Última parte. Las dos noches que faltaban y lo que pasó después, de vuelta en casa. Si leíste la 4 sabés cómo quedaron; acá está cómo siguieron.
Si llegás acá sin leer las partes anteriores, los links están al final.
Me desperté antes que ella. Estaba del otro lado de la cama, de espaldas, con la sábana hasta el cuello aunque hacía calor. En doce años habíamos dormido peleados tres o cuatro veces, y siempre de la misma forma: cada uno en su borde, el medio del colchón vacío como una frontera. Esta vez el medio también estaba vacío, pero no era bronca. Era otra cosa, y no sabía qué.
Bajé a desayunar solo y le subí café. Cuando entré, estaba sentada contra el respaldo, con los ojos hinchados.
—Vamos a caminar —dijo—. Lejos. Donde no esté él.
Fuimos hasta la playa del otro lado de la península, la que había que cruzar a pie por el sendero de piedras. Media hora sin una palabra. Cuando llegamos, la playa estaba vacía y el mar era más bravo que del lado del hotel. Nos sentamos en la arena, con un metro entre los dos.
—Decime lo que no dijiste anoche —pidió.
Pensé en mentir. Me di cuenta de que lo pensé, y eso fue lo que me hizo no hacerlo.
—No fueron los ojos —dije—. O no fue solo eso. Fue que todo lo que sé de Rafael me lo contaste vos. Que arreglaste la cena sin mí. Que a la tarde, en la cama, me dijiste "él me miraba así" mirando la terraza. Y que cuando me preguntaste si me molestaba te dije que no, y era mentira, pero ni yo sabía que era mentira.
Se quedó mirando el mar.
—Yo pensé en él sin vos —dijo al rato—. En las rocas. Un segundo. Pensé "qué lindo sería que me bese acá", y vos no estabas en el pensamiento. Me asusté tanto que me vine corriendo por la orilla. Y después, a la noche, cuando cerré los ojos... no fue que me olvidé de mirarte. Fue que no quería que me vieras pensando eso.
Me acerqué el metro que faltaba. Sin tocarla todavía.
—Entonces los dos nos asustamos de lo mismo.
—De lo mismo —dijo, mirándome fijo.
Hablamos dos horas. No de Rafael: de nosotros. De qué era la fantasía, que resultó ser más simple de lo que parecía: ella quería sentirse deseada y mirada por mí mientras otro la tocaba, y yo quería mirarla ser deseada. El otro era un instrumento. El día que el otro dejó de ser instrumento y pasó a ser Rafael, con un hijo y una ex mujer y una historia, la fantasía se había quedado sin lugar para mí.
Nombramos las reglas. Las de verdad, las que habíamos estado cumpliendo sin saber que existían hasta que una se rompió.
—Nada sin el otro presente. Ni una charla en las rocas.
—Nos miramos. Siempre. Esa es la regla que rompí.
—Y "Montevideo" sigue —dije—. Pero cambia una cosa. Sin reproches sigue. Sin explicaciones no. La explicación es esto, lo que estamos haciendo ahora. Esto es lo que nos salvó.
Se rio por primera vez en el día.
—Qué poco sexy —dijo, y era la segunda vez que lo decía de esa palabra, y las dos veces tuvo razón.
Volvimos por el sendero de la mano. Esa tarde no fuimos a la playa del hotel. Nos quedamos en la habitación con las cortinas cerradas y el ventilador prendido, y en algún momento ella se sentó en el borde de la cama, me miró y me pidió algo que no me esperaba.
—Contame lo que viste anteanoche. Desde el sillón. Todo.
Ahora era yo el que tenía que hablar y ella la que miraba. Y entendí que era a propósito: me estaba devolviendo el lugar.
Me senté en una silla frente a ella, a un metro de distancia. Empecé despacio, con la voz baja, buscando las palabras exactas que no me había animado a armar ni en mi cabeza. Le conté de la luz en la terraza, del momento en que ella se le paró enfrente y le apoyó la mano en el pecho, y a mí se me ajustó el estómago, entre las ganas y una electricidad dura que no conocía. Le conté cómo los seguí al cuarto y me quedé parado contra la pared, a un metro de la cama, sin poder sentarme, el ruido del vestido al caer, las manos de él rodeándole la cintura y cómo ella había arqueado la espalda. Le dije exactamente en qué segundo me quemó: cuando abrió los ojos en medio del beso y me buscó por encima del hombro de él.
—Verte así me volvió loco —le dije—. Y ahí entendí que todo lo demás iba a ser nuestro.
María no pestañeaba. Tenía las rodillas juntas y una mano apoyada en el muslo. Mientras yo le contaba los detalles, su respiración se fue agitando, pero no corrió los ojos de los míos ni una sola vez. Cuando le conté cómo él le mordía suavemente el cuello mientras a mí me temblaban las manos sobre las rodillas y se me ponía aún más dura, se llevó los dedos debajo de la bombacha.
—No cierres los ojos —le dije, casi sin aliento.
—Te estoy mirando —susurró ella, con la voz rasposa—. No los voy a cerrar. Seguí.
Me levanté de la silla y me puse entre sus piernas. Le abrí los muslos sin dejar de hablarle al oído, contándole cómo la había deseado esa noche mientras otro la tenía, la tocaba y la hacía su puta. Una mezcla de hambre y rabia. Se lo dije todo: cada detalle, cada sombra, cada jadeo que le escuché esa noche. María se agarró de mis hombros, clavándome las uñas, buscándome la boca pero sin desviar la vista ni un milímetro. Estaba empapada. Se la metí directo y hasta el fondo; ella soltó un ahogo largo contra mi cuello, pero al segundo volvió a tirar la cabeza hacia atrás solo para buscarme los ojos de nuevo.
—Así —me dijo, tomándome la cara con las dos manos, obligándome a estar ahí, cara a cara, pegados—. Ahora sí.
Nos vinimos juntos. La llené de semen de lo excitado que estaba; fue rápido, y sin dejar de mirarnos hasta que a los dos se nos cortó el aire y nos dejamos caer hacia adelante en el colchón, aplastándonos, abrazados como si nos hubiéramos salvado de un naufragio.
Dormimos en el medio de la cama.
El séptimo día, el último, Rafael apareció en el desayuno. No se sentó. Se quedó parado al lado de la mesa, con la mano en el respaldo de una silla vacía.
—No vengo a pedir nada —dijo—. Vengo a decir que me voy mañana temprano y que no quería irme sin charlar.
María le señaló la silla. Se sentó en el borde.
—Yo vine a Búzios a ver si sabía estar solo —dijo, mirándonos a los dos, a los dos de verdad—. Ustedes me hicieron ver que no quiero. Eso no es un problema de ustedes. Es mío. Lo de anteanoche, lo que haya pasado, no sé qué fue, pero si fue algo mío, perdón.
—No fue tuyo —dijo María—. Fue nuestro. Y ya está arreglado.
Rafael asintió y se levantó.
—Gracias por las cenas.
Ahí María hizo lo que no había hecho en siete días: decidió en voz alta, delante de él y de mí, sin mirarme primero. O mejor dicho: me miró, pero después de hablar, no antes.
—Hoy es la última noche. Si querés subir, subí. Pero esta vez las reglas las decimos nosotros, y las vas a escuchar antes de entrar.
Él me buscó con los ojos, como siempre. Y por primera vez le contesté con la voz.
—Nueve, en el bar.
Esa tarde no fuimos a las rocas.
A la noche, en la terraza, antes de servir el vino, se las dijimos. Me dio vergüenza y lo hice igual: que ella y yo nos íbamos a estar mirando, siempre, y que si él veía que eso se cortaba, parara. Que si cualquiera de los tres quería frenar, decía "Montevideo" y se frenaba, sin preguntas en el momento. Que esta vez yo no iba a estar en el sillón.
Rafael escuchó todo. Después preguntó una sola cosa.
—¿Y yo puedo mirarlo a usted? —me dijo, y se rio de su propio "usted"—. Anteanoche lo miré y entendí. Prefiero seguir entendiendo.
María se rio, y yo también, y con la risa se destrabó la noche.
Entramos al cuarto los tres, pero el aire ya era otro. Espeso. Cargado de una morbosidad cruda, animal, que esta vez no me dejaba afuera en las sombras, sino que me tenía en el centro.
En el borde de la cama, María no esperó. Me agarró de la nuca y me dio un beso voraz, metiéndome la lengua, saboreándome antes de darse vuelta hacia Rafael sin soltarme la mano. Ella le tiró de la camisa, deshaciéndole los botones, pidiéndole con la intensidad del cuerpo que no se guardara nada. Rafael captó la energía al instante. Le sacó el vestido por la cabeza y la recostó de espaldas sobre el colchón.
Ya no había coreografías ni pausas de cortesía. Me saqué la ropa de un tirón. Rafael se puso el preservativo sin que nadie se lo pidiera y se arrodilló entre las piernas de María, abriéndoselas de par en par, le apoyó la cabeza de su verga y entró en ella, firme y hondo. Ella soltó un grito de placer, arqueando la espalda, y en el mismo segundo yo me acomodé en la cama a su lado. Le agarré la cara a María con las dos manos. Sus ojos, negros y dilatados por el placer, se clavaron en los míos al instante.
Se había terminado el mirar desde afuera. Era un caos de cuerpos sudados, del ruido obsceno de la carne mojada chocando contra la carne. Mientras Rafael la metía toda y sin parar, yo me pegué a ella. La besé partiéndole la boca, mordiéndole los labios, sofocando sus gemidos contra mi garganta. Mi pecho rozaba el de ella; mi pierna, en cada sacudida, chocaba contra la pierna de Rafael. Estábamos teniendo a mi mujer juntos, devorándola al mismo tiempo, compartiendo el sudor, el olor a sexo pesado que inundaba el cuarto.
—Más —pidió María, separándose un milímetro de mi boca, con el pelo pegado a la frente por la transpiración, sin sacarme los ojos de encima—. Los dos. Quiero sentir a los dos.
Fue el quiebre. El antes y el después de todo. Rafael entendió sin que nadie se lo tradujera. Se acostó boca arriba sobre las sábanas desarmadas. María se montó sobre él, dándole la cola y quedando de frente a mí, mientras yo me arrodillaba en el colchón justo delante de ella. María me agarró de la cintura y me trajo hacia sí. Entré en ella por delante mientras bajaba sobre Rafael.
El impacto de sentirnos adentro de su cuerpo al mismo tiempo, el roce bestial y antinatural, nos arrancó un gruñido a los tres. Ahí estaba mi fantasía: sucia, perversa, empapada y completamente nuestra. La embestimos juntos, coordinados en un ritmo salvaje, casi violento. A María le temblaban las piernas; tenía la boca abierta buscando aire, llorando de pura excitación, pero sus ojos estaban fijos en mí, anclados a mis pupilas como si mi mirada fuera lo único que evitaba que se desmayara del placer.
Rafael la sostuvo de las caderas desde abajo, gruñendo palabras en portugués que ninguno entendía, mientras yo le acariciaba el cuello, la clavícula, reclamándola con cada estocada frontal. Era el borde mismo de la locura. Cuando la fricción se volvió insoportable y el cuarto entero parecía vibrar con nuestros jadeos, María me clavó las uñas en los brazos.
Se tensó por completo, me trajo la cara a un centímetro de la suya, y con la voz ahogada en saliva y deseo, me dijo al oído:
—No cierro los ojos. Te veo. Te veo a vos.
Esa frase hizo estallar la noche entera. Me vine adentro de ella con una fuerza que me dejó ciego, vaciándome, mientras sus paredes palpitaban apretándonos a los dos. Vi cómo el orgasmo le desfiguraba la cara de placer, siempre mirándome a mí, sin parpadear. Rafael terminó un segundo después, apretando los dientes; después salió de ella despacio, con el preservativo lleno. Nadie dijo "Montevideo". Nadie quería frenar absolutamente nada.
Rafael se vistió sin apuro. En la puerta, María se levantó envuelta en la sábana y lo abrazó, un abrazo de despedida, de los de aeropuerto. Él sacó un papel doblado del bolsillo de la camisa y se lo dio.
—Mi número. Por si alguna vez vuelven a Brasil.
María lo miró, lo dobló una vez más, y me lo puso a mí en la mano.
—Guardalo vos.
Rafael entendió eso también. Me dio la mano, dijo "boa viagem", y se fue por el pasillo. No lo volvimos a ver.
Nos quedamos un rato en la terraza, con las copas sin terminar. Se oía el mar, como la primera noche. Siete noches después, el mismo mar.
—¿Fue solo por hoy? —preguntó, y era la tercera vez en el viaje que lo preguntaba.
—No sé —dije—. ¿Y para vos?
—Tampoco sé. —Me apoyó la cabeza en el hombro—. Pero sé con quién lo voy a averiguar.
Tres semanas después, un viernes, salimos a cenar a un bar de Pocitos. María se puso el vestido verde. El que había comprado para el viaje y que en Montevideo nunca se hubiera animado a usar.
Fui a pedir los tragos. Cuando me di vuelta desde la barra, lo vi. Un tipo solo, dos mesas más allá, que la miraba sin apuro. María hacía como que leía la carta.
Me senté y le pasé el trago.
—Tenés un admirador —le dije.
—Ya sé —contestó sin levantar la vista. Y después levantó los ojos, me miró a mí, y no los bajó—. ¿Te molesta?
Esta vez no esperé el pinchazo de los celos ni ninguna otra cosa. Ya sabía lo que venía.
—No —dije—. Pero esta vez las reglas las decimos antes.
Se rio con la cabeza hacia atrás.
Así empezó todo.
---
Hasta acá "Siete noches en Búzios". Gracias a todos los que puntuaron, comentaron y escribieron por privado desde la primera parte; sin eso no hubiera escrito las otras cuatro.
Pregunta final, para vos: ¿la última noche fue la fantasía o fue la pareja? Yo todavía no sé.
Y ahora lo que vengo diciendo desde la parte 2, en serio: escribo relatos a pedido. Vos me contás tu fantasía, tus personajes y hasta dónde querés llegar, y yo la escribo para vos, con el mismo cuidado que esta serie. Confidencial, nunca se publica sin tu permiso, y los datos del pedido se borran después de entregar. Relato corto desde USD 35, estándar USD 70. Mandame un privado y te cuento cómo funciona.
Lo que pasó después en Montevideo es otra historia. Si quieren leerla, díganmelo en los comentarios.
Parte 1: https://m.poringa.net/posts/relatos/6438969/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-1.html (link)
Parte 2: https://m.poringa.net/posts/relatos/6440313/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-2.html (link)
Parte 3: https://m.poringa.net/posts/relatos/6443296/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-3.html (link)
Parte 4: https://m.poringa.net/posts/relatos/6443885/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-4.html (link)
Si llegás acá sin leer las partes anteriores, los links están al final.
Me desperté antes que ella. Estaba del otro lado de la cama, de espaldas, con la sábana hasta el cuello aunque hacía calor. En doce años habíamos dormido peleados tres o cuatro veces, y siempre de la misma forma: cada uno en su borde, el medio del colchón vacío como una frontera. Esta vez el medio también estaba vacío, pero no era bronca. Era otra cosa, y no sabía qué.
Bajé a desayunar solo y le subí café. Cuando entré, estaba sentada contra el respaldo, con los ojos hinchados.
—Vamos a caminar —dijo—. Lejos. Donde no esté él.
Fuimos hasta la playa del otro lado de la península, la que había que cruzar a pie por el sendero de piedras. Media hora sin una palabra. Cuando llegamos, la playa estaba vacía y el mar era más bravo que del lado del hotel. Nos sentamos en la arena, con un metro entre los dos.
—Decime lo que no dijiste anoche —pidió.
Pensé en mentir. Me di cuenta de que lo pensé, y eso fue lo que me hizo no hacerlo.
—No fueron los ojos —dije—. O no fue solo eso. Fue que todo lo que sé de Rafael me lo contaste vos. Que arreglaste la cena sin mí. Que a la tarde, en la cama, me dijiste "él me miraba así" mirando la terraza. Y que cuando me preguntaste si me molestaba te dije que no, y era mentira, pero ni yo sabía que era mentira.
Se quedó mirando el mar.
—Yo pensé en él sin vos —dijo al rato—. En las rocas. Un segundo. Pensé "qué lindo sería que me bese acá", y vos no estabas en el pensamiento. Me asusté tanto que me vine corriendo por la orilla. Y después, a la noche, cuando cerré los ojos... no fue que me olvidé de mirarte. Fue que no quería que me vieras pensando eso.
Me acerqué el metro que faltaba. Sin tocarla todavía.
—Entonces los dos nos asustamos de lo mismo.
—De lo mismo —dijo, mirándome fijo.
Hablamos dos horas. No de Rafael: de nosotros. De qué era la fantasía, que resultó ser más simple de lo que parecía: ella quería sentirse deseada y mirada por mí mientras otro la tocaba, y yo quería mirarla ser deseada. El otro era un instrumento. El día que el otro dejó de ser instrumento y pasó a ser Rafael, con un hijo y una ex mujer y una historia, la fantasía se había quedado sin lugar para mí.
Nombramos las reglas. Las de verdad, las que habíamos estado cumpliendo sin saber que existían hasta que una se rompió.
—Nada sin el otro presente. Ni una charla en las rocas.
—Nos miramos. Siempre. Esa es la regla que rompí.
—Y "Montevideo" sigue —dije—. Pero cambia una cosa. Sin reproches sigue. Sin explicaciones no. La explicación es esto, lo que estamos haciendo ahora. Esto es lo que nos salvó.
Se rio por primera vez en el día.
—Qué poco sexy —dijo, y era la segunda vez que lo decía de esa palabra, y las dos veces tuvo razón.
Volvimos por el sendero de la mano. Esa tarde no fuimos a la playa del hotel. Nos quedamos en la habitación con las cortinas cerradas y el ventilador prendido, y en algún momento ella se sentó en el borde de la cama, me miró y me pidió algo que no me esperaba.
—Contame lo que viste anteanoche. Desde el sillón. Todo.
Ahora era yo el que tenía que hablar y ella la que miraba. Y entendí que era a propósito: me estaba devolviendo el lugar.
Me senté en una silla frente a ella, a un metro de distancia. Empecé despacio, con la voz baja, buscando las palabras exactas que no me había animado a armar ni en mi cabeza. Le conté de la luz en la terraza, del momento en que ella se le paró enfrente y le apoyó la mano en el pecho, y a mí se me ajustó el estómago, entre las ganas y una electricidad dura que no conocía. Le conté cómo los seguí al cuarto y me quedé parado contra la pared, a un metro de la cama, sin poder sentarme, el ruido del vestido al caer, las manos de él rodeándole la cintura y cómo ella había arqueado la espalda. Le dije exactamente en qué segundo me quemó: cuando abrió los ojos en medio del beso y me buscó por encima del hombro de él.
—Verte así me volvió loco —le dije—. Y ahí entendí que todo lo demás iba a ser nuestro.
María no pestañeaba. Tenía las rodillas juntas y una mano apoyada en el muslo. Mientras yo le contaba los detalles, su respiración se fue agitando, pero no corrió los ojos de los míos ni una sola vez. Cuando le conté cómo él le mordía suavemente el cuello mientras a mí me temblaban las manos sobre las rodillas y se me ponía aún más dura, se llevó los dedos debajo de la bombacha.
—No cierres los ojos —le dije, casi sin aliento.
—Te estoy mirando —susurró ella, con la voz rasposa—. No los voy a cerrar. Seguí.
Me levanté de la silla y me puse entre sus piernas. Le abrí los muslos sin dejar de hablarle al oído, contándole cómo la había deseado esa noche mientras otro la tenía, la tocaba y la hacía su puta. Una mezcla de hambre y rabia. Se lo dije todo: cada detalle, cada sombra, cada jadeo que le escuché esa noche. María se agarró de mis hombros, clavándome las uñas, buscándome la boca pero sin desviar la vista ni un milímetro. Estaba empapada. Se la metí directo y hasta el fondo; ella soltó un ahogo largo contra mi cuello, pero al segundo volvió a tirar la cabeza hacia atrás solo para buscarme los ojos de nuevo.
—Así —me dijo, tomándome la cara con las dos manos, obligándome a estar ahí, cara a cara, pegados—. Ahora sí.
Nos vinimos juntos. La llené de semen de lo excitado que estaba; fue rápido, y sin dejar de mirarnos hasta que a los dos se nos cortó el aire y nos dejamos caer hacia adelante en el colchón, aplastándonos, abrazados como si nos hubiéramos salvado de un naufragio.
Dormimos en el medio de la cama.
El séptimo día, el último, Rafael apareció en el desayuno. No se sentó. Se quedó parado al lado de la mesa, con la mano en el respaldo de una silla vacía.
—No vengo a pedir nada —dijo—. Vengo a decir que me voy mañana temprano y que no quería irme sin charlar.
María le señaló la silla. Se sentó en el borde.
—Yo vine a Búzios a ver si sabía estar solo —dijo, mirándonos a los dos, a los dos de verdad—. Ustedes me hicieron ver que no quiero. Eso no es un problema de ustedes. Es mío. Lo de anteanoche, lo que haya pasado, no sé qué fue, pero si fue algo mío, perdón.
—No fue tuyo —dijo María—. Fue nuestro. Y ya está arreglado.
Rafael asintió y se levantó.
—Gracias por las cenas.
Ahí María hizo lo que no había hecho en siete días: decidió en voz alta, delante de él y de mí, sin mirarme primero. O mejor dicho: me miró, pero después de hablar, no antes.
—Hoy es la última noche. Si querés subir, subí. Pero esta vez las reglas las decimos nosotros, y las vas a escuchar antes de entrar.
Él me buscó con los ojos, como siempre. Y por primera vez le contesté con la voz.
—Nueve, en el bar.
Esa tarde no fuimos a las rocas.
A la noche, en la terraza, antes de servir el vino, se las dijimos. Me dio vergüenza y lo hice igual: que ella y yo nos íbamos a estar mirando, siempre, y que si él veía que eso se cortaba, parara. Que si cualquiera de los tres quería frenar, decía "Montevideo" y se frenaba, sin preguntas en el momento. Que esta vez yo no iba a estar en el sillón.
Rafael escuchó todo. Después preguntó una sola cosa.
—¿Y yo puedo mirarlo a usted? —me dijo, y se rio de su propio "usted"—. Anteanoche lo miré y entendí. Prefiero seguir entendiendo.
María se rio, y yo también, y con la risa se destrabó la noche.
Entramos al cuarto los tres, pero el aire ya era otro. Espeso. Cargado de una morbosidad cruda, animal, que esta vez no me dejaba afuera en las sombras, sino que me tenía en el centro.
En el borde de la cama, María no esperó. Me agarró de la nuca y me dio un beso voraz, metiéndome la lengua, saboreándome antes de darse vuelta hacia Rafael sin soltarme la mano. Ella le tiró de la camisa, deshaciéndole los botones, pidiéndole con la intensidad del cuerpo que no se guardara nada. Rafael captó la energía al instante. Le sacó el vestido por la cabeza y la recostó de espaldas sobre el colchón.
Ya no había coreografías ni pausas de cortesía. Me saqué la ropa de un tirón. Rafael se puso el preservativo sin que nadie se lo pidiera y se arrodilló entre las piernas de María, abriéndoselas de par en par, le apoyó la cabeza de su verga y entró en ella, firme y hondo. Ella soltó un grito de placer, arqueando la espalda, y en el mismo segundo yo me acomodé en la cama a su lado. Le agarré la cara a María con las dos manos. Sus ojos, negros y dilatados por el placer, se clavaron en los míos al instante.
Se había terminado el mirar desde afuera. Era un caos de cuerpos sudados, del ruido obsceno de la carne mojada chocando contra la carne. Mientras Rafael la metía toda y sin parar, yo me pegué a ella. La besé partiéndole la boca, mordiéndole los labios, sofocando sus gemidos contra mi garganta. Mi pecho rozaba el de ella; mi pierna, en cada sacudida, chocaba contra la pierna de Rafael. Estábamos teniendo a mi mujer juntos, devorándola al mismo tiempo, compartiendo el sudor, el olor a sexo pesado que inundaba el cuarto.
—Más —pidió María, separándose un milímetro de mi boca, con el pelo pegado a la frente por la transpiración, sin sacarme los ojos de encima—. Los dos. Quiero sentir a los dos.
Fue el quiebre. El antes y el después de todo. Rafael entendió sin que nadie se lo tradujera. Se acostó boca arriba sobre las sábanas desarmadas. María se montó sobre él, dándole la cola y quedando de frente a mí, mientras yo me arrodillaba en el colchón justo delante de ella. María me agarró de la cintura y me trajo hacia sí. Entré en ella por delante mientras bajaba sobre Rafael.
El impacto de sentirnos adentro de su cuerpo al mismo tiempo, el roce bestial y antinatural, nos arrancó un gruñido a los tres. Ahí estaba mi fantasía: sucia, perversa, empapada y completamente nuestra. La embestimos juntos, coordinados en un ritmo salvaje, casi violento. A María le temblaban las piernas; tenía la boca abierta buscando aire, llorando de pura excitación, pero sus ojos estaban fijos en mí, anclados a mis pupilas como si mi mirada fuera lo único que evitaba que se desmayara del placer.
Rafael la sostuvo de las caderas desde abajo, gruñendo palabras en portugués que ninguno entendía, mientras yo le acariciaba el cuello, la clavícula, reclamándola con cada estocada frontal. Era el borde mismo de la locura. Cuando la fricción se volvió insoportable y el cuarto entero parecía vibrar con nuestros jadeos, María me clavó las uñas en los brazos.
Se tensó por completo, me trajo la cara a un centímetro de la suya, y con la voz ahogada en saliva y deseo, me dijo al oído:
—No cierro los ojos. Te veo. Te veo a vos.
Esa frase hizo estallar la noche entera. Me vine adentro de ella con una fuerza que me dejó ciego, vaciándome, mientras sus paredes palpitaban apretándonos a los dos. Vi cómo el orgasmo le desfiguraba la cara de placer, siempre mirándome a mí, sin parpadear. Rafael terminó un segundo después, apretando los dientes; después salió de ella despacio, con el preservativo lleno. Nadie dijo "Montevideo". Nadie quería frenar absolutamente nada.
Rafael se vistió sin apuro. En la puerta, María se levantó envuelta en la sábana y lo abrazó, un abrazo de despedida, de los de aeropuerto. Él sacó un papel doblado del bolsillo de la camisa y se lo dio.
—Mi número. Por si alguna vez vuelven a Brasil.
María lo miró, lo dobló una vez más, y me lo puso a mí en la mano.
—Guardalo vos.
Rafael entendió eso también. Me dio la mano, dijo "boa viagem", y se fue por el pasillo. No lo volvimos a ver.
Nos quedamos un rato en la terraza, con las copas sin terminar. Se oía el mar, como la primera noche. Siete noches después, el mismo mar.
—¿Fue solo por hoy? —preguntó, y era la tercera vez en el viaje que lo preguntaba.
—No sé —dije—. ¿Y para vos?
—Tampoco sé. —Me apoyó la cabeza en el hombro—. Pero sé con quién lo voy a averiguar.
Tres semanas después, un viernes, salimos a cenar a un bar de Pocitos. María se puso el vestido verde. El que había comprado para el viaje y que en Montevideo nunca se hubiera animado a usar.
Fui a pedir los tragos. Cuando me di vuelta desde la barra, lo vi. Un tipo solo, dos mesas más allá, que la miraba sin apuro. María hacía como que leía la carta.
Me senté y le pasé el trago.
—Tenés un admirador —le dije.
—Ya sé —contestó sin levantar la vista. Y después levantó los ojos, me miró a mí, y no los bajó—. ¿Te molesta?
Esta vez no esperé el pinchazo de los celos ni ninguna otra cosa. Ya sabía lo que venía.
—No —dije—. Pero esta vez las reglas las decimos antes.
Se rio con la cabeza hacia atrás.
Así empezó todo.
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Hasta acá "Siete noches en Búzios". Gracias a todos los que puntuaron, comentaron y escribieron por privado desde la primera parte; sin eso no hubiera escrito las otras cuatro.
Pregunta final, para vos: ¿la última noche fue la fantasía o fue la pareja? Yo todavía no sé.
Y ahora lo que vengo diciendo desde la parte 2, en serio: escribo relatos a pedido. Vos me contás tu fantasía, tus personajes y hasta dónde querés llegar, y yo la escribo para vos, con el mismo cuidado que esta serie. Confidencial, nunca se publica sin tu permiso, y los datos del pedido se borran después de entregar. Relato corto desde USD 35, estándar USD 70. Mandame un privado y te cuento cómo funciona.
Lo que pasó después en Montevideo es otra historia. Si quieren leerla, díganmelo en los comentarios.
Parte 1: https://m.poringa.net/posts/relatos/6438969/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-1.html (link)
Parte 2: https://m.poringa.net/posts/relatos/6440313/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-2.html (link)
Parte 3: https://m.poringa.net/posts/relatos/6443296/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-3.html (link)
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