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🔥"3 Cuerpos, 7 Pecados" IV

Buenas, cómo están?

Les traigo la cuarta parte de esta historia.
Si no leyeron las otras partes, se las dejo acá:

1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6372738/3-Cuerpos-7-Pecados-Intro-Capitulo-I.html
2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374111/3-Cuerpos-7-Pecados-II.html
3 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374728/3-Cuerpos-7-Pecados-III.html


🔥"3 Cuerpos, 7 Pecados" IV

IV - Envidia

Los rayos del sol invaden la habitación, retirando lentamente del sueño a dos jóvenes dormidos. La dama de cabellos rojos se despierta primero y busca su teléfono para ver qué hora es. Es Viernes y son las 7:25. Faltan 5 minutos para la alarma. Odiosa por la hora, suspira profundamente con enojo, pero ve el dildo en su mesita de luz y recuerda poco a poco la vorágine de la noche anterior. Una brisa fresca recorre su cuerpo y se relaja nuevamente. Revisa si celular y ve el chat de Hernán. Dudativa, entra en una elección de contárselo a Martín o no... "es solo un compañero además... Solo un café... ¿Para que arruinar estos días..." Piensa finalmente y deja el teléfono a un costado.

La pareja hace su rutina matinal normalmente. Desayunan y se miran con dulzura. Martín revisa su teléfono y tiene un mensaje de Gisela.

Gisela 🐍
"Hola Martín, disculpa la hora ¿podré pasar hoy a llevar el espejo? Sería a la tardecita ya que de ahí tengo que ir a otro lugar."

Martín
"Hola Gise, si obvio, pasate que si yo no estoy te atiende Lu. Gracias nos vemos."

Apoya el celular sobre la mesa y perfila si mirada hacia Lucía quien estaba dudativa mirando su propio celular.

-Amor, hoy viene Gisela, la chica que nos remodeló acá. ¿Podrás recibirla si no llego a tiempo del trabajo?- Da un sorbo largo al café.

-Obvio, gordo. Además por fin la conozco. Seguro que opina lo mismo que yo sobre tus cortinas naranjas jajaja- Se ríe mientras las ve aún sin estrenar, tiradas en el piso.

-Anda... Jajaja. Están buenas y después se las voy a poner... Y las cortinas también...- Guiña el ojo bromeando, pero en el fondo algo de querer hacerlo, le dan morbo.

Gisela es una decoradora muy sexy. Habían quedado pocas veces, pero se conocen medianamente. Había sido recomendada por Filemón, y dejó el PH como nuevo. No sabe mucho más de ella ya que nunca hubo una charla personal, siempre fueron negocios y con obreros en el lugar. Lo que es seguro, que Martín hubiera invitado a Gisela a tomar algo de estar soltero... Había como una química entre ellos, alguna atracción, Pero no era el caso, estaba con Lucía, y con estos últimos días, está más que feliz.

Antes de salir, Martín pasa al baño. Lucía está levantando las tazas y demás cosas de la mesa en la cocina cuando vibra el celular de él. Mira si es algo importante o si Gisela le mandaba algún mensaje más, algo de morbo le generaba conocerla pero no era ella... ve un WhatsApp de una tal Morena:

"Tincho... Repetimos el café hoy para ultimar lo del banco metropolitano?? Besitos".

La cara de Lucía se transforma en una amargura total, un calor subiendo por el cuello hasta las mejillas como si la hubieran pillado en algo. "Repetir..." —la palabra golpea el estómago, nudo apretado que revuelve el desayuno. Ve la foto de perfil: cabello violeta seductor, anteojos finos enmarcando mirada coqueta, escote profundo mostrando pechos grandes, redondos, todo lo que ella no tiene con sus pequeños pero firmes. Envidia punzante, mezcla rabia e inseguridad —"¿por qué no me dijo? ¿qué habrá pasado en ese café?"—. Las manos aprietan el borde de la mesa, nudillos blancos, está a punto de golpearla fuerte cuando oye pasos acercándose. Disimula una sonrisa forzada, pico despedida entre la pareja y una mirada final que ella da con dulzura... pero por dentro arde, siente el pecho apretado como si faltara aire.

Lucía se sienta en la silla con verdadero enojo, el corazón latiendo rápido, piel erizada en brazos. Compara: Morena curvilínea, experimentada y ella joven, pechos pequeños. Envidia brota tanto que quema, siente su boca seca. "Y si hubo más que un café...?" Su mano toma la cuchara sobre la mesa con intención de revolearla, cuando de costado mira su celular... Y como un flash repentino malicioso recuerda a Hernán. Una voz dentro de su cabeza, pareciera susurrar "¿Un café por un café... no debería estar mal, no?".

La envidia que le genera esta mujer es muy grande, y la juventud le lleva a contestar ese mensaje del día anterior, dejado en visto. Con una ceguera pasional y un impulso celoso con justificación idealizada, abre el chat y le escribe:

Lucía
"Hola Hernán, estás para tomar ese café ahora en la mañana?"

Lo envía más pensando en el mensaje de Morena a Martín, con la envidia a flor de piel, que en las consecuencias que se están desarrollando. No obstante se sienta, el calor le empieza a bajar y los latidos se normalizan, a los segundos se le pasa y reflexiona "...¿y si flasheo cualquier cosa?" Los nervios se apoderan de ella quién trata de eliminar el mensaje, pero es tarde... Del calor de los celos pasa a un frío por la espalda que la aterriza, ya que no sólo esta el visto de él en su mensaje, si no que ya ha contestado:

Hernán
"Hola Lu!!! Por supuesto!!! Te espero en el café El Venado, en la esquina de natación. Tipo 10:00 estoy ahí. 😘"

Totalmente avergonzada, el rostro le arde como si Martín pudiera leerle la mente desde la oficina, un calor que sube desde el pecho hasta las orejas. No sabe qué decir o hacer; el corazón le late desbocado, un nudo apretado en la garganta que le seca la boca. Da vueltas de un lado a otro por el living del PH, pasos nerviosos sobre el piso alfombrado, las manos temblando sutil mientras se abraza a sí misma como conteniendo un secreto que quema.

"¿Qué estoy haciendo? ¿En qué carajo me metí?" —se repite, la voz interna gritando culpa por haber concretado el café, por ese impulso juvenil que la llevó a responder.

Va a la pieza y se tira en la cama king, hundiendo la cara en la almohada que aún huele a Martín y a la noche anterior —sudor, sexo, intimidad compartida. Se lleva las manos a la cara, dedos presionando ojos cerrados, respiración agitada. El remordimiento la aplasta: "Esto está mal, todo mal... Martín no merece". Pero el cuerpo traiciona: un calor húmedo entre las piernas al imaginar cómo será verlo en persona —alto, atlético, esa postura confiada que vio en la foto de perfil. La mente vuela a la malla roja que mencionó, a la idea de un café "inocente" que ya no lo parece, y un escalofrío la recorre pese al calor del departamento.

Luego de un rato, se sienta al borde de la cama, piernas colgando, mirada perdida en el piso. Vuelve a ver en la mesita de luz el juguete sexual que Martín le regaló ayer —grande, realista, apoyado inocente contra la lámpara. En su mente se le viene la frase ronca de él: "Una verga para que juegues". Lucía sonríe involuntaria, mordida de labio sutil, el morbo ganando terreno sobre la culpa, como si el dildo le diera permiso simbólico para esta pequeña traición. El impulso vence: toma el celular, confirma en su mente que ya está hecho. Con dedos temblando responde:

Lucía
"Perfecto, nos vemos ahí..."

Deja el celular en la cama como si quemara, exhala profundo —mezcla alivio y nervios eléctricos que le erizan la piel de los brazos—. Un pulgar hacia arriba de Hernán confirma su mensaje. Se levanta, procede a cambiarse y producirse: jeans ajustados que marcan cola y muslos firmes, remera a rayas ceñida, camisa abierta casual, anteojos de sol como escudo. Maquillaje ligero para disimular el sonrojo persistente, perfume propio para sentirse más segura. Sale del PH, piernas algo inestables, el aire del pasillo golpeándola fresco, pero dentro la envidia por Morena y la curiosidad por Hernán arden igual.

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Martín baja al garaje y ve a Valeria quejándose con su auto. Vestida con un top que parece un corpiño entero de tela y una calza azul oscuro metida en el culo, le es imposible al chico no quedarse viendo. Da unos pasos y se acerca.

-¿Cómo le va vecina? ¿Problemas con el coche?-

-Ay si, está porquería me dejó a pata ¿Podrás creer? ¿Te das maña con los autos?-

-Lamentablemente no Vale, pero si necesitas, te puedo alcanzar a dónde vayas si está cerca. Yo salgo para el laburo...-

-Mil gracias vecino, me salvas la vida.-

Agarra su bolso, y se sube en el lado del acompañante del auto de Martín. El perfume de Valeria inunda todo el coche, y él tiene cierta debilidad por los aromas dulces. Ella pareciera notarlo, y sonríe.

-Bueno vecina, ¿Donde la dejo?- Intenta romper el momento incómodo reciente.

-Dejame a un par de cuadras, cerca de la plaza Güemes por favor.- Dice ella acomodando su pecho con el top.

Martín se percata de ese movimiento, mirando de reojo, y siente un morbo atroz. Trata de evitar verla, mirando fijamente hacia delante. Pone un poco de música, algo de rock internacional. Nada loco, más bien tranquilo. A Valeria pareciera gustarle la elección, ya que mueve su cabeza al compás de la canción.

-Menos mal que bajaste Martín, si no me moría jajaja.-

-No pasa nada, me queda de pasada además.-

-¿Cómo vienen con la adaptación en la casa? ¿Hace ya un par de meses que están no?-

-Sí Vale, dos meses van a ser. Estamos bárbaro, muy cómodos nos sentimos, y para suerte honesto... Este lugar nos lleno de energía... No sabría cómo explicarlo...-

Valeria sonríe como sabíendo a qué se refiere él.

-En el edificio fluyen buenas energías nene... Solo hay que saber canalizarlas.-

-Uh yo con ese tema no estoy interiorizado Vale jajaja.- Dice intentando ser respetuoso.

-Somos energía Martín... Y nos movemos en relación a la frecuencia que cobremos. Nuestro cuerpo funciona como un receptor, pero es solo una vasija que capta y transmite las sensaciones... Y ustedes al ser tan jóvenes, son muy receptivos a las vibraciones...- Le pone una mano en el hombro mientras lo mira de arriba a abajo.

-Emm... Creo que te entiendo... En cierto punto jajaja- Murmura un poco nervioso.

-Tenes que venir a mí clase, ahí te ayudaría a entender mejor... Ya te dije, podes venir con tu novia o solo... Hago particular.-

-No se Vale, viste como son los tiempos que tenemos...-

-En casa tenés 3 minutos hasta mí departamento... ¿Cuánto es una horita? Podemos hacer media hora... Vos fíjate bien y me decís.- Le dice mientras le anota si número en una papel de su bolso.

Llegan a la plaza y ella le dan un beso en la mejilla, que se extiende un poco más de lo normal. Está por bajar y se da vuelta para verlo y decirle.

-Además la clase es gratis, te lo debo después de este viaje. Me mandas un mensajito y te venís. Te va a ayudar a despejar. Gracias por traerme.- Baja del auto y lo saluda con un beso al aire en la calle.

Martín encara para el trabajo y se queda pensando en la oferta del yoga. "No es muy para mí, pero que se yo... Quizás me sirva." Un bocinazo de atrás lo despabila, y pisa el acelerador.

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Una colorada de anteojos de sol, vestida con un jeans ajustados, una remera a rayas y una camisa por encima, llega a la cafetería. Busca entre la gente un rostro familiar, hasta que ve un hombre alto que le levanta la mano. La mujer lo saluda y se sienta en frente con las mejillas rojas de pudor. Se saca los lentes para ver mejor a su compañero, y efectivamente es Hernán, quién estaba muy fachero y arreglado. Se sentía un perfume de esos árabes de moda.

Él es un hombre de 30 años, con una apariencia madura y atlética. Su físico denota disciplina y dedicación al ejercicio, particularmente a la natación, que practica regularmente, en la clase de Lucia, para mantener su forma física y mental. Mide aproximadamente 1.85 metros de altura, con un cuerpo esbelto pero musculoso, hombros anchos y una postura erguida que transmite confianza y determinación. Su piel es clara y suave. Tiene el cabello corto y plateado, peinado hacia atrás con un estilo pulcro y moderno, con mechones que caen ligeramente sobre la frente.

-Que gusto que aceptaras Lucia, pensé que me ibas a clavar el visto jajaja- Dice mientras hace gestos a la camarera para que traiga el menú.

-Esa era mí intención la verdad... Pero siendo franca, no sé que hago acá... Osea... Quiero que entiendas que estoy en pareja y que eso no...-

-Hey, tranquila, solo quería tomar algo con vos, ¿No puedo invitar a una compañera a un café? Soy nuevo en el barrio y mis amigos están lejos...-

-En invitar no... Pero la invitación con el sincericidio de "después de verte con la malla roja" me hace sospechar de tus intenciones...- Dice ella tomando la carta de la cafetería.

-Jajaja eso es cierto, ahí me atrapaste. Pero eso era imposible de no ver... Te queda muy bien... No sé si te lo dijeron...- Le dice mientras ordena un café con una rosquilla.

-Gracias, sí, me lo dijeron ya... Sobre todo Martín...-

-Martin es tu pareja supongo.-

-Asi es... Mí novio.- Ordenando un café chico.

-Debo de decir que tengo una envidia sana por él, de pueda tenerte a su lado.-

-Bueno, lamento tener que darte la negativa en este coqueteo Hernán...- Dice apoyando los lentes de sol sobre la mesa y recibiendo el café pedido.

-Decime Herny... Y no creo que sea tan negativo, si lo fuera no hubieras venido... Sin embargo estás acá, por alguna razón. Y eso me intriga más.- Dice tomando un sorbo.


puta


Lucía se queda en shock, porque tiene razón en ese planteo. "¿Qué hago acá?" "¿Porque vine?" Se pregunta retóricamente. Hay algo que le mueve la curiosidad, esa maldita curiosidad que viene está semana sacudiendo su vida.

-Bueno Hernán... Digo Herny... No sé porque, quizás estaba bueno aclarar mí situación para que no haya problemas como compañeros de natación...- prueba el café intentando humedecer su boca seca.

-Woow fascinante... Muchas molestias que se solucionan con un visto... ¿Porqué no sos sincera con vos misma? Te da curiosidad saber quién soy, o que propongo... No te sientas mal... Además era una broma, no soy envidioso... Fui a jardín, y aprendí a compartir...- Otro sorbo y le guiña un ojo.

Lucía queda en silencio, tartamudeando y riendo de los nervios. Quiere levantarse haciendo un ademán, pero le gana de mano Hernán, quien se levanta y le pone una mano sobre el hombro.

-Hey, no sientas vergüenza o culpa... Hagamos una cosa. Pensalo bien, y nos volvemos a ver más adelante, sin compromiso. Me pareces preciosa. Sé que tenés pareja, y no me molesta... Cómo te dije, se compartir, y soy open mind.- Le dice mientras deja pagado los cafés en la mesa más la propina a la mesera. La saluda desde lejos y le dice antes de irse. "Tenés unos ojos hermosos..." Se va.

Lucía queda totalmente fuera de sí, en shock, las mejillas ardiendo como si Hernán aún tuviera la mano en su hombro. El corazón le late fuerte en el pecho, un nudo apretado en el estómago que mezcla culpa punzante con un cosquilleo traicionero entre las piernas —ese morbo que la semana entera viene despertando, ahora alimentado por palabras como "compartir" y "open mind". Todo está mal, se repite, pero el cuerpo traiciona: un calor húmedo que la obliga a cruzar las piernas bajo la mesa, la boca seca pese al café. Se siente estúpida, sucia, pero también viva, deseada de una forma nueva y prohibida. Muy ambiguo, muy peligroso.

Termina el café de un trago amargo, las manos temblando sutil al dejar la taza. Se queda un rato pensando, el perfume árabe de él aún en la nariz,y su frase "ojos hermosos" que dijo clavados en su mente. Mira la hora en el celular —tarde para arrepentirse— y recuerda que Gisela va a casa. Se levanta sonrojada hasta el escote, vuelve a ponerse los lentes de sol como escudo, y sale del lugar con las piernas algo inestables, el aire fresco de la calle golpeándola como reproche.

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El último día de la semana en la oficina trascurre a full. Roberto está como loco de un lado a otro a raiz de su viaje a Europa y trata de dejar el barco perfilado para que Morena no tenga problemas con la regencia. Todos los equipos están trabajando en el acuerdo con el banco metropolitano, y Morena debe desistir el café propuesto a Martín ya que Roberto le comenta y capacita los temas de jefatura. Martín sin problema dice que si necesita algo está ahí, sin tener que ir a un café. Para él no es más que una compañera aunque es una mujer muy atractiva y es difícil no verla con otros ojos. Pero Martín aún está en fase de desarrollo con su pareja para explorar su sexualidad como vienen haciendo y no va a hacer nada raro, pero ignora las consecuencias que se están formando a raíz del mensaje matinal de su compañera.

Para el mediodia, logran poder tener los preparativos finales para la presentación de la tarde con el banco metropolitano, donde Roberto nuevamente insiste que Martín de la charla para convencer a los dueños del banco... Solo que está vez era de manera presencial y presentando a Morena como la que estará a cargo un mes en reemplazo de Roberto.

-Cuento con vos hoy Martíncito... No me falles.-

-¿Alguna vez te falle Robert?-

-Jamas, pero está reunión define los próximos 6 meses de la empresa... Si sale todo bien te doy lo que me pidas... Hasta mí señora si querés jajajaja.- Dice bromeando, con una palmada en la espalda.

No es la primera vez que Roberto jode de esta manera con su esposa, y tampoco será la última. Todos sospechan que su matrimonio es un poco particular... Pero bueno, de momento solo queda centrarse en la reunión y preparar un buen speech. Mientras anota algunas frases, aparece Morena con un café en mano.

-Tomá, no pudimos ir, pero te traigo uno... Siempre cumplo, nene- Se lo deja guiñando un ojo por arriba de sus anteojos.

-Muchas gracias, jefa.- Responde bromeando.

-Jajaja mira que yo te recomendé a vos para la regencia...-

-Ya hablé con Robert, tranquila, creo que hizo una buena elección...- Da un sorbo a su café.

-Me alegra saberlo nene... Porque te voy a necesitar cerca este tiempo...- le guiña el ojo nuevamente y se marcha.

Al mismo tiempo entra Tomás, el más joven de la empresa. Cómo de costumbre ve toda la situación y se acerca buscando una charla. Es buen pibe, bromista fallido y muy inexperto pero le pone voluntad.

-Che ¿cómo haces?- le pregunta asombrado.

-¿Como hago el speech decís?-

-No, cómo haces para que Morena te de cabida... Es una bomba, amigo. Yo intento sacarle charla y no me da ni cabida...-

-No bueno, quizás Tomy, es que no estoy detrás de ella cómo pajero jajaja.-

-¿Se me nota mucho?-

-Jajaja y más o menos amigo... Te doy un consejo: a las minas cuando más las ignoras, más se interesan en vos- A cuenca cierta, esa teoría la había escuchado en algún pasillo de un trabajo anterior, pero quizás ayudaba a parar el pajerismo de Tomás con toda mujer de la oficina.

-Tenés razón... Voy a probarlo. Gracias genio.- Le agradece y se va a su escritorio.

Luego de un tiempo se da la reunión, pero los dueños del banco están retrasados. Martín observa su smartwatch viendo la hora y justo un recordatorio. El que Gisela va a la casa hoy. Sabe lamentablemente que no va a poder recibirla, así que depende de Lucía, a quien le manda un mensaje pero está no le responde aún... Algo extraño en ella. Martín queda mirando el chat abierto pero la llegada de los jefes del banco metropolitano lo obligan a desestimar de momento el tema Gisela.

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Lucía llega al depto y cierra la puerta de forma rápida y deja todo tirado en la mesa, incluido su celular. Se saca la ropa y se va a bañar enseguida. Se pasa jabón sintiendose sucia... Culpable de lo que había hecho, y la puerta que dejó abierta. Se siente estúpida en primer lugar, pero también le dan morbo, y al enjabonarse roza su clítoris y sin darse cuenta comienza a tocarse... cuando reacciona lo que hace, despabila y se lava. Luego de la ducha queda en su habitación sollozando con remordimiento. "No puedo no decirle a Martín... No sé merece esto..." Queda pensativa mientras se cambia con una ropa más de entre casa. Un shortcito blanco de jeans y una remera gris vieja. Cómo de costumbre, nada abajo, comodidad a pleno. Almuerza y queda tirada en el sillón mirando su serie. Busca distraerse para finalmente quedarse dormída en el sofá.

Entre sueños, ve a Martín y a Hernán, hablando entre ellos, y acercándose a ella. La rodean, pero lejos de estar enojados, la toman sensualmente y comienzan a tocarla... Si piel de eriza, y cuando la estan por desnudar, siente unos ruidos repetitivos que vienen desde el fondo. Se despierta bruscamente, un poco sudada, y el timbre suena por tercera vez. Va corriendo a ver quién es y ve la figura de una mujer morocha, tez blanca, ojos negros, muy hermosa.

-Hola, ¿Sí? ¿Qué precisabas?- le pregunta Lucia sin abrir.

-Hola, soy Gisela, soy la decoradora de tu departamento, no sé si Martín te avisó que venía...-


pareja


Lucía abre la puerta del departamento y, por un segundo, se queda completamente quieta, como si el tiempo se hubiera detenido en el marco. En el pasillo está Gisela, de treinta y cinco años recién cumplidos, pero con esa clase de belleza que parece desafiar los calendarios. Es alta, casi imponente, y lleva en los brazos un espejo largo envuelto a medias en papel kraft marrón; el peso no parece molestarla en absoluto.

Lo primero que te golpea es el contraste: el pelo negro azabache, lacio y brillante, con un flequillo recto y perfecto que le llega justo encima de las cejas. Debajo de ese flequillo, unos ojos verde oscuro, felinos, con un delineado sutil que los hace parecer aún más grandes y peligrosos. La piel es pálida, casi porcelana, sin una sola imperfección visible, y los labios están pintados de un rojo oscuro mate que parece sangre seca. Lleva una camiseta blanca ajustadísima, de algodón fino, que se pega al cuerpo como si estuviera mojada; debajo no hay nada, se nota. Encima, un short negro desflecado, muy corto, que deja al descubierto unas piernas largas, fuertes y perfectamente depiladas. En el abdomen, justo debajo del ombligo, asoma la cola de una serpiente tatuada donde su cabeza reaparece más arriba, entre los pechos, como si el animal se hubiera enroscado alrededor de su torso. El tatuaje es negro puro, sin relleno, y parece moverse cuando respira. En los pies, unas Vans negras con calcetines Nike blancos subidos hasta media pantorrilla. Al hombro lleva una mochila de cuero negro pequeña, como si llevara papeles o apuntes dentro ... Parecía a simple vista que venía de visita o estuviera paseando y no instalando espejos en casas ajenas.
Sonríe apenas, con una mezcla de seguridad y algo de burla suave al parecer notar la parálisis que provoca en Lucia, y su voz sale dulce y seductora, cómo voz de locutura, más grave de lo que Lucía esperaba:

-Ahora entiendo porque Martín está tan enfocado en dejar todo perfecto... - Dice Gisela mirandola de arriba a abajo.

-Ay que dirá este pibe se mí jajaja. Un gusto, soy Lucía, pasá, pasá.- Se presenta invitando a la morocha hacia el interior.

Al entrar Gisela, Lucia no puede disimular verle hasta el apellido. La cola con ese shorts negro se ha vuelto imposible de evitar. La morocha mira todo a su alrededor con orgullo, ya que la buena estética es obra suya. Deja su mochila pidiendo permiso con un gesto a Lucia, sobre el sillón de la tele. Apoya la parte inferior del espejo sobre el piso alfombrado que cubre el suelo del living.

-Bueno, ¿te parece si saco el envoltorio acá así no ensuciamos la pieza?- Sugiere Gisela empezando la acción antes de esperar confirmación alguna.

-Emm si... Si me parece bien...- Apenas con voz baja y entrecortada.

-Siempre digo que la pieza de una es un templo... Hasta hay que entrar descalza jajaja.- Haciendo incapie a que Lucía está sin calzado.

-Jajaja me gusta ese pensamiento. Opino y actuó igual... Además es muy íntimo la habitación de uno...-

-Por supuesto, las mejores vivencias se dan dentro de ese espacio...- Le guiña un ojo mirándola un segundo mientras hace una pausa.

Se sienta en el sillón quitando el remanente de envoltorio que cubre el espejo. Lucía comienza a ver los primeros reflejos en él, y ve la tetas de Gisela reflejadas en él... Las ve grandes, naturales y sudadas... Sudadas, hace calor y vino con el espejo hasta su casa...

-Ay no te ofrecí nada para tomar... Que desubicada soy jajaja-

-No te hagas problema, se que te quedaste embobada... Con el espejo. Un vasito con agua estaría bien, así me hidrato un poco de estar tan seca...-

-Es que está haciendo calor de golpe... ¿Venís de lejos?- Pregunta mientras sirve agua fría en un vaso de vidrio.

-Vivo a unas cuadras de acá, aunque me estaría interesando mudarme por esta zona, ya que todos mis clientes son literalmente de esta manzana jajaja.-

-Me imagino, te queda más cerca y menos viaje.- Le alcanza el vaso con agua.

-Totalmente, yo no suelo ser de la que pierda tiempo además...- Roza las puntas de sus dedos con la mano de Lucia al tomar el vaso con agua.

A Lucia se le escapa un muy mínima mordida de labio, la cual no pasa desapercibida por una mujer de 35 años con mucha experiencia como Gisela. Lo nota pero lo deja pasar, aunque no va a olvidarlo...

Lucía siente cómo la piel de la yema de los dedos le arde un segundo más de lo necesario después del roce. Es apenas un contacto, pero Gisela lo hace deliberado, como si midiera la reacción de la otra mujer. Lucía retira la mano con un gesto brusco, fingiendo naturalidad, mientras Gisela bebe despacio, la garganta moviéndose bajo la piel pálida, los labios dejando una media luna roja en el borde del vaso. Cuando termina, lo apoya en la mesita baja sin mirar y se pasa la lengua por el labio inferior, recogiendo la última gota.

—Gracias —dice Gisela, y la palabra suena neutral, pero sus ojos verdes la escanean un instante, como evaluando territorio nuevo.

Lucía asiente, manteniendo la distancia. No sabe nada de esta mujer más allá de lo que Martín mencionó de pasada: la decoradora que arregló el departamento. Pero hay algo en su presencia, en esa informalidad calculada —la camiseta ajustada, el short desflecado, las Vans—, que la pone en alerta. Gisela no parece una visita profesional típica; parece alguien que entra en los espacios ajenos con la intención de dejar huella.

—¿Querés que te ayude a llevarlo a la habitación? —pregunta Lucía, y la voz le sale más seca de lo que pretendía, como si marcara límites.

Gisela sonríe de medio lado, una sonrisa que no revela nada, solo observa.

—Sería práctico, sí.-

Se agachan para levantar el espejo. Entre las dos lo manejan con facilidad. Al inclinarse, la camiseta de Gisela se tensa y la cabeza de la serpiente tatuada asoma entre los pechos, la lengua bífida rozando el borde del escote. Lucía aparta la mirada rápido, enfocándose en el pasillo.
Caminan hasta la habitación en silencio. Lucía enciende la luz tenue del velador; el aire aún huele a la noche anterior, a sudor y a algo más crudo. Sobre la mesita de luz, al lado de la cama, yace el dildo largo color piel realista, olvidado en el apuro de la mañana. Lucía lo ve de reojo y siente un calor subirle al cuello, pero no hay tiempo para esconderlo. Gisela también lo ve: sus ojos se detienen un segundo en el juguete, un brillo rápido cruza su mirada, pero no dice nada.
Gisela deja su mochila negra pequeña apoyada contra la pared de la habitación antes de ajustar el espejo.

—¿Dónde lo querés? —pregunta, voz profesional pero con un matiz curioso.

Lucía señala el pie de la cama.

—Ahí. Para verme entera al despertar.-

Gisela asiente y se arrodilla para fijar la base. El short negro se tensa, y la tanga roja asoma por encima, un hilo delgado contra la piel pálida. Lucía se sienta en el borde de la cama para “ver cómo queda”, pero sus ojos se clavan en esa línea roja más tiempo del necesario. Gisela lo nota, mueve el cuerpo despacio, como si disfrutara la atención sin acelerarla. El silencio pesa, denso, cargado. Cuando termina, se pone de pie y retrocede un paso, cruzándose de brazos.

—Listo. Quedó firme.-

Lucía se levanta también.

—Gracias. Se ve bien.-

Gisela ladea la cabeza.

—Los espejos son honestos. Muestran lo que uno no siempre quiere ver...-


joven


Lucía no responde. En ese momento se oye la llave en la puerta. Martín entra apurado, mochila en mano, la barba de tres días marcando esa expresión de “perdón por la demora”.

—Perdón, chicas, la reunión se extendió una eternidad —dice, entrando a la habitación con su sonrisa pícara.

—Gisela, qué bueno verte. ¿Ya lo pusieron?-

Gisela se gira hacia él, relajándose visiblemente, con ese respeto mezclado con interés que Lucía capta al instante.

—Justo a tiempo, Martín. Sí, quedó perfecto.- Responde Gisela

Martín siente el aire cargado, la tensión entre las dos mujeres como electricidad estática. Besa a Lucía con un pico y le da un beso en la mejilla suave a Gisela.

—Genial. Te debo el resto en negro, como quedamos. ¿Tomamos algo mientras lo arreglo? Un mate, un café…-

Gisela duda un segundo.

—Hace calor pero un mate estaría bien. Pero rápido, que tengo que irme pronto.-

Se sientan en el living: Martín en el medio del sillón, Lucía a su lado izquierdo, Gisela en el borde del otro lado, como si no planeara quedarse mucho, cruzando las piernas largas y recostando un poco la espalda sobre el respaldo sacando pecho y dejando que la serpiente tatuada se asome un poco más. Martín ceba el mate con esa eficiencia casual suya, el vapor subiendo en espirales. Se toma el primero como buen cebador, y el soguiente lo pasa a Gisela.

—Contame, ¿cómo andás? Hacía rato que no hablábamos de otra cosa que no sea el depto —pregunta Martín, inclinándose un poco hacia ella.

Gisela sorbe, dejando que el silencio se estire antes de hablar. Es su momento de mostrarse tal cual es: madura, experimentada, sin máscaras.

—Bien, trabajando mucho. Hoy este espejo era lo único que tenía pendiente, por eso vine directo de casa, sin cambiarme ni nada. Así soy yo, viste, cómoda antes que todo —dice con una risa suave, señalando su ropa—. Tengo 35, una ya elige las batallas.- Sirve final y entrega el mate.

Lucía observa, tomando nota de cómo Gisela se vende sin esfuerzo: segura, real, interesante.

—¿Y en lo personal? ¿Todo bien? —pregunta Martín, curioso, mientras ceba y la da a Lucía.

—Tengo una hija de diez años. No te había contado, ¿no? Estoy separada hace dos años, así que soy yo sola con ella casi siempre. Es lo más importante que tengo. Por eso no me quedo mucho: la tengo que ir a buscar al colegio en un rato.-

Martín abre los ojos, genuinamente sorprendido.

—No tenía ni idea. Qué lindo, che. Suena intenso, pero se nota que la tenés clarísima.- Responde mientras recibe el mate por Lucía.

Gisela sonríe, esa sonrisa que mezcla orgullo y cansancio.

—Sí, es intenso. Pero también me mantiene viva. Y me obliga a elegir bien con quién paso el tiempo.- Recibiendo nuevamente el mate por parte de él.

Lucía interviene por primera vez, voz baja.

—Se nota que sos una mina fuerte.-

Gisela la mira fijo un segundo, evaluando mientras termina su mate.

—Gracias. Una aprende a serlo. Lo que no te mata, te hace más fuerte jajaja.- Da el mate a Martín.

Ceba nuevamente y se lo da Lucía. El ambiente más distendido pero con esa corriente subterránea que todos sienten.
—El aprendizaje es la clave de todo... a nosotros mismo como pareja nos pasa. Nosotros estamos… bueno... probando cosas nuevas, viste. El espejo es parte de eso. Para vernos mejor, para jugar un poco más... —dice Martín, dejando caer el subtexto sin disimulo.

Gisela capta todo al instante. Sus ojos brillan.

—Explorar está buenísimo. Mientras todos quieran lo mismo… yo soltera nuevamente siempre dejo la puerta abierta. Yo ya pasé por varias etapas, probé muchas cosas, sé lo que me gusta y lo que no. Me encanta la gente abierta como ustedes...-

El mate va y viene un par de rondas más. La charla fluye: trabajos, la ciudad, anécdotas livianas. Gisela se relaja, pero controla el reloj. Lucía se va adaptando a Gisela, Martín cree que está coqueteando con Gisela, pero la pareja está siendo rodeada desde el principio por la cola de la serpiente... Al cabo de un tiempo, Gisela ve su celular y decide irse.

—Bueno, me voy yendo —dice al fin, poniéndose de pie—. Ah, tengo que pasar por la habitación a buscar mi mochila.-

Lucía y Martin cuchichean por lo bajo mientras ella va a la pieza. Gisela entra al dormitorio, toma la mochila negra del rincón. Al agacharse, sus ojos vuelven a posarse en el dildo sobre la mesita de luz. Esta vez lo mira más tiempo, una sonrisa mínima curvándole los labios. Se acerca rápidamente y lo toca apenas con la punta de los dedos, como quien reconoce un viejo amigo, y luego se incorpora. Sale finalmente con su mochila y señala la puerta. Martín la acompaña hasta la puerta principal. Lucía se queda un paso atrás, observando, cómo quien espera que suceda algo. En el umbral, Martín apoya una mano en el marco, bloqueando sutilmente la salida.

—Quedate un rato más, dale. Pedimos algo para comer y tenemos unos vinos o cerveza, además la charla está buena… —dice, voz baja, los ojos marrones con ese brillo dorado que Gisela ya conoce y le gusta.

Gisela lo mira fijo, entiende perfectamente la invitación detrás de las palabras. Siente el tirón, porque Martín le gusta desde el primer día que lo vio, pero pone el freno con clase.

—Martín… dónde se come, no se caga —responde suave, pero firme—. Vine por trabajo, no a otra cosa. Aunque… la próxima vez que me llamen, capaz que sea diferente.-

Le roza apenas el brazo con los dedos al pasar, un contacto breve pero cargado, y sale. La puerta se cierra despacio.
Martín se gira hacia Lucía, los dos con la respiración acelerada.

—Mierda… —susurra él—. Esa mina es fuego.-

Lucía lo agarra de la remera y lo empuja hacia la habitación.

—Vení acá, boludo. Ya.-

Se besan con hambre contra la pared del pasillo, las bocas chocando, lenguas enredándose como si quisieran comerse vivos. Martín le sube la remera a Lucía de un tirón, agarrándole las tetas con fuerza, pellizcando los pezones hasta que ella gime fuerte contra su boca. Lucía le baja el pantalón de un manotazo, la pija ya dura saltando libre, venosa, la cabeza brillando de precum.

Los dos caen en la cama deshecha. El espejo los refleja enteros: salvajes, desesperados. Martín la pone de espaldas, de rodillas, el culo en alto. Le separa las nalgas y hunde la cara entre ellas, lamiéndole la concha empapada, chupando el clítoris como si fuera lo último que va a probar en la vida. Lucía grita, se arquea, las uñas clavándose en las sábanas.

—Pensás en ella, ¿no? En Gisela viéndonos… —gruñe Martín, metiendo dos dedos adentro mientras la lengua sigue torturando.

—Sí… mierda, sí… Gisela… esa tanga roja… —jadea Lucía, empujando contra su cara, la concha chorreando.

Martín se incorpora, agarra el dildo de la mesita y se lo mete en la boca a Lucía.

—Chupalo pensado que soy yo, y que acá es ella.-

Lucía obedece, succionando fuerte, saliva cayéndole por la barbilla mientras Martín le chupa hasta el apellido. Se calienta tanta que le clava la pija de una embestida brutal, hasta el fondo. El golpe la hace gritar alrededor del juguete. Él la coge salvaje, caderas chocando contra el culo, bolas golpeando el clítoris con cada estocada. Una mano en el pelo colorado tirando fuerte, la otra frotando el clítoris en círculos rápidos.

—Mirate en el espejo, Lucía… mirá cómo te cojo pensando en ella… Gisela nos miraría… se tocaría viéndonos…-

Lucía levanta la cabeza, ojos vidriosos fijos en el reflejo: su cara rota de placer, tetas rebotando, Martín atrás sudado, pija entrando y saliendo brillando de sus jugos. El orgasmo la atraviesa como un rayo, la concha apretando alrededor de él, chorros salpicando las sábanas. Martín ruge, se hunde una última vez y acaba adentro, llenándola de leche caliente que se derrama por los muslos cuando sale.


Swinger


Lucía y Martín yacen de costado en la cama, cuerpos pegajosos y pesados, el aire cargado de olor a sexo y a sudor reciente. El espejo los devuelve multiplicados: dos cuerpos entrelazados, respiraciones que todavía no se calman, la leche de Martín derramándose lenta por el muslo interno de Lucía, brillando bajo la luz tenue del velador.

Lucía estira la mano y roza el borde del espejo con las yemas de los dedos, como si quisiera confirmar que es real. Martín la abraza desde atrás, la barba de tres días raspándole la nuca, y le besa el hombro.

—¿En qué pensás? —pregunta él, voz ronca, todavía vibrando del orgasmo.

Lucía gira la cabeza apenas, los ojos negros clavados en el reflejo de ambos.

—En lo que vimos hoy —susurra—. En lo que no tenemos… todavía.-

Martín entiende al instante. Su mano baja por la curva de la cadera de ella, posesiva.

—Gisela —dice, no como pregunta, sino como afirmación.

Lucía asiente lento. En el espejo, su propia imagen le devuelve una sonrisa pequeña, casi culpable.

—Es más grande, más… segura. Tiene una hija, una vida entera atrás. Y aun así entró acá como si el lugar le perteneciera. Yo la miré y sentí… —hace una pausa, buscando la palabra exacta— envidia.

Martín aprieta el abrazo, su pija todavía medio dura rozando el culo de ella.

—Envidia de qué, amor.

—De todo. De cómo se mueve, de cómo nos miró a los dos como si ya supiera lo que queremos antes de que lo digamos. De esa tanga roja que asomaba como si lo hiciera a propósito. De que tiene más experiencia, más historias… y nosotros apenas estamos empezando.-

Martín le muerde suave el lóbulo de la oreja.

—Y eso te calienta —dice, no pregunta.

Lucía suelta una risa baja, entrecortada.

—Me calienta y me jode a la vez. Quiero ser como ella. Quiero tener lo que ella tiene. Quiero… que ella tenga lo que nosotros tenemos.-

En el espejo, sus siluetas se mueven apenas: Martín desliza la mano entre las piernas de Lucía otra vez, rozando la concha sensible, todavía hinchada y llena de él. Ella se estremece, pero no se aparta.

—La envidia es el pecado más hijo de puta de todos —murmura Lucía, cerrando los ojos un segundo—. Porque no te deja conforme con lo que tenés. Te hace desear lo del otro hasta que duele.-

Martín la gira hacia él, cara a cara. Los ojos marrones con destellos dorados la atraviesan.

—Entonces usémosla —dice—. Dejemos que nos queme un poco más. Porque cuando llegue el momento… vamos a tenerla a ella también.-

Lucía lo mira fijo, el pulso acelerándose otra vez. En el reflejo del espejo, detrás de ellos, la cama parece esperar un tercer cuerpo que todavía no llegó.

Sonríe, lenta, peligrosa.

—Prometémelo —susurra.

Martín la besa, profundo, posesivo.

—Te lo prometo.-

Apaga el velador. La habitación queda iluminada solo por la luz que entra del living, un resplandor tenue que hace brillar el espejo como un ojo abierto en la oscuridad. En ese reflejo, por un segundo, Lucía cree ver una sombra más: pelo negro azabache, ojos verdes felinos, una serpiente enroscada.

Parpadea.

La sombra desaparece.

Pero la envidia queda....

...ardiendo.

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