
Al día siguiente me quedé hasta tarde otra vez. No por necesidad, eh. Porque quise. Porque me encanta sentir que controlo el tiempo, el espacio, todo. El vestido negro esta vez, corto, entallado, escote profundo. Tacones altísimos, joyas discretas pero caras. Pelo perfecto, maquillaje impecable. La Lu de siempre: intocable.
Llegué al baño del fondo con la misma intención de siempre. Cerré la puerta con llave —esta vez sí, con llave de verdad— y me subí el vestido. Me bajé la tanga negra de encaje francés hasta los tobillos. Me apoyé en el lavabo, abrí las piernas y empecé. Lento al principio, disfrutando. Dos dedos adentro, la otra mano en el clítoris, círculos precisos. Estaba tan mojada que se escuchaba todo, y eso me ponía más. Iba a acabar rápido, como siempre.
Y justo cuando estaba al borde, la puerta se abrió de golpe.
La llave no sirve una mierda si tenés el master, obvio. Ahí estaba ella otra vez. Carrito afuera, trapeador en la mano, cara de asco puro. Me miró como si yo fuera un insecto pisado en la vereda.
No paré. No le di el gusto. Seguí moviendo los dedos, más fuerte, mirándola fijo a los ojos. Quería que viera que no me temblaba la mano, que no me importaba una mierda su presencia.
—Mirá vos —dijo con esa voz lenta, pesada—. La concheta volvió a abrirse las piernas en el baño de la oficina. Qué original. ¿No tenés casa, reina? ¿O te gusta que te vean las empleadas mientras te hacés la fina?
Sentí una bronca que me subió por la garganta como ácido. No morbo. Bronca. Pura bronca. ¿Quién se creía esta mina para hablarme así? ¿Para mirarme como si yo fuera basura?
—Callate la boca —le tiré, voz fría, cortante, bien de la alta—. Vos limpiás mierda ajena y yo decido cuándo y cómo me corro. Cada una en su lugar, ¿entendiste? No me hagas perder el tiempo.
Ella ni se inmutó. Se apoyó en el marco de la puerta, cruzó los brazos y me miró de arriba abajo con una mueca de desprecio.
—Qué lindo discurso, che. Pero mirate: vestidito de diseñador, tanguita importada tirada en el piso como trapo sucio, y vos acá, abierta de patas, goteando como perra en celo. Te das asco hasta a vos misma, pero seguís porque sos una nena mimada que no sabe controlar nada. Patética. Me das asco, concheta. As-co.
Cada palabra me pegaba como cachetada. No me excitaba. Me hervía la sangre. Me temblaban las manos de la rabia, no de placer. Saqué los dedos de golpe, me bajé el vestido con un movimiento brusco y me acerqué a ella dos pasos, tacones resonando como disparos.
—¿Asco? —le dije, casi escupiendo las palabras—. Mirá quién habla. Vos entrás a un baño ajeno sin permiso, mirás lo que no te llaman, y después venís a dar clases de moral. ¿Qué te pasa, eh? ¿Te molesta que una como yo pueda hacer lo que quiera donde quiera mientras vos fregás pisos? Porque eso es lo que te jode, no mi concha. Te jode que yo tenga todo y vos nada.
Ella se rió bajito, una risa seca, sin gracia.
—Seguí hablando, reina. Mientras más hablás, más se te nota lo rota que estás por dentro. Yo limpio pisos, sí. Pero no necesito meterme dedos en el baño para sentirme viva. Vos sí. Y eso no lo compra ni todo el oro de tu familia. Qué triste.
Me quedé helada un segundo. La bronca me nublaba la vista. Quería agarrarla del cuello del uniforme, quería gritarle, quería que desapareciera. Pero no hice nada. Solo la miré con todo el desprecio que pude juntar.
—Fuera —le dije, voz baja, venenosa—. Andá a limpiar tu mugre y dejame en paz. No valés ni el tiempo que te estoy dando.
Ella se encogió de hombros, como si le importara una mierda.
—Como digas, concheta. Pero acordate: la próxima vez que te quedes hasta tarde, yo voy a seguir entrando. Y vos vas a seguir siendo la misma zorra barata con ropa cara.
Agarró el carrito, dio media vuelta y se fue sin mirar atrás.
Me quedé sola en el baño, el vestido todavía arrugado, la tanga en el piso, el cuerpo tenso de pura furia. No me toqué más. No pude. La bronca me había cerrado todo.
Me lavé las manos, me retoqué el maquillaje, me acomodé el pelo y salí como si nada hubiera pasado.
Pero por dentro seguía hirviendo.
Y supe que mañana me iba a quedar hasta más tarde otra vez.
No por ganas.
Por orgullo.
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