You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Miranda una esposa puta y su cornudito beta 7

Miranda y Eduardo se quedaron tirados en la cama matrimonial, los cuerpos sudorosos y temblorosos, los culos adoloridos y abiertos, semen espeso de Raúl y Norberto chorreando lento por sus muslos y goteando sobre las sábanas revueltas. La habitación apestaba a sexo crudo: sudor rancio de albañiles, semen caliente, lubricante, aliento a macho viejo y entrega absoluta. El silencio era pesado, solo interrumpido por sus respiraciones entrecortadas y los gemidos bajos que todavía se les escapaban.
Miranda fue la primera en moverse. Se arrastró despacio sobre él, besándole la frente sudorosa, la nariz, los labios rojos todavía pintados y manchados.
—Vení, mi cornudito precioso… —susurró con voz ronca pero llena de ternura—. Vamos a limpiarnos mutuamente… como siempre. Quiero tragarme el semen que te dejó Norberto en el culo… y quiero que vos te tragues el de Raúl que me dejó a mí. Vamos a saborear lo que nos hicieron… y a decirnos cuánto nos amamos.
Eduardo asintió con los ojos vidriosos, todavía temblando por el orgasmo y la humillación. Se giró con cuidado, puso el culo hacia arriba y separó las nalgas con las manos temblorosas. El ano rojo e hinchado chorreaba semen blanco y espeso, goteando lento por el perineo.
Miranda se colocó detrás, le besó las nalgas depiladas y hundió la cara entre ellas. Sacó la lengua despacio y lamió el primer hilo de semen que salía del ano de Eduardo. Lo recogió con cuidado, saboreando la mezcla caliente y salada, y lo tragó con un gemido bajo.
—Mmm… qué rico… el semen de Norberto en tu culito travesti… —susurró, metiendo la lengua más profundo, chupando con devoción—. Te amo tanto por haberte dejado romper así delante mío… te amo por ser mi putita valiente… por dejar que un macho te llene el orto mientras yo miraba y me mojaba.
Eduardo gemía bajito, empujando el culo contra su boca.
—Te amo… te amo, Miranda… —jadeaba—. Me duele tanto el culo… pero me encanta que me lo limpies… que te tragues lo que me dejaron… te amo por ser mi dueña… por amarme igual después de verme roto y usado.
Miranda siguió chupando, metiendo la lengua hasta el fondo, succionando los restos espesos, tragando todo con gemidos de placer. Cuando ya no quedaba casi nada, se incorporó y se acostó boca arriba al lado de él.
—Tu turno, mi amor… vení… limpiame el culo… tragate la leche de Raúl que me dejó adentro.
Eduardo se arrastró con cuidado, el cuerpo adolorido, y se colocó entre sus piernas. Miranda abrió bien las nalgas con las manos, mostrando el ano rojo y chorreando semen blanco. Eduardo hundió la cara entre ellas, lamió despacio el primer hilo que salía, saboreando la mezcla caliente y salada.
—Te amo… te amo tanto… —murmuraba contra su piel, metiendo la lengua más profundo—. Me encanta tragarme lo que te dejaron… saber que fuiste su puta… que te rompieron el culo delante mío… te amo por ser tan libre… por ser mi esposa puta y mi reina al mismo tiempo.
Miranda gemía bajito, acariciándole la peluca rubia mientras él chupaba con devoción.
—Seguí, cornudito… chupá bien… tragate todo… te amo por limpiarme así… por ser mi cornudo perfecto… por dejar que me cojan y después venir a lamerme el semen ajeno… te amo más que nunca… nuestro amor es más fuerte porque no hay nada que no compartamos… te amo mientras me limpias el culo lleno de leche de albañil…
Eduardo metió la lengua hasta el fondo, succionando, tragando cada gota que salía, lamiendo cada pliegue hasta dejarla limpia. Cuando terminó, se incorporó y se tiró a su lado. Miranda lo abrazó fuerte, besándolo profundo, compartiendo el sabor salado y espeso de los dos en sus bocas.
—Te amo… te amo tanto… —susurró ella, besándole los labios, la nariz, los ojos—. Somos perfectos… vos siendo mi putita travesti que se deja romper por machos… yo siendo tu puta infiel que te mira y te ama igual… este matrimonio es indestructible… te amo por entregarte así… te amo por limpiarme… te amo por todo.
Eduardo la besó de vuelta, largo y lento, abrazándola con fuerza.
—Te amo… te amo por ser mi dueña… por dejarme ser tu cornudo pasivo… por amarme después de verme roto y lleno de semen ajeno… te amo por ser la mamá dulce de día y la zorra dominante de noche… te amo por hacerme sentir vivo… por hacerme sentir tuyo… te amo, Miranda… te amo para siempre.
Se quedaron abrazados, besándose suave, lamiéndose los restos de semen de las caras, los cuerpos sudados y adoloridos pegados, la habitación todavía apestando a sexo sucio y a amor absoluto. Los culos adoloridos, los corazones latiendo fuerte, y el secreto más enfermo y más hermoso que jamás compartirían.




Miranda una esposa puta y su cornudito beta 7


Miranda se levantó despacio de la cama, el cuerpo todavía sudado y tembloroso, el culo adolorido y goteando los últimos restos de semen de Raúl. Le dio un beso suave en la frente a Eduardo, que seguía tirado boca abajo, la peluca rubia desordenada, los labios rojos manchados y el ano rojo e hinchado chorreando la leche espesa de Norberto.
—Quedate así, mi putita travesti… no te muevas —susurró con voz ronca y cariñosa—. Voy a buscar el arnés… quiero follarte yo ahora… quiero que sientas cómo te rompo el culo después de que un macho de verdad te haya dejado abierto y lleno.
Eduardo gimió bajito, asintiendo con la cabeza hundida en la almohada. El culo le ardía deliciosamente, todavía latiendo por las embestidas brutales de Norberto, pero la idea de que Miranda lo penetrara ahora lo ponía al borde otra vez.
Miranda salió del dormitorio desnuda, contoneando las caderas, y volvió en menos de un minuto con el arnés negro en la mano. El consolador grueso y venoso ya estaba lubricado de antes; lo ajustó alrededor de sus caderas anchas con movimientos rápidos y precisos, el glande apuntando hacia adelante como una amenaza cariñosa.
Se subió a la cama detrás de Eduardo, le acarició las nalgas depiladas y enrojecidas con las uñas, separándolas despacio para ver el ano abierto y chorreando.
—Mirá cómo te dejó Norberto… —susurró, metiendo un dedo para sentir el semen caliente adentro—. Abierto, rojo, lleno de leche de un albañil de 25 cm… y ahora mamá va a entrar con su verga falsa para recordarte quién manda.
Apoyó el glande contra el ano ya estirado y empujó despacio. Eduardo soltó un gemido largo cuando entró la cabeza, el cuerpo tenso pero entregado.
—Duele… duele rico… —jadeó él, empujando el culo hacia atrás.
Miranda entró centímetro a centímetro, lenta pero firme, hasta que el consolador estuvo completamente adentro. Se quedó quieta un segundo, abrazándolo por detrás, besándole la nuca.
—Te amo… te amo tanto… —susurró, empezando a moverse despacio, embestidas profundas y controladas—. Me calentó tanto verte someterte a Norberto… verte en cuatro, travestido, con la peluca rubia cayendo sobre la cara, los labios rojos abiertos y esa verga monstruosa abriéndote el orto sin piedad… gemías como perra, cornudito… empujabas para atrás para que te la metiera más profundo… y yo me mojaba mirándote, tocándome el coño mientras Raúl me follaba… verte roto y entregado por mí… eso me puso más cachonda que nada en mi vida.
Eduardo gemía más fuerte con cada embestida, el consolador entrando y saliendo con ritmo constante, frotando justo donde Norberto había dejado su marca.
—Te amo… te amo por mirarme… —jadeaba él, la voz quebrada—. Me dolió tanto… pero me encantó… sentir esa verga real rompiéndome delante tuyo… verte excitada… verte gemir mientras me partían… te amo por ser mi dueña… por hacerme tu putita pasiva…
Miranda aceleró un poco, follándolo con más fuerza, las caderas chocando contra sus nalgas.
—Sentilo, mi amor… sentilo cómo te rompo después de él… —gemía ella, besándole la espalda—. Me calentó verte gritar cuando Norberto te metió los 25 cm… verte temblar y llorar de placer… verte empujar el culo para que te la metiera más… verte correrte sin tocarte mientras te llenaba de leche… eso me hizo correrme solo mirando… te amo por ser tan valiente… tan entregado… tan mío… nuestro matrimonio es más fuerte que nunca porque vos sos mi cornudo travesti y yo tu puta dominante… te amo mientras te follo el culo lleno de semen ajeno…
Eduardo se corrió otra vez sin tocarse, un chorro débil saliendo de su pichita chiquita, temblando entero mientras Miranda seguía embistiéndolo.
—Te amo… te amo… —repetía entre gemidos—. Te amo por verme así… por amarme roto y usado… te amo por ser la que me rompe después de los machos… somos perfectos…
Miranda siguió follándolo unos minutos más, profundo y constante, hasta que ella también llegó al orgasmo: un clímax fuerte de puro poder y amor, gritando bajito mientras se quedaba adentro, abrazándolo fuerte por detrás.
Se derrumbó sobre su espalda, el consolador todavía dentro, besándole la nuca sudorosa.
—Te amo, mi cornudito travesti… te amo más que nunca… sos lo mejor que me pasó en la vida.
Eduardo, exhausto y feliz, giró la cabeza lo justo para besarla en los labios.
—Te amo… te amo para siempre… gracias por hacerme sentir así… gracias por amarme roto.
Se quedaron abrazados, el consolador todavía dentro de él, los cuerpos sudorosos pegados, los culos adoloridos y llenos, hablando bajito de cuánto se amaban, cuánto los había fortalecido esa entrega total.


esposa


JAULA DE CASTIDAD




Unos días después, era sábado por la tarde en la casa de Quilmes. La familia estaba reunida en la sala: la tele encendida con una película infantil de dibujos animados, risas de los niños en el sillón grande, palomitas en un bowl entre ellos. Eduardo y Miranda estaban sentados en el sofá de dos cuerpos, él con un brazo alrededor de sus hombros, ella acurrucada contra su pecho como cualquier mamá y papá normal.
La película iba por la mitad cuando Miranda se inclinó despacio hacia su oído, hablando en un susurro casi inaudible, la voz ronca y cargada de picardía que solo él reconocía.
—Cornudito… tengo una sorpresa para vos —le murmuró, rozándole la oreja con los labios—. Una cosa que va a ponerle mucho más picante a nuestra relación… pero no podemos hablarlo acá. Vení conmigo al cuarto… despacito, sin que los chicos se den cuenta.
Eduardo sintió un escalofrío inmediato. La pichita se le movió debajo del pantalón solo con esas palabras. Miró de reojo a los niños —absortos en la pantalla, riendo con los personajes— y asintió casi imperceptiblemente.
Miranda se levantó primero, disimulada: “Voy a buscar más gaseosa, chicos… sigan mirando”. Besó a cada uno en la cabeza y caminó hacia el pasillo. Eduardo esperó unos segundos, luego se estiró como si le doliera la espalda.
—Voy a ver si mami necesita ayuda… no se muevan del sofá, ¿eh?
Los niños ni lo miraron, pegados a la tele.
Entraron al dormitorio y cerraron la puerta con cuidado, sin llave (por si acaso). Apenas quedó el silencio del pasillo, Miranda lo abrazó fuerte por la cintura y lo besó profundo, metiéndole la lengua con hambre.
—Te extrañé tenerte solo para mí aunque sea cinco minutos —susurró contra sus labios—. Y tengo algo que te va a volver loco…
Se separó, abrió el cajón de la mesita de noche y sacó una cajita negra pequeña. La abrió despacio frente a él.
Dentro había una jaula de castidad de plástico transparente, con un anillo base y una jaulita curvada para la pichita, candado pequeño incluido.
Eduardo se quedó mirando, los ojos abiertos de par en par.
—¿Esto… es para mí? —preguntó en voz baja, la voz temblando de excitación y nervios.
Miranda sonrió con esa sonrisa hermosa y perversa que lo deshacía.
—Sí, mi cornudito… es para vos. Una jaula de castidad. Quiero ponértela ahora mismo… y que yo tenga la llave. Vas a estar encerrado, sin poder tocarte, sin poder ponerte duro del todo… mientras yo sigo saliendo con machos, mientras te follo con el arnés, mientras te travestimos y te rompen el culo. Cada vez que vuelva de una cogida, vas a estar esperando con la jaulita apretándote, goteando sin poder correrte… y yo voy a decidir cuándo te libero… si te libero.
Se acercó más, le rozó la pichita por encima del pantalón con la palma de la mano.
—Esto le va a dar más picante a nuestra relación… vas a sentirme dueña absoluta de tu placer… vas a ser mi cornudo encerrado, mi putita beta enjaulada. Cada vez que me cojan otros, vas a estar acá pensando en eso, con la jaulita recordándote que tu pichita chiquita ya no manda… yo mando. ¿Aceptás, amor? ¿Querés que te encierre y sea tu llave?
Eduardo tragó saliva, la pichita ya dura apretándose contra la tela, latiendo de pura humillación y deseo.
—S-sí… acepto… ponémela… quiero ser tuyo completamente… quiero que me encierres… te amo por esto… te amo por ser mi dueña.
Miranda lo besó profundo otra vez, metiéndole la lengua hasta el fondo, y empezó a bajarle los pantalones con manos ansiosas.
—Buen chico… ahora quedate quietito… mamá te va a poner la jaulita… y después volvemos a la peli con los chicos como si nada… pero vos ya vas a estar encerrado para mí.
Se arrodilló frente a él, le limpió la pichita con una toallita húmeda que tenía preparada, y empezó a colocarle el anillo base alrededor de los huevos y la base del pene. Luego deslizó la jaulita transparente sobre la pichita chiquita, encajándola con cuidado, y cerró el candado con un clic suave pero definitivo.
—Listo… ahora sos mío de verdad —susurró, besándole la jaulita una vez cerrada—. Te amo, cornudito enjaulado… te amo por entregarte así… esto va a hacer que nuestro amor sea aún más intenso… más sucio… más nuestro.
Eduardo miró hacia abajo: la jaulita transparente apretando su pichita, el candado pequeño brillando. Sintió una oleada de humillación deliciosa que le hizo gemir bajito.
—Te amo… te amo por encerrarme… por ser mi dueña… esto nos va a unir más… te amo, Miranda.
Ella se levantó, lo abrazó fuerte y lo besó una última vez.
—Volvamos con los chicos… como padres perfectos. Pero vos ya sabés lo que llevás puesto debajo… y yo tengo la llave en el bolsillo. Te amo, mi cornudito enjaulado.
Salieron del dormitorio de la mano, volvieron a la sala como si nada hubiera pasado. Se sentaron en el sofá, Miranda acurrucada contra él, los niños todavía absortos en la película. Pero Eduardo sentía la jaulita apretándole con cada movimiento, recordándole quién mandaba ahora… y eso lo ponía más caliente y más enamorado que nunca.


cuckold


Volvieron al sofá como si nada hubiera pasado. Los niños ni se inmutaron, todavía pegados a la pantalla con los ojos brillantes y las manos llenas de palomitas. Miranda se acurrucó contra Eduardo otra vez, la cabeza apoyada en su hombro, la mano disimulada sobre su muslo. La jaula de castidad ya apretaba debajo del pantalón, un recordatorio constante y delicioso de quién mandaba ahora.
La película seguía: risas animadas, canciones pegajosas, explosiones de color en la pantalla. Pasaron unos minutos en silencio familiar. Eduardo sentía la presión de la jaulita cada vez que se movía, la pichita chiquita intentando endurecerse sin éxito, goteando un hilo de precum que humedecía la tela interior.
Miranda se inclinó de nuevo hacia su oído, voz bajísima, casi un susurro que se perdía entre la música de la película.
—Cornudito… —murmuró, rozándole la oreja con los labios—. Quiero penetrarte ahora… en la cocina. Quiero follarte el culo con el arnés mientras los chicos ven la peli… y quiero que te corras solo por estimulación anal, sin tocarte, con la jaulita apretándote.
Eduardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La pichita latió inútilmente dentro de la jaula, el cuerpo tensándose de anticipación y nervios.
Miranda levantó la voz lo justo para que los niños oyeran, tono casual de mamá:
—Amor, ¿vamos a preparar más palomitas? Se están acabando.
Los chicos asintieron sin despegar los ojos de la tele.
—Dale, vamos rápido —respondió Eduardo, intentando sonar normal, aunque la voz le salió un poco más aguda de lo habitual.
Se levantaron del sofá. Miranda tomó su mano disimuladamente y lo guió hacia la cocina. Cerraron la puerta corrediza detrás de ellos, pero sin llave —por si algún niño llamaba—. La luz de la cocina estaba apagada, solo entraba el resplandor tenue de la sala a través del vidrio esmerilado.
Miranda se giró hacia él, lo empujó suavemente contra la mesada y lo besó profundo, metiéndole la lengua con hambre contenida.
—Bajate los pantalones, mi cornudito enjaulado… —susurró contra su boca—. Quiero verte el culo listo para mí.
Eduardo obedeció temblando. Se bajó los pantalones y los boxers hasta los tobillos. La jaulita transparente brillaba bajo la luz tenue, la pichita chiquita apretada e inútil dentro, goteando precum. Miranda se arrodilló un segundo, le besó la jaulita y le dio una lamida suave al glande atrapado.
—Qué lindo estás encerrado… —susurró—. Ahora date vuelta… apoyá las manos en la mesada y abrí el culo.
Eduardo se dio vuelta, se inclinó sobre la mesada, separó las nalgas con las manos. Miranda sacó el arnés del cajón donde lo había dejado escondido (el consolador grueso ya lubricado de antes). Se lo ajustó rápido alrededor de las caderas, el glande apuntando hacia adelante.
Se escupió en la mano, lubricó un poco más el consolador y apoyó la punta contra el ano todavía sensible y abierto de Eduardo.
—Respirá, mi amor… —susurró, besándole la nuca—. Voy a entrar despacito… quiero que sientas cada centímetro… y que te corras solo con esto… sin tocar tu pichita encerrada.
Empujó despacio. La cabeza entró con un leve pop. Eduardo soltó un gemido ahogado, mordiéndose el labio rojo para no hacer ruido que llegara a la sala.
—Shhh… despacito… —susurró Miranda, entrando otro centímetro—. Te amo… te amo por dejarme follarte así… con los chicos a metros viendo una peli… con la jaulita apretándote… te amo por ser mi cornudo perfecto.
Siguió entrando lento, profundo, hasta que estuvo completamente adentro. Se quedó quieta un segundo, abrazándolo por detrás, besándole la nuca.
—¿Sentís cómo te llena? —susurró—. Esto es lo que te espera siempre… yo penetrándote mientras tu pichita está encerrada… y vos corriéndote solo por el culo… como la putita beta que sos.
Empezó a moverse: embestidas lentas al principio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Eduardo gemía bajito, la frente apoyada en la mesada, el cuerpo temblando.
—Te amo… te amo… —jadeaba—. Me calienta tanto… la jaulita apretándome… vos follándome… los chicos ahí… te amo por esto…
Miranda aceleró un poco, follándolo con ritmo constante, profundo, el consolador frotando justo donde más lo necesitaba.
—Sentilo… sentilo cómo te rompo… —gemía ella contra su oído—. Te amo por entregarte así… por ser mi cornudo enjaulado… por correrte solo con mi verga en tu culo… te amo mientras te follo en la cocina… con nuestros hijos a metros… esto nos hace más fuertes… más unidos… te amo, mi putita perfecta…
Eduardo empezó a temblar más fuerte, la estimulación anal llevándolo al borde sin tocarse. La jaulita apretaba cada vez que intentaba endurecerse, haciendo que el placer fuera más intenso, más humillante, más delicioso.
—Voy a… voy a correrme… —susurró, la voz quebrada—. Te amo… te amo…
Miranda embistió más rápido, profundo, sin piedad.
—Corréte, cornudito… corréte solo por el culo… para mí… te amo… te amo tanto…
Eduardo se corrió sin tocarse: un orgasmo seco y profundo, la pichita chiquita latiendo inútilmente dentro de la jaula, un chorrito débil de semen saliendo por los agujeritos de la jaulita, goteando sobre el piso de la cocina. Tembló entero, las piernas fallándole, apoyándose en la mesada para no caerse.
Miranda se quedó adentro unos segundos más, abrazándolo fuerte por detrás, besándole la nuca.
—Buen chico… te corriste solo por estimulación anal… con la jaulita puesta… te amo, mi cornudito enjaulado… te amo por ser tan perfecto para mí.
Se quedaron así un momento, jadeando bajito, abrazados en la oscuridad de la cocina. Luego Miranda salió despacio, le besó la espalda y le subió la tanguita y los pantalones con ternura.
—Volvamos con los chicos… como si nada. Pero vos ya sabés lo que llevás puesto… y yo tengo la llave. Te amo.
Salieron de la cocina de la mano, volvieron al sofá. Los niños ni se enteraron. Miranda se acurrucó contra él otra vez, la mano sobre su muslo, rozando disimuladamente la jaulita debajo del pantalón. Eduardo sintió la presión constante, el recordatorio de quién mandaba, y sonrió bajito, enamorado más que nunca.

hotwife

0 comentarios - Miranda una esposa puta y su cornudito beta 7