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La paja rusa

La tarde de verano en el pequeño pueblo de Guanajuato era calurosa y pegajosa. Doña Rosa, una abuelita mexicana de 68 años, tierna como pan recién horneado, estaba en la cocina de su casita de adobe, preparando tamales para su nieto favorito. Llevaba un vestido ligero de flores, sin sostén porque con este calor las “chichotas” le pesaban demasiado, y el escote se abría un poco cada vez que se agachaba. Sus pechos enormes, suaves y llenos de venitas azules, se balanceaban con cada movimiento, pesados y maduros.
Juan, su nieto de 24 años, la observaba desde la mesa con los ojos oscuros de pura lujuria. Ese cabrón pervertido llevaba años fantaseando con ella. “Pinche abuelita… mira nomás esas chichotas ricas. Tan grandes, tan suaves… cómo me gustaría meter la verga entre ellas y que me haga una rica paja rusa hasta que le pinte la carita de leche”, pensaba mientras se acomodaba la erección debajo de la mesa.
—Abuelita… ¿me das un vaso de agua? —dijo Juan con voz inocente, pero la mirada clavada en el canalillo que se le marcaba.
Doña Rosa se giró sonriendo, esa sonrisa tierna de siempre.
—Claro, mi rey. ¿Quieres hielitos también? Ay, mi niño, siempre tan guapo…
Juan se levantó despacio y se acercó por detrás mientras ella llenaba el vaso. Su verga dura rozó apenas el culo de la abuelita.
—Abuelita… tus chichotas se ven más grandes hoy —soltó de repente, con voz baja y sucia.
Doña Rosa se quedó congelada. El vaso casi se le cae.
—¡Juanito! ¿Qué estás diciendo, mijo? ¡Eso no se dice! ¡Soy tu abuela, por Dios bendito! —exclamó escandalizada, tapándose el pecho con las manos, pero sus mejillas se pusieron coloradas y sus pezones se endurecieron debajo de la tela.
Dentro de su cabeza, la tierna abuelita pensaba: “Ay Diosito mío… ¿qué le pasa a mi nieto? Pero… ay, hace tanto que nadie me mira así… mis chichas están tan sensibles con el calor…”
Juan sonrió con malicia y se pegó más.
—No te hagas la santa, abuelita. Te he visto cómo me miras cuando me cambio. Sé que te gustan los hombres jóvenes. Imagínate… tú y yo solos… yo metiendo mi verga gruesa entre esas tetotas ricas que tienes, apretándolas fuerte mientras te cojo las chichas como si fueran mías. ¿No te gustaría hacerme una paja rusa, abuelita? Nomás para tu nieto consentido…
—Juan… ¡cállate! ¡Eso es pecado! ¡Incesto! ¡Soy tu abuelita, la que te cambiaba los pañales! —protestó ella, pero su voz ya temblaba y no se movía del sitio. Sus manos seguían sobre sus pechos, pero en vez de taparse, los estaba apretando un poquito sin darse cuenta.
(Interno de Doña Rosa: “Ay Virgencita… qué verga tan grande se le ve al niño… y yo aquí toda mojada como una cualquiera… pero es mi nieto… no puedo… o… ¿y si solo lo acaricio un poquito?”)
Juan le tomó las manos con suavidad y las bajó.
—Solo una vez, abuelita… mírame. Estoy bien duro por ti. Toca. Siente cómo late por esas chichotas tuyas.
Doña Rosa respiró agitada. Sus ojos bajaron a la entrepierna de su nieto y vio el bulto enorme.
—Ay mi Dios… está… está muy grande, Juanito… —susurró con voz entrecortada, mitad escándalo, mitad curiosidad.
—Quítate el vestido, abuelita. Déjame verlas.
Con las manos temblorosas, Doña Rosa se bajó el vestido hasta la cintura. Sus chichotas enormes saltaron libres: pesadas, caídas pero firmes, con pezones grandes y oscuros ya duros como piedritas.
—Ay qué vergüenza… mírame, tan vieja y enseñándole las tetas a mi nieto… —murmuró, pero sus ojos brillaban.
Juan se bajó los pantalones. Su verga gruesa y venosa saltó, apuntando directo a ella.
—Ahora apriétalas, abuelita. Pon mi verga entre tus chichotas ricas y muévelas como te digo.
Doña Rosa, todavía con cara de “esto no puede estar pasando”, se arrodilló despacio frente a su nieto. Tomó sus pechos con ambas manos y los juntó alrededor de la verga caliente de Juan.
—Así, mijo? ¿Está bien? Ay, qué caliente se siente… qué verga tan dura tiene mi nieto… —dijo con voz tierna y avergonzada.
Juan gimió de placer.
—Más fuerte, abuelita. Aprieta esas tetotas y súbelas y bájalas. Quiero cogerte las chichas como si fueran mi puta personal.
—Juanito… no hables así… ay, pero se siente rico… —protestó débilmente, pero empezó a mover sus pechos arriba y abajo, envolviendo la verga completamente. La piel suave y caliente de sus tetas hacía un sonido húmedo y obsceno.
(Interno de Doña Rosa: “Dios mío, qué estoy haciendo… pero mira cómo late… tan gruesa… me está mojando toda la barbilla… y yo… yo quiero más… soy una vieja cochina pero… es mi nieto y me está usando…”)
Juan la agarró del cabello canoso con cariño pero firmeza.
—Más rápido, abuelita… sí, así… tus chichotas son las mejores del mundo. ¿Quieres que te llene la carita de leche, verdad?
Doña Rosa levantó la mirada, ojos de abuelita tierna llenos de lujuria ahora.
—Hazlo, mijo… cúbreme la cara… tu abuelita quiere sentir la leche caliente de su nieto… ay, qué pecado tan rico…
Juan no aguantó más. Con un gruñido animal, empujó entre las tetas y explotó. Chorros gruesos y calientes de semen salieron disparados, pintando la cara de Doña Rosa: mejillas, nariz, labios, incluso un poco en el cabello. La leche le chorreaba por la barbilla y caía sobre sus propias chichotas.
Doña Rosa se lamió los labios con la lengua, saboreando.
—Ay mi rey… qué sabrosa está la leche de mi nieto… —susurró con voz dulce y cochina, todavía arrodillada, toda la cara blanca y brillante.
Juan la miró jadeando, sonriendo.
—Esto apenas empieza, abuelita. Mañana te voy a enseñar a chupármela también…
Doña Rosa sonrió con ternura, limpiándose un poco de semen de la mejilla con el dedo y metiéndoselo a la boca.
—Como tú digas, mi niño… tu abuelita ya no puede negarte nada…

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