Buenas, cómo están?
Les traigo la tercera parte de esta historia.
Si no leyeron las otras partes, se las dejo acá:
1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6372738/3-Cuerpos-7-Pecados-Intro-Capitulo-I.html
2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374111/3-Cuerpos-7-Pecados-II.html
Desde ya gracias por los mensajes y puntos!! Son todos bienvenidos.

III - Gula
El sol de la mañana se filtra a través de las cortinas claras del dormitorio, dibujando rayas doradas sobre las sábanas revueltas. El trino insistente de los pájaros en el balcón despierta a Lucía, que abre los ojos azules con pereza, el cabello cobrizo desparramado sobre la almohada como un halo revuelto. A su lado, Martín duerme profundo, boca entreabierta, barba al ras con esa sombra sutil que le da un aire más rudo. Lucía sonríe pícara al verlo —y al recordar los truenos, los videos, las confesiones susurradas en la oscuridad—. Se acerca despacio, roza sus labios con los de él en besos suaves, primero en la comisura, luego en el cuello, bajando hasta el pecho.
—Mmm... —murmura Martín, despertando entre bostezos, brazos rodeándola instintivamente, mano deslizándose por la curva de su cadera desnuda bajo la sábana.
—Buen día, dormilón —susurra ella, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Los pájaros ya están cantando hace rato, y yo tengo hambre...-
Él abre los ojos marrones, sonríe con fiaca, atrayéndola para un beso más profundo, lengua perezosa explorando. Se enredan un minuto, cuerpos pegajosos del sudor de anoche rozándose, erección matutina presionando contra su muslo. Lucía siente el cosquilleo familiar, pero el hambre real gana. Entre bostezos y risas bajas, se levantan: Lucía se pone la remera oversized de él que le llega a medio muslo, nada debajo —pezones marcados sutilmente, cola monumental asomando al caminar—; Martín solo boxers, estirándose con un gruñido satisfecho, mirada fija en ella.

Van juntos al baño, la ducha compartida como ritual matutino: el agua caliente cae sobre ellos, vapor llenando el espacio pequeño. Martín la enjabona primero, manos resbalando por su espalda pálida con pecas, bajando a la cintura marcada y apretando la cola monumental con posesión juguetona. Lucía ríe, se da vuelta y le devuelve el favor, dedos recorriendo su pecho definido, bajando al abdomen hasta envolver su erección matutina dura como piedra.
—Mirá cómo amaneciste vos también —susurra ella pícara, empezando una paja lenta y resbaladiza con el jabón, subiendo y bajando el ritmo, pulgar rozando la cabeza sensible.
Martín gime bajo, apoyando la frente en la de ella, manos subiendo a sus pechos naturales, pellizcando pezones endurecidos.
—No pares, bebé... justo lo que necesitaba para empezar el día —murmura ronco, besándola fuerte mientras acelera las caderas contra su mano.
El agua chorrea por sus cuerpos entrelazados, vapor subiendo. Lucía aprieta más, ritmo experto, hasta que él se tensa, acaba caliente y abundante sobre su panza y muslos, chorros mezclándose con el agua. Jadean riendo, beso final perezoso.Terminan de lavarse y secarse mutuamente renacidos y relajados para un nuevo día. Salen envueltos en toallas, piel fresca y perfumada, él se viste rápido con el bóxer nuevo mientras ella prepara el café, el olor a jabón y deseo residual flotando en el aire.
En la cocina, preparan desayuno rutinario: café fuerte, tostadas con dulce de leche, mate compartido. Se sientan a la mesa, piernas entrelazadas bajo ella, pero ninguno menciona la noche. Hablan de boludeces: el clima que mejoró después de la tormenta, el laburo de él, el home office de ella. Sin embargo, en la cabeza de Lucía revolotean flashes —el video de la pelirroja "gemela" compartida, el dildo entrando sincronizado, su propia confesión de querer "una concha caliente en la boca"—. Siente un cosquilleo residual entre las piernas, cruza las miradas con Martín y se sonroja levemente, mordiendo la tostada para disimular.
Martín, por su parte, piensa en lo mismo: cómo ella acabó temblando con "dos al mismo tiempo", la frase colgando "que alguien nos viera...", el morbo que los unió más que nunca. La mira comer y siente ganas de tirarla sobre la mesa, pero el reloj apremia y ya habían probado un bocado en el baño, tampoco pecar de gula... Todavía... Modo cotidiano activado: se levanta, se viste rápido —camisa azul ajustada marcando torso, jeans—, ella lo acompaña a la puerta.
El beso de despedida es largo, intenso: manos en la cola de ella, lengua invasiva, un gemido bajo compartido.
—Volvé temprano, eh —susurra Lucía, rozando el bulto en sus jeans.
—Prometido, bebé —responde él, guiñando ojo—. Te extraño ya.
Se marcha. Lucía cierra la puerta, suspira con sonrisa, organiza la casa —tiende la malla roja que ya seca, dedos rozándola un segundo con recuerdo caliente—, y se pone en modo home office: laptop en la mesa, auriculares, café refill.
Durante el viaje en auto al trabajo —tráfico porteño matutino, radio con música indie—, Martín reflexiona. Lo de anoche no fue solo sexo: fue un resurgir, una puerta abierta a lo prohibido. Recuerda cómo Lucía se puso loca con los videos, especialmente el MMF y el FFM, los gemidos sincronizados con truenos. Y esa frase final, "me mataría una pija adentro y una concha en la boca"... Lo excita y lo intriga. Quiere explorar, empujar un poco más, intentar algo real. Siente que la pareja está lista para más, y él está dispuesto a guiar el camino.
------------------------
En las oficinas abiertas de Prometeo S.A., el zumbido constante de teclados, llamadas telefónicas y el aroma a café recién hecho llena el aire climatizado. Martín finge concentrarse en un Excel lleno de números que no registra, pero su celular —apoyado en el escritorio, modo incógnito— muestra SexShopOnline. El dildo realista de 19 cm lleva más de una hora en el carrito: piel suave, venas marcadas, grosor intimidante. Lo mira fijamente, pulgar suspendido. Imagina a Lucía usándolo, gimiendo "dos al mismo tiempo" como anoche, la confesión de querer una concha en la boca... La duda lo paraliza: ¿demasiado pronto? ¿La va a volver loca de placer o la va a asustar?
De repente, el taconeo inconfundible de Morena se acerca por el pasillo. Pollera corta negra imposible —subiéndose al caminar, mostrando muslos blancos tonificados y portaligas sutiles—, top ajustado blanco con blazer abierto marcando pechos generosos, cabello violeta con flequillo perfecto enmarcando ojos azules fríos y astutos. Ve a Martín en esa duda existencial y se acerca por detrás, apoyando deliberadamente los pechos firmes en su espalda, manos empezando un masaje lento y firme en los hombros.
—Estás muy tenso, Tincho... —susurra cerca de su oído, aliento cálido, perfume floral intenso envolviéndolo.
Martín pega un salto sutil, minimiza la pestaña en una fracción de segundo, pero Morena ya vio: el dildo grande en el carrito. Sonríe interna, astuta.
—Ah, hola More... Sí, es que... Bueno... Yo estaba viendo... —balbucea él, rubor subiendo por el cuello, sintiendo el calor de sus pechos y el roce.
—Jajaja, ay mírate... El que nos salva con el banco, todo tímido... Estás irreconocible —dice ella, pechos aún presionados, dedos masajeando con firmeza juguetona—. Veo que estás eligiendo algo... grande para alguien especial.-
Justo en ese momento pasa Tomás —el más joven y nuevo de la agencia, apenas 22 años, morocho desprolijo con pelo revuelto y una sonrisa eterna de chico inquieto, el bromista clásico que siempre intenta tirar onda pero nunca le sale una, dejando chistes a medias y rubores propios—. Lleva un café en la mano, ve la escena y suelta bajito, con tono juguetón pero inseguro:
—Uy... ¿masajito para descontracturar?-
Morena gira la cabeza con elegancia, sonrisa profesional pero mirada fría que lo congela al instante, sin soltar a Martín.
—Tomás, justo vos... Andá preparando el mockup de la campaña nueva, que en diez minutos lo revisamos todos juntos —dice con tono suave pero firme, eludiendo cualquier invitación con maestría, dejando al chico incómodo, ruborizado y murmurando un "dale, ya voy" mientras se aleja rápido hacia su puesto.
—No seas mala, More... No me quemes, jajaja —responde Martín nervioso, riendo para disimular la semi-erección que empieza por el roce prolongado.
—Ay no, tranquilo Tin... Acordate lo que te dije: sos joven, aprovechá las oportunidades que se dan... Y si no se dan, crealas —culmina bajito, guiño cargado, antes de retirarse contoneando hacia su escritorio, portaligas asomando sutil.
Martín se queda solo, pulso acelerado por el coqueteo, el casi-pillado y el perfume que aún flota. Esa frase resuena como permiso definitivo. Abre la pestaña de nuevo, mira el dildo una última vez —pensando en Lucía temblando de placer— y click en "comprar". Confirmado. Sonríe para sí, el día acaba de subir varios grados. Guarda el teléfono y vuelve al Excel, fingiendo productividad mientras la mente divaga en la sorpresa que le espera a Lucía.

El resto de la mañana transcurre en reuniones rutinarias y mails, pero cerca del mediodía, Roberto —su jefe— lo llama a su oficina vidriada. Martín entra, nota en mano.
—Siéntate, Tincho —dice Roberto, recostado en la silla, café en mano—. Te quería comentar: en unos días me voy de viaje con Claudia, unas vacaciones pendientes a Europa. Quedo fuera dos semanas.-
—Genial, jefe, se lo merece —responde Martín, genuino.
—Sí, por fin... Mirá, mientras tanto queda Morena a cargo. Pensé en vos para la regencia, tenés el perfil, pero preferí a ella por la experiencia y la edad, ya sabés cómo es esto. Lleva solo unos meses, pero es directora de arte, trae aire fresco. Además desde arriba la impulsan fuertemente ya que viene de una empresa rival... en fin... Igual quiero que la asesores fuerte, vos conocés la casa como nadie, llevás más tiempo y sabés cómo manejar al equipo y los clientes pesados, vos estás para un puesto más alto y cuando pueda, lo voy a administrar... Si no mí mujer me mata jajaja siempre te manda saludos.
Martín asiente, profesional:
—Jajaja Gracias. Claro, Roberto, contá conmigo. La ayudo en lo que necesite, no hay drama. Además es una buena compañera.
—Perfecto, sabía que podía contar con vos. Sos de los buenos, Tincho. Dale, seguí con lo tuyo. Y che... Nuevamente felicitaciones por lo del Banco metropolitano, avanzamos muy bien gracias a vos.-
Salen de la oficina con palmada en la espalda. Martín vuelve a su puesto, mente dando vueltas: Morena a cargo, más tiempo juntos, más "oportunidades" que crear... El rubor vuelve sutil, pero lo disimula. Morena desde su isla, observa la situación sin ser vista, y sonríe discretamente juntando las yemas de los dedos índices de sus manos, formando un triángulo, y apoyándolo sobre sus labios... Estudiando y planificando cosas en su mente.
El día laboral termina con el sol ya bajo. Martín apaga la computadora, agarra mochila y sale al tráfico porteño. En el auto reflexiona los aires de cambio que están soplando en su vida en estos días. Tiene una sensación, como un presentimiento de que algo está por cambiar definitivamente, para bien o para mal... No obstante centra si atención en ir a buscar su última compra.
-------------------------------------
Una vez terminado el trabajo home office, Lucía cierra la laptop con un suspiro de alivio, el sol de la tarde filtrándose por el ventanal del living y bañando todo en luz cálida. Se pone auriculares inalámbricos y activa el audiolibro erótico que descargó por impulso —nunca fue su estilo, pero los últimos días despertaron una curiosidad voraz, insaciable, que la empuja a explorar lo prohibido—. Pasea descalza por el living, shortcito de jean ajustado marcando su cola monumental y muslos firmes, top deportivo negro ceñido sin corpiño debajo —pezones endurecidos sutilmente, pecas dispersas en el escote sonrojado, cabello cobrizo suelto en ondas revueltas.
El relato medieval arranca romántico: una mujer dividida entre su esposo y un guerrero valiente que regresa reclamando su amor. Lucía sonríe al principio, pero pronto se pone crudo —besos furtivos, manos bajo armaduras, gemidos en la oscuridad—. Culmina en un trío salvaje: la mujer entregada a ambos, cuerpos sudorosos entrelazados, penetraciones dobles, placer desbocado. Lucía siente el calor subirle por el cuello, mano bajando instintiva al shortcito, dedos presionando sobre la tanga empapada, rozando el clítoris en círculos lentos. Se para frente al ventanal, reflejo nítido: pelirroja curvilínea tocándose, caderas ondulando, sonrisa pícara y solitaria. Recuerda la noche anterior —los videos, la confesión FFM—. El deseo late fuerte, ruega en silencio que Martín llegue ya para follarla hasta saciarla. Se obliga a parar, se sienta en el sillón con piernas cruzadas apretando sutil, pone una serie random para distraerse.
Vibra el celular: WhatsApp desconocido.
+54 9 11 66**-**
"Hola, cómo estás? Soy Hernán, compañero tuyo de natación... Le pedí el número a Sofi. Espero no molestar ☺️"
Lucía se queda helada. Sofía es la única con su número para temas de clase... ¿por qué se lo dio? Lo ubica perfecto: el alto, buen lomo definido, cabello platinado corto, unos 30 años, el último en anotarse —el que más la devoraba con los ojos el día de la malla roja—. Charlas breves, buena onda, pero esto es directo. La curiosidad la pica fuerte. Responde:
Lucía
"Hola, todo bien y vos? Pasó algo?"
Respuesta inmediata:
Hernán natación
"Hey! No, nada malo, perdón si es inesperado jajaja. Honestamente le pedí tu celu a Sofi porque tenía ganas de invitarte a tomar algo... Sin compromiso! 😁"
No lo cree. Onda clarísima. Nunca habló de su pareja en natación. Se sonroja intenso, calor subiendo. Mira al balcón: malla roja secándose al sol. Conexión instantánea —el salto, su mirada fija—. Sonríe pícara y escribe:
Lucía
"Ah bueno Hernán, no me esperaba esa invitación jajaja... Creí que consultabas algo de natación o de Ivana. ¿Sabés que estoy en pareja?"
Hernán natación
"Uy, no sabía... Perdona si compliqué algo jajaja me tiré al lance la verdad... Desde que te vi con la malla roja tomé la decisión de escribirte... No la retes a Sofi, please jajaja"
Lucia
"No pasa nada Hernán, tampoco hablo mucho de mi vida en natación jajaja."
Hernán natación
"Igualmente quiero invitarte a tomar algo... Solo un café, sin compromiso... Pensalo, no me contestes ahora... ¿Dale?"
Lucía se queda sin aliento, pulso acelerado. La calentura vuelve feroz —halago prohibido, imagen de él mirándola en la pileta—. Clava visto, bloquea el celular y lo deja a un lado, respiración agitada. Cruza las piernas fuerte, mano rozando sutil el shortcito, pero se contiene. Se levanta, va al balcón y toca la malla roja aún tibia del sol, dedos recorriendo la tela como recordando las miradas colectivas. Sonríe nerviosa, un cosquilleo nuevo entre culpa y excitación. Por ahora, espera a Martín... aunque la idea de "pensarlo" queda colgando, tentadora, como una puerta entreabierta que no sabe si cerrar o empujar un poco más.

-------------------------------------------------
Martín arranca el auto del estacionamiento de la oficina, el tráfico porteño ya denso con el atardecer tiñendo el cielo de naranja. El pulso le late fuerte en las sienes, pero se enfoca en el plan. Primera parada: el local discreto del sex shop en Palermo. Entra rápido, firma, recibe el envoltorio negro sin etiqueta —compacto, inocuo—. Lo guarda en la mochila, excitación sutil creciendo. Para disimular, pasa por una tienda cercana y compra cortinas naranjas livianas, pensando que dan un toque alegre al living. Las mete arriba del paquete y sigue camino al PH, sonrisa anticipada.
Llega cuando el aroma a ajo salteado y tomate fresco ya impregna el pasillo. Abre con llave, mochila al hombro. Lucía sale de la cocina al oírlo —shortcito de jean ajustado marcando su cola monumental y muslos firmes, top deportivo negro ceñido sin corpiño debajo, pezones endurecidos sutilmente contra la tela fina, pecas dispersas en el escote sonrojado, cabello cobrizo suelto en ondas revueltas—. Lo recibe con beso intenso en la puerta, cuerpo pegado, mano rozando el bulto que empieza a formarse en sus jeans, aroma a salsa casera mezclándose con su perfume dulce.
—Llegaste justo, amor... los tallarines están casi listos —susurra ella contra su boca, voz juguetona, caderas presionando sutil antes de soltarlo.
—Y yo con hambre de todo —responde él, beso profundizándose un segundo más, manos en su cintura marcada antes de entrar.
Lucía vuelve a la cocina riendo, Martín deja la mochila en el sillón y la sigue. La ve revolver la salsa en la olla —tomate fresco con albahaca, ajo dorado, un toque de orégano que perfuma todo—. Él se acerca por detrás, brazos rodeándola, beso en el cuello mientras ella prueba con la cuchara de madera.
—Mmm, está perfecto... probá —dice ella, girando para darle una cucharada, salsa caliente rozando sus labios, sabor intenso explotando en la boca.
—Delicioso, como vos —murmura él, lamiendo sutil el resto de la cuchara, mirada fija en sus ojos azules.
Se sientan a la mesa del living, platos humeantes de tallarines enrollados en tenedor, queso rallado fresco espolvoreado, vino tinto barato pero rico en las copas. Charlan ligero, pero con esa corriente eléctrica debajo.
—¿Cómo te fue el día? —pregunta ella, enrollando pasta, mejilla apoyada en mano, pezones aún marcados contra el top al inclinarse.
—Bien, lo de siempre... reuniones, Excel eterno —responde él evasivo, pero sonriendo—. Vos, ¿trabajaste mucho home?-
—Bastante, pero terminé temprano —dice ella, sonrojo sutil subiendo al recordar el audiolibro y el auto-toque—. Me relajé un rato después... paseando por casa.
Martín nota el tono, arquea ceja juguetón.
—¿Relajaste cómo? —pregunta, pie rozando su pierna descalza bajo la mesa.
Lucía ríe, patea suave de vuelta.
—Escuchando cosas... interesantes. Después te cuento —guiña ojo, mordiendo labio.
Comen lento, miradas cruzadas, vino calentando la sangre. Él le cuenta anécdota inocua de la oficina (un compañero torpe con el café), ella ríe fuerte, mano tocando su brazo. El vapor de la pasta sube, aroma envolvente, tenedores chocando suave. Terminan los platos, Lucía se levanta a guardar, cola contoneando deliberada al pasar cerca.
Martín va por la mochila.
—Traje una sorpresa... cerrá los ojos.-
Lucía obedece desde la cocina, sonrisa curiosa. Él saca primero las cortinas naranjas, las despliega teatral.
—Para el living, para dar color.-
Ella abre los ojos, estalla en risa, negando con la cabeza.
—Ay Tincho, nooo... ¿naranjas? No me gustan nada, son horribles, parecen de casa de tía vieja jajaja. ¿De dónde sacaste esa idea? —dice juguetona, doblándolas y tirándolas al sillón con drama—. Pero gracias por el intento, amor.-
Martín ríe nervioso, saca el paquete negro.
—Esa era la excusa... esto es lo real.-
Lucía lo agarra curiosa, lo abre despacio: el dildo realista de 19 cm aparece —piel suave, venas marcadas, grosor intimidante, bolas pesadas—. Se queda sin aliento, ojos abiertos, risa nerviosa convirtiéndose en mordida de labio.
—¿Para mí? —susurra, mano extendiéndose instintiva, tocándolo, dedos recorriendo la textura—. Es... enorme.-
Martín asiente, voz ronca, acercándose.
—Para lo que dijiste anoche... "dos al mismo tiempo".-
Ella lo mira, ojos azules brillando de deseo puro, sonrojo intenso. Lo besa fuerte, mano bajando al bulto real de él mientras la otra aprieta el juguete.
—Vamos a la pieza... no aguanto más.-
Se levantan entrelazados, rumbo al dormitorio, ropa empezando a volar por el pasillo.
El dormitorio está en penumbras, solo la luz tenue de la lámpara de noche filtrándose por la persiana entreabierta, proyectando sombras suaves sobre el acolchado revuelto de la cama king. Dos figuras jóvenes se mueven con euforia contenida, cuerpos sudorosos entrelazados en un 69 de lado perfecto —Lucía arriba, Martín abajo, ritmos sincronizados como si llevaran años practicando esto.
Martín tiene la cabeza hundida entre los muslos firmes de su novia, dildo en mano derecha guiando entradas lentas y profundas, viendo fascinado cómo los labios vaginales rosados se humedecen más con cada embestida, dilatándose alrededor del grosor realista, jugos brillando en la textura venosa. Su lengua juega ocasional en el clítoris hinchado, saboreando el salado dulce de ella. Lucía, por su parte, devora la pija dura de Martín —labios recorriendo desde la cabeza hinchada hasta la base, lengua lamiendo bolas pesadas, ataques repentinos de garganta profunda que lo hacen gemir contra su concha. Saliva everywhere, hilos conectando boca y tronco cada vez que se separa para respirar.
Todo sincronizado: cada embestida del dildo, ella baja más hondo; cada lamida de él, ella succiona más fuerte. El dildo ya está enterrado completo, y las piernas de Lucía tiemblan incontrolables, muslos apretando su cabeza.
—Dos… me cojen de a dos… —gime ella con la boca llena, voz rota y vibrando contra su piel, saliva escapando por las comisuras.
Martín acelera feroz, mano firme empujando el juguete fuerte y rápido mientras su lengua ataca el clítoris. Lucía tiembla entera, concha apretando el gomoso invasor como un puño. Justo cuando el orgasmo la parte al medio —cuerpo arqueado, gemido ahogado—, saca la pija de la boca y grita:
—¡Me vuelve loca sentir dos al mismo tiempo…!
Fluidos vaginales bajan copiosos por el tronco del dildo, brillando. Martín lo saca lento, fascinado, y se abalanza a chuparle la concha desesperado —lengua plana lamiendo todo, succionando clítoris sensible, saboreando su esencia post-orgasmo. Lucía, aún en las nubes, disfruta como frutilla del postre, caderas moviéndose sutil contra su boca.
Mientras él juega con la lengua en su clítoris hinchado, Lucía —ojos cerrados, pelos cobrizos revueltos pegados a la frente sudorosa, acostada boca arriba con lengua afuera esperando— masturba veloz la pija de Martín y confiesa jadeante:
—¿Sabés lo que me mataría de verdad…? ¡Tener una pija adentro y una concha caliente en mi boca… una concha de verdad!
Las palabras impactan como rayo. El pene de Martín se hincha imposible en su mano, pulso descontrolado, y acaba fuerte —chorros calientes salpicando cara, mejillas, labios de Lucía—. Él cae redondo a su lado, relajado total, respiración agitada. Les cuesta segundos reponerse, cuerpos temblando residual.
Logran abrazarse, jadeando, dildo aún dentro de ella siendo expulsado lento por contracciones. Martín lo retira con cuidado; Lucía, pícara, lo chupa todo —lengua limpiando sus jugos del tronco gomoso, metiéndoselo profundo en la boca como demostración. Martín queda maravillado, ojos fijos.
Finalmente, ella se limpia la mejilla con dedo, lo chupa lento y sonríe juguetona.
—Gracias por el regalito… aprobado con honores.-
—De nada, mi amor... Aunque me parece que ya sé qué postre te cae mejor de verdad... —responde él, voz ronca, riendo cómplice.
Ambos se miran profundo, ríen sin ahondar detalles. Pero las palabras de Lucía caen hondo en la psiquis de Martín —la idea de sumar una mujer real le vuela la cabeza, morbo nuevo mezclándose con posesión sutil. No dicen más; se levantan, se lavan rápido en el baño (risas por el desastre de fluidos), recalientan los tallarines postergados en el micro y comen desnudos en la cocina, charlando boludeces, felices.
Finalmente, se entregan plácidamente al descanso nocturno, abrazados bajo las sábanas frescas. Pero en sus mentes, los sueños ya no son inocentes: el fuego no se conforma con juguetes. La gula no solo quiere pene... quiere más piel, más sabores prohibidos. Quiere el calor real de una mujer.

Continua enhttps://www.poringa.net/posts/relatos/6374842/3-Cuerpos-7-Pecados-IV.html
Les traigo la tercera parte de esta historia.
Si no leyeron las otras partes, se las dejo acá:
1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6372738/3-Cuerpos-7-Pecados-Intro-Capitulo-I.html
2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374111/3-Cuerpos-7-Pecados-II.html
Desde ya gracias por los mensajes y puntos!! Son todos bienvenidos.

III - Gula
El sol de la mañana se filtra a través de las cortinas claras del dormitorio, dibujando rayas doradas sobre las sábanas revueltas. El trino insistente de los pájaros en el balcón despierta a Lucía, que abre los ojos azules con pereza, el cabello cobrizo desparramado sobre la almohada como un halo revuelto. A su lado, Martín duerme profundo, boca entreabierta, barba al ras con esa sombra sutil que le da un aire más rudo. Lucía sonríe pícara al verlo —y al recordar los truenos, los videos, las confesiones susurradas en la oscuridad—. Se acerca despacio, roza sus labios con los de él en besos suaves, primero en la comisura, luego en el cuello, bajando hasta el pecho.
—Mmm... —murmura Martín, despertando entre bostezos, brazos rodeándola instintivamente, mano deslizándose por la curva de su cadera desnuda bajo la sábana.
—Buen día, dormilón —susurra ella, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Los pájaros ya están cantando hace rato, y yo tengo hambre...-
Él abre los ojos marrones, sonríe con fiaca, atrayéndola para un beso más profundo, lengua perezosa explorando. Se enredan un minuto, cuerpos pegajosos del sudor de anoche rozándose, erección matutina presionando contra su muslo. Lucía siente el cosquilleo familiar, pero el hambre real gana. Entre bostezos y risas bajas, se levantan: Lucía se pone la remera oversized de él que le llega a medio muslo, nada debajo —pezones marcados sutilmente, cola monumental asomando al caminar—; Martín solo boxers, estirándose con un gruñido satisfecho, mirada fija en ella.

Van juntos al baño, la ducha compartida como ritual matutino: el agua caliente cae sobre ellos, vapor llenando el espacio pequeño. Martín la enjabona primero, manos resbalando por su espalda pálida con pecas, bajando a la cintura marcada y apretando la cola monumental con posesión juguetona. Lucía ríe, se da vuelta y le devuelve el favor, dedos recorriendo su pecho definido, bajando al abdomen hasta envolver su erección matutina dura como piedra.
—Mirá cómo amaneciste vos también —susurra ella pícara, empezando una paja lenta y resbaladiza con el jabón, subiendo y bajando el ritmo, pulgar rozando la cabeza sensible.
Martín gime bajo, apoyando la frente en la de ella, manos subiendo a sus pechos naturales, pellizcando pezones endurecidos.
—No pares, bebé... justo lo que necesitaba para empezar el día —murmura ronco, besándola fuerte mientras acelera las caderas contra su mano.
El agua chorrea por sus cuerpos entrelazados, vapor subiendo. Lucía aprieta más, ritmo experto, hasta que él se tensa, acaba caliente y abundante sobre su panza y muslos, chorros mezclándose con el agua. Jadean riendo, beso final perezoso.Terminan de lavarse y secarse mutuamente renacidos y relajados para un nuevo día. Salen envueltos en toallas, piel fresca y perfumada, él se viste rápido con el bóxer nuevo mientras ella prepara el café, el olor a jabón y deseo residual flotando en el aire.
En la cocina, preparan desayuno rutinario: café fuerte, tostadas con dulce de leche, mate compartido. Se sientan a la mesa, piernas entrelazadas bajo ella, pero ninguno menciona la noche. Hablan de boludeces: el clima que mejoró después de la tormenta, el laburo de él, el home office de ella. Sin embargo, en la cabeza de Lucía revolotean flashes —el video de la pelirroja "gemela" compartida, el dildo entrando sincronizado, su propia confesión de querer "una concha caliente en la boca"—. Siente un cosquilleo residual entre las piernas, cruza las miradas con Martín y se sonroja levemente, mordiendo la tostada para disimular.
Martín, por su parte, piensa en lo mismo: cómo ella acabó temblando con "dos al mismo tiempo", la frase colgando "que alguien nos viera...", el morbo que los unió más que nunca. La mira comer y siente ganas de tirarla sobre la mesa, pero el reloj apremia y ya habían probado un bocado en el baño, tampoco pecar de gula... Todavía... Modo cotidiano activado: se levanta, se viste rápido —camisa azul ajustada marcando torso, jeans—, ella lo acompaña a la puerta.
El beso de despedida es largo, intenso: manos en la cola de ella, lengua invasiva, un gemido bajo compartido.
—Volvé temprano, eh —susurra Lucía, rozando el bulto en sus jeans.
—Prometido, bebé —responde él, guiñando ojo—. Te extraño ya.
Se marcha. Lucía cierra la puerta, suspira con sonrisa, organiza la casa —tiende la malla roja que ya seca, dedos rozándola un segundo con recuerdo caliente—, y se pone en modo home office: laptop en la mesa, auriculares, café refill.
Durante el viaje en auto al trabajo —tráfico porteño matutino, radio con música indie—, Martín reflexiona. Lo de anoche no fue solo sexo: fue un resurgir, una puerta abierta a lo prohibido. Recuerda cómo Lucía se puso loca con los videos, especialmente el MMF y el FFM, los gemidos sincronizados con truenos. Y esa frase final, "me mataría una pija adentro y una concha en la boca"... Lo excita y lo intriga. Quiere explorar, empujar un poco más, intentar algo real. Siente que la pareja está lista para más, y él está dispuesto a guiar el camino.
------------------------
En las oficinas abiertas de Prometeo S.A., el zumbido constante de teclados, llamadas telefónicas y el aroma a café recién hecho llena el aire climatizado. Martín finge concentrarse en un Excel lleno de números que no registra, pero su celular —apoyado en el escritorio, modo incógnito— muestra SexShopOnline. El dildo realista de 19 cm lleva más de una hora en el carrito: piel suave, venas marcadas, grosor intimidante. Lo mira fijamente, pulgar suspendido. Imagina a Lucía usándolo, gimiendo "dos al mismo tiempo" como anoche, la confesión de querer una concha en la boca... La duda lo paraliza: ¿demasiado pronto? ¿La va a volver loca de placer o la va a asustar?
De repente, el taconeo inconfundible de Morena se acerca por el pasillo. Pollera corta negra imposible —subiéndose al caminar, mostrando muslos blancos tonificados y portaligas sutiles—, top ajustado blanco con blazer abierto marcando pechos generosos, cabello violeta con flequillo perfecto enmarcando ojos azules fríos y astutos. Ve a Martín en esa duda existencial y se acerca por detrás, apoyando deliberadamente los pechos firmes en su espalda, manos empezando un masaje lento y firme en los hombros.
—Estás muy tenso, Tincho... —susurra cerca de su oído, aliento cálido, perfume floral intenso envolviéndolo.
Martín pega un salto sutil, minimiza la pestaña en una fracción de segundo, pero Morena ya vio: el dildo grande en el carrito. Sonríe interna, astuta.
—Ah, hola More... Sí, es que... Bueno... Yo estaba viendo... —balbucea él, rubor subiendo por el cuello, sintiendo el calor de sus pechos y el roce.
—Jajaja, ay mírate... El que nos salva con el banco, todo tímido... Estás irreconocible —dice ella, pechos aún presionados, dedos masajeando con firmeza juguetona—. Veo que estás eligiendo algo... grande para alguien especial.-
Justo en ese momento pasa Tomás —el más joven y nuevo de la agencia, apenas 22 años, morocho desprolijo con pelo revuelto y una sonrisa eterna de chico inquieto, el bromista clásico que siempre intenta tirar onda pero nunca le sale una, dejando chistes a medias y rubores propios—. Lleva un café en la mano, ve la escena y suelta bajito, con tono juguetón pero inseguro:
—Uy... ¿masajito para descontracturar?-
Morena gira la cabeza con elegancia, sonrisa profesional pero mirada fría que lo congela al instante, sin soltar a Martín.
—Tomás, justo vos... Andá preparando el mockup de la campaña nueva, que en diez minutos lo revisamos todos juntos —dice con tono suave pero firme, eludiendo cualquier invitación con maestría, dejando al chico incómodo, ruborizado y murmurando un "dale, ya voy" mientras se aleja rápido hacia su puesto.
—No seas mala, More... No me quemes, jajaja —responde Martín nervioso, riendo para disimular la semi-erección que empieza por el roce prolongado.
—Ay no, tranquilo Tin... Acordate lo que te dije: sos joven, aprovechá las oportunidades que se dan... Y si no se dan, crealas —culmina bajito, guiño cargado, antes de retirarse contoneando hacia su escritorio, portaligas asomando sutil.
Martín se queda solo, pulso acelerado por el coqueteo, el casi-pillado y el perfume que aún flota. Esa frase resuena como permiso definitivo. Abre la pestaña de nuevo, mira el dildo una última vez —pensando en Lucía temblando de placer— y click en "comprar". Confirmado. Sonríe para sí, el día acaba de subir varios grados. Guarda el teléfono y vuelve al Excel, fingiendo productividad mientras la mente divaga en la sorpresa que le espera a Lucía.

El resto de la mañana transcurre en reuniones rutinarias y mails, pero cerca del mediodía, Roberto —su jefe— lo llama a su oficina vidriada. Martín entra, nota en mano.
—Siéntate, Tincho —dice Roberto, recostado en la silla, café en mano—. Te quería comentar: en unos días me voy de viaje con Claudia, unas vacaciones pendientes a Europa. Quedo fuera dos semanas.-
—Genial, jefe, se lo merece —responde Martín, genuino.
—Sí, por fin... Mirá, mientras tanto queda Morena a cargo. Pensé en vos para la regencia, tenés el perfil, pero preferí a ella por la experiencia y la edad, ya sabés cómo es esto. Lleva solo unos meses, pero es directora de arte, trae aire fresco. Además desde arriba la impulsan fuertemente ya que viene de una empresa rival... en fin... Igual quiero que la asesores fuerte, vos conocés la casa como nadie, llevás más tiempo y sabés cómo manejar al equipo y los clientes pesados, vos estás para un puesto más alto y cuando pueda, lo voy a administrar... Si no mí mujer me mata jajaja siempre te manda saludos.
Martín asiente, profesional:
—Jajaja Gracias. Claro, Roberto, contá conmigo. La ayudo en lo que necesite, no hay drama. Además es una buena compañera.
—Perfecto, sabía que podía contar con vos. Sos de los buenos, Tincho. Dale, seguí con lo tuyo. Y che... Nuevamente felicitaciones por lo del Banco metropolitano, avanzamos muy bien gracias a vos.-
Salen de la oficina con palmada en la espalda. Martín vuelve a su puesto, mente dando vueltas: Morena a cargo, más tiempo juntos, más "oportunidades" que crear... El rubor vuelve sutil, pero lo disimula. Morena desde su isla, observa la situación sin ser vista, y sonríe discretamente juntando las yemas de los dedos índices de sus manos, formando un triángulo, y apoyándolo sobre sus labios... Estudiando y planificando cosas en su mente.
El día laboral termina con el sol ya bajo. Martín apaga la computadora, agarra mochila y sale al tráfico porteño. En el auto reflexiona los aires de cambio que están soplando en su vida en estos días. Tiene una sensación, como un presentimiento de que algo está por cambiar definitivamente, para bien o para mal... No obstante centra si atención en ir a buscar su última compra.
-------------------------------------
Una vez terminado el trabajo home office, Lucía cierra la laptop con un suspiro de alivio, el sol de la tarde filtrándose por el ventanal del living y bañando todo en luz cálida. Se pone auriculares inalámbricos y activa el audiolibro erótico que descargó por impulso —nunca fue su estilo, pero los últimos días despertaron una curiosidad voraz, insaciable, que la empuja a explorar lo prohibido—. Pasea descalza por el living, shortcito de jean ajustado marcando su cola monumental y muslos firmes, top deportivo negro ceñido sin corpiño debajo —pezones endurecidos sutilmente, pecas dispersas en el escote sonrojado, cabello cobrizo suelto en ondas revueltas.
El relato medieval arranca romántico: una mujer dividida entre su esposo y un guerrero valiente que regresa reclamando su amor. Lucía sonríe al principio, pero pronto se pone crudo —besos furtivos, manos bajo armaduras, gemidos en la oscuridad—. Culmina en un trío salvaje: la mujer entregada a ambos, cuerpos sudorosos entrelazados, penetraciones dobles, placer desbocado. Lucía siente el calor subirle por el cuello, mano bajando instintiva al shortcito, dedos presionando sobre la tanga empapada, rozando el clítoris en círculos lentos. Se para frente al ventanal, reflejo nítido: pelirroja curvilínea tocándose, caderas ondulando, sonrisa pícara y solitaria. Recuerda la noche anterior —los videos, la confesión FFM—. El deseo late fuerte, ruega en silencio que Martín llegue ya para follarla hasta saciarla. Se obliga a parar, se sienta en el sillón con piernas cruzadas apretando sutil, pone una serie random para distraerse.
Vibra el celular: WhatsApp desconocido.
+54 9 11 66**-**
"Hola, cómo estás? Soy Hernán, compañero tuyo de natación... Le pedí el número a Sofi. Espero no molestar ☺️"
Lucía se queda helada. Sofía es la única con su número para temas de clase... ¿por qué se lo dio? Lo ubica perfecto: el alto, buen lomo definido, cabello platinado corto, unos 30 años, el último en anotarse —el que más la devoraba con los ojos el día de la malla roja—. Charlas breves, buena onda, pero esto es directo. La curiosidad la pica fuerte. Responde:
Lucía
"Hola, todo bien y vos? Pasó algo?"
Respuesta inmediata:
Hernán natación
"Hey! No, nada malo, perdón si es inesperado jajaja. Honestamente le pedí tu celu a Sofi porque tenía ganas de invitarte a tomar algo... Sin compromiso! 😁"
No lo cree. Onda clarísima. Nunca habló de su pareja en natación. Se sonroja intenso, calor subiendo. Mira al balcón: malla roja secándose al sol. Conexión instantánea —el salto, su mirada fija—. Sonríe pícara y escribe:
Lucía
"Ah bueno Hernán, no me esperaba esa invitación jajaja... Creí que consultabas algo de natación o de Ivana. ¿Sabés que estoy en pareja?"
Hernán natación
"Uy, no sabía... Perdona si compliqué algo jajaja me tiré al lance la verdad... Desde que te vi con la malla roja tomé la decisión de escribirte... No la retes a Sofi, please jajaja"
Lucia
"No pasa nada Hernán, tampoco hablo mucho de mi vida en natación jajaja."
Hernán natación
"Igualmente quiero invitarte a tomar algo... Solo un café, sin compromiso... Pensalo, no me contestes ahora... ¿Dale?"
Lucía se queda sin aliento, pulso acelerado. La calentura vuelve feroz —halago prohibido, imagen de él mirándola en la pileta—. Clava visto, bloquea el celular y lo deja a un lado, respiración agitada. Cruza las piernas fuerte, mano rozando sutil el shortcito, pero se contiene. Se levanta, va al balcón y toca la malla roja aún tibia del sol, dedos recorriendo la tela como recordando las miradas colectivas. Sonríe nerviosa, un cosquilleo nuevo entre culpa y excitación. Por ahora, espera a Martín... aunque la idea de "pensarlo" queda colgando, tentadora, como una puerta entreabierta que no sabe si cerrar o empujar un poco más.

-------------------------------------------------
Martín arranca el auto del estacionamiento de la oficina, el tráfico porteño ya denso con el atardecer tiñendo el cielo de naranja. El pulso le late fuerte en las sienes, pero se enfoca en el plan. Primera parada: el local discreto del sex shop en Palermo. Entra rápido, firma, recibe el envoltorio negro sin etiqueta —compacto, inocuo—. Lo guarda en la mochila, excitación sutil creciendo. Para disimular, pasa por una tienda cercana y compra cortinas naranjas livianas, pensando que dan un toque alegre al living. Las mete arriba del paquete y sigue camino al PH, sonrisa anticipada.
Llega cuando el aroma a ajo salteado y tomate fresco ya impregna el pasillo. Abre con llave, mochila al hombro. Lucía sale de la cocina al oírlo —shortcito de jean ajustado marcando su cola monumental y muslos firmes, top deportivo negro ceñido sin corpiño debajo, pezones endurecidos sutilmente contra la tela fina, pecas dispersas en el escote sonrojado, cabello cobrizo suelto en ondas revueltas—. Lo recibe con beso intenso en la puerta, cuerpo pegado, mano rozando el bulto que empieza a formarse en sus jeans, aroma a salsa casera mezclándose con su perfume dulce.
—Llegaste justo, amor... los tallarines están casi listos —susurra ella contra su boca, voz juguetona, caderas presionando sutil antes de soltarlo.
—Y yo con hambre de todo —responde él, beso profundizándose un segundo más, manos en su cintura marcada antes de entrar.
Lucía vuelve a la cocina riendo, Martín deja la mochila en el sillón y la sigue. La ve revolver la salsa en la olla —tomate fresco con albahaca, ajo dorado, un toque de orégano que perfuma todo—. Él se acerca por detrás, brazos rodeándola, beso en el cuello mientras ella prueba con la cuchara de madera.
—Mmm, está perfecto... probá —dice ella, girando para darle una cucharada, salsa caliente rozando sus labios, sabor intenso explotando en la boca.
—Delicioso, como vos —murmura él, lamiendo sutil el resto de la cuchara, mirada fija en sus ojos azules.
Se sientan a la mesa del living, platos humeantes de tallarines enrollados en tenedor, queso rallado fresco espolvoreado, vino tinto barato pero rico en las copas. Charlan ligero, pero con esa corriente eléctrica debajo.
—¿Cómo te fue el día? —pregunta ella, enrollando pasta, mejilla apoyada en mano, pezones aún marcados contra el top al inclinarse.
—Bien, lo de siempre... reuniones, Excel eterno —responde él evasivo, pero sonriendo—. Vos, ¿trabajaste mucho home?-
—Bastante, pero terminé temprano —dice ella, sonrojo sutil subiendo al recordar el audiolibro y el auto-toque—. Me relajé un rato después... paseando por casa.
Martín nota el tono, arquea ceja juguetón.
—¿Relajaste cómo? —pregunta, pie rozando su pierna descalza bajo la mesa.
Lucía ríe, patea suave de vuelta.
—Escuchando cosas... interesantes. Después te cuento —guiña ojo, mordiendo labio.
Comen lento, miradas cruzadas, vino calentando la sangre. Él le cuenta anécdota inocua de la oficina (un compañero torpe con el café), ella ríe fuerte, mano tocando su brazo. El vapor de la pasta sube, aroma envolvente, tenedores chocando suave. Terminan los platos, Lucía se levanta a guardar, cola contoneando deliberada al pasar cerca.
Martín va por la mochila.
—Traje una sorpresa... cerrá los ojos.-
Lucía obedece desde la cocina, sonrisa curiosa. Él saca primero las cortinas naranjas, las despliega teatral.
—Para el living, para dar color.-
Ella abre los ojos, estalla en risa, negando con la cabeza.
—Ay Tincho, nooo... ¿naranjas? No me gustan nada, son horribles, parecen de casa de tía vieja jajaja. ¿De dónde sacaste esa idea? —dice juguetona, doblándolas y tirándolas al sillón con drama—. Pero gracias por el intento, amor.-
Martín ríe nervioso, saca el paquete negro.
—Esa era la excusa... esto es lo real.-
Lucía lo agarra curiosa, lo abre despacio: el dildo realista de 19 cm aparece —piel suave, venas marcadas, grosor intimidante, bolas pesadas—. Se queda sin aliento, ojos abiertos, risa nerviosa convirtiéndose en mordida de labio.
—¿Para mí? —susurra, mano extendiéndose instintiva, tocándolo, dedos recorriendo la textura—. Es... enorme.-
Martín asiente, voz ronca, acercándose.
—Para lo que dijiste anoche... "dos al mismo tiempo".-
Ella lo mira, ojos azules brillando de deseo puro, sonrojo intenso. Lo besa fuerte, mano bajando al bulto real de él mientras la otra aprieta el juguete.
—Vamos a la pieza... no aguanto más.-
Se levantan entrelazados, rumbo al dormitorio, ropa empezando a volar por el pasillo.
El dormitorio está en penumbras, solo la luz tenue de la lámpara de noche filtrándose por la persiana entreabierta, proyectando sombras suaves sobre el acolchado revuelto de la cama king. Dos figuras jóvenes se mueven con euforia contenida, cuerpos sudorosos entrelazados en un 69 de lado perfecto —Lucía arriba, Martín abajo, ritmos sincronizados como si llevaran años practicando esto.
Martín tiene la cabeza hundida entre los muslos firmes de su novia, dildo en mano derecha guiando entradas lentas y profundas, viendo fascinado cómo los labios vaginales rosados se humedecen más con cada embestida, dilatándose alrededor del grosor realista, jugos brillando en la textura venosa. Su lengua juega ocasional en el clítoris hinchado, saboreando el salado dulce de ella. Lucía, por su parte, devora la pija dura de Martín —labios recorriendo desde la cabeza hinchada hasta la base, lengua lamiendo bolas pesadas, ataques repentinos de garganta profunda que lo hacen gemir contra su concha. Saliva everywhere, hilos conectando boca y tronco cada vez que se separa para respirar.
Todo sincronizado: cada embestida del dildo, ella baja más hondo; cada lamida de él, ella succiona más fuerte. El dildo ya está enterrado completo, y las piernas de Lucía tiemblan incontrolables, muslos apretando su cabeza.
—Dos… me cojen de a dos… —gime ella con la boca llena, voz rota y vibrando contra su piel, saliva escapando por las comisuras.
Martín acelera feroz, mano firme empujando el juguete fuerte y rápido mientras su lengua ataca el clítoris. Lucía tiembla entera, concha apretando el gomoso invasor como un puño. Justo cuando el orgasmo la parte al medio —cuerpo arqueado, gemido ahogado—, saca la pija de la boca y grita:
—¡Me vuelve loca sentir dos al mismo tiempo…!
Fluidos vaginales bajan copiosos por el tronco del dildo, brillando. Martín lo saca lento, fascinado, y se abalanza a chuparle la concha desesperado —lengua plana lamiendo todo, succionando clítoris sensible, saboreando su esencia post-orgasmo. Lucía, aún en las nubes, disfruta como frutilla del postre, caderas moviéndose sutil contra su boca.
Mientras él juega con la lengua en su clítoris hinchado, Lucía —ojos cerrados, pelos cobrizos revueltos pegados a la frente sudorosa, acostada boca arriba con lengua afuera esperando— masturba veloz la pija de Martín y confiesa jadeante:
—¿Sabés lo que me mataría de verdad…? ¡Tener una pija adentro y una concha caliente en mi boca… una concha de verdad!
Las palabras impactan como rayo. El pene de Martín se hincha imposible en su mano, pulso descontrolado, y acaba fuerte —chorros calientes salpicando cara, mejillas, labios de Lucía—. Él cae redondo a su lado, relajado total, respiración agitada. Les cuesta segundos reponerse, cuerpos temblando residual.
Logran abrazarse, jadeando, dildo aún dentro de ella siendo expulsado lento por contracciones. Martín lo retira con cuidado; Lucía, pícara, lo chupa todo —lengua limpiando sus jugos del tronco gomoso, metiéndoselo profundo en la boca como demostración. Martín queda maravillado, ojos fijos.
Finalmente, ella se limpia la mejilla con dedo, lo chupa lento y sonríe juguetona.
—Gracias por el regalito… aprobado con honores.-
—De nada, mi amor... Aunque me parece que ya sé qué postre te cae mejor de verdad... —responde él, voz ronca, riendo cómplice.
Ambos se miran profundo, ríen sin ahondar detalles. Pero las palabras de Lucía caen hondo en la psiquis de Martín —la idea de sumar una mujer real le vuela la cabeza, morbo nuevo mezclándose con posesión sutil. No dicen más; se levantan, se lavan rápido en el baño (risas por el desastre de fluidos), recalientan los tallarines postergados en el micro y comen desnudos en la cocina, charlando boludeces, felices.
Finalmente, se entregan plácidamente al descanso nocturno, abrazados bajo las sábanas frescas. Pero en sus mentes, los sueños ya no son inocentes: el fuego no se conforma con juguetes. La gula no solo quiere pene... quiere más piel, más sabores prohibidos. Quiere el calor real de una mujer.

Continua enhttps://www.poringa.net/posts/relatos/6374842/3-Cuerpos-7-Pecados-IV.html
0 comentarios - 🔥"3 Cuerpos, 7 Pecados" III