You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Puta de mi suegro II

sonido de la puerta principal al cerrarse aún resuena en mis oídos, mezclado con el latido acelerado de mi corazón. Me quedo inmóvil, apoyada contra la encimera fría de la cocina, con los labios hinchados y el sabor salado de Don Arturo aún impregnado en mi lengua. El vino derramado sobre el mármol forma un charco oscuro, como un mapa de lo que acaba de suceder, de lo que yo acabo de hacer. Mis dedos tiemblan al llevarlos a mi boca, como si pudiera borrar las pruebas de mi traición con solo frotarlos, pero el sabor persiste, cálido y prohibido.

La voz de Javier llega desde el vestíbulo, amortiguada por la distancia, mientras habla por teléfono. "Sí, mañana a primera hora… No, no hay problema, lo reviso esta noche." Su tono es profesional, distraído, como siempre. El sonido de sus pasos se acerca, pero no hacia la cocina, sino hacia el estudio. Respiro hondo, ajustándome la blusa que Don Arturo dejó semiabierta, los botones desalineados como un secreto a medias. Me paso las manos por el pelo, como si eso pudiera componer el desorden que llevo por dentro.

Es entonces cuando lo veo. O mejor dicho, cuando lo siento. Don Arturo no se ha ido. Está allí, en el umbral de la puerta que conecta la cocina con el pasillo, inmóvil como una sombra con forma de hombre. Sus ojos, oscuros y penetrantes, me clavan en el sitio. No dice nada, pero no necesita hacerlo. Su presencia es un mando, un imán que me atrae sin que pueda resistirme. El aire se espesa, cargado con la promesa de algo más, de algo que apenas hemos empezado a explorar.

—Javier está ocupado —murmura, su voz grave como el ron que tomó antes—. Y tú, mi pequeña tentación, aún no has terminado de obedecer.

Las palabras me queman. No son una sugerencia. Son una orden disfrazada de susurro, y mi cuerpo responde antes de que mi mente pueda procesarlo. Mis piernas se aprietan involuntariamente, el calor entre ellas aún palpitante por lo que pasó hace apenas minutos. Don Arturo da un paso adelante, acercándose como un depredador que sabe que su presa ya no va a huir. El cuero de sus zapatos cruje contra el suelo de madera, un sonido que ahora asocio con el peligro, con el placer, con él.

—Esta noche —continúa, acercando su boca a mi oído—. Cuando tu esposo duerma, como el buen niño aburrido que es, vendrás a mi habitación. —Su aliento caliente me eriza la piel de la nuca—. Con algo apropiado. Algo que me demuestre que entiendes tu lugar.

No es una petición. Es un decreto. Y lo peor—o lo mejor—es que no tengo ninguna intención de desobedecer. Asiento lentamente, sintiendo cómo el peso de sus palabras se instala en mi pecho, en mi vientre, entre mis muslos. Don Arturo retrocede, pero sus dedos rozan mi cadera al hacerlo, como si ya me pertenecieran. Como si supiera que, en cuanto me toque, voy a arder.

—Y no te preocupes por las llaves del sótano —añade con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Ya las encontré. Aunque dudo que sean lo único que vaya a abrir esta noche.
Se gira y se aleja, dejando atrás solo el eco de sus pasos y el aroma a colonia cara y poder. Me quedo allí, con las piernas temblorosas y la mente dando vueltas. ¿En serio voy a hacer esto? Pero la pregunta es retórica. Claro que lo voy a hacer. Ya lo he hecho. Ya he cruzado esa línea, y ahora solo queda caer en el abismo.

El resto de la cena es una tortura. Javier habla de informes trimestrales y reuniones con clientes, mientras yo muevo la comida en el plato como si fuera un rompecabezas imposible de resolver. Don Arturo, en cambio, come con calma, saboreando cada bocado como si fuera el último, sus ojos clavados en mí cada vez que Javier baja la guardia. Hay algo en la forma en que mastica, en cómo pasa la lengua por sus labios después de cada sorbo de vino, que me hace imaginar esa misma lengua en mí, lamiendo, ordenando, castigando.

—Diana, ¿no tienes hambre? —pregunta Javier, frunciendo el ceño al ver mi plato casi intacto.

—Tengo un poco de dolor de cabeza —miento, llevándome una mano a la sien—. Creo que me acostaré temprano.

Don Arturo levanta una ceja, casi imperceptiblemente. Buena chica, parecen decir sus ojos. Ya estás aprendiendo.

—Deberías tomar algo —sugiere Javier, siempre el marido preocupado—. Un analgésico, o…

—No, no es necesario —lo interrumpo, demasiado rápido—. Solo necesito descansar.

Me levanto antes de que puedan insistir, sintiendo la mirada de Don Arturo quemándome la espalda mientras salgo del comedor. Las escaleras crujen bajo mis pies, cada paso un recordatorio de hacia dónde me dirijo. No a mi habitación. No aún. Primero, tengo que prepararme.

El armario de mi dormitorio es un santuario de ropa aburrida: blusas de seda conservadora, faldas hasta la rodilla, vestidos que gritan "esposa ejemplar". Pero en el fondo, escondido tras una pila de suéteres que nunca uso, está el cajón que Javier ni siquiera sabe que existe. Lo abro con manos que tiemblan de anticipación, no de nervios. Allí están: las piezas que compré en línea, en noches de insomnio y fantasías reprimidas. Lencería que nunca me atreví a usar, porque ¿para quién? Para nadie, hasta ahora.

Mis dedos rozan el encaje negro de un conjunto que apenas cubre lo esencial: un corsé que aprieta la cintura y empuja mis pechos hacia arriba, como una oferta; unas bragas de tanga tan finas que son casi una provocación; ligueros que se enredan en mis muslos como promesas. Y luego están los detalles extra: el collar de terciopelo con un pequeño candado plateado, las pulseras de cuero que hacen clic al cerrarse. Objetos que, hasta hoy, solo existían en mis fantasías más oscuras.

Me desvisto con urgencia, dejando caer el vestido conservador al suelo como si fuera una piel que ya no me pertenece. La lencería me aprieta , recordándome que esto no es un juego. Esto es real. Esto es sumisión. Me miro en el espejo y casi no me reconozco: los pechos hinchados por encima del encaje, las caderas marcadas, el vello entre mis piernas apenas contenido por la tela transparente. Pero lo que más me impacta son mis ojos. No hay duda en ellos. No hay arrepentimiento. Solo hambre.
Puta de mi suegro II

El sonido de la ducha de Javier llega desde el baño contiguo. Tiempo. Tengo tiempo. Me aplico un perfume dulce pero con un toque amaderado, algo que Don Arturo asociará conmigo a partir de ahora. Me pinto los labios de un rojo oscuro, el mismo que manché con su verga hace apenas horas. Y entonces, con manos que ya no tiemblan, me pongo el collar. El candado hace clic. No tengo la llave. No la necesito. Él la tendrá.
Bajo las escaleras como una ladrona en la noche, pero esta vez no hay culpa. Solo excitación. La puerta de la habitación de Don Arturo está entreabierta, como si supiera que vendría. La luz tenue de una lámpara de mesa dibuja sombras en las paredes, creando un escenario perfecto para lo que está por venir. Él está allí, sentado en un sillón de cuero, con un vaso de whisky en la mano y una sonrisa que me dice que ya soy suya.

—Buena chica —murmura, posando el vaso sobre la mesa—. Sabía que obedecerías.

No respondo. No puedo. En lugar de eso, me arrodillo frente a él, como es debido. Como debo. Sus dedos se enredan en mi pelo, tirando justo lo suficiente para que sienta el primer destello de dolor, el primer recordatorio de quién manda aquí.

— Ahora —susurra, inclinándose hacia mí—, vamos a establecer algunas reglas.

0 comentarios - Puta de mi suegro II