CONTINUACIÓN DEL RELATO ANTERIOR
Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6414370/La-rutina-de-Fisherton-cuando-tu-mama-ya-no-es-solo-tu-mama.html
La tarde del sábado en Rosario era un horno húmedo. Casi las tres de la tarde y el sol pegaba fuerte contra el techo de chapa. El aire se sentía espeso, con olor a tierra mojada de la lluvia de la mañana y al humo de los primeros asados de los vecinos.
Lucas se levantó tarde, solo con un short negro de básquet, el pelo revuelto y cara de dormido. Recorrió la casa descalzo.
—¿Mamá? ¿Dónde estás?
No estaba en la cocina ni en el living. Escuchó un ruido bajito, húmedo, que venía del fondo. Se acercó al lavadero, empujó la puerta chirriante y se quedó quieto.
María estaba completamente desnuda, en cuatro patas sobre el piso de cemento. El culo grande y pesado bien levantado, las tetas enormes colgando y rozando el suelo frío. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y la cara casi pegada al piso.
Estaba lamiendo el semen seco.
Pasaba la lengua despacio, recogiendo las manchas blancas resechas que él había dejado los últimos días. Al lado tenía una de sus remeras usadas, llena de chorros secos. También la lamía: metía la tela en la boca, succionaba y tragaba.
Lucas sintió que la pija se le ponía dura al instante.
—¿Mamá…?
María levantó la cabeza. Tenía una mancha blanca en la comisura de los labios. Se limpió con el dorso de la mano y lo miró con una naturalidad inquietante, como si la hubieran encontrado barriendo.
—Ah, te levantaste… Estoy limpiando un poco el lavadero.
Lucas cerró la puerta detrás de él. El calor adentro era más denso, mezclado con olor a humedad, jabón barato y semen viejo.
—¿Limpiando? Mamá… estás lamiendo mi semen. Del piso y de mi remera.
María se sentó sobre los talones. Las tetas se le balancearon pesadas. Lo miró con una mezcla de ternura, vergüenza y ese deseo oscuro que ya no intentaba esconder.
—Claro. ¿Qué querés que haga? Vos tirás leche por todos lados como un animal. En el piso, en la ropa, en el sillón… Yo no soy de desperdiciar. Además, ya conozco bien tu sabor. Es tuyo. Es de mi hijo. Me gusta. Me calma.
Se agachó de nuevo, sacó la lengua y lamió una mancha grande del piso, tragándola mientras lo miraba a los ojos.
—Estoy un poco obsesionada, sí… ¿y qué?
Lucas se acercó, con la pija marcándose fuerte en el short.
—Joder, mamá… no pensé que te gustaba tanto.
María sonrió de costado, con ese humor cansado y salvaje que le salía cada vez más seguido.
—Loca por vos. Solo por vos. Nadie más me vio nunca así. Solo mi propio hijo me ve convertida en esto… una mujer de cincuenta y seis años lamiendo semen del piso.
Agarró la remera sucia, lamió una mancha grande, chupó la tela y tragó despacio.
—Si querés, podés tirarme más ahora —ofreció en voz baja—. Donde quieras. En la cara, en las tetas, en el pelo, en el culo… Yo después limpio todo. Con la lengua.
Se puso otra vez en cuatro patas y siguió lamiendo cerca de los pies de Lucas.
Lucas se bajó el short. La pija gruesa y venosa saltó libre. Empezó a pajearse lento, mirándola.
—Estás loca, mamá… pero me encanta.
María levantó la cabeza un segundo, con los labios brillantes.
—Abrime las nalgas —pidió él.
Ella obedeció. Con las dos manos se abrió el culo, mostrando el ojete arrugado y la concha hinchada y mojada.
—Mirá lo que quieras… pero acordate de la regla —dijo con voz temblorosa—. Nada adentro. Solo mirá y pajate.
Lucas se arrodilló detrás de ella y se pajeó fuerte, muy cerca. El lavadero se llenó del sonido de su mano y de los lamidos de María.
—Uff… qué rico que sos, mamá…
—Callate y terminá —contestó ella, moviendo el culo en círculos lentos—. Tirame todo encima. Después sigo limpiando.
Lucas no aguantó mucho. Se corrió con un gemido ronco, tirando chorros calientes sobre el culo, la espalda y el pelo de su mamá. María siguió lamiendo el piso mientras recibía la leche fresca, gimiendo bajito.
Cuando terminó, se quedó quieta un momento, sintiendo el semen escurriéndose por la piel. Después habló sin darse vuelta:
—¿Sabés cómo llegué a esto, Lucas?
Él todavía respiraba agitado.
—Contame.
María se sentó otra vez sobre los talones, con la espalda manchada y el pelo pegajoso. Se pasó una mano por la cara, dejando una raya blanca en la mejilla.
—No fue de un día para el otro. Primero fue solo mirarte demasiado. Después tocarme pensando en vos y rezar después, como si Dios no se diera cuenta. Después dejarte correrme en la boca “por error”. Después pedírtelo. Y un día me encontré limpiando el sillón con un trapo y, en vez de tirarlo, me lo llevé a la boca. Ahí supe que ya había cruzado algo que no tenía vuelta.
Se quedó en silencio un segundo. El ventilador del pasillo se escuchaba lejano.
—Al principio me daba asco de mí misma. Me miraba al espejo y pensaba “sos una enferma”. Después… dejó de darme asco. Empezó a darme paz. Como si al tragar lo tuyo estuviera recuperando algo que se me había perdido cuando tu papá se fue. Como si por fin tuviera algo que era solo mío. Solo nuestro.
Se giró un poco y lo miró a los ojos. Ya no había solo lujuria. Había cansancio, aceptación y un cariño torcido pero real.
—Esto ya no es solo calentura, Lucas. Esto nos une de una forma que nadie más va a entender. Es sucio, es enfermo… pero es nuestro. Y no quiero parar. Aunque algún día nos destruya.
Lucas se arrodilló frente a ella, todavía con el short en los tobillos. Le limpió una mancha de semen de la mejilla con el pulgar.
—Tampoco quiero parar, mamá. Y tampoco quiero que esto sea solo cuando estamos calientes. Quiero… esto. Aunque no sepa ponerle nombre.
María le tomó la mano y se la llevó a la boca. Lamió el resto de semen que le quedaba en los dedos, despacio, mirándolo.
—Entonces seguimos. Sin mentirnos tanto.
Se levantó con dificultad, las rodillas marcadas por el cemento. Agarró la remera sucia y se la pasó por el cuerpo, no para limpiarse del todo, sino para esparcir un poco más lo que él le había tirado.
—Ahora andá a ducharte. Yo termino acá y después te preparo algo para comer. Tenés cara de que no desayunaste.
—Dale.
Lucas salió del lavadero. María se quedó un momento sola, mirando las manchas nuevas en el piso. Se arrodilló otra vez, pero esta vez no solo por el semen. Se quedó en silencio, con las manos apoyadas en el cemento, respirando hondo.
Afuera, Rosario seguía con sus asados y su calor de sábado. Adentro, madre e hijo acababan de aceptar algo que ya no tenían cómo deshacer.
Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6414370/La-rutina-de-Fisherton-cuando-tu-mama-ya-no-es-solo-tu-mama.html
La tarde del sábado en Rosario era un horno húmedo. Casi las tres de la tarde y el sol pegaba fuerte contra el techo de chapa. El aire se sentía espeso, con olor a tierra mojada de la lluvia de la mañana y al humo de los primeros asados de los vecinos.
Lucas se levantó tarde, solo con un short negro de básquet, el pelo revuelto y cara de dormido. Recorrió la casa descalzo.
—¿Mamá? ¿Dónde estás?
No estaba en la cocina ni en el living. Escuchó un ruido bajito, húmedo, que venía del fondo. Se acercó al lavadero, empujó la puerta chirriante y se quedó quieto.
María estaba completamente desnuda, en cuatro patas sobre el piso de cemento. El culo grande y pesado bien levantado, las tetas enormes colgando y rozando el suelo frío. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y la cara casi pegada al piso.
Estaba lamiendo el semen seco.
Pasaba la lengua despacio, recogiendo las manchas blancas resechas que él había dejado los últimos días. Al lado tenía una de sus remeras usadas, llena de chorros secos. También la lamía: metía la tela en la boca, succionaba y tragaba.
Lucas sintió que la pija se le ponía dura al instante.
—¿Mamá…?
María levantó la cabeza. Tenía una mancha blanca en la comisura de los labios. Se limpió con el dorso de la mano y lo miró con una naturalidad inquietante, como si la hubieran encontrado barriendo.
—Ah, te levantaste… Estoy limpiando un poco el lavadero.
Lucas cerró la puerta detrás de él. El calor adentro era más denso, mezclado con olor a humedad, jabón barato y semen viejo.
—¿Limpiando? Mamá… estás lamiendo mi semen. Del piso y de mi remera.
María se sentó sobre los talones. Las tetas se le balancearon pesadas. Lo miró con una mezcla de ternura, vergüenza y ese deseo oscuro que ya no intentaba esconder.
—Claro. ¿Qué querés que haga? Vos tirás leche por todos lados como un animal. En el piso, en la ropa, en el sillón… Yo no soy de desperdiciar. Además, ya conozco bien tu sabor. Es tuyo. Es de mi hijo. Me gusta. Me calma.
Se agachó de nuevo, sacó la lengua y lamió una mancha grande del piso, tragándola mientras lo miraba a los ojos.
—Estoy un poco obsesionada, sí… ¿y qué?
Lucas se acercó, con la pija marcándose fuerte en el short.
—Joder, mamá… no pensé que te gustaba tanto.
María sonrió de costado, con ese humor cansado y salvaje que le salía cada vez más seguido.
—Loca por vos. Solo por vos. Nadie más me vio nunca así. Solo mi propio hijo me ve convertida en esto… una mujer de cincuenta y seis años lamiendo semen del piso.
Agarró la remera sucia, lamió una mancha grande, chupó la tela y tragó despacio.
—Si querés, podés tirarme más ahora —ofreció en voz baja—. Donde quieras. En la cara, en las tetas, en el pelo, en el culo… Yo después limpio todo. Con la lengua.
Se puso otra vez en cuatro patas y siguió lamiendo cerca de los pies de Lucas.
Lucas se bajó el short. La pija gruesa y venosa saltó libre. Empezó a pajearse lento, mirándola.
—Estás loca, mamá… pero me encanta.
María levantó la cabeza un segundo, con los labios brillantes.
—Abrime las nalgas —pidió él.
Ella obedeció. Con las dos manos se abrió el culo, mostrando el ojete arrugado y la concha hinchada y mojada.
—Mirá lo que quieras… pero acordate de la regla —dijo con voz temblorosa—. Nada adentro. Solo mirá y pajate.
Lucas se arrodilló detrás de ella y se pajeó fuerte, muy cerca. El lavadero se llenó del sonido de su mano y de los lamidos de María.
—Uff… qué rico que sos, mamá…
—Callate y terminá —contestó ella, moviendo el culo en círculos lentos—. Tirame todo encima. Después sigo limpiando.
Lucas no aguantó mucho. Se corrió con un gemido ronco, tirando chorros calientes sobre el culo, la espalda y el pelo de su mamá. María siguió lamiendo el piso mientras recibía la leche fresca, gimiendo bajito.
Cuando terminó, se quedó quieta un momento, sintiendo el semen escurriéndose por la piel. Después habló sin darse vuelta:
—¿Sabés cómo llegué a esto, Lucas?
Él todavía respiraba agitado.
—Contame.
María se sentó otra vez sobre los talones, con la espalda manchada y el pelo pegajoso. Se pasó una mano por la cara, dejando una raya blanca en la mejilla.
—No fue de un día para el otro. Primero fue solo mirarte demasiado. Después tocarme pensando en vos y rezar después, como si Dios no se diera cuenta. Después dejarte correrme en la boca “por error”. Después pedírtelo. Y un día me encontré limpiando el sillón con un trapo y, en vez de tirarlo, me lo llevé a la boca. Ahí supe que ya había cruzado algo que no tenía vuelta.
Se quedó en silencio un segundo. El ventilador del pasillo se escuchaba lejano.
—Al principio me daba asco de mí misma. Me miraba al espejo y pensaba “sos una enferma”. Después… dejó de darme asco. Empezó a darme paz. Como si al tragar lo tuyo estuviera recuperando algo que se me había perdido cuando tu papá se fue. Como si por fin tuviera algo que era solo mío. Solo nuestro.
Se giró un poco y lo miró a los ojos. Ya no había solo lujuria. Había cansancio, aceptación y un cariño torcido pero real.
—Esto ya no es solo calentura, Lucas. Esto nos une de una forma que nadie más va a entender. Es sucio, es enfermo… pero es nuestro. Y no quiero parar. Aunque algún día nos destruya.
Lucas se arrodilló frente a ella, todavía con el short en los tobillos. Le limpió una mancha de semen de la mejilla con el pulgar.
—Tampoco quiero parar, mamá. Y tampoco quiero que esto sea solo cuando estamos calientes. Quiero… esto. Aunque no sepa ponerle nombre.
María le tomó la mano y se la llevó a la boca. Lamió el resto de semen que le quedaba en los dedos, despacio, mirándolo.
—Entonces seguimos. Sin mentirnos tanto.
Se levantó con dificultad, las rodillas marcadas por el cemento. Agarró la remera sucia y se la pasó por el cuerpo, no para limpiarse del todo, sino para esparcir un poco más lo que él le había tirado.
—Ahora andá a ducharte. Yo termino acá y después te preparo algo para comer. Tenés cara de que no desayunaste.
—Dale.
Lucas salió del lavadero. María se quedó un momento sola, mirando las manchas nuevas en el piso. Se arrodilló otra vez, pero esta vez no solo por el semen. Se quedó en silencio, con las manos apoyadas en el cemento, respirando hondo.
Afuera, Rosario seguía con sus asados y su calor de sábado. Adentro, madre e hijo acababan de aceptar algo que ya no tenían cómo deshacer.
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