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Mi primera vez Cross pasiva en un cine Porno

Desde niño había tenido fantasías con usar lencería femenina, pero al crecer empecé a tomar conciencia de lo que realmente podía hacer con ese deseo. Un día, a los 21 años, al salir del gimnasio en el centro de Córdoba, tomé una decisión: me duché y me vestí con unas medias bucaneras negras, portaligas y una tanga blanca que había conseguido. No sabía exactamente qué estaba haciendo, pero sí sabía lo que quería: que alguien me cogiera.
Mi primera vez Cross pasiva en un cine Porno


Había visto un cine porno (Tao Sex) no muy lejos de allí. Me puse la ropa normal encima para ocultar todo y caminé hasta el lugar. Al entrar, tras pagar en la boletería, crucé una de las cortinas que llevaba al salón principal. Allí proyectaban películas heterosexuales, pero más atrás había un bar y un pasillo que conducía a los baños; era una zona donde sabía que pasaban cosas, ya que había otra pantalla con cine gay.

Subí al primer piso. Al terminar la escalera, vi tres cabinas privadas (boxes) y, más allá, unos sillones frente a una televisión grande. Me senté allí. Yo era, por mucho, el más joven; todos los demás pasaban de los 40 años y sentía sus miradas clavadas en mí. Empecé a tocarme discretamente mientras veía la película, hasta que un señor maduro se sentó a mi lado.

Los nervios me invadieron. Él comenzó a acariciarme la pierna y, en respuesta, me bajé un poco el pantalón para mostrarle las medias que llevaba ocultas. El hombre se quedó sorprendido y visiblemente excitado.

—Eres toda una nena —me susurró, mientras sus caricias subían de intensidad.

Me tomó la mano para que tocara su bulto, que ya estaba muy duro. Me animé a sacársela y empecé a masturbarlo. Estuvimos así un rato, entre roces y susurros, hasta que me dijo:

—Vamos a uno de los boxes. Pero quítate el pantalón primero.

Quería exhibirme ante los demás hombres que estaban allí mirando. Me puse de pie, me quité el pantalón y caminé hacia la cabina vistiendo solo mi remera, la tanga y las medias bucaneras. En el trayecto, sentí varias manos rozando mi trasero mientras nos seguían con la mirada. Al entrar al box, él cerró la puerta, aunque sabía que nos espiaban por los agujeros de las paredes, tipo glory hole.

Él se desvistió y quedé frente a su erección. Comencé a lamerlo y a succionarlo; era la primera vez que probaba una verga. Al principio lo hice con timidez, pero el calor del momento me volvió más atrevido. Él gemía, y yo sentía cómo su miembro se ponía cada vez más caliente en mi boca. De pronto, me detuvo y me empujó suavemente contra la pared. Sabía lo que venía.

Me apartó la tanga hacia un lado. Escuché el sonido del preservativo y yo mismo me apliqué el lubricante que llevaba preparado.

—Viniste preparada, nena —me soltó al oído.

Cuando sentí que empezaba a entrar, solté un grito. Fue una sensación extraña, una mezcla de presión y dolor. Le pedí que parara, que la sacara, pero él, con calma, me pidió que me tranquilizara. Me quedé quieto, con la cola levantada, mientras él se movía con mucha lentitud. Poco a poco, el dolor se transformó en un placer intenso. Cuando empecé a gemir de verdad, él aumentó el ritmo.

—Viste que te iba a gustar, putita —me gritó, ya embistiéndome sin freno.

En ese momento, me quité la remera para quedar solo en lencería, entregado totalmente. Me sometía contra la pared y yo sentía cómo me abría por primera vez. El ritmo se volvió frenético hasta que dio un empuje fuerte y profundo, terminando dentro de mí. Se quedó unos segundos pegado a mi espalda, recuperando el aire, antes de salir.

Me quedé allí, agarrado de la pared y procesando todo, con una sensación hermosa recorriéndome el cuerpo. Él se vistió, me giró y me dio un beso de despedida.

—Chau, hermosa.

Salió del box dejándome ahí solo por un momento, consciente de los hombres que esperaban afuera. Me acomodé la tanga, me vestí rápido y salí del cine. Al llegar a casa y repasar cada detalle en mi cabeza, lo supe: me había encantado! Y no sería la última vez !!

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