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Los límites de la confianza 03 chau bombacha

El lunes llegó demasiado rápido.
Todavía estaba disfrutando mentalmente del último mate frente al chalet cuando tuvimos que cargar la camioneta. Las bicicletas volvieron a su lugar. Después la heladera de viaje, el gazebo y los bolsos. Todo lo que el viernes habíamos acomodado con tanto cuidado ahora parecía ocupar el doble.
—Esto no va a entrar ni a palos —dije.
Ignacio ni siquiera levantó la vista.
—Sí entra, Nati.
Lo miré cruzándome de brazos.
—Ya tuvimos esta discusión, amor.
—Y la gané yo.
—No la ganaste.
—Entró.
—Porque sacaste la mitad de las cosas a los ponchazos.
—Pero entró.
Suspiré, negando con la cabeza.
—Bueno.
Sonrió. Esa maldita sonrisa de "tengo razón" que me sacaba de quicio. Finalmente cerramos todo, subimos y pusimos primera.
La costa empezó a quedar atrás. Y con ella, lentamente, esa sensación de que el tiempo se había detenido. La ruta, los carteles, los kilómetros devorados por el asfalto. Hasta que, varias horas después, empezamos a entrar nuevamente en Zona Sur.
El paisaje cambió por completo. Volvieron las calles conocidas, los comercios, los árboles enormes, las veredas irregulares y los adoquines.
Banfield. Nuestro lugar.
Me gustaba nuestro barrio. Tenía una mezcla rara: chalets sencillos junto a casas enormes y muy cuidadas, algunas de otra época y otras modernas, negocios pequeños y calles donde los árboles formaban una especie de techo verde cerrado.
—Qué lindo es nuestro barrio —dije, suspirando contra la ventanilla.
—¿Recién ahora te das cuenta?
—Después de estar unos días afuera se ve distinto.
—Cinco minutos y vas a estar puteando porque no encontrás dónde estacionar.
—También, obvio.
Se rió. Llegamos al chalet, abrimos el portón y entramos. Y ahí terminó oficialmente el fin de semana.
Bajamos las cosas: las bicicletas, los bolsos, la heladera, el gazebo, todo el cargamento.
—Esto lo dejamos para después —dije, tirando las llaves sobre la mesa.
Ignacio me miró con una ceja alzada.
—¿Después cuándo?
—Después, amor.
—Ese “después” tuyo significa que lo voy a terminar haciendo yo solo renegando.
—Puede ser.
—Natalia...
Me largué a reír.
—Bueno, che. Lo guardamos ahora.
Mientras entrábamos las últimas cosas, pensé que eso también era nuestra relación: no solamente los viajes, las escapadas románticas o las noches de sexo salvaje; también era volver, ordenar, trabajar, discutir por pavadas, reírnos y seguir adelante.
La rutina volvió casi sin pedir permiso. Volví a mis horarios, a los mensajes, a las redes, al trabajo, a las llamadas y a las reuniones. El teléfono parecía no entender que yo había estado de vacaciones. El lunes por la mañana ya tenía la pantalla estallada de notificaciones:
“¿Viste lo del evento?”
“¿Podemos hablar urgente?”
“Necesitamos publicar esto ya.”
Suspiré pesadamente. Bienvenida de nuevo a la realidad.
Durante el día también volví al gimnasio, y con él regresó la sensación de que las vacaciones habían sido apenas un espejismo. Ignacio, por su parte, volvió completamente a su eje: era increíble cómo podía pasar de estar totalmente relajado frente al mar a convertirse otra vez en el tipo estructurado que hacía cuentas para todo.
Una noche, cansada de cocinar, propuse salir a comer afuera. Me miró desde la punta de la mesa.
—¿A dónde?
—No sé, a algún lugar lindo.
—¿Cuánto querés gastar, Nati?
Me quedé tildada mirándolo.
—Ignacio, quiero ir a comer, no comprar una casa en San Isidro.
—Sí, ya sé, pero hay que mirar los números.
—¿Qué hay que mirar? ¡Tenemos plata para ir a cenar una maldita vez en la semana!
Me empecé a reír de la bronca.
—Te amo con toda el alma, pero sos imposible.
—Después cuando llega la tarjeta no te andes quejando.
—Yo nunca me quejo.
—Vos no. Yo sí, por los dos.
Me acerqué, me senté a upa suyo y le di un beso largo, con ganas.
—Vamos a comer igual.
—¿Dónde?
—Donde no hagas cuentas.
—Eso es físicamente imposible para mí.
Y otra vez terminamos riéndonos abrazados en la cocina.
Nuestra vida era bastante simple. Trabajábamos, nos veíamos, hacíamos las compras, íbamos al gimnasio, visitábamos amigos, discutíamos por estupideces, nos reconciliábamos, nos acostábamos juntos y al día siguiente volvíamos a empezar. No sentíamos que nos faltara nada. Y eso era lo importante.
Porque cuando pienso en todo lo que vino después, muchas veces me pregunté si alguien podría creer que todo esto empezó porque nuestra relación estaba mal.
Para nada. Todo lo contrario. Éramos felices. Quizás justamente por eso tuvimos la libertad de preguntarnos qué otras cosas podíamos descubrir juntos.
La conversación de Costa del Este había quedado dando vueltas. No hablábamos de ella todos los días, ni siquiera todas las semanas. Pero aparecía. A veces en una broma al pasar, a veces en una mirada cómplice, a veces en una pregunta que parecía casual. Y cada vez que asomaba la cabeza, yo sentía que algo se iba moviendo por dentro, una fibra íntima que se tensaba.
Unos días después, una de mis amigas escribió al grupo de WhatsApp: “¿Salimos a comer y tomar algo esta noche?”. Acepté de inmediato. Necesitaba despejarme, respirar otro aire.
Esa tarde, mientras me preparaba en la habitación, Ignacio estaba acostado bocarriba en la cama, mirándome el techo con las manos detrás de la cabeza.
Abrí el placard y bufé.
—¿Qué me pongo?
—Lo que quieras, amor. Te queda todo pintado.
—Gracias por semejante aporte a la moda.
—Te digo la verdad, te queda bien todo.
—Eso tampoco me ayuda a decidir.
Elegí un vestido negro corto, al cuerpo, que me marcaba cada curva y que sabía que lo volvía loco. Me lo probé, me miré en el espejo de cuerpo entero, me arreglé el pelo suelto, me puse perfume en los puntos clave y volví a la habitación contoneando las caderas a propósito.
Ignacio seguía acostado, pero ya no miraba el techo; tenía los ojos fijos en mí, oscuros, recorriéndome entera.
—¿Qué? —le tiré, haciéndome la desentendida.
—Nada.
—Otra vez con el "nada".
—Estás increíble, Nati.
—¿Muy linda?
—Mucho más que eso. Estás tremenda.
Sonreí, saboreando el efecto que le causaba. Sabía perfectamente que le encantaba verme así, arreglada y deseable. Y también sabía que, desde aquella charla en la costa, había una pequeña parte de mí que disfrutaba provocarlo al límite.
—¿No te parece demasiado para una salida de amigas? —le pregunté, ladeando la cabeza.
—Para nada.
—¿Seguro?
—Sí.
Hubo una pausa cargada de estática. Me miró con esa sonrisa canchera que ya conocía de memoria.
—Podrías sacar una cosa más de ahí adentro...
Levanté una ceja, divertida por su descaro.
—¿Qué cosa?
No respondió enseguida. Se incorporó un poco sobre los codos.
—No sé... una prenda que te esté de más.
Me largué a reír a carcajadas.
—¿La bombacha?
Se encogió de hombros, con una inocencia fingida que era pura provocación.
—Por ejemplo.
—Ni loca.
—¿Por qué?
Lo miré fijo, acercándome un paso a la cama, sintiendo cómo el aire se ponía espeso entre nosotros.
—Porque si algún día alguien quisiera sacármela, se va a tener que ganar el derecho a esforzarse mucho más.
La cara que puso, entre sorpresa, excitación y un destello de celos oscuros, me hizo vibrar por dentro.
—Sos una hija de puta, Nati.
—Vos empezaste el juego, mi amor.
—Yo solamente hice una pregunta...
—Sí, ya sé perfectamente lo que dijiste.
Me giré, me miré una última vez en el espejo y agarré la cartera de cuero.
—Me voy con las chicas.
—Pasala lindo.
—Vos también. Pensá en mí.
—Eso hago las veinticuatro horas, estúpida.
—Ya lo sé.
Salí de casa riéndome, sintiendo el pulso acelerado.
Mis amigas ya estaban en el bar cuando llegué. La noche pasó entre risas, tragos fuertes, comida y charlas interminables sobre trabajo, parejas, exnovios y chismes que siempre terminaban siendo más enredados de lo que parecían.
En un momento, una de ellas contó una anécdota bastante picante sobre una pareja abierta que conocían. No voy a decir que eso me voló la cabeza de golpe, pero sí recuerdo que, mientras la escuchaba asentir, mi mente se fue directo a Ignacio. A nuestra conversación en la costa. A su curiosidad. A la mía. No porque tuviera ninguna intención real de hacer nada con un extraño; simplemente porque empezaba a entender que entre nosotros se había abierto una grieta, una puerta clandestina que antes ni sabíamos que existía.
Más tarde me levanté para ir al baño. Entré, cerré el pestillo de la puerta y me quedé unos segundos apoyada contra el lavatorio, mirando mi reflejo en el espejo.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, una chispa traviesa se encendió en mi cabeza.
Me bajé la ropa interior, me quité la bombacha de encaje negro, la doblé con prolijidad y la metí al fondo de mi cartera, escondida debajo de la billetera.
Sonreí sola, mordiéndome el labio inferior. No iba a pasar nada esa noche, ni siquiera se trataba de eso. Era una travesura pura, una descarga de adrenalina dedicada exclusivamente a Ignacio.
Volví con mis amigas disimulando los nervios, pero el resto de la noche no pude dejar de pensar en su cara cuando descubriera que había vuelto a casa completamente desnuda por debajo del vestido.
Cuando finalmente nos despedimos y subí al remís, me acomodé en el asiento trasero y miré las luces de la avenida pasar borrosas por la ventanilla. El movimiento rítmico del auto y el roce constante de la tela del vestido contra mi piel desnuda hicieron que el cuerpo me latiera con una urgencia caliente.
Por un segundo, casi sin darme cuenta, deslicé la mano por debajo del vestido, buscando el calor húmedo entre mis piernas, rozándome apenas con los dedos para calmar el fuego que sentía adentro. Contuve la respiración, mordiéndome la boca para no gemir en medio del coche, y después retiré la mano, con la piel erizada.
Sonreí mirando hacia la oscuridad de la calle. Todavía no sabía hasta dónde iba a llegar nuestro jueguito perverso, pero cada paso que dábamos me divertía y me calentaba más.
Cuando entré a casa, Ignacio estaba despierto en la cama, con una remera tirada y el teléfono en la mano.
—¿La pasaste bien? —preguntó sin levantar la vista del todo.
—Sí, hermoso.
—¿Qué hicieron?
Me saqué los zapatos y le conté un resumen de la cena mientras iba al baño a lavarme la cara. Él me escuchaba con atención, tirando alguna que otra pregunta al pasar.
—¿Y quiénes fueron al final?
Le nombré a las chicas.
—¿Y a qué hora volvieron?
—A esta hora, Ignacio, no seas policía.
Me miró con los ojos entornados, apoyando el celular en la mesa de luz.
—¿Había mucha gente en el bar? ¿Muchos tipos mirando?
Sonreí, apoyándome contra el marco de la puerta de la habitación.
—¿Por qué querés saber tanto? ¿Celoso?
—Curiosidad, Nati.
Ahí apareció otra vez esa maldita palabra. Curiosidad.
No pude evitar una sonrisa socarrona.
—Claro. Curiosidad.
—¿Qué te pasa? ¿De qué te reís?
—De nada.
Dejé la cartera sobre la silla del escritorio y me senté en la cama frente a él. Ignacio siguió hablándome, pero yo jugaba con el borde de mi ropa. En un momento, buscando unas pastillas de menta, abrió el cierre de mi cartera.
Se quedó completamente quieto.
Metió la mano, sacó la bombacha negra hecha un bollito y se quedó mirándola fijo como si fuera un objeto extraterrestre. Levantó la vista despacio hacia mí, con las pupilas dilatadas.
—¿Y esto?
No aguanté más y largué una carcajada franca.
—¿Qué?
—Nati... ¿me estás jodiendo?
—Te juro que no.
—¿Qué hacés con esto suelto acá?
—Era una broma para vos.
—¿Una broma? —me preguntó con la voz más ronca, incorporándose de golpe en la cama—. ¿Me estás diciendo que saliste, fuiste a cenar con tus amigas y volviste sin ropa interior?
—Exactamente eso. Me la saqué en el baño del bar y la guardé para ver tu cara cuando la encontraras.
Me analizó en silencio durante unos segundos interminables, midiendo cada gesto con una intensidad que quemaba.
—¿Me estás diciendo la verdad o me estás verseando?
—Te juro por mi vieja que es verdad. Nadie la tocó, nadie supo nada. Era solo para vos.
Ignacio esbozó una sonrisa lenta, oscura, mientras estrujaba la prenda entre sus dedos con fuerza.
—Qué lástima —murmuró.
Fruncí el ceño, sorprendida.
—¿Lástima de qué?
—Y... yo que pensaba que quizás te habías animado a más con alguien ahí adentro.
Lo miré fija, sintiendo que la temperatura en la habitación subía de golpe.
—¿Y eso a vos te hubiera gustado, Ignacio? ¿Te excita pensar en eso?
Se encogió de hombros, con una sinceridad brutal que me dejó sin aire.
—No sé... quizás un poco sí.
—Mentiroso de mierda.
—Puede ser —admitió, largando una risa nerviosa.
Me acerqué a él a trancos cortos, me trepé a la cama y le pasé los brazos alrededor del cuello, pegando mi cuerpo desnudo por debajo al suyo.
—Por ahora vas a tener que conformarte con mis jueguitos y mis bromas, ¿entendiste?
—Por ahora —repitió él contra mis labios, antes de devorarme la boca con una desesperación que no me dio tiempo a pensar en nada más.
Esa noche el sexo fue áspero, urgente, casi violento de tan intenso, como si los dos necesitáramos quemar en la cama todas las imágenes que se nos habían metido en la cabeza.
Unos días después, la propuesta de salir a cenar a Puerto Madero vino de parte de él.
Yo acepté de inmediato. Esa tarde me esmeré como nunca: me puse otro vestido, un poco más elegante, me maquillé con detenimiento y me perfume entera. Cuando salí del baño y me vio parada frente a él, Ignacio se quedó tragando saliva en seco.
—Estás hermosa, Nati. No podés ser así.
—Gracias, amor. ¿Te gusta el vestido?
—Me vuelve loco. Y más sabiendo lo que tenés —o no tenés— abajo.
Me reí, dándole un manotazo suave en el pecho.
Durante el viaje en auto hasta Capital Federal hablamos de cualquier pavada: de laburo, de comida, de proyectos a futuro. La charla parecía completamente normal para cualquier oyente desprevenido. Pero los dos sabíamos perfectamente que había una corriente subterránea electrificando el habitáculo.
Cuando llegamos, estacionamos cerca de los diques. Antes de que apagara el motor, Ignacio me miró de costado.
—Esperá un segundo.
—¿Qué pasa?
Se quedó en silencio un momento, mordiéndose el labio inferior.
—Nada.
—No me hagas la gran Ignacio, hablame.
Sonrió de costado, con una picardía peligrosa en los ojos.
—¿Te acordás de lo que hablamos el otro día en casa?
Lo miré con los ojos bien abiertos.
—¿Otra vez con lo mismo?
—Estoy preguntando en serio.
—Ya sé.
Nos quedamos en silencio unos segundos, escuchando el motor regulando suave. Y entonces, con una naturalidad pasmosa, me soltó una propuesta al oído, un desafío tan perverso y desubicado que me hizo dar vuelta la cabeza de golpe.
Lo miré con incredulidad, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello hasta las orejas.
—Sos un degenerado absoluto, Ignacio.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque me proponés cada pelotidez que me mata.
—Sí, pero estás con una sonrisa de oreja a oreja.
—Porque me causa gracia el nivel de locura que manejan tus delirios.
—Entonces... ¿aceptás el juego o te acobardás?
Lo medí un instante, sintiendo que la adrenalina me recorría las venas como una droga limpia.
—Acepto. Pero si sale mal, el responsable sos vos.
Bajamos del auto. Para cualquier persona que cruzara nuestra órbita, éramos simplemente una pareja elegante más llegando a cenar a un restaurante ostentoso de Puerto Madero. Nadie sabía nada. Pero nosotros compartíamos un secreto sucio, y eso hacía que cada roce de su mano en mi cintura y cada mirada cómplice tuviera un significado mil veces más intenso.
Entramos, nos sentamos a la mesa con vista al río, pedimos una botella de vino y charlamos de cosas triviales. Y sin embargo, yo sentía que toda la noche latía con una tensión eléctrica invisible.
En un momento determinado, me levanté de la silla para ir al baño. Entré, cerré la puerta y me miré al espejo. Tenía las mejillas encendidas. No sabía exactamente por qué estaba jugando a esto, pero la idea de estar rompiendo las reglas desde adentro me fascinaba.
Saqué el teléfono del sobre, me saqué una foto rápida, íntima, sugiriendo más de lo que mostraba, y se la mandé a su número con un emoji directo.
Volví a la mesa unos minutos más tarde, caminando con la elegancia de quien oculta un incendio forestal bajo la ropa. Ignacio tenía el celular apoyado al lado de la copa; cuando vio la pantalla, levantó la vista lentamente hacia mí con los ojos oscuros, tragando saliva.
Yo me senté como si nada hubiera pasado.
—¿Qué pasa? —le tiré con inocencia.
—Nada.
—¿Otra vez con lo mismo?
Sonrió de costado, pasándose una mano por la boca.
—Nada, amor. Seguí comiendo tranquila.
Cernamos entre risas contenidas, disfrutando del secreto, de saber que a pocos centímetros de los mozos y de las demás mesas, nosotros habitábamos en otro planeta. Ese era el verdadero juego: no necesitábamos que nadie más supiera nada. Por lo menos, todavía no.
La vuelta a casa fue silenciosa pero cargada de electricidad. Hablamos de la cena, de si el lugar había valido la pena y de la cuenta que nos había querido arrancar la cabeza.
—No empieces a renegar con lo que gastamos —le advertí riéndome mientras subíamos a la camioneta.
—Solo digo que estuvo tremendo, pero carísimo.
—Ignacio, por favor...
Cuando llegamos al chalet, cerramos la puerta con llave y ni bien sonó el pestillo nos giramos a encontrarnos. No hizo falta mediar palabra ni sacarnos la ropa con cuidado. La tensión acumulada durante toda la noche explotó de golpe en el recibidor, entre besos desesperados, manos que apretaban con fuerza y gemidos ahogados contra la pared, llevándonos a la cama en una tromba de deseo puro.
Más tarde, ya más calmos, nos quedamos acostados en la oscuridad, mirando el techo blanco. Ignacio me acariciaba el hombro con la punta de los dedos.
—¿Te gustó la salida? —preguntó bajito.
—¿Qué cosa en particular?
—Todo. La noche, el juego, el riesgo.
Me quedé pensativa unos segundos, sintiendo el pulso regular de su corazón contra mi espalda.
—Sí, me gustó.
—A mí también, Nati. Como pocas cosas en mucho tiempo.
Se hizo un silencio espeso en la habitación, de esos que anuncian tormenta.
—¿Y si algún día...? —empezó a decir, pero se cortó solo.
Me giré sobre la almohada para mirarlo a los ojos.
—¿Y si algún día qué, Ignacio?
Dudó un segundo, como si le costara articular el pensamiento hasta el final.
—¿Y si algún día dejamos de jugar solamente entre nosotros dos?
Esta vez no me reí. Tampoco le salté a la yugular ni le grité. Me quedé helada, mirándolo fijo, porque la pregunta ya no era una fantasía abstracta de ducha; era una posibilidad real puesta sobre la mesa, con nombre, apellido y consecuencias irreversibles.
—No sé —atiné a responder con un hilo de voz.
Ignacio asintió despacio en la penumbra.
—Yo tampoco sé, Nati. Pero me da vueltas en la cabeza.
Nos quedamos callados, sintiendo el peso de esas palabras flotando en el aire. Después me arrimé más a su cuerpo, buscando su calor.
—Pero si alguna vez pasa algo de verdad, tiene que ser porque los dos queremos lo mismo, ¿estamos? —le dije muy seria.
Me miró a los ojos, con una seguridad que me estremeció.
—Obviamente. Los dos o nadie.
—Y si alguno de los dos se arrepiente o no quiere, se corta al instante.
—También. Tal cual.
Le sonreí en la oscuridad, acariciándole la mejilla áspera por la barba de dos días.
—Entonces todavía tenemos mucho para pensar.
—Sí, un montón.
Me abrazó fuerte contra su pecho, apagando el mundo. Y ahí terminó la conversación por esa noche.
Porque ninguno de los dos lo sabía en ese momento, pero acabábamos de cruzar una frontera de la que no se podía volver. Habíamos escupido una posibilidad en voz alta. Y una vez que una fantasía se pronuncia con los ojos abiertos, ya deja de ser una mentira para convertirse en una bomba de tiempo a punto de explotar.
Seguíamos siendo nosotros contra el mundo. Pero algo en nuestro interior ya se había roto para siempre.

5 comentarios - Los límites de la confianza 03 chau bombacha

Duocurioso
Felicitaciones muy buen relato, me muero por la continuación
excelente relato . asi se va contruyendo . en confianza, hablando e intercambiando fantasias y temores .sabiendo que ambos pueden confiar plenamente en el otro. es un juego de los dos, donde ambos tienen que disfrutar y estar en sintonía . cada pareja trazará sus acuerdos. éste estado de complicidad es la mejor bomba de erotismo que conozco. Te vuela la cabeza . a disfrutar !! gracias por compartirlo