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El Peso De Mi Fantasía 6

El viernes amaneció con una atmósfera cargada de una electricidad casi insoportable. Ya no había vuelta atrás. La nota de voz de Pedro seguía resonando en mi cabeza y, por la forma en que Laura se movía por la habitación, sabía que en la suya también. El juego de los mensajes había dinamitado el último muro de contención. Ese hombre, que hasta hacía unos días solo era un empleado silencioso, ahora se paseaba por nuestra casa sabiendo perfectamente qué forma tenían las tetas de mi esposa y qué tan mojada podía ponerse con solo oírlo.
Pasadas las diez de la mañana, mientras el ruido del taladro retumbaba desde la biblioteca, el teléfono de Laura volvió a vibrar sobre la mesa del comedor. Yo estaba a su lado, fingiendo tomar un vaso de agua, pero mis ojos saltaron a la pantalla antes que los de ella.
Mensaje de Pedro: Señora, el patrón me dijo que hoy sale a mediodía a resolver unos contratos. Dígame que es verdad. No aguanto las ganas de terminar lo que empezamos en el baño. Hoy no me voy a quedar con las ganas de metérselo completo.
Sentí una descarga de adrenalina tan fuerte que las manos me temblaron. Miré a Laura. Ella se había quedado paralizada, con el tenedor a medio camino de la boca, leyendo el mensaje. Sus ojos reflejaban pánico, pero sus pezones, visibles a través de su blusa delgada, se pusieron duros al instante. La crudeza de Pedro la estaba devorando por dentro.

Dejé el vaso en la mesa con un golpe seco. Me incliné hacia ella, tomándola por la barbilla para obligarla a mirarme. Mi propia erección ya era dolorosa bajo el pantalón.
Ángel: (Con la voz ronca, decidida) Es verdad. Le voy a decir que tengo que salir a una junta a las doce. Pero no me voy a ir, Laura. Me voy a quedar en el armario empotrado del fondo de la biblioteca, el que tiene las rejillas de ventilación. Lo voy a ver todo.
Laura: (Con la voz quebrada, tomándome de las manos con desesperación) Ángel... por favor, esto ya es cruzar la línea definitiva. Una cosa es que me mire o me toque un poco, pero... ¡quiere acostarse conmigo! Va a pasar de verdad. ¿Estás seguro de que vas a poder soportar ver a otro hombre metiéndose en mí?
Ángel: (Besando sus labios con urgencia, transmitiéndole mi obsesión) Es lo que he deseado cada noche de los últimos meses, nena. Quiero ver cómo ese animal te toma, quiero ver tu culo blanco sacudirse mientras él te da la embestida de tu vida. Contéstale. Dile que a las doce y media baje a la biblioteca con la excusa de limpiar el polvo del piso. Y dile que no use condón, que te gusta sentir el calor directo. Vamos a llevar esto al límite.
Laura soltó un suspiro trémulo, un gemido de pura rendición psicológica. Sus dedos, dóciles ante mi perversión, teclearon la respuesta exacta.
Mensaje de Laura: Mi esposo sale a las doce. A las doce y media baja a la biblioteca. No cierres la puerta por completo. Y más te vale que cumplas lo que prometiste en ese audio, Pedro.
La respuesta de él fue inmediata, un simple: "Llegarás al cielo, señora".

A las doce en punto, armé el escenario. Salí de la casa haciendo ruido, arrastrando las llaves y despidiéndome en voz alta para que Pedro, desde abajo, escuchara perfectamente que "el patrón" se marchaba. Di la vuelta por el jardín trasero, entré en silencio por la puerta de servicio y me deslicé hasta la biblioteca.
El espacio era grande, lleno de polvo de ladrillo y andamios. Al fondo, junto al ventanal tapado con lonas, estaba el armario de madera donde guardábamos las herramientas viejas y los libros antiguos. Me metí dentro. El olor a humedad y madera vieja me rodeó, pero a través de las rejillas de la puerta tenía una vista perfecta, en primera fila, del colchón inflable improvisado que Pedro usaba para descansar y de la mesa de trabajo.
Mi corazón latía tan fuerte que temía que el albañil lo escuchara desde el pasillo. Me saqué la verga de los pantalones, sosteniéndola con fuerza, listo para el espectáculo.
A las doce y media exactas, la puerta de la biblioteca se abrió. Laura entró. Se había esmerado en el atuendo: llevaba un vestido rojo de botones delanteros, corto, ceñido a la cintura. Caminaba despacio, fingiendo revisar unos papeles, pero el temblor de sus manos delataba su estado.
El Peso De Mi Fantasía 6

Un minuto después, la silueta imponente de Pedro apareció en el umbral. Se había quitado la playera de trabajo; estaba completamente desnudo del torso superior, mostrando unos hombros anchos cubiertos de sudor y vello, y unos brazos fornidos marcados por las venas. Sus jeans estaban bajos, colgados de la cadera, dejando ver el elástico de su ropa interior. Tenía la mirada de un cazador que por fin tiene a su presa acorralada.

Pedro no dijo una sola palabra. Caminó hacia ella con paso firme, haciendo que Laura retrocediera hasta que sus nalgas chocaron contra el borde de la mesa de madera. El tipo la atrapó ahí, poniendo sus manos enormes a los lados de sus caderas.
Pedro: (Con una voz profunda, que retumbó en mi escondite) Pensé que se había arrepentido, señora. La vi muy segura en el mensaje. A ver si es cierto que aguanta lo que pide.
Laura: (Mirándolo hacia arriba, con el pecho agitándose violentamente, sus tetas casi saliéndose del vestido) Ya estás aquí, Pedro... No hables tanto y enséñame si eres tan fuerte como presumes.
Pedro soltó una risa ronca, una muestra de puro dominio. Sin la menor delicadeza, metió las manos en el escote del vestido rojo y tiró hacia los lados. Los botones salieron volando, rebotando en el suelo de madera. El vestido se abrió por completo, dejando al descubierto el cuerpo desnudo de mi esposa. No llevaba sostén ni calzones; estaba completamente expuesta, con sus tetas perfectas y su coño húmedo brillando bajo la luz tenue de las lonas.
Desde el armario, la vista me nubló los ojos. Vi cómo Pedro se quedaba mudo un segundo, devorándola con la mirada, antes de lanzar sus manos directas a sus tetas. Las agarró con brutalidad, apretándole la carne blanca con sus dedos sucios de cemento, amasándole los pezones hasta que Laura soltó un grito de dolor y placer mezclados.
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Pedro: ¡Qué pedazo de perra eres, Laura! Mírate cómo estás de mojada... me tienes el suelo chorreando. Te voy a abrir por completo.
El albañil se desabrochó los jeans con desesperación y sacó su miembro, enorme, venoso y completamente erecto, brillando por el líquido preseminal. Agarró a Laura por los muslos, levantándole las piernas con una facilidad pasmosa para acomodarla sobre la mesa. Laura se aferró a los hombros sudados del obrero, enterrándole las uñas en la espalda mientras abría su coño por completo para él.
Pedro se acomodó entre sus piernas, pegando su pecho velludo contra las tetas de mi esposa, y con un solo movimiento rudo y directo, se la metió completa hasta el fondo.
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Laura: (Soltando un gemido ensordecedor, arqueando la espalda por completo) ¡Ahhh! ¡Pedro! ¡Dios mío, me rompes... estás enorme... me das riquísimo!
Vi cómo los cuerpos se impactaban con un sonido húmedo y constante que inundó la biblioteca. El culo de mi esposa se sacudía contra la madera de la mesa con cada embestida salvaje del albañil, que la tomaba sin piedad, ajeno por completo a que yo, desde la oscuridad del armario, me pajeaba con una furia descontrolada, viendo cómo mi fantasía se consumaba de la forma más obscena posible.

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