Buenas, cómo están?
Les traigo la quinta parte de esta historia.
Si no leyeron las otras partes, se las dejo acá:
1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6372738/3-Cuerpos-7-Pecados-Intro-Capitulo-I.html
2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374111/3-Cuerpos-7-Pecados-II.html
3 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374728/3-Cuerpos-7-Pecados-III.html
4 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374842/3-Cuerpos-7-Pecados-IV.html

Interludio: Tentaciones
Pasan los días después de que el espejo reflejara por primera vez el nombre de Gisela en sus jadeos compartidos, y la promesa late en el aire como un pulso acelerado que aún no se apaga. Al principio, todo vibra con una intensidad nueva, electrizante: Lucía y Martín se despiertan con el sol filtrándose por las persianas, sus cuerpos entrelazados bajo las sábanas arrugadas que todavía huelen a sudor y deseo compartido. Se miran con esa complicidad fresca, los ojos brillando como si Gisela ya fuera un secreto tangible entre ellos, un ingrediente secreto que condimenta cada gesto. Por las mañanas, los besos se vuelven más urgentes, labios que se presionan con fuerza, lenguas que exploran como si quisieran devorar el recuerdo de esa noche; Martín desliza una mano por la curva de la cadera de Lucía mientras preparan el café, el aroma fuerte y amargo mezclado con el calor de sus pieles, y ella responde con un roce sutil en la cocina, el roce de sus tetas contra el pecho de él al pasar, enviando un cosquilleo eléctrico que les hace reír bajito, como conspiradores. "Esto nos encendió, ¿no?", murmura él contra su cuello, inhalando su perfume floral que se pega a su propia piel, y ella asiente, sintiendo un calor húmedo entre las piernas que promete más para la noche.
La rutina diaria se tiñe de esa chispa sucia: en el desayuno, sus pies se buscan bajo la mesa, piel contra piel en un juego inocente que despierta memorias del espejo, de cuerpos reflejados en movimientos prohibidos; por las tardes, cuando Lucía trabaja frente a la compu, Martín le manda mensajes juguetones desde la oficina —"Pensando en esa serpiente tatuada, ¿y vos?"—, y ella responde con emojis pícaros, el rubor subiendo a sus mejillas mientras imagina escenarios que hacen que sus dedos tiemblen sobre el teclado. Las noches son un festín sensorial: se acuestan temprano, luces bajas, el espejo como testigo silencioso mientras exploran con manos ansiosas, gemidos que nombran a Gisela en susurros, cuerpos sudados deslizándose uno contra el otro con una pasión renovada, el aire cargado de olores a sexo y promesas. Lucía siente cada caricia como un fuego que quema la inseguridad, Martín nota cómo su pija responde más rápido, más dura, al evocar la idea de un trío que los une en lugar de separarlos. Todo parece perfecto, como si esa envidia inicial hubiera sido el combustible para un incendio que los consume juntos.
Pero, como es la física: todo lo que sube, baja. Poco a poco, con el paso de los días, el fuego empieza a enfriarse, las llamas altas se convierten en brasas tibias que parpadean intermitentes. La rutina se cuela como una brisa fría por las grietas de la cotidianidad —los mails urgentes que interrumpen los roces matutinos, las llamadas de trabajo que cortan las conversaciones pícaras—, y esa chispa sucia pierde voltaje, se diluye en el cansancio acumulado. Lucía nota cómo los besos se acortan, cómo el calor entre sus piernas ya no surge tan espontáneo al pensar en Gisela; en cambio, al mirarse en el espejo por las mañanas, toca sus tetas pequeñas pero firmes, comparándolas con el recuerdo de las de Gisela —grandes, seguras, sudadas en el reflejo esa tarde—, y un pinchazo de envidia le recorre la espina dorsal, dejando un frío vacío en el estómago, una duda que susurra "no soy suficiente para algo así". Martín, por su parte, ve el contacto de Gisela en su celular y duda, el dedo suspendido sobre la pantalla, sintiendo un nudo en la garganta que mezcla excitación con miedo a romper lo que tienen; las noches de sexo se espacian, los gemidos se vuelven rutinarios, el espejo reflejando solo sus cuerpos habituales sin el fantasma de la decoradora para avivar el fuego. La promesa, que al principio ardía como un hierro al rojo, ahora cuelga pesada, enfriada por el peso de la inseguridad y el paso inexorable del tiempo, dejando un silencio cargado donde antes había susurros calientes.
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Pasan más días, y la rutina de Lucía se convierte en un bucle predecible que, al mismo tiempo, le da un extraño consuelo y la inquieta. Se levanta tarde, el sol ya alto filtrándose por la ventana del living, se prepara un café fuerte que huele a tostado y amargo, y se sienta frente a la compu con la remera vieja de Martín colgando hasta los muslos. Horas de mails, edición de reels, stories para marcas de ropa o cosmética que sube con una sonrisa fingida mientras escucha playlists de fondo. El departamento está silencioso, solo el tecleo y el zumbido lejano del tráfico. A veces se para, estira las piernas, va a la cocina y abre la heladera sin hambre, solo por hacer algo. El espejo de la habitación la llama desde el pasillo, pero evita mirarlo demasiado: cuando lo hace, la imagen de Gisela se superpone como un fantasma, y el pinchazo de envidia vuelve, más sordo pero constante.
Una tarde después de entregar un trabajo pesado, decide que necesita aire. Mensajea al grupo de WhatsApp que tiene con sus amigas desde la facultad:
Lucía
“Chicas, ¿brunch mañana? Necesito caras conocidas y chusmerío”.
Las respuestas llegan rápido, con emojis de copas y caritas que confirman el encuentro entre ellas. Al día siguiente, se juntan en un café de Palermo con mesas en la vereda, plantas colgantes y olor a medialunas recién horneadas. Lucía llega con jeans claros ajustados, remera blanca básica y una camisa liviana abierta, el pelo rojo suelto y anteojos de sol como escudo contra el sol de mediodía. Las tres ya están sentadas, riendo fuerte. Ellas son:
Cami (28 años, morocha de pelo corto hasta la mandíbula, ojos grandes y risa contagiosa, cuerpo curvilíneo con tetas generosas que siempre marca con escotes profundos, la más deshinibida del grupo) la saluda con un abrazo apretado y un “¡Por fin aparecés, ermitaña!”.
Mili(26años, rubia platino con ondas perfectas, delgada como modelo, piernas eternas, siempre impecable con maquillaje contorno y labios nude, la que organiza todo) levanta su mano y sonríe.
Lau (27años, castaña con lentes finos, cuerpo atlético de runner, piel bronceada todo el año, la más racional y sarcástica) le guiña un ojo y empuja una silla para que se siente.

Piden café con leche, tostados y una tabla de cosas dulces. Al principio hablan de pavadas: el laburo freelance que agobia a Lucía, el nuevo jefe tóxico de Mili, la maratón que Lau está preparando. Pero Cami, como siempre, gira la conversación al sexo en menos de veinte minutos.
Cami, inclinándose hacia adelante con los ojos brillantes:
—Chicas, necesito contarle a alguien o reviento. El sábado conocí a un pibe en un boliche, 32 años, ingeniero, fachero pero no boludo. Terminamos en su depto con un amigo suyo —son vecinos del mismo edificio, el amigo ya se había ido por fin quedando solos nosotros. Empezamos a coger ahí en el living, el pibe y yo. De repente el amigo vuelve porque se había olvidado la campera. Nos ve, se queda en la puerta… yo ahí entregada en cuatro y el pibe por detrás dándome. El pibe me mira y me pregunta si me molestaba que mirara. Yo estaba tan caliente que dije que no. Y se quedó mirando, tocándose, y fue lo más caliente que hice en mi vida. Sentirme observada me volvió loca, como si fuera el centro del universo. Estuve a punto de sumarlo... pero no era mucho mí tipo la verdad jajaja pero con que me vea... WOOW.-
Mili, riéndose y tapándose la boca:
—¿En serio? ¿Y no te dio vergüenza después? Yo una vez le puse los cuernos a un ex con su mejor amigo. Fue una noche sola, él de viaje con una compañera de su trabajo, y el amigo vino a “consolarme”. Me arrepentí al día siguiente, pero en el momento… uf, la adrenalina de lo prohibido es adictiva, más el sabor de la venganza, porque el otro se la volteó a la mina en el viaje, boluda no soy. Después corté con ese pibe, obvio, pero aprendí que la infidelidad te enseña mucho de lo que realmente querés.-
Lau, arqueando una ceja con sonrisa sarcástica:
—Yo sigo feliz con uno solo, gracias. Mi novio actual me alcanza y me sobra. Pero confieso que la idea de sumar a alguien más alguna vez me calienta y seguro que a él también. No sé, un trío con reglas claras, todos de acuerdo… me intriga. Creo que mientras haya comunicación y respeto, no hay drama. Pero por ahora estoy cómoda en mi zona segura.-
Lucía escucha, taza en la mano, el calor del café subiendo por las mejillas junto con un rubor que no puede disimular del todo. Siente el corazón latirle un poco más rápido, la mente volando a Gisela, al espejo, a la promesa que se enfría en casa. Las chicas la miran.
Mili, con picardía:
—¿Y vos, Lu? Con Martín siempre tan enamorados… ¿nada nuevo bajo el sol?-
Lucía ríe nerviosa, encogiéndose de hombros.
—Todo bien, tranqui. Lo clásico, ustedes saben.-
Cami la mira fijo, como si oliera algo.
—Tranqui un carajo. Tenés cara de estar guardando algo jugoso. Cuando quieras contás, eh.-
Lucía sonríe, pero no suelta prenda. Por dentro, las palabras de sus amigas resuenan como un eco: la adrenalina de lo prohibido, sentirse el centro del universo, la idea de sumar a alguien más con reglas claras. El morbo la pincha fuerte, pero también la inseguridad: ¿sería capaz? ¿Martín seguiría queriéndola igual después? ¿Y si ella no está a la altura de alguien como Gisela? Al sentirse observada y sus amigas esperando algo de parte de ella cuenta:
-La mudanza con Martín quizás nos elevó la pasión, pero siempre todo "normal"...- Da un sorbo de café que calla mucho de lo que viene pasando hace semanas.
-Pero no descartas explorar... ¿No? Jajaja- Dice Cami sacándole la ficha.
-Además sos preciosa nena, si tuviera tu genes tendría mínimo a dos, juntos o separados...- Dice Mili haciendo alusión a su pelo rojizo y sus ojos celestes.
-Mmm me parece que ya hay alguien dando vuelta chicas, la hicieron ponerse colorada jajaja- Agrega Lau notando las mejillas de Lucía.
-Ay no chicas, nada que ver... Pero una nunca sabe...- Responde positivamente eludiendo la conversación.
Cambian de tema y siguiendo charlando una media hora más. Luego se despiden con abrazos y promesas de repetirlo pronto. Lucía camina sola por la vereda, el sol de la tarde pegando fuerte en la nuca, el ruido de Palermo alrededor: bocinas lejanas, gente pasando apurada, aroma a café y medialunas que se mezcla con el perfume de las flores de los árboles. Cada paso le pesa un poco más, la cabeza dando vueltas a lo que contaron Cami, Mili y Lau. La historia de Cami la calienta, la de Mili le da culpa preventiva, la de Lau le hace imaginar posibilidades. Siente un cosquilleo persistente entre las piernas, un calor que no se apaga con la brisa. Piensa en Martín, en Gisela, en la promesa que se enfría… y ahora también en Hernán, en sus roces sutiles en la pileta, en esa frase de “sé compartir” que quedó flotando como una invitación abierta.
El celular vibra en el bolsillo. Lo saca pensando que es Martín preguntando dónde estaba ella, pero ve el nombre: Hernán.
Hernán
“Mañana hay clase a las 18. ¿Vas? El agua está perfecta estos días.”
Lucía se detiene en la esquina, el semáforo en rojo, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Lee el mensaje dos veces, siente el rubor subirle de nuevo, un pinchazo de morbo mezclado con culpa. Las voces de sus amigas se superponen a la de Hernán: “mientras todos quieran”, “la adrenalina de lo prohibido”, “sumar a alguien más”. La promesa de Gisela parece lejana, enfriada, pero este mensaje es inmediato, casual, al alcance de la mano.
La decisión empieza a tomar forma, más concreta, con el nombre de Hernán latiendo en la pantalla.
Lucía
"Hola Hernán, dale, me viene bien nadar un poco."
Hernán
"Podes decir Herny, por favor jajaja buenísimo, nos vemos allá entonces."
Ella se ríe, configura su contacto y responde.
Lucía
"Dale Herny, besitos."
Herny
"Besos a vos"
Respira profundo mirando al cielo y guarda su celular. El calor su celular. El semáforo cambia a verde y sabe que es momento de avanzar.
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Por el lado de Martín, la rutina se ha vuelto un bucle largo y cuantioso con el paso de los días, un desgaste lento que se siente en los huesos como humedad que cala. Se levanta temprano, el despertador cortando el sueño a las 7, ducha rápida con agua que nunca termina de estar lo bastante caliente, café solo en la cocina mientras Lucía duerme o trabaja en la compu. Maneja hasta la oficina —el tránsito matutino de Buenos Aires, bocinas, semáforos eternos, radio con noticias que no escucha—, llegada donde el aire acondicionado zumba constante y los mails ya esperan como una avalancha. Reuniones que se estiran, llamadas con clientes que hablan en círculos, almuerzos rápidos frente a la pantalla con un sándwich que sabe a nada. Hay un pequeño distanciamiento con Lucía: las conversaciones se acortan, los besos son más de rutina que de fuego, las noches terminan con series a medias y cuerpos que se dan la espalda sin drama pero sin calor. La promesa de Gisela, que alguna vez quemaba, ahora es solo un recuerdo tibio que ninguno nombra.
Roberto se fue un mes a Europa y esta es la primera semana completa con Morena a cargo como jefa regente. El ambiente se nota distinto: más permisivo en horarios, más cargado en miradas. Esa tarde de viernes, a las 15 en punto, llega el mail grupal de Morena: “Equipo, para celebrar la primera semana sin Roberto y descomprimir, after en el bar de la esquina. 18 hs. Obligatorio, no acepto excusas 😉”.
Martín lo lee en su cubículo, la pantalla reflejando su cara cansada. Normalmente ignoraría la invitación —llegar temprano a casa, birra sola, desconectar—. Pero hoy algo lo pica: el cansancio acumulado, la rutina que pesa, la curiosidad por ver cómo se maneja Morena fuera de la oficina. No responde el mail; decide que su presencia sea sorpresa.
Sale a las 17:45 con Tomás —el pibe de 22 que siempre anda con energía y chistes rápidos—. Llegan al bar y ya está lleno del equipo: las dos chicas de ventas (Carla, la rubia linda con sonrisa fácil y piernas largas, y Sofía, morocha de pelo corto y ojos vivaces), las de marketing (Valen, alta con lentes grandes y risa contagiosa, y Juli, petite con tatuajes sutiles en los brazos), el pibe nuevo de IT, un par de contadores, y Morena sentada en la cabecera de la mesa larga de madera gastada. El lugar está animado: luces tenues colgando del techo, olor a frituras y cerveza derramada, música de rock nacional de fondo que amortigua las voces. Morena levanta su pinta de cerveza al verlos entrar, sorpresa genuina en la sonrisa.
—Martín, Tomás… ¡mirá quiénes aparecieron! Pensé que el antisocial del grupo me iba a dejar plantada —dice, riendo con el grupo.
Tomás se ríe y se sienta al lado de Carla.
—Le insistí, jefa. No podíamos fallarte en tu semana de mando.-
Martín se sienta frente a Morena, el barullo alrededor dándole un anonimato cómodo. Piden rondas rápidas: cervezas heladas con espuma desbordando —Morena ya va por la segunda—, papas fritas crujientes, aceitunas y provoleta humeante. La charla fluye grupal: quejas sobre clientes, anécdotas de Roberto mandando fotos desde París con vinos caros, Carla y Valen contando chismes de la competencia que hacen reír a todos, Tomás soltando chistes malos que igual caen bien, Juli mostrando un tatuaje nuevo en el brazo. El alcohol afloja hombros, disuelve el estrés de la semana.
En un momento, Morena se levanta para ir a la barra a pedir otra ronda —Martín no puede evitar mirarla: la pollera ajustada marcando el culo redondo, las piernas largas moviéndose con esa gracia que parece calculada pero natural—. Vuelve con una bandeja de pintas y, al sentarse de nuevo frente a él, desliza una extra hacia Martín con una sonrisa privada.
—Te traje esto —dice bajito, inclinándose hacia adelante para que el ruido del grupo no interrumpa—. Vi que la tuya estaba casi vacía.-
Al inclinarse, el escote de su camisa violeta se abre lo suficiente para que se vea el encaje del corpiño, el perfume vainilla mixta con algo floral invadiendo su espacio personal. Mientras, el grupo sigue hablando fuerte —Tomás contando otra anécdota, Carla y Valen riendo con las de marketing—, como si ellos dos estuvieran en una burbuja aparte.
Martín sonríe, tomando la pinta fría.

—¿Puede Roberto quedarse un mes más allá así te tengo más de jefa? Jajaja.-
Morena ríe suave, ojos detrás de los anteojos finos brillando con algo que no es solo profesional.
—No es nada. Me encanta cuidar a los pibes talentosos como vos —dice, rozándole los dedos al ajustar la botella—. Estás en la flor de la juventud, Martín. No tenés que dejar escapar nada en esta etapa. Aprovechá las oportunidades… y si no aparecen, buscálas.-
La frase flota, cargada. Martín siente el perfume pegándosele a la nariz, un tirón sutil en la pija. Recuerda la rutina enfriándose en casa. Pero no corta.
—Tenés razón —dice, tomando un sorbo—. A veces uno se distrae con la rutina y no ve lo que tiene al lado.-
Morena sonríe más profundo.
—Exacto. Y si no tomás las oportunidades, alguien más las va a tomar por vos. Pensalo, Martín. Yo siempre estoy por acá si necesitás… hablar de algo.-
El grupo sigue en lo suyo, risas altas, pero ellos quedan en esa charla privada, el ruido como cortina. El after se estira: más rondas, más anécdotas, Carla coqueteando inocente con Tomás, Valen y Juli planeando un viaje juntas.
Cuando ya es hora de irse, el grupo se levanta entre abrazos y promesas de repetir. Morena se queda un segundo más recogiendo su bolso y, al pasar al lado de Martín en el pasillo estrecho hacia la salida —el bar casi vacío, luces más bajas—, roza deliberadamente su brazo con el suyo y se detiene cerca, el cuerpo a centímetros.
—Fue lindo verte hoy acá —susurra, voz baja para que solo él oiga, la mano apoyándose un instante en su antebrazo—. Pero la próxima… prefiero algo más íntimo.
Se va con una sonrisa que promete más, el perfume quedando en el aire y en su piel. Martín sale a la calle, el fresco de la noche golpeándole la cara, pero el calor interno —mezcla de culpa, curiosidad y morbo— no se apaga. Camina las cuadras hasta el garaje cercano, sube al auto con el olor a vainilla todavía en la nariz, la pija a media asta recordándole cada palabra mientras enciende el motor y arranca hacia casa.
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Los días siguen pasando, y Lucía ya no necesita excusas para ir a natación casi todas las tardes. El club se ha convertido en un refugio: el olor fuerte a cloro que le pica la nariz, el eco de los chapoteos en la pileta semivacía, el agua fría que le envuelve el cuerpo y le aclara —o al menos distrae— la cabeza. Se pone la malla roja casi por costumbre, esa que se pega como pintura cuando se moja, que marca cada curva y que hace que los pezones se transparenten apenas sale a la superficie. Ya no piensa tanto en Gisela al mirarse en el espejo del vestuario; ahora el reflejo trae otras imágenes: las palabras de Cami sobre sentirse observada, la curiosidad contenida de Lau, incluso la adrenalina prohibida que contó Mili. Y, cada vez más, el recuerdo de los roces de Hernán bajo el agua.
Esa tarde llega un poco más temprano, el sol todavía alto afuera. Se cambia rápido, guarda el bolso en el locker y sale a la pileta con la toalla al hombro. Hernán ya está ahí, calentando en el carril del medio, el cuerpo atlético cortando el agua con brazadas firmes. Cuando la ve, levanta una mano en saludo, sonrisa amplia que no es solo amable.
La clase transcurre como siempre, pero ya nada es casual. Cada vez que pasan en carriles paralelos, el roce es más deliberado: una mano que roza su cadera al cruzarse, una pierna que se enreda un segundo de más bajo la superficie, un hombro que choca “sin querer” y se queda pegado un instante. Lucía siente el pulso acelerado, el agua fría contrastando con el calor que le sube desde la concha. No se aparta. Después de las palabras de sus amigas, una parte de ella quiere probar hasta dónde llega esto.
Al terminar, la mayoría se va rápido, envolviéndose en toallas y hablando de planes para la noche. Lucía se queda estirando en el borde, respirando hondo. Hernán sale del agua a su lado, gotas corriendo por el pecho definido, el tatuaje del cuervo expandido parece cobrar vida en su espalda con el agua deslizándose, el short de baño pegado marcando todo. Se sienta cerca, demasiado cerca, la pierna rozando la suya.
—Otra vez con la roja —dice bajito, voz ronca por el esfuerzo—. Te queda criminal, Lu. No sé cómo concentrarme cuando la tenés puesta.-
Lucía siente el rubor subirle al cuello, pero sonríe de medio lado, sacudiéndose el pelo mojado.
—¿Tanto te distrae?-
Él se inclina un poco, el agua goteando de su pelo platinado.
—Me distrae desde el primer día. Y sé que vos también sentís algo. No soy boludo.-
El silencio se llena de cloro y tensión. Lucía piensa en Martín, en la promesa enfriada, en las historias de sus amigas que le dieron permiso mental para esto. Siente la malla pegada, los pezones duros por el frío y por otra cosa, el cosquilleo persistente entre las piernas.
—Mirar es gratis —dice ella intentando mostrar desinterés.
Hernán sonríe, esa sonrisa segura que ya conoce.
—Y tocar… eso ya es otra historia. Pero yo sé compartir, si es lo que te preocupa. Sin dramas, sin complicaciones.-
Lucía traga saliva. El morbo la golpea fuerte, la imagen de Martín mirando, o de los tres juntos, o simplemente de dejarse llevar aquí mismo. Pero se pone de pie, el agua goteando por las piernas.

—Tengo que cambiarme —dice, voz que tiembla un poco.
Hernán no insiste, solo la mira mientras se aleja, los ojos recorriéndole el cuerpo como manos.
—Cuando quieras, Lu. La pileta siempre está.-
En el vestuario, sola bajo la ducha caliente, Lucía cierra los ojos y deja que el agua lave el cloro, pero no el calor que Hernán dejó. Se toca apenas, un roce fugaz entre las piernas que la hace jadear, pero se detiene. Guarda eso también, como guarda todo últimamente.
Al llegar a casa, todavía con el pelo húmedo y el olor a cloro pegado a la piel, el celular vibra en el bolso.
Herny
“Me quedé pensando en esa malla roja todo el día… mirá cómo terminé después de entrenar 😏”
Adjunta una foto tomada en el espejo del gym del club: torso desnudo y sudado, músculos marcados, toalla baja en la cintura dejando ver el bulto insinuado, sonrisa pícara directa a la cámara.
Lucía se sienta en la cama, el corazón latiéndole fuerte en el pecho y en la concha. La imagen quema. Siente bronca —por él, por ella misma—, pero sobre todo una calentura que le moja la bombacha limpia que acaba de ponerse. Piensa en Martín, en Gisela, en las amigas, en la promesa que ya casi no existe.
Y por primera vez, no borra el mensaje. Lo guarda.

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Un par de días después del after, Martín sale tarde de la oficina otra vez. El cielo ya está oscuro, las luces de la ciudad reflejándose en los charcos de la vereda, el aire fresco de la noche porteña cargado con olor a asfalto mojado y escape de autos. Maneja hasta el edificio con la radio baja, la cabeza todavía dando vueltas al perfume de Morena, a esa frase susurrada que quedó colgando como una promesa peligrosa. Aparca en el garaje subterráneo, sube el ascensor solo, el zumbido metálico acompañando sus pensamientos revueltos.
Al abrir la puerta del hall, se cruza con Valeria saliendo del ascensor del otro lado. Ella lleva una bolsa de yoga al hombro, leggins negras que marcan las piernas largas y tonificadas, top ajustado que deja ver el abdomen plano, el pelo recogido en una cola alta que se mueve con cada paso. Perfume suave a lavanda y algo más herbal, como si acabara de dar clase.
—Martín, qué suerte —dice con esa sonrisa zen que siempre tiene un filo juguetón—. Justo te quería cruzar.-
Él se detiene, apoyado contra la pared del hall, el cansancio del día mezclándose con una curiosidad que ya no puede disimular.
—¿Qué tal, Vale? ¿Clase hasta tarde?-
Ella se acerca un paso, la bolsa colgando del hombro, los ojos fijos en los suyos.
—Acabé hace un rato. Pero la oferta sigue en pie, eh. La clase privada… solo vos, o con Lucía si prefieren. Me vendría bien un alumno como vos para practicar posturas más… avanzadas. Te ayudaría a soltar todo ese estrés que traés encima.-
La palabra “avanzadas” flota un segundo de más, el subtexto claro como el perfume que le llega. Martín siente el tirón familiar, la imagen de cuerpos estirados, sudor, respiraciones cercanas. Piensa en Lucía en la pileta, en Morena inclinada sobre la mesa del bar, en la promesa de Gisela que ya casi no existe.
—Lo sigo pensando —dice, sonrisa casual pero voz un poco más ronca—. Suena… tentador.
Valeria ríe suave, se acerca otro paso, el roce de su brazo contra el de él como al pasar, pero se queda ahí un segundo.
—No lo pienses tanto. A veces hay que dejarse llevar. Te mando el horario por mensaje, ¿dale?-
Justo en ese momento, la puerta del ascensor se abre y sale Filemón, con su campera de cuero gastada y esa mirada que siempre parece saber más de lo que dice.
—Martín, Valeria… qué lindo cuadro —saluda con una palmada en la espalda a Martín, voz grave y divertida—. Ojo con lo que despierta este edificio, che. Los deseos se sueltan solos aquí adentro, y después cuesta atarlos de nuevo. No se maten en el intento, eh.-
Valeria ríe como si la frase fuera un chiste interno, los ojos brillando. Martín siente el peso de las palabras calándole hondo, la culpa pinchando junto con el morbo.
—Lo tendremos en cuenta —dice, incómodo pero sonriendo.
Filemón guiña un ojo a Valeria —un guiño cómplice que dura un segundo de más— y se va hacia la salida silbando bajito. Valeria se despide con un beso en la mejilla que se demora, la mano apoyada apenas en el pecho de Martín, el perfume quedando pegado.
—Nos vemos pronto —susurra antes de irse.
Martín sube solo al ascensor, la cabeza hecha un quilombo mayor que antes. El espejo del ascensor le devuelve una cara cansada, pero con los ojos brillantes de algo que ya no puede ignorar. El edificio parece conspirar, las tentaciones acumulándose como capas que pesan cada vez más.
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El fuego inicial que había poseído hace unas semanas se ha convertido en brasas tibias, Lucía y Martín coinciden en casa más tarde de lo habitual. El departamento huele a comida recalentada: milanesas que Lucía sacó del freezer y metió al horno sin ganas, ensalada de tomate cortada a la apurada con aceite y sal. La luz de la cocina es la única encendida, amarillenta y baja, la tele del living prendida con una serie de fondo que ninguno de los dos sigue.
Lucía llegó primero, todavía con el pelo húmedo de la ducha post-natación, olor a cloro mezclado con su shampoo de siempre. Se sirve un vaso de vino tinto barato que queda en la heladera y se sienta a la mesa, esperando. Martín entra media hora después, el perfume de Morena todavía pegado sutilmente a la camisa, la cabeza revuelta por el cruce con Valeria y la advertencia de Filemón. La saluda con un beso en la mejilla que no llega a los labios, un “hola” seco que cae pesado.
Se sientan frente a frente en la mesa chica, platos humeantes pero sin apetito real. El silencio es denso, roto solo por el ruido de los tenedores contra la loza, el sorbo ocasional de vino, el murmullo lejano de la tele. Ninguno pregunta por el día del otro. Lucía piensa en la foto de Hernán que guarda en el celular, en el bulto insinuado bajo la toalla, en el cosquilleo que le quedó entre las piernas. Martín piensa en la frase de Morena, en el roce de Valeria, en el perfume que todavía siente en la piel.
Los celulares están sobre la mesa, boca abajo, como bombas de tiempo. Martín rompe el hielo mientras corta una milanesa, voz casual pero tensa:
—Che, Lu… ¿todo bien? Últimamente estás re metida en la pileta, eh.-
Lucía levanta la vista del plato, tenedor quieto, sonrisa forzada:
—Sí, me hace bien. Despeja la cabeza. Vos también llegás tarde seguido… ¿la oficina o algo más?-
Martín se encoge de hombros, tomando un sorbo de vino para ganar tiempo:
—La oficina, ya sabés. Morena nos tiene a full con Roberto afuera. Afters, reuniones… lo de siempre.-
Lucía arquea apenas una ceja, voz neutra pero con un filo:
—Ah, afters. Qué lindo. Se nota que te divertís.-
Martín la mira fijo un segundo, como midiendo:
—No es para tanto. ¿Y vos? ¿Seguís nadando con el mismo grupo?-
Lucía baja la mirada al plato, pinchando un tomate con más fuerza de la necesaria:
—Más o menos. Hay gente nueva… interesante.-
En ese momento vibra el celular de Lucía. Da vuelta el teléfono y la pantalla se ilumina con el nombre “Herny” y una notificación con su foto. Martín lo ve de reojo, el músculo de la mandíbula tensándose apenas. Lucía no lo toca, pero sus dedos tiemblan un segundo sobre el vaso.
Segundos después, vibra el de Martín. La pantalla muestra “Morena” y la miniatura de una foto: pijama de seda corto, escote profundo, copa de vino en la mano, mirada cansada pero sugerente. Lucía alcanza a ver el nombre y parte de la imagen antes de que él lo agarre rápido y lo voltee boca abajo. "Al fin descansando! Espero que vos también... Besos"

Sus ojos se cruzan por primera vez en la noche. No hay sorpresa fingida: solo una mezcla cruda de bronca, celos, deseo reprimido y algo que huele a traición sin palabras. El silencio se vuelve asfixiante, el aire cargado como antes de una tormenta. Ninguno habla. Terminan la cena en un mutismo que pesa toneladas: platos que chocan fuerte al apilarlos, el agua corriendo con furia mientras Lucía lava —manos temblando bajo el chorro caliente—, Martín sentado en el sillón mirando la pantalla apagada del celular sin abrir nada más.
Se acuestan temprano, espalda con espalda, el colchón ancho como un abismo. Lucía siente el pulso acelerado entre las piernas, la bronca hirviendo bajito, la imagen de Hernán quemándole la retina. Martín aprieta los dientes, la pija a media asta traicionándolo, la culpa y el morbo peleando en la cabeza.
En la oscuridad, la mecha chisporrotea con fuerza, lista para explotar. Gisela es un fantasma del pasado...
V - Ira
La mañana siguiente amanece pesada, como si la bronca de la noche anterior se hubiera quedado pegada en las sábanas. Lucía se despierta primero. Martín duerme de espaldas, el pecho sube y baja lento. Ella lo mira un rato, siente ese nudo en el estómago que no es solo hambre.
¿Por qué no le dije nada anoche? piensa. Veo la foto de esa mina con el escote con las tetas casi al aire y la copa de vino, y me callé. Me hierve la sangre, pero me callé. Y él vió el mensaje de Hernán en mi celular. Seguro. Y tampoco abrió la boca. ¿Qué mierda nos pasa? ¿Es que ninguno quiere admitir que nos jode? ¿O es que ya dudamos de todo? Gisela era nuestra cosa en común, y de golpe estos mensajes nos ponen en duda. Me pone en duda a mí misma.
Se levanta sin hacer ruido, se mete al baño y se mira al espejo. Ojeras leves, pelo colorado revuelto cayendo en ondas sobre los hombros.
Ella nos tenía calientes a los dos, y de golpe esto. Un mensaje y ya me pongo así. ¿Soy celosa? ¿O es que él me deja sola con esta duda? No sé si es bronca con él o conmigo por no hablar. Pero hoy no aguanto más.
Guarda la malla roja en su mochila. Hoy va a natación sí o sí. Necesita descargar algo, aunque no sepa qué. Falta tiempo para ir a su clase pero prefiere ir a caminar que quedarse.
Tal vez el agua me aclare la cabeza, O me hace explotar de una vez.
Martín abre los ojos cuando oye la puerta del departamento cerrarse. Se queda boca arriba, mira el techo.
La ví mirar mi celular. Vió el mensaje de Morena. Y yo ví el de ese tal Hernán en el suyo. Y ninguno dijo nada. Qué hijos de puta que somos. ¿Por qué me callé? ¿Por miedo a que explote? ¿O porque una parte de mí quiere ver hasta dónde llega esto? Veníamos muy bien con todo, pero estos mensajes nos bajaron la intensidad. Me hacen dudar si Lucía ya juega por su lado. Y yo... Carajo, la foto de Morena me calienta un montón. Pero no lo admito. ¿Es duda? ¿Bronca? ¿O busco una excusa para actuar?
Se levanta, se ducha frío para bajar la erección matutina que trae pensando en la foto de Morena.
No es para tanto. Es solo una foto. Pero Lucía se puso rara toda la noche. Y yo también. ¿Por qué no le pregunté? ¿Por qué no le dije de una que me jode ver ese mensaje del chabon? ¿Es orgullo? ¿O es que la duda me calienta un poco? No, me jode. Pero no sé cómo parar esto sin hablar, y hablar parece peor.
Se va a la oficina con la bronca guardada, como una piedra en el zapato.
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Lucía llega a la pileta con la cabeza en otro lado. El agua fría la despierta un poco, pero no lo suficiente. Nada fuerte, carril va, carril viene, trata de ahogar los pensamientos.
Martín callado. La foto de esa mina. Y yo pensando en Hernán. ¿Qué carajo? No es que quiera algo con él, pero me mira y me hace sentir deseada. Cosa que Martín no hace tiempo. ¿Es eso? ¿Duda? ¿O bronca que me hace querer revancha?
Hernán está ahí, como siempre últimamente. La mira todo el tiempo, sin disimular. Cuando termina la clase y los demás se van, él se queda, se acerca al borde donde Lucía estira.
—Hoy venís con todo —dice, voz baja, ojos recorriéndola sin vergüenza.
Ella lo mira fijo, la bronca sube. ¿Por qué Martín no dice nada? ¿Le gusta que le mande fotos esa mina? ¿O es que ya no le importo?
—No estoy para jodas, Hernán —dice, pero no se va.
Él se sienta al lado, toalla al hombro.
—No te estoy jodiendo. Te estoy diciendo la verdad. Me volvés loco. Y se nota que algo te pasa hoy. ¿Mal día?-
Lucía duda. ¿Le cuento? No, no seas boluda. Pero la bronca me quema. Martín callado, yo acá dudando. ¿Y si hablo? Solo para desahogarme. No pasa nada.
—Algo así —murmura—. Problemas en casa. Con mi pareja.-
Hernán se acerca más, hombro contra hombro.
—Contame. Soy buen oyente. ¿Discusión?-
Lucía suspira, mira el agua quieta.
—No exactamente. Silencio. Duda. Mensajes que no deberían joder pero joden. No sé, es complicado.-
Hernán la mira fijo. Al igual que su fiel tatuaje, es un cuervo que saborea la carroña.
—Duda es jodido. Pero a veces es señal de que algo falta. Vos merecés alguien que te haga sentir segura. O al menos deseada.-
Lucía lo mira. Los ojos grises, la sonrisa segura.
Martín en la oficina, capaz revolcado con la vieja esa. Y yo acá, sola con esta duda. ¿Y si pruebo? Solo un beso. Para ver si me saca la bronca. No es revancha... ¿O sí? No lo pienso más...
—Vení —dice, se pone de pie.
Lo lleva al vestuario de mujeres. A esa hora está vacío. Cierra la puerta con el pestillo. Hernán la mira, espera.
Lucía siente el impulso.
Por la duda. Por la bronca. Por ver si esto me aclara o me hunde más.
Lo besa fuerte, con rabia, mordiendo. Hernán la agarra de la nuca y le devuelve el beso como si lo estuviera esperando hace meses. La apoya contra los lockers, despacio al principio, explorando. Lucía siente el calor subir, la bronca mezclándose con deseo.

Esto no lo había planeado. Pero me hace sentir viva. Deseada. Y me encanta .
Él le baja los breteles de la malla poco a poco, besa el cuello, la clavícula. Las tetas salen libres, pezones duros. Él las chupa suave primero, luego fuerte, mordiendo ligero, haciendo que Lucía gima. Con la mano baja por la panza, roza la tela entangada, mete dedos despacio en su interior, con una suavidad y placer encontrándola empapada.
—Estás chorreando —gruñe contra su pecho.
Lucía le baja el short, la pija dura sale. Lo acaricia lento, siente el pulso en la mano. Se arrodilla, lo mira desde abajo y se la mete en la boca, succionando profundo, lengua jugando con la cabeza, mano en la base moviéndose al ritmo. Hernán gruñe, agarra el largo del pelo colorado, guía suave pero firme.
-Uff si, toda para vos...- Gime mientras la sostiene en pleno oral.
Lucía siente el grosor de la pija hacerse más grande, saborea los jugos previos a la acabada. Sus ojos se van levemente hacia atrás, recuerda al dildo que le regaló Martín... Esto era mucho mejor, más vivo, más real... Pero era un regalo... De Martín... Martín... Su chupada va perdiendo fuerza y ganas a medida que toma conciencia del impulso animal que está teniendo.
No obstante en ese preciso momento, se oye la puerta del vestuario general abrirse. Ivana, la profe de natación, entra hablando por teléfono. En un rápido movimiento, Lucia lleva a Hernán de la mano y se esconden en un baño individual, apretados, respiraciones agitadas. Hernán siente la presión de la piel de Lucia contra su pene lubricado de su saliva. Sin poder resistir más, acaba del morbo contra el muslo de ella, chorros calientes resbalando por la piel. Cubre sus gemidos con la mano mientras se apoyado extasiado contra la pared. Lucía tiembla, siente la leche de él caliente y se excita mucho, pero no llega a su clímax... Tiene en la mente a Martín.
Cuando Ivana se va, Lucía se aparta bruscamente, siente el semen pegajoso en la pierna. La calentura se va de golpe, la bronca también, dejando solo culpa.
¡¿Qué mierda hice?!. Esto no era revancha. Fue un error. Impulsivo. Me siento una hija de puta. La cagué mal...
—Andate —dice, voz temblorosa—. Necesito limpiarme.- Mano tapándose los pechos mientras se sube como puede la malla.
-Hey, ¿Estás bien? Quédate tranquila, muere acá Lu... Sabes que podes contar...-
-Hernan... Por favor, quiero estar sola.- Dice con la voz ya quebrándose.
Hernán duda, pero se va. Sola, Lucía se mete a la ducha, se agacha bajo el agua caliente, siente las lágrimas mezclarse con el agua del grifo. Su mente busca justificar, reflexionar lo que pasó, pero no encuentro consuelo ante el deseo carnal.
¿Qué hice? Por una duda. Por bronca. Ahora cómo miro a Martín. ¿Le cuento? ¿O me lo guardo? Me siento culpable. Sucia. Pelotuda... Pero fue él quien empezó con su silencio... Esa trola también calienta pija... ¿Pero que certeza tengo? Además yo también...
No termina su reflexión interior a causa de saber si falla. Aún llorando se levanta nuevamente y aún tiene restos de semen en su pierna. Se termina de bañar, se viste finalmente y mirando por última vez el vestuario en el marco de la puerta y se marcha.
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Martín se queda hasta tarde en la oficina. El día es un infierno de reuniones y mails. La bronca no se le va: el mensaje de Hernán en el celular de Lucía; el silencio de ella en la cena... Todo.
¿Por qué no le pregunté anoche? ¿Por miedo a que explote? ¿O porque una parte de mí quiere ver hasta dónde llega esto? Gisela era el plan, pero estos mensajes me pinchan. Me hacen dudar si Lucía ya juega por su cuenta. Y yo... La puta madre, la foto de Morena me calienta. Pero no lo admito. ¿Será duda? ¿Bronca? ¿O busco una excusa para actuar?
Uno de los clientes más importante solicita un informe detallado, y Martín queda a cargo del mismo. Uno a uno los demás van dando sus trabajos y se retiran a su casa. Él va anexando todo. Una vez listo lo envía a Morena. En ese momento levanta la cabeza y ve que el sol ya casi se había escondido entre los altos edificios, y la noche se avecina. Mira el reloj, pero no tiene prisa, sabe que en casa no hay nadie aún y se encuentra desmotivado. Saca una lata de gaseosa de la máquina expendedora y se apoya en un escritorio a ver el atardecer desde la ventana. Luego de unos minutos, unos pasos de sienten desde el vacío recinto. Morena aparece en la puerta a las siete y media, cuando el edificio ya está vacío.
-Hombre mirando al sudeste... Jajaja- Ríe ella mientras lo ve.
-Jajaja no sé si es precisamente el sudeste... -
-Ah no hagas caso, es un chiste por el nombre de una película... ¿Qué haces acá todavía?- Dice mientras da unos pasos cerca de él.
-Emm no nada... Me colgué mirando el atardecer... El ocaso si nos ponemos filosóficos jajaja-
-Mmm el ocaso es, pero no sé bien de qué aún...- Dice ella mirando la ventana.
-Yo tampoco... O por ahí sí, y me niego a mí mismo la verdad.-
Ante ese dicho, Morena pareciera completar en su mente un rompecabezas con el que viene lidiando hace días. Se dan vuelta a ver a Martín, quién está ido en sus pensamientos internos. Ella pareciera entender todo el contexto sin siquiera escucharlo de su parte. Se acerca a su lado y apoyando la mano en su hombro le dice.
—El informe está muy bien Martín... . Pero quedó algo... "Inconcluso"... ¿Me acompañás un segundo a la oficina de Robert?-
-Emm... Si, obvio... Pero mirá que lo revisé 3 veces...-
Ella solo gira la cabeza y le guiña un ojo acompañado de un gesto de invitación a seguirla. En la caminata hacia el despacho, la duda lo carcome. Lucía en la pileta con ese tipo. ¿Y si ya pasó algo? ¿Por qué no hablo con ella? ¿Por qué dejo que esto me coma?
Los pensamientos quedan momentáneamente pausados al entrar a la oficina de Robert. Luego que Martín pasa, Morena que estaba en el marco, mira para un lado y para otro confirmando que no hay nadie y cierra la puerta. Usa el dimmer y baja la intensidad de las luces. Toma dos vasos y el whisky de Robert y sirve para ambos. Le das uno a Martín. Morena se acerca demasiado, su perfume caro comienza a hipnotizarlo. Ella baja la cortina de la oficina quedando ambos invisibles ante la mirada furtiva de algún curioso que entrara o quedara por ahí. Parece que Morena se apodera de la oficina y se quita un sweter quedando en camisa la cual se desabrocha un botón. Lo mira fijamente como un león acechando a su presa. Apoya su gran culo en el escritorio, corriendose lentamente justo en frente de Martín quien parecía resistir ante la tentación.
—Che tincho... ¿Sabés que no te mando esas fotos jodiendo, ¿no? —dice con voz seductora—. Son para que pienses en mí... Y me encanta saber que funciona...-
Martín siente la bronca subir. Los celos le traen imágenes de Lucia estando con Hernán en la pileta, se enoja y a su vez, las piernas cada vez más visibles de Morena que lo están rodeando sutilmente, lo están volviendo loco. Morena lo nota, y sabe que lo tiene ahí a su merced. En un último atisbo de moralidad, Martín intenta repeler a su compañera.
—Morena... —empieza, pero ella lo besa primero.
El beso es tan pasional, tan cargado de deseo que él no puede sino ceder, la besa con rabia. Morena gime, le desabrocha la camisa despacio, le araña el pecho. Él le sube la pollera poco a poco, roza el portaligas negro, siente con los dedos al meter mano por debajo que no tenía ropa interior.

Está mojada, muy caliente. Él baja de rodillas, le abre las piernas y observa una concha madura totalmente depilada y llena de humedad. Morena lo mira muy excitada y le toma la cabeza invitándolo. Le come la concha lento al principio, lengua explorando, haciendo que ella jadee. Acelera, chupa el clítoris hasta que Morena acaba en su boca, temblando, agarrándole el pelo. Se desprende la camisa y saca su corpiño para poder liberar sus tetas y pellizcarlas.
Luego ella se arrodilla, le saca la pija y se la chupa profundo, experta, mano y lengua trabajando juntos. Martín gruñe,se acerca al borde de un placer sin igual, le manosea las tetas y cada tanto baja a chupárselas para luego pararse y dejar que ella siga probando carne joven. Él ya no puede resistir y acaba en la boca de ella, chorros calientes que Morena traga sonriendo, solo escapando algún que otro chorrito por sus labios. Exhaustos, Morena se levanta, se limpia la boca con el dedo índice de su dedo.
—Vení a mi casa y la seguimos —dice, voz ronca—. Quiero la segunda parte bien cómoda.-
Pero Martín siente la calentura yéndose y la culpa caer como plomo.
¡¿Qué mierda pasó?! Esto no lo había visto venir. Este impulsivo. Esta bronca. Esta duda con Lucía. Es un error. Metí la gamba mal...
—No, More... —dice, arreglándose el pantalón—. Me encanta lo que pasa... Me calentás como nadie. Pero tengo novia. Queremos explorar experiencias, pero no así. No a escondidas.-
Morena sonríe, se limpia las tetas de las gotitas de semen que salpicaron, como disfrutando el momento.
—Entiendo perfectamente, pendejo. Pero me falta sentarme arriba de esta todavía—dice, agarrando la pija aún erecta por encima del pantalón—. Avísame cuando cambies de idea, por qué sé que mí concha te encantó...-
Se abrocha la camisa despacio, ojos fijos en él, le da un beso en la boca y se va silbando. Martín se queda solo, la culpa pica fuerte. Se vuelve a sentar en el escritorio, pero ahora el ocaso es pleno, la luz del sol se fue. Solo hay oscuridad y luces artificiales que iluman la cara de un hombre abatido por el deseo.
Fue por la duda. Por ira. Impulsivo torpe. Ahora cómo miro a Lucía. Pero seguramente ella... Ella esté pasándola mejor...
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Llegan al departamento casi al mismo tiempo. Se cruzan en el pasillo enfrente de la puerta. Se dicen un "hola" frágil, mientras ella mete las llaves. No se miran a los ojos, pero cada uno ve en el otro marcas en la piel de que "pasaron cosas". Lucía entra primero, Martín 5 segundos después. La casa huele a cerrado, a bronca vieja. Se miran en el living. Ninguno habla al principio. La cosa se tensa mucho, la culpa está fresca pero la ira resurge y al no aguantar más, Lucía rompe el hielo.
—¿Te divertiste hoy en la oficina con la vieja trola esa de tu jefa?- Los ojos llorosos aún de natación, ahora inyectados de furia al notar el pecho de Martín con una rasguño.
Martín aprieta la mandíbula. Ve la dirección de la mirada y efectivamente es su pecho el delator. La culpa pesa, pero el orgullo hiere más. Ve el leve temblor en la pierna de ella, una característica que solo ve en cierta ocasión íntima. La bronca resurge mezclada de celos.
—¿Y vos? ¿En la pileta con el que te manda fotos del bulto, no?- El silencio se rompe como vidrio. Lucía explota primero.
—¡¿Viste la foto que te mandó?! ¡¿El escote con las tetas casi al aire y la copa de vino?! ¡¿Y vos qué hiciste, Martín?! ¡¿Le respondiste algo lindo?! ¡Vas a los after por esa mina! ¿Te pensas que soy boluda?-
Martín levanta la voz furioso.
—¡¿Y vos?! ¡¿Viste la foto del forro ese en toalla, con la pija marcada?! ¡¿Y qué hiciste vos, Lucía?! ¡¿Qué carajos hiciste?!-
Se acercan demasiado, caras a centímetros, respiraciones agitadas. Lucía lo empuja contra la pared y le da un cachetazo. Él la mira con una leve sonrisa, sin esperarse eso. Ella con bronca le confiesa.
—¡¿Sabés qué hice?! ¡¿Querés saber, eh?!... ¡Me dejé tocar por él! En el vestuario. Me bajó la malla y me chupó las gomas hasta casi hacerme acabar... ¿Y sabes que hice también? Le chupé la pija hasta que se vino en mi muslo. Esta pierna que me ves tamblar... -
Martín la mira, los ojos encendidos de bronca y algo más que comienza a darle satisfacción y deseo. Está enojado, pero le gusta redoblar la charla. Siente que ese fuego casi extinto de repente se encendió y quiere mantenerlo vivo.
—¡Ah bueno! ¡Yo sabía! ¡¿Y sabés qué hice yo?! ¡Me besé con Morena en la oficina del jefe! Le subí la pollera, le comí la concha hasta que se mojó toda en mi boca. No aguantó y me chupó la pija hasta que le llené de leche la boquita.-
El silencio cae pesado. Se miran fijo, respirando fuerte.
Lucía siente la bronca transformarse en otra cosa... De repente se sincroniza con las vibraciones de Martín y viene ese sentimiento de satisfacción y deseo... Calentura pura. Martín lo nota y sin perder el tiempo, ahora desnudos de sus secretos, la empuja contra la pared opuesta, la besa con odio, mordiendo el labio hasta que sangra un poco. Lucía le araña la espalda, le desgarra la camisa rompiéndola. Se quitan la ropa a los tirones, botones volando, ropa cayendo en cualquier lugar del piso.

En el living, sobre la mesa, Martín la levanta, le abre las piernas, le mete la pija de una embestida brutal. Lucía grita, clavándole las uñas en los hombros.
—¡Hija de puta! Contame más... —gruñe él, cogiéndola fuerte, lento al principio, acelerando—. Contame cómo te tocó ese forro...-
Lucía jadea, mueve las caderas contra él. Con los leves momentos que dan las embestidas, narra todo.
—Me chupó las tetas mojadas despacio... Ahg... mordiéndome los pezones...mmm sí.... Me metió dos dedos adentro, curvos, tocándome el punto... me tenía chorreando, gimiendo como una puta... yo me arrodillé, se la chupé profunda, lengua en la cabeza... mano apretando hasta que me acabó caliente en mi muslo... ¿Te gusta no hijo de puta? ¿Qué me coga otra verga... Que sea una trola?...-
Martín acelera, gruñe, manos en las caderas apretando fuerte. La da vuelta a Lucia con una fuerza que antes no demostró, y la pone en cuatro en solo un movimiento. Le chupa la concha mientras le dedea el culo. Ella comienza a gemir muy fuerte.
—Y yo... ¿Sabés que le hice a la vieja? Le subí la pollera, le abrí las piernas, le comí la concha madura, lengua adentro, chupando el clítoris hasta que se mojó temblando en mi boca...- Lucia comienza a temblar imaginando a su pareja con otra mujer. Le calienta mucho.
-Forro... Sos una mierda... Ahh ahhh.... ¿Te la chupó? Contame...- Trata de hablar entre gemidos mientras Martín ya la coge vaginalmente con una falange en el ano.
-Goloza sos eh... Después se arrodilló, me chupó la pija con un nivel y con un hambre, hasta que le dejé la leche en su garganta, tragando todo...-
-Mmm amor, sos un forro...¡Ahhh!-
Lucía acaba al instante, pero quiere más. Busca comodidad y pasan a la habitación. Caen en la cama deshecha. Frente al espejo. Lucía se pone de rodillas, culo en alto, Martín la toma por atrás, una mano en el pelo colorado tirando, la otra frotando el clítoris. Se miran en el reflejo, ojos vidriosos.
—Mirate —dice él, voz rota—. Mirá cómo te cojo pensando en lo que hicimos hoy. En cómo te pusiste celosa y te fuiste a buscar pija... No te alcanzó con el dildo, golosa de mierda...-
Lucía se mira: cara roja, pelo colorado revuelto, tetas rebotando, concha brillando con jugos y sudor. Está muy caliente, acaba repetidas veces, apenas puede decir alguna que otra palabra, la verga de él está como nunca de parada, toda la situación lo había puesto como un semental. Martín atrás, sudado, pija entrando y saliendo lenta, profunda, acelerando a estocadas brutales.
—Más fuerte —gime ella—. Castigame por Herny. Por lo puta que fui...-
Martín gruñe, la coge salvajemente, las bolas golpeando contra el clítoris. Ve en el reflejo del espejo, el dildo todavía en la mesita de luz, a un costado del velador, con su bolsita negra. Decide agarrarlo y al tocarlo siente el perfume de Gisela... Había un pañuelo rojo de ella en una parte de la habitación, seguramente caído de su mochila, entre el borde de la cama y la mesita de luz. Esto lo enciende aún más. Sacá su pene y mete el dildo...
-Toma putita, acá tenés a tu Hernán, a ver cómo lo montas...-
Lucía sube y baja con mucha calentura, no solo el dildo sino la cama se empieza a mojar de tanta humedad. Sin avisarle, apoya la punta de la pija sobre su ano con saliva y dedeado anteriormente.
-¿Así te montas con la Hernán? Bueno... Ahora también te toca esta...- Empuja la punta del pene con tanta potencia, que se introduce en el recto de Lucía.

Ella grita de placer, mientras se introduce el dildo, la cabeza del pene de Martín logra pasar el anillo del culo. La presión es muy grande y el placer es monumental. Con mucha cautela comienza a cogerla por el culo, y ella gime como loca. El orgasmo los agarra juntos, brutal y gritado. Lucía acaba apretándole adentro, sus chorros saliendo inundan la cama. Martín siente esa presión una última vez y le acaba adentro llenándola, leche caliente derramándose por las nalgas.
Se derrumban en la cama, jadeando, cuerpos marcados: mordidas, arañazos rojos, un culo dilatado que poco a poco vuelve a su forma natural. El semen fresco secándose lentamente por sus piernas. Respiración profunda y constante que va recuperando su ritmo a medida que pasan los segundos. Los ojos mirando el techo mientras ambos aún gozan del placer. Luego un silencio pesado. Logran verse de costado y se escapan unas risas nerviosas. Están analizando interiormente todo lo sucedido en un día... Y el final sobre todo. La balanza a fin de cuentas, daba un resultado inesperado.
Lucía habla primero, voz baja.
—No quiero que vuelva a pasar por afuera. Me jode demasiado. Siento que te lastimo y no puedo llegar a disfrutar nada.-
Martín la abraza desde atrás, barba raspando la nuca.
—A mí también, me gustó lo que pasó pero no la forma...Me vuelve loco imaginarte con él, pero también me encanta tenerte a la vez.
Se quedan así un rato.
Lucía susurra:
—Entonces que pase… adentro. Con quien nos vuelva locos a los dos. Pero siempre decidido por ambos...-
Martín besa su hombro.
-Me parece bien, aunque ya hemos abierto mucho la puerta a nivel individual, y se metieron dos personas... -
-Lo sé Martín, pero es cuestión de hablarlo con ellos, marcar límites... Salvo que quieras abrir la pareja...-
-No Lu, no puedo abrir como si nada... Me parece que a la larga o perderíamos la confianza o mucho peor, perderíamos el interés en el otro. Daría igual lo que haga uno, y ya no serviría...-
-En eso estoy de acuerdo amor. Al menos, por ahora, retomemos y vayamos tranquilos...-
-Ya sé a dónde querés retomar...-
Ambos miran el espejo y se ríen. Martín estira su mano por fuera de la cama, inclina su cuerpo y saca el pañuelo rojo de Gisela.
-Toma, creo que estamos necesitando devolver un zapato de cristal a nuestra cenicienta...- Le deja el pañuelo con el perfume sobre las tetas.
Ella se sorprende gratamente con una sonrisa de lado a lado. Acerca la prenda para poder sentir el perfume.
-Mmm que rico se siente... Creo que es correcto avisarle ¿No?- dice ella frotando el pañuelo con sus tetas. Sonríe en la oscuridad.
Martín estira la mano, agarra el celular de la mesita. Abre el chat con Gisela. El último mensaje es de semanas atrás, cuando vino por el espejo.
Escribe:
Martín (02:17)
“¿Seguís pensando en nosotros? Porque nosotros no paramos de pensar en vos. Hay un pañuelo tuyo, creo que deberías venir a buscarlo...”
Lo envía. Apaga la luz. En el espejo, a oscuras, dos cuerpos abrazados. Caen en el letargo del sueño, felizmente cansados luego de una jornada de muchas emociones. No obstante, el fuego resurge, y los dos leños esperan un tercero...

Continúa en.https://www.poringa.net/posts/relatos/6374881/3-Cuerpos-7-Pecados-VI.html
Les traigo la quinta parte de esta historia.
Si no leyeron las otras partes, se las dejo acá:
1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6372738/3-Cuerpos-7-Pecados-Intro-Capitulo-I.html
2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374111/3-Cuerpos-7-Pecados-II.html
3 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374728/3-Cuerpos-7-Pecados-III.html
4 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374842/3-Cuerpos-7-Pecados-IV.html

Interludio: Tentaciones
Pasan los días después de que el espejo reflejara por primera vez el nombre de Gisela en sus jadeos compartidos, y la promesa late en el aire como un pulso acelerado que aún no se apaga. Al principio, todo vibra con una intensidad nueva, electrizante: Lucía y Martín se despiertan con el sol filtrándose por las persianas, sus cuerpos entrelazados bajo las sábanas arrugadas que todavía huelen a sudor y deseo compartido. Se miran con esa complicidad fresca, los ojos brillando como si Gisela ya fuera un secreto tangible entre ellos, un ingrediente secreto que condimenta cada gesto. Por las mañanas, los besos se vuelven más urgentes, labios que se presionan con fuerza, lenguas que exploran como si quisieran devorar el recuerdo de esa noche; Martín desliza una mano por la curva de la cadera de Lucía mientras preparan el café, el aroma fuerte y amargo mezclado con el calor de sus pieles, y ella responde con un roce sutil en la cocina, el roce de sus tetas contra el pecho de él al pasar, enviando un cosquilleo eléctrico que les hace reír bajito, como conspiradores. "Esto nos encendió, ¿no?", murmura él contra su cuello, inhalando su perfume floral que se pega a su propia piel, y ella asiente, sintiendo un calor húmedo entre las piernas que promete más para la noche.
La rutina diaria se tiñe de esa chispa sucia: en el desayuno, sus pies se buscan bajo la mesa, piel contra piel en un juego inocente que despierta memorias del espejo, de cuerpos reflejados en movimientos prohibidos; por las tardes, cuando Lucía trabaja frente a la compu, Martín le manda mensajes juguetones desde la oficina —"Pensando en esa serpiente tatuada, ¿y vos?"—, y ella responde con emojis pícaros, el rubor subiendo a sus mejillas mientras imagina escenarios que hacen que sus dedos tiemblen sobre el teclado. Las noches son un festín sensorial: se acuestan temprano, luces bajas, el espejo como testigo silencioso mientras exploran con manos ansiosas, gemidos que nombran a Gisela en susurros, cuerpos sudados deslizándose uno contra el otro con una pasión renovada, el aire cargado de olores a sexo y promesas. Lucía siente cada caricia como un fuego que quema la inseguridad, Martín nota cómo su pija responde más rápido, más dura, al evocar la idea de un trío que los une en lugar de separarlos. Todo parece perfecto, como si esa envidia inicial hubiera sido el combustible para un incendio que los consume juntos.
Pero, como es la física: todo lo que sube, baja. Poco a poco, con el paso de los días, el fuego empieza a enfriarse, las llamas altas se convierten en brasas tibias que parpadean intermitentes. La rutina se cuela como una brisa fría por las grietas de la cotidianidad —los mails urgentes que interrumpen los roces matutinos, las llamadas de trabajo que cortan las conversaciones pícaras—, y esa chispa sucia pierde voltaje, se diluye en el cansancio acumulado. Lucía nota cómo los besos se acortan, cómo el calor entre sus piernas ya no surge tan espontáneo al pensar en Gisela; en cambio, al mirarse en el espejo por las mañanas, toca sus tetas pequeñas pero firmes, comparándolas con el recuerdo de las de Gisela —grandes, seguras, sudadas en el reflejo esa tarde—, y un pinchazo de envidia le recorre la espina dorsal, dejando un frío vacío en el estómago, una duda que susurra "no soy suficiente para algo así". Martín, por su parte, ve el contacto de Gisela en su celular y duda, el dedo suspendido sobre la pantalla, sintiendo un nudo en la garganta que mezcla excitación con miedo a romper lo que tienen; las noches de sexo se espacian, los gemidos se vuelven rutinarios, el espejo reflejando solo sus cuerpos habituales sin el fantasma de la decoradora para avivar el fuego. La promesa, que al principio ardía como un hierro al rojo, ahora cuelga pesada, enfriada por el peso de la inseguridad y el paso inexorable del tiempo, dejando un silencio cargado donde antes había susurros calientes.
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Pasan más días, y la rutina de Lucía se convierte en un bucle predecible que, al mismo tiempo, le da un extraño consuelo y la inquieta. Se levanta tarde, el sol ya alto filtrándose por la ventana del living, se prepara un café fuerte que huele a tostado y amargo, y se sienta frente a la compu con la remera vieja de Martín colgando hasta los muslos. Horas de mails, edición de reels, stories para marcas de ropa o cosmética que sube con una sonrisa fingida mientras escucha playlists de fondo. El departamento está silencioso, solo el tecleo y el zumbido lejano del tráfico. A veces se para, estira las piernas, va a la cocina y abre la heladera sin hambre, solo por hacer algo. El espejo de la habitación la llama desde el pasillo, pero evita mirarlo demasiado: cuando lo hace, la imagen de Gisela se superpone como un fantasma, y el pinchazo de envidia vuelve, más sordo pero constante.
Una tarde después de entregar un trabajo pesado, decide que necesita aire. Mensajea al grupo de WhatsApp que tiene con sus amigas desde la facultad:
Lucía
“Chicas, ¿brunch mañana? Necesito caras conocidas y chusmerío”.
Las respuestas llegan rápido, con emojis de copas y caritas que confirman el encuentro entre ellas. Al día siguiente, se juntan en un café de Palermo con mesas en la vereda, plantas colgantes y olor a medialunas recién horneadas. Lucía llega con jeans claros ajustados, remera blanca básica y una camisa liviana abierta, el pelo rojo suelto y anteojos de sol como escudo contra el sol de mediodía. Las tres ya están sentadas, riendo fuerte. Ellas son:
Cami (28 años, morocha de pelo corto hasta la mandíbula, ojos grandes y risa contagiosa, cuerpo curvilíneo con tetas generosas que siempre marca con escotes profundos, la más deshinibida del grupo) la saluda con un abrazo apretado y un “¡Por fin aparecés, ermitaña!”.
Mili(26años, rubia platino con ondas perfectas, delgada como modelo, piernas eternas, siempre impecable con maquillaje contorno y labios nude, la que organiza todo) levanta su mano y sonríe.
Lau (27años, castaña con lentes finos, cuerpo atlético de runner, piel bronceada todo el año, la más racional y sarcástica) le guiña un ojo y empuja una silla para que se siente.

Piden café con leche, tostados y una tabla de cosas dulces. Al principio hablan de pavadas: el laburo freelance que agobia a Lucía, el nuevo jefe tóxico de Mili, la maratón que Lau está preparando. Pero Cami, como siempre, gira la conversación al sexo en menos de veinte minutos.
Cami, inclinándose hacia adelante con los ojos brillantes:
—Chicas, necesito contarle a alguien o reviento. El sábado conocí a un pibe en un boliche, 32 años, ingeniero, fachero pero no boludo. Terminamos en su depto con un amigo suyo —son vecinos del mismo edificio, el amigo ya se había ido por fin quedando solos nosotros. Empezamos a coger ahí en el living, el pibe y yo. De repente el amigo vuelve porque se había olvidado la campera. Nos ve, se queda en la puerta… yo ahí entregada en cuatro y el pibe por detrás dándome. El pibe me mira y me pregunta si me molestaba que mirara. Yo estaba tan caliente que dije que no. Y se quedó mirando, tocándose, y fue lo más caliente que hice en mi vida. Sentirme observada me volvió loca, como si fuera el centro del universo. Estuve a punto de sumarlo... pero no era mucho mí tipo la verdad jajaja pero con que me vea... WOOW.-
Mili, riéndose y tapándose la boca:
—¿En serio? ¿Y no te dio vergüenza después? Yo una vez le puse los cuernos a un ex con su mejor amigo. Fue una noche sola, él de viaje con una compañera de su trabajo, y el amigo vino a “consolarme”. Me arrepentí al día siguiente, pero en el momento… uf, la adrenalina de lo prohibido es adictiva, más el sabor de la venganza, porque el otro se la volteó a la mina en el viaje, boluda no soy. Después corté con ese pibe, obvio, pero aprendí que la infidelidad te enseña mucho de lo que realmente querés.-
Lau, arqueando una ceja con sonrisa sarcástica:
—Yo sigo feliz con uno solo, gracias. Mi novio actual me alcanza y me sobra. Pero confieso que la idea de sumar a alguien más alguna vez me calienta y seguro que a él también. No sé, un trío con reglas claras, todos de acuerdo… me intriga. Creo que mientras haya comunicación y respeto, no hay drama. Pero por ahora estoy cómoda en mi zona segura.-
Lucía escucha, taza en la mano, el calor del café subiendo por las mejillas junto con un rubor que no puede disimular del todo. Siente el corazón latirle un poco más rápido, la mente volando a Gisela, al espejo, a la promesa que se enfría en casa. Las chicas la miran.
Mili, con picardía:
—¿Y vos, Lu? Con Martín siempre tan enamorados… ¿nada nuevo bajo el sol?-
Lucía ríe nerviosa, encogiéndose de hombros.
—Todo bien, tranqui. Lo clásico, ustedes saben.-
Cami la mira fijo, como si oliera algo.
—Tranqui un carajo. Tenés cara de estar guardando algo jugoso. Cuando quieras contás, eh.-
Lucía sonríe, pero no suelta prenda. Por dentro, las palabras de sus amigas resuenan como un eco: la adrenalina de lo prohibido, sentirse el centro del universo, la idea de sumar a alguien más con reglas claras. El morbo la pincha fuerte, pero también la inseguridad: ¿sería capaz? ¿Martín seguiría queriéndola igual después? ¿Y si ella no está a la altura de alguien como Gisela? Al sentirse observada y sus amigas esperando algo de parte de ella cuenta:
-La mudanza con Martín quizás nos elevó la pasión, pero siempre todo "normal"...- Da un sorbo de café que calla mucho de lo que viene pasando hace semanas.
-Pero no descartas explorar... ¿No? Jajaja- Dice Cami sacándole la ficha.
-Además sos preciosa nena, si tuviera tu genes tendría mínimo a dos, juntos o separados...- Dice Mili haciendo alusión a su pelo rojizo y sus ojos celestes.
-Mmm me parece que ya hay alguien dando vuelta chicas, la hicieron ponerse colorada jajaja- Agrega Lau notando las mejillas de Lucía.
-Ay no chicas, nada que ver... Pero una nunca sabe...- Responde positivamente eludiendo la conversación.
Cambian de tema y siguiendo charlando una media hora más. Luego se despiden con abrazos y promesas de repetirlo pronto. Lucía camina sola por la vereda, el sol de la tarde pegando fuerte en la nuca, el ruido de Palermo alrededor: bocinas lejanas, gente pasando apurada, aroma a café y medialunas que se mezcla con el perfume de las flores de los árboles. Cada paso le pesa un poco más, la cabeza dando vueltas a lo que contaron Cami, Mili y Lau. La historia de Cami la calienta, la de Mili le da culpa preventiva, la de Lau le hace imaginar posibilidades. Siente un cosquilleo persistente entre las piernas, un calor que no se apaga con la brisa. Piensa en Martín, en Gisela, en la promesa que se enfría… y ahora también en Hernán, en sus roces sutiles en la pileta, en esa frase de “sé compartir” que quedó flotando como una invitación abierta.
El celular vibra en el bolsillo. Lo saca pensando que es Martín preguntando dónde estaba ella, pero ve el nombre: Hernán.
Hernán
“Mañana hay clase a las 18. ¿Vas? El agua está perfecta estos días.”
Lucía se detiene en la esquina, el semáforo en rojo, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Lee el mensaje dos veces, siente el rubor subirle de nuevo, un pinchazo de morbo mezclado con culpa. Las voces de sus amigas se superponen a la de Hernán: “mientras todos quieran”, “la adrenalina de lo prohibido”, “sumar a alguien más”. La promesa de Gisela parece lejana, enfriada, pero este mensaje es inmediato, casual, al alcance de la mano.
La decisión empieza a tomar forma, más concreta, con el nombre de Hernán latiendo en la pantalla.
Lucía
"Hola Hernán, dale, me viene bien nadar un poco."
Hernán
"Podes decir Herny, por favor jajaja buenísimo, nos vemos allá entonces."
Ella se ríe, configura su contacto y responde.
Lucía
"Dale Herny, besitos."
Herny
"Besos a vos"
Respira profundo mirando al cielo y guarda su celular. El calor su celular. El semáforo cambia a verde y sabe que es momento de avanzar.
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Por el lado de Martín, la rutina se ha vuelto un bucle largo y cuantioso con el paso de los días, un desgaste lento que se siente en los huesos como humedad que cala. Se levanta temprano, el despertador cortando el sueño a las 7, ducha rápida con agua que nunca termina de estar lo bastante caliente, café solo en la cocina mientras Lucía duerme o trabaja en la compu. Maneja hasta la oficina —el tránsito matutino de Buenos Aires, bocinas, semáforos eternos, radio con noticias que no escucha—, llegada donde el aire acondicionado zumba constante y los mails ya esperan como una avalancha. Reuniones que se estiran, llamadas con clientes que hablan en círculos, almuerzos rápidos frente a la pantalla con un sándwich que sabe a nada. Hay un pequeño distanciamiento con Lucía: las conversaciones se acortan, los besos son más de rutina que de fuego, las noches terminan con series a medias y cuerpos que se dan la espalda sin drama pero sin calor. La promesa de Gisela, que alguna vez quemaba, ahora es solo un recuerdo tibio que ninguno nombra.
Roberto se fue un mes a Europa y esta es la primera semana completa con Morena a cargo como jefa regente. El ambiente se nota distinto: más permisivo en horarios, más cargado en miradas. Esa tarde de viernes, a las 15 en punto, llega el mail grupal de Morena: “Equipo, para celebrar la primera semana sin Roberto y descomprimir, after en el bar de la esquina. 18 hs. Obligatorio, no acepto excusas 😉”.
Martín lo lee en su cubículo, la pantalla reflejando su cara cansada. Normalmente ignoraría la invitación —llegar temprano a casa, birra sola, desconectar—. Pero hoy algo lo pica: el cansancio acumulado, la rutina que pesa, la curiosidad por ver cómo se maneja Morena fuera de la oficina. No responde el mail; decide que su presencia sea sorpresa.
Sale a las 17:45 con Tomás —el pibe de 22 que siempre anda con energía y chistes rápidos—. Llegan al bar y ya está lleno del equipo: las dos chicas de ventas (Carla, la rubia linda con sonrisa fácil y piernas largas, y Sofía, morocha de pelo corto y ojos vivaces), las de marketing (Valen, alta con lentes grandes y risa contagiosa, y Juli, petite con tatuajes sutiles en los brazos), el pibe nuevo de IT, un par de contadores, y Morena sentada en la cabecera de la mesa larga de madera gastada. El lugar está animado: luces tenues colgando del techo, olor a frituras y cerveza derramada, música de rock nacional de fondo que amortigua las voces. Morena levanta su pinta de cerveza al verlos entrar, sorpresa genuina en la sonrisa.
—Martín, Tomás… ¡mirá quiénes aparecieron! Pensé que el antisocial del grupo me iba a dejar plantada —dice, riendo con el grupo.
Tomás se ríe y se sienta al lado de Carla.
—Le insistí, jefa. No podíamos fallarte en tu semana de mando.-
Martín se sienta frente a Morena, el barullo alrededor dándole un anonimato cómodo. Piden rondas rápidas: cervezas heladas con espuma desbordando —Morena ya va por la segunda—, papas fritas crujientes, aceitunas y provoleta humeante. La charla fluye grupal: quejas sobre clientes, anécdotas de Roberto mandando fotos desde París con vinos caros, Carla y Valen contando chismes de la competencia que hacen reír a todos, Tomás soltando chistes malos que igual caen bien, Juli mostrando un tatuaje nuevo en el brazo. El alcohol afloja hombros, disuelve el estrés de la semana.
En un momento, Morena se levanta para ir a la barra a pedir otra ronda —Martín no puede evitar mirarla: la pollera ajustada marcando el culo redondo, las piernas largas moviéndose con esa gracia que parece calculada pero natural—. Vuelve con una bandeja de pintas y, al sentarse de nuevo frente a él, desliza una extra hacia Martín con una sonrisa privada.
—Te traje esto —dice bajito, inclinándose hacia adelante para que el ruido del grupo no interrumpa—. Vi que la tuya estaba casi vacía.-
Al inclinarse, el escote de su camisa violeta se abre lo suficiente para que se vea el encaje del corpiño, el perfume vainilla mixta con algo floral invadiendo su espacio personal. Mientras, el grupo sigue hablando fuerte —Tomás contando otra anécdota, Carla y Valen riendo con las de marketing—, como si ellos dos estuvieran en una burbuja aparte.
Martín sonríe, tomando la pinta fría.

—¿Puede Roberto quedarse un mes más allá así te tengo más de jefa? Jajaja.-
Morena ríe suave, ojos detrás de los anteojos finos brillando con algo que no es solo profesional.
—No es nada. Me encanta cuidar a los pibes talentosos como vos —dice, rozándole los dedos al ajustar la botella—. Estás en la flor de la juventud, Martín. No tenés que dejar escapar nada en esta etapa. Aprovechá las oportunidades… y si no aparecen, buscálas.-
La frase flota, cargada. Martín siente el perfume pegándosele a la nariz, un tirón sutil en la pija. Recuerda la rutina enfriándose en casa. Pero no corta.
—Tenés razón —dice, tomando un sorbo—. A veces uno se distrae con la rutina y no ve lo que tiene al lado.-
Morena sonríe más profundo.
—Exacto. Y si no tomás las oportunidades, alguien más las va a tomar por vos. Pensalo, Martín. Yo siempre estoy por acá si necesitás… hablar de algo.-
El grupo sigue en lo suyo, risas altas, pero ellos quedan en esa charla privada, el ruido como cortina. El after se estira: más rondas, más anécdotas, Carla coqueteando inocente con Tomás, Valen y Juli planeando un viaje juntas.
Cuando ya es hora de irse, el grupo se levanta entre abrazos y promesas de repetir. Morena se queda un segundo más recogiendo su bolso y, al pasar al lado de Martín en el pasillo estrecho hacia la salida —el bar casi vacío, luces más bajas—, roza deliberadamente su brazo con el suyo y se detiene cerca, el cuerpo a centímetros.
—Fue lindo verte hoy acá —susurra, voz baja para que solo él oiga, la mano apoyándose un instante en su antebrazo—. Pero la próxima… prefiero algo más íntimo.
Se va con una sonrisa que promete más, el perfume quedando en el aire y en su piel. Martín sale a la calle, el fresco de la noche golpeándole la cara, pero el calor interno —mezcla de culpa, curiosidad y morbo— no se apaga. Camina las cuadras hasta el garaje cercano, sube al auto con el olor a vainilla todavía en la nariz, la pija a media asta recordándole cada palabra mientras enciende el motor y arranca hacia casa.
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Los días siguen pasando, y Lucía ya no necesita excusas para ir a natación casi todas las tardes. El club se ha convertido en un refugio: el olor fuerte a cloro que le pica la nariz, el eco de los chapoteos en la pileta semivacía, el agua fría que le envuelve el cuerpo y le aclara —o al menos distrae— la cabeza. Se pone la malla roja casi por costumbre, esa que se pega como pintura cuando se moja, que marca cada curva y que hace que los pezones se transparenten apenas sale a la superficie. Ya no piensa tanto en Gisela al mirarse en el espejo del vestuario; ahora el reflejo trae otras imágenes: las palabras de Cami sobre sentirse observada, la curiosidad contenida de Lau, incluso la adrenalina prohibida que contó Mili. Y, cada vez más, el recuerdo de los roces de Hernán bajo el agua.
Esa tarde llega un poco más temprano, el sol todavía alto afuera. Se cambia rápido, guarda el bolso en el locker y sale a la pileta con la toalla al hombro. Hernán ya está ahí, calentando en el carril del medio, el cuerpo atlético cortando el agua con brazadas firmes. Cuando la ve, levanta una mano en saludo, sonrisa amplia que no es solo amable.
La clase transcurre como siempre, pero ya nada es casual. Cada vez que pasan en carriles paralelos, el roce es más deliberado: una mano que roza su cadera al cruzarse, una pierna que se enreda un segundo de más bajo la superficie, un hombro que choca “sin querer” y se queda pegado un instante. Lucía siente el pulso acelerado, el agua fría contrastando con el calor que le sube desde la concha. No se aparta. Después de las palabras de sus amigas, una parte de ella quiere probar hasta dónde llega esto.
Al terminar, la mayoría se va rápido, envolviéndose en toallas y hablando de planes para la noche. Lucía se queda estirando en el borde, respirando hondo. Hernán sale del agua a su lado, gotas corriendo por el pecho definido, el tatuaje del cuervo expandido parece cobrar vida en su espalda con el agua deslizándose, el short de baño pegado marcando todo. Se sienta cerca, demasiado cerca, la pierna rozando la suya.
—Otra vez con la roja —dice bajito, voz ronca por el esfuerzo—. Te queda criminal, Lu. No sé cómo concentrarme cuando la tenés puesta.-
Lucía siente el rubor subirle al cuello, pero sonríe de medio lado, sacudiéndose el pelo mojado.
—¿Tanto te distrae?-
Él se inclina un poco, el agua goteando de su pelo platinado.
—Me distrae desde el primer día. Y sé que vos también sentís algo. No soy boludo.-
El silencio se llena de cloro y tensión. Lucía piensa en Martín, en la promesa enfriada, en las historias de sus amigas que le dieron permiso mental para esto. Siente la malla pegada, los pezones duros por el frío y por otra cosa, el cosquilleo persistente entre las piernas.
—Mirar es gratis —dice ella intentando mostrar desinterés.
Hernán sonríe, esa sonrisa segura que ya conoce.
—Y tocar… eso ya es otra historia. Pero yo sé compartir, si es lo que te preocupa. Sin dramas, sin complicaciones.-
Lucía traga saliva. El morbo la golpea fuerte, la imagen de Martín mirando, o de los tres juntos, o simplemente de dejarse llevar aquí mismo. Pero se pone de pie, el agua goteando por las piernas.

—Tengo que cambiarme —dice, voz que tiembla un poco.
Hernán no insiste, solo la mira mientras se aleja, los ojos recorriéndole el cuerpo como manos.
—Cuando quieras, Lu. La pileta siempre está.-
En el vestuario, sola bajo la ducha caliente, Lucía cierra los ojos y deja que el agua lave el cloro, pero no el calor que Hernán dejó. Se toca apenas, un roce fugaz entre las piernas que la hace jadear, pero se detiene. Guarda eso también, como guarda todo últimamente.
Al llegar a casa, todavía con el pelo húmedo y el olor a cloro pegado a la piel, el celular vibra en el bolso.
Herny
“Me quedé pensando en esa malla roja todo el día… mirá cómo terminé después de entrenar 😏”
Adjunta una foto tomada en el espejo del gym del club: torso desnudo y sudado, músculos marcados, toalla baja en la cintura dejando ver el bulto insinuado, sonrisa pícara directa a la cámara.
Lucía se sienta en la cama, el corazón latiéndole fuerte en el pecho y en la concha. La imagen quema. Siente bronca —por él, por ella misma—, pero sobre todo una calentura que le moja la bombacha limpia que acaba de ponerse. Piensa en Martín, en Gisela, en las amigas, en la promesa que ya casi no existe.
Y por primera vez, no borra el mensaje. Lo guarda.

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Un par de días después del after, Martín sale tarde de la oficina otra vez. El cielo ya está oscuro, las luces de la ciudad reflejándose en los charcos de la vereda, el aire fresco de la noche porteña cargado con olor a asfalto mojado y escape de autos. Maneja hasta el edificio con la radio baja, la cabeza todavía dando vueltas al perfume de Morena, a esa frase susurrada que quedó colgando como una promesa peligrosa. Aparca en el garaje subterráneo, sube el ascensor solo, el zumbido metálico acompañando sus pensamientos revueltos.
Al abrir la puerta del hall, se cruza con Valeria saliendo del ascensor del otro lado. Ella lleva una bolsa de yoga al hombro, leggins negras que marcan las piernas largas y tonificadas, top ajustado que deja ver el abdomen plano, el pelo recogido en una cola alta que se mueve con cada paso. Perfume suave a lavanda y algo más herbal, como si acabara de dar clase.
—Martín, qué suerte —dice con esa sonrisa zen que siempre tiene un filo juguetón—. Justo te quería cruzar.-
Él se detiene, apoyado contra la pared del hall, el cansancio del día mezclándose con una curiosidad que ya no puede disimular.
—¿Qué tal, Vale? ¿Clase hasta tarde?-
Ella se acerca un paso, la bolsa colgando del hombro, los ojos fijos en los suyos.
—Acabé hace un rato. Pero la oferta sigue en pie, eh. La clase privada… solo vos, o con Lucía si prefieren. Me vendría bien un alumno como vos para practicar posturas más… avanzadas. Te ayudaría a soltar todo ese estrés que traés encima.-
La palabra “avanzadas” flota un segundo de más, el subtexto claro como el perfume que le llega. Martín siente el tirón familiar, la imagen de cuerpos estirados, sudor, respiraciones cercanas. Piensa en Lucía en la pileta, en Morena inclinada sobre la mesa del bar, en la promesa de Gisela que ya casi no existe.
—Lo sigo pensando —dice, sonrisa casual pero voz un poco más ronca—. Suena… tentador.
Valeria ríe suave, se acerca otro paso, el roce de su brazo contra el de él como al pasar, pero se queda ahí un segundo.
—No lo pienses tanto. A veces hay que dejarse llevar. Te mando el horario por mensaje, ¿dale?-
Justo en ese momento, la puerta del ascensor se abre y sale Filemón, con su campera de cuero gastada y esa mirada que siempre parece saber más de lo que dice.
—Martín, Valeria… qué lindo cuadro —saluda con una palmada en la espalda a Martín, voz grave y divertida—. Ojo con lo que despierta este edificio, che. Los deseos se sueltan solos aquí adentro, y después cuesta atarlos de nuevo. No se maten en el intento, eh.-
Valeria ríe como si la frase fuera un chiste interno, los ojos brillando. Martín siente el peso de las palabras calándole hondo, la culpa pinchando junto con el morbo.
—Lo tendremos en cuenta —dice, incómodo pero sonriendo.
Filemón guiña un ojo a Valeria —un guiño cómplice que dura un segundo de más— y se va hacia la salida silbando bajito. Valeria se despide con un beso en la mejilla que se demora, la mano apoyada apenas en el pecho de Martín, el perfume quedando pegado.
—Nos vemos pronto —susurra antes de irse.
Martín sube solo al ascensor, la cabeza hecha un quilombo mayor que antes. El espejo del ascensor le devuelve una cara cansada, pero con los ojos brillantes de algo que ya no puede ignorar. El edificio parece conspirar, las tentaciones acumulándose como capas que pesan cada vez más.
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El fuego inicial que había poseído hace unas semanas se ha convertido en brasas tibias, Lucía y Martín coinciden en casa más tarde de lo habitual. El departamento huele a comida recalentada: milanesas que Lucía sacó del freezer y metió al horno sin ganas, ensalada de tomate cortada a la apurada con aceite y sal. La luz de la cocina es la única encendida, amarillenta y baja, la tele del living prendida con una serie de fondo que ninguno de los dos sigue.
Lucía llegó primero, todavía con el pelo húmedo de la ducha post-natación, olor a cloro mezclado con su shampoo de siempre. Se sirve un vaso de vino tinto barato que queda en la heladera y se sienta a la mesa, esperando. Martín entra media hora después, el perfume de Morena todavía pegado sutilmente a la camisa, la cabeza revuelta por el cruce con Valeria y la advertencia de Filemón. La saluda con un beso en la mejilla que no llega a los labios, un “hola” seco que cae pesado.
Se sientan frente a frente en la mesa chica, platos humeantes pero sin apetito real. El silencio es denso, roto solo por el ruido de los tenedores contra la loza, el sorbo ocasional de vino, el murmullo lejano de la tele. Ninguno pregunta por el día del otro. Lucía piensa en la foto de Hernán que guarda en el celular, en el bulto insinuado bajo la toalla, en el cosquilleo que le quedó entre las piernas. Martín piensa en la frase de Morena, en el roce de Valeria, en el perfume que todavía siente en la piel.
Los celulares están sobre la mesa, boca abajo, como bombas de tiempo. Martín rompe el hielo mientras corta una milanesa, voz casual pero tensa:
—Che, Lu… ¿todo bien? Últimamente estás re metida en la pileta, eh.-
Lucía levanta la vista del plato, tenedor quieto, sonrisa forzada:
—Sí, me hace bien. Despeja la cabeza. Vos también llegás tarde seguido… ¿la oficina o algo más?-
Martín se encoge de hombros, tomando un sorbo de vino para ganar tiempo:
—La oficina, ya sabés. Morena nos tiene a full con Roberto afuera. Afters, reuniones… lo de siempre.-
Lucía arquea apenas una ceja, voz neutra pero con un filo:
—Ah, afters. Qué lindo. Se nota que te divertís.-
Martín la mira fijo un segundo, como midiendo:
—No es para tanto. ¿Y vos? ¿Seguís nadando con el mismo grupo?-
Lucía baja la mirada al plato, pinchando un tomate con más fuerza de la necesaria:
—Más o menos. Hay gente nueva… interesante.-
En ese momento vibra el celular de Lucía. Da vuelta el teléfono y la pantalla se ilumina con el nombre “Herny” y una notificación con su foto. Martín lo ve de reojo, el músculo de la mandíbula tensándose apenas. Lucía no lo toca, pero sus dedos tiemblan un segundo sobre el vaso.
Segundos después, vibra el de Martín. La pantalla muestra “Morena” y la miniatura de una foto: pijama de seda corto, escote profundo, copa de vino en la mano, mirada cansada pero sugerente. Lucía alcanza a ver el nombre y parte de la imagen antes de que él lo agarre rápido y lo voltee boca abajo. "Al fin descansando! Espero que vos también... Besos"

Sus ojos se cruzan por primera vez en la noche. No hay sorpresa fingida: solo una mezcla cruda de bronca, celos, deseo reprimido y algo que huele a traición sin palabras. El silencio se vuelve asfixiante, el aire cargado como antes de una tormenta. Ninguno habla. Terminan la cena en un mutismo que pesa toneladas: platos que chocan fuerte al apilarlos, el agua corriendo con furia mientras Lucía lava —manos temblando bajo el chorro caliente—, Martín sentado en el sillón mirando la pantalla apagada del celular sin abrir nada más.
Se acuestan temprano, espalda con espalda, el colchón ancho como un abismo. Lucía siente el pulso acelerado entre las piernas, la bronca hirviendo bajito, la imagen de Hernán quemándole la retina. Martín aprieta los dientes, la pija a media asta traicionándolo, la culpa y el morbo peleando en la cabeza.
En la oscuridad, la mecha chisporrotea con fuerza, lista para explotar. Gisela es un fantasma del pasado...
V - Ira
La mañana siguiente amanece pesada, como si la bronca de la noche anterior se hubiera quedado pegada en las sábanas. Lucía se despierta primero. Martín duerme de espaldas, el pecho sube y baja lento. Ella lo mira un rato, siente ese nudo en el estómago que no es solo hambre.
¿Por qué no le dije nada anoche? piensa. Veo la foto de esa mina con el escote con las tetas casi al aire y la copa de vino, y me callé. Me hierve la sangre, pero me callé. Y él vió el mensaje de Hernán en mi celular. Seguro. Y tampoco abrió la boca. ¿Qué mierda nos pasa? ¿Es que ninguno quiere admitir que nos jode? ¿O es que ya dudamos de todo? Gisela era nuestra cosa en común, y de golpe estos mensajes nos ponen en duda. Me pone en duda a mí misma.
Se levanta sin hacer ruido, se mete al baño y se mira al espejo. Ojeras leves, pelo colorado revuelto cayendo en ondas sobre los hombros.
Ella nos tenía calientes a los dos, y de golpe esto. Un mensaje y ya me pongo así. ¿Soy celosa? ¿O es que él me deja sola con esta duda? No sé si es bronca con él o conmigo por no hablar. Pero hoy no aguanto más.
Guarda la malla roja en su mochila. Hoy va a natación sí o sí. Necesita descargar algo, aunque no sepa qué. Falta tiempo para ir a su clase pero prefiere ir a caminar que quedarse.
Tal vez el agua me aclare la cabeza, O me hace explotar de una vez.
Martín abre los ojos cuando oye la puerta del departamento cerrarse. Se queda boca arriba, mira el techo.
La ví mirar mi celular. Vió el mensaje de Morena. Y yo ví el de ese tal Hernán en el suyo. Y ninguno dijo nada. Qué hijos de puta que somos. ¿Por qué me callé? ¿Por miedo a que explote? ¿O porque una parte de mí quiere ver hasta dónde llega esto? Veníamos muy bien con todo, pero estos mensajes nos bajaron la intensidad. Me hacen dudar si Lucía ya juega por su lado. Y yo... Carajo, la foto de Morena me calienta un montón. Pero no lo admito. ¿Es duda? ¿Bronca? ¿O busco una excusa para actuar?
Se levanta, se ducha frío para bajar la erección matutina que trae pensando en la foto de Morena.
No es para tanto. Es solo una foto. Pero Lucía se puso rara toda la noche. Y yo también. ¿Por qué no le pregunté? ¿Por qué no le dije de una que me jode ver ese mensaje del chabon? ¿Es orgullo? ¿O es que la duda me calienta un poco? No, me jode. Pero no sé cómo parar esto sin hablar, y hablar parece peor.
Se va a la oficina con la bronca guardada, como una piedra en el zapato.
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Lucía llega a la pileta con la cabeza en otro lado. El agua fría la despierta un poco, pero no lo suficiente. Nada fuerte, carril va, carril viene, trata de ahogar los pensamientos.
Martín callado. La foto de esa mina. Y yo pensando en Hernán. ¿Qué carajo? No es que quiera algo con él, pero me mira y me hace sentir deseada. Cosa que Martín no hace tiempo. ¿Es eso? ¿Duda? ¿O bronca que me hace querer revancha?
Hernán está ahí, como siempre últimamente. La mira todo el tiempo, sin disimular. Cuando termina la clase y los demás se van, él se queda, se acerca al borde donde Lucía estira.
—Hoy venís con todo —dice, voz baja, ojos recorriéndola sin vergüenza.
Ella lo mira fijo, la bronca sube. ¿Por qué Martín no dice nada? ¿Le gusta que le mande fotos esa mina? ¿O es que ya no le importo?
—No estoy para jodas, Hernán —dice, pero no se va.
Él se sienta al lado, toalla al hombro.
—No te estoy jodiendo. Te estoy diciendo la verdad. Me volvés loco. Y se nota que algo te pasa hoy. ¿Mal día?-
Lucía duda. ¿Le cuento? No, no seas boluda. Pero la bronca me quema. Martín callado, yo acá dudando. ¿Y si hablo? Solo para desahogarme. No pasa nada.
—Algo así —murmura—. Problemas en casa. Con mi pareja.-
Hernán se acerca más, hombro contra hombro.
—Contame. Soy buen oyente. ¿Discusión?-
Lucía suspira, mira el agua quieta.
—No exactamente. Silencio. Duda. Mensajes que no deberían joder pero joden. No sé, es complicado.-
Hernán la mira fijo. Al igual que su fiel tatuaje, es un cuervo que saborea la carroña.
—Duda es jodido. Pero a veces es señal de que algo falta. Vos merecés alguien que te haga sentir segura. O al menos deseada.-
Lucía lo mira. Los ojos grises, la sonrisa segura.
Martín en la oficina, capaz revolcado con la vieja esa. Y yo acá, sola con esta duda. ¿Y si pruebo? Solo un beso. Para ver si me saca la bronca. No es revancha... ¿O sí? No lo pienso más...
—Vení —dice, se pone de pie.
Lo lleva al vestuario de mujeres. A esa hora está vacío. Cierra la puerta con el pestillo. Hernán la mira, espera.
Lucía siente el impulso.
Por la duda. Por la bronca. Por ver si esto me aclara o me hunde más.
Lo besa fuerte, con rabia, mordiendo. Hernán la agarra de la nuca y le devuelve el beso como si lo estuviera esperando hace meses. La apoya contra los lockers, despacio al principio, explorando. Lucía siente el calor subir, la bronca mezclándose con deseo.

Esto no lo había planeado. Pero me hace sentir viva. Deseada. Y me encanta .
Él le baja los breteles de la malla poco a poco, besa el cuello, la clavícula. Las tetas salen libres, pezones duros. Él las chupa suave primero, luego fuerte, mordiendo ligero, haciendo que Lucía gima. Con la mano baja por la panza, roza la tela entangada, mete dedos despacio en su interior, con una suavidad y placer encontrándola empapada.
—Estás chorreando —gruñe contra su pecho.
Lucía le baja el short, la pija dura sale. Lo acaricia lento, siente el pulso en la mano. Se arrodilla, lo mira desde abajo y se la mete en la boca, succionando profundo, lengua jugando con la cabeza, mano en la base moviéndose al ritmo. Hernán gruñe, agarra el largo del pelo colorado, guía suave pero firme.
-Uff si, toda para vos...- Gime mientras la sostiene en pleno oral.
Lucía siente el grosor de la pija hacerse más grande, saborea los jugos previos a la acabada. Sus ojos se van levemente hacia atrás, recuerda al dildo que le regaló Martín... Esto era mucho mejor, más vivo, más real... Pero era un regalo... De Martín... Martín... Su chupada va perdiendo fuerza y ganas a medida que toma conciencia del impulso animal que está teniendo.
No obstante en ese preciso momento, se oye la puerta del vestuario general abrirse. Ivana, la profe de natación, entra hablando por teléfono. En un rápido movimiento, Lucia lleva a Hernán de la mano y se esconden en un baño individual, apretados, respiraciones agitadas. Hernán siente la presión de la piel de Lucia contra su pene lubricado de su saliva. Sin poder resistir más, acaba del morbo contra el muslo de ella, chorros calientes resbalando por la piel. Cubre sus gemidos con la mano mientras se apoyado extasiado contra la pared. Lucía tiembla, siente la leche de él caliente y se excita mucho, pero no llega a su clímax... Tiene en la mente a Martín.
Cuando Ivana se va, Lucía se aparta bruscamente, siente el semen pegajoso en la pierna. La calentura se va de golpe, la bronca también, dejando solo culpa.
¡¿Qué mierda hice?!. Esto no era revancha. Fue un error. Impulsivo. Me siento una hija de puta. La cagué mal...
—Andate —dice, voz temblorosa—. Necesito limpiarme.- Mano tapándose los pechos mientras se sube como puede la malla.
-Hey, ¿Estás bien? Quédate tranquila, muere acá Lu... Sabes que podes contar...-
-Hernan... Por favor, quiero estar sola.- Dice con la voz ya quebrándose.
Hernán duda, pero se va. Sola, Lucía se mete a la ducha, se agacha bajo el agua caliente, siente las lágrimas mezclarse con el agua del grifo. Su mente busca justificar, reflexionar lo que pasó, pero no encuentro consuelo ante el deseo carnal.
¿Qué hice? Por una duda. Por bronca. Ahora cómo miro a Martín. ¿Le cuento? ¿O me lo guardo? Me siento culpable. Sucia. Pelotuda... Pero fue él quien empezó con su silencio... Esa trola también calienta pija... ¿Pero que certeza tengo? Además yo también...
No termina su reflexión interior a causa de saber si falla. Aún llorando se levanta nuevamente y aún tiene restos de semen en su pierna. Se termina de bañar, se viste finalmente y mirando por última vez el vestuario en el marco de la puerta y se marcha.
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Martín se queda hasta tarde en la oficina. El día es un infierno de reuniones y mails. La bronca no se le va: el mensaje de Hernán en el celular de Lucía; el silencio de ella en la cena... Todo.
¿Por qué no le pregunté anoche? ¿Por miedo a que explote? ¿O porque una parte de mí quiere ver hasta dónde llega esto? Gisela era el plan, pero estos mensajes me pinchan. Me hacen dudar si Lucía ya juega por su cuenta. Y yo... La puta madre, la foto de Morena me calienta. Pero no lo admito. ¿Será duda? ¿Bronca? ¿O busco una excusa para actuar?
Uno de los clientes más importante solicita un informe detallado, y Martín queda a cargo del mismo. Uno a uno los demás van dando sus trabajos y se retiran a su casa. Él va anexando todo. Una vez listo lo envía a Morena. En ese momento levanta la cabeza y ve que el sol ya casi se había escondido entre los altos edificios, y la noche se avecina. Mira el reloj, pero no tiene prisa, sabe que en casa no hay nadie aún y se encuentra desmotivado. Saca una lata de gaseosa de la máquina expendedora y se apoya en un escritorio a ver el atardecer desde la ventana. Luego de unos minutos, unos pasos de sienten desde el vacío recinto. Morena aparece en la puerta a las siete y media, cuando el edificio ya está vacío.
-Hombre mirando al sudeste... Jajaja- Ríe ella mientras lo ve.
-Jajaja no sé si es precisamente el sudeste... -
-Ah no hagas caso, es un chiste por el nombre de una película... ¿Qué haces acá todavía?- Dice mientras da unos pasos cerca de él.
-Emm no nada... Me colgué mirando el atardecer... El ocaso si nos ponemos filosóficos jajaja-
-Mmm el ocaso es, pero no sé bien de qué aún...- Dice ella mirando la ventana.
-Yo tampoco... O por ahí sí, y me niego a mí mismo la verdad.-
Ante ese dicho, Morena pareciera completar en su mente un rompecabezas con el que viene lidiando hace días. Se dan vuelta a ver a Martín, quién está ido en sus pensamientos internos. Ella pareciera entender todo el contexto sin siquiera escucharlo de su parte. Se acerca a su lado y apoyando la mano en su hombro le dice.
—El informe está muy bien Martín... . Pero quedó algo... "Inconcluso"... ¿Me acompañás un segundo a la oficina de Robert?-
-Emm... Si, obvio... Pero mirá que lo revisé 3 veces...-
Ella solo gira la cabeza y le guiña un ojo acompañado de un gesto de invitación a seguirla. En la caminata hacia el despacho, la duda lo carcome. Lucía en la pileta con ese tipo. ¿Y si ya pasó algo? ¿Por qué no hablo con ella? ¿Por qué dejo que esto me coma?
Los pensamientos quedan momentáneamente pausados al entrar a la oficina de Robert. Luego que Martín pasa, Morena que estaba en el marco, mira para un lado y para otro confirmando que no hay nadie y cierra la puerta. Usa el dimmer y baja la intensidad de las luces. Toma dos vasos y el whisky de Robert y sirve para ambos. Le das uno a Martín. Morena se acerca demasiado, su perfume caro comienza a hipnotizarlo. Ella baja la cortina de la oficina quedando ambos invisibles ante la mirada furtiva de algún curioso que entrara o quedara por ahí. Parece que Morena se apodera de la oficina y se quita un sweter quedando en camisa la cual se desabrocha un botón. Lo mira fijamente como un león acechando a su presa. Apoya su gran culo en el escritorio, corriendose lentamente justo en frente de Martín quien parecía resistir ante la tentación.
—Che tincho... ¿Sabés que no te mando esas fotos jodiendo, ¿no? —dice con voz seductora—. Son para que pienses en mí... Y me encanta saber que funciona...-
Martín siente la bronca subir. Los celos le traen imágenes de Lucia estando con Hernán en la pileta, se enoja y a su vez, las piernas cada vez más visibles de Morena que lo están rodeando sutilmente, lo están volviendo loco. Morena lo nota, y sabe que lo tiene ahí a su merced. En un último atisbo de moralidad, Martín intenta repeler a su compañera.
—Morena... —empieza, pero ella lo besa primero.
El beso es tan pasional, tan cargado de deseo que él no puede sino ceder, la besa con rabia. Morena gime, le desabrocha la camisa despacio, le araña el pecho. Él le sube la pollera poco a poco, roza el portaligas negro, siente con los dedos al meter mano por debajo que no tenía ropa interior.

Está mojada, muy caliente. Él baja de rodillas, le abre las piernas y observa una concha madura totalmente depilada y llena de humedad. Morena lo mira muy excitada y le toma la cabeza invitándolo. Le come la concha lento al principio, lengua explorando, haciendo que ella jadee. Acelera, chupa el clítoris hasta que Morena acaba en su boca, temblando, agarrándole el pelo. Se desprende la camisa y saca su corpiño para poder liberar sus tetas y pellizcarlas.
Luego ella se arrodilla, le saca la pija y se la chupa profundo, experta, mano y lengua trabajando juntos. Martín gruñe,se acerca al borde de un placer sin igual, le manosea las tetas y cada tanto baja a chupárselas para luego pararse y dejar que ella siga probando carne joven. Él ya no puede resistir y acaba en la boca de ella, chorros calientes que Morena traga sonriendo, solo escapando algún que otro chorrito por sus labios. Exhaustos, Morena se levanta, se limpia la boca con el dedo índice de su dedo.
—Vení a mi casa y la seguimos —dice, voz ronca—. Quiero la segunda parte bien cómoda.-
Pero Martín siente la calentura yéndose y la culpa caer como plomo.
¡¿Qué mierda pasó?! Esto no lo había visto venir. Este impulsivo. Esta bronca. Esta duda con Lucía. Es un error. Metí la gamba mal...
—No, More... —dice, arreglándose el pantalón—. Me encanta lo que pasa... Me calentás como nadie. Pero tengo novia. Queremos explorar experiencias, pero no así. No a escondidas.-
Morena sonríe, se limpia las tetas de las gotitas de semen que salpicaron, como disfrutando el momento.
—Entiendo perfectamente, pendejo. Pero me falta sentarme arriba de esta todavía—dice, agarrando la pija aún erecta por encima del pantalón—. Avísame cuando cambies de idea, por qué sé que mí concha te encantó...-
Se abrocha la camisa despacio, ojos fijos en él, le da un beso en la boca y se va silbando. Martín se queda solo, la culpa pica fuerte. Se vuelve a sentar en el escritorio, pero ahora el ocaso es pleno, la luz del sol se fue. Solo hay oscuridad y luces artificiales que iluman la cara de un hombre abatido por el deseo.
Fue por la duda. Por ira. Impulsivo torpe. Ahora cómo miro a Lucía. Pero seguramente ella... Ella esté pasándola mejor...
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Llegan al departamento casi al mismo tiempo. Se cruzan en el pasillo enfrente de la puerta. Se dicen un "hola" frágil, mientras ella mete las llaves. No se miran a los ojos, pero cada uno ve en el otro marcas en la piel de que "pasaron cosas". Lucía entra primero, Martín 5 segundos después. La casa huele a cerrado, a bronca vieja. Se miran en el living. Ninguno habla al principio. La cosa se tensa mucho, la culpa está fresca pero la ira resurge y al no aguantar más, Lucía rompe el hielo.
—¿Te divertiste hoy en la oficina con la vieja trola esa de tu jefa?- Los ojos llorosos aún de natación, ahora inyectados de furia al notar el pecho de Martín con una rasguño.
Martín aprieta la mandíbula. Ve la dirección de la mirada y efectivamente es su pecho el delator. La culpa pesa, pero el orgullo hiere más. Ve el leve temblor en la pierna de ella, una característica que solo ve en cierta ocasión íntima. La bronca resurge mezclada de celos.
—¿Y vos? ¿En la pileta con el que te manda fotos del bulto, no?- El silencio se rompe como vidrio. Lucía explota primero.
—¡¿Viste la foto que te mandó?! ¡¿El escote con las tetas casi al aire y la copa de vino?! ¡¿Y vos qué hiciste, Martín?! ¡¿Le respondiste algo lindo?! ¡Vas a los after por esa mina! ¿Te pensas que soy boluda?-
Martín levanta la voz furioso.
—¡¿Y vos?! ¡¿Viste la foto del forro ese en toalla, con la pija marcada?! ¡¿Y qué hiciste vos, Lucía?! ¡¿Qué carajos hiciste?!-
Se acercan demasiado, caras a centímetros, respiraciones agitadas. Lucía lo empuja contra la pared y le da un cachetazo. Él la mira con una leve sonrisa, sin esperarse eso. Ella con bronca le confiesa.
—¡¿Sabés qué hice?! ¡¿Querés saber, eh?!... ¡Me dejé tocar por él! En el vestuario. Me bajó la malla y me chupó las gomas hasta casi hacerme acabar... ¿Y sabes que hice también? Le chupé la pija hasta que se vino en mi muslo. Esta pierna que me ves tamblar... -
Martín la mira, los ojos encendidos de bronca y algo más que comienza a darle satisfacción y deseo. Está enojado, pero le gusta redoblar la charla. Siente que ese fuego casi extinto de repente se encendió y quiere mantenerlo vivo.
—¡Ah bueno! ¡Yo sabía! ¡¿Y sabés qué hice yo?! ¡Me besé con Morena en la oficina del jefe! Le subí la pollera, le comí la concha hasta que se mojó toda en mi boca. No aguantó y me chupó la pija hasta que le llené de leche la boquita.-
El silencio cae pesado. Se miran fijo, respirando fuerte.
Lucía siente la bronca transformarse en otra cosa... De repente se sincroniza con las vibraciones de Martín y viene ese sentimiento de satisfacción y deseo... Calentura pura. Martín lo nota y sin perder el tiempo, ahora desnudos de sus secretos, la empuja contra la pared opuesta, la besa con odio, mordiendo el labio hasta que sangra un poco. Lucía le araña la espalda, le desgarra la camisa rompiéndola. Se quitan la ropa a los tirones, botones volando, ropa cayendo en cualquier lugar del piso.

En el living, sobre la mesa, Martín la levanta, le abre las piernas, le mete la pija de una embestida brutal. Lucía grita, clavándole las uñas en los hombros.
—¡Hija de puta! Contame más... —gruñe él, cogiéndola fuerte, lento al principio, acelerando—. Contame cómo te tocó ese forro...-
Lucía jadea, mueve las caderas contra él. Con los leves momentos que dan las embestidas, narra todo.
—Me chupó las tetas mojadas despacio... Ahg... mordiéndome los pezones...mmm sí.... Me metió dos dedos adentro, curvos, tocándome el punto... me tenía chorreando, gimiendo como una puta... yo me arrodillé, se la chupé profunda, lengua en la cabeza... mano apretando hasta que me acabó caliente en mi muslo... ¿Te gusta no hijo de puta? ¿Qué me coga otra verga... Que sea una trola?...-
Martín acelera, gruñe, manos en las caderas apretando fuerte. La da vuelta a Lucia con una fuerza que antes no demostró, y la pone en cuatro en solo un movimiento. Le chupa la concha mientras le dedea el culo. Ella comienza a gemir muy fuerte.
—Y yo... ¿Sabés que le hice a la vieja? Le subí la pollera, le abrí las piernas, le comí la concha madura, lengua adentro, chupando el clítoris hasta que se mojó temblando en mi boca...- Lucia comienza a temblar imaginando a su pareja con otra mujer. Le calienta mucho.
-Forro... Sos una mierda... Ahh ahhh.... ¿Te la chupó? Contame...- Trata de hablar entre gemidos mientras Martín ya la coge vaginalmente con una falange en el ano.
-Goloza sos eh... Después se arrodilló, me chupó la pija con un nivel y con un hambre, hasta que le dejé la leche en su garganta, tragando todo...-
-Mmm amor, sos un forro...¡Ahhh!-
Lucía acaba al instante, pero quiere más. Busca comodidad y pasan a la habitación. Caen en la cama deshecha. Frente al espejo. Lucía se pone de rodillas, culo en alto, Martín la toma por atrás, una mano en el pelo colorado tirando, la otra frotando el clítoris. Se miran en el reflejo, ojos vidriosos.
—Mirate —dice él, voz rota—. Mirá cómo te cojo pensando en lo que hicimos hoy. En cómo te pusiste celosa y te fuiste a buscar pija... No te alcanzó con el dildo, golosa de mierda...-
Lucía se mira: cara roja, pelo colorado revuelto, tetas rebotando, concha brillando con jugos y sudor. Está muy caliente, acaba repetidas veces, apenas puede decir alguna que otra palabra, la verga de él está como nunca de parada, toda la situación lo había puesto como un semental. Martín atrás, sudado, pija entrando y saliendo lenta, profunda, acelerando a estocadas brutales.
—Más fuerte —gime ella—. Castigame por Herny. Por lo puta que fui...-
Martín gruñe, la coge salvajemente, las bolas golpeando contra el clítoris. Ve en el reflejo del espejo, el dildo todavía en la mesita de luz, a un costado del velador, con su bolsita negra. Decide agarrarlo y al tocarlo siente el perfume de Gisela... Había un pañuelo rojo de ella en una parte de la habitación, seguramente caído de su mochila, entre el borde de la cama y la mesita de luz. Esto lo enciende aún más. Sacá su pene y mete el dildo...
-Toma putita, acá tenés a tu Hernán, a ver cómo lo montas...-
Lucía sube y baja con mucha calentura, no solo el dildo sino la cama se empieza a mojar de tanta humedad. Sin avisarle, apoya la punta de la pija sobre su ano con saliva y dedeado anteriormente.
-¿Así te montas con la Hernán? Bueno... Ahora también te toca esta...- Empuja la punta del pene con tanta potencia, que se introduce en el recto de Lucía.

Ella grita de placer, mientras se introduce el dildo, la cabeza del pene de Martín logra pasar el anillo del culo. La presión es muy grande y el placer es monumental. Con mucha cautela comienza a cogerla por el culo, y ella gime como loca. El orgasmo los agarra juntos, brutal y gritado. Lucía acaba apretándole adentro, sus chorros saliendo inundan la cama. Martín siente esa presión una última vez y le acaba adentro llenándola, leche caliente derramándose por las nalgas.
Se derrumban en la cama, jadeando, cuerpos marcados: mordidas, arañazos rojos, un culo dilatado que poco a poco vuelve a su forma natural. El semen fresco secándose lentamente por sus piernas. Respiración profunda y constante que va recuperando su ritmo a medida que pasan los segundos. Los ojos mirando el techo mientras ambos aún gozan del placer. Luego un silencio pesado. Logran verse de costado y se escapan unas risas nerviosas. Están analizando interiormente todo lo sucedido en un día... Y el final sobre todo. La balanza a fin de cuentas, daba un resultado inesperado.
Lucía habla primero, voz baja.
—No quiero que vuelva a pasar por afuera. Me jode demasiado. Siento que te lastimo y no puedo llegar a disfrutar nada.-
Martín la abraza desde atrás, barba raspando la nuca.
—A mí también, me gustó lo que pasó pero no la forma...Me vuelve loco imaginarte con él, pero también me encanta tenerte a la vez.
Se quedan así un rato.
Lucía susurra:
—Entonces que pase… adentro. Con quien nos vuelva locos a los dos. Pero siempre decidido por ambos...-
Martín besa su hombro.
-Me parece bien, aunque ya hemos abierto mucho la puerta a nivel individual, y se metieron dos personas... -
-Lo sé Martín, pero es cuestión de hablarlo con ellos, marcar límites... Salvo que quieras abrir la pareja...-
-No Lu, no puedo abrir como si nada... Me parece que a la larga o perderíamos la confianza o mucho peor, perderíamos el interés en el otro. Daría igual lo que haga uno, y ya no serviría...-
-En eso estoy de acuerdo amor. Al menos, por ahora, retomemos y vayamos tranquilos...-
-Ya sé a dónde querés retomar...-
Ambos miran el espejo y se ríen. Martín estira su mano por fuera de la cama, inclina su cuerpo y saca el pañuelo rojo de Gisela.
-Toma, creo que estamos necesitando devolver un zapato de cristal a nuestra cenicienta...- Le deja el pañuelo con el perfume sobre las tetas.
Ella se sorprende gratamente con una sonrisa de lado a lado. Acerca la prenda para poder sentir el perfume.
-Mmm que rico se siente... Creo que es correcto avisarle ¿No?- dice ella frotando el pañuelo con sus tetas. Sonríe en la oscuridad.
Martín estira la mano, agarra el celular de la mesita. Abre el chat con Gisela. El último mensaje es de semanas atrás, cuando vino por el espejo.
Escribe:
Martín (02:17)
“¿Seguís pensando en nosotros? Porque nosotros no paramos de pensar en vos. Hay un pañuelo tuyo, creo que deberías venir a buscarlo...”
Lo envía. Apaga la luz. En el espejo, a oscuras, dos cuerpos abrazados. Caen en el letargo del sueño, felizmente cansados luego de una jornada de muchas emociones. No obstante, el fuego resurge, y los dos leños esperan un tercero...

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