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Marianita...

Marianita...



Yo conocía a Mariana demasiado bien.

Sabía cuándo estaba incómoda, cuándo estaba aburrida y, sobre todo, cuándo algo le despertaba esa curiosidad que después trataba de disimular.

Esa noche en el boliche la vi aparecer enseguida.

Estábamos cerca de la barra cuando ella dejó de escucharme durante medio segundo. Sus ojos se habían ido hacia un tipo que estaba unos metros más allá.

Debía tener treinta años, por ahí. Era altísimo, fácil un metro noventa, morocho, ancho de hombros, mandíbula marcada y una cara de esas que parecen sacadas de una publicidad de perfume. Camisa oscura, pantalón ajustado, postura tranquila.

Mariana lo miró de arriba abajo.

Y ahí entendí qué le había llamado la atención.

El pantalón le marcaba muchísimo el bulto.

Ella apartó la vista enseguida, como si no hubiera pasado nada.

Yo me tuve que aguantar la sonrisa.

—¿Qué? —me preguntó.

—Nada.

—Martín.

—Te conozco, Mari.

Se hizo la boluda y tomó un trago.

—No sé de qué hablás.

—Mirá que podés mirar, eh.

Giró hacia mí con los ojos enormes.

—Sos un tarado.

Pero estaba colorada.

Y eso, inexplicablemente, empezó a calentarme.

Más tarde terminamos bailando bastante cerca del tipo. No sabía si Mariana lo había hecho a propósito o si había sido casualidad. Con ella, cuando se ponía así, nunca estaba completamente seguro.

En un momento él pasó al lado nuestro y tuvo que ponerse de costado para esquivar a un grupo. Mariana quedó prácticamente frente a él.

Vi cómo bajaba los ojos.

Un segundo.

Nada más.

Después me buscó entre la gente.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, le levanté una ceja.

Ella se mordió la sonrisa.

Ahí fue cuando algo me hizo clic.

No era solamente que otro tipo la mirara. Era verla a ella mirar también. Verla curiosa, sorprendida, consciente de que yo estaba observando todo.

Cuando volvió conmigo, la agarré de la cintura.

—¿Era tan impresionante? —le pregunté al oído.

—Callate.

—No me respondiste.

Mariana soltó una risita.

—Sos imposible.

—Y vos miraste dos veces.

—Una.

—Dos.

—Bueno, capaz dos.

Sentí que se me pegaba un poco más.

—¿Estás celoso? —me preguntó.

Pensé la respuesta.

—Sí.

Ella me miró divertida.

—¿Entonces?

Me acerqué a su oído.

—El problema es que también me calienta.

Su expresión cambió por completo.

—¿En serio?

—Muchísimo.

Mariana volvió la cabeza hacia donde estaba el tipo y después otra vez hacia mí.

Ya no parecía avergonzada.

Parecía estar jugando.

Y yo entendí que quería seguir jugando también.

Apenas unos minutos después se acercó y me dijo:

—Martín.

—¿Qué?

—Llevame a casa.

No hizo falta decir nada más.

Salimos del boliche prácticamente riéndonos, todavía con esa mezcla de celos, adrenalina y deseo dando vueltas entre los dos.

En el taxi Mariana apoyó la cabeza en mi hombro.

—No puedo creer que hayas visto que miré.

—Mariana, vi absolutamente todo.

—Qué pesado.

—¿Querés que te diga lo peor?

—Qué.

La miré.

—Que no podía dejar de mirarte a vos.

Ella sonrió, me tomó de la camisa y me acercó.

Y durante todo el viaje quedó clarísimo que llegar a casa era lo único que nos importaba.


Historia totalmente real, me la paso Martin para que publique jajajaja

Respondo por chat privado, buscamos corneador...

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