Ay, qué cabrón soy! Me llamo Juanito, tengo 24 años, vivo con mi abuela Rosa desde que mis padres se largaron al extranjero hace tres años. Ella es una señora de 68, viuda desde hace mucho, tierna como un pan recién horneado, con esas mejillas suaves que siempre huelen a jabón de rosas y una sonrisa que te derrite. Pero lo que me tiene loco, lo que me tiene obsesionado desde que tengo uso de razón, es su culo. ¡Madre mía, qué culazo enorme! Dos nalgas redondas, pesadas, que se mueven como gelatina cuando camina por la casa con su bata de flores. Cada vez que se agacha a recoger algo del suelo o se inclina para lavar los platos, se me pone dura al instante. Yo soy un holgazán de mierda, no trabajo, no estudio, solo fumo porros en el sofá y miro culos en internet todo el día. Pero ningún culo me pone como el de mi abuela. Ninguno. Así que un día decidí: la voy a pervertir. A conciencia. Aunque me lleve semanas. Y lo voy a contar todo yo, porque soy el que lo planeó, el que insistió, el que recibió collejas y regaños… hasta que cedió.
Día 1 – La primera colleja
Estábamos en la cocina. Yo sentado, ella de espaldas lavando. Ese culo se movía de lado a lado y yo no aguanté más. Me levanté sigiloso y le di un pellizquito suave en la nalga izquierda.
—¡Juanito, qué coño haces, sinvergüenza! —gritó, girándose con la mano mojada y ¡PLAF! Me soltó una colleja en la nuca que me hizo ver estrellitas—. ¡Soy tu abuela, carajo! ¿Estás loco o qué?
Me froté la cabeza riendo.
—Ay, abuela, es que tienes el culo más rico del mundo… no me culpes.
—¡Cállate la boca, holgazán! —me regañó, roja como tomate, pero se dio la vuelta rápido para que no viera que le temblaban las manos—. ¡Vete a tu cuarto antes de que te dé otra!
Me fui, pero esa noche me pajeé pensando en ese temblor. Primer paso dado.
Día 3 – El primer “accidente”
Empecé a “ayudarla” más en la casa. Ella estaba barriendo y yo detrás, “recogiendo” cosas del suelo. Cada vez que se agachaba, mi cara quedaba a centímetros de ese culazo. Una vez fingí tropezar y le metí la nariz entre las nalgas por encima de la bata.
—¡Juanito, por Dios! —me empujó con el culo mismo, pero yo me aferré un segundo más—. ¡Quítate de ahí, degenerado! ¡Esto ya pasa de castaño oscuro!
¡PLAF! Otra colleja, más fuerte.
—¡Te voy a lavar la boca con jabón, niño malcriado!
Pero… noté que no se alejó tan rápido como el primer día. Y cuando se fue a su cuarto, juraría que se tocó el culo donde yo había metido la cara.
Día 7 – Los masajes “inocentes”
Le dije que me dolía la espalda de tanto estar tirado (mentira, claro). Le pedí que me diera un masaje. Ella, tierna como siempre, aceptó. Pero yo me quité la camisa y me puse boca abajo en su cama. Cuando sus manos llegaron a mi cintura, giré de repente y le puse mi mano en una nalga.
—Abuela… déjame tocarte un poquito. Solo tocar. Te juro que me muero si no lo hago.
—¡Juanito, quita esa mano ahora mismo! —me regañó, pero su voz ya no era tan firme. ¡PLAF! Colleja en la cabeza—. ¡Eres mi nieto, por el amor de Dios! ¿Qué diría tu madre si te viera?
Me quedé callado un rato, con la mano quieta pero sin quitarla. Ella respiraba agitada. Pasaron diez segundos… quince… y no me la quitó. Solo suspiró:
—Está bien… solo tocar. Pero nada más. Y si alguien se entera, te mato.
Mi polla casi explota.
Día 12 – La primera lamida
Ya le había tocado el culo todos los días. Le bajaba la bata despacio, le acariciaba las nalgas por encima de las bragas enormes de algodón. Ella siempre con el mismo ritual: regaño + colleja + “solo un poquito, Juanito, que esto está mal”.
Esa noche la convencí de quitarse las bragas “porque le apretaban”. Se las bajé yo mismo, temblando. Ese culo desnudo, blanco, con estrías de tanto peso, era una obra de arte. Me arrodillé detrás y le di un besito en cada nalga.
—¡Juanito! ¡No! —intentó girarse, pero yo la sujeté suave de las caderas.
—Solo un besito, abuela… por favor.
¡PLAF! Otra colleja, pero esta vez más floja.
—Eres un diablo… un diablo con cara de ángel —murmuró.
Entonces saqué la lengua y le lamí despacio el culo entero, de abajo hacia arriba. Ella se estremeció, soltó un gemidito bajito que nunca le había oído.
—Ay, Dios mío… esto no puede estar pasando…
Pero no se movió. Dejó que la lamiera cinco minutos enteros, agarrada al respaldo de la cama, regañándome entre dientes: “Maldito holgazán… pervertido… qué vergüenza…”
Día 18 – La rendición total
Llevaba casi tres semanas insistiendo. Cada día un poco más: dedos, lengua, frotarme la verga entre sus nalgas sin meterla. Ella siempre cediendo a regañadientes, siempre con colleja y regaño, pero cada vez más mojada, cada vez más blanda.
Esa tarde la encontré en su cuarto, sentada en la cama con la bata abierta. Yo entré desnudo, verga dura como piedra.
—Abuela… hoy te lo voy a meter. En ese culazo enorme que me vuelve loco. Te voy a reventar el culo como te mereces.
Ella me miró con ojos vidriosos, las mejillas coloradas.
—Juanito… hijo… esto está muy mal —susurró, pero ya no había fuerza en su voz. Me dio una colleja flojita en la cabeza—. Eres un sinvergüenza… un holgazán pervertido…
Me subí a la cama, la puse en cuatro, le separé esas nalgas gigantes. Escupí en su ano arrugadito y empecé a empujar la cabeza de mi polla.
—Ay… ay, Dios… despacio, cabrón… —gimió, agarrando las sábanas.
Empujé. Centímetro a centímetro. Su culazo era tan apretado y caliente que casi me corro al instante. Ella gruñía, regañaba entre dientes:
—Qué vergüenza… tu abuela… dejándote meterla por el culo… eres un demonio…
Pero empujaba hacia atrás. Poco a poco. A regañadientes. Hasta que la tenía toda adentro.
Empecé a follarla fuerte. Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran como olas. ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! Mis huevos chocando contra su coño empapado. Ella ya no podía hablar claro, solo jadeaba y gemía:
—Más… ay, más fuerte, Juanito… revuéntame este culazo… pero no le digas a nadie, cabrón…
La agarré del pelo blanco, la follé como un animal. Le di palmadas en esas nalgas enormes hasta que quedaron rojas. Ella se corrió primero, temblando entera, apretándome la verga con el culo. Yo no aguanté más y le llené el recto de leche caliente, chorro tras chorro, mientras ella murmuraba entre sollozos de placer:
—Mi nieto… mi nieto me ha reventado el culo… qué pecado más rico…
Desde ese día, cada vez que quiero, solo tengo que acercarme por detrás, bajarle la bata y decírselo al oído:
—Abuela… ¿me dejas reventarte otra vez ese culazo?
Ella siempre me da una colleja flojita, siempre me regaña: “Eres un holgazán sin remedio…”, pero luego se pone en cuatro, abre las nalgas con sus propias manos y me dice bajito:
—Venga… métemela toda, mi niño… que ya no puedo vivir sin que me revientes.
Y yo, el nieto más ladino y afortunado del mundo, la obedezco. Porque ese culazo enorme… ahora es mío.
Día 1 – La primera colleja
Estábamos en la cocina. Yo sentado, ella de espaldas lavando. Ese culo se movía de lado a lado y yo no aguanté más. Me levanté sigiloso y le di un pellizquito suave en la nalga izquierda.
—¡Juanito, qué coño haces, sinvergüenza! —gritó, girándose con la mano mojada y ¡PLAF! Me soltó una colleja en la nuca que me hizo ver estrellitas—. ¡Soy tu abuela, carajo! ¿Estás loco o qué?
Me froté la cabeza riendo.
—Ay, abuela, es que tienes el culo más rico del mundo… no me culpes.
—¡Cállate la boca, holgazán! —me regañó, roja como tomate, pero se dio la vuelta rápido para que no viera que le temblaban las manos—. ¡Vete a tu cuarto antes de que te dé otra!
Me fui, pero esa noche me pajeé pensando en ese temblor. Primer paso dado.
Día 3 – El primer “accidente”
Empecé a “ayudarla” más en la casa. Ella estaba barriendo y yo detrás, “recogiendo” cosas del suelo. Cada vez que se agachaba, mi cara quedaba a centímetros de ese culazo. Una vez fingí tropezar y le metí la nariz entre las nalgas por encima de la bata.
—¡Juanito, por Dios! —me empujó con el culo mismo, pero yo me aferré un segundo más—. ¡Quítate de ahí, degenerado! ¡Esto ya pasa de castaño oscuro!
¡PLAF! Otra colleja, más fuerte.
—¡Te voy a lavar la boca con jabón, niño malcriado!
Pero… noté que no se alejó tan rápido como el primer día. Y cuando se fue a su cuarto, juraría que se tocó el culo donde yo había metido la cara.
Día 7 – Los masajes “inocentes”
Le dije que me dolía la espalda de tanto estar tirado (mentira, claro). Le pedí que me diera un masaje. Ella, tierna como siempre, aceptó. Pero yo me quité la camisa y me puse boca abajo en su cama. Cuando sus manos llegaron a mi cintura, giré de repente y le puse mi mano en una nalga.
—Abuela… déjame tocarte un poquito. Solo tocar. Te juro que me muero si no lo hago.
—¡Juanito, quita esa mano ahora mismo! —me regañó, pero su voz ya no era tan firme. ¡PLAF! Colleja en la cabeza—. ¡Eres mi nieto, por el amor de Dios! ¿Qué diría tu madre si te viera?
Me quedé callado un rato, con la mano quieta pero sin quitarla. Ella respiraba agitada. Pasaron diez segundos… quince… y no me la quitó. Solo suspiró:
—Está bien… solo tocar. Pero nada más. Y si alguien se entera, te mato.
Mi polla casi explota.
Día 12 – La primera lamida
Ya le había tocado el culo todos los días. Le bajaba la bata despacio, le acariciaba las nalgas por encima de las bragas enormes de algodón. Ella siempre con el mismo ritual: regaño + colleja + “solo un poquito, Juanito, que esto está mal”.
Esa noche la convencí de quitarse las bragas “porque le apretaban”. Se las bajé yo mismo, temblando. Ese culo desnudo, blanco, con estrías de tanto peso, era una obra de arte. Me arrodillé detrás y le di un besito en cada nalga.
—¡Juanito! ¡No! —intentó girarse, pero yo la sujeté suave de las caderas.
—Solo un besito, abuela… por favor.
¡PLAF! Otra colleja, pero esta vez más floja.
—Eres un diablo… un diablo con cara de ángel —murmuró.
Entonces saqué la lengua y le lamí despacio el culo entero, de abajo hacia arriba. Ella se estremeció, soltó un gemidito bajito que nunca le había oído.
—Ay, Dios mío… esto no puede estar pasando…
Pero no se movió. Dejó que la lamiera cinco minutos enteros, agarrada al respaldo de la cama, regañándome entre dientes: “Maldito holgazán… pervertido… qué vergüenza…”
Día 18 – La rendición total
Llevaba casi tres semanas insistiendo. Cada día un poco más: dedos, lengua, frotarme la verga entre sus nalgas sin meterla. Ella siempre cediendo a regañadientes, siempre con colleja y regaño, pero cada vez más mojada, cada vez más blanda.
Esa tarde la encontré en su cuarto, sentada en la cama con la bata abierta. Yo entré desnudo, verga dura como piedra.
—Abuela… hoy te lo voy a meter. En ese culazo enorme que me vuelve loco. Te voy a reventar el culo como te mereces.
Ella me miró con ojos vidriosos, las mejillas coloradas.
—Juanito… hijo… esto está muy mal —susurró, pero ya no había fuerza en su voz. Me dio una colleja flojita en la cabeza—. Eres un sinvergüenza… un holgazán pervertido…
Me subí a la cama, la puse en cuatro, le separé esas nalgas gigantes. Escupí en su ano arrugadito y empecé a empujar la cabeza de mi polla.
—Ay… ay, Dios… despacio, cabrón… —gimió, agarrando las sábanas.
Empujé. Centímetro a centímetro. Su culazo era tan apretado y caliente que casi me corro al instante. Ella gruñía, regañaba entre dientes:
—Qué vergüenza… tu abuela… dejándote meterla por el culo… eres un demonio…
Pero empujaba hacia atrás. Poco a poco. A regañadientes. Hasta que la tenía toda adentro.
Empecé a follarla fuerte. Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran como olas. ¡PLAF! ¡PLAF! ¡PLAF! Mis huevos chocando contra su coño empapado. Ella ya no podía hablar claro, solo jadeaba y gemía:
—Más… ay, más fuerte, Juanito… revuéntame este culazo… pero no le digas a nadie, cabrón…
La agarré del pelo blanco, la follé como un animal. Le di palmadas en esas nalgas enormes hasta que quedaron rojas. Ella se corrió primero, temblando entera, apretándome la verga con el culo. Yo no aguanté más y le llené el recto de leche caliente, chorro tras chorro, mientras ella murmuraba entre sollozos de placer:
—Mi nieto… mi nieto me ha reventado el culo… qué pecado más rico…
Desde ese día, cada vez que quiero, solo tengo que acercarme por detrás, bajarle la bata y decírselo al oído:
—Abuela… ¿me dejas reventarte otra vez ese culazo?
Ella siempre me da una colleja flojita, siempre me regaña: “Eres un holgazán sin remedio…”, pero luego se pone en cuatro, abre las nalgas con sus propias manos y me dice bajito:
—Venga… métemela toda, mi niño… que ya no puedo vivir sin que me revientes.
Y yo, el nieto más ladino y afortunado del mundo, la obedezco. Porque ese culazo enorme… ahora es mío.
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