Que tal, amigos, voy a compartir un relato que no es mío, pertenece al famoso escrito Dantes; solo voy a ilustrarlo con imágenes y agregar mi toque personal; en algunos capítulos voy a cambiar un poco las escenas.

Se dice que, en estos tiempos, donde el internet es indispensable en la vida diaria, el mejor consejo que una persona puede recibir es: “Borra tu historial de navegación”.
Como un hombre moderno, Salvador cumplía esa máxima al pie de la letra. Sin importar si estaba en su casa o en el trabajo, al terminar de usar su computadora, siempre borraba todo rastro de las páginas que había visitado.
Y es que mucho puede saberse de un hombre solo revisando los sitios que frecuenta en la red, y Salvador tenía un gran secreto que lo avergonzaba y que no quería que nadie conociera.
No recordaba con exactitud en qué momento de su vida empezó todo. Tal vez fuera desde su niñez, cuando su amada madre, por lo general siempre cariñosa con él, defendía a su antiguo vecino, un niño algo mayor que solía molestarlo. Sin importar las pruebas que le llevara, desde una rajadura de ropa hasta un moretón, ella siempre defendía a ese truhan, que incluso a veces mimaba más que a él.
Por supuesto, en aquel entonces la mente infantil de Salvador no podía entender lo que estaba sintiendo. Eran celos de ver a su madre tratar a otro niño mejor que a él, supuso. Pero con los años todo fue mutando de una forma extraña. Cada vez que pensaba en esos tiempos, sentía otra cosa muy diferente.
Bueno, también hay que tomar en consideración que, cuando Salvador tenía diez años, sus padres se divorciaron debido a la infidelidad de su madre con el padre de aquel niño al que tanto mimaba, y se había ido con ellos. El pequeño Salvador no comprendía lo que la palabra “infiel” significaba; sin embargo, no le tomó muchos años comprenderlo. Cuando lo hizo, odió a su madre, pero también sintió otra cosa, algo que, sin duda, fue la semilla para la condición que tendría toda su vida.
Creció siendo un chico apuesto, con bastante suerte con las mujeres. A los dieciséis años ya había tenido más novias de las que muchos hombres tienen en toda su vida. Sin embargo, a pesar de eso, no se consideraba alguien feliz. Esas chicas no lograban hacerlo sentirse bien, eran guapas y se sentía atraído hacia todas, pero nada más, solo sentía por ellas una atracción vacía que no lo complacía.
Pero llegó el momento en que las cosas cambiaron. Conoció a la persona indicada, aquella con la que pensó pasaría el resto de tu vida. Eso ocurrió cuando Salvador tenía diecinueve años. En una clase de la universidad, conoció a Sofía.
De inmediato quedó prendado de ella, de su hermosura, de esa sonrisa capaz de derretir el más antiguo de los glaciares, de sus enormes ojos canela, a veces tiernos, a veces felinos, que lo atraían con la fuerza de un hechizo bendito. A tan solo diez minutos de haberla visto, Salvador se enamoró por primera vez en su vida, y entendió que ya no era dueño de su corazón.
No fue fácil lograrlo. Sofía era una chica tímida a extremos que Salvador nunca había visto antes. Cada vez que se acercaba e intentaba hablarle, ella se ponía tan nerviosa que era incapaz de responder, y trataba de escapar lo más rápido posible.
Siempre estaba sola; pasaban los meses y no se hacía de amigas. Salvador sabía que él no era el único chico que había sido conquistado por sus encantos, pues podía ver que muchos la rondaban, intentado, igual que él, ganarse sus favores.
A pesar de que nunca notó que ella se mostrara interesada en otro de sus pretendientes, Salvador sentía algo extraño cada vez que la veía intercambiar incluso un saludo con algún otro hombre. Todavía no comprendía del todo lo que le ocurría, pero ya comenzaba a comprender que no era algo muy normal.
Le tomó un año entero ganarse la confianza suficiente de Sofía para invitarla a una cita. Aunque ella se negó al principio, al fin aceptó, y después se mostró muy nerviosa mientras paseaban por la ciudad. Era evidente que también sentía algo por él, así que no pasó mucho para que se hicieran novios.
Salvador estaba seguro de que la amaba, y que era la mujer destinada para él. Estando con ella se sentía completo. Solo ver su rostro lo hacía sentirse feliz, aunque estuviera enojado, y ver su sonrisa lo derretía. También estaba convencido de que lo que ella sentía por él era equiparable a sus propios sentimientos. Sin duda estaban destinados a estar juntos para siempre.
Sin embargo, con el noviazgo no solo llegó la felicidad, sino también algo más. Y es que ahora que Sofía era su novia, los celos que Salvador había sentido antes, cuando cualquier hombre se le acercaba, se intensificaron. Trataba por todos los medios de contenerlos, y nunca le contó nada a ella, pues sabía perfectamente que no tenía la culpa de ser tan hermosa, ni de provocar lo que provocaba en los hombres.
Sin embargo, en sus celos había algo más. Una sensación extraña que causaba que su pulso se intensificara cada vez que veía a Sofía hablarle a otro hombre. Sentía siempre como si su corazón fuera a explorar.
Fue entonces que, preocupado por su situación, Salvador decidió buscar en internet información sobre lo que le estaba pasando. Se llevó la sorpresa de su vida cuando su búsqueda lo llevó a un extraño foro donde se mencionaba con mucha frecuencia la palabra “Cornudo”.
Ahí descubrió el verdadero significado de esa palabra. Aprendió sobre los hombres que disfrutan al ver a sus mujeres con otros. Pensó que se equivocaba, él no podía ser como esos hombres, no podía ser tan… anormal.
Logró convencerse de que había un error, que lo que sentía al ver a Sofía relacionándose inocentemente con otros hombres no tenía nada que ver con eso que los usuarios del foro llamaban fetiche, a él le parecía una desviación, nada más que un defecto psicológico.
Sin embargo, aquella sensación no desaparecía, cada vez que un hombre se mostraba mínimamente interesado en Sofía, saltaba la alarma interior de Salvador. No importaba si era otro alumno, un profesor de la escuela que le hablaba de forma que a él le parecía inapropiada, o cualquiera que se encontraran por la calle y la viera por más de dos segundos, su corazón siempre comenzaba a acelerarse, y una mezcla de celos y emoción rugía dentro de él.
Por supuesto, mantuvo todo esto en secreto. No quería asustar a Sofía, lo último que deseaba era que ella pensara que era un celoso posesivo, o peor, un loco de remate.
Sin embargo, con el pasar de los meses, no podía quitarse de la mente lo que había leído en aquel extraño foro de internet. Pese a que se había prometido no volver a ese sitio, no pudo aguantar el impulso de volver a entrar. Esta vez incluso se creó una cuenta y trató de interactuar con los demás usuarios.
Vio las entradas que otros habían creado, sus experiencias siendo cornudos. Mientras más leía, más identificado se sentía. Él era como aquellos hombres, y en cierta forma se sintió cómodo en ese lugar, compartiendo con otras personas que experimentaban lo mismo que él.
Comenzó a frecuentar cada vez más el foro y, poco a poco, entendió lo que le ocurría. Después de unos meses, incluso se atrevió a hacer una publicación, comentando lo que le pasaba, y todos los demás usuarios lo trataron con respeto, como una manada que cobija a un nuevo cachorro.
Poco a poco, sin darse cuenta, Salvador se hizo adicto a visitar ese foro. Con el tiempo se volvió mucho mejor ocultando los celos que sentía cuando Sofía hablaba con otro hombre. Y finalmente fue capaz de aceptar lo que le ocurría: tenía ese fetiche, tal vez siempre lo había tenido. Sin embargo, era demasiado vergonzoso admitirlo, así que se hizo a sí mismo el juramento de que nunca se lo diría a nadie, menos a Sofía.
Así transcurrió el tiempo, y su relación con Sofía fue fortaleciéndose. Su amor era cada vez más grande, hasta que, cinco años después de conocerse, tras haberse graduado de la universidad, se casaron.
Su vida juntos era mejor de lo que podía imaginar. Su esposa, con el paso de los años, se había vuelto incluso más bella que antes, también más abierta y considerada, más dulce y amable. Aunque seguía siendo muy tímida con los demás, cuando estaban solos, se comportaba con naturalidad, bromeando y muy cariñosa. Salvador se sentía el hombre más feliz del mundo al estar con ella.
Sin embargo, a pesar de todo lo feliz que era su relación y de lo mucho que la amaba, nunca tuvo el valor de contarle sus secretos. Con el paso del tiempo, Salvador comenzó a sentirse extraño, de una forma muy similar a como se sentía con aquellas novias de su juventud… Insatisfecho.
Una noche, un par de meses antes de su quinto aniversario de bodas, Salvador se encontraba navegando en internet en la computadora, sentado en el sofá de su sala. Su mujer dormía en la habitación, así que estaba tratando de hacer el menor ruido posible, como tantas otras noches antes de esa.
Estaba visitando el foro de cornudos que había descubierto hace diez años. Ya era un miembro destacado, pues siempre comentaba las historias de los demás y se hacía participe en toda discusión sobre otras experiencias.
Esa noche estaba leyendo una historia escrita por uno de sus usuarios favoritos, uno que siempre contaba experiencias de él y de su esposa, mezclando realidad y ficción con resultados de lo más morbosos. En la historia de esa ocasión, explicaba que su esposa había estado con un hombre mayor mientras él observaba todo.
Esa clase de relatos hacía que Salvador se excitara mucho. Sobre todo, al imaginar a Sofía comportándose como aquellas esposas amorosas que compartían las fantasías de sus maridos.
Y es que el sexo con su esposa no era el mejor del mundo. La naturaleza tímida de Sofía causaba que hubiera muchas cosas que no quisiera hacer. Sus relaciones no se apartaban del más común coito marital, y eso era todo.
Por eso, cuando leía de una esposa tan zorra que era capaz de tragarse la verga entera de algún amante que tenía, o de entregar incluso el culo en la búsqueda del placer, Salvador no podía sentir otra cosa que no fuera envidia.
Su sueño era que Sofía se entregara de esa manera a él, que chupara su pene con placer, y que incluso algún día quisiera probar el sexo anal. Aunque la verdad sea dicha, muy en el fondo deseaba que lo hiciera con otro más que con él. Antes detestaba sentirse así, pero con el tiempo había aceptado su naturaleza. Aunque con cada nueva fantasía que tenía volvía a sentir culpa. Era como usar a su mujer como prostituta y, aunque era solo en su imaginación, le parecía una atrocidad.
Aun así, estaba a punto de desabrochar su pantalón y regalarse una buena paja, igual que lo había hecho tantas otras noches. Sabía que esa era la única forma de calmar en algo su morbo, usar cosas que les pasaban a otros, no a él. Nunca se arriesgaría a que Sofía supiera la verdad, a que viera en su interior y sintiera asco de lo que encontraba ahí.
Pero antes de que pudiera complacerse a sí mismo, un llanto proveniente de la habitación lo sacó de todos sus pensamientos. Dejó la computadora sobre la mesa de la sala y se dirigió a ver a la bebé.
Se acercó a la cuna y cargó a la pequeña Alejandra. Con sus seis meses, era lo más bello que Salvador había visto en toda su vida, lo que más quería en el mundo, y también lo más desesperante a lo que se había enfrentado nunca.
No es que llorara todo el día, pero cuando lo hacía, su llanto tronaba por todo el departamento y era imposible callarla.
—Ya… ya… —le dijo, acercándola a su pecho—. Vas a despertar a tu mamá.
—Muy tarde —dijo una voz a sus espaldas—. Ya estoy despierta.
Salvador se giró y vio a su esposa con el pelo revuelto y vistiendo solamente su pijama holgado. Era increíble lo hermosa que se veía a cualquier hora, incluso recién despertando lucía una belleza que cualquier otra mujer conseguiría solo esforzándose mucho maquillándose.
—Debe tener hambre —dijo Sofía, tomando a la bebé de los brazos de Salvador y sonriéndole a ambos.
Salvador se dispuso a regresar a la sala, consciente de que no podría hacer nada para aliviar esa molestia concreta de su hija. Lo mejor era dejar a su mujer darle pecho a la bebé y regresar a sus cosas. Ya no iba a poder masturbarse, pero podría leer alguna historia más antes de apagar la computadora.
Sin embargo, para su sorpresa, Sofía no se quedó en la habitación amamantando a Alejandrita, sino que lo siguió con la niña todavía llorando a todo pulmón.
Salvador llegó a la sala y tomó su laptop. Sofía estaba pegada a él, así que le resultaría imposible cerrar las pestañas del navegador sin que ella las viera, por lo que optó por simplemente cerrar la pantalla y ya. Era consciente de que eso podía considerarse extraño, pero prefería eso a que se diera cuenta del sitio en el que estaba metido.
La niña seguía llorando cuando Sofía se sentó a su lado en el sofá. Su esposa se levantó la camisa del pijama, mostrando ambos pechos, y acercó la boca de la pequeña a su pezón derecho. La bebé, sin perder ni un minuto, comenzó a alimentarse de la leche de su madre.
Pasaron varios segundos y, contrario a lo que normalmente hacía, Sofía no se cubrió el otro pecho ni intentó esconderse. Por lo general era tímida incluso para eso, pero esa noche no lo hizo.
—¿Estás tratando de seducirme? —le preguntó Salvador, observando fijamente los hinchados y hermosos pechos de su esposa.
Ella le sonrió tímidamente, y bajó la vista hasta su entrepierna.
—Pues parece que está funcionando —respondió.
Salvador siguió su mirada y se encontró con el bulto que se marcaba en sus pantalones; sin duda, los restos de su erección por haber estado leyendo aquella excitante historia.
—¿Te pone así ver a tu hija tomando leche? —preguntó Sofía con evidente tono de broma.
—Digamos que se me hace agua la boca —dijo Salvador, sonriendo.
Sofía sonrió divertida y continuó amamantando a su hija por varios minutos, hasta que la pequeña cayó profundamente dormida.
Entonces, se puso de pie y le tendió la mano a Salvador.
—Ven conmigo… —le dijo de forma tan tierna que él no pudo negarse. Se puso de pie y siguió a su esposa hasta la habitación, olvidando por completo la computadora.
Sofía dejó a la niña en la cuna con mucho cuidado, y tras asegurarse de que no se despertaba, se dio la vuelta para ver a su marido.
—Entonces… ¿Aún tienes hambre? —preguntó, con una sonrisa que, aunque seguía denotando timidez, traslucía cierta lujuria.
—Por supuesto —respondió Salvador—. Un monstruo me devora las tripas.
Sofía sonrió y se acercó hasta pegarse a él.
—Creo que puedo ayudarte —le dijo, acercando su boca a la de él para darle un beso con ternura—. Tu hija dejó un poco de su papa… y no tiene caso desperdiciarla, ¿no crees?
Salvador sonrió ante las palabras de su mujer, le encantaba cuando se ponía un poco más atrevida de lo normal. No es que fuera gran cosa si se comparaba con otras mujeres con las que había estado antes de ella, pero sí en relación con su día a día.
—Bueno… —Salvador llevó una de sus manos al pecho derecho de Sofía y lo apretó, provocando que saliera leche y corriera sobre su mano—, sería un verdadero pecado dejar que se perdiera tal delicia. —Se inclinó y atrapó con sus labios el pezón. Su lengua resbaló por la superficie de la perfecta teta, haciéndose con los restos de leche que había liberado.
—Ooooh —gimió Sofía.
Salvador siguió chupando con dulzura, sorbiendo hasta la última gota de leche que salía de la sabrosa ubre. Saltó de un pezón a otro, provocando temblores en el cuerpo de su esposa. Hasta que ella ya no pudo más y lo obligó a subir a su boca.
Se dejaron caer sobre la cama, besándose de la forma tierna que siempre lo hacían. Salvador se separó un poco del beso y miró a su mujer.
—Oye… —comenzó a decir, nervioso—, ¿crees que esta noche podrías…?
Sofía tardó un minuto en entender a lo que se estaba refiriendo. Cuando lo hizo, la expresión de pasión de su rostro desapareció.
—Amor —dijo con seriedad—. Sé lo mucho que lo quieres, pero no puedo… De solo pensar meterme un… un pene en la boca, o lamerlo…, me da as… miedo.
Salvador sintió que su erección se desvanecía. Sin embargo, no podía culparla. La amaba demasiado.
—Ya lo sé —dijo Salvador, tranquilizándola con su mano sobre su mejilla. Se lo había pedido tantas veces, y, aunque no perdía la esperanza, comenzaba a pensar que nunca iba a pasar; ni hablar del sexo anal—. No te preocupes, amor.
—Es que… —por un momento, Salvador pensó que Sofía se iba a poner a llorar—. Me da pena no poder darte lo que quieres. Quiero satisfacerte…
—Ya me satisfaces —dijo Salvador con ternura—. Me das mucho más de lo que merezco.
—¿En serio? —preguntó Sofía.
—Por supuesto —respondió Salvador—. Contigo a mi lado me siento el hombre más feliz del mundo.
—Pero… en la cama… Yo sé que quieres más… y me gustaría dártelo, pero no puedo…
—Ssh. El sexo no es tan importante como el amor. Que me ames es más que suficiente para mí.
Sofía volvió a besarlo. Sus ojos brillaban por las lágrimas que nunca salieron.
Esa noche, Salvador y Sofía hicieron el amor. Ella se esforzó en complacer a su marido, y él recuperó la pasión; fue el sexo más intenso que habían tenido en mucho tiempo. Sin embargo, con el acto ya concretado, cuando Sofía ya dormía abrazada a su pecho, Salvador no pudo evitar suspirar y pensar en que sus relaciones no eran mejores que las de dos adolescentes primerizos. Le encantaría que Sofía fuera más fogosa en la cama, que demostrara más lujuria. Aunque la amaba con todo su corazón, no podía dejar de sentirse cada vez más insatisfecho.
Cerró los ojos, repitiéndose a sí mismo lo que acababa de decirle a su mujer, que el sexo no era lo más importante, y que sin importar nada, se iban a amar toda la vida.
Cuando se durmió, un montón de fantasías llegaron a su mente. Sofía dándole el sexo oral más increíble, para luego entregarle el ano para su disfrute. A medio sueño las imágenes cambiaron; ahora quien estaba disfrutando del sexo de su esposa no era él, sino un extraño sin rostro, uno que su mente creó para alimentar su fetiche.
Al día siguiente, Salvador despertó con un dolor de cabeza insoportable, que solo se agravó al escuchar llorar a su hija. Salió de su habitación y se dirigió a la sala, donde Sofía daba vueltas con la pequeña, tratando de calmarla. Le sonrió en cuanto lo vio entrar, y luego hizo un gesto de enfado.
Salvador se acercó y tomó a la niña de los brazos de su mujer. Al instante dejó de llorar, haciendo que ambos padres se miraran con alivio.
—Parece que extrañaba a su papá —dijo Sofía, dejándose caer en el sofá. Salvador observó que sobre el sofá estaba el bolso donde su esposa llevaba la ropa de ejercicios.
—¿Es día de gimnasio? —preguntó Salvador, apuntando con la cabeza al bolso.
—Sí —respondió Sofía—. No he ido en dos semanas. Es tiempo de volver.
Después de dar a luz a Alejandra, Sofía se dedicó por completo a atenderla. Dejó de ir al gimnasio e incluso renunció a su trabajo, diciendo que quería tomarse un año sabático para cuidar a su bebita. Ya que Salvador ganaba dinero suficiente para vivir bien, no habían tenido problemas con eso; de hecho, él estaba feliz de que siempre al volver a casa su esposa estuviera hay, esperándolo.
Ahora, al parecer, Sofía había decidido volver al gimnasio. Desde que Salvador la conoció que frecuentaba uno. En buena parte, eso explicaba el maravilloso cuerpo que tenía, digno, no de una modelo, sino de toda una estrella porno. Si tan solo ella estuviera dispuesta a sacarle todo el jugo a ese cuerpo…
—Voy a dejar a Janita con la señora Dolores —dijo Sofía. A juzgar por su expresión mesurada, era evidente que sabía que esa idea no le agradaba mucho a Salvador.
—¿Por qué no con alguien más? —preguntó él algo molesto.
—No conozco a nadie más lo suficiente en este edificio —respondió Sofía, encogiéndose de hombros—. La señora Dolores es muy buena persona, y quiere mucho a Alejandrita.
—No digo que sea mala persona —respondió Salvador—. Ella me cae bien, el problema…
—Don Porfirio —terminó por él Sofía, suspirando, aunque no molesta. Estaba acostumbrada a que su marido demostrara el poco apreció que le tenía al conserje del edificio.
—Ese hombre me da muy mala espina —dijo Salvador—. No tiene mucha educación, y siempre está…
Iba a decir que siempre estaba mirando a Sofía con malos ojos, pero se contuvo, pues no era necesario que su esposa lo supiera.
—Sea como sea, no me gusta que trates con él —dijo Salvador.
—Y no trato con él—dijo Sofía—. La verdad es que a mí tampoco me cae muy bien. Lo único que hago es llevar a Janita a la puerta, entregarle las cosas a la señora Dolores y luego irme. De vuelta lo mismo.
Salvador hizo un gesto de desdén, dándose por vencido. Sabía que no tenía sentido discutir, no iba a prohibirle a su esposa ir al gimnasio por sus celos. No es que necesitara ir al gimnasio, con ese cuerpo, incluso aunque no se ejercitara durante el resto de su vida, seguiría siendo una diosa, pero a ella le gustaba ir, y si eso la hacia verse incluso más atractiva, pues mejor.
—Está bien —dijo Salvador, y le tendió la niña a Sofía—. Tengo que darme una ducha.
Unos minutos más tarde, Salvador salía de su departamento tras haberse despedido de sus dos mujeres. Bajó en el ascensor. Cuando llegó a la planta baja se encontró con quien menos quería toparse.
—Buenos días, señor Martínez —dijo Porfirio, el conserje que también hacía las veces de casero, con esa voz tan molesta que tenía—. ¿A la pega?
—Así es —respondió Salvador, tratando de mantener la calma—. Hay que llevar el pan a la mesa.
—Desde luego —respondió el señor Porfirio.
Era todo lo contrario a Salvador. Un enano gordo con cara de maleante, y, aunque solo tenía poco más de cincuenta años, parecía bastante más viejo. Salvador no entendía cómo alguien como él, un tipo con un nivel de educación casi nulo, había terminado siendo el encargado del edificio. Cuando indagó con un vecino, averiguó que el dueño le debía alguna clase de favor, por eso lo dejaba vivir ahí, según se rumoreaba, gratis.
—Por cierto, me dijo mi vieja que vamos a cuidar a su pequeñita —dijo el señor Porfirio, mostrando los dientes en una mueca que podía confundirse con una sonrisa.
—Así es —respondió Salvador, con seriedad—. Mi esposa tiene que salir.
—Supe que va al gimnasio —comentó el señor Porfirio. A Salvador no le quedó más remedio que asentir. No le gustaba la idea de que ese hombre supiera lo que hacía su mujer. Deseó que Sofía no se lo hubiera dicho a la señora Dolores—. No entiendo para qué. La verdad es que así ya está muy bien.
—¿Disculpe? —preguntó Salvador, indignado.
—Vamos, vamos, hombre, no se lo tome a mal —dijo Porfirio—. Solo digo que su mujer está en muy buena forma, nada más.
La sonrisa del hombre era claramente provocativa, pero Salvador decidió que no iba a darle el gusto de discutir, no de nuevo; así que simplemente se despidió con un gestó desdeñoso y se fue.
—No se preocupe, vamos a cuidar muy bien de ella, de su bebé. Dolores la adora —dijo el viejo Porfirio cuando Salvador ya casi salía del edificio. Pensó en regresarse y gritarle algo, pues estaba seguro de que en esos momentos el hombre se burlaba de él, pero se contuvo y siguió su camino, pensando en lo mucho que le gustaría largarse a vivir a otro lado.
Su día de trabajo no tuvo mayor complicación. Salvador era subgerente de una agencia de autos. El puesto exigía ser astuto y dinámico, pero no era pesado y recompensaba con un muy buen sueldo.
Al salir fue directo a casa. Como de costumbre subió en el ascensor y caminó por el pasillo hasta la puerta de su departamento. Abrió y se encontró con su esposa sentada en el sofá, con la computadora que él había estado usando la noche anterior —y que había olvidado por completo— abierta sobre la mesa de centro. En la pantalla brillaba el sitio que la noche anterior, y otras muchas veces, había visitado en secreto.
En los ojos de Sofía había lágrimas de pena y de enfado.
—Tenemos que hablar —dijo Sofía, señalando la computadora.
Salvador sintió que su corazón era apretado por una mano gigantesca. Tuvo el impulso de echar a correr, pero las lágrimas de su esposa lo clavaron al suelo. Sofía merecía una explicación.
Se dio cuenta que había cometido un gran descuido, y que su matrimonio estaba en peligro.
Tomó asiento en el sillón frente a su esposa. Estaba metido en un gran problema. No podía creer que había sido tan estúpido. Siempre cuidaba de borrar los datos de navegación de su computadora. Había sido un idiota al olvidar lo que había pasado en la noche, cuando se vio obligado a dejarla abierta justo en la página del foro.
—Cuando regresé del gimnasio… —comenzó a decir Sofía. Al parecer había llorado un buen rato, pero ya estaba calmada—. Necesitaba buscar algo en internet, pero cuando tomé la computadora…
—Amor… —comenzó Salvador, pero ella lo interrumpió de inmediato.
—Cuando vi esto, no podía creerlo —dijo señalando una y otra vez la pantalla—. Esa historia tan extraña…
—¿La leíste? —preguntó Salvador, con el corazón en un puño.
Sofía asintió.
—Sentí curiosidad —dijo, como excusándose—. No me esperaba que fuera una historia así. Alguien contaba que su mujer había tenido sexo con otro… Y lo hacía con tanta naturalidad. Parecía orgulloso de ello… ¿En serio hay hombres que les gusta eso?
Salvador no dijo nada. Tragó saliva. Comprendió que lo que dijera solo empeoraría las cosas.
—Al principio creí que tú no podías haber estado navegando por esos sitios. Pensé que se trataba de una de esas páginas que se abren solas, por publicidad. —Lo miró a los ojos—. Pero revisé tu perfil… ¿Nueve años? Lo creaste hace nueve años. Y no solo te metes a leer esas… cosas… Leí tus opiniones. —El rostro de Sofía se contrajo, pero pudo aguantar el llanto.
Salvador estaba mudo. Sabía que se estaba comportando como un cobarde al no hablar, pero es que no podía hacerlo. No soportaba la posibilidad de que Sofía lo despreciara por lo que era.
—¿No me amas? —preguntó Sofía. Esas tres palabras convertidas en pregunta lo golpearon como un martillo sobre un yunque.
—Te amo más que a mi vida —le dijo Salvador de inmediato—. Tú y nuestra hija son lo mejor que me ha pasado. Lo más importante de mi vida.
—Entonces, ¿por qué escribiste todo eso sobre mí? —preguntó Sofía—. ¿Por qué publicaste en ese foro que te gustaría que me acostara con otro hombre?
—Yo…
Ante la indecisión de Salvador, Sofía se puso de pie. Se notaba herida más que enfadada. Él se levantó rápidamente de su asiento y fue tras ella. La abrazó por detrás con toda la fuerza que tenía.
—Escúchame, amor mío. No negaré nada de lo que viste, no tendría sentido. —Ella trató de zafarse de su abrazo, pero él no se lo permitió—. Es cierto que desde hace muchos años he sido así. Tengo ese fetiche. Entiendo que lo consideres extraño, pero créeme, todo son simples fantasías, imaginaciones mías que nunca se harán realidad.
Está vez Sofía guardó silencio.
—Te amo. Es la mayor verdad que he dicho en toda mi vida. Sin ti, yo no sería nada.
—¿Por qué no me contaste? —preguntó Sofía.
—Tenía miedo. Miedo que pensaras mal de mí —dijo Salvador.
—Lo pienso ahora —dijo Sofía, y Salvador sintió como el alma se le caía al suelo. No quería que dejara de amarlo. No quería perderla—. No por… tu fetiche, o como quieras llamarlo. —Se giró sin escapar de su abrazo—. Eso es raro para mí, pero lo que más me duele es que no me lo contaras. —Salvador intentó decir algo, pero ella lo interrumpió—. Sí, me habría escandalizado, me habría enojado contigo por varios días si te hubieras atrevido a sugerirme… Bueno, ya sabes. Pero ahora que lo descubrí por mi cuenta, no puedo evitar pensar en qué otras cosas me has estado escondiendo, quizá desde hace cuánto tiempo.
—Ninguna —dijo Salvador, alarmado—. No quería que supieras de mis fantasías porque me daba vergüenza, pero te prometo que no te he ocultado nada más. Lo juro por mi vida.
Sofía lo miró a los ojos por varios segundos, como si estuviera tratando de leer en su alma.
—¿De verdad? —preguntó.
—De verdad —le aseguró Salvador.
Sofía entonces volvió a tratar de zafarse de su abrazo. Esta vez Salvador la dejó ir. El atribulado marido vio como su esposa caminaba por la sala del departamento hasta sentarse en el sofá de nuevo.
—Ven —le dijo ella, indicándole con un gesto que quería que se sentara a su lado—. Tenemos que hablar de esto.
Salvador hizo lo que su esposa le pedía. Tomó asiento junto a ella, y durante más de una hora respondió a todas las preguntas de Sofía. Le contó cómo empezó todo, de la extraña emoción que sentía cuando otros chicos se le acercaban en la Universidad, y cómo había escondido su fetiche durante años.
Ella escuchaba, a veces con la mirada gacha, a ratos mirándolo con asombro, siempre con los ojos brillantes. Después de escuchar una respuesta, se quedaba meditando callada durante varios minutos antes de volver a hablar. Salvador notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo por entender.
—¿Puedes perdonarme? —preguntó Salvador, cuando pensó que ya no había más preguntas que contestar.
Sofía no respondió al instante. Se quedó callada, observando la nada durante un rato, hasta que finalmente suspiró.
—Te perdono por no habérmelo contado —dijo—. Entiendo que algo así… no debe ser fácil de confesar.
—No lo es —respondió Salvador.
—No hay nada más que perdonar —comentó Sofía, sorprendiendo a Salvador—. No entiendo lo que te pasa, pero no te juzgo, aunque todo eso se me haga inmoral y antinatural. Cuando me casé contigo, hice un juramento de fidelidad, y estas cosas que acabo de descubrir sobre ti son… demasiado para mí.
Salvador asintió, dolido.
—Pero, no estoy molesta contigo por eso —continuó su hermosa esposa, sonriendo, aunque era evidente que solo lo hacía para calmarlo a él. Ella seguía impactada—. Tu mente es tuya. Puedes tener todas las fantasías que quieras, siempre y cuando entiendas que se quedaran ahí… Y no tienes que esconderte de mí. —Miró la computadora—. Puedes visitar esas páginas cuando quieras. Pero… no me hables sobre ellas, por favor.
—Te lo prometo —dijo Salvador, consciente de que había salido mejor parado de lo que esperaba.
Justo en ese momento, la bebé empezó a llorar en la habitación. Sofía se puso de pie y se dirigió al cuarto. Pero antes, se dio la vuelta y miró a Salvador.
—Tenías razón en algo. Eso… —dijo Sofía, señalando la computadora—, con nosotros…, no va a ocurrir jamás.
FIN CAPITULO 1.

Se dice que, en estos tiempos, donde el internet es indispensable en la vida diaria, el mejor consejo que una persona puede recibir es: “Borra tu historial de navegación”.
Como un hombre moderno, Salvador cumplía esa máxima al pie de la letra. Sin importar si estaba en su casa o en el trabajo, al terminar de usar su computadora, siempre borraba todo rastro de las páginas que había visitado.
Y es que mucho puede saberse de un hombre solo revisando los sitios que frecuenta en la red, y Salvador tenía un gran secreto que lo avergonzaba y que no quería que nadie conociera.
No recordaba con exactitud en qué momento de su vida empezó todo. Tal vez fuera desde su niñez, cuando su amada madre, por lo general siempre cariñosa con él, defendía a su antiguo vecino, un niño algo mayor que solía molestarlo. Sin importar las pruebas que le llevara, desde una rajadura de ropa hasta un moretón, ella siempre defendía a ese truhan, que incluso a veces mimaba más que a él.
Por supuesto, en aquel entonces la mente infantil de Salvador no podía entender lo que estaba sintiendo. Eran celos de ver a su madre tratar a otro niño mejor que a él, supuso. Pero con los años todo fue mutando de una forma extraña. Cada vez que pensaba en esos tiempos, sentía otra cosa muy diferente.
Bueno, también hay que tomar en consideración que, cuando Salvador tenía diez años, sus padres se divorciaron debido a la infidelidad de su madre con el padre de aquel niño al que tanto mimaba, y se había ido con ellos. El pequeño Salvador no comprendía lo que la palabra “infiel” significaba; sin embargo, no le tomó muchos años comprenderlo. Cuando lo hizo, odió a su madre, pero también sintió otra cosa, algo que, sin duda, fue la semilla para la condición que tendría toda su vida.
Creció siendo un chico apuesto, con bastante suerte con las mujeres. A los dieciséis años ya había tenido más novias de las que muchos hombres tienen en toda su vida. Sin embargo, a pesar de eso, no se consideraba alguien feliz. Esas chicas no lograban hacerlo sentirse bien, eran guapas y se sentía atraído hacia todas, pero nada más, solo sentía por ellas una atracción vacía que no lo complacía.
Pero llegó el momento en que las cosas cambiaron. Conoció a la persona indicada, aquella con la que pensó pasaría el resto de tu vida. Eso ocurrió cuando Salvador tenía diecinueve años. En una clase de la universidad, conoció a Sofía.
De inmediato quedó prendado de ella, de su hermosura, de esa sonrisa capaz de derretir el más antiguo de los glaciares, de sus enormes ojos canela, a veces tiernos, a veces felinos, que lo atraían con la fuerza de un hechizo bendito. A tan solo diez minutos de haberla visto, Salvador se enamoró por primera vez en su vida, y entendió que ya no era dueño de su corazón.
No fue fácil lograrlo. Sofía era una chica tímida a extremos que Salvador nunca había visto antes. Cada vez que se acercaba e intentaba hablarle, ella se ponía tan nerviosa que era incapaz de responder, y trataba de escapar lo más rápido posible.
Siempre estaba sola; pasaban los meses y no se hacía de amigas. Salvador sabía que él no era el único chico que había sido conquistado por sus encantos, pues podía ver que muchos la rondaban, intentado, igual que él, ganarse sus favores.
A pesar de que nunca notó que ella se mostrara interesada en otro de sus pretendientes, Salvador sentía algo extraño cada vez que la veía intercambiar incluso un saludo con algún otro hombre. Todavía no comprendía del todo lo que le ocurría, pero ya comenzaba a comprender que no era algo muy normal.
Le tomó un año entero ganarse la confianza suficiente de Sofía para invitarla a una cita. Aunque ella se negó al principio, al fin aceptó, y después se mostró muy nerviosa mientras paseaban por la ciudad. Era evidente que también sentía algo por él, así que no pasó mucho para que se hicieran novios.
Salvador estaba seguro de que la amaba, y que era la mujer destinada para él. Estando con ella se sentía completo. Solo ver su rostro lo hacía sentirse feliz, aunque estuviera enojado, y ver su sonrisa lo derretía. También estaba convencido de que lo que ella sentía por él era equiparable a sus propios sentimientos. Sin duda estaban destinados a estar juntos para siempre.
Sin embargo, con el noviazgo no solo llegó la felicidad, sino también algo más. Y es que ahora que Sofía era su novia, los celos que Salvador había sentido antes, cuando cualquier hombre se le acercaba, se intensificaron. Trataba por todos los medios de contenerlos, y nunca le contó nada a ella, pues sabía perfectamente que no tenía la culpa de ser tan hermosa, ni de provocar lo que provocaba en los hombres.
Sin embargo, en sus celos había algo más. Una sensación extraña que causaba que su pulso se intensificara cada vez que veía a Sofía hablarle a otro hombre. Sentía siempre como si su corazón fuera a explorar.
Fue entonces que, preocupado por su situación, Salvador decidió buscar en internet información sobre lo que le estaba pasando. Se llevó la sorpresa de su vida cuando su búsqueda lo llevó a un extraño foro donde se mencionaba con mucha frecuencia la palabra “Cornudo”.
Ahí descubrió el verdadero significado de esa palabra. Aprendió sobre los hombres que disfrutan al ver a sus mujeres con otros. Pensó que se equivocaba, él no podía ser como esos hombres, no podía ser tan… anormal.
Logró convencerse de que había un error, que lo que sentía al ver a Sofía relacionándose inocentemente con otros hombres no tenía nada que ver con eso que los usuarios del foro llamaban fetiche, a él le parecía una desviación, nada más que un defecto psicológico.
Sin embargo, aquella sensación no desaparecía, cada vez que un hombre se mostraba mínimamente interesado en Sofía, saltaba la alarma interior de Salvador. No importaba si era otro alumno, un profesor de la escuela que le hablaba de forma que a él le parecía inapropiada, o cualquiera que se encontraran por la calle y la viera por más de dos segundos, su corazón siempre comenzaba a acelerarse, y una mezcla de celos y emoción rugía dentro de él.
Por supuesto, mantuvo todo esto en secreto. No quería asustar a Sofía, lo último que deseaba era que ella pensara que era un celoso posesivo, o peor, un loco de remate.
Sin embargo, con el pasar de los meses, no podía quitarse de la mente lo que había leído en aquel extraño foro de internet. Pese a que se había prometido no volver a ese sitio, no pudo aguantar el impulso de volver a entrar. Esta vez incluso se creó una cuenta y trató de interactuar con los demás usuarios.
Vio las entradas que otros habían creado, sus experiencias siendo cornudos. Mientras más leía, más identificado se sentía. Él era como aquellos hombres, y en cierta forma se sintió cómodo en ese lugar, compartiendo con otras personas que experimentaban lo mismo que él.
Comenzó a frecuentar cada vez más el foro y, poco a poco, entendió lo que le ocurría. Después de unos meses, incluso se atrevió a hacer una publicación, comentando lo que le pasaba, y todos los demás usuarios lo trataron con respeto, como una manada que cobija a un nuevo cachorro.
Poco a poco, sin darse cuenta, Salvador se hizo adicto a visitar ese foro. Con el tiempo se volvió mucho mejor ocultando los celos que sentía cuando Sofía hablaba con otro hombre. Y finalmente fue capaz de aceptar lo que le ocurría: tenía ese fetiche, tal vez siempre lo había tenido. Sin embargo, era demasiado vergonzoso admitirlo, así que se hizo a sí mismo el juramento de que nunca se lo diría a nadie, menos a Sofía.
Así transcurrió el tiempo, y su relación con Sofía fue fortaleciéndose. Su amor era cada vez más grande, hasta que, cinco años después de conocerse, tras haberse graduado de la universidad, se casaron.
Su vida juntos era mejor de lo que podía imaginar. Su esposa, con el paso de los años, se había vuelto incluso más bella que antes, también más abierta y considerada, más dulce y amable. Aunque seguía siendo muy tímida con los demás, cuando estaban solos, se comportaba con naturalidad, bromeando y muy cariñosa. Salvador se sentía el hombre más feliz del mundo al estar con ella.
Sin embargo, a pesar de todo lo feliz que era su relación y de lo mucho que la amaba, nunca tuvo el valor de contarle sus secretos. Con el paso del tiempo, Salvador comenzó a sentirse extraño, de una forma muy similar a como se sentía con aquellas novias de su juventud… Insatisfecho.
Una noche, un par de meses antes de su quinto aniversario de bodas, Salvador se encontraba navegando en internet en la computadora, sentado en el sofá de su sala. Su mujer dormía en la habitación, así que estaba tratando de hacer el menor ruido posible, como tantas otras noches antes de esa.
Estaba visitando el foro de cornudos que había descubierto hace diez años. Ya era un miembro destacado, pues siempre comentaba las historias de los demás y se hacía participe en toda discusión sobre otras experiencias.
Esa noche estaba leyendo una historia escrita por uno de sus usuarios favoritos, uno que siempre contaba experiencias de él y de su esposa, mezclando realidad y ficción con resultados de lo más morbosos. En la historia de esa ocasión, explicaba que su esposa había estado con un hombre mayor mientras él observaba todo.
Esa clase de relatos hacía que Salvador se excitara mucho. Sobre todo, al imaginar a Sofía comportándose como aquellas esposas amorosas que compartían las fantasías de sus maridos.
Y es que el sexo con su esposa no era el mejor del mundo. La naturaleza tímida de Sofía causaba que hubiera muchas cosas que no quisiera hacer. Sus relaciones no se apartaban del más común coito marital, y eso era todo.
Por eso, cuando leía de una esposa tan zorra que era capaz de tragarse la verga entera de algún amante que tenía, o de entregar incluso el culo en la búsqueda del placer, Salvador no podía sentir otra cosa que no fuera envidia.
Su sueño era que Sofía se entregara de esa manera a él, que chupara su pene con placer, y que incluso algún día quisiera probar el sexo anal. Aunque la verdad sea dicha, muy en el fondo deseaba que lo hiciera con otro más que con él. Antes detestaba sentirse así, pero con el tiempo había aceptado su naturaleza. Aunque con cada nueva fantasía que tenía volvía a sentir culpa. Era como usar a su mujer como prostituta y, aunque era solo en su imaginación, le parecía una atrocidad.
Aun así, estaba a punto de desabrochar su pantalón y regalarse una buena paja, igual que lo había hecho tantas otras noches. Sabía que esa era la única forma de calmar en algo su morbo, usar cosas que les pasaban a otros, no a él. Nunca se arriesgaría a que Sofía supiera la verdad, a que viera en su interior y sintiera asco de lo que encontraba ahí.
Pero antes de que pudiera complacerse a sí mismo, un llanto proveniente de la habitación lo sacó de todos sus pensamientos. Dejó la computadora sobre la mesa de la sala y se dirigió a ver a la bebé.
Se acercó a la cuna y cargó a la pequeña Alejandra. Con sus seis meses, era lo más bello que Salvador había visto en toda su vida, lo que más quería en el mundo, y también lo más desesperante a lo que se había enfrentado nunca.
No es que llorara todo el día, pero cuando lo hacía, su llanto tronaba por todo el departamento y era imposible callarla.
—Ya… ya… —le dijo, acercándola a su pecho—. Vas a despertar a tu mamá.
—Muy tarde —dijo una voz a sus espaldas—. Ya estoy despierta.
Salvador se giró y vio a su esposa con el pelo revuelto y vistiendo solamente su pijama holgado. Era increíble lo hermosa que se veía a cualquier hora, incluso recién despertando lucía una belleza que cualquier otra mujer conseguiría solo esforzándose mucho maquillándose.
—Debe tener hambre —dijo Sofía, tomando a la bebé de los brazos de Salvador y sonriéndole a ambos.
Salvador se dispuso a regresar a la sala, consciente de que no podría hacer nada para aliviar esa molestia concreta de su hija. Lo mejor era dejar a su mujer darle pecho a la bebé y regresar a sus cosas. Ya no iba a poder masturbarse, pero podría leer alguna historia más antes de apagar la computadora.
Sin embargo, para su sorpresa, Sofía no se quedó en la habitación amamantando a Alejandrita, sino que lo siguió con la niña todavía llorando a todo pulmón.
Salvador llegó a la sala y tomó su laptop. Sofía estaba pegada a él, así que le resultaría imposible cerrar las pestañas del navegador sin que ella las viera, por lo que optó por simplemente cerrar la pantalla y ya. Era consciente de que eso podía considerarse extraño, pero prefería eso a que se diera cuenta del sitio en el que estaba metido.
La niña seguía llorando cuando Sofía se sentó a su lado en el sofá. Su esposa se levantó la camisa del pijama, mostrando ambos pechos, y acercó la boca de la pequeña a su pezón derecho. La bebé, sin perder ni un minuto, comenzó a alimentarse de la leche de su madre.
Pasaron varios segundos y, contrario a lo que normalmente hacía, Sofía no se cubrió el otro pecho ni intentó esconderse. Por lo general era tímida incluso para eso, pero esa noche no lo hizo.
—¿Estás tratando de seducirme? —le preguntó Salvador, observando fijamente los hinchados y hermosos pechos de su esposa.
Ella le sonrió tímidamente, y bajó la vista hasta su entrepierna.
—Pues parece que está funcionando —respondió.
Salvador siguió su mirada y se encontró con el bulto que se marcaba en sus pantalones; sin duda, los restos de su erección por haber estado leyendo aquella excitante historia.
—¿Te pone así ver a tu hija tomando leche? —preguntó Sofía con evidente tono de broma.
—Digamos que se me hace agua la boca —dijo Salvador, sonriendo.
Sofía sonrió divertida y continuó amamantando a su hija por varios minutos, hasta que la pequeña cayó profundamente dormida.
Entonces, se puso de pie y le tendió la mano a Salvador.
—Ven conmigo… —le dijo de forma tan tierna que él no pudo negarse. Se puso de pie y siguió a su esposa hasta la habitación, olvidando por completo la computadora.
Sofía dejó a la niña en la cuna con mucho cuidado, y tras asegurarse de que no se despertaba, se dio la vuelta para ver a su marido.
—Entonces… ¿Aún tienes hambre? —preguntó, con una sonrisa que, aunque seguía denotando timidez, traslucía cierta lujuria.
—Por supuesto —respondió Salvador—. Un monstruo me devora las tripas.
Sofía sonrió y se acercó hasta pegarse a él.
—Creo que puedo ayudarte —le dijo, acercando su boca a la de él para darle un beso con ternura—. Tu hija dejó un poco de su papa… y no tiene caso desperdiciarla, ¿no crees?
Salvador sonrió ante las palabras de su mujer, le encantaba cuando se ponía un poco más atrevida de lo normal. No es que fuera gran cosa si se comparaba con otras mujeres con las que había estado antes de ella, pero sí en relación con su día a día.
—Bueno… —Salvador llevó una de sus manos al pecho derecho de Sofía y lo apretó, provocando que saliera leche y corriera sobre su mano—, sería un verdadero pecado dejar que se perdiera tal delicia. —Se inclinó y atrapó con sus labios el pezón. Su lengua resbaló por la superficie de la perfecta teta, haciéndose con los restos de leche que había liberado.
—Ooooh —gimió Sofía.
Salvador siguió chupando con dulzura, sorbiendo hasta la última gota de leche que salía de la sabrosa ubre. Saltó de un pezón a otro, provocando temblores en el cuerpo de su esposa. Hasta que ella ya no pudo más y lo obligó a subir a su boca.
Se dejaron caer sobre la cama, besándose de la forma tierna que siempre lo hacían. Salvador se separó un poco del beso y miró a su mujer.
—Oye… —comenzó a decir, nervioso—, ¿crees que esta noche podrías…?
Sofía tardó un minuto en entender a lo que se estaba refiriendo. Cuando lo hizo, la expresión de pasión de su rostro desapareció.
—Amor —dijo con seriedad—. Sé lo mucho que lo quieres, pero no puedo… De solo pensar meterme un… un pene en la boca, o lamerlo…, me da as… miedo.
Salvador sintió que su erección se desvanecía. Sin embargo, no podía culparla. La amaba demasiado.
—Ya lo sé —dijo Salvador, tranquilizándola con su mano sobre su mejilla. Se lo había pedido tantas veces, y, aunque no perdía la esperanza, comenzaba a pensar que nunca iba a pasar; ni hablar del sexo anal—. No te preocupes, amor.
—Es que… —por un momento, Salvador pensó que Sofía se iba a poner a llorar—. Me da pena no poder darte lo que quieres. Quiero satisfacerte…
—Ya me satisfaces —dijo Salvador con ternura—. Me das mucho más de lo que merezco.
—¿En serio? —preguntó Sofía.
—Por supuesto —respondió Salvador—. Contigo a mi lado me siento el hombre más feliz del mundo.
—Pero… en la cama… Yo sé que quieres más… y me gustaría dártelo, pero no puedo…
—Ssh. El sexo no es tan importante como el amor. Que me ames es más que suficiente para mí.
Sofía volvió a besarlo. Sus ojos brillaban por las lágrimas que nunca salieron.
Esa noche, Salvador y Sofía hicieron el amor. Ella se esforzó en complacer a su marido, y él recuperó la pasión; fue el sexo más intenso que habían tenido en mucho tiempo. Sin embargo, con el acto ya concretado, cuando Sofía ya dormía abrazada a su pecho, Salvador no pudo evitar suspirar y pensar en que sus relaciones no eran mejores que las de dos adolescentes primerizos. Le encantaría que Sofía fuera más fogosa en la cama, que demostrara más lujuria. Aunque la amaba con todo su corazón, no podía dejar de sentirse cada vez más insatisfecho.
Cerró los ojos, repitiéndose a sí mismo lo que acababa de decirle a su mujer, que el sexo no era lo más importante, y que sin importar nada, se iban a amar toda la vida.
Cuando se durmió, un montón de fantasías llegaron a su mente. Sofía dándole el sexo oral más increíble, para luego entregarle el ano para su disfrute. A medio sueño las imágenes cambiaron; ahora quien estaba disfrutando del sexo de su esposa no era él, sino un extraño sin rostro, uno que su mente creó para alimentar su fetiche.
Al día siguiente, Salvador despertó con un dolor de cabeza insoportable, que solo se agravó al escuchar llorar a su hija. Salió de su habitación y se dirigió a la sala, donde Sofía daba vueltas con la pequeña, tratando de calmarla. Le sonrió en cuanto lo vio entrar, y luego hizo un gesto de enfado.
Salvador se acercó y tomó a la niña de los brazos de su mujer. Al instante dejó de llorar, haciendo que ambos padres se miraran con alivio.
—Parece que extrañaba a su papá —dijo Sofía, dejándose caer en el sofá. Salvador observó que sobre el sofá estaba el bolso donde su esposa llevaba la ropa de ejercicios.
—¿Es día de gimnasio? —preguntó Salvador, apuntando con la cabeza al bolso.
—Sí —respondió Sofía—. No he ido en dos semanas. Es tiempo de volver.
Después de dar a luz a Alejandra, Sofía se dedicó por completo a atenderla. Dejó de ir al gimnasio e incluso renunció a su trabajo, diciendo que quería tomarse un año sabático para cuidar a su bebita. Ya que Salvador ganaba dinero suficiente para vivir bien, no habían tenido problemas con eso; de hecho, él estaba feliz de que siempre al volver a casa su esposa estuviera hay, esperándolo.
Ahora, al parecer, Sofía había decidido volver al gimnasio. Desde que Salvador la conoció que frecuentaba uno. En buena parte, eso explicaba el maravilloso cuerpo que tenía, digno, no de una modelo, sino de toda una estrella porno. Si tan solo ella estuviera dispuesta a sacarle todo el jugo a ese cuerpo…
—Voy a dejar a Janita con la señora Dolores —dijo Sofía. A juzgar por su expresión mesurada, era evidente que sabía que esa idea no le agradaba mucho a Salvador.
—¿Por qué no con alguien más? —preguntó él algo molesto.
—No conozco a nadie más lo suficiente en este edificio —respondió Sofía, encogiéndose de hombros—. La señora Dolores es muy buena persona, y quiere mucho a Alejandrita.
—No digo que sea mala persona —respondió Salvador—. Ella me cae bien, el problema…
—Don Porfirio —terminó por él Sofía, suspirando, aunque no molesta. Estaba acostumbrada a que su marido demostrara el poco apreció que le tenía al conserje del edificio.
—Ese hombre me da muy mala espina —dijo Salvador—. No tiene mucha educación, y siempre está…
Iba a decir que siempre estaba mirando a Sofía con malos ojos, pero se contuvo, pues no era necesario que su esposa lo supiera.
—Sea como sea, no me gusta que trates con él —dijo Salvador.
—Y no trato con él—dijo Sofía—. La verdad es que a mí tampoco me cae muy bien. Lo único que hago es llevar a Janita a la puerta, entregarle las cosas a la señora Dolores y luego irme. De vuelta lo mismo.
Salvador hizo un gesto de desdén, dándose por vencido. Sabía que no tenía sentido discutir, no iba a prohibirle a su esposa ir al gimnasio por sus celos. No es que necesitara ir al gimnasio, con ese cuerpo, incluso aunque no se ejercitara durante el resto de su vida, seguiría siendo una diosa, pero a ella le gustaba ir, y si eso la hacia verse incluso más atractiva, pues mejor.
—Está bien —dijo Salvador, y le tendió la niña a Sofía—. Tengo que darme una ducha.
Unos minutos más tarde, Salvador salía de su departamento tras haberse despedido de sus dos mujeres. Bajó en el ascensor. Cuando llegó a la planta baja se encontró con quien menos quería toparse.
—Buenos días, señor Martínez —dijo Porfirio, el conserje que también hacía las veces de casero, con esa voz tan molesta que tenía—. ¿A la pega?
—Así es —respondió Salvador, tratando de mantener la calma—. Hay que llevar el pan a la mesa.
—Desde luego —respondió el señor Porfirio.
Era todo lo contrario a Salvador. Un enano gordo con cara de maleante, y, aunque solo tenía poco más de cincuenta años, parecía bastante más viejo. Salvador no entendía cómo alguien como él, un tipo con un nivel de educación casi nulo, había terminado siendo el encargado del edificio. Cuando indagó con un vecino, averiguó que el dueño le debía alguna clase de favor, por eso lo dejaba vivir ahí, según se rumoreaba, gratis.
—Por cierto, me dijo mi vieja que vamos a cuidar a su pequeñita —dijo el señor Porfirio, mostrando los dientes en una mueca que podía confundirse con una sonrisa.
—Así es —respondió Salvador, con seriedad—. Mi esposa tiene que salir.
—Supe que va al gimnasio —comentó el señor Porfirio. A Salvador no le quedó más remedio que asentir. No le gustaba la idea de que ese hombre supiera lo que hacía su mujer. Deseó que Sofía no se lo hubiera dicho a la señora Dolores—. No entiendo para qué. La verdad es que así ya está muy bien.
—¿Disculpe? —preguntó Salvador, indignado.
—Vamos, vamos, hombre, no se lo tome a mal —dijo Porfirio—. Solo digo que su mujer está en muy buena forma, nada más.
La sonrisa del hombre era claramente provocativa, pero Salvador decidió que no iba a darle el gusto de discutir, no de nuevo; así que simplemente se despidió con un gestó desdeñoso y se fue.
—No se preocupe, vamos a cuidar muy bien de ella, de su bebé. Dolores la adora —dijo el viejo Porfirio cuando Salvador ya casi salía del edificio. Pensó en regresarse y gritarle algo, pues estaba seguro de que en esos momentos el hombre se burlaba de él, pero se contuvo y siguió su camino, pensando en lo mucho que le gustaría largarse a vivir a otro lado.
Su día de trabajo no tuvo mayor complicación. Salvador era subgerente de una agencia de autos. El puesto exigía ser astuto y dinámico, pero no era pesado y recompensaba con un muy buen sueldo.
Al salir fue directo a casa. Como de costumbre subió en el ascensor y caminó por el pasillo hasta la puerta de su departamento. Abrió y se encontró con su esposa sentada en el sofá, con la computadora que él había estado usando la noche anterior —y que había olvidado por completo— abierta sobre la mesa de centro. En la pantalla brillaba el sitio que la noche anterior, y otras muchas veces, había visitado en secreto.
En los ojos de Sofía había lágrimas de pena y de enfado.
—Tenemos que hablar —dijo Sofía, señalando la computadora.
Salvador sintió que su corazón era apretado por una mano gigantesca. Tuvo el impulso de echar a correr, pero las lágrimas de su esposa lo clavaron al suelo. Sofía merecía una explicación.
Se dio cuenta que había cometido un gran descuido, y que su matrimonio estaba en peligro.
Tomó asiento en el sillón frente a su esposa. Estaba metido en un gran problema. No podía creer que había sido tan estúpido. Siempre cuidaba de borrar los datos de navegación de su computadora. Había sido un idiota al olvidar lo que había pasado en la noche, cuando se vio obligado a dejarla abierta justo en la página del foro.
—Cuando regresé del gimnasio… —comenzó a decir Sofía. Al parecer había llorado un buen rato, pero ya estaba calmada—. Necesitaba buscar algo en internet, pero cuando tomé la computadora…
—Amor… —comenzó Salvador, pero ella lo interrumpió de inmediato.
—Cuando vi esto, no podía creerlo —dijo señalando una y otra vez la pantalla—. Esa historia tan extraña…
—¿La leíste? —preguntó Salvador, con el corazón en un puño.
Sofía asintió.
—Sentí curiosidad —dijo, como excusándose—. No me esperaba que fuera una historia así. Alguien contaba que su mujer había tenido sexo con otro… Y lo hacía con tanta naturalidad. Parecía orgulloso de ello… ¿En serio hay hombres que les gusta eso?
Salvador no dijo nada. Tragó saliva. Comprendió que lo que dijera solo empeoraría las cosas.
—Al principio creí que tú no podías haber estado navegando por esos sitios. Pensé que se trataba de una de esas páginas que se abren solas, por publicidad. —Lo miró a los ojos—. Pero revisé tu perfil… ¿Nueve años? Lo creaste hace nueve años. Y no solo te metes a leer esas… cosas… Leí tus opiniones. —El rostro de Sofía se contrajo, pero pudo aguantar el llanto.
Salvador estaba mudo. Sabía que se estaba comportando como un cobarde al no hablar, pero es que no podía hacerlo. No soportaba la posibilidad de que Sofía lo despreciara por lo que era.
—¿No me amas? —preguntó Sofía. Esas tres palabras convertidas en pregunta lo golpearon como un martillo sobre un yunque.
—Te amo más que a mi vida —le dijo Salvador de inmediato—. Tú y nuestra hija son lo mejor que me ha pasado. Lo más importante de mi vida.
—Entonces, ¿por qué escribiste todo eso sobre mí? —preguntó Sofía—. ¿Por qué publicaste en ese foro que te gustaría que me acostara con otro hombre?
—Yo…
Ante la indecisión de Salvador, Sofía se puso de pie. Se notaba herida más que enfadada. Él se levantó rápidamente de su asiento y fue tras ella. La abrazó por detrás con toda la fuerza que tenía.
—Escúchame, amor mío. No negaré nada de lo que viste, no tendría sentido. —Ella trató de zafarse de su abrazo, pero él no se lo permitió—. Es cierto que desde hace muchos años he sido así. Tengo ese fetiche. Entiendo que lo consideres extraño, pero créeme, todo son simples fantasías, imaginaciones mías que nunca se harán realidad.
Está vez Sofía guardó silencio.
—Te amo. Es la mayor verdad que he dicho en toda mi vida. Sin ti, yo no sería nada.
—¿Por qué no me contaste? —preguntó Sofía.
—Tenía miedo. Miedo que pensaras mal de mí —dijo Salvador.
—Lo pienso ahora —dijo Sofía, y Salvador sintió como el alma se le caía al suelo. No quería que dejara de amarlo. No quería perderla—. No por… tu fetiche, o como quieras llamarlo. —Se giró sin escapar de su abrazo—. Eso es raro para mí, pero lo que más me duele es que no me lo contaras. —Salvador intentó decir algo, pero ella lo interrumpió—. Sí, me habría escandalizado, me habría enojado contigo por varios días si te hubieras atrevido a sugerirme… Bueno, ya sabes. Pero ahora que lo descubrí por mi cuenta, no puedo evitar pensar en qué otras cosas me has estado escondiendo, quizá desde hace cuánto tiempo.
—Ninguna —dijo Salvador, alarmado—. No quería que supieras de mis fantasías porque me daba vergüenza, pero te prometo que no te he ocultado nada más. Lo juro por mi vida.
Sofía lo miró a los ojos por varios segundos, como si estuviera tratando de leer en su alma.
—¿De verdad? —preguntó.
—De verdad —le aseguró Salvador.
Sofía entonces volvió a tratar de zafarse de su abrazo. Esta vez Salvador la dejó ir. El atribulado marido vio como su esposa caminaba por la sala del departamento hasta sentarse en el sofá de nuevo.
—Ven —le dijo ella, indicándole con un gesto que quería que se sentara a su lado—. Tenemos que hablar de esto.
Salvador hizo lo que su esposa le pedía. Tomó asiento junto a ella, y durante más de una hora respondió a todas las preguntas de Sofía. Le contó cómo empezó todo, de la extraña emoción que sentía cuando otros chicos se le acercaban en la Universidad, y cómo había escondido su fetiche durante años.
Ella escuchaba, a veces con la mirada gacha, a ratos mirándolo con asombro, siempre con los ojos brillantes. Después de escuchar una respuesta, se quedaba meditando callada durante varios minutos antes de volver a hablar. Salvador notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo por entender.
—¿Puedes perdonarme? —preguntó Salvador, cuando pensó que ya no había más preguntas que contestar.
Sofía no respondió al instante. Se quedó callada, observando la nada durante un rato, hasta que finalmente suspiró.
—Te perdono por no habérmelo contado —dijo—. Entiendo que algo así… no debe ser fácil de confesar.
—No lo es —respondió Salvador.
—No hay nada más que perdonar —comentó Sofía, sorprendiendo a Salvador—. No entiendo lo que te pasa, pero no te juzgo, aunque todo eso se me haga inmoral y antinatural. Cuando me casé contigo, hice un juramento de fidelidad, y estas cosas que acabo de descubrir sobre ti son… demasiado para mí.
Salvador asintió, dolido.
—Pero, no estoy molesta contigo por eso —continuó su hermosa esposa, sonriendo, aunque era evidente que solo lo hacía para calmarlo a él. Ella seguía impactada—. Tu mente es tuya. Puedes tener todas las fantasías que quieras, siempre y cuando entiendas que se quedaran ahí… Y no tienes que esconderte de mí. —Miró la computadora—. Puedes visitar esas páginas cuando quieras. Pero… no me hables sobre ellas, por favor.
—Te lo prometo —dijo Salvador, consciente de que había salido mejor parado de lo que esperaba.
Justo en ese momento, la bebé empezó a llorar en la habitación. Sofía se puso de pie y se dirigió al cuarto. Pero antes, se dio la vuelta y miró a Salvador.
—Tenías razón en algo. Eso… —dijo Sofía, señalando la computadora—, con nosotros…, no va a ocurrir jamás.
FIN CAPITULO 1.
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