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Me atraparon masturbandome Parte 4

Me atraparon masturbandome Parte 4
Una semana después. Siete días exactos en los que no volví a quedarme hasta tarde. No porque me haya asustado, eh. Porque no le iba a dar el gusto a esa mina de pensar que me tenía controlada. Me manejé como siempre: llegadas tarde a la oficina, salidas tempranas, reuniones en Palermo, almuerzos en lugares donde el cubierto cuesta lo que ella gana en un mes. La vida de siempre. La vida que me corresponde.
Pero el viernes, después de una semana de reuniones eternas y mails que no terminaban nunca, sentí esa misma presión acumulada. El estrés, la bronca contenida, todo eso que se me mete entre las piernas cuando el día me aprieta demasiado. No lo pensé dos veces. Me quedé. Vestido gris perla, corte recto, largo hasta la rodilla pero con una abertura que dice “mirá pero no toques”. Tacones negros, cartera Hermès, todo impecable.
Fui al baño del fondo. Esta vez sí cerré con llave. Dos vueltas. Revisé el pestillo tres veces. Me subí el vestido, me bajé la tanga —blanca esta vez, de algodón egipcio, porque no iba a darle el lujo de verme con encaje otra vez— y me senté en el borde del lavabo. Abrí las piernas, respiré hondo y empecé. Lento. Controlado. Quería que fuera perfecto, que me corriera sin que nada me interrumpiera.
Dos dedos adentro, la palma frotando el clítoris en círculos precisos. Estaba tan sensible después de una semana sin tocarme que casi me corro en el primer minuto. Gemí bajito, me mordí el labio, cerré los ojos. Iba a acabar fuerte, lo sentía venir como una tormenta.
Y entonces escuché el carrito.
El sonido de las ruedas en el pasillo. El clic de la llave maestra. La puerta que se abría despacio, porque esta vez no tuvo que forzar nada.
Entró. Como siempre. Uniforme gris, cara de piedra, mirada de asco que ya me conocía de memoria.
No paré. Saqué los dedos un segundo, los limpié en el interior del muslo y la miré fijo.
—¿Otra vez vos? —le dije, voz helada, sin subir el tono—. ¿No tenés otra cosa que hacer en la vida que venir a espiar a las que sí trabajamos?
Ella cerró la puerta detrás de sí. No con llave. Solo la empujó. Se quedó parada ahí, brazos cruzados, mirándome como si yo fuera una mancha en el piso que tenía que limpiar.
—No espió nada, concheta —me contestó, tranquila—. Entré a limpiar. Vos sos la que se queda acá todas las semanas haciéndose la reina del baño. Yo solo hago mi laburo. El problema sos vos, que no podés esperar a llegar a tu depto de Recoleta para abrirte las piernas.
La bronca me subió como bilis. Me bajé del lavabo de un salto, el vestido cayendo solo un poco, la tanga todavía en los tobillos. Me acerqué a ella, tacones resonando, cara a cara.
—¿Sabés qué me da bronca de verdad? —le tiré, casi escupiendo—. Que una como vos se crea con derecho a opinar. Yo decido cuándo y dónde me toco. Yo pago las cuentas de esta oficina. Vos fregás el piso que piso. Punto. No me vengas con moral de mierda porque no te corresponde.
Ella ni pestañeó. Me miró de arriba abajo, lenta, como midiendo cada centímetro de mi cuerpo.
—Pagás cuentas, sí. Pero seguís siendo una nena rica que necesita hacerse acabar en el baño de la oficina para sentirse importante. Mirate: una semana sin tocarte y ya estás acá, abierta como si fuera lo más normal del mundo. Qué triste. Me das más asco cada vez que te veo.
Quise pegarle. De verdad quise pegarle. La mano me temblaba del impulso. Pero no lo hice. En cambio, me reí. Una risa corta, cortante, de las que usamos cuando alguien nos toca el nervio.
—Asco, decís. Qué gracioso. Vos entrás acá cada vez que podés, mirás, hablás… ¿y quién es la obsesionada? ¿Yo? No, negrita. Sos vos la que no puede dejar de venir a verme. Te jode que exista alguien que tenga todo lo que vos nunca vas a tener. Eso es lo que te quema.
Ella se encogió de hombros. Dio un paso atrás, agarró el trapeador y empezó a limpiar el piso alrededor mío, como si yo no estuviera ahí semidesnuda.
—Seguí hablando, reina. Mientras más hablás, más se te nota lo vacía que estás. Lavate la concha y andate a tu casa. Yo tengo que limpiar esto y vos me estás ensuciando el piso con tus juguitos de nena mimada.
Me quedé parada ahí, furiosa, con el cuerpo todavía caliente pero la cabeza fría de rabia. Me subí la tanga, me bajé el vestido, me lavé las manos con agua hirviendo como si pudiera quemar la humillación.
Salí del baño sin decirle una palabra más. Tacones fuertes, espalda recta, cara de nada.
Pero por dentro seguía ardiendo.
Y supe que la semana que viene me iba a quedar hasta tarde otra vez.
No por placer.
Por joderla.
Porque si me da asco a mí, yo le voy a dar más asco a ella.

2 comentarios - Me atraparon masturbandome Parte 4

koopa2025
que concheta mimada tan puta 🔥🥵