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La Esposa y el Amigo del Gym

Se llamaba Laura, 32 años, casada desde hacía ocho con Javier. Una mujer que cuidaba su cuerpo como un templo: clases de spinning, pesas, yoga… todo para mantenerse firme, curvilínea, deseada. Javier lo sabía y le encantaba presumirla, pero su trabajo lo tenía viajando casi toda la semana.
Aquella tarde de sábado, Javier había salido temprano a un congreso en otra ciudad. Laura, sola en casa, decidió ir al gimnasio para descargar la tensión acumulada. Llevaba su conjunto favorito: leggings negros que marcaban cada curva y un top deportivo rojo que dejaba poco a la imaginación.
En la sala de pesas estaba él: Marcos. Lo conocía de vista; siempre entrenaban a la misma hora. Alto, moreno, brazos tatuados y una sonrisa que parecía saber demasiado. Habían cruzado algunas palabras inocentes, pero ese día todo cambió.
Marcos se acercó mientras ella hacía sentadillas frente al espejo.
—¿Necesitas spotter? —preguntó con voz grave, colocándose detrás.
Laura sintió su aliento en la nuca. Asintió. Marcos puso las manos en sus caderas para “estabilizarla”. Con cada bajada, sus dedos se apretaban un poco más. Con cada subida, Laura notaba cómo su cuerpo respondía sin permiso.
Terminaron la serie. Ella jadeaba, él también.
—¿Tomamos algo en la cafetería de arriba? —propuso Marcos.
Laura dudó un segundo. Miró su móvil: ningún mensaje de Javier. “Solo un batido”, se dijo.
Subieron. Hablaron, flirtearon, y media hora después estaban en el parking subterráneo, dentro del SUV de Marcos. Los vidrios polarizados ocultaban lo que pasaba dentro.
Él la besó con urgencia, como si llevara meses conteniéndose. Laura respondió con la misma hambre. Las manos de Marcos recorrieron sus piernas, subieron por los leggings, bajaron el top. Ella gimió cuando sintió su boca en sus pechos, lamiendo y succionando sus pezones endurecidos hasta hacerla arquear la espalda.
—Dime que pare si quieres —murmuró él contra su piel.
Laura no dijo nada. Solo abrió más las piernas.
Marcos la llevó al asiento trasero con cuidado pero decidido. Le quitó los leggings lentamente, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto: los muslos internos, la cara interna de las rodillas, hasta llegar al centro ya húmedo. Cuando su lengua tocó su clítoris por primera vez, Laura soltó un gemido profundo y agarró su cabello. Él la devoró sin prisa: círculos lentos, succiones suaves, luego más rápidas y firmes. Introdujo dos dedos mientras su boca no dejaba de trabajar, curvándolos justo en ese punto que la hacía temblar.
Laura sintió el orgasmo acercarse como una ola imparable. Sus caderas se movían solas contra su cara, buscando más presión, más ritmo.
—No pares… por favor… —susurró entre jadeos.
Marcos aceleró, añadiendo un tercer dedo, estirándola deliciosamente. Cuando ella se corrió, fue intenso: todo su cuerpo se tensó, las piernas le temblaron alrededor de su cabeza, y un grito ahogado escapó de su garganta mientras se deshacía en espasmos de placer.
Aún temblando, Laura lo miró con ojos vidriosos. Quería devolverle el favor. Se arrodilló entre los asientos, bajó su pantalón y lo tomó en su boca. Primero lento, saboreándolo, luego más profundo, usando la mano para acompañar el movimiento. Marcos gruñó, enredando los dedos en su pelo, guiándola con suavidad pero con urgencia creciente.
—No aguanto más —dijo al fin, con voz ronca.
Laura se subió encima de él, a horcajadas. Tomó su erección con la mano y la guió hacia su entrada, aún sensible del orgasmo anterior. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba por completo, estirándola de una forma deliciosamente invasiva. Ambos soltaron un gemido al unísono cuando estuvo completamente dentro.
Empezaron a moverse con un ritmo lento al principio, disfrutando la fricción. Laura controlaba la profundidad, subiendo casi hasta salir y bajando de golpe, haciendo que él golpeara justo en ese lugar que la volvía loca. Marcos agarraba sus caderas con fuerza, ayudándola a moverse, mientras su boca volvía a devorar sus pechos.
—Estás tan apretada… tan mojada… —gruñó él contra su piel.
Laura aceleró, cabalgándolo con más intensidad. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el coche, mezclado con jadeos y gemidos. Ella sentía cómo él palpitaba dentro, cada vez más duro, más grueso. Marcos deslizó una mano entre ellos y empezó a acariciar su clítoris en círculos rápidos mientras ella lo montaba.
Eso fue demasiado. Laura sintió el segundo orgasmo subir desde lo más profundo: una presión intensa, casi dolorosa de tan placentera.
—Voy a correrme otra vez… —anunció con voz entrecortada.
—Córrete conmigo —ordenó Marcos, apretando sus nalgas y empujando hacia arriba con más fuerza.
Los movimientos se volvieron salvajes. Laura se dejó caer con todo su peso en cada embestida, él la recibía con contragolpes profundos. Cuando el clímax los alcanzó, fue simultáneo: ella se tensó alrededor de él, contrayéndose en oleadas que lo apretaban deliciosamente; él se derramó dentro con un gemido gutural, llenándola con pulsaciones calientes y abundantes. Se quedaron así, unidos, temblando, mientras el placer los atravesaba en oleadas que parecían no terminar.
Después, solo se escuchaba su respiración agitada. Laura se derrumbó sobre su pecho, sintiendo cómo él aún latía dentro de ella. Ninguno quería moverse.
Finalmente, se arreglaron la ropa en silencio, con sonrisas cómplices.
Marcos la acompañó hasta su coche.
—¿Volverás el lunes? —preguntó.
Laura sonrió, con las mejillas aún sonrojadas y las piernas débiles.
—Depende… ¿tú vas a estar?
Él le guiñó un ojo.
—Contigo, siempre.
Laura llegó a casa, se duchó, se puso el pijama. Javier llamó esa noche para desearle buenas noches. Ella contestó con voz tranquila, como si nada hubiera pasado.
Pero mientras colgaba, se miró en el espejo del dormitorio, se tocó suavemente entre las piernas aún sensibles… y sonrió con picardía.
El lunes tenía entrenamiento a las 7 de la tarde.
Y esta vez, no llevaría ropa interior debajo de los leggings.

By Joao Muri
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