You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Estuve con mi mejor amiga

Nunca me había cogido a una mina. Eso es lo primero. Y lo segundo es que con Sole no fue como con los otros. Con los otros siempre hubo un momento claro donde yo decía ahora, donde algo se encendía y yo sabía que estábamos cruzando. Con Sole no hubo momento. Hubo una pendiente larga, suave, que para cuando me di cuenta ya me había dejado abajo del todo.
Sole. Soledad. Mi mejor amiga desde los diecinueve. Nos conocimos en un taller de escritura en Palermo que las dos dejamos al mes porque el profesor era un pelotudo. Nos quedamos nosotras. Ocho años de amistad. Ocho años de todo: de cenas, de borracheras, de contarnos las cosas que no le contás a nadie, de hablar de los tipos con los que cogíamos con una precisión clínica que nos daba risa a las dos. Sole sabía de Iván, sabía del trío, sabía del pegging. Le había contado todo menos lo de Ricardo, porque lo de Ricardo no se lo conté a nadie.
Sole era bisexual. Lo sabía desde siempre. Había tenido novias, novios, un par de historias raras que me contaba los jueves a la noche en el bar de Scalabrini donde nos juntábamos las dos solas, sin Tomi, sin nadie, a tomar vermú y hablar mierda. Yo la escuchaba contar de minas con la misma atención con la que le contaba de tipos, y nunca, en ocho años, había pensado en Sole así.
Mentira. Una vez. Una sola vez. Una noche de verano en su departamento de Chacarita, las dos tiradas en el piso porque no tenía aire acondicionado, con un ventilador de pie apuntándonos, las dos en bombacha y corpiño porque hacía cuarenta grados. Sole estaba acostada boca arriba con los ojos cerrados y yo le miré el cuerpo un segundo de más. Le miré la panza, que era una panza blanda, sin abdominales, con un lunar grande al costado del ombligo. Le miré las tetas adentro del corpiño, más grandes que las mías, aplastadas por la tela. Le miré las piernas, más cortas que las mías, más gruesas, con la piel que le brillaba de transpiración. La miré y pensé qué lindas piernas tiene Sole, y después pensé nada más. Guardé eso en el mismo cajón donde se guardan las cosas que no van a ningún lado.
Hasta que fueron a algún lado.
Fue en julio. Un jueves de los nuestros. Bar de Scalabrini. Vermú. Sole había cortado con Manu, un pibe con el que había estado seis meses, y estaba en esa etapa de después de cortar donde contás la misma historia desde ángulos distintos tratando de entender qué pasó. Me estaba contando de la última vez que habían cogido, que había sido mala, forzada, que ella no tenía ganas y lo hizo igual, y yo la miraba hablar y en algún momento dejé de escuchar las palabras y empecé a mirarle la boca.
La boca de Sole. Labios gruesos. Sin pintar. Se los mordía cuando pensaba. Tenía un diente de abajo un poco torcido que se le veía cuando se reía fuerte. Yo le conocía esa boca de memoria. Pero esa noche la estaba mirando distinto. La estaba mirando como le miraba las manos a Ricardo.
Sole paró de hablar.
"¿Qué?"
"Nada."
"Me estás mirando raro."
"No te estoy mirando raro."
"Agos. Te conozco hace ocho años. Me estás mirando raro."
Tomé un trago de vermú. Largo. Le sostuve la mirada.
"Puede ser."
Sole se quedó callada. Me miró. Algo le cambió en la cara, algo sutil, un aflojamiento alrededor de los ojos, como cuando entendés algo que ya sabías pero no habías formulado.
"Ah", dijo.
"Ah qué."
"Nada. Ah."
Pagamos. Salimos. Caminamos por Scalabrini hasta Corrientes sin hablar. En la esquina ella iba para un lado y yo para el otro. Nos paramos frente a frente. Hacía frío. Sole tenía una bufanda gris enrollada hasta la nariz. Le vi solo los ojos.
"Vení a casa", me dijo. Con la voz amortiguada por la bufanda.
"Sole."
"Vení a casa y si no pasa nada no pasa nada."
Fui.
En el departamento de Sole todo era distinto al de Ricardo. Acá no había vacío. Había plantas en todos lados, ropa colgada en las sillas, una pila de libros en el piso al lado de la cama, tazas sin lavar en la mesada, un gato gris que se llamaba Tito y que me olió las zapatillas cuando entré. El departamento de Sole olía a Sole: a sahumerio frío, a café, a la crema de manos que usaba siempre, una que tenía olor a almendras.
Preparó un té. Me dio una taza. Nos sentamos en el sillón. Nos miramos.
"No sé qué estoy haciendo", le dije.
"Yo sí."
"¿Qué estás haciendo?"
"Algo que tenía ganas de hacer hace rato."
Eso me frenó. Apoyé la taza en la mesa ratona. La miré.
"¿Hace cuánto?"
"No sé. Dos años. Tres."
"¿Tres años?"
"No es que me pasé tres años sufriendo, Agos. Es que cada tanto te miraba y pensaba una cosa y después se me pasaba y seguía con mi vida."
"¿Y ahora?"
"Ahora vos me miraste primero."
Me quedé sentada. Procesando. Tres años. Sole había estado pensando en mí durante tres años y yo no me había enterado porque estaba ocupada cogiéndome a medio Buenos Aires y analizando las diferencias entre las pijas de mi vida.
"Tengo novio", dije. Porque era verdad y porque había que decirlo.
"Ya sé."
"No sé si Tomi..."
"No te estoy pidiendo que dejes a Tomi. No te estoy pidiendo nada. Te estoy diciendo que si querés pasar algo conmigo, estoy acá."
Sole hablaba igual que hablaba siempre. Sin drama. Sin levantar la voz. Con esa cosa directa que tenía, que era lo primero que me había gustado de ella en aquel taller de escritura, la forma en que decía las cosas sin adornarlas.
Me acerqué. Le saqué la taza de la mano. La dejé en la mesa. Le agarré la cara. Tenía la piel fría del frío de afuera. Le pasé el pulgar por el pómulo. Sentí que temblaba un poco.
"¿Estás temblando?"
"Sí."
"¿De frío?"
"No."
La besé.
Y acá es donde todo se rompe. Porque besar a Sole no se pareció a nada. No a Tomi. No a Iván. No a Ricardo. No a ninguno. No había barba. No había mandíbula dura. No había la cosa de que alguien más grande me agarra la cara y me inclina la cabeza. Sole era de mi tamaño. La boca de Sole era blanda, suave, con un gusto a té con miel. Le metí la lengua y ella me la chupó despacio y yo hice un ruido contra su boca que me sorprendió porque no era el ruido que hago con los hombres. Era un ruido más chico. Más agudo. Como si el cuerpo estuviera hablando en otro registro.
Sole me agarró la nuca. Me atrajo. Nos besamos largo, en el sillón, inclinándonos la una sobre la otra sin que ninguna empujara a la otra para abajo. Esa fue la primera diferencia grande. Con los hombres siempre había una gravedad, alguien que pesaba más, alguien que se ponía encima. Con Sole estábamos las dos al mismo nivel, las dos sentadas, las dos inclinándonos, las dos buscando sin que ninguna dirigiera.
Me separé un segundo. La miré. Tenía los labios brillantes de mí. Los ojos oscuros, dilatados.
"No sé qué hacer", le dije. Y era verdad. Por primera vez en toda esta historia, no sabía qué hacer. Con Tomi sabía. Con Iván sabía. Con Ricardo sabía. La mecánica era distinta cada vez pero el mapa era el mismo: boca, manos, pija, adentro. Con Sole no había pija. No había mapa. No había la secuencia que yo tenía grabada en el cuerpo de tanto repetirla.
Sole se rió bajito.
"Hacé lo que tengas ganas."
"No sé qué tengo ganas."
"Entonces sentí."
Me agarró las manos. Me las puso en su cintura. Yo sentí la tela de la remera y abajo la piel tibia y abajo la carne blanda y no había músculo duro, no había costillas marcadas, no había esa cosa angulosa que tienen los cuerpos de los hombres. El cuerpo de Sole cedía. Era blando donde los hombres eran duros. Era curva donde los hombres eran recta. Y mi mano no sabía qué hacer con eso, porque toda mi vida mis manos habían aprendido a tocar cuerpos que se resistían, cuerpos que empujaban de vuelta, y el cuerpo de Sole no empujaba. Recibía.
Le saqué la remera. Sole levantó los brazos. Se la saqué por arriba de la cabeza. Tenía un corpiño negro, simple, sin encaje. Le desabroché el corpiño y se le cayó adelante y le vi las tetas.
Las tetas de Sole. Más grandes que las mías. Más redondas. Con los pezones oscuros, anchos, con el borde irregular, distintos a los míos que son más chicos y más rosados. Le miré las tetas y mi cerebro hizo lo que hace siempre, trató de comparar, trató de medir contra algo conocido, y no encontró nada. No había pija que medir. No había fuerza de manos que calibrar. Había tetas, que yo también tengo, pero en otro cuerpo, con otra forma, con otro peso, y eso me dejó sin herramientas.
Le toqué una teta con la mano. Despacio. Como si fuera frágil. Sentí el peso en la palma. Sentí el pezón endurecerse contra mi mano. Sole cerró los ojos.
"Más fuerte", me dijo.
Le apreté. Se le escapó un suspiro. Le apreté la otra. Le pasé el pulgar por el pezón, ida y vuelta, y ella echó la cabeza para atrás y yo pensé que conozco ese gesto, que yo hago ese gesto, que estoy viendo mi propio gesto en otra cara y eso me da un vértigo que no se parece a nada.
Me saqué la remera yo. Me saqué el corpiño. Sole me miró las tetas con una cara que le conocía porque era la cara que ponían los hombres, pero suavizada, sin el hambre esa, con otra cosa. Con reconocimiento. Como si estuviera mirando algo que entendía desde adentro.
Me tocó. Me pasó las manos por las tetas. Y acá fue donde mi cuerpo se salió del libreto por completo. Porque las manos de Sole en mis tetas no eran las manos de Tomi ni las de Iván ni las de Ricardo. Las manos de Sole sabían. Sabían porque ella tiene tetas. Sabían exactamente dónde apretar, dónde no, cuándo pasar los dedos suave y cuándo pellizcar. Me tocó los pezones con una precisión que ningún hombre me había tocado nunca y yo cerré los ojos y le agarré las muñecas y le dije "cómo sabés" y ella se rió contra mi cuello y me dijo "porque me los toco todas las noches, boluda".
Nos sacamos el resto de la ropa en el sillón. No nos movimos a la cama. Sole se sacó el jean y la bombacha juntos, de un tirón, y yo vi. Le vi la concha. Le vi el vello oscuro recortado, los labios, lo de adentro. Y sentí una cosa rarísima, una cosa que no había sentido con ningún hombre, que fue verme. Verme reflejada. Ver algo que yo tengo, que toco todas las noches, que conozco de memoria, pero en otro cuerpo, con otro pelo, con otra forma, y entender que eso que yo tengo es esto, se ve así, se abre así.
Me saqué el jean. La bombacha. Quedamos las dos desnudas en el sillón. Tito el gato nos miraba desde arriba de la heladera con cara de que le importaba nada.
Sole se acostó en el sillón. Me atrajo encima. Quedé arriba de ella, piel contra piel, tetas contra tetas, y eso, la sensación de tetas contra tetas, de pezones contra pezones, fue algo que me cortó la respiración. Blando contra blando. Suave contra suave. Sin el hueso del esternón de Tomi clavándoseme. Sin el pelo del pecho de Ricardo raspándome. Carne que cedía contra carne que cedía. Me moví encima de ella, apenas, y sentí su cadera contra la mía y su pubis contra el mío y no había pija en el medio. No había nada duro entre nosotras. Solo dos cuerpos blandos tratando de encontrar cómo encajar.
Le metí la mano entre las piernas. Despacio. Nerviosa. Toqué lo que toco en mí todas las noches pero en ella, y la textura era parecida pero distinta. Más mojada de lo que esperaba. Más caliente. Los pliegues distintos a los míos, más largos, más abiertos. Busqué el clítoris con el pulgar como me busco el mío y cuando lo encontré Sole abrió los ojos y me agarró la muñeca.
"Ahí", dijo. "Ahí, no te muevas de ahí."
Le hice círculos. Despacio. La miraba la cara. Y esto era lo nuevo, lo que me descolocó del todo: yo sabía lo que ella estaba sintiendo. Con los hombres nunca sabía del todo. Les miraba la cara y adivinaba, interpretaba, pero no sabía de verdad. Con Sole sabía. Sabía porque yo tengo exactamente eso y sé exactamente qué pasa cuando alguien me toca exactamente así. Le veía la cara y sentía, en mi propio cuerpo, un eco de lo que ella estaba sintiendo. Como mirar en un espejo que devuelve sensaciones.
Sole me metió la mano a mí. Al mismo tiempo. Los dedos de Sole entre mis piernas, buscándome, y los encontró rápido, mucho más rápido que cualquier hombre la primera vez, porque sabía dónde estaban. Me tocó el clítoris con dos dedos, con una presión exacta, con un ritmo que era mi ritmo, y yo hice un ruido contra su cuello que me salió solo.
Quedamos así. Las dos tocándonos. Las dos acostadas en el sillón, enredadas, con las manos entre las piernas de la otra, mirándonos las caras. Y esa simultaneidad me hizo algo que nunca me había hecho nadie. Con los hombres siempre había un turno. Alguien daba primero. Alguien recibía primero. Con Sole era al mismo tiempo. Yo le hacía lo que ella me hacía. Ella sentía lo que yo sentía. No había turno. No había adentro y afuera. Éramos dos cuerpos iguales haciéndose lo mismo.
"Quiero bajar", le dije. "Quiero probarte."
Sole me soltó. Se abrió de piernas en el sillón. Yo me bajé al piso, me arrodillé entre sus piernas. Me quedé mirando.
"¿Qué pasa?"
"Es que es raro."
"¿Raro malo?"
"Raro de que estoy mirando una concha y normalmente miro una pija."
Sole se rió fuerte. Tiró la cabeza para atrás.
"Bienvenida al otro lado."
Le puse la boca. Y mi cerebro explotó. No sé cómo describir esto mejor. Le puse la boca y lo primero que pensé fue gusto. Gusto a qué. A algo que reconocía pero que nunca había sentido en la lengua. A algo ácido y tibio y vivo, parecido a mi propio gusto cuando me chupo los dedos después de tocarme, pero distinto, más fuerte, con más cuerpo. Le pasé la lengua de abajo para arriba, despacio, lenta, como leo. Sole me agarró el pelo.
Yo sé lo que me gusta a mí cuando me bajan. Sé el ritmo, sé la presión, sé que me gusta que se queden quietos en el clítoris y hagan círculos sin parar. Le hice eso. Y funcionó. Porque el cuerpo de Sole respondía parecido al mío, no igual pero parecido, y por primera vez en mi vida yo estaba cogiendo con un mapa que era mi propio mapa. Sabía cuándo apretar porque yo sé cuándo quiero que me aprieten. Sabía cuándo ir más lento porque yo sé cuándo necesito que vayan más lento. Sabía todo porque era mi propio cuerpo, traducido, en otra persona.
Le chupé el clítoris con los labios. Sole arqueó la espalda. Le metí un dedo adentro mientras le chupaba y sentí las paredes, calientes, mojadas, apretándome el dedo, y pensé así se siente estar adentro de alguien, esto es lo que sienten ellos cuando están adentro mío, y eso me dio un golpe de excitación tan fuerte que me tuve que apretar las piernas para no venirme yo.
Sole me tironeó del pelo.
"Vení arriba. Vení."
Subí. Me acosté encima de ella. Me agarró la pierna, me la pasó por encima de su cadera. Me acomodó. Quedamos trabadas. Concha contra concha. Cuando lo sentí, cuando sentí su concha mojada contra la mía, me agarré de su hombro con las dos manos y la miré a los ojos y no dije nada porque no había nada que decir.
Nos movimos juntas. Despacio. Frotándonos. La fricción era distinta a todo. No había penetración. No había adentro y afuera. Era superficie contra superficie, clítoris buscando clítoris, mojado contra mojado. Y yo no tenía nombre para esto. Con los hombres siempre tenía nombre. Penetración. Oral. Anal. Esto no tenía nombre, o lo tenía pero yo no lo sabía, y no importaba porque el cuerpo lo estaba encontrando solo.
Sole me agarró las caderas. Me marcó un ritmo. Más rápido. Yo me moví con ella, contra ella, y empecé a sentir la ola, la ola conocida pero distinta, viniendo de un lugar que no era adentro sino afuera, de la superficie, de la piel contra la piel.
"Me voy a venir", dije.
"Yo también."
Y eso. Eso me destruyó. Porque ningún hombre me había dicho "yo también" en el mismo momento. Porque con los hombres siempre había un desfasaje, siempre se venía uno primero y el otro después, y con Sole estábamos las dos en el mismo punto, sintiéndonos la una a la otra, subiendo juntas.
Me vine apretando las piernas alrededor de ella, temblando, con la cara metida en su cuello, mordiéndole la clavícula. Sole se vino un segundo después o al mismo tiempo, no sé, lo sentí en su cuerpo, en cómo se le tensaba la panza contra la mía, en cómo me clavaba los dedos en las caderas, en un gemido largo contra mi oreja que era el gemido más parecido al mío que escuché en mi vida.
Nos quedamos pegadas. Transpiradas. Respirando. No me moví de encima. Ella no me sacó.
Silencio largo. Tito saltó de la heladera al piso con un ruido sordo.
"¿Estás bien?", me preguntó Sole.
Y por primera vez la pregunta no me sonó como la de Tomi. No me sonó como la de Ricardo. Me sonó como mía. Como si me la estuviera haciendo yo a mí misma, a través de ella.
"Estoy bien."
"¿Raro?"
"Raro lindo."
Sole se rió. Me besó la frente. Me pasó la mano por la espalda, despacio, como se le pasa la mano a alguien que conocés de verdad.
Me levanté del sillón. Me senté en el piso. Desnuda, con las piernas cruzadas, con la espalda contra el sillón. Sole se sentó al lado mío. Tito vino y se nos sentó entre las dos. Lo acaricié.
"¿Y ahora?", me dijo Sole.
"No sé."
"¿Se lo vas a contar a Tomi?"
La pregunta me cayó en el estómago. Porque con Ricardo la respuesta había sido no, inmediata, automática, sin dudas. Y con Sole la respuesta era no sé. Porque esto no era una traición del mismo tipo. Esto no era una grieta. Esto era otra cosa. Algo que no sabía dónde poner.
"No sé", le dije. "Necesito pensarlo."
"Tomate tu tiempo."
Me vestí en su living. Sole me prestó una bufanda porque yo había perdido la mía, o me la había dejado en el bar, no me acordaba. Me la puse. Me olía a ella. A almendras.
En la puerta nos miramos.
"Chau", le dije.
"Chau."
Me dio un beso en la boca. Corto. Con los labios cerrados. Me apretó la mano.
Bajé por la escalera porque el ascensor de Sole no andaba nunca. En la calle hacía frío. Caminé hasta la avenida. Me paré en la esquina esperando el colectivo y me agarré la cara con las dos manos, igual que había hecho después de Ricardo, pero distinto. Porque después de Ricardo la sensación era grieta, era amargo, era algo que se pudría adentro. Y después de Sole la sensación era confusión limpia. No sabía qué había pasado. No sabía qué significaba. No sabía si quería repetirlo. No sabía si era gay o bi o nada o todo. Pero no me sentía sucia. No me sentía traidora. Me sentía perdida, que es otra cosa.
En el colectivo de vuelta pensé en los capítulos anteriores. En todas las veces que había mirado un cuerpo nuevo y lo había comparado con Tomi. La pija de Iván contra la de Tomi. La pija de Ricardo contra la de Tomi. Siempre Tomi como vara. Siempre Tomi como mapa de referencia. Y con Sole no había podido hacer eso. Con Sole el mapa de referencia había sido yo. Mi propio cuerpo. Mis propias tetas, mi propia concha, mis propias manos que saben lo que saben porque se tocan todas las noches. Sole no era una versión de Tomi. Sole era una versión de mí.
Y eso era lo más extremo que me había pasado. No el trío, no la doble penetración, no cogerme al padre de mi novio. Esto. Coger conmigo misma en el cuerpo de otra persona. Mirar y reconocer. Tocar y saber.
Llegué a casa. Tomi dormía. Me saqué la ropa. Me acosté al lado de él. Me olí los dedos. Olían a Sole. A almendras y a algo más, algo que reconocí porque era mi propio olor pero en otra persona.
Tomi se dio vuelta dormido. Me pasó el brazo por encima. Me apretó contra él. Sentí su pecho duro contra mi espalda, su pija blanda contra mi culo, su respiración en mi nuca. Y pensé que todo esto, mi vida, mi cuerpo, mis decisiones, se estaba convirtiendo en algo que ya no cabía en una sola frase. "Esto lo decidí yo" ya no alcanzaba. "Esto lo decidimos los dos" tampoco. Necesitaba una frase nueva y no la tenía.
Me dormí sin frase. Por primera vez en toda esta historia, me dormí sin una conclusión limpia. Sin un cierre. Sin una idea ordenada que me dejara tranquila.
Me dormí pensando en el gusto de Sole en mi lengua y en las manos de Tomi en mi cintura y en que mañana iba a tener que despertarme y ser la misma persona con todo eso adentro.

0 comentarios - Estuve con mi mejor amiga