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Ya no somos los mismos

CONTINUACIÓN DEL RELATO ANTERIOR

Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6413596/Mama-puta-y-religiosa.html

El calor de Rosario no bajaba. Después del almuerzo habían hablado de la facultad, de la plata del colectivo y de la reunión de la Congregación del martes, como cualquier madre e hijo. María se había echado una siesta corta. Lucas había intentado estudiar, pero las páginas se le mezclaban. Cuando anocheció de verdad, el aire dentro de la casa se volvió pesado, cargado de sudor y de todo lo que todavía no se habían animado a decir.

Lucas volvió del baño con un trapo húmedo. María estaba desnuda, apoyada contra la mesa del living, con los brazos cruzados debajo de las tetas. Todavía le quedaban restos secos del semen de la mañana en la espalda baja y entre las nalgas. La medalla de la Virgen colgaba opaca entre sus pechos.

—Vení —dijo ella en voz baja—. Limpiame bien… otra vez.

Él se acercó y empezó a pasarle el trapo despacio. Esta vez no era solo calentura. Lo hacía con cuidado, casi con cariño, limpiando cada rastro de su leche de la piel madura de su mamá. Cuando pasó el trapo entre las nalgas, rozando el ano y los labios hinchados, María soltó un suspiro largo, distinto. Ya no era solo placer. Era cansancio, alivio y miedo mezclados.

—Lucas… —murmuró—. A veces me pregunto en qué momento nos perdimos. O si en realidad nunca estuvimos perdidos… solo estábamos esperando.

Él se detuvo, con el trapo en la mano.

—¿Te arrepentís?

María tardó en contestar. Se dio vuelta y lo miró a los ojos. Estaba desnuda, vulnerable, con el cuerpo marcado por los años: estrías suaves en la panza, várices en las piernas, tetas que ya no eran firmes. Pero había una belleza cruda y real en ella… y también una fuerza nueva.

—No sé si arrepentirme es la palabra —dijo con honestidad—. Me da culpa, mucha. Te crié sola. Tu papá se fue cuando tenías dos años y yo juré que nunca te iba a faltar de nada. Te daba la teta, te dormía en brazos, te cuidaba cuando tenías fiebre… Y ahora mirame: desnuda en el living, dejando que mi propio hijo me corra en el culo. ¿Qué clase de madre soy?

Se pasó una mano por la cara.

—Pero también… hace años que no me siento tan viva. Desde que esto empezó dejo de ser solo “la señora María que limpia casas y va a misa”. Empiezo a ser alguien que desea. Alguien que es deseada. Y eso me asusta más que el pecado mismo.

Lucas tragó saliva. Su pija, todavía semi-dura, dio un salto, pero esta vez no se dejó llevar solo por eso. La miró de verdad.

—Sos la mejor mamá que podría tener —respondió él, sincero—. Pero también sos una mujer. Una mujer que estuvo sola mucho tiempo. Yo veo eso ahora. Veo lo que sacrificaste por mí… y veo que yo también te estaba mirando de otra forma desde hace años, aunque me diera asco admitirlo.

María sonrió con tristeza y le acarició la mejilla. El gesto ya no era solo maternal ni solo sexual. Era las dos cosas al mismo tiempo.

—Sos bueno, Lucas. Pero no me justifiques. Esto que hacemos… está mal. Muy mal. Y lo peor es que cada vez me gusta más. Ya no solo lo tolero. Lo busco. Esta mañana, mientras comulgaba, me corrí pensando en tu boca. Cuando estás en la facultad a veces me toco pensando en tu pija entre mis nalgas… y después agarro el rosario y le pido perdón a Dios con la misma mano. Me asusta lo rápido que me acostumbré. Me asusta que ya no sepa dónde termina la madre y empieza la mujer que te quiere de esta forma.

Lucas se pegó a ella por detrás, apoyando el pecho contra su espalda, y le besó el cuello con una ternura que antes no se permitía.

—Yo también tengo miedo —confesó bajito, y por primera vez la voz le tembló de verdad—. A veces me miro en el espejo y pienso “estás enfermo, es tu mamá”. Pero después te veo cansada después de limpiar casas todo el día, te veo fuerte y sola, y solo quiero hacerte sentir bien. Quiero ser quien te cuida. Quien te hace sentir deseada. Y al mismo tiempo… quiero seguir siendo tu hijo. No quiero perder eso. Tengo miedo de que si seguimos, un día ya no pueda mirarte como antes.

María cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el hombro de él. Por un momento los dos se quedaron en silencio, sintiendo el peso de lo que acababan de admitir.

—Entonces seguí —susurró ella al fin—. Pero despacio hoy. Quiero sentirte, no solo que me uses. Quiero que sea… nosotros. No solo el pecado.

Lucas se bajó el jean. Su pija ya estaba dura otra vez. La apoyó entre las nalgas calientes y sudadas de su mamá y empezó a frotarse lento, muy lento. Esta vez no era un polvo rápido. Era más íntimo. Más consciente.

María separó las piernas y movió el culo con suavidad, acompañando el movimiento. Mientras él frotaba la verga entre sus nalgas, ella seguía hablando, la voz entrecortada por el placer y por la sinceridad:

—Sabés… después de que tu papá se fue, estuve casi diez años sin estar con nadie. Me convencí de que ya no necesitaba eso. Que mi vida era ser tu mamá y nada más. Pero cuando empezaste a crecer y te vi convertirte en hombre… algo se despertó. Intenté ignorarlo, te juro que lo intenté. Rezaba más. Iba más seguido a la Congregación. Pero no se fue. Solo se hizo más fuerte.

Lucas le apretó las tetas desde atrás, pero con cariño, masajeándolas mientras deslizaba la pija entre las nalgas. Ya no era solo poseerla. Era sostenerla.

—Y yo… empecé a fijarme en vos de otra forma cuando tenía dieciséis o diecisiete —admitió él, casi avergonzado—. Me daba asco sentir eso, pero no podía evitarlo. Te miraba cuando salías de la ducha o cuando te agachabas a limpiar… y me odiaba por pensarlo. Me pedía perdón a Dios todas las noches. Y al otro día volvía a mirarte igual. Ahora… ya no me odio tanto. Eso también me asusta.

María soltó un gemido suave cuando la cabeza de la pija de su hijo rozó fuerte contra su ano.

—Seguí frotando ahí… —pidió bajito—. No entrés, pero presioná más. Quiero sentirte entero… aunque no puedas entrar.

Lucas obedeció. Frotaba con movimientos largos y profundos, presionando la cabeza hinchada contra el ano de su mamá sin penetrar, mientras le besaba el cuello y los hombros. Cada roce era más lento, más cargado de todo lo que habían confesado.

—Somos dos enfermos… —murmuró María con una risita amarga y excitada—. Dos pecadores de la misma sangre. Pero ya no quiero parar, Lucas. No todavía. Necesito sentirme viva. Necesito sentir que todavía puedo desear y ser deseada… y que vos también podés ser más que solo mi hijo.

El ritmo fue creciendo, pero sin violencia. Lucas le agarró las caderas con más fuerza, pero sin apuro. María apoyó las manos en la mesa y empujaba el culo hacia atrás, follándole la pija con las nalgas, mirando de reojo el crucifijo que colgaba en la pared del living.

—Correte otra vez, m’hijo —jadeó—. Tirame toda la leche encima. Marcame… como si fuera tuya de las dos formas.

Lucas se corrió con un gemido profundo, soltando nuevos chorros calientes sobre la espalda, el culo y entre las nalgas de María. Ella tembló y se tocó el clítoris con una mano, corriéndose poco después con un gemido ahogado, apretando la medalla de la Virgen contra el pecho como si fuera un ancla.

Se quedaron abrazados contra la mesa, transpirados y pegajosos. Esta vez el silencio fue distinto. Más pesado. Más verdadero.

María giró la cabeza y lo besó en la boca, un beso lento y profundo, no solo sexual. Un beso de dos personas que ya no podían fingir que esto era solo calentura.

—Esto ya no es solo sexo prohibido —susurró contra sus labios—. Se está convirtiendo en algo más. Y eso me da más miedo que nada… porque siento que te estoy enamorando de una forma que no debería, y que yo también me estoy enamorando de vos de una forma que me destrozaría si un día se termina.

Lucas la abrazó más fuerte y le respondió contra el oído, con la voz ronca pero firme:

—Sea lo que sea… lo vamos a enfrentar juntos, mamá. No sé cómo. No sé hasta dónde. Pero no te voy a dejar sola con esto. Ni vos a mí.

Después se quedaron un rato en silencio, respirando juntos. María le pasó el trapo a Lucas para que se limpiara también. Cuando terminaron, ella fue hasta la cocina, se sirvió un vaso de agua y le preguntó, con la misma voz de siempre, la de madre:

—¿Querés que te prepare un mate o preferís que vayamos durmiendo? Mañana me levanto temprano para limpiar en Constitución.

—Mate está bien, mamá.

Mientras la pava hervía, Lucas la miró desde el living. Ya no veía solo a su madre ni solo a la mujer con la que pecaba. Veía a las dos al mismo tiempo. Y por primera vez, en vez de odiarse por eso, sintió que algo dentro de él también estaba cambiando para siempre.

María volvió con los mates, todavía desnuda, y se sentó a su lado en el sillón como si fuera lo más natural del mundo.

—No dejes que se te enfríe el agua —le dijo, pasándole la bombilla—. Y mañana acordate de llevar el guardapolvo limpio.

—Dale.

Y así, entre mates, silencio cómodo y el olor todavía presente del sexo y del sudor, la casa de Fisherton volvió a ser solo una casa de madre e hijo… aunque los dos sabían que ya nunca volverían a ser exactamente los mismos.

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