El sabor salado de mi propio semen todavía persistía en mi lengua, pegajoso y cálido, mientras Marcos me miraba desde la cama con una mezcla de desdén y cálculo. Sofía seguía impalada sobre su verga enorme, respirando agitada, con el vestido arrugado alrededor de la cintura y el pecho al descubierto, brillando por el sudor. Marcos no apartó la mirada de mí mientras deslizaba una mano por la columna vertebral de ella, haciendo que ella estremeciera.
—Ven aquí y quítate todo —ordenó Marcos, con una voz grave que no admitía réplicas—. Pero no te atrevas a tocar tu pija. Solo estás aquí para servirnos.
Mis manos temblaban ligeramente mientras desabrochaba los botones restantes de mi camisa y la dejaba caer al suelo. Me quité los pantalones y los calzoncillos manchados, sintiendo el aire frío del pasillo contra mi piel húmeda. Mi erección latía con fuerza, golpeando mi abdomen con cada latido, dolorosa por la negación previa y la excitación crónica de verlos. Me acerqué a la cama, las rodillas blandas, y me trepé con cuidado sobre el colchón, tratando de no interrumpir el ritmo de Sofía.
—Acércate más —gruñó Marcos, agarrándome del cuello y empujándome hacia la zona donde sus cuerpos se unían—. Toca su concha. Haz que se corra mientras se la lleva.
Sofía se inclinó hacia atrás, apoyándose en el pecho musculoso de Marcos, dejando al descubierto su clítoris hinchado y rojo, brillando por los fluidos que ya lubricaban la verga de él. Extendí la mano y mis dedos encontraron su piel caliente y resbaladiza. Comencé a frotar su botón con movimientos circulares, sincronizados con los embates lentos y profundos de Marcos. Cada vez que él empujaba hacia arriba, yo presionaba hacia abajo, y Sofía respondía con gemidos guturales que vibraban en su pecho.
—Así... así, puto —susurró Marcos en mi oreja, su aliento caliente golpeando mi cuello—. No pares. Pero recuerda, si te corres, te cortaré los huevos.
La amenaza me heló la sangre, pero mi cuerpo reaccionó con un chorro de pre-cum que resbaló por mi glande. Me mordí el labio inferior, concentrándome en la textura de la piel de Sofía, en la forma en que sus músculos se contraían alrededor de los dedos de Marcos y los míos. Estaba al borde, rozando ese precipicio del placer sin poder saltar, una tortura dulce y agonizante que me nublaba la visión. Sofía gritó, arqueando la espalda, y sentí cómo sus piernas empezaban a temblar.
Marcos, con un movimiento brusco y dominante, levantó a Sofía y la apartó de su regazo. Su verga salió de ella con un sonido obsceno, un pop húmedo que resonó en la habitación. Antes de que yo pudiera reaccionar, él la giró y la colocó a cuatro patas frente a mí.
—Ahora tú —me señaló Marcos, mirando el espacio vacío debajo de Sofía—. Ponte debajo de ella. Quiero que la chupes mientras la rompo.
Me deslicé por el colchón, moviéndome como un reptil hasta quedar posicionado boca arriba entre las piernas abiertas de Sofía. Desde esa perspectiva, su coño afeitado y abierto colgaba sobre mi cara, una flor carnosa y hambrienta. Detrás de ella, vi las piernas musculosas de Marcos posicionándose, su verga gigante apuntando como un arma hacia el objetivo.
Sin previo aviso, Marcos se hundió en ella con un golpe seco. El impacto empujó la pelvis de Sofía hacia abajo, aplastando su concha contra mi boca. Grité, ahogándome en su carne, pero él no se detuvo. Comenzó a follarla con una furia animal, sacudiendo toda la cama. Alcé la cabeza y comencé a lamer frenéticamente su clítoris, que bailaba violentamente con cada embiste.
La dinámica era caótica y brutal. Mi lengua afeitaba el botón sensible de Sofía mientras, a pocos milímetros de distancia, el eje grueso y velludo de Marcos entraba y salía a toda velocidad. En cada retroceso, la cabeza de su verga rozaba mis labios, dejando un rastro de los jugos de ella mezclados con el pre-cum de él. El sabor era una explosión de sal, metal y sexo puro. A veces, por la fuerza del embate, mi lengua se deslizaba y lamía involuntariamente el tallo de él, una sensación que me llenaba de vergüenza y una excitación vicaria profunda.
Sofía ya no gritaba, aullaba. Era un sonido animal, desesperado, nacido desde lo más profundo de su garganta.
—¡Sí! ¡Sí, MARCOS! ¡ME PARTES EN DOS! —gritaba, agarrando las sábanas con las uñas—. ¡TE AMO! ¡AMO TU VERGA! ¡ESTOY LOCA POR TU VERGA, DIOS MÍO!
Sus palabras me golpeaban más fuerte que cualquier puñetazo. Ella estaba perdida, completamente entregada a la dominación de él, y yo era solo un accesorio, un instrumento más para su placer.
—¡Dilo! —gruñó Marcos, sin reducir la velocidad, sus testículos golpeando mi nariz con cada golpe—. ¡Dime lo que eres!
—¡Soy TU PUTITA! ¡SOY TU ZORRA! ¡Cógeme toda la vida, por favor, no pares! —chilló Sofía, mientras sus muslos temblaban incontrolablemente a ambos lados de mi cabeza.
Sentí cómo el clítoris de Sofía se contraía bajo mi lengua, indicando que estaba al borde. Marcos pareció sentirlo también, porque aumentó la intensidad, golpeando con fuerza contra su cérvix. Yo seguía lamiendo, succionando, tragando los fluidos que caían en cascada sobre mi cara, ciego y sordo a todo lo que no fuera el sexo que me consumía.
Con un rugido gutural, Marcos se clavó hasta el fondo y se quedó inmóvil. Sentí cómo las venas de su verga pulsaban contra mis labios, bombeando su carga directamente dentro del vientre de Sofía. Él se vació con largos chorros, gruñendo como una bestia, mientras Sofía se desmoronaba sobre mí, convulsionando en un orgasmo que parecía no tener fin.
Me quedé allí, atrapado bajo ellos, con la cara empapada y el corazón latiendo a mil por hora, escuchando cómo jadeaban y recuperaban el aliento, mientras yo seguía sin haber tocado mi propia verga, ardiente y dolorosamente ignorada.
—Ven aquí y quítate todo —ordenó Marcos, con una voz grave que no admitía réplicas—. Pero no te atrevas a tocar tu pija. Solo estás aquí para servirnos.
Mis manos temblaban ligeramente mientras desabrochaba los botones restantes de mi camisa y la dejaba caer al suelo. Me quité los pantalones y los calzoncillos manchados, sintiendo el aire frío del pasillo contra mi piel húmeda. Mi erección latía con fuerza, golpeando mi abdomen con cada latido, dolorosa por la negación previa y la excitación crónica de verlos. Me acerqué a la cama, las rodillas blandas, y me trepé con cuidado sobre el colchón, tratando de no interrumpir el ritmo de Sofía.
—Acércate más —gruñó Marcos, agarrándome del cuello y empujándome hacia la zona donde sus cuerpos se unían—. Toca su concha. Haz que se corra mientras se la lleva.
Sofía se inclinó hacia atrás, apoyándose en el pecho musculoso de Marcos, dejando al descubierto su clítoris hinchado y rojo, brillando por los fluidos que ya lubricaban la verga de él. Extendí la mano y mis dedos encontraron su piel caliente y resbaladiza. Comencé a frotar su botón con movimientos circulares, sincronizados con los embates lentos y profundos de Marcos. Cada vez que él empujaba hacia arriba, yo presionaba hacia abajo, y Sofía respondía con gemidos guturales que vibraban en su pecho.
—Así... así, puto —susurró Marcos en mi oreja, su aliento caliente golpeando mi cuello—. No pares. Pero recuerda, si te corres, te cortaré los huevos.
La amenaza me heló la sangre, pero mi cuerpo reaccionó con un chorro de pre-cum que resbaló por mi glande. Me mordí el labio inferior, concentrándome en la textura de la piel de Sofía, en la forma en que sus músculos se contraían alrededor de los dedos de Marcos y los míos. Estaba al borde, rozando ese precipicio del placer sin poder saltar, una tortura dulce y agonizante que me nublaba la visión. Sofía gritó, arqueando la espalda, y sentí cómo sus piernas empezaban a temblar.
Marcos, con un movimiento brusco y dominante, levantó a Sofía y la apartó de su regazo. Su verga salió de ella con un sonido obsceno, un pop húmedo que resonó en la habitación. Antes de que yo pudiera reaccionar, él la giró y la colocó a cuatro patas frente a mí.
—Ahora tú —me señaló Marcos, mirando el espacio vacío debajo de Sofía—. Ponte debajo de ella. Quiero que la chupes mientras la rompo.
Me deslicé por el colchón, moviéndome como un reptil hasta quedar posicionado boca arriba entre las piernas abiertas de Sofía. Desde esa perspectiva, su coño afeitado y abierto colgaba sobre mi cara, una flor carnosa y hambrienta. Detrás de ella, vi las piernas musculosas de Marcos posicionándose, su verga gigante apuntando como un arma hacia el objetivo.
Sin previo aviso, Marcos se hundió en ella con un golpe seco. El impacto empujó la pelvis de Sofía hacia abajo, aplastando su concha contra mi boca. Grité, ahogándome en su carne, pero él no se detuvo. Comenzó a follarla con una furia animal, sacudiendo toda la cama. Alcé la cabeza y comencé a lamer frenéticamente su clítoris, que bailaba violentamente con cada embiste.
La dinámica era caótica y brutal. Mi lengua afeitaba el botón sensible de Sofía mientras, a pocos milímetros de distancia, el eje grueso y velludo de Marcos entraba y salía a toda velocidad. En cada retroceso, la cabeza de su verga rozaba mis labios, dejando un rastro de los jugos de ella mezclados con el pre-cum de él. El sabor era una explosión de sal, metal y sexo puro. A veces, por la fuerza del embate, mi lengua se deslizaba y lamía involuntariamente el tallo de él, una sensación que me llenaba de vergüenza y una excitación vicaria profunda.
Sofía ya no gritaba, aullaba. Era un sonido animal, desesperado, nacido desde lo más profundo de su garganta.
—¡Sí! ¡Sí, MARCOS! ¡ME PARTES EN DOS! —gritaba, agarrando las sábanas con las uñas—. ¡TE AMO! ¡AMO TU VERGA! ¡ESTOY LOCA POR TU VERGA, DIOS MÍO!
Sus palabras me golpeaban más fuerte que cualquier puñetazo. Ella estaba perdida, completamente entregada a la dominación de él, y yo era solo un accesorio, un instrumento más para su placer.
—¡Dilo! —gruñó Marcos, sin reducir la velocidad, sus testículos golpeando mi nariz con cada golpe—. ¡Dime lo que eres!
—¡Soy TU PUTITA! ¡SOY TU ZORRA! ¡Cógeme toda la vida, por favor, no pares! —chilló Sofía, mientras sus muslos temblaban incontrolablemente a ambos lados de mi cabeza.
Sentí cómo el clítoris de Sofía se contraía bajo mi lengua, indicando que estaba al borde. Marcos pareció sentirlo también, porque aumentó la intensidad, golpeando con fuerza contra su cérvix. Yo seguía lamiendo, succionando, tragando los fluidos que caían en cascada sobre mi cara, ciego y sordo a todo lo que no fuera el sexo que me consumía.
Con un rugido gutural, Marcos se clavó hasta el fondo y se quedó inmóvil. Sentí cómo las venas de su verga pulsaban contra mis labios, bombeando su carga directamente dentro del vientre de Sofía. Él se vació con largos chorros, gruñendo como una bestia, mientras Sofía se desmoronaba sobre mí, convulsionando en un orgasmo que parecía no tener fin.
Me quedé allí, atrapado bajo ellos, con la cara empapada y el corazón latiendo a mil por hora, escuchando cómo jadeaban y recuperaban el aliento, mientras yo seguía sin haber tocado mi propia verga, ardiente y dolorosamente ignorada.
3 comentarios - Mi novia se obsesiona con la pija de mi amigo 5
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