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🔥"3 Cuerpos, 7 Pecados" VI

Buenas, cómo están?

Les traigo la sexta parte de esta historia.
Si no leyeron las otras partes, se las dejo acá:

1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6372738/3-Cuerpos-7-Pecados-Intro-Capitulo-I.html
2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374111/3-Cuerpos-7-Pecados-II.html
3 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374728/3-Cuerpos-7-Pecados-III.html
4 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374842/3-Cuerpos-7-Pecados-IV.html
5 https://www.poringa.net/posts/relatos/6374871/3-Cuerpos-7-Pecados-V.html


🔥"3 Cuerpos, 7 Pecados" VI

VI - Pereza

Gisela se despierta con esa pereza dominical que se pega al cuerpo como una segunda piel, el sol filtrándose en rayos oblicuos por las persianas venecianas de madera clara que instaló ella misma hace dos años, cuando decidió que su habitación necesitaba más luz controlada, no esa invasión brutal del mediodía porteño.

Durmió desnuda, como casi siempre desde la separación: solo una tanga negra de encaje mínimo —una de esas piezas rojas o negras que reserva para noches en que se siente especialmente dominante consigo misma— y nada más. La sábana blanca se enredó en sus piernas durante la noche, dejando al descubierto el tatuaje de la serpiente: la cabeza estilizada y elegante reposa justo sobre el esternón, entre sus pechos generosos, con ojos que parecen mirar directamente al observador; el cuerpo sinuoso desciende en curvas hipnóticas, la cola larga y fina bajando por el valle entre sus senos hasta perderse por debajo del ombligo, como un secreto que invita a seguir el camino. Es su símbolo favorito, el que eligió hace años como recordatorio de su propia naturaleza: astuta, renovadora, tentadora sin forzar. La piel clara con esa tez rosada natural que resalta bajo la luz matinal.

A los 35 años, ha aprendido a valorar estos momentos de solitude absoluta: el departamento en Palermo Soho es su reino, un PH de dos plantas reciclado con manos expertas —las suyas, mayormente—, donde cada rincón cuenta una historia sin necesidad de palabras.

La habitación es su sanctum sanctorum, un espacio que diseñó para ser un equilibrio perfecto entre minimalismo y calidez personal, reflejando su esencia dominante y libre. Las paredes están pintadas en un gris perla suave, un tono que eligió después de probar siete muestras porque ninguno capturaba esa neutralidad elegante que le permite cambiar accesorios sin drama. La cama king size domina el centro, con sábanas blancas de algodón egipcio de alto hilo —un lujo que se dio post-separación de Fede, hace cinco años, cuando el casamiento por el embarazo de Mar se convirtió en un capítulo cerrado y ella decidió reinventarse sola—. La cabecera es de madera oscura, tallada con líneas simples pero robustas, comprada en una feria de antigüedades en San Telmo durante uno de esos fines de semana en que salía a cazar piezas únicas, sola o con alguna conquista ocasional que no duraba más que el viaje de vuelta.

Sobre la mesita de noche, siempre impecable, reposa el libro del momento: Kushiel's Dart de Jacqueline Carey, abierto en la página donde Phèdre acepta su destino como anguissette, porque Gisela se identifica con esa cortesana/espía bisexual, dominante y sin miedos que usa su sexualidad como arma y como placer. Al lado, un cargador inalámbrico para el celular y una crema de manos con aroma a vainilla, porque es meticulosa con el cuidado personal, un ritual que empezó en sus twenties cuando trabajaba en una agencia de diseño y aprendió que las manos son la carta de presentación de una decoradora.

En la pared opuesta, colgado en un marco negro minimalista, está su diploma de Diseñadora de Interiores de la UBA, un recordatorio tangible de los años de estudio nocturno mientras criaba a Mar recién nacida, durmiendo poco y soñando mucho. Ese título fue su boleto a la independencia: gana bien con clientes grandes —departamentos de lujo en Puerto Madero, oficinas en Retiro—, pero cada tanto acepta trabajos chicos en la zona, como redecorar un monoambiente en Colegiales o un balcón en Villa Urquiza, para juntar plata extra y guardarla en una caja de ahorros para Mar. "Para cuando sea grande", se dice siempre, imaginando viajes, estudios, lo que sea que la nena elija sin ataduras.

En la estantería baja junto a la ventana, alineados con orgullo, están los tomos de la saga completa de Kushiel —su lectura secreta favorita, esa que la hace fantasear con mundos donde el placer y el poder van de la mano sin culpas—, intercalados con otros libros que marcan etapas de su vida: la saga de Outlander de Diana Gabaldon para esas noches en que busca romance histórico apasionado y mujeres fuertes que rompen moldes; The Priory of the Orange Tree de Samantha Shannon por sus protagonistas queer y épicas; y algún clásico como Delta de Venus de Anaïs Nin, porque el erotismo literario siempre la acompañó. El armario empotrado, de puertas corredizas con espejos ahumados, guarda su ropa con precisión quirúrgica: jeans ajustados para el día a día, vestidos negros para salidas nocturnas, lencería variada que refleja su bisexualidad sin complejos —piezas rojas para noches dominantes, encaje blanco para cuando quiere ceder un poco el control, aunque eso pasa poco—.

En una repisa alta, una caja de madera con fotos viejas: ella y Fede en su casamiento improvisado por el embarazo de Mar, la nena bebé en brazos de ambos, momentos que no borra porque son parte de quien es, una mujer que no niega su pasado pero lo archiva.

Debajo de la cama, discreta pero accesible, hay una valija negra de viaje mediana, su "kit de exploración" como lo llama en su mente: producto de estos cinco años de libertad post-separación, donde ha profundizado en su sexualidad sin ataduras. Dentro, un dildo de silicona realista para cuando busca penetración profunda y controlada, un vibrador rabbit con múltiples velocidades para estimulación dual, un strap-on ajustable que usó en encuentros con mujeres —recordando esa vez con una amante casual que la hizo sentir poderosa—, esposas de cuero suave para juegos de dominación, un plug anal con vibración para experimentar límites, y lubricantes variados con sabores. A veces, sola en la cama, saca algo y se deja llevar por fantasías: imagina usándolos con una pareja estable, o en un trío donde ella dirige el ritmo, explorando cuerpos masculinos y femeninos con la misma intensidad, porque su bisexualidad es fluida, selectiva, no un capricho. No sale con cualquiera; es muy sexual, sí, pero extremadamente selectiva: solo comparte momentos con personas que la estimulen intelectual y emocionalmente, que merezcan su vulnerabilidad. Aprendió la lección con esa clienta hace dos años —una morocha de Recoleta con la que terminó enredada en una aventura que no debió cruzar lo profesional—, y desde entonces repite como mantra "donde se come no se caga": no terminó bien, perdió un gran cliente y juró no mezclar trabajo con placer.

El cuarto huele a lavanda del difusor que enciende todas las noches, un toque zen que contrasta con su energía interna, siempre bullendo bajo la superficie. Gisela es así: profesional impecable, madre dedicada, pero en lo profundo, una mujer que anhela intensidad, que domina en la cama porque le da poder, que explora su bisexualidad sin etiquetas porque la libertad es su mantra. Vive aquí, en este PH que decoró sola, porque después de Fede decidió que no necesitaba a nadie para completarse, aunque a veces, en mañanas como esta, se pregunta si no hay espacio para algo —o alguien— más.

Mira el reloj: 9:15. Perfecto, tiempo suficiente. Alcanza el celular en la mesita de luz por costumbre, desbloquea la pantalla. Hay un mensaje pendiente desde la madrugada, 2:17 am. El nombre de Martín aparece en la notificación. Sonríe apenas, curiosa—esa hora no es casual—, pero no lo abre. No ahora. Mar la espera, y los domingos son sagrados para ella.


novia


Se levanta, los pies descalzos tocando el piso fresco. Decide cambiarse antes de desayunar: elige una remera casual blanca con mangas negras raglán que se ajusta suavemente a su figura, dejando entrever el inicio del tatuaje de la serpiente en el escote sutil; jeans oscuros ajustados que marcan sus curvas, y zapatillas blancas casuales. Se suelta el pelo negro azabache, largo y liso, que cae como una cascada hasta la mitad de la espalda. En el espejo del baño, se aplica un toque de maquillaje ligero: eyeliner que resalta sus ojos, labial rojo mate. A los 35 años, sabe exactamente cómo verse effortless pero magnética.

En la cocina, Mar ya está sentada en la banqueta alta, con las piernas colgando y el celular en la mano mirando videos de TikTok con auriculares puestos. Diez años recién cumplidos, energía adolescente temprana, pelo revuelto con mechones teñidos de rosa que Gisela le permitió "para probar".

—¿Ya te levantaste, vieja? —dice Mar quitándose un auricular, con esa sonrisa picante que saca cuando quiere pinchar.

Gisela ríe, revolviéndole el pelo.

—Sí, adolescente en potencia. ¿Lista para ir con papá? Bajá el volumen de eso, eh.-

Mar rueda los ojos pero obedece.

—Sí, dijo que vamos al shopping y después a comer algo rico. ¿Me das plata para comprar algo?-

Gisela prepara su café negro, fuerte como le gusta, y se sienta frente a ella. —Veamos cómo te portás en el viaje.

-¿Desayunaste?-

Mar muestra el yogur a medio terminar. Charlan de tonterías: la escuela, el grupo de WhatsApp con amigas, el chico de la clase que "es un boludo pero lindo", el último video viral. Gisela escucha, da consejos sutiles, siente esa calidez familiar pero también la punzada de saber que en unas horas la casa volverá a estar vacía, con esa libertad que ama y a veces pesa. El mensaje de Martín queda ahí, en el fondo de su mente, como una promesa pendiente.

Finalizan su desayuno y Gisela ayuda a Mar a terminar de prepararse: jeans rotos (aprobados con límite), remera con estampado de banda, mochila con cargador, libro para el viaje y el osito que, aunque Mar dice "ya soy grande", sigue llevando a todos lados.

—¿Todo listo? —pregunta Gisela, agachándose para ajustar la mochila.

Mar la abraza rápido, adolescente-style.
-Sí, ma. Gracias.-

Gisela la aprieta un segundo más de lo necesario.

—Portate bien, eh. Te quiero.-

—También —murmura Mar, ya yendo a la puerta.

Salen de la casa tomadas del brazo más que de la mano. Gisela cierra la puerta con llave, el sol del domingo ya calentando la vereda. Suben al auto de Gisela, Mar en el asiento delantero. Gisela ajusta el retrovisor, pone el cinturón, arranca el motor. El trayecto hacia la casa de Fede comienza, con Mar poniendo música baja en el celular compartido.

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El departamento de Lucía y Martín está en penumbras, con la luz del mediodía filtrándose apenas por las persianas bajadas. El aire todavía huele a sexo intenso, a sudor y a algo más: un perfume suave, caro, que no es de ninguno de los dos.

Martín despierta primero. Se queda un rato mirando el techo, sintiendo el cuerpo pesado y satisfecho de la noche anterior. A su lado, Lucía duerme boca abajo, el pelo anaranjado —ese rojo fuego que siempre lo vuelve loco— desparramado sobre la almohada como una llamarada. Una pierna fuera de la sábana, la curva de su espalda desnuda subiendo y bajando con respiración tranquila.
Lucía abre los ojos antes de que él se mueva. En su mano derecha, arrugado, tiene la bandana roja. La encontró entre las sábanas al despertarse, la apretó sin pensar. Martín se incorpora un poco, la ve, extiende la mano. Ella se la pasa sin decir nada. Él la despliega, la acerca a la cara y aspira profundo. El perfume de Gisela está ahí, impregnado, como si ella hubiera estado entre ellos la noche entera. Lucía lo mira con una media sonrisa cansada.

—Nos volvimos locos anoche —dice en voz baja.

Martín asiente, dobla la bandana y la deja sobre la mesita. Del piso recoge el dildo, el que usaron en medio de la ira y el fuego, el que llevó a Lucía a gritar su nombre mientras imaginaban a Gisela. Lucía se levanta, lo toma de sus manos, lo lava en el baño con cuidado, lo seca y lo guarda en su bolsita de terciopelo negro. Lo mete en el cajón de la mesita de noche, junto a otros juguetes, como si cierra un capítulo pero no del todo.

Desayuno tardío en la cocina: mates amargos, yerba fresca, termo humeante. Se sientan frente a frente, todavía en remera y bóxer él, bata corta ella. El silencio es cómodo, pero cargado. Lucía ceba el mate con lentitud.

—¿Y si no contesta nunca? —pregunta al fin, pasándole el mate.

Martín toma un sorbo largo, piensa un segundo.

—Entonces seguimos nosotros dos —dice—. Como siempre. Pero mejor. Porque anoche… anoche fue diferente.
Lucía levanta la mirada, los ojos brillando un poco.

—Sí. Pero… ¿y si queremos seguir explorando? No necesariamente con ella. Con alguien nuevo. Otras personas.

Martín deja el mate en la mesa, la mira directo.

—¿Te gustaría? Decime la verdad, Lu. Sin filtros. ¿Qué sentís con todo esto?


pareja


Ella suspira, toma el mate de vuelta, sorbe antes de responder. Sus mejillas se tiñen un poco, como si la pregunta la calienta de nuevo.

—Me gustó lo que pasó con Hernán —admite, bajando la voz, casi como si confiesa un secreto—. Me calentó mucho. Me hizo sentir deseada, viva. Esa tarde después de la clase de natación, cuando nos quedamos solos en el vestuario… él me empujó contra los lockers, me besaba con el cloro todavía en la piel, me bajaba el traje de baño y me tocaba hasta que me temblaban las piernas. Me gustó, pero no terminé de disfrutarlo del todo porque era a escondidas, porque sabía que vos no sabías y eso me comía la cabeza. ¿Y a vos? ¿Te gustó lo de Morena? ¿Te quedaste con ganas?-

Martín se inclina hacia adelante, los ojos fijos en los de ella.

—Sí, me gustó. Me calentó como loco. Morena es… intensa. Esa noche en la oficina de Robert, cuando nos quedamos hasta tarde supuestamente terminando el informe… ella cerró la puerta con llave, se sentó en el escritorio, me abrió las piernas y me hizo comerla mientras yo pensaba que en cualquier momento alguien podía entrar. Me gustó, pero no terminé de disfrutarlo porque era secreto, porque pensaba en vos y en que te estaba traicionando. Me quedé con ganas de más... ganas de cogérmela, de ver cómo se movía debajo de mí. Pero igual que vos, no quiero secretos. Si lo hacemos, tiene que ser con vos sabiendo, o mejor, participando. ¿Te imaginás? Yo con ella, y vos mirando… o tocándola a ella también.-

Lucía muerde su labio inferior, el rubor subiendo.

—Me excita pensarlo. Anoche, cuando te imaginaba con Morena en esa oficina, sentada en el escritorio del jefe con las piernas abiertas, me dio ira al principio, pero después… me mojé solo de imaginarlo. ¿Y si te veo a solas con ella? ¿Te gustaría? ¿O preferís que estemos todos?-

Él toma su mano por encima de la mesa, aprieta suave.

—Me gustaría todo. A solas con ella, pero grabándolo para vos, o en videollamada. Imaginate: yo cogiéndomela en esa misma oficina, y vos viéndolo en vivo, masturbándote. O los tres juntos. Y con Hernán… decime, ¿te quedaste con ganas de él? ¿La tiene más larga? ¿Te imaginás cómo te llenaría?-

Lucía ríe nerviosa, pero no aparta la mirada. El morbo está ahí, en el aire, calentándolos de nuevo.
-Ay Martín... No sé si...-

-Dale amor... No pasa nada, contame.-

—Bueno... Sí, la tiene más larga que vos. Creo que me tocaría hasta el fondo, me haría gritar de una forma que no conocés. Esa vez en el vestuario, cuando me apretaba contra los lockers, me bajaba el traje y me rozaba con ella dura… no hubo penetración, pero sentí lo gruesa que es, cómo me abría solo con la punta contra mi entrada húmeda. Me quedé con ganas de sentirlo adentro. Pero no a escondidas. Hernán dijo que no tenía problema en compartir, que le gustaba la idea de un trío. ¿Te calentaría verme con él? ¿Ver cómo me coge, cómo gimo?-

Martín siente un tirón en la entrepierna, la voz ronca.

—Mucho. Me encantaría verte con él en ese vestuario otra vez, pero conmigo mirando, ver cómo te coge contra los lockers. En persona... O no... Pero solo si vos querés. ¿Te gustó más que conmigo? ¿O es diferente? ¿Te quedaste con ganas de que te coja fuerte, de que te domine?-

—Diferente —dice ella, sincera—. Con vos es amor, conexión. Con él fue puro fuego, animal. Me quedé con ganas de que me coja, sí, de sentirlo profundo, de que me domine un poco. Pero si lo integramos… podría ser lo mejor de los dos mundos. ¿Y vos con Morena? ¿Te quedaste con ganas de algo específico? ¿De cogértela por atrás en la oficina del jefe, o de que te cabalgue sobre el escritorio? ¿Te imaginás su boca en vos, o vos en ella?-

Martín traga saliva, la excitación evidente.

—Sí, me quedé con ganas de todo. De que me cabalgue sobre ese escritorio, de verla gemir. De cogérmela por atrás contra la ventana, de sentirla apretada mientras imaginaba que Roberto podía volver en cualquier momento. Ella se quedó con ganas de seguir, me lo dijo. Me quiso llevar a la casa. Si hablamos con ellos… ¿los invitaríamos juntos? ¿Un cuarteto? O por separado, para probar. ¿Te calentaría un cuarteto? Todos tocándonos, intercambiando.-

Lucía aprieta su mano, los ojos brillando con esa mezcla de vulnerabilidad y excitación.

—Si... pero por separado primero, para no abrumarnos. Pero un cuarteto… me calienta pensarlo. Ver cómo te la cogés a esa vieja en la oficina mientras Herny me coge a mí en el vestuario. O yo con Morena, vos con Herny mirando. Pero honestos siempre. Preguntándonos todo: ¿te gustó? ¿Querés repetir? ¿Te sentiste celoso? Sin juzgar. Porque anoche nos unió más que nunca.-

Martín asiente, inclinándose para besarla suave.

-Apa... Herny le decís... Mira vos... Jajaja-

-Jajaja sí, me dijo que le diga así... Y la vieja le puedo decir la tetona si querés...-

—Tetona le queda bien aplicado jajaja, y lo de "Herny" un poco de celos me da... pero por vos... Confianza total —repite—. Y si Gisela contesta, genial. Si no, quizás hablamos con Hernán y Morena. O con otros. Pero siempre nosotros primero.-

Se miran un rato largo, sonriendo sin necesidad de más palabras. El aire se siente más liviano, pero cargado de posibilidades, como si la conversación hubiera abierto puertas que no sabían que existían.

Sin embargo, ambos sienten que falta algo. Les coparía probar con Hernán y Morena —el vestuario húmedo con Hernán apretándola contra los lockers, o la oficina del jefe con Morena abierta sobre el escritorio—, pero hay una sensación sutil: necesitan a Gisela para abrir del todo su libido. No saben por qué, pero la sienten como una guía en esto, la que podría hacer que todo encaje sin romperse. La que podría convertir la fantasía en realidad sin riesgos. Es como si Gisela, con su aura misteriosa, su perfume en la bandana y esa forma de mirar que promete control y libertad al mismo tiempo, fuera la llave para desbloquear esa parte de ellos que anhelan explorar sin miedos. Sin ella, todo parece incompleto, como si el fuego de anoche hubiera sido solo un chispazo, y Gisela la chispa que podría encender la hoguera completa. Se dan cuenta, en ese silencio compartido, que la esperan no solo por deseo puro, sino porque intuyen que ella podría enseñarles a navegar esto sin perderse, con esa astucia serena que los atrae tanto.

El celular de Martín vibra sobre la mesa. Interrumpiendo la mirada cargada de erotismo de la pareja. Sienten la vibración en la mesa y los dos se quedan quietos. Ven el resplandor provenir del teléfono de Martín. Él lo toma, desbloquea la pantalla.

Lee el mensaje.

Sonríe grande.

Lucía se inclina hacia adelante, los ojos abiertos y espectantes.


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Gisela arranca el motor con esa calma mecánica de los domingos por la tarde en Buenos Aires. El sol de diciembre pega fuerte, el asfalto brilla un poco, y el aire acondicionado del auto tarda en enfriar. Mar, de diez años, va en el asiento de atrás con la mochila al lado, auriculares puestos, mirando videos en la tablet.

—¿Qué estás viendo, amor? —pregunta Gisela por el retrovisor.

Mar se saca un auricular.

—Un challenge de TikTok con Naza. Mirá, ma, es re divertida. Dice que cuando vuelva de Pinamar nos vamos las tres al parque de la costa.

Gisela sonríe apenas. Naza es una amiga que conoció hace unos meses, rubia, divertida, siempre dispuesta a salir. Para Mar es “la tía Naza” que la lleva al cine y le compra helado.

—Dale, cuando vuelva la llamamos —responde Gisela, neutra.

Llegan al edificio de Fede en Belgrano. Moderno, con seguridad, balcones grandes. Fede, 42 años, está en la puerta con jeans y remera blanca, pelo corto con algunas canas, sonrisa amplia cuando ve a Mar bajar corriendo y abrazarlo.

—Papááá!

—Hola, princesa. ¿Trajiste todo?

—Sí, y la tablet cargada.

Gisela baja del auto, le pasa la mochila extra a Fede.

—Tiene pruebas de matemáticas el jueves, repasale las tablas del 7 y 8 que se traba.

—Copiado —dice él.

Mar, antes de entrar, vuelve corriendo.

—Chau ma, te quiero. Decile a Naza que la extraño.

—Se lo digo, amor. Portate bien.

Mar entra al edificio saltando. Gisela y Fede se quedan un segundo solos en la vereda.

Fede cruza los brazos, baja la voz con tono que mezcla curiosidad y reproche.

—¿Naza? ¿Una nueva amiguita? Espero que no juegues delante de la nena, Gi.

Gisela lo mira fijo, la mandíbula tensa.

—¿Jugar? Es una amiga, Fede. Mar la adora. No le metas ideas raras. Vos tenés tu vida, yo la mía. No dramatices.

—Drama es que la nena la nombre como si fuera parte de la familia y yo ni sepa quién es —responde él, la voz subiendo un poco—. Después no te quejes si pregunta cosas.

En ese momento, la puerta del edificio se abre y sale Gimena, la mujer de Fede. 38 años, morocha, elegante, siempre con ese aire de superioridad sutil. Lleva un vestido liviano de verano y anteojos de sol apoyados en la cabeza.

Mira la escena, arquea una ceja. Su mirada recorre a Gisela de arriba abajo —los jeans ajustados, la remera casual, el pelo negro suelto— y saluda con una sonrisa cortés pero cargada.

—Hola, Gisela —dice, acercándose—. Veo que seguís con el mismo estilo… práctico.

Gisela responde con una sonrisa serena, pero los ojos afilados.

—Hola, Gimena. Práctico y cómodo, sí. Funciona para correr de acá para allá con Mar. Vos seguís impecable, como siempre.

Gimena aprieta los labios apenas, buscando el golpe.

—Gracias. Al menos ahora la casa tiene un toque más… hogareño. Más nuestro.

Gisela no se inmuta, mantiene la voz calmada pero con un filo profesional.

—Claro, cada uno le pone su sello. Yo prefiero espacios luminosos y funcionales. Por algo me pagan para eso.

Fede interviene, incómodo.

—Basta, chicas. Nos vemos, Gi.

Gisela sube al auto, cierra la puerta con calma. No arranca enseguida. Por la ventanilla ve a los tres entrar al edificio: Mar riendo, Fede cargando la mochila, Gimena pasando el brazo por la cintura de él. A través de la ventana del living —con esas cortinas claras que dejan ver el interior iluminado— los observa un momento más: se sientan en el sofá, charlan animados, como una familia de postal. Mar saca algo de la mochila, Gimena ríe, Fede asiente.

Gisela se queda quieta, el motor apagado. Reflexiona.

Piensa en cómo todo terminó con Fede: sin gritos, sin traiciones escandalosas, solo desgaste. Él quería estabilidad, ella quería intensidad. Se separaron “de común acuerdo”, pero en el fondo sabe que fue ella la que empujó la puerta. Ahora los ve a los tres y siente una puntada: no celos por Fede, sino por esa imagen de normalidad que nunca le calzó del todo. Mar feliz, sí, pero ella siempre un poco afuera, la que llega y se va, la que no encaja en el cuadro familiar. Piensa en su vida sola: el departamento ordenado, las noches con Naza cuando pinta, el trabajo, las salidas. Libre, sí. Pero a veces vacío. Se pregunta si alguna vez podrá tener algo así, o si su forma de ser —intensa, independiente, con secretos como Naza— la condena a estar siempre en movimiento, sin anclaje. Siente una mezcla de alivio por la libertad y una nostalgia sutil por lo que pudo ser, pero sabe que no cambiaría nada: la separación fue lo mejor para todos.

Mira al costado, cerca de la guantera: la bolsa con la factura del espejo que compró hace unas semanas para el PH de Martín y Lucía. La última decoración que les hizo, un toque final al living que diseñó para ellos.

Y entonces recuerda el mensaje. Lo vio al despertar, notificación de Martín a las 2:17 am, pero no lo abrió, con la cabeza llena de resaca y Mar saltando en la cama pidiendo panqueques.

Saca el celular, abre WhatsApp.

El mensaje completo:

Martín (02:17)
¿Seguís pensando en nosotros? Porque nosotros no paramos de pensar en vos. Hay un pañuelo tuyo, creo que deberías venir a buscarlo...


joven


Gisela siente un cosquilleo cálido en el estómago, una sonrisa lenta que se le dibuja en los labios. Se alegra, genuinamente: la pareja se animó, dio el paso, rompió el hielo con esa excusa juguetona del pañuelo. Es exactamente lo que esperaba de ellos —esa iniciativa sutil, esa calentura contenida que intuyó la noche de la fiesta. El cuerpo le responde con un leve calor entre las piernas, un recuerdo fugaz de sus miradas cruzadas. Escribe:

Gisela 🐍
Me acuerdo perfecto de ustedes 😏 Les pegó fuerte el sábado, eh? El pañuelo… interesante excusa. Tengo la tarde libre después de dejar a Mar. ¿Café ahora? ¿El Triunvirato en Palermo? Ese con mesas afuera.

Envía. La respuesta llega casi inmediato:

Martín
Perfecto. Estamos saliendo. En 20 ahí. 😏

Gisela guarda el celular, pone la llave en el contacto.

Arranca hacia Palermo, con el sol bajo ya tiñendo el cielo de naranja, y una sensación nueva en el pecho: expectativa, curiosidad, un poco de nervios.

El domingo de pereza está a punto de terminar de la mejor manera.

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El Triunvirato está casi vacío a esa hora de la tarde: un domingo post-navidad, la gente en la costa o en familia. Gisela llega cinco minutos antes, pide un cortado en la barra y sale a la vereda. Elige una mesa al fondo, bajo la sombra de un árbol, donde la brisa mueve apenas las hojas. Se sienta de espaldas a la pared, de frente a la calle: hábito de control, siempre ver quién llega.

Lleva la misma ropa de la mañana: remera blanca con mangas raglán negras que se ajusta a su figura, el escote sutil dejando entrever apenas el inicio de la cabeza de la serpiente. Jeans oscuros, zapatillas blancas. El pelo negro suelto, liso, con el flequillo recto. Labial rojo mate intacto. Mira el celular un segundo, guarda, cruza las piernas.

Los ve llegar juntos desde la esquina. Martín primero, camisa celeste arremangada que marca sus hombros anchos y el pecho firme, jeans ajustados que resaltan sus piernas fuertes, zapatillas grises. Lucía al lado, vestido liviano floreado que se pega a sus curvas con cada paso, escote que deja ver la piel pecosa de su pecho, sandalias que alargan sus piernas. Se tomaron tiempo para elegir la ropa: algo casual pero pensado para cautivar, para que Gisela note el esfuerzo sutil, el deseo disfrazado de cotidianidad. Se toman de la mano hasta que la ven; entonces se sueltan, como si recordaran que esto es territorio nuevo.

Gisela se pone de pie, sonrisa lenta. Siente un pulso bajo en el vientre al verlos así, vestidos para ella sin decirlo: Martín con esa camisa que invita a desabotonar, Lucía con el vestido que promete suavidad al tacto.

—Llegaron puntuales. Me gusta.-

Martín se acerca primero, beso en la mejilla que dura un segundo de más. Gisela siente su aliento cálido en la piel, huele a loción fresca con un toque de madera.

—Vos también —dice, voz baja, ronca, como si el nervio le apretara la garganta.

Lucía la saluda después, beso más suave, pero la mano que le pone en la cintura es firme, los dedos temblando apenas. Gisela nota el calor de su palma a través de la remera, el pulso acelerado de la pelirroja.

Se sientan. Gisela en el medio de la mesa larga, Martín enfrente, Lucía a su izquierda. El mozo trae el cortado de Gisela y toma pedido: un latte para Lucía, un café negro para Martín.

Silencio breve, el bueno. El que se disfruta cuando todos saben que no hace falta llenarlo de palabras. Gisela siente la brisa tibia en la piel, el aroma del café mezclado con el perfume dulce de Lucía y el fresco de Martín. Los mira, disfruta verlos nerviosos: Martín jugueteando con el servilletero, Lucía cruzando y descruzando las piernas bajo la mesa.

Gisela rompe el hielo, voz suave pero firme.

—Entonces… el pañuelo.-

Martín saca la bandana roja del bolsillo, la deja sobre la mesa como evidencia. Sus dedos rozan los de Gisela al pasarla, un toque eléctrico que hace que él trague saliva.

—Apareció entre las sábanas. Misteriosamente.-

Lucía ríe nerviosa, pero los ojos le brillan, las mejillas sonrosadas.

—Mentiroso. La guardaste vos.-

Gisela toma la bandana, la acaricia con dos dedos, huele apenas. El perfume suyo se mezcla con el sudor seco de la pareja, un aroma que le acelera el pulso.

—Sigue oliendo a mí. Interesante.-

Martín se inclina un poco hacia adelante, el sol reflejándose en sus ojos marrones.

—No pudimos sacarte de la cabeza después de esa tarde del espejo.-

Lucía asiente, más directa ahora, el nervio transformándose en calor.

—Nos pasó fuerte. Los dos. Hablamos… mucho.-

Gisela arquea una ceja, divertida. Su pie roza “accidentalmente” la pierna de Lucía bajo la mesa; siente el músculo tenso de la pelirroja, el leve jadeo que escapa de sus labios.

—¿Mucho cómo?-

Martín baja la voz, aunque la vereda está vacía. Sus manos sudan un poco sobre la mesa, pero sigue.

—Del tipo que termina en sexo salvaje imaginándote a vos. El dildo… lo usamos pensando en tu serpiente tatuada, en cómo nos guiarías.-

Lucía agrega, casi en susurro, pero con los ojos fijos en Gisela, ganando confianza con cada palabra. Su mano roza el brazo de Gisela, piel contra piel, un escalofrío compartido.

—Y gritando tu nombre. Me mojé solo de imaginarte dominándome, tocándome como solo vos sabrías.-

Gisela siente el calor subirle por el cuello, pero mantiene la compostura. El aire se espesa, el aroma del café ahora mezclado con el sudor sutil de la excitación. Disfruta verlos así: calientes, vulnerables, listos para ceder. Martín con las pupilas dilatadas, Lucía con el pecho subiendo y bajando más rápido, la tela del vestido pegándose a su piel.

—Esa tarde los vi muy nuevos —dice Gisela, voz baja, casi un ronroneo—. Con ganas, pero sin saber cómo manejarlas. Me invitaron a quedarme a comer… y yo sentí que querían más. Pero los dejé ir, porque no estaban listos. Ahora… parece que crecieron un poco.

Lucía muerde el labio, el rubor intenso.

—Creímos que no te interesaba. Pero anoche, después de hablar todo… necesitamos saber si vos también sentiste lo mismo.

Martín asiente, la voz más firme ahora.

—Sentimos que vos podrías guiarnos. Que con vos sería diferente. Seguro.

Gisela mira a los dos, los ojos verdes brillando. Aprieta suave la mano de Lucía, siente cómo la pelirroja responde con un leve temblor.

—Me encanta verlos así —dice—. Calientes, nerviosos, pero decididos. Sí sentí lo mismo esa tarde. Martín… me gustaste desde la primera vez que viniste a medir. Y Lucía… esa tarde del espejo me dieron ganas de dominarte, de enseñarte lo rico que puede ser dejarse llevar.

Lucía exhala, el aliento tembloroso.

—¿Y ahora?

Gisela suelta la mano de Lucía solo para tomar la bandana roja, la enrolla despacio en sus dedos, como si midiera el peso de lo que viene.

—Ahora sí estoy lista. Pero hagámoslo bien. Hoy es domingo, mañana feriado. Mar está con el padre hasta mañana a la tarde. Mi departamento está vacío… pero prefiero que sea en el de ustedes. Quiero sentirlo en el espacio que diseñé pensando en cómo vivirían, cómo se moverían… cómo se entregarían.-

Martín sonríe, la excitación evidente en la voz.

—Perfecto. En casa entonces. ¿Esta noche? Así nos preparamos tranquilos, duchamos, ponemos algo rico de música… y esperamos.-

Lucía asiente, los ojos brillantes, la mano buscando ahora la de Martín sobre la mesa.

—¿A las nueve? Así cenamos algo liviano antes, o directamente… lo que surja.-

Gisela guarda la bandana en su bolsillo, se inclina un poco hacia adelante, la voz baja y firme.

—A las nueve. Estén con ganas. Y sin apuro. Vamos a tomarnos el tiempo que haga falta.-

Pagan la cuenta. Se ponen de pie. La despedida es breve, pero cargada.

Gisela besa primero a Lucía: labios suaves contra los suyos, un toque breve pero profundo, su lengua rozando apenas el labio inferior de la pelirroja, que responde con un suspiro contenido.

Después a Martín: beso más firme, su mano en la nuca de él, guiando, dominando el ritmo un segundo antes de soltarlo con una sonrisa.

—Nos vemos esta noche —dice Gisela, voz ronca.

Camina hacia su auto, la espalda recta, consciente de las miradas que la siguen. Lleva consigo su bandana roja.

Martín y Lucía se quedan un segundo en la vereda, tomados de la mano otra vez, el pulso acelerado, la piel todavía tibia del beso.

El domingo de pereza acaba de convertirse en la antesala de algo inolvidable.


Swinger

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