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Puta de mi suegro

Hola ya me conocen soy su esposa cachonda.
Es fantasía y para los que me preguntan cómo es que quiero rol lo quiero algo así.
Puta de mi suegro


—Diana, cariño,— La voz de mi marido, Javier, llega amortiguada desde el pasillo, pero no me giro. Mis uñas, pintadas de un rojo oscuro que él nunca nota, rascan el cristal del vaso con un sonido agudo, casi obsceno.

—No las he tocado— respondo, y es verdad. No las he tocado porque no me importa el sótano, ni las cajas y basura que guardamos allí, ni los trastos viejos de su padre. Pero ahora él está aquí.
La puerta de la cocina se abre con un chirrido que me eriza la piel. No es Javier. Es don Arturo, mi suegro, con esa forma de moverse que ocupa demasiado espacio, como si el mundo tuviera que apartarse a su paso. Lleva una camiseta blanca que se pega a los músculos de sus brazos—demasiado marcados para un hombre de sesenta y dos años—y unos pantalones de vestir que le quedan como un guante, ajustados justo donde no deberían. El cinturón de cuero negro brilla bajo la luz, y mis ojos, traicioneros, se detienen allí un segundo demasiado largo.

—¿Y bien? ¿No me vas a ofrecer un trago a tu suegro?— Su voz es grave, con ese dejo de mando que hace que mis muslos se aprieten sin querer. No es una pregunta. Es una orden disfrazada de cortesía.

—Claro— digo, y mi voz suena más aguda de lo normal. Me aclaro la garganta mientras alcanzo otra copa del armario, mis dedos temblorosos rozando el cristal. Él no aparta la mirada. La siento como un peso en la nuca, en la curva de mi espalda, en el escote de esta blusa de seda que compré para Javier pero que ahora mismo parece diseñada para él.

—¿Vino?— pregunto, aunque ya estoy sirviéndolo. El líquido chorrea con un sonido húmedo, espeso, como si supiera lo que va a pasar aquí.

—Siempre vino— responde, y cuando sus dedos rozan los míos al tomar la copa, no es casual. Es un aviso. Una promesa. Su pulgar se desliza sobre mi muñeca, justo donde late la vena, y el calor de su piel me quema como si me hubiera marcado.

Javier aparece en el la puerta, con una camiseta de la universidad y ese aire distraído que tiene cuando revisa papeles.

—Aquí están, papá. En el cajón de la entrada— dice, sin mirar, ya sumergido en su teléfono. —Diana, ¿has visto mi corbata azul?

—No— miento. La tengo colgada en nuestro armario, donde la dejé esta mañana después de quitarle una mancha de café. Pero ahora mismo no puedo pensar en corbatas. Solo en cómo el dedo de don Arturo sigue trazando círculos en mi piel, cómo su uña—cortada al ras, impecable—se clava apenas lo suficiente para que sienta el pinchazo.

—Bueno, da igual— Javier se encoge de hombros y se va. La puerta de la cocina se cierra tras él, dejando un silencio que no es silencio, porque la respiración de don Arturo es demasiado ruidosa. Demasiado cerca.

—¿Sabes?— dice, y su aliento huele a vino y a menta, una combinación que no debería excitarme. —Siempre supe que mi hijo tenía mal gusto para las mujeres. Hasta que te conoció a ti.

Mis labios se entreabren, pero no sale nada. No hay aire. Solo el latido sordo entre mis piernas, el calor que se enrosca en mi vientre como una serpiente.

—No debería decir eso— susurro, pero no me aparto. No cuando su mano sube, lenta, deliberada, hasta rozar el borde de mi blusa. El pulgar se engancha en el botón superior, el que está tan flojo, el que tan fácil podría desabrocharse.

—¿Por qué no?— Su voz es un gruñido ahora, áspero como lija. —Si es la verdad. Eres demasiado buena para él. Demasiado hermosa.

La palabra me quema. Nadie me ha llamado así en años. No así. No con esa mirada que me desviste, que me posee antes incluso de tocarme.

—Suegro…— Es un intento de protesta, pero suena a ruego. A rendición..

—¿"Suegro"?— Se ríe, bajo y oscuro, y su mano se cierra sobre mi cuello, no para ahogarme, sino para guiarme. Para inclinar mi cabeza justo como él quiere. —Aquí no hay suegros, Diana. Solo hombres. Y mujeres que saben su lugar.

El vino se me sube a la cabeza, o quizá es el calor de sus dedos, que ahora se deslizan hacia abajo, hacia el valle entre mis pechos. El botón cede. Uno. Dos. La seda se abre como una flor bajo la lluvia, y el aire frío de la cocina besan mi piel, pero no es suficiente. Nada lo es cuando sus ojos—oscuros, hambrientos—se clavan en mis pezones, duros como piedras bajo el encaje negro del sujetador.

—¿Y cuál es mi lugar?— pregunto, y odio lo pequeño que suena mi voz. Lo necesitada.

Él sonríe. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de un lobo que acaba de encontrar la grieta en el corral.

—Arrodillada— responde, y su mano se enlaza en mi cabello, tirando justo lo suficiente para que el dolor se mezcle con algo más. Con placer. —Pero primero, vamos a ver qué tan bien obedeces.

Antes de que pueda reaccionar, me empuja contra la encimera. El mármol frío choca contra mis caderas, y el vaso de vino se tambalea, derramando un hilo rojo que mancha la seda de mi blusa como sangre. Sus labios están en mi cuello ahora, su lengua trazando el latido de mi venas, y sus dientes—Dios, sus dientes—se hunden en mi piel con la justeza de un castigo.

—No deberíamos— jadeo, pero mis manos ya están en su cinturón, mis dedos torpes intentando con el broche. Él no me ayuda. Se limita a reír, a morderme el lóbulo de la oreja mientras susurra:

—Claro que no, mi niña. Pero vas a hacerlo igual.

El cinturón se abre con un clic que resuena como un disparo. Sus pantalones caen lo justo para liberar lo que esconde—duro, grueso, la vena palpitando bajo la piel como si tuviera vida propia. Lo veo, lo huelo, ese aroma a hombre maduro, a sudor y a poder, y mi boca se hace agua. No debería. No debería, pero cuando su mano me empuja hacia abajo, no resisto.

—Chupa— ordena, y no es una petición.
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Mis labios se cierran alrededor de él, y el gemido que sale de su garganta es el sonido más obsceno que he oído en mi vida. Su sabor es salado, amargo, real, y cuando su mano se aprieta en mi nuca, guiándome más profundo, no me ahogo. Me entrego. La punta de su polla golpea el fondo de mi garganta, y trago alrededor de él, sintiendo cómo se estremece, cómo jura entre dientes.

—Así, puta— gruñe, y la palabra debería ofenderme. Debería hacerme parar. Pero en cambio, mis manos se aferran a sus muslos, mis uñas se hunden en la tela de sus pantalones, y cuando me empuja más hondo, tomo todo lo que me da. Cada embestida, cada maldición, cada segundo en el que él me usa y yo dejo que lo haga.
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El sonido de la puerta principal al cerrarse nos congela a los dos. Javier. Mierda.

Don Arturo se aparta con un movimiento brusco, su polla brillando con mi saliva, y yo me enderezo, temblando, la blusa abierta, los labios hinchados. Él se ajusta los pantalones con calma, como si nada hubiera pasado, pero sus ojos—oscuros, triunfantes—me dicen otra cosa.

—Esto no ha terminado— murmura, y antes de que pueda responder, ya está yéndose, dejando atrás solo el eco de su risa y el sabor de él en mi boca.

Me quedo allí, apoyada en la encimera, con el vino derramado manchando mi piel como una marca. Como una promesa.

Y por primera vez en años, me siento viva.

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