
Capítulo 1
La propuesta
Ensayé las palabras tres veces en el auto antes de atreverme a bajar. Las ensayé con voz firme, con voz suave, con voz de madre preocupada. Al final entré al club con la versión más dulce que encontré, aunque me temblaban las manos dentro del bolso.
El pasillo estaba vacío. Las luces del vestuario ya estaban apagadas y solo quedaba un hilo de claridad bajo la puerta de la oficina del entrenador. Afuera, el estacionamiento casi desierto brillaba bajo las luces amarillentas. Eran casi las diez de la noche.
Golpeé dos veces. Suave. Como quien pide permiso para existir.
—Buenas noches, entrenador Carlos. ¿Podemos hablar un momento?
Mi voz salió más dulce y temblorosa de lo que había planeado. Cerré la puerta con cuidado, casi como si temiera despertarlo de algo importante. El clic del pestillo sonó demasiado fuerte en el silencio. La única lámpara del escritorio proyectaba un círculo de luz cálida sobre papeles desordenados, dejando el resto de la habitación en una penumbra que hacía que todo pareciera más íntimo y más pesado de lo necesario.
Carlos Mendoza levantó la vista lentamente.
Era un hombre que imponía respeto incluso sentado. Alto, de hombros anchos y brazos musculosos que el polo negro del club marcaba con claridad. Cincuenta y dos años bien llevados, cabello corto entrecano, barba recortada con precisión que le daba un aire autoritario y maduro. Sus ojos oscuros se posaron en mí sin prisa: recorrieron mi rostro, bajaron por mi cuello, se detuvieron un instante en la forma en que mi blusa blanca se ajustaba a mis pechos, siguieron por la curva de mis caderas ceñidas por los jeans, y volvieron a subir. Ese segundo de más me provocó un calor incómodo que me subió por el cuello hasta las orejas.
—Buenas noches —respondió con esa voz grave y seca que no parecía tener espacio para rodeos—. Usted es la mamá de Mateo, ¿verdad?
—Sí. Elena Vargas. Por favor, llámeme Elena.
Me senté en la silla frente al escritorio, crucé las piernas con cuidado y apoyé las manos sobre mi regazo para que no viera cómo me temblaban los dedos. El aire de la oficina olía a cuero viejo, a linimento para músculos, a colonia fuerte y masculina, y a un leve rastro de sudor limpio después de un día largo. Todo en ese lugar gritaba control, disciplina, poder.

Respiré hondo y empecé a hablar, midiendo cada palabra.
—Sé que no es el mejor momento para molestarlo, entrenador, pero quería hablar sobre mi hijo. Mateo forma parte de este club desde muy pequeño. Su padre lo volvió fanático del fútbol desde que tenía cinco años. Lo llevaba a todos lados, lo entrenaba en casa, veía partidos con él hasta la madrugada. Aunque decidimos separar nuestros caminos hace unos años, él sigue cumpliendo con la manutención y pagando la escuela de fútbol.
Hice una pausa. Carlos me observaba sin interrumpirme, con una calma casi inquietante.
—El presidente del club conoce el potencial de Mateo —continué—, y por eso lo ascendió del Sub-18 al Sub-21 con anticipación. No entiendo bien los detalles, creo que quiere venderlo y cobrar un porcentaje de su primer contrato profesional. Ese torneo nacional Sub-21 es la mejor vitrina del país. Habrá ojeadores importantes, gente que puede cambiarle la vida.
Carlos se recostó en su sillón. Juntó las manos grandes sobre el abdomen, los dedos entrelazados, y me dejó hablar sin cambiar la expresión.
—Sé que a usted no le gusta que la presidencia le imponga jugadores —dije, con más suavidad—. Lo respeto. He visto desde afuera los roces que hubo en los entrenamientos y los partidos amistosos. Pero Mateo no es un capricho de la directiva. Tiene talento real. Solo necesita una oportunidad para demostrarlo.
Cuando terminé, el silencio duró varios segundos. Carlos tomó un sorbo de café frío que tenía en el escritorio, sin apuro, como si el tiempo le sobrara.
—Hay rangos y jerarquías en este equipo, Elena —dijo finalmente, marcando mi nombre con una ligera pausa antes, como si lo estuviera probando—. Aquí no se trabaja por favores ni por recomendaciones que bajan de arriba. Los jugadores se ganan el puesto en la cancha, con sudor, actitud y rendimiento día tras día. Su hijo es joven y tiene talento, eso no lo discuto. Pero todavía no ha encontrado el ritmo físico ni la lectura táctica que exige el Sub-21. En los partidos lo he dejado en la banca o le he dado los minutos finales, cuando ya poco se puede mostrar. No porque quiera perjudicarlo, sino porque el equipo no está para experimentos. Este torneo es serio. Hay mucho en juego. No puedo arriesgar el equilibrio de un grupo por complacer a nadie.
Sentí que el nudo en la garganta se apretaba. Me incliné ligeramente hacia adelante, dejando que mi voz se volviera más suave, más cercana.

—Lo entiendo perfectamente, entrenador. Respeto su autoridad más de lo que imagina. No estoy aquí para pedirle que le regale nada a mi hijo. Solo le pido que lo lleve al torneo y le dé una oportunidad justa. Si no rinde, si no se gana los minutos, lo aceptaré sin protestar. Pero si ni siquiera viaja, si se queda fuera desde el principio…
Me detuve. Tragué saliva.
—Todos estos años de madrugadas llevándolo a entrenamientos, de ilusiones, de sacrificio compartido... no habrán servido para nada. El fútbol es su sueño. Y yo soy su mamá. Haría absolutamente lo que fuera para verlo cumplirlo.
La frase quedó flotando en el aire de la oficina.
Carlos se levantó lentamente de su sillón y rodeó el escritorio con pasos deliberados, sin apuro, como un hombre que sabe que el espacio le pertenece. Se apoyó en el borde, justo frente a mí, tan cerca que mis rodillas casi rozaban sus muslos. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo grande. Su presencia llenaba la habitación de una forma que costaba ignorar.
Bajó la mirada hacia mí, sin ningún disimulo, y esta vez no fue la misma mirada de antes. Era más lenta. Más deliberada. Como si estuviera decidiendo algo.
—Sabe que se me hace que usted es una persona muy amable, Elena —murmuró, con una voz que había bajado un par de tonos sin previo aviso—. Linda. Alegre. De esas personas que siempre encuentran la manera de resolver las cosas con buena disposición y una sonrisa. Se nota que quiere mucho a su hijo.

—Haría cualquier cosa por él —respondí sin pensarlo.
Fue un reflejo. Salió solo.
Sus ojos brillaron con algo nuevo. Una sonrisa lenta y calculadora se fue dibujando bajo la barba entrecana, sin llegar a abrirse del todo, como si guardara lo mejor para después.
—¿Cualquier cosa? —repitió, saboreando cada sílaba como si la frase tuviera un peso especial.
El calor me subió violentamente al rostro. Bajé la mirada un segundo, avergonzada por cómo había sonado, y me obligué a levantarla de nuevo.
—Quiero decir… estoy dispuesta a colaborar en todo lo que sea necesario. Puedo viajar con el equipo, organizarles logística, comidas, uniformes, lo que haga falta. Estar disponible para cualquier cosa que se necesite. Lo que sea.
Carlos inclinó la cabeza levemente, como si evaluara mis palabras desde otro ángulo. Una de sus manos grandes se apoyó en el respaldo de mi silla, rozando muy ligeramente mi hombro. El contacto fue apenas un segundo, pero fue suficiente para que un escalofrío me recorriera la espalda de arriba abajo.
—Precisamente de eso quería hablarle —dijo, con esa calma que ya me estaba resultando más peligrosa que cualquier voz levantada—. El torneo es fuera de la ciudad. Varios días intensos: viaje largo, hotel, entrenamientos, partidos. Necesito a alguien de total confianza que esté a mi disposición en todo momento. Mi asistente personal. Alguien que entienda que, cuando yo pido algo, se hace sin preguntas, sin demoras y sin dramas. Alguien… verdaderamente disponible.
Hizo una pausa. Sus ojos bajaron despacio por mi cuello, y volvieron a subir sin el menor intento de disimulo.
—Día y noche, si hace falta.
Mi boca estaba seca. El doble sentido de sus palabras colgaba en el aire entre los dos, denso e imposible de ignorar. Supe en ese instante que ambos sabíamos exactamente de qué estábamos hablando, aunque ninguno lo hubiera dicho en voz alta todavía.
—Y si acepto ser esa persona… —pregunté, con la voz apenas por encima de un susurro—. ¿Mateo viaja con el equipo?
—Viaja —confirmó, sin parpadear—. Y tendrá minutos reales en cancha. Siempre y cuando usted cumpla con su parte del trato.
Se inclinó un poco más hacia mí. Su mano rozó mi hombro de nuevo, esta vez con más intención. Podía sentir el calor de su palma a través de la tela de la blusa.
—Piénselo esta noche, Elena. Mañana temprano salimos. Si decide acompañarnos, sea puntual. Y traiga ropa cómoda.
Su voz bajó hasta convertirse en algo casi privado, casi íntimo, como si las paredes no tuvieran que escuchar lo que venía después.
—Porque voy a necesitar que esté verdaderamente disponible para mí. En todo momento.
Me levanté de la silla con las piernas inestables. Murmuré un "gracias por recibirme" que apenas se oyó y salí sin mirar atrás.
Pero sentí su mirada todo el camino: en mi cintura, en el balanceo de mis caderas, en la curva de mi espalda. Una mirada lenta, paciente, de alguien que ya sabe que va a conseguir lo que quiere.
Una vez en el pasillo vacío, apoyé la espalda contra la pared fría y solté todo el aire que había estado conteniendo. Tenía las palmas sudorosas, las rodillas débiles y algo presionando en el pecho que no era solo miedo ni solo culpa.
Era otra cosa. Una cosa caliente y traicionera que mi mente intentó nombrar y no pudo, o no quiso.
*Fue por Mateo*, me dije. *Solo fue por Mateo.*
Pero la imagen que apareció en mi cabeza no fue la de mi hijo. Fue la de esa mano grande apoyándose en el respaldo de mi silla. La de esa sonrisa lenta que no terminaba de abrirse. La de esos ojos oscuros bajando por mi cuello sin ninguna prisa y sin ninguna disculpa.
La sacudí. Arranqué a caminar.
Mateo me esperaba afuera, recostado sobre el capó del auto, con esa expresión de ilusión pura y ansiosa que siempre me desarmaba por completo.
—¿Cómo te fue, mamá? ¿Qué dijo el entrenador? ¿Vamos a ir?

Forcé la sonrisa más amplia que pude y le acaricié el cabello revuelto mientras sacaba las llaves.
—Bien, hijo. Creo que… vamos a ir al torneo.
Mientras conducía hacia casa bajo las luces de la ciudad, las palabras del entrenador no dejaban de repetirse en mi cabeza como un eco peligroso y pegajoso.
*Disponible para mí en todo momento.*
Apreté el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Sentía una mezcla de esperanza por Mateo, miedo, vergüenza… y algo más. Algo que no quería mirar de frente todavía. Algo que se asentaba en mi vientre con una calidez que no tenía nada de maternal ni de inocente.
¿Qué acababa de aceptar realmente?
No respondí la pregunta.
Pero tampoco llamé para cancelar.
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