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Una scort bajo una inocente rubia de barrio

Una scort bajo una inocente rubia de barrio


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Clara tenía treinta y cinco años pero su rostro seguía atrapado en una juventud imposible: mejillas sonrosadas, nariz pequeña, labios de muñeca y unos ojos grandes que parecían hechos para un anuncio de helado. El rubio natural soltaba destellos bajo cualquier luz, cayéndole por los hombros con esa apariencia cuidada y cara… aunque en su casa faltaba dinero para muchas cosas básicas.
Ese contraste era lo que más desconcertaba a quienes la veían por primera vez: tenía cara de niña pija, como sacada de un colegio de pago, pero vivía en un barrio donde la ropa se heredaba y los ascensores siempre olían a lejía. Su belleza era un disfraz perfecto para moverse entre dos mundos que nunca se tocaban.
En el barrio, los vecinos la miraban con mezcla de lástima y curiosidad. Nadie entendía cómo una chica así seguía allí, en un piso con goteras y una madre que no llegaba a final de mes. Clara jugaba con esa percepción. Sonreía poco, hablaba menos, y jamás daba detalles de dónde venía el dinero que a veces aparecía de forma misteriosa: móviles nuevos, perfumes caros, zapatos italianos que guardaba en cajas debajo de la cama.
Ella sabía que la inocencia era una herramienta. La cara de niña abría puertas, despertaba fantasías, suavizaba culpas. Pero bajo esa apariencia había una adicción mucho más intensa que cualquier droga: el dinero y el deseo.
Con los futbolistas del equipo del sur de Madrid ocurría algo particular. No eran solo clientes; eran hombres acostumbrados a ganar, a ser celebrados, a que todo el mundo los mirase. Con Clara, en cambio, la dinámica se invertía: eran ellos quienes esperaban, quienes pedían turno, quienes competían como si fuese un partido más.
Una noche, después del encuentro en el hotel, el mismo lateral zurdo le escribió:
“Te he recomendado. Mañana te quiere ver el capitán. Dice que le vuelven loco las rubias con cara de niña.”
Clara apoyó el móvil sobre la mesa de la cocina mientras su madre planchaba en silencio. La televisión hablaba de inflación, de alquileres imposibles, de crisis. El apartamento olía a ropa húmeda y a cansancio.
—¿No cenas? —preguntó la madre, sin mirar.
—Más tarde, mamá.
Su voz salió dulce, casi infantil. Nadie en esa casa sabía que esa misma dulzura, en otro escenario, valía cientos de euros por hora.
Esa noche se desnudó frente al espejo del baño. Observó su propio cuerpo con la precisión de un profesional que evalúa mercancía de lujo: pecho pequeño pero firme, cintura marcada, muslos suaves, piel clara sin cicatrices. Y entonces, inevitablemente, llegó el pensamiento que siempre la excitaba más que cualquier mano masculina:
“Si jugase mejor mis cartas… podría salir de aquí para siempre.”
La idea la recorrió como una corriente eléctrica, lenta y caliente. Encendió un cigarro y apoyó el hombro contra la pared. La adicción no era al sexo, ni siquiera al dinero. Era a la transformación: ser pobre por la mañana y emperatriz por la noche.
Mañana vería al capitán.
Y si él también caía —como caen todos— Clara sabría exactamente qué pedir a cambio.

Pero esa noche de lluvia intensa en la ciudad le hizo pensarse Dos veces si regresar al pequeño piso con su madre o acabar en el chalet de lujo de Ram el capital del equipo de su pueblo y Dos amigos más.
La apuesta era tantadora. Si se desnudaba en el restaurante delante de todo el mundo y salía con ellos hacia el Porsche para terminar follando con los tres... Le darían 10 mil euros.
Observó dubitativa el vios donde estaban... Parejas, familias que cenaban a lo suyo... Pero qué más daba q se rieran de ella .. esa era el resumen de su vida... Desde el colegio había sido una diana humana. Así que...
Mientras sonreía con esa maldad que despertaba miedo y esa naricita redomda como su papada, se deshizo del vestido y la ropa interior que Ram tiro a la papelera.
Se puso en pie, mostrando su dorado, dulce y limpia pelvis rasurada ante la mirada atónita de los presentes y les dijo: vamos a follar!
Al llegar a la mansión la hicieron follarse al mayordomo mientras la grababan...

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