
Capítulo 4: La Línea del Amigo
El sábado amaneció con un gustoamargo a ceniza en la boca. Me desperté temprano, con los ojos inyectados ensangre por no haber pegado un ojo en toda la puta noche. Me quedé tirado en lacama, envuelto en mis sábanas arrugadas, con la misma remera vieja que usabapara dormir. La mañana libre se presentaba como un túnel oscuro de lamentos.
Mi mente era una torturaimplacable. Repetía en bucle la imagen de mi pija dura rozando su brazo, sucara de terror, el portazo. Me pasé las manos por la cara grasienta,maldiciendo en voz alta. Mierda, cómo me arrepiento. ¿En qué carajo estabapensando? Fui un animal. Un pajero enfermo. El castigo más grande no era laculpa moral, sino la certeza absoluta de que nunca más en mi vida iba a volvera ver ese culazo infernal paseándose por mi pasillo. Lo había arruinado parasiempre.
A las 10:40 am, el sonidoestridente del timbre me taladró los oídos.
Fruncí el ceño. Era raro recibira alguien que no estaba en la programación de clases, y menos un sábado a estahora. Me levanté arrastrando los pies, sin siquiera cambiarme los pantalones depijama grises, convencido de que era el portero o algún vendedor.
Giré la llave, bajé el picaportecon desgana y abrí.
El corazón se me detuvo. Dejó delatir, literalmente, por un segundo entero.
Ahí estaba ella. ¡Casidy!

Llevaba puestas unas calzasdeportivas grises jaspeadas, tan finas que parecían una segunda capa de piel, yun topcito ligero color menta que enjaulaba sus tetas descomunales a duraspenas, marcando la sombra oscura de sus pezones endurecidos por el frío de lamañana. Su cara estaba pálida, sin el maquillaje brillante del día anterior.
—¿Ca... Casidy? —tartamudeé,sintiendo que me faltaba el aire.
Ella apretó la tira de su carteracon ambas manos. —Hola, profe... ¿puedo pasar? —preguntó, con una voztemblorosa, frágil, casi inaudible.
—Claro, claro, pasá por favor —meaparté de un salto, torpe, dejándole el camino libre.
Y ahí ocurrió el milagro. Otravez la misma puta escena celestial. Pasó por mi lado, arrastrando ese rastroinconfundible a vainilla dulce, y mis ojos se clavaron como imanes en eseculazo monumental. Ver cómo esa masa de carne firme, con forma de corazónperfecto, se balanceaba rítmicamente tragándose la tela gris de la calzamientras caminaba hacia el living... era como ver una aparición divina. Ellamento, la depresión y la culpa de las últimas doce horas se desvanecieron deun plumazo.
Pero la paranoia las reemplazórápido. ¿Qué hace acá? ¿Vino con el padre? ¿Vino con la policía? Miréinstintivamente hacia el palier vacío antes de cerrar la puerta con doblellave. Mi mente era un mar de dudas sudorosas.
Ella se sentó en el extremo delsofá de dos cuerpos, cruzando los brazos sobre su estómago, encorvándose comosi quisiera hacerse pequeña, lo cual solo lograba que sus pechos se apretaranmás y amenazaran con desbordar el top.
Me acerqué despacio y me senté asu lado, manteniendo una distancia prudencial. Estaba preparando mi speechmental de disculpas, armando las frases para decirle que fui un idiota, que esonunca más iba a volver a pasar. Pero ella tomó aire y me ganó de mano.
—Santi... vos sos muy buenoconmigo. Me enseñás re bien y me tenés mucha paciencia... —Empezó, con lamirada clavada en sus zapatillas blancas—. Pero... lo de ayer... me espanté.
Tragué saliva, sintiendo un nudoen la garganta. Ella continuó, las palabras saliendo en un torrente ansioso.
—Hay muchos chicos en launiversidad y en la calle que me dicen cosas muy feas. Es como si todos loshombres me quisieran solo para una cosa, ¿entendés? Yo pensé que con vos iba aser diferente por las clases, porque sos el profe, pero... cuando te sacaste...eso... no supe cómo reaccionar. Me dio mucho miedo.
Levantó la vista. Tenía los ojoscristalinos. —Sé que mi cuerpo... —hizo una pausa, bajando una mano paraseñalarse vagamente los pechos y las caderas— ...genera esas reacciones en loshombres. Yo lo sé. Pero yo quiero seguir con las clases, profesor. Siento queacá aprendo un montón. Pero eso del otro día... no puede volver a pasar... ¿sí?
Lo dijo con una voz tan tímida,tan vulnerable, que sonaba como si ella me estuviera pidiendo perdón porhaberme provocado.
La puta madre, la suerte quetengo no es de este planeta, pensé, maravillado ante la psicología de laculpa femenina.
Sin embargo, a través de laneblina de mi lujuria, mi cerebro reptiliano notó algo. Había notado mioportunidad. Una grieta en su armadura, y no la iba a dejar pasar. Me acomodéen el asiento, adoptando mi postura más empática, el tono de voz más suave ymaduro que pude fingir.
—Lo lamento muchísimo, Casidy.Fui un desubicado y me siento la peor basura del mundo. Pero... ¿decís que tepasa muy seguido?
La noté ruborizarse, un tonocarmesí subiendo por su cuello blanco. —Sí, Santi. En todos lados. Es por esoque no tengo muchos amigos varones. Cuando pienso que finalmente tengo un amigogenuino, sale con alguna estupidez o morbosidad. Además, por donde vaya, medicen asquerosidades en la calle, me silban. En el bondi siempre los tiposbuscan la excusa para rozarse conmigo. Yo he aprendido a hacer caso omiso, aponerme los auriculares y mirar para otro lado, pero a veces es demasiado. Aveces cansa mucho... incluso mi novio...
Se detuvo en seco.
La interrumpí, mi pechocontrayéndose por un golpe de celos irracionales y crudos. —¿Vos tenés novio?—pregunté, sintiendo cómo todas mis ilusiones de arrinconarla contra la paredse resquebrajaban.
Ella asintió despacio. —Sí, tengonovio. Se llama Facu. Todos dicen que es un maleante, un bardero, pero yo loconozco, ¡en el fondo es bueno! —Se apresuró a defenderlo, pero luego bajó lamirada, avergonzada—. Sin embargo, cuando estamos juntos, a veces me pide cosasque yo no...
Se tapó la boca con ambas manos,los ojos muy abiertos, como horrorizada de lo que acababa de confesar frente asu profesor de inglés.
Te pide cosas que no queréshacer. La información cayó en mi cerebro como una bomba atómica deposibilidades. El estúpido del novio la presiona.
—Tranquila, Casidy —le dije,extendiendo una mano pero deteniéndome antes de tocarla—. No tenés que contarmenada que no quieras. Entiendo todo perfectamente. Y de verdad, te pido mildisculpas de nuevo. Te juro, por mi vida, que lo de ayer no va a volver apasar. Acá vas a estar segura.
Las palabras mágicas. Su rostrose iluminó. Volvió a ser la pendeja radiante de siempre. Sonrió, con los ojosbrillando de alivio, y sin pensarlo se lanzó encima mío.
Me rodeó el cuello con los brazosy me dio un abrazo apretado. Esta vez, la cordura me ganó. Fue solo un abrazo.No deslicé las manos hacia su culo, no froté mi pelvis contra ella. Me quedéquieto, respirando su olor a vainilla, sintiendo la presión de sus tetasaplastadas contra mi pecho.
Y me di cuenta de una cosa: aunque la zona deamigos fuera una tortura, con su sola presencia en mi departamento me bastaba. Mierda,con solo tener el privilegio de ver ese culo en primera fila dos veces porsemana, me conformo. Sobre todo después de haber creído que la perdía parasiempre.
Empezamos con la clase atrasada.Esta vez fui un profesional de pies a cabeza. Al mediodía, se fue. Me dio otroabrazo, me dijo que se alegraba muchísimo de haber podido aclarar las cosas, yse marchó. Sentí una alegría genuina, casi inocente, a pesar de que el camino asu cama parecía haberse bloqueado con un muro de titanio.
[Sábado, 23:30 PM]
El sábado por la noche, tirado enel sofá viendo televisión, agarré el celular por inercia. Abrí WhatsApp. Casidyhabía subido un estado.
Le di click.

El aire abandonó mis pulmones degolpe. Era una foto un baño, seguramente antes de irse de fiesta con el imbécilde Facu. Estaba hecha una bomba infernal, un arma de destrucción masiva.Llevaba solo un topcito negro que parecía tejido a crochet, con agujeros porlos que se asomaba la piel dorada.
Pero lo peor era el ángulo de lafoto. La había tomado desde arriba, enfocando su carita maquillada condelineador negro y labios rojos, bajando por ese escote monumental, yterminando en el reflejo de la mitad inferior de su cuerpo. El jean súperajustado no podía contener la inmensidad de su culo, que parecía salirse haciaafuera, reclamando todo el protagonismo de la imagen.
La sangre me hirvió. Mi pijareaccionó con una furia dolorosa, tensando la tela de mis calzoncillos alinstante. Tenía unas ganas terribles, primitivas, de bajarme los pantalones ahímismo, escupirme la mano y hacerme una paja furiosa solo mirando esa foto,imaginando que mi verga se hundía en esa zanja oscura. Qué pendeja másrecontra buena, por Dios.
Pero sacudí la cabeza y bloqueéla pantalla. Alejé esos pensamientos. No eran buenos. Pronto la tendría denuevo en mi departamento, a salvo. Si me dejaba llevar por la calentura de unpajero solitario, me iba a ganar problemas serios. Me obligué a dormir.
[Domingo, 11:00 AM]
El domingo a la mañana, el timbrevolvió a sonar.
Fui a abrir arrastrando los pies,esperando al conserje para cobrar las expensas. Bajé el picaporte.
Era Casidy.
Llevaba una de sus calzasajustadas de siempre, pero la parte superior estaba oculta bajo un buzooversize gris que le llegaba casi hasta la mitad de los muslos, ahogando sufigura.
Apenas me vio abrir, no dijohola. No sonrió. Se abalanzó sobre mí y me abrazó con una fuerza desesperada.
—¡Santi! —sollozó, escondiendo lacara en mi pecho.
—Casidy, hey, ¿qué pasa? ¿quépasa, está todo bien? —le pregunté, alarmado, devolviéndole el abrazorígidamente.
Cuando nos separamos un poco, lelevanté el rostro con delicadeza. La vi mejor. Tenía los ojos hinchados,inyectados en sangre, las mejillas manchadas de rímel negro corrido. Su labioinferior temblaba. Había estado llorando con ganas.
—Pasá, pasá. Vení, sentate en elsofá —le indiqué, haciéndome a un lado. Le dije que yo estaba ahí paraayudarla, para escucharla.
Ella entró cabizbaja, sorbiéndosela nariz.
Mientras caminaba frente a mí, apesar de la enorme polera gris que parecía una carpa sobre su cuerpo, yo sabíaperfectamente lo que había abajo. Sabía de la existencia de ese culazo que mevolvía completamente loco, moviéndose bajo la tela de algodón en cada paso.
Mi mente se partió en dos,convirtiéndose en un loquero.
Por un lado, la compasión delhombre maduro que quería proteger a la pibita rota. Por el otro, el animalhambriento. Al verla así, vulnerable, en mi territorio, me daban unas ganasviolentas de tirarla boca abajo sobre los almohadones del sofá, levantarle esebuzo gigante, abrirle las piernas a la fuerza y reventarle el culo a secashasta que se olvidara de su nombre.
Pero mi parte racional sabía queeso era imposible. Eso me mandaría a la cárcel.
Y ahí estaba ella. Sentada en misillón, con las rodillas juntas, los ojos llorosos y la mirada perdida,esperando para poder conversar conmigo. Esperando consuelo. Buscando refugio enmí. Y yo me di cuenta, con una mezcla de frustración asfixiante y ternurarepentina, que quizás eso era lo máximo que la vida me iba a permitir ser paraella: su amigo.
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