CONTINUACIÓN DEL RELATO ANTERIOR
Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6413627/Ya-no-somos-los-mismos.html
La tarde en Fisherton se estiraba espesa. Eran casi las siete y media y el sol ya bajaba naranja, pero el calor seguía metido en las paredes y en la piel. El ventilador de pie giraba flojo en una esquina del comedor, moviendo un aire tibio que olía a sudor, a comida y a esa cosa constante que ya no se iba de la casa.
Lucas tenía la notebook abierta y los apuntes desparramados, pero no leía una sola línea. Al lado de él, María estaba completamente desnuda. Su cuerpo de cincuenta y seis años se exhibía sin pudor: tetas pesadas apoyadas sobre la panza suave, pezones oscuros, caderas anchas desbordando de la silla de plástico, concha con el triangulito de pelo negro ligeramente abierta por el calor. Scrolleaba TikToks con el volumen bajito y se reía sola de vez en cuando.
—Mirá este, Lucas —dijo de repente, acercándole el celular—. Este gato es más boludo que vos cuando no querés estudiar. Mirá cómo se cae…
Lucas, que ya tenía la pija dura desde hacía rato, le agarró la mano libre y se la puso sobre el bulto del short.
María levantó una ceja, sin sorpresa real.
—Ay, Dios… otra vez, m’hijo. ¿No podés estar tranquilo ni una hora? Siempre con la pija parada, siempre necesitando que tu mamá te resuelva.
No sacó la mano. Empezó a apretarle la verga por encima de la tela, sintiendo cómo latía. Lucas se bajó el short y los boxers hasta los muslos. La pija gruesa y venosa saltó libre, con la cabeza hinchada y brillante.
—Seguí mirando tus videos, mamá… yo intento estudiar.
María soltó un suspiro largo y lo envolvió con la mano. Empezó a pajearlo despacio, con esa seguridad que ya no era nueva.
—Sos un caso perdido —comentó mientras scrolleaba con la otra mano—. Mirá esta piba cómo baila… Yo a tu edad me movía igual, pero ahora con este culo y estas tetas ya ni me animo.
Lucas gimió bajito. La mano de su mamá subía y bajaba con ritmo firme, apretando justo en la cabeza y bajando hasta los huevos. El sonido húmedo se mezclaba con el ventilador.
—Pará de gemir tan fuerte que me distraés —dijo ella sin levantar la vista—. Estoy viendo videos, no una porno. Si vas a usar la mano de tu mamá, hacelo calladito.
—Sí, mamá…
Ella aceleró un poco. De vez en cuando le pasaba el pulgar por la ranura, esparciendo el precum.
—Mirá este de cocina… qué rico se ve ese flan. Mañana te hago uno si terminás la tarea. Y vos acá, con la pija en la mano de tu vieja, goteando mientras supuestamente estudiás… Qué familia rara que somos, ¿no?
Lucas ya movía las caderas solo.
—Mamá… más rápido…
María chasqueó la lengua, pero le dio lo que pedía. Lo pajió con más fuerza, con esa precisión de quien ya conoce cada reacción.
—Apurate, que yo también quiero seguir viendo tranquila. No te corras en la mesa. Apuntá para abajo.
—Estoy cerca…
—Dale. Correte en mi mano, m’hijo.
Lucas se corrió con un gruñido ahogado. Chorros calientes y espesos salpicaron la mano de María, entre los dedos, el muslo desnudo y la silla. Ella lo ordeñó hasta el final, con una paciencia casi maternal, y después se limpió con una servilleta como si hubiera derramado café.
—Mirá la cantidad… Parecés un toro —murmuró, y volvió al celular—. Ahora sí, concentráte. Y lavate esa pija antes de tocar los apuntes.
Lucas respiraba agitado. La miró un rato.
—Gracias, mamá… en serio.
Ella no levantó la vista de inmediato. Scrolleó un poco más y después habló más bajo, casi para ella misma:
—De nada, mi amor. Aunque a veces me olvido completamente que soy tu mamá. A veces siento que soy tu mujer… y eso me asusta muchísimo.
El silencio que siguió fue distinto. Ya no era solo el silencio después de correrme. Era más denso.
María dejó el celular sobre la mesa y se quedó mirando la pantalla negra un segundo. Después se giró un poco hacia él, todavía desnuda, con el semen seco en el muslo.
—Anoche… cuando te dije que esto se estaba convirtiendo en algo más —dijo despacio—. ¿Lo pensaste después o lo dejaste pasar?
Lucas se acomodó el short, pero no se tapó del todo.
—Lo pensé. Bastante. Me quedé despierto un rato mirando el techo. Pensé en lo que dijiste de enamorarte… y en que yo también siento que ya no es solo calentura. Y me asusté. Pero también… no sé. No me arrepentí.
María asintió despacio. Se pasó una mano por la panza, un gesto automático.
—Yo tampoco me arrepentí. Y eso es lo que más me jode. Antes me confesaba y salía más liviana. Ahora… ni siquiera sé qué le diría al cura. “Padre, me cojo a mi hijo y cada vez me gusta más y encima me estoy enamorando”. Suena a chiste malo.
Se rió bajito, sin gracia. Después se levantó, fue hasta la cocina y volvió con un vaso de agua. Se lo ofreció a Lucas como siempre había hecho cuando era chico y tenía fiebre.
Él tomó un trago. Ella se quedó parada al lado de la silla, mirándolo desde arriba.
—Levantate un segundo.
Lucas obedeció. María se acercó, le subió la remera hasta el pecho y le pasó la mano abierta por el abdomen, despacio, como revisándolo. Después bajó la mano y le acarició la pija todavía sensible a través del short, sin apuro.
—Estás más flaco —dijo—. ¿Comés bien en la facultad o te estás olvidando?
—Como bien, mamá.
—Mentira. Se te nota. Mañana te hago algo con carne. Y no me digas que no.
Se quedó un momento así, con la mano sobre él, sin moverla. Solo apoyada. Después levantó la vista y lo miró a los ojos.
—Quiero que esta noche duermas conmigo. No para coger. O sí, si sale… pero principalmente para dormir. Hace años que no duermo abrazada a alguien. Y anoche, cuando te fuiste a tu pieza, me quedé con el frío de la cama. Me sentí vieja y sola otra vez. No me gusta.
Lucas tragó saliva.
—Dale. Me quedo.
María asintió, como si acabara de resolver un tema práctico. Se sentó de nuevo, desnuda, y volvió a agarrar el celular.
—Bueno. Seguí con la tarea. Si terminás antes de las diez te hago un mate y vemos algo juntos. Si no terminás, te dejo estudiar igual pero me voy a acostar temprano. ¿Trato?
—Trato.
Ella volvió a scrollear. Él intentó concentrarse otra vez. El ventilador seguía girando. El calor no bajaba. Y entre los dos ya no había solo la calentura de siempre: había una rutina nueva formándose, silenciosa y peligrosa, que los dos sentían pero todavía no se animaban a nombrar del todo.
Afuera, Rosario seguía siendo la misma. Adentro, ya no.
Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6413627/Ya-no-somos-los-mismos.html
La tarde en Fisherton se estiraba espesa. Eran casi las siete y media y el sol ya bajaba naranja, pero el calor seguía metido en las paredes y en la piel. El ventilador de pie giraba flojo en una esquina del comedor, moviendo un aire tibio que olía a sudor, a comida y a esa cosa constante que ya no se iba de la casa.
Lucas tenía la notebook abierta y los apuntes desparramados, pero no leía una sola línea. Al lado de él, María estaba completamente desnuda. Su cuerpo de cincuenta y seis años se exhibía sin pudor: tetas pesadas apoyadas sobre la panza suave, pezones oscuros, caderas anchas desbordando de la silla de plástico, concha con el triangulito de pelo negro ligeramente abierta por el calor. Scrolleaba TikToks con el volumen bajito y se reía sola de vez en cuando.
—Mirá este, Lucas —dijo de repente, acercándole el celular—. Este gato es más boludo que vos cuando no querés estudiar. Mirá cómo se cae…
Lucas, que ya tenía la pija dura desde hacía rato, le agarró la mano libre y se la puso sobre el bulto del short.
María levantó una ceja, sin sorpresa real.
—Ay, Dios… otra vez, m’hijo. ¿No podés estar tranquilo ni una hora? Siempre con la pija parada, siempre necesitando que tu mamá te resuelva.
No sacó la mano. Empezó a apretarle la verga por encima de la tela, sintiendo cómo latía. Lucas se bajó el short y los boxers hasta los muslos. La pija gruesa y venosa saltó libre, con la cabeza hinchada y brillante.
—Seguí mirando tus videos, mamá… yo intento estudiar.
María soltó un suspiro largo y lo envolvió con la mano. Empezó a pajearlo despacio, con esa seguridad que ya no era nueva.
—Sos un caso perdido —comentó mientras scrolleaba con la otra mano—. Mirá esta piba cómo baila… Yo a tu edad me movía igual, pero ahora con este culo y estas tetas ya ni me animo.
Lucas gimió bajito. La mano de su mamá subía y bajaba con ritmo firme, apretando justo en la cabeza y bajando hasta los huevos. El sonido húmedo se mezclaba con el ventilador.
—Pará de gemir tan fuerte que me distraés —dijo ella sin levantar la vista—. Estoy viendo videos, no una porno. Si vas a usar la mano de tu mamá, hacelo calladito.
—Sí, mamá…
Ella aceleró un poco. De vez en cuando le pasaba el pulgar por la ranura, esparciendo el precum.
—Mirá este de cocina… qué rico se ve ese flan. Mañana te hago uno si terminás la tarea. Y vos acá, con la pija en la mano de tu vieja, goteando mientras supuestamente estudiás… Qué familia rara que somos, ¿no?
Lucas ya movía las caderas solo.
—Mamá… más rápido…
María chasqueó la lengua, pero le dio lo que pedía. Lo pajió con más fuerza, con esa precisión de quien ya conoce cada reacción.
—Apurate, que yo también quiero seguir viendo tranquila. No te corras en la mesa. Apuntá para abajo.
—Estoy cerca…
—Dale. Correte en mi mano, m’hijo.
Lucas se corrió con un gruñido ahogado. Chorros calientes y espesos salpicaron la mano de María, entre los dedos, el muslo desnudo y la silla. Ella lo ordeñó hasta el final, con una paciencia casi maternal, y después se limpió con una servilleta como si hubiera derramado café.
—Mirá la cantidad… Parecés un toro —murmuró, y volvió al celular—. Ahora sí, concentráte. Y lavate esa pija antes de tocar los apuntes.
Lucas respiraba agitado. La miró un rato.
—Gracias, mamá… en serio.
Ella no levantó la vista de inmediato. Scrolleó un poco más y después habló más bajo, casi para ella misma:
—De nada, mi amor. Aunque a veces me olvido completamente que soy tu mamá. A veces siento que soy tu mujer… y eso me asusta muchísimo.
El silencio que siguió fue distinto. Ya no era solo el silencio después de correrme. Era más denso.
María dejó el celular sobre la mesa y se quedó mirando la pantalla negra un segundo. Después se giró un poco hacia él, todavía desnuda, con el semen seco en el muslo.
—Anoche… cuando te dije que esto se estaba convirtiendo en algo más —dijo despacio—. ¿Lo pensaste después o lo dejaste pasar?
Lucas se acomodó el short, pero no se tapó del todo.
—Lo pensé. Bastante. Me quedé despierto un rato mirando el techo. Pensé en lo que dijiste de enamorarte… y en que yo también siento que ya no es solo calentura. Y me asusté. Pero también… no sé. No me arrepentí.
María asintió despacio. Se pasó una mano por la panza, un gesto automático.
—Yo tampoco me arrepentí. Y eso es lo que más me jode. Antes me confesaba y salía más liviana. Ahora… ni siquiera sé qué le diría al cura. “Padre, me cojo a mi hijo y cada vez me gusta más y encima me estoy enamorando”. Suena a chiste malo.
Se rió bajito, sin gracia. Después se levantó, fue hasta la cocina y volvió con un vaso de agua. Se lo ofreció a Lucas como siempre había hecho cuando era chico y tenía fiebre.
Él tomó un trago. Ella se quedó parada al lado de la silla, mirándolo desde arriba.
—Levantate un segundo.
Lucas obedeció. María se acercó, le subió la remera hasta el pecho y le pasó la mano abierta por el abdomen, despacio, como revisándolo. Después bajó la mano y le acarició la pija todavía sensible a través del short, sin apuro.
—Estás más flaco —dijo—. ¿Comés bien en la facultad o te estás olvidando?
—Como bien, mamá.
—Mentira. Se te nota. Mañana te hago algo con carne. Y no me digas que no.
Se quedó un momento así, con la mano sobre él, sin moverla. Solo apoyada. Después levantó la vista y lo miró a los ojos.
—Quiero que esta noche duermas conmigo. No para coger. O sí, si sale… pero principalmente para dormir. Hace años que no duermo abrazada a alguien. Y anoche, cuando te fuiste a tu pieza, me quedé con el frío de la cama. Me sentí vieja y sola otra vez. No me gusta.
Lucas tragó saliva.
—Dale. Me quedo.
María asintió, como si acabara de resolver un tema práctico. Se sentó de nuevo, desnuda, y volvió a agarrar el celular.
—Bueno. Seguí con la tarea. Si terminás antes de las diez te hago un mate y vemos algo juntos. Si no terminás, te dejo estudiar igual pero me voy a acostar temprano. ¿Trato?
—Trato.
Ella volvió a scrollear. Él intentó concentrarse otra vez. El ventilador seguía girando. El calor no bajaba. Y entre los dos ya no había solo la calentura de siempre: había una rutina nueva formándose, silenciosa y peligrosa, que los dos sentían pero todavía no se animaban a nombrar del todo.
Afuera, Rosario seguía siendo la misma. Adentro, ya no.
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