You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Segundo Capítulo - El Espectador - Cuckold con mi primo

No fui a ninguna ferretería. Cerré la puerta principal haciendo bastante ruido con las llaves para que César escuchara claramente que me había ido, pero en lugar de subirme al auto, di la vuelta por el pasillo del costado y entré en silencio por la puerta del lavadero.
El corazón me latía a mil por hora. El morbo del que hablábamos por Instagram ya no era un chiste de mensajes temporales; estaba pasando en el living de mi casa. Caminé en puntas de pie hasta quedar escondido en el pasillo que da a las habitaciones. Desde ahí, tenía una vista perfecta del living a través del espejo del recibidor, sin que ellos pudieran verme.

César seguía clavado en el mismo lugar, con el rodillo en la mano, mirando la puerta por donde yo supuestamente había salido.

Mica no perdió un segundo. En cuanto escuchó el ruido de mis llaves alejarse, su actitud cambió por completo. Dejó la pose inocente y caminó directo hacia él, con esa seguridad que me vuelve loco. Se paró a menos de un metro.
—Así que... —arrancó ella, cruzándose de brazos y levantando una ceja— ¿conque *libre como los pájaros*?

César tragó saliva de nuevo. Dejó el rodillo apoyado en la bandeja de pintura y se limpió las manos en el pantalón, visiblemente nervioso.
—Mica, mirá que tu novio es mi primo... no da, está loco este guacho dejándome acá solo con vos —intentó defenderse, usando su última carta de moralidad, aunque la voz le temblaba.

Ella se rió por lo bajo, dio un paso más y le apoyó un dedo en el pecho, justo sobre la remera manchada.
—Él sabe perfectamente lo que hace, César. Y vos también —le susurró, mirándolo fijo a los ojos—. Por Instagram te hacías el picante, decías que estabas curado de espanto con los "fiambres" que te tiraban en la cama... ¿O me vas a decir que te da miedo una mujer de verdad?

Esa frase le tocó el orgullo. El hombre de campo, el mujeriego que jugaba a las bochas los domingos, no podía achicarse. Vi por el espejo cómo la respiración de mi primo se aceleraba. La moralidad le duró lo que tardó Mica en pasarle la mano por el cuello.

—Yo no le tengo miedo a nada, morocha —le contestó César, bajando el tono de voz, rindiéndose por fin a la situación—. Pero si yo arranco, después no hay vuelta atrás. Y mirá que yo no soy ningún nene de pecho como el boludo de mi primo.

—Demostralo, entonces —lo desafió ella.

César no aguantó más. Le agarró la cintura con las dos manos, apretando con fuerza, y la acorraló contra la pared que supuestamente tenía que estar pintando. Mica soltó un gemido ahogado que retumbó en todo el living, tirando la cabeza hacia atrás mientras él le empezaba a besar el cuello con desesperación.

Desde la oscuridad del pasillo, yo sentía que me iba a explotar el pecho. La imagen era de película. Mi novia, la que minutos antes estaba sentada al lado mío riéndose de los audios, ahora estaba enredada con mi propio primo, dejándose llevar por la misma fantasía que veníamos alimentando en secreto.

Mientras él le recorría la espalda con las manos ásperas de laburante, Mica abrió los ojos por encima del hombro de César. Buscó el reflejo en el espejo del pasillo, sabiendo perfectamente que yo estaba ahí, escondido. Me miró fijo a través del cristal, me clavó esa mirada llena de fuego y me dedicó una sonrisa cómplice antes de morderle el labio a mi primo y arrastrarlo hacia el sillón.

El pintor había venido a trabajar, pero la obra recién estaba empezando.

El sillón del living crujió cuando César la tiró sobre los almohadones. El calor de la siesta santafesina, pesado y pegajoso, se mezclaba con la respiración agitada de los dos. Mica, con una agilidad felina, se acomodó de espaldas al respaldo, dejando que sus piernas descubiertas se enredaran en la cintura de mi primo.

Desde mi escondite en el pasillo, casi ni me animaba a respirar. El silencio de la casa solo se rompía por el sonido de la ropa rozando y los gemidos roncos de César, que parecía haber olvidado por completo quién era ella y dónde estaba. Se arrancó la remera gastada de un tirón, dejando al descubierto ese lomo curtido por el sol y el trabajo en el campo, brillante por el sudor.

—Mirá en el quilombo que me estás metiendo, pendeja... —murmuró él, con la voz temblando por la excitación, mientras le agarraba los muslos con sus manos manchadas de pintura blanca—. Si mi primo llega a volver de la ferretería y nos ve, me mata.

Mica soltó una carcajada suave, casi diabólica, y le tiró del pelo para acercar la boca de él a su cuello.

—No va a volver todavía, César. Seguro está haciendo la cola, esperando su turno... **como vas a tener que hacer vos si no te apurás** —le susurró.

El doble sentido de esa frase me pegó como una patada en el pecho. Me tuve que morder el puño para no soltar un ruido. César, obnubilado por el deseo y su propio ego de "macho mujeriego", no cazó la indirecta. Se creía el cazador, el tipo vivo que se estaba acostando con la mina de su primo a escondidas, cuando en realidad era el actor principal de la película que nosotros habíamos dirigido de antemano.

Con torpeza, pero con una fuerza bruta que a Mica le encantaba, César se desabrochó el pantalón de grafa y lo dejó caer al suelo junto con la bandeja de pintura. La musculosa blanca de Mica voló por el aire un segundo después, aterrizando en el medio del living.

La imagen era un espectáculo brutal. Ver las manos grandes y rústicas de mi primo recorriendo la piel perfecta de mi novia de 25 años me generaba un cortocircuito en la cabeza. Era una mezcla de adrenalina y una excitación enfermiza que nunca antes había sentido. Él la besaba con hambre, recorriéndole el cuerpo como si fuera la última mujer sobre la tierra, desesperado, perdiendo toda esa postura de tipo duro y "libre como los pájaros" del que tanto alardeaba.

Mica manejaba los tiempos. Lo dejaba hacer, se arqueaba, lo arañaba en la espalda, y de a ratos, por encima del hombro de César, volvía a buscar el espejo del recibidor. Sus ojos se encontraban con los míos en la penumbra del pasillo. Me mostraba lo que estaba logrando. Me regalaba la escena en primera fila.

—Sos un fuego, morocha, me vas a derretir el cerebro —le decía él, jadeando, perdiendo completamente la razón y preparándose para ir a los bifes.

Yo me deslicé un poco más abajo por la pared, desabrochándome el pantalón en las sombras, con el pulso a mil. El "loquito" jugador de bochas estaba a punto de cruzar la última línea familiar, y yo tenía la mejor butaca de toda Santa Fe para ver cómo caía rendido en nuestra trampa.

El primer embate de César fue torpe, animal, cargado con toda esa tensión contenida que venía arrastrando desde los mensajes de Instagram. Mica soltó un grito agudo que me erizó hasta el último pelo de la nuca. El sonido rebotó en las paredes del living, mezclándose con el zumbido constante del ventilador de techo que apenas movía el aire pesado de la tarde.

Desde mi trinchera en la oscuridad, la escena era hipnótica. El contraste era absoluto: él, rústico, pesado, marcado por el sol del campo; ella, delicada, blanca, arqueándose en el sillón y clavándole las uñas en la espalda con una fuerza que a él lo volvía loco.

—Ay, primo... —gemía él entre dientes, con la respiración entrecortada y los ojos cerrados—. Si supieras, pedazo de cornudo...

Escuchar a César insultarme mientras estaba con mi novia fue la gota que rebalsó el vaso. Fue un choque eléctrico directo al cerebro. Me tapé la boca con la mano libre para ahogar mi propio gemido. El chabón se sentía el rey del mundo, el lobo solitario que le había robado la presa al gil de la familia. Se creía el dueño de la situación, celebrando su propia viveza, ignorando por completo que nosotros le habíamos abierto la puerta del corral.

Mica, como la dueña absoluta del tablero, sabía exactamente cómo exprimir cada segundo. Mientras César le daba rienda suelta a su instinto, enterrando la cara en el cuello de ella, Mica volvió a abrir los ojos. Su mirada buscó el espejo del recibidor con una precisión milimétrica.

Estaba transpirada, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, pero la sonrisa que me dedicó a través del cristal fue de una lucidez brutal. Era una sonrisa de superioridad. Me estaba diciendo, sin palabras: *"Mirá lo que hago con tu machito de campo"*.

De repente, ella le agarró la cara a César con las dos manos, obligándolo a mirarla a los ojos.
—Dale, César —le exigió ella, con una voz ronca y autoritaria que a él lo descolocó un poco—. Demostrame para qué servís. Mostrame que sos mejor que él.

Esa frase fue nafta al fuego. El ego de mi primo no soportaba una provocación así. Aceleró el ritmo, ciego, desesperado por probar su hombría, gruñendo como un animal. La madera del sillón crujía amenazando con romperse. Mica cerró los ojos y tiró la cabeza hacia atrás, entregándose al espectáculo, dejándose llevar por el placer físico mientras su mente seguía conectada a la mía en las sombras.

Todo terminó un par de minutos después, en una mezcla de suspiros ahogados y el sonido pesado de César dejándose caer sobre los almohadones, completamente agotado. El "loquito" no daba más. Respiraba por la boca, mirando el techo del living como si no pudiera creer lo que acababa de hacer.

Mica se quedó un segundo a su lado y, con una frialdad encantadora, se deslizó por el costado del sillón hasta quedar de pie. Levantó su musculosa del piso y se la puso lentamente, sin dejar de mirarlo.

—Levantate, César —le dijo, pasándose la mano por el pelo revuelto, recuperando el tono casual—. Tenés que terminar de preparar la pared. En cualquier momento llega tu primo de la ferretería y, si no ve nada pintado, se va a dar cuenta de que estuviste perdiendo el tiempo.

César la miró desde el sillón, pálido, dándose cuenta de golpe de la realidad. El pánico le volvió al cuerpo. Juntó su ropa a las apuradas, tropezando con sus propios pies para vestirse.

Yo, en el pasillo, me abroché el pantalón, sonriendo en la oscuridad. Agarré las llaves del auto que tenía en el bolsillo, me di media vuelta hacia la puerta del lavadero, salí al patio en silencio y caminé hacia el frente de la casa.

Esperé unos segundos en la vereda, respiré hondo el aire caliente de Santa Fe, y metí la llave en la cerradura principal. Hice ruido a propósito.
—¡Che, loco! —grité desde la puerta, entrando con un rollo de cinta de papel en la mano—. ¡Qué cola infernal que había! ¿Cómo venimos con esa pared?

Entré al living. César estaba blanco como un papel, con el rodillo en la mano temblando apenas, y Mica, sentada en la otra punta de la mesa, me miró y me guiñó un ojo. El primer capítulo había sido una obra maestra.
Segundo Capítulo - El Espectador - Cuckold con mi primo

0 comentarios - Segundo Capítulo - El Espectador - Cuckold con mi primo