
Pasaron unos días más. No muchos. El lunes siguiente ya no aguanté. El cuerpo me pedía a gritos esa liberación rápida, esa descarga que solo consigo así, en ese baño chiquito y prohibido. Me quedé hasta tarde otra vez. Vestido azul marino, ajustado, escote en V que deja justo lo necesario. Tacones nude, cartera pequeña, todo discreto pero caro. Como siempre.
Entré al baño, cerré con llave —aunque ya sabía que era inútil—, me subí el vestido, me bajé la tanga —esta vez una de seda negra, fina como papel— y me apoyé contra la pared. Empecé despacio, dos dedos adentro, la otra mano frotando el clítoris en círculos pequeños y precisos. Estaba tan cargada de bronca acumulada que me mojé en segundos. Gemí bajito, cerré los ojos, me dejé llevar.
Y obvio, el carrito llegó. La llave maestra. La puerta que se abre sin pedir permiso.
Entró. Me miró. Cara de asco total, como si hubiera pisado algo podrido.
No paré. La miré fijo mientras seguía moviendo los dedos, más rápido, desafiante.
—Mirá vos, la concheta no aprende —dijo, voz plana, sin emoción—. Otra vez acá, abierta de patas como si el baño fuera tu departamento de Puerto Madero. Qué asco das, reina. Qué asco.
La bronca me subió como fuego. Pero seguí. Quería acabar delante de ella, quería que viera que no me dominaba.
Llegué al borde. El orgasmo me atravesó fuerte, me temblaron las piernas, sentí cómo me chorreaba por la mano. Gemí fuerte, sin importarme. Saqué los dedos, todavía palpitando.
Ella ni se movió. Solo me miró con desprecio puro.
—Patética —dijo—. Acabaste y seguís temblando como una perra callejera. Mirá lo que sos.
Se agachó, agarró mi tanga negra del piso con dos dedos, como si estuviera contaminada, y la levantó a la altura de mis ojos.
—¿Esto es lo que usás las de tu clase? Seda fina, qué lindo. Lástima que ahora está empapada de tu mugre.
Y sin más, la tiró directo al tacho de basura. La vi caer entre los pañuelos usados y los envoltorios de tampones. Mi tanga de 200 dólares, tirada como basura.
Me quedé helada un segundo. La furia me nubló la vista.
—¿Qué mierda te pasa? —le tiré, voz temblando de rabia—. Esa tanga vale más que lo que ganás en un mes, boluda.
Ella se rió bajito, una risa fría.
—Justo por eso la tiré. Porque vos valés lo mismo que eso ahora: basura con olor a perfume caro. Andá a buscarla si querés, concheta. Sacala del tacho con tus manitas manicureadas. Total, ya estás acostumbrada a ensuciarte.
Me miró fijo, esperando.
La bronca me quemaba el pecho. Quería matarla. Quería gritarle. Pero algo dentro mío, esa parte enferma que odio, me hizo moverme.
Me agaché. Metí la mano en el tacho. Sentí el frío del metal, el olor a basura, y agarré la tanga. Estaba pegajosa, húmeda, mezclada con restos de papel. La saqué. La sostuve en la mano un segundo, temblando.
Ella no dijo nada al principio. Solo observó. Después habló, lenta, saboreando cada palabra.
—Mirá qué lindo. La princesita sacando su tanguita de la basura. ¿Ves? Al final sos igual que nosotras. Solo que nosotras no necesitamos comprar seda para sentirnos sucias. Vos sí. Qué vergüenza, reina. Qué vergüenza das.
Me levanté despacio, la tanga en la mano, goteando. No me la puse. La tiré al piso como si quemara.
—No valés ni la pena —le dije, voz baja, venenosa—. Sos una resentida de mierda que solo sabe limpiar pisos y envidiar.
Ella se encogió de hombros.
—Y vos sos una nena rica que se hace acabar en baños ajenos porque en tu vida de cristal no sentís nada. Andate a tu casa, lavate bien esa conchita cara y dejá de ensuciar mi lugar de trabajo.
Agarró el trapeador y empezó a limpiar alrededor mío, como si yo fuera parte del piso que tenía que fregar.
Salí del baño con el vestido arrugado, sin tanga, las piernas todavía temblando de bronca y humillación. Tacones fuertes en el pasillo vacío. Cara de piedra.
Pero por dentro me hervía todo.
Y supe que iba a volver.
Porque la próxima vez no iba a dejar que me ganara tan fácil.
O eso me dije.
4 comentarios - Me atraparon masturbandome Parte 5
Es como un loop