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Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo I

Hola, cómo les va? Soy Juan y les presento mi primer relato. Es completamente ficticio. Nada de lo escrito le sucedió a nadie. Está basado en un relato que leí hace muchos años en este sitio y lo borraron. Como no pude volver a leerlo, escribí algo similar. Todo es bienvenido: Comentarios, críticas, sugerencias, correcciones, preguntas, etc. Espero que disfruten el primer capítulo.





Capítulo I — Introducción



Diciembre 2005


Mi nombre es Patricia, tengo cuarenta y dos años, y voy a contar una historia que me sucedió hace un tiempo. Me decidí a escribirla porque hace unos días mi hija Celeste me confesó que la carrera que había elegido la estaba cansando, y que le hubiera encantado estudiar teatro. Me vinieron a la mente recuerdos muy intensos, desde la humillación, al sufrimiento, pasando por el miedo, pero también un poco de lujuria. Por supuesto, ella no sabe lo que pasó y pretendo que eso siga así. Todavía estoy a tiempo de convencerla, pero deberé buscar algún otro argumento, algo que no requiera confesarle la experiencia que tuve con el hijo de puta de Ricardo.


Voy a empezar por describirme: Soy una mujer alta, de contextura robusta, cabello rubio, ojos verdes, y muchas pecas. Digna hija de Holandeses. Soy bastante linda de cara, aunque considero que mi nariz es algo grande. Tengo, todavía, muy lindas piernas. Largas, pero de buen calibre. De joven jugaba al vóley en Rosario Central, y la práctica de ese deporte las estilizó, casi hasta el día de hoy. Por supuesto, también moldeó una cola firme, redonda, que a pesar de los años y embarazos, no se deformó, aunque admito que algo creció. Todavía recibe algunos silbidos por la calle. Nunca pude tener un abdomen chato, y menos después de casarme, pero siempre me esforcé para que esa pancita no se expanda. Creo que mi punto fuerte son mis pechos. Cuando era joven eran de buen tamaño, pero muy parados. Después de dos embarazos, crecieron bastante, y, por suerte, no se cayeron tanto como esperaba. Cuando me cruzo de brazos, se levantan y parece que quisieran salirse de la ropa. He usado ésa técnica con bastante éxito como empleada, y luego dueña, de una inmobiliaria. Una vez escuché a un cliente preguntarle a mi jefe cómo andaba la Teutona. El viejo pelotudo lo quiso corregir y le dijo que era Holandesa. Este cliente era tambero de toda la vida, así que cagándose de risa le dio la razón.

Clases De Teatro Para Adultos - Capítulo I

Me casé de apuro a los veintiún años, con unos meses de embarazo. Había tenido algunos novios durante la secundaria, y a mi actual ex-marido, Raúl, lo conocí en la Universidad, mientras estudiábamos Derecho. Tuve que abandonar (a instancias de él) la carrera para dedicarme a la familia. Él siguió, se recibió de abogado y luego de escribano, y en seguida consiguió un buen trabajo que actualmente conserva. Pese a todo esto, y a pesar de que se le merecía por varios motivos, nunca lo había engañado. Hasta que apareció el hijo de puta de Ricardo.



Marzo 2000


A los pocos días de cumplir treinta y siete años, y después de diez años de trabajar sin parar, mi entonces jefe decide jubilarse y abandonar el negocio. De un día para el otro, sin intenciones de recomendarme a sus colegas, o, al menos, de que alguien continúe el negocio que iba a dejar, se jubiló y listo. Me dio una buena indemnización, y cada cual para su casa. Así de sencillo.


La rutina de mi familia iba a cambiar de ritmo. No tanto para mi marido, porque, como un robot, se iba todas las mañanas a la escribanía, en el centro, y volvía a la tardecita. Me gustaría decir que volvía cansado, asqueado del trabajo, y que se moría de ganas de volver a estar con su familia. Pero lo cierto es que volvía y seguía con la mente en su maldita escribanía. Mi consuelo era que la plata prácticamente llovía sobre nuestra casa. Pero eso no era lo que yo esperaba cuando decidí formar una familia con él. Sigo pensando que hasta se alegró con mi súbita desocupación, así podía pasar más tiempo en casa (limpiando, cocinando, etc.).


Mis hijos todavía iban a la escuela. Celeste tenía quince años y Sebastián, trece. Al principio se alegraron, porque por un tiempo iba a pasar las tardes con ellos. Incluso quisieron entusiasmarme diciendo que no hay mal que por bien no venga. Si me sentía mal por quedar sin trabajo, al menos tendría más tiempo con mis retoños. Creo que lo decían de manera sarcástica. El problema fue cuando, a las pocas semanas, se cansaron de tenerme dando vueltas todo el día. Se habían acostumbrado a las tardes tranquilas, sin que nadie los joda, y de repente se tuvieron que bancar a la vieja que, según ellos, tenía hormigas en el culo.


Un día, después de que Seba volvió a casa con su primer aplazo, decidí buscarme un hobby. Me dio a entender que era contraproducente que lo ayude con la tarea, y me di cuenta que tenía razón. La mañana siguiente, empecé a revisar el diario, para ver qué actividad podía hacer. En principio para ocupar el tiempo, sin importar si ganaba plata o la perdía. No encontré nada en los clasificados, pero leyendo la sección de espectáculos vi una publicidad que decía Academia Tespiana de Rosario. De entrada me gustó el título porque sonaba bien Canalla. Seguí leyendo y decía, en pocas palabras, que estaban por cerrar las inscripciones para las clases de teatro. Me encantó.


Sin consultarle a los chicos, ni a mi marido, fui hasta el centro con la idea de inscribirme. En la dirección que decía el diario encontré una casa antigua, como las que abundan en Rosario: Dos ventanas altas al frente, y una puerta doble con zaguán. Al fondo del mismo había un hall que oficiaba de sala de espera, y varias puertas a los alrededores. Me atendió una secretaria, me comentó cómo era el proceso, y me hizo completar un formulario de inscripción. Antes de cobrarme, me dijo que si conseguía alguien más para anotarse, nos hacían descuento. En ese momento no se me ocurrió nadie, pero me dijo que lo piense, le avise, y recién ahí me cobraba. Diez puntos. Me alegré que tuvieran un lugar para mí y me volví muy contenta a mi casa.


No tardé mucho en reclutar a alguien. Al ratito de volver, vino mi amiga Liliana a tomar mate. No tenía nada que hacer, y pasó a chusmear un rato, sabiendo que yo también estaba al pedo. No me pude aguantar la noticia y le comenté mi iniciativa. Algo sorprendida, me felicitó, y me confesó que de chica le hubiera gustado ser actriz. Yo sabía que era adicta a las novelas, el cine, etc. Incluso cuando hablábamos del tema, siempre remarcaba la buena interpretación de tal o cual actriz. Ya tenía una candidata perfecta. Le hice el ofrecimiento de que me acompañe, y agarró viaje de una. Empezaba nuestra carrera en el arte dramático… O al menos, eso es lo que parecía.

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