como si estuvieran tomando un café:
—¿Primera vez que te chupa una casada delante del marido?
El portero, con la voz entrecortada porque Andrea le estaba apretando la glande con la garganta, contestó:
—Sí… la puta madre… qué bien chupa tu mujer.
—Es una putita de primera. Le gusta que la vean. ¿Te gusta cómo te traga toda?
Andrea, sin sacar la pija de la boca, miró a su marido y asintió con la cabeza, babosa, mientras seguía succionando fuerte. Hizo un ruido de garganta profunda y el portero gruñó.
—Sí… se la come entera… mirá cómo le corre la saliva por las tetas…
Andrea se sacó la remera de un tirón. Las tetas grandes y pesadas cayeron libres, pezones duros. Siguió chupando, ahora con una mano masturbando lo que no le entraba y la otra apretándose una teta para que el portero la mirara.
El marido siguió charlando, caliente como nunca:
—Cuando se venga, hacela tragar todo. A ella le encanta. Después si querés te la cojo yo o te la presto un rato más… como prefieras.
El portero no pudo contestar. Andrea aceleró: chupaba rápido, profundo, baboso, mirándolo a los ojos. El tipo se puso rígido, le agarró el pelo y se corrió directo en su boca. Andrea no se movió. Tragó todo, una, dos, tres veces, dejando que le bajara por la garganta mientras el portero seguía eyaculando. Cuando terminó, sacó la pija todavía dura, le dio una última lengüetada limpia y se pasó el dorso de la mano por la boca, sonriendo.
—Rico… —dijo ella, todavía de rodillas—. ¿Querés que te la limpie otra vez o ya seguís con el termo?
El marido se rió bajo y le acarició el pelo a su esposa.
—Dejale terminar el laburo primero, putita. Después vemos.
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