Adiccion y sexo los fines de semana
En Madrid la llamaban Kira Voltage.
Pero su nombre real era Laura.

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Tenía treinta y ocho años, un cuerpo delgado que parecía hecho de cables tensos y nervios, y unos ojos que brillaban demasiado cuando la música empezaba a sonar. Durante años había sido DJ en clubes pequeños del centro. Nada glamuroso: sótanos con olor a humo, luces baratas y altavoces que vibraban como motores.
Sus fines de semana duraban cuatro días.
Jueves, viernes, sábado y domingo.
Follar, drogas y tecno. Desnuda entregada a hombres y mujeres sin control entre gemidos y penetraciones salvajes que buscaban saciar su maldita adicción dopaminico sin freno.
Cuatro noches seguidas sin dormir apenas, alimentándose de vodka, cocaína y la electricidad del techno.
A las cinco de la mañana la pista se volvía animal. Sudor, cuerpos pegados, gente bailando , desnudas, besándose, chupando coñoss y poyas, sexo anal, tríos, orgias salvajes, como si el mundo fuera a terminar antes del amanecer.
Laura siempre estaba en medio de todo.
Bailaba, desaparecía con alguien, volvía a la cabina, mezclaba otro tema y levantaba los brazos mientras el bajo atravesaba el local como un trueno.
Aquella vida era su hogar.
Hasta que un día el teléfono dejó de sonar.
El club cerró.
El dueño huyó con deudas.
Y Laura se quedó sola en un piso pequeño de La latina, mirando el techo mientras el eco de la música aún resonaba en su cabeza.ñ y consumía su cuarta raya de coca desnuda para terminar masturbándose de
El dinero desaparecía rápido.
Una noche, en una fiesta privada en un ático cerca de Atocha, alguien le hizo una propuesta.
—Podrías ganar mucho dinero —le dijo una chica con labios rojos y mirada tranquila—. Mucho más que pinchando.
Laura rió.
Pero al cabo de una semana estaba delante de una cámara asustada desnuda delante de un tipo con un miembro gigante que babeaba deseos de penetrarla como si fuera una droga más. Aquel día se sintió usada deseada y un objeto roto sexual admirado y deseado a la vez.
Al principio lo vivió como otra forma de espectáculo. Otra pista de baile. Otro escenario.

Pero en internet todo creció muy rápido.
Su nombre empezó a circular por foros y páginas. Fotos, vídeos, entrevistas.
Kira Voltage se volvió famosa en ese mundo.
Muy famosa. El porno que hacía provoco un terremoto entre los consumidores de porno. Sus viejas amigas reían al verla así, sus amigos solaban con follarla delante de una cámara corriendose en su cara de labios en forma de corazón y dientes de conejo.
El padre
En un pueblo a dos horas de Madrid, Antonio nunca había entendido del todo a su hija.
Siempre fue una niña callada, encerrada en su habitación escuchando música.
Él trabajaba demasiado.
Cuando el matrimonio se rompió, Laura ya era casi una adolescente y la distancia entre ellos se volvió permanente.
Un domingo por la tarde, un viejo amigo le mandó un mensaje.
—Creo que tienes que ver esto.
Antonio abrió el enlace.
La imagen tardó unos segundos en cargar.
Cuando apareció, sintió que el corazón le daba un golpe seco. Un anal con su hija sonriendo y desnuda botando arriba y abajo introduciéndose ese pedazo miembro de un hombre salido y perverso.
Era Laura.
Más delgada, más dura, maquillada de forma agresiva.
Rodeada de luces, cámaras y gente que gritaba su nombre artístico.
Antonio cerró el ordenador como si quemara.
Esa noche no durmió.
Al día siguiente cogió el coche y condujo hacia Madrid.
La fiesta
Encontrarla no fue difícil.
En internet estaba todo.
Una dirección. Una fiesta privada. Un rodaje.
Antonio llegó tarde, cuando la madrugada ya estaba encendida y la música salía por las ventanas como un terremoto.
Dentro del loft había luces azules, humo artificial y cámaras sobre trípodes.
Y gente mirando.
Laura estaba en el centro del salón, allí todos se estaban desnudando, mujeres y hombres y follaban con todo tipo de posturas y en el centro su hija atada a una especie de cruz donde los hombres mayores y jóvenes la sodomizaban por turnos mientras ella pedía más y más experiencias q lograrán saciar su deseo infernal de placer y dolor.
No parecía su hija.
Parecía una criatura salvaje, dominando la habitación con una energía brutal.
Los hombres alrededor se movían como satélites de su gravedad.
El público gritaba su nombre.
Antonio sintió algo extraño.
Horror.
Rabia.
Pero también una especie de fascinación oscura que no sabía explicar.
Una mujer que estaba a su lado —rubia, con vestido corto— le miró.
—¿Primera vez?
Antonio no respondió.
La mujer sonrió.
—Tranquilo. Aquí todos vienen por curiosidad.
La música subió aún más.
Antonio no apartó la mirada.
Porque, por primera vez en su vida, estaba viendo a su hija sin máscaras.
Sin miedo.
Sin pedir permiso a nadie.
Laura lo vio entre la gente.
Durante un segundo sus ojos se encontraron.
Y sonrió.
Después
Horas más tarde, en una terraza vacía mientras el amanecer caía sobre Madrid, padre e hija hablaron por primera vez en años.
—¿Por qué? —preguntó él.
Laura se encogió de hombros.
—Porque quería que alguien me mirara.
Silencio.
—Y ahora lo hacen.
Antonio bajó la cabeza.
—Yo debí hacerlo antes.
Ella encendió un cigarro.
—Sí.
La ciudad despertaba.
Y mientras el sol empezaba a iluminar los edificios, Antonio entendió algo que le dolió más que todo lo demás.
Su hija no estaba perdida. Adicta a drogas y placeres incontrolables.
Solo había encontrado otro escenario, pero encierro modo le tenía muy cachondo. Ver así a su hija le empezó a excitar y más al ver a sus amigos enviándoles por WhatsApp ofertas millonarias por penetrarla en nuevos proyectos pornográficos.
Pero no había tiempo, esa noche su hija pinchaba en siroco y quería ir a verla.
En Madrid la llamaban Kira Voltage.
Pero su nombre real era Laura.

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Tenía treinta y ocho años, un cuerpo delgado que parecía hecho de cables tensos y nervios, y unos ojos que brillaban demasiado cuando la música empezaba a sonar. Durante años había sido DJ en clubes pequeños del centro. Nada glamuroso: sótanos con olor a humo, luces baratas y altavoces que vibraban como motores.
Sus fines de semana duraban cuatro días.
Jueves, viernes, sábado y domingo.
Follar, drogas y tecno. Desnuda entregada a hombres y mujeres sin control entre gemidos y penetraciones salvajes que buscaban saciar su maldita adicción dopaminico sin freno.
Cuatro noches seguidas sin dormir apenas, alimentándose de vodka, cocaína y la electricidad del techno.
A las cinco de la mañana la pista se volvía animal. Sudor, cuerpos pegados, gente bailando , desnudas, besándose, chupando coñoss y poyas, sexo anal, tríos, orgias salvajes, como si el mundo fuera a terminar antes del amanecer.
Laura siempre estaba en medio de todo.
Bailaba, desaparecía con alguien, volvía a la cabina, mezclaba otro tema y levantaba los brazos mientras el bajo atravesaba el local como un trueno.
Aquella vida era su hogar.
Hasta que un día el teléfono dejó de sonar.
El club cerró.
El dueño huyó con deudas.
Y Laura se quedó sola en un piso pequeño de La latina, mirando el techo mientras el eco de la música aún resonaba en su cabeza.ñ y consumía su cuarta raya de coca desnuda para terminar masturbándose de
El dinero desaparecía rápido.
Una noche, en una fiesta privada en un ático cerca de Atocha, alguien le hizo una propuesta.
—Podrías ganar mucho dinero —le dijo una chica con labios rojos y mirada tranquila—. Mucho más que pinchando.
Laura rió.
Pero al cabo de una semana estaba delante de una cámara asustada desnuda delante de un tipo con un miembro gigante que babeaba deseos de penetrarla como si fuera una droga más. Aquel día se sintió usada deseada y un objeto roto sexual admirado y deseado a la vez.
Al principio lo vivió como otra forma de espectáculo. Otra pista de baile. Otro escenario.

Pero en internet todo creció muy rápido.
Su nombre empezó a circular por foros y páginas. Fotos, vídeos, entrevistas.
Kira Voltage se volvió famosa en ese mundo.
Muy famosa. El porno que hacía provoco un terremoto entre los consumidores de porno. Sus viejas amigas reían al verla así, sus amigos solaban con follarla delante de una cámara corriendose en su cara de labios en forma de corazón y dientes de conejo.
El padre
En un pueblo a dos horas de Madrid, Antonio nunca había entendido del todo a su hija.
Siempre fue una niña callada, encerrada en su habitación escuchando música.
Él trabajaba demasiado.
Cuando el matrimonio se rompió, Laura ya era casi una adolescente y la distancia entre ellos se volvió permanente.
Un domingo por la tarde, un viejo amigo le mandó un mensaje.
—Creo que tienes que ver esto.
Antonio abrió el enlace.
La imagen tardó unos segundos en cargar.
Cuando apareció, sintió que el corazón le daba un golpe seco. Un anal con su hija sonriendo y desnuda botando arriba y abajo introduciéndose ese pedazo miembro de un hombre salido y perverso.
Era Laura.
Más delgada, más dura, maquillada de forma agresiva.
Rodeada de luces, cámaras y gente que gritaba su nombre artístico.
Antonio cerró el ordenador como si quemara.
Esa noche no durmió.
Al día siguiente cogió el coche y condujo hacia Madrid.
La fiesta
Encontrarla no fue difícil.
En internet estaba todo.
Una dirección. Una fiesta privada. Un rodaje.
Antonio llegó tarde, cuando la madrugada ya estaba encendida y la música salía por las ventanas como un terremoto.
Dentro del loft había luces azules, humo artificial y cámaras sobre trípodes.
Y gente mirando.
Laura estaba en el centro del salón, allí todos se estaban desnudando, mujeres y hombres y follaban con todo tipo de posturas y en el centro su hija atada a una especie de cruz donde los hombres mayores y jóvenes la sodomizaban por turnos mientras ella pedía más y más experiencias q lograrán saciar su deseo infernal de placer y dolor.
No parecía su hija.
Parecía una criatura salvaje, dominando la habitación con una energía brutal.
Los hombres alrededor se movían como satélites de su gravedad.
El público gritaba su nombre.
Antonio sintió algo extraño.
Horror.
Rabia.
Pero también una especie de fascinación oscura que no sabía explicar.
Una mujer que estaba a su lado —rubia, con vestido corto— le miró.
—¿Primera vez?
Antonio no respondió.
La mujer sonrió.
—Tranquilo. Aquí todos vienen por curiosidad.
La música subió aún más.
Antonio no apartó la mirada.
Porque, por primera vez en su vida, estaba viendo a su hija sin máscaras.
Sin miedo.
Sin pedir permiso a nadie.
Laura lo vio entre la gente.
Durante un segundo sus ojos se encontraron.
Y sonrió.
Después
Horas más tarde, en una terraza vacía mientras el amanecer caía sobre Madrid, padre e hija hablaron por primera vez en años.
—¿Por qué? —preguntó él.
Laura se encogió de hombros.
—Porque quería que alguien me mirara.
Silencio.
—Y ahora lo hacen.
Antonio bajó la cabeza.
—Yo debí hacerlo antes.
Ella encendió un cigarro.
—Sí.
La ciudad despertaba.
Y mientras el sol empezaba a iluminar los edificios, Antonio entendió algo que le dolió más que todo lo demás.
Su hija no estaba perdida. Adicta a drogas y placeres incontrolables.
Solo había encontrado otro escenario, pero encierro modo le tenía muy cachondo. Ver así a su hija le empezó a excitar y más al ver a sus amigos enviándoles por WhatsApp ofertas millonarias por penetrarla en nuevos proyectos pornográficos.
Pero no había tiempo, esa noche su hija pinchaba en siroco y quería ir a verla.
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