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El peor amigo del mundo: mala mia

Otro relato 100 por ciento real. No fui la mejor persona.

La mamá de Claudio.
Les voy a contar algo que me pasó cuando tenía veinte años y andaba en una Motomel 110 que parecía un vibrador con ruedas. Calor de mierda en la prov de Buenos Aires, de esos que te pegan en la nuca y no te sueltan. Yo era un pendejo con la testosterona a full, y Claudio (nombre que le pongo para no quemarme), mi amigo del alma, me había dicho que pase por su casa porque teníamos que ir a ver un auto yo que se quería comprar.
Llego a la casa, toco el timbre, y me abre la puerta la mamá de Claudio. Marta. Cuarenta y dos años, separada hacía tres meses del padre de Claudio, que se había ido con una compañera del trabajo. Y la mina estaba… bueno, estaba como una diosa de barrio. Gordibuena de las que te hacen acordar a las diosas de Botticelli pero con una musculosa ajustada y un short de jean cortito. Rubia, teñida, un metro sesenta, pero con un culo que parecía obra de un escultor borracho. Tetas naturales, caídas, talle 50, que se le movían como si tuvieran vida propia cuando caminaba. —¿Viene Claudio? —me dice, con una sonrisa que no sabés si era de buena mina o de cazadora. —Uh, me dijo que lo espere acá —le digo yo, todo inocente. —Pasá, pasá, esta donde sus primos acá a la vuelta ayudando a mi hermana. En un rato viene. Tomá algo, hace un calor de la puta madre. Y ahí me meto. La casa olía a lavandina mezclada con su perfume, algo dulzón que me empezó a marear. Me siento en el living, pero ella me dice que vaya a la cocina que me va a dar una limonada de esas Tang bien berretas. La sigo, y la veo inclinada sobre el lavarropas sacando unas remeras. El short se le había subido y le vi un pedazo de cola que me dejó seco. Sin querer, mientras ella se daba vuelta con el vaso en la mano, me paré atrás y la mía se me había puesto dura como un caño. Y ahí, sin querer queriendo, se la apoyé justo en el culo. Ella se quedó dura un segundo. Después se dio vuelta y me miró con una mezcla de bronca y sorpresa. —¿Pero qué hacés, pendejo? Y me pegó una piña. No tan fuerte, pero me dejó en blanco. Yo quedé como un boludo, tocándome la cara. Y ahí pasó lo que no me esperaba. Me miró de arriba abajo, se le escapó una sonrisa, y me dijo: —Dale, pendejo puto, dame un beso. Y me agarró la pija arriba del short. Me la apretó con la mano bien duro, me dolió , como saboreando lo que había. Me besó con una lengua que parecía un remolino. Yo estaba en el cielo y en el infierno al mismo tiempo. —Si vas a estar acá esperando a Claudio, mejor que aprovechemos el tiempo —me dijo, y me tiró contra la mesada de la cocina. Se arrodilló, me bajó el short y la bombacha, y ahí nomás me la chupó. No era una chupada tímida, no. Era una mina que sabía lo que quería. Me la metía entera en la boca, hasta que sentía el fondo de su garganta, y después la sacaba y me lamía la punta como si fuera un helado. Me miraba con esos ojos celestes mientras la tenía adentro, con las manos agarradas a mis caderas. Yo le acariciaba el pelo y le apretaba la cabeza, y ella gemía con la boca llena. —Ahora dale la vuelta —me dijo, y me puso de espaldas a la mesada. Y ahí, lo que nunca me había pasado. Me metió la cara entre las nalgas y me empezó a chupar el culo. Yo no sabía si estaba muerto o vivo. Me pasó la lengua por el ojete, me la metió un poquito, me mordió las nalgas. Yo me agarraba de la mesada como si fuera un náufrago. —Ahora sí, dale, metémela —me dijo, y se inclinó sobre la mesada. Me la saqué, que la tenía como un fierro, y se la apoyé en el culo. Le subí el short y le saqué la bombacha. Ahí vi la concha: sin depilar, peluda, rojiza, y con un hilo de sangre que le bajaba por el muslo. Estaba con el período, y ella misma me dijo: —Por ahí no, que estoy con la regla. Metémela por el culo. No lo dudé ni un segundo. Me puse saliva en la punta y se la apoyé en el culo. Ella estaba mojada, caliente, y el agujerito se abrió como esperándome. Empecé despacio, sintiendo cómo se me iba cerrando alrededor, y después le di con todo. Ella gemía, se agarraba de la mesada, me pedía más fuerte. El culo se le movía, las tetas le rebotaban contra la mesada, y yo le agarraba las caderas con las dos manos mientras le metía la pija hasta el fondo. —Dale, llename el culo, pendejo —me decía, con la voz ronca. Terminé adentro, con un chorro largo que la hizo temblar. Cuando la saqué, la pija estaba manchada de mierda un poco, un desastre. Como la tengo como un torpedo me dolía banda la punta por el culo seco.Y ahí vi la camiseta de Boca de Claudio, colgada en una silla. La usé para limpiarme, como si nada. Marta se dio vuelta, me miró con una sonrisa de satisfacción, y me dijo: —Claudio va a tardar. ¿Querés que te haga un sánguche de milanesa mientras esperás? Y yo, con la pija todavía manchada y el corazón a mil, dije que sí. Porque así es la vida, amigos. A veces el calor te juega a favor. A veces un amigo pasa a ser un hijastro jajajaaj na cogimos dos veces más con la madre hasta que volvió con el padre de mi amigo. Ahí la vieja se hizo la otra y no me dió más bola. Descogida no existeeee
El peor amigo del mundo: mala mia

1 comentarios - El peor amigo del mundo: mala mia

kpo79 +1
kpoooo bien ahi terrible enbarrada le pegaste a la vieja jajajjajaaj. van mas 10💦😋💦