Daniela se quedó completamente sorprendida, con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar. Estaba completamente congelada, con el corazón latiéndole a mil por hora y la mente hecha un lío. Severo le sacó la verga y se recostó un momento.
—¿Qué… qué está pasando? —balbuceó Daniela, con la voz temblorosa y los ojos muy abiertos—. Diana… tú… ¿qué pasa?
Diana sonrió con ternura y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Sabes… me gustas mucho —dijo con voz calmada y sincera—. Me gustaste desde que llegaste a esta casa. No es solo que seas hermosa… es tu cuerpo, tu forma de vestir, el cómo te mueves. No puedo evitarlo. Quiero probarte. Quiero disfrutar de ti.
Daniela parpadeó, aún más confundida.
—Pero… tú eres la hermana de Mauricio… eres mi cuñada —susurró, casi sin voz—. ¿Cómo puedes decirme eso? Yo… yo nunca… nunca he estado con una mujer.
Diana no se inmutó. Siguió acariciándole el rostro con suavidad mientras Severo sonreía de placer desde atrás.
—Ni yo —respondió Diana con una sonrisa comprensiva—. Pero tú me gustas mucho y quiero experimentarlo por primera vez contigo. Estoy dispuesta a compartir a mi esposo contigo… quiero que los tres estemos juntos, hacer un trío. Quiero verte mientras Severo te coge… y también quiero tocarte yo. Quiero probar tu piel, tus pechos, tu boca…
Daniela negó con la cabeza, claramente nerviosa y abrumada.
—Diana, por favor… no creo que esté bien —dijo, intentando incorporarse un poco —. Yo no soy así. No te ofendas pero… no me atraen las mujeres. No quiero hacerte sentir mal, pero… no puedo. Disculpa.
Diana se inclinó un poco más y le dio otro beso suave en los labios, esta vez más corto pero lleno de cariño.
—Creo que no estás en posición de decidir querida —susurró contra su boca—. Sería una pena que mi hermano se entere de lo que acabo de ver.
Severo, desde atrás, soltó una risa baja.
—Vamos putita hagamos un trío, te la vas a pasar muy rico—dijo él con tono burlón.
Daniela palideció. Su cuerpo se tensó y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Diana… tú no te atreverías… —susurró, con la voz quebrada.
Diana continuó, sin levantar la voz, pero con una claridad aterradora:
—Solo será una vez, déjame disfrutarte, veras que no te arrepentiras
Daniela tenía los ojos llenos de lágrimas de miedo y humillación. Su respiración era agitada y su cuerpo temblaba entre los dos.
—Diana… te lo suplico… —murmuró con la voz rota.
Diana sonrió y con calma comenzó a quitarse la ropa. Se desabotonó la blusa, la dejó caer al suelo y luego se bajó la falda. Quedó solo en ropa interior: un sostén y una braga de algodón color beige, simple y nada provocativa comparada con la lencería sexy que solía usar Daniela. Su cuerpo no se comparaba en nada con el de Daniela, era robusta, morena, no tenía atractivo femenino.
Severo soltó una risa baja y satisfecha. La tomó de las caderas y la recostó de espaldas sobre la cama con facilidad, quedando ella boca arriba, se incorporó y se arrodilló entre su cabeza.
—Ven, puta… quiero que me la mames —ordenó con voz ronca.
Agarró su verga gruesa y completamente erecta, aún brillante por los jugos de Daniela, y se la acercó a la boca. Daniela comenzando a resignarse abrió los labios timidamente y la tomó. Severo empujó lentamente hasta que la cabeza hinchada entró en su boca y ella comenzó a chuparla con movimientos lentos y profundos, gimiendo alrededor de la verga.
En ese momento, Daniela ya no podía ver a Diana. Solo podía ver el tronco de la verga moviéndose y su sabor fuerte llenándole la boca.
De pronto, unas manos suaves y cálidas le acariciaron los muslos. Eran las manos de Diana. Lentamente, con ternura pero firmeza, le separó más las piernas, abriéndola completamente. Daniela se tensó, pero no pudo hacer nada: tenía la boca llena de verga.
Y entonces lo sucedió.
El primer lengüetazo de una mujer en su vagina.
La lengua de Diana, caliente y húmeda, pasó lentamente por toda su raja, desde abajo hasta el clítoris, saboreándola con deleite. Daniela soltó un gemido ahogado alrededor de la verga de Severo, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Diana no se detuvo. Lamió de nuevo, esta vez más despacio, saboreando cada pliegue, y luego concentró la lengua en su clítoris hinchado, chupándolo suavemente.
—Qué rico sabor tienes… —susurró Diana contra su sexo, antes de volver a lamerla con más ganas.
Severo sonrió con arrogancia desde arriba, empujando un poco más su verga en la boca de Daniela.
—Así, putita… chúpame mientras mi esposa te come el coño —gruñó—. Esto recién empieza.
Daniela temblaba entre los dos, con la boca llena y el coño siendo lamido por primera vez por una mujer. Su mente era un caos, pero su cuerpo reaccionaba con traición, respondiendo a cada caricia de la lengua de Diana.
La lengua, caliente y curiosa de Diana, recorrió lentamente toda la raja de Daniela, saboreándola con detenimiento. Lamió de abajo hacia arriba, pasando por la entrada empapada y deteniéndose en el clítoris hinchado, donde dio suaves círculos que hicieron que Daniela se arqueara con un gemido ahogado alrededor de la verga de Severo.
—Mmm… qué dulce está —susurró Diana contra su sexo, antes de abrir más la boca y chupar el clítoris con suavidad, succionándolo y lamiéndolo al mismo tiempo.
Severo, arrodillado sobre la cabeza de Daniela, empujaba su verga gruesa más profundo en su boca, follándole los labios con movimientos lentos y controlados.
—Chúpala bien, puta —gruñó él, agarrándola del cabello—. Disfruta de tu primer trío.
Daniela temblaba sin control. La lengua de Diana era insistente y experta: lamía, chupaba, introducía la punta dentro de ella y luego volvía al clítoris, alternando presión y velocidad. Al mismo tiempo, Severo le follaba la boca con más profundidad, haciendo que su verga llegara hasta el fondo de su garganta.
Diana separó un poco más los labios de Daniela con los dedos y metió la lengua lo más profundo que pudo, follándola oralmente mientras su nariz rozaba el clítoris. Luego subió y se concentró solo en el botón sensible, chupándolo con fuerza y rapidez.
—Ahhh… —intentó gemir Daniela, pero solo salió un sonido ahogado porque tenía la boca completamente llena de la verga de Severo.
Severo sonrió con arrogancia y empujó un poco más, follándole la boca con ritmo constante.
—Así… trágatela toda mientras mi esposa te hace correrte con la lengua —dijo él, jadeando—. ¿Te gusta que te coman el coño una mujer, putita?
Diana levantó un momento la cabeza, con los labios brillantes.
—Está empapada… —comentó con voz excitada—. Nunca había probado algo tan rico.
Volvió a bajar la cabeza y atacó el clítoris con más intensidad, lamiendo y chupando sin piedad, mientras introducía dos dedos dentro de Daniela y los curvaba buscando su punto G.
El cuerpo de Daniela se sacudía entre los dos. Sus gemidos eran cada vez más desesperados, ahogados por la verga que le llenaba la boca. Sus caderas se movían involuntariamente contra la cara de Diana, buscando más placer.
Severo le agarró la cabeza con ambas manos y empezó a follarle la boca con más fuerza.
—Vas a correrte, ¿verdad puta? —gruñó—. Quiero ver cómo te corres en la boca de mi esposa mientras yo te follo la garganta.
Diana aceleró los movimientos de su lengua y sus dedos, chupando el clítoris con fuerza.
Daniela ya no podía más. Todo su cuerpo se tensó violentamente. Sus muslos temblaron alrededor de la cabeza de Diana y su coño se contrajo con fuerza alrededor de los dedos de su cuñada.
— ¡Mmmmmmph! —gimió Daniela, con la boca completamente llena de la verga de Severo.
El orgasmo la atravesó como una ola brutal. Todo su cuerpo se sacudió con fuerza, sus caderas se movieron descontroladamente contra la cara de Diana y un chorro caliente de humedad salió de su vagina, empapando la boca y la barbilla de Diana.
Al mismo tiempo, Severo gruñó como un animal y empujó hasta el fondo de su garganta.
— ¡Ahhh… trágatelo todo, puta! —rugió, corriéndose con fuerza.
Chorros espesos y calientes de semen inundaron la boca de Daniela. Ella tragó como pudo, gimiendo y tosiendo alrededor de la verga, intentando no ahogarse mientras Severo seguía eyaculando.
—Trágate mis mocos, zorra… todo… hasta la última gota —ordenó Severo, sujetándole la cabeza para que no se apartara.
Daniela no tuvo más opción que tragar una y otra vez, con los ojos llorosos, hasta que Severo sacó su verga de su boca, dejando un hilo de saliva y semen colgando de sus labios.
Completamente agotada, Daniela se dejó caer sobre la cama, respirando con dificultad, el cuerpo temblando y cubierto de sudor. Sus piernas estaban abiertas, su coño rojo e hinchado, y su pecho subía y bajaba con fuerza.
Severo se recostó a un lado, mirando la escena con una sonrisa orgullosa y satisfecha.
—Joder… que rico es esto, no cualquier mujer se presta para hacer un trío con una pareja, se necesita ser tan puta para entrarle jaja —dijo con voz ronca, claramente orgulloso de sí mismo—. Tengo a dos mujeres en mi cama… y una de ellas es mi propia esposa comiéndose el coño de mi puta.
Diana, con los labios brillantes y la mirada llena de deseo, no perdió tiempo. Se subió sobre Daniela y comenzó a lamer su cuerpo con lentitud y devoción. Empezó por los muslos internos y la entrepierna de Daniela, saboreando los restos de su orgasmo, subió lentamente pasando su lengua por ese abdomen plano que tanto le gustaba, hasta llegar a los pechos.
Se detuvo ahí para disfrutarlos como se debe. Lamió los pechos con la lengua plana, los besó, los chupó con fuerza y mordisqueó suavemente los pezones erectos, tirando de ellos con los dientes.
—Qué tetas tan ricas tienes… —susurró Diana contra su piel, chupando un pezón con deleite mientras pellizcaba el otro.
Severo soltó una risa baja y se levantó de la cama, todavía desnudo y con la verga semierecta.
—Voy por unas cervezas para seguirla pasando rico —anunció—. Mientras puedes disfrutar de la puta que tenemos en nuestra cama, vieja jaja. Trátala como lo que es… una simple ramera. Es toda tuya jaja.
Salió de la habitación con una risa burlona.
Diana seguía perdida en su deseo. Su boca no se separaba de los pechos de Daniela. Los lamía con lentitud y devoción, pasando la lengua por los pezones erectos, chupándolos suavemente y mordisqueándolos con cuidado. Sus manos recorrían el cuerpo desnudo de Daniela: acariciando su cintura, sus costillas, bajando por sus caderas.
—Qué rica estás… —susurró Diana contra su piel, con la voz cargada de excitación—. Tus tetas son perfectas… tan suaves, tan ricas… llevo tanto tiempo imaginando esto.
Daniela estaba rígida, con el cuerpo tenso y la cara girada hacia un lado. No sentía placer, solo incomodidad y rechazo.
—Diana… por favor… detente —suplicó con voz temblorosa—. No me gusta esto. Te lo dije… no me atraen las mujeres. Por favor, para.
Diana no escuchaba. Subió lentamente por su cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos por el abdomen, el esternón y finalmente llegó al cuello. Allí besó y lamió la piel sensible, respirando agitada.
—Shhh… relájate, Daniela —murmuró contra su cuello—. Solo déjate llevar… me gustas tanto… tu piel, tu olor, tu cuerpo…
Daniela cerró los ojos con fuerza y giró la cara aún más.
—Diana, te lo ruego… para —suplicó, con la voz quebrada—. No quiero. No me gustas… nunca he sentido nada por una mujer. Por favor… no me obligues.
Diana, completamente perdida en su excitación, ignoró sus palabras. Subió más y buscó su boca. Intentó besarla en los labios con deseo.
Pero Daniela volteó la cara con rapidez, negándose al beso. Los labios de Diana solo rozaron su mejilla.
—No… —dijo Daniela con más firmeza, aunque su voz seguía temblando—. Ya basta Diana, por favor.
Diana se detuvo un segundo, con los labios muy cerca de su cara. Respiraba agitada, claramente frustrada pero aún excitada. Sus manos seguían acariciando los costados de Daniela.
—Solo un beso… —susurró, intentando de nuevo acercar su boca.
Daniela volvió a girar la cara, esta vez con más decisión.
—No —repitió, casi llorando—. No quiero… para.
Pero Diana no se inmutaba, volvió a bajar un poco y siguió besando el cuello de Daniela con lentitud y deseo, recorriendo la piel sensible con los labios y la lengua. Subió hasta las mejillas, dejando besos suaves y húmedos, y luego mordisqueó suavemente el lóbulo de su oreja.
—Qué rico hueles… —susurró Diana contra su oído, con la voz cargada de excitación.
Daniela noto cómo las manos de Diana bajaban por su espalda para comenzar a quitarse el sostén y después las bragas, ambas prendas cayeron al suelo. Ahora Diana estaba completamente desnuda, igual que ella.
El pánico se apoderó de Daniela. Intentó incorporarse rápidamente, empujando el pecho de Diana con las manos y apartándola de ella, sabía que con Severo era imposible competir en fuerza, pero Diana era mujer al igual que ella, tenía la fuerza suficiente para moverla.
—No… Diana, por favor… ¡no! —dijo con voz temblorosa y asustada—. No lo hagas. Te dije que no quiero y no lo hare. No me gustan las mujeres. No voy a hacer esto.
En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió.
Severo entró con dos cervezas frías en la mano. Se detuvo un segundo al ver a su esposa completamente desnuda encima de Daniela y soltó una risa baja y burlona.
—Vaya… se nota que ya se la están pasando rico —comentó con tono sarcástico y satisfecho, mirando cómo su esposa estaba desnuda y pegada al cuerpo de Daniela—. ¿Ya empezaste sin mí, vieja?
Daniela aprovechó el momento para levantarse de la cama, cubriéndose los pechos con un brazo.
—Severo… esto es un error —dijo con la voz quebrada, mirándolo con desesperación—. Nunca debí involucrarme contigo. Lo siento, Diana… de verdad lo siento. Y disculpenme lo dos, pero yo no voy a participar en esto..
Se levantó de la cama completamente desnuda, temblando, y comenzó a caminar hacia la puerta de la habitación para salir.
Pero antes de que pudiera dar dos pasos, Severo dejó las cervezas sobre la cómoda y la detuvo desde atrás. La abrazó con fuerza, pegándola contra su cuerpo. Daniela sintió inmediatamente la erección dura y caliente de Severo presionando entre sus pompas.
—¿A dónde vas, putita? —le susurró Severo al oído con voz grave y dominante, sin soltarla—. Esto se termina cuando yo lo diga… no cuando tú quieras.
Daniela se asustó de verdad. Su corazón latió con fuerza. Sabía que solo estaban ellos tres en la casa. No había nadie más que pudiera ayudarla. Intentó soltarse, pero los brazos de Severo eran como hierro alrededor de su cuerpo.
—Severo… por favor… —suplicó con voz temblorosa.
Severo apretó más los brazos alrededor del cuerpo desnudo de Daniela, pegándola completamente contra él. Su verga erecta y caliente presionaba con fuerza entre sus pompas. Diana los miraba desde la cama con una sonrisa tranquila y expectante.
—Ya déjate de pendejadas, Putita—le gruñó al oído con voz fuerte y amenazante—. Sabes muy bien lo zorra que eres. Estuviste rogando por verga. Estoy seguro de que esto te va a encantar.
Daniela siguió resistiéndose, intentando liberarse, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—No… Severo, por favor… no quiero esto —te lo suplicó, dijo con la voz temblorosa.
Severo soltó una risa corta y miró a su esposa, que seguía desnuda en la cama observándolos.
—No te preocupes, vieja —le dijo a Diana con tono burlón—. Esta puta solo necesita una verga adentro para que se anime.
Sin darle tiempo a reaccionar, Severo la giró con facilidad entre sus brazos. La levantó como si nada, como si fuera un trapo viejo para usar, sujetándola por debajo de las nalgas. Daniela soltó un grito de sorpresa cuando sintió cómo la cargaba en el aire. Instintivamente rodeó sus brazos en el cuello de Severo para no caerse y antes de que pudiera protestar, Severo la ensartó completamente en una sola estocada fuerte y profundo.
— ¡Ahhhhhh! —gritó Daniela, abriendo mucho los ojos.
Severo se quedó quieto con la verga completamente enterrada en la vagina de Daniela. Después sosteniendole de las nalgas la comenzó a subir y bajar, sacando la verga un poco más de la mitad y volviendola a meter hasta el fondo.
Severo caminó unos pasos cargando a Daniela hasta la pared para recargarla, todavía sosteniéndola en el aire. Sus pies no tocaban el suelo. La folló con fuerza en esa posición, entrando y saliendo de ella con estocadas brutales. Cada embestida la hacía rebotar contra la pared.
Daniela se sorprendió de la fuerza animal que tenía Severo.
—Ahh… ahh… ¡Dios! —gemía ella, sintiendo cómo la gruesa verga entraba y salía de su cuerpo sin piedad, clavando las uñas en su espalda.
Esa posición era nueva para ella y la verga de Severo la volvía loca. Cada vez que la bajaba sobre él, la llenaba por completo, rozando puntos que la hacían temblar de placer.
Diana, desde la cama, soltó una risa excitada y los miró con los ojos brillantes.
—Eso es, viejo —le dijo a Severo con voz llena de deseo—. Cógete a esa puta bien duro. Que aprenda a obedecer a su macho.
Daniela gemía sin control. Por un momento olvidó que Diana estaba allí mirándolos. Solo existía esa verga enorme entrando y saliendo de ella.
—Ahhh… ¡Severo! ¡Sí… así! —gemía sin poder evitarlo, abrazada a su cuello mientras él la follaba contra la pared.
Severo sonreía con arrogancia, sudando y gruñendo con cada estocada profunda.
—Así te gusta, ¿verdad, puta? —le decía al oído—. Bien cogida y bien llena.
Daniela ya no respondía con palabras. Solo gemía y se dejaba llevar, completamente entregada al placer en esa posición que la hacía sentir pequeña, dominada y llena.
Severo la sostenía en el aire sin esfuerzo, clavándole los dedos en las pompas mientras la subía y bajaba sobre su verga gruesa. Cada estocada era profunda y brutal, haciendo que Daniela rebotara contra la pared.
—Ahhh… ¡Severo! —gemía ella, abrazada con fuerza a su cuello, sin poder hacer otra cosa que recibirlo.
Severo se la estuvo cogiendo por varios minutos. La penetraba con ritmo salvaje, gruñendo contra su cuello y mordiéndole el hombro. Daniela ya estaba muy excitada, sus gemidos se volvían más altos y desesperados, su coño completamente empapado.
Cuando Severo notó que ella estaba al borde del orgasmo, se detuvo un poco y la llevó hasta la cama. La arrojó sobre el colchón sin cuidado. Daniela cayó de espaldas, jadeando.
—En cuatro patas, perra —ordenó Severo con voz ronca.
Daniela no puso ninguna resistencia. Se giró rápidamente, se puso de rodillas y apoyó las manos y brazos en la cama, levantando el culo hacia él en una clara sumisión.
Severo se colocó detrás de ella y, de un solo empujón fuerte, la penetró completamente en posición de perrito.
— ¡Ahhhhhh! —gritó Daniela, arqueando la espalda.
Severo la agarró de las caderas y comenzó a follársela con fuerza, embistiéndola con estocadas profundas y rápidas. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. El olor a sexo era inebitable.
Diana, que estaba sentada en la cama frente a Daniela, sonrió con deseo. Se acercó y tomó los pechos de Daniela con ambas manos, masajeándolos y apretándolos mientras se balanceaban con cada embestida de Severo.
—Qué ricas se ven tus tetas moviendose… —susurró Diana, sin dejar de masajearlas.
Daniela no podía parar de gemir. Cada estocada de Severo y el masajeo en las tetas la hacía temblar de placer.
—Ahh… ahh… ¡sí! ¡Así! —gemía sin control.
Diana bajó la cabeza y comenzó a besar y lamer el cuerpo de Daniela: primero el cuello, luego los hombros y después los pechos que se movían con cada embestida.
—Estás deliciosa… —murmuraba Diana entre besos—. Tan caliente… tan rica… eres toda una hembra…
Volvió a subir hasta su rostro y buscó la boca de Daniela.
Daniela volvió a girar la cara pero esta vez sin tanta fuerza, bastó con que Diana pusiera las yemas de sus dedos en la mejilla de su cuñada para girar nuevamente hacia ella y la beso. Al principio Daniela tenía la boca cerrada, pero no podía evitar sentir lo mucho que estaba disfrutando y después de unos segundos de duda, terminó respondiendo al beso. Sus labios se abrieron y su lengua se enredó tímidamente con la de Diana.
Diana sonrió dentro del beso y lo profundizó, besándola con más pasión mientras Severo seguía follándola con fuerza por detrás.
Daniela gemía dentro de la boca de Diana, completamente entregada al placer de los dos.
De pronto Diana dejó de besarla. —Quiero que me la mames, Daniela —le dijo con voz ronca de deseo—. Quiero sentir tu boca en mi coño.
Se recostó en la cama frente a ella, abrió las piernas y quedó completamente expuesta, con su vagina húmeda y depilada a pocos centímetros del rostro de Daniela.
Daniela se quedó paralizada. Estaba aún un poco insegura, respirando agitada por las estocadas de Severo. Nunca había visto tan de cerca la vagina de otra mujer. El olor era muy distinto a todo lo que había probado antes: no era el aroma fuerte y almizclado de los penes que tanto le gustaban, sino un olor más suave, dulce y femenino.
No sabía cómo hacerlo. Sabía muy bien cómo mamar una verga —lo disfrutaba y lo muy bien—, pero esto era completamente diferente.
Severo, desde atrás, le dio una fuerte nalgada.
—Anda, puta… no te quedes mirando. Lámela.
Daniela, aún temblando, se acercó lentamente. Su lengua inexperta salió tímidamente y dio el primer lengüetazo, pasando despacio por toda la raja de Diana.
El sabor era extraño para ella: ligeramente salado, un poco dulce y con un toque ácido y almizclado. No era desagradable, pero sí muy diferente a lo que estaba acostumbrada.
Diana soltó un gemido suave y placentero.
—Así… despacio… —susurró.
Daniela, insegura pero sin atreverse a negarse, dio otro lengüetazo, esta vez más lento, recorriendo los labios externos. Luego, con timidez, pasó la lengua por el clítoris de Diana. Sus movimientos eran torpes, vacilantes, sin la seguridad con la que chupaba una verga.
Diana le acarició el cabello con ternura.
—Estás aprendiendo… sigue, mi amor… lame más adentro.
Daniela obedeció y metió la lengua un poco más, lamiendo con timidez el interior de Diana mientras Severo seguía follándola por detrás con estocadas profundas y constantes.
Severo soltó una risa baja y satisfecha.
—Miren nada más… mi puta ahora también come coño —dijo orgulloso—. Sigue así, Daniela… que mi esposa se corra en tu boca.
Daniela gemía contra el sexo de Diana, aún insegura, pero el placer que Severo le daba desde atrás la estaba haciendo perder poco a poco la vergüenza.
Daniela seguía en cuatro patas, recibiendo las fuertes embestidas de Severo mientras intentaba complacer a Diana. Su lengua, inexperta y tímida, daba lengüetazos torpes y vacilantes sobre la vagina de su cuñada. No sabía exactamente qué hacer: lamía de forma irregular, a veces demasiado suave, a veces con demasiada presión, sin ritmo ni seguridad. Pasaba la lengua por los labios externos, luego intentaba chupar el clítoris, pero sus movimientos eran torpes y sin experiencia.
Diana, sin embargo, estaba completamente perdida en el placer. El solo hecho de tener a Daniela —la mujer que tanto había deseado— entre sus piernas, lamiéndola aunque fuera de forma torpe, la estaba volviendo loca.
—Así… sí… sigue, Daniela… —gemía Diana, acariciándole el cabello con una mano temblorosa—. No pares… tu lengua se siente tan rica…
Severo, follándola desde atrás con fuerza, soltó una risa oscura.
—Mírenla… la puta está aprendiendo a comer coño —gruñó, sin dejar de embestirla—. Aunque lo haga como una novata, se ve que le está gustando, vieja.
Daniela gemía contra el sexo de Diana cada vez que Severo la penetraba profundamente. Su lengua seguía moviéndose de forma insegura: lamía el clítoris con toques cortos y descoordinados, luego intentaba meterla dentro..
Diana empezó a respirar más agitada. Sus caderas se movían contra la cara de Daniela, buscando más contacto.
—Ahh… Daniela… así… más rápido en el clítoris… ¡sí! —jadeaba, cada vez más cerca.
El placer que le provocaba la situación —ver a su cuñada siendo follada por su esposo mientras ella la lamía— era demasiado. Diana arqueó la espalda y apretó con fuerza la cabeza de Daniela contra su sexo.
— ¡Ahhhhh… me corro! —gritó Diana, temblando violentamente.
Su orgasmo fue intenso y repentino. Todo su cuerpo se sacudió, sus muslos se cerraron alrededor de la cabeza de Daniela y un chorro caliente y abundante inundó la boca y la cara de su cuñada.
— ¡Síííí! ¡Me corroooo! ¡Qué rico, Daniela!
Diana se convulsionó con fuerza, gimiendo alto y apretando las sábanas mientras el orgasmo la recorría. Daniela, sorprendida, siguió lamiendo torpemente, tragando un poco de los fluidos de Diana sin saber muy bien qué hacer.
Severo, aún follándola con fuerza, soltó una carcajada satisfecha.
—Joder… mira cómo hiciste correr a tu cuñada con tu lengua de novata —dijo orgulloso, sin dejar de penetrarla—. Eres una puta talentosa, Daniela.
Diana, todavía temblando por el orgasmo, acarició el cabello de Daniela con ternura, respirando agitada.
—Qué rico… —susurró, con una sonrisa de placer absoluto.
Daniela no sabía qué decir. Aún tenía el sabor de Diana en la boca y el cuerpo temblando por el orgasmo que acababa de provocarle. Solo pudo sonreír débilmente, con la respiración agitada y la mirada perdida.
Severo sacó su verga de ella lentamente. Estaba completamente erecta, gruesa y brillante, escurriendo los jugos de Daniela en hilos largos y transparentes.
—Se me ocurrió algo —dijo con una sonrisa arrogante, mirando a las dos mujeres—. Quiero que la boca de esta puta nos dé placer a los dos al mismo tiempo.
Señaló a Daniela.
—Tú, acuéstate boca arriba en el centro de la cama.
Daniela obedeció sin decir una palabra. Se recostó de espaldas, con las piernas ligeramente abiertas y el pecho subiendo y bajando.
Severo miró a su esposa.
—Vieja, ponte en cuatro patas sobre ella. Quiero que tu coño quede justo encima de su cara.
Diana sonrió excitada y se colocó rápidamente. Se puso a cuatro patas encima de Daniela, su vagina quedó directamente sobre la boca y la nariz de su cuñada, mientras su cara quedaba hacia la rica vagina de Daniela.
Severo se posicionó detrás de Diana, agarró sus caderas y, de un solo empujón, la penetró profundamente.
—Ahhh… —gimió Diana al sentir la verga de su esposo entrar hasta el fondo.
Severo comenzó a follársela con fuerza, con estocadas largas y profundas. Su verga entraba y salía del coño de Diana justo encima del rostro de Daniela.
—Ahora tú, Daniela —ordenó Severo sin dejar de embestir a su esposa—. Lame, Quiero que lamas verga y coño al mismo tiempo.
Daniela no puso resistencia. Levantó un poco la cabeza y, con la lengua aún insegura, comenzó a lamer. Su lengua rozaba la verga gruesa de Severo cada vez que entraba y salía, y también lamía los labios hinchados y mojados de Diana.
—Así… bien puta… disfruta —gruñó Severo, acelerando el ritmo—. Lame todo… mi verga, su coño, mis huevos… todo.
Diana gemía de placer, moviendo las caderas contra la cara de Daniela mientras su esposo la follaba.
—Qué rico… tu lengua se siente tan bien ahí abajo —jadeó Diana.
Daniela, con la cara completamente mojada por los jugos de Diana y los líquidos preseminales, siguió lamiendo sin detenerse. Su lengua recorría la verga de Severo y el clítoris de Diana con cada embestida.
Severo sonreía con pura satisfacción, follándose a su esposa mientras Daniela lamía todo lo que salía de esa unión.
La habitación se llenó de los gemidos de Diana, los gruñidos de Severo y los sonidos húmedos de la lengua de Daniela trabajando sin parar.
La habitación olía intensamente a sexo: sudor, coño mojado, verga y el aroma dulce y salado de la excitación de las dos mujeres. El aire estaba cargado, pesado y caliente.
Severo seguía follándose a su esposa con fuerza, entrando y saliendo de Diana mientras la verga brillante pasaba justo por encima de la cara de Daniela.
—Joder… mira nada más —gruñó Severo con una sonrisa burlona, mirando hacia abajo—. ¿Te acuerdas cuando nos descubriste follando en la sala, Daniela? Estabas tan escandalizada… ¿Quién diría que terminarías así? Completamente sumisa, lamiendo la verga y coño que viste en ese momento.
Daniela no respondió con palabras. Solo gemía bajito y seguía lamiendo con obediencia. Su lengua recorría la verga de Severo cada vez que salía del coño de Diana, limpiando los jugos mezclados.
Luego, bajó un poco más y comenzó a chupar los testículos pesados y sudados de Severo, metiéndoselos uno a uno en la boca con suavidad.
—Ahhh… eso es, puta… —gruñó Severo, cerrando los ojos de placer—. Deja salir esa puta que llevas dentro, chúpame los huevos bien rico… qué boca tan obediente tienes.
Diana gemía encima de ella, moviendo las caderas contra la cara de Daniela.
Después de unos segundos, Daniela volvió a subir y regresó a lamer la penetración: la verga de Severo entrando y saliendo del coño de Diana, lamiendo ambos al mismo tiempo.
Severo soltó una risa satisfecha y aceleró un poco el ritmo.
—Me encantó que chuparas mis huevos sin que te lo pidiera… —dijo con voz ronca—. Por eso te voy a premiar, putita.
Entonces comenzó a alternar.
Sacó la verga completamente del coño de Diana y la metió directamente en la boca de Daniela, follándole los labios con varias estocadas profundas. Daniela probó un nuevo sabor: la verga caliente y mojada con los jugos de Diana. Era una mezcla salada, dulce y almizclada, el sabor de los dos al mismo tiempo. Le encantó. Chupó con más ganas, limpiándola completamente.
Severo gruñó de placer y volvió a meterla en el coño de Diana, follándola con fuerza por unos segundos antes de sacarla otra vez y regresarla a la boca de Daniela.
Alternando, penetrando un momento al coño de Diana y luego penetrando la boca de Daniela.
—Así… pruebas el sabor de coño de tu cuñada en mi verga —dijo con arrogancia—. ¿Te gusta ese sabor, puta? ¿Te gusta saborearnos a los dos juntos?
Daniela solo gimió afirmativamente, con la boca llena, chupando con más entusiasmo cada vez que Severo le daba su verga.
Diana, desde arriba, gemía y se movía contra la cara de Daniela, disfrutando del espectáculo.
Diana, completamente excitada, se acomodó mejor sobre el rostro de Daniela. Bajó la cabeza entre las piernas abiertas de su cuñada y, sin aviso, pasó su lengua caliente y húmeda por toda la vagina de Daniela en un lengüetazo largo y lento.
—Ahhh… —gimió Daniela contra el coño de Diana, sorprendida por la intensidad.
Diana no se contuvo. Comenzó a comerle el coño con ganas, lamiendo y chupando sus labios hinchados, introduciendo la lengua dentro y concentrándose después en el clítoris, succionándolo con fuerza. Sus gemidos vibraban contra el sexo de Daniela mientras Severo seguía follándola por detrás con estocadas profundas.
Después de varios minutos de ese doble placer, Severo sacó su verga del coño de Diana con un sonido húmedo y sonrió con malicia.
—Que rico es esto, pero quiero volverme a coger a Daniela —dijo con voz ronca—. Van a intercambiar de lugar… pero con una diferencia. La vagina de Daniela va a estar completamente libre para ti, vieja. Es hora de romperle el culo a esta puta.
Daniela se tensó al instante. Sus ojos se abrieron con miedo.
—Te… refieres a sexo anal… —dijo con voz temblorosa—. La verdad es que me da miedo, no se si pueda, nunca lo he hecho por ahí.
—¡Qué!, ¿no me digas que Mauricio nunca te ha dado por ahí? —se rio con desprecio—. ¿Teniendo un mujeron como tú en casa?, jaja sabia que era un Marica pero no pense que tanto, Joder, qué pendejo. Con lo rico que se ve este culito… pero no importa, mejor para mi, hoy voy a ser el primero en metértela por el culo, putita. Vas a sentir lo que es una verga de verdad.
Daniela tragó saliva, asustada, quería decir algo más, pero Severo ya la había tomado la decisión, tomó a Daniela de las caderas y la colocó en cuatro patas sobre la cama, justo al lado de Diana. Le separó las pompas con las manos y escupió directamente sobre su ano virgen.
—Pfff… voy a disfrutar siendo el primero —dijo con arrogancia, frotando la cabeza gruesa de su verga contra la entrada apretada del culo de Daniela.
Diana, todavía excitada, se acomodó frente a ella para tener acceso total a su vagina.
Severo empujó lentamente, forzando la cabeza de su verga contra el ano virgen de Daniela.
—Relájate, puta… vas a aprender a tomar verga por el culo hoy mismo.
Severo escupió abundantemente sobre el ano virgen y apretado de Daniela, frotando la cabeza gruesa y brillante de su verga contra la entrada cerrada. Diana observaba todo desde un lado, con los ojos brillantes de excitación.
—Relájate, putita… esto te va a doler pero te va a gustar —dijo Severo con voz ronca, sujetándola firmemente de las caderas.
Empujó con fuerza. La cabeza hinchada presionó con insistencia contra el ano de Daniela, que se resistía a abrirse.
— ¡Ahhhhh! ¡Duele! ¡Severo, para! —gritó Daniela, tensando todo el cuerpo y clavando las uñas en las sábanas.
Severo no se detuvo. Siguió empujando con determinación, girando ligeramente las caderas para forzar la entrada.
—Tranquila… solo la cabeza… respira —gruñó, sudando por el esfuerzo.
La cabeza de su verga finalmente logró entrar con un “pop” audible. Daniela soltó un grito agudo de dolor.
— ¡No Severo, sacala! ¡Me estás partiendo! ¡Es demasiado grande! —lloriqueó ella, con lágrimas en los ojos.
Severo se quedó quieto un momento, solo con la cabeza dentro, dejando que ella se acostumbrara. Pero no duró mucho. Volvió a empujar, ganando centímetro a centímetro. Daniela sentía un ardor intenso, como si la estuvieran desgarrando. Cada milímetro que entraba era una tortura.
— ¡No puedo! ¡Duele mucho! ¡Sácala, por favor! —suplicó Daniela, temblando.
Severo apretó los dientes y siguió haciendo fuerza, sudando profusamente.
—Vas a tomarla toda, puta… aguanta —dijo con voz ronca, sin dar marcha atrás.
Empujó con más decisión. La mitad de su verga ya estaba dentro. Daniela sentia que se moría, gritaba y gemía de dolor, con la cara hundida en las sábanas.
— ¡Ahhhhhh! ¡Me estás rompiendo! ¡Es demasiado gruesa!
Severo hizo todo lo posible: escupió más, movió las caderas en círculos, empujó con fuerza constante. Poco a poco, la verga fue desapareciendo dentro del ano de Daniela. El dolor era intenso, pero el cuerpo de ella, a pesar de todo, comenzó a ceder.
Con un último empujón fuerte y profundo, Severo logró meterla completamente. Sus caderas chocaron contra las pompas de Daniela y la verga quedó enterrada hasta el fondo.
— ¡Ahhhhhhhhh! —gritó Daniela con la voz rota, sintiendo cómo su ano se estiraba al límite.
Severo soltó un gruñido de triunfo y se quedó quieto un momento, disfrutando de la sensación.
—Así… toda adentro —dijo con orgullo—. Te la metí completa por el culo, putita. Ahora si te he hecho completamente mía.
Daniela respiraba entrecortadamente, con lágrimas corriendo por sus mejillas, sintiendo una mezcla de dolor intenso y una extraña plenitud.
Severo se quedó quieto un momento, disfrutando de la sensación de tener su verga completamente enterrada en el culo virgen de Daniela. Ella temblaba debajo de él, con la cara hundida en las sábanas sin dejar de llorar.
—Que rica te ves completamente ensartada —gruñó Severo con satisfacción—. Ahora sí vas a sentir lo que es una verga de verdad.
Comenzó a moverse lentamente. Sacó solo un par de centímetros y volvió a empujar con fuerza. Daniela soltó un grito agudo de dolor.
— ¡Ahhhhh! ¡Duele! ¡Severo, por favor, sácala! ¡No la aguanto!... sniff sniff —lloró ella, con la voz quebrada.
Severo no le hizo caso. Siguió penetrándola con movimientos lentos pero firmes, entrando y saliendo de su ano apretado. Cada estocada hacía que Daniela sollozara y temblara.
—Estas muy apretada zorra… —pero ya era hora de que ese rico culo también disfrutara de mi verga.
—Duele… duele mucho… —lloriqueaba ella, con lágrimas cayendo sobre las sábanas.
Diana, que observaba todo desde un lado, se acercó y acarició suavemente la espalda de Daniela.
—Respira, mi amor… el dolor va a pasar —susurró con voz suave.
Severo aumentó un poco el ritmo, follándola con estocadas más largas. El ano de Daniela se iba acostumbrando poco a poco a la invasión. El dolor intenso y ardiente comenzó a mezclarse con una sensación extraña, profunda y diferente.
—Ahhh… ahhh… —los gritos de dolor de Daniela empezaron a cambiar. Se volvieron más roncos, más entrecortados.
Severo lo notó y sonrió con arrogancia. Dio otro escupitajo en el ano de Daniela y aceleró el ritmo, penetrándola con más fuerza.
—Así… ya te estás acostumbrando, ¿verdad, puta? —gruñó, dándole una nalgada fuerte.
Daniela ya no lloraba tanto. Sus gemidos eran cada vez más profundos y placenteros.
—Ahh… ahhh… ¡sí! —gimió, empujando ligeramente hacia atrás contra él.
El dolor había desaparecido casi por completo. Ahora solo quedaba una sensación de plenitud extrema y un placer intenso y prohibido que la recorría por completo. Se sentía una verdadera hembra por estar siendo follada por ese conducto que le faltaba experimentar.
— ¡Ahhhh… Severo! ¡Me gusta! ¡Me está gustando! —gimió más alto, ya sin vergüenza.
Severo soltó una risa triunfante y comenzó a follársela con más fuerza, con estocadas profundas y rápidas.
—Esa es mi puta… te dije que te encantaría que te de por el culo —dijo con orgullo, agarrándola con más fuerza de las caderas.
Diana sonrió al ver cómo Daniela pasaba del llanto al placer y se acercó para besarle el cuello.
—Qué zorra eres Dany… sigue gimiendo como una perra —susurró.
Daniela comenzó a gemir sin ningún pudor. Sus gritos de dolor se habían convertido completamente en gemidos de placer puro mientras Severo la penetraba analmente sin piedad.
Severo seguía follándola por el culo con estocadas profundas y constantes, sujetándola firmemente de las caderas. Daniela gemía sin control, con el cuerpo temblando de placer.
Continuara...
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—¿Qué… qué está pasando? —balbuceó Daniela, con la voz temblorosa y los ojos muy abiertos—. Diana… tú… ¿qué pasa?
Diana sonrió con ternura y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Sabes… me gustas mucho —dijo con voz calmada y sincera—. Me gustaste desde que llegaste a esta casa. No es solo que seas hermosa… es tu cuerpo, tu forma de vestir, el cómo te mueves. No puedo evitarlo. Quiero probarte. Quiero disfrutar de ti.
Daniela parpadeó, aún más confundida.
—Pero… tú eres la hermana de Mauricio… eres mi cuñada —susurró, casi sin voz—. ¿Cómo puedes decirme eso? Yo… yo nunca… nunca he estado con una mujer.
Diana no se inmutó. Siguió acariciándole el rostro con suavidad mientras Severo sonreía de placer desde atrás.
—Ni yo —respondió Diana con una sonrisa comprensiva—. Pero tú me gustas mucho y quiero experimentarlo por primera vez contigo. Estoy dispuesta a compartir a mi esposo contigo… quiero que los tres estemos juntos, hacer un trío. Quiero verte mientras Severo te coge… y también quiero tocarte yo. Quiero probar tu piel, tus pechos, tu boca…
Daniela negó con la cabeza, claramente nerviosa y abrumada.
—Diana, por favor… no creo que esté bien —dijo, intentando incorporarse un poco —. Yo no soy así. No te ofendas pero… no me atraen las mujeres. No quiero hacerte sentir mal, pero… no puedo. Disculpa.
Diana se inclinó un poco más y le dio otro beso suave en los labios, esta vez más corto pero lleno de cariño.
—Creo que no estás en posición de decidir querida —susurró contra su boca—. Sería una pena que mi hermano se entere de lo que acabo de ver.
Severo, desde atrás, soltó una risa baja.
—Vamos putita hagamos un trío, te la vas a pasar muy rico—dijo él con tono burlón.
Daniela palideció. Su cuerpo se tensó y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Diana… tú no te atreverías… —susurró, con la voz quebrada.
Diana continuó, sin levantar la voz, pero con una claridad aterradora:
—Solo será una vez, déjame disfrutarte, veras que no te arrepentiras
Daniela tenía los ojos llenos de lágrimas de miedo y humillación. Su respiración era agitada y su cuerpo temblaba entre los dos.
—Diana… te lo suplico… —murmuró con la voz rota.
Diana sonrió y con calma comenzó a quitarse la ropa. Se desabotonó la blusa, la dejó caer al suelo y luego se bajó la falda. Quedó solo en ropa interior: un sostén y una braga de algodón color beige, simple y nada provocativa comparada con la lencería sexy que solía usar Daniela. Su cuerpo no se comparaba en nada con el de Daniela, era robusta, morena, no tenía atractivo femenino.
Severo soltó una risa baja y satisfecha. La tomó de las caderas y la recostó de espaldas sobre la cama con facilidad, quedando ella boca arriba, se incorporó y se arrodilló entre su cabeza.
—Ven, puta… quiero que me la mames —ordenó con voz ronca.
Agarró su verga gruesa y completamente erecta, aún brillante por los jugos de Daniela, y se la acercó a la boca. Daniela comenzando a resignarse abrió los labios timidamente y la tomó. Severo empujó lentamente hasta que la cabeza hinchada entró en su boca y ella comenzó a chuparla con movimientos lentos y profundos, gimiendo alrededor de la verga.
En ese momento, Daniela ya no podía ver a Diana. Solo podía ver el tronco de la verga moviéndose y su sabor fuerte llenándole la boca.
De pronto, unas manos suaves y cálidas le acariciaron los muslos. Eran las manos de Diana. Lentamente, con ternura pero firmeza, le separó más las piernas, abriéndola completamente. Daniela se tensó, pero no pudo hacer nada: tenía la boca llena de verga.
Y entonces lo sucedió.
El primer lengüetazo de una mujer en su vagina.
La lengua de Diana, caliente y húmeda, pasó lentamente por toda su raja, desde abajo hasta el clítoris, saboreándola con deleite. Daniela soltó un gemido ahogado alrededor de la verga de Severo, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Diana no se detuvo. Lamió de nuevo, esta vez más despacio, saboreando cada pliegue, y luego concentró la lengua en su clítoris hinchado, chupándolo suavemente.
—Qué rico sabor tienes… —susurró Diana contra su sexo, antes de volver a lamerla con más ganas.
Severo sonrió con arrogancia desde arriba, empujando un poco más su verga en la boca de Daniela.
—Así, putita… chúpame mientras mi esposa te come el coño —gruñó—. Esto recién empieza.
Daniela temblaba entre los dos, con la boca llena y el coño siendo lamido por primera vez por una mujer. Su mente era un caos, pero su cuerpo reaccionaba con traición, respondiendo a cada caricia de la lengua de Diana.
La lengua, caliente y curiosa de Diana, recorrió lentamente toda la raja de Daniela, saboreándola con detenimiento. Lamió de abajo hacia arriba, pasando por la entrada empapada y deteniéndose en el clítoris hinchado, donde dio suaves círculos que hicieron que Daniela se arqueara con un gemido ahogado alrededor de la verga de Severo.
—Mmm… qué dulce está —susurró Diana contra su sexo, antes de abrir más la boca y chupar el clítoris con suavidad, succionándolo y lamiéndolo al mismo tiempo.
Severo, arrodillado sobre la cabeza de Daniela, empujaba su verga gruesa más profundo en su boca, follándole los labios con movimientos lentos y controlados.
—Chúpala bien, puta —gruñó él, agarrándola del cabello—. Disfruta de tu primer trío.
Daniela temblaba sin control. La lengua de Diana era insistente y experta: lamía, chupaba, introducía la punta dentro de ella y luego volvía al clítoris, alternando presión y velocidad. Al mismo tiempo, Severo le follaba la boca con más profundidad, haciendo que su verga llegara hasta el fondo de su garganta.
Diana separó un poco más los labios de Daniela con los dedos y metió la lengua lo más profundo que pudo, follándola oralmente mientras su nariz rozaba el clítoris. Luego subió y se concentró solo en el botón sensible, chupándolo con fuerza y rapidez.
—Ahhh… —intentó gemir Daniela, pero solo salió un sonido ahogado porque tenía la boca completamente llena de la verga de Severo.
Severo sonrió con arrogancia y empujó un poco más, follándole la boca con ritmo constante.
—Así… trágatela toda mientras mi esposa te hace correrte con la lengua —dijo él, jadeando—. ¿Te gusta que te coman el coño una mujer, putita?
Diana levantó un momento la cabeza, con los labios brillantes.
—Está empapada… —comentó con voz excitada—. Nunca había probado algo tan rico.
Volvió a bajar la cabeza y atacó el clítoris con más intensidad, lamiendo y chupando sin piedad, mientras introducía dos dedos dentro de Daniela y los curvaba buscando su punto G.
El cuerpo de Daniela se sacudía entre los dos. Sus gemidos eran cada vez más desesperados, ahogados por la verga que le llenaba la boca. Sus caderas se movían involuntariamente contra la cara de Diana, buscando más placer.
Severo le agarró la cabeza con ambas manos y empezó a follarle la boca con más fuerza.
—Vas a correrte, ¿verdad puta? —gruñó—. Quiero ver cómo te corres en la boca de mi esposa mientras yo te follo la garganta.
Diana aceleró los movimientos de su lengua y sus dedos, chupando el clítoris con fuerza.
Daniela ya no podía más. Todo su cuerpo se tensó violentamente. Sus muslos temblaron alrededor de la cabeza de Diana y su coño se contrajo con fuerza alrededor de los dedos de su cuñada.
— ¡Mmmmmmph! —gimió Daniela, con la boca completamente llena de la verga de Severo.
El orgasmo la atravesó como una ola brutal. Todo su cuerpo se sacudió con fuerza, sus caderas se movieron descontroladamente contra la cara de Diana y un chorro caliente de humedad salió de su vagina, empapando la boca y la barbilla de Diana.
Al mismo tiempo, Severo gruñó como un animal y empujó hasta el fondo de su garganta.
— ¡Ahhh… trágatelo todo, puta! —rugió, corriéndose con fuerza.
Chorros espesos y calientes de semen inundaron la boca de Daniela. Ella tragó como pudo, gimiendo y tosiendo alrededor de la verga, intentando no ahogarse mientras Severo seguía eyaculando.
—Trágate mis mocos, zorra… todo… hasta la última gota —ordenó Severo, sujetándole la cabeza para que no se apartara.
Daniela no tuvo más opción que tragar una y otra vez, con los ojos llorosos, hasta que Severo sacó su verga de su boca, dejando un hilo de saliva y semen colgando de sus labios.
Completamente agotada, Daniela se dejó caer sobre la cama, respirando con dificultad, el cuerpo temblando y cubierto de sudor. Sus piernas estaban abiertas, su coño rojo e hinchado, y su pecho subía y bajaba con fuerza.
Severo se recostó a un lado, mirando la escena con una sonrisa orgullosa y satisfecha.
—Joder… que rico es esto, no cualquier mujer se presta para hacer un trío con una pareja, se necesita ser tan puta para entrarle jaja —dijo con voz ronca, claramente orgulloso de sí mismo—. Tengo a dos mujeres en mi cama… y una de ellas es mi propia esposa comiéndose el coño de mi puta.
Diana, con los labios brillantes y la mirada llena de deseo, no perdió tiempo. Se subió sobre Daniela y comenzó a lamer su cuerpo con lentitud y devoción. Empezó por los muslos internos y la entrepierna de Daniela, saboreando los restos de su orgasmo, subió lentamente pasando su lengua por ese abdomen plano que tanto le gustaba, hasta llegar a los pechos.
Se detuvo ahí para disfrutarlos como se debe. Lamió los pechos con la lengua plana, los besó, los chupó con fuerza y mordisqueó suavemente los pezones erectos, tirando de ellos con los dientes.
—Qué tetas tan ricas tienes… —susurró Diana contra su piel, chupando un pezón con deleite mientras pellizcaba el otro.
Severo soltó una risa baja y se levantó de la cama, todavía desnudo y con la verga semierecta.
—Voy por unas cervezas para seguirla pasando rico —anunció—. Mientras puedes disfrutar de la puta que tenemos en nuestra cama, vieja jaja. Trátala como lo que es… una simple ramera. Es toda tuya jaja.
Salió de la habitación con una risa burlona.
Diana seguía perdida en su deseo. Su boca no se separaba de los pechos de Daniela. Los lamía con lentitud y devoción, pasando la lengua por los pezones erectos, chupándolos suavemente y mordisqueándolos con cuidado. Sus manos recorrían el cuerpo desnudo de Daniela: acariciando su cintura, sus costillas, bajando por sus caderas.
—Qué rica estás… —susurró Diana contra su piel, con la voz cargada de excitación—. Tus tetas son perfectas… tan suaves, tan ricas… llevo tanto tiempo imaginando esto.
Daniela estaba rígida, con el cuerpo tenso y la cara girada hacia un lado. No sentía placer, solo incomodidad y rechazo.
—Diana… por favor… detente —suplicó con voz temblorosa—. No me gusta esto. Te lo dije… no me atraen las mujeres. Por favor, para.
Diana no escuchaba. Subió lentamente por su cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos por el abdomen, el esternón y finalmente llegó al cuello. Allí besó y lamió la piel sensible, respirando agitada.
—Shhh… relájate, Daniela —murmuró contra su cuello—. Solo déjate llevar… me gustas tanto… tu piel, tu olor, tu cuerpo…
Daniela cerró los ojos con fuerza y giró la cara aún más.
—Diana, te lo ruego… para —suplicó, con la voz quebrada—. No quiero. No me gustas… nunca he sentido nada por una mujer. Por favor… no me obligues.
Diana, completamente perdida en su excitación, ignoró sus palabras. Subió más y buscó su boca. Intentó besarla en los labios con deseo.
Pero Daniela volteó la cara con rapidez, negándose al beso. Los labios de Diana solo rozaron su mejilla.
—No… —dijo Daniela con más firmeza, aunque su voz seguía temblando—. Ya basta Diana, por favor.
Diana se detuvo un segundo, con los labios muy cerca de su cara. Respiraba agitada, claramente frustrada pero aún excitada. Sus manos seguían acariciando los costados de Daniela.
—Solo un beso… —susurró, intentando de nuevo acercar su boca.
Daniela volvió a girar la cara, esta vez con más decisión.
—No —repitió, casi llorando—. No quiero… para.
Pero Diana no se inmutaba, volvió a bajar un poco y siguió besando el cuello de Daniela con lentitud y deseo, recorriendo la piel sensible con los labios y la lengua. Subió hasta las mejillas, dejando besos suaves y húmedos, y luego mordisqueó suavemente el lóbulo de su oreja.
—Qué rico hueles… —susurró Diana contra su oído, con la voz cargada de excitación.
Daniela noto cómo las manos de Diana bajaban por su espalda para comenzar a quitarse el sostén y después las bragas, ambas prendas cayeron al suelo. Ahora Diana estaba completamente desnuda, igual que ella.
El pánico se apoderó de Daniela. Intentó incorporarse rápidamente, empujando el pecho de Diana con las manos y apartándola de ella, sabía que con Severo era imposible competir en fuerza, pero Diana era mujer al igual que ella, tenía la fuerza suficiente para moverla.
—No… Diana, por favor… ¡no! —dijo con voz temblorosa y asustada—. No lo hagas. Te dije que no quiero y no lo hare. No me gustan las mujeres. No voy a hacer esto.
En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió.
Severo entró con dos cervezas frías en la mano. Se detuvo un segundo al ver a su esposa completamente desnuda encima de Daniela y soltó una risa baja y burlona.
—Vaya… se nota que ya se la están pasando rico —comentó con tono sarcástico y satisfecho, mirando cómo su esposa estaba desnuda y pegada al cuerpo de Daniela—. ¿Ya empezaste sin mí, vieja?
Daniela aprovechó el momento para levantarse de la cama, cubriéndose los pechos con un brazo.
—Severo… esto es un error —dijo con la voz quebrada, mirándolo con desesperación—. Nunca debí involucrarme contigo. Lo siento, Diana… de verdad lo siento. Y disculpenme lo dos, pero yo no voy a participar en esto..
Se levantó de la cama completamente desnuda, temblando, y comenzó a caminar hacia la puerta de la habitación para salir.
Pero antes de que pudiera dar dos pasos, Severo dejó las cervezas sobre la cómoda y la detuvo desde atrás. La abrazó con fuerza, pegándola contra su cuerpo. Daniela sintió inmediatamente la erección dura y caliente de Severo presionando entre sus pompas.
—¿A dónde vas, putita? —le susurró Severo al oído con voz grave y dominante, sin soltarla—. Esto se termina cuando yo lo diga… no cuando tú quieras.
Daniela se asustó de verdad. Su corazón latió con fuerza. Sabía que solo estaban ellos tres en la casa. No había nadie más que pudiera ayudarla. Intentó soltarse, pero los brazos de Severo eran como hierro alrededor de su cuerpo.
—Severo… por favor… —suplicó con voz temblorosa.
Severo apretó más los brazos alrededor del cuerpo desnudo de Daniela, pegándola completamente contra él. Su verga erecta y caliente presionaba con fuerza entre sus pompas. Diana los miraba desde la cama con una sonrisa tranquila y expectante.
—Ya déjate de pendejadas, Putita—le gruñó al oído con voz fuerte y amenazante—. Sabes muy bien lo zorra que eres. Estuviste rogando por verga. Estoy seguro de que esto te va a encantar.
Daniela siguió resistiéndose, intentando liberarse, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—No… Severo, por favor… no quiero esto —te lo suplicó, dijo con la voz temblorosa.
Severo soltó una risa corta y miró a su esposa, que seguía desnuda en la cama observándolos.
—No te preocupes, vieja —le dijo a Diana con tono burlón—. Esta puta solo necesita una verga adentro para que se anime.
Sin darle tiempo a reaccionar, Severo la giró con facilidad entre sus brazos. La levantó como si nada, como si fuera un trapo viejo para usar, sujetándola por debajo de las nalgas. Daniela soltó un grito de sorpresa cuando sintió cómo la cargaba en el aire. Instintivamente rodeó sus brazos en el cuello de Severo para no caerse y antes de que pudiera protestar, Severo la ensartó completamente en una sola estocada fuerte y profundo.
— ¡Ahhhhhh! —gritó Daniela, abriendo mucho los ojos.
Severo se quedó quieto con la verga completamente enterrada en la vagina de Daniela. Después sosteniendole de las nalgas la comenzó a subir y bajar, sacando la verga un poco más de la mitad y volviendola a meter hasta el fondo.
Severo caminó unos pasos cargando a Daniela hasta la pared para recargarla, todavía sosteniéndola en el aire. Sus pies no tocaban el suelo. La folló con fuerza en esa posición, entrando y saliendo de ella con estocadas brutales. Cada embestida la hacía rebotar contra la pared.
Daniela se sorprendió de la fuerza animal que tenía Severo.
—Ahh… ahh… ¡Dios! —gemía ella, sintiendo cómo la gruesa verga entraba y salía de su cuerpo sin piedad, clavando las uñas en su espalda.
Esa posición era nueva para ella y la verga de Severo la volvía loca. Cada vez que la bajaba sobre él, la llenaba por completo, rozando puntos que la hacían temblar de placer.
Diana, desde la cama, soltó una risa excitada y los miró con los ojos brillantes.
—Eso es, viejo —le dijo a Severo con voz llena de deseo—. Cógete a esa puta bien duro. Que aprenda a obedecer a su macho.
Daniela gemía sin control. Por un momento olvidó que Diana estaba allí mirándolos. Solo existía esa verga enorme entrando y saliendo de ella.
—Ahhh… ¡Severo! ¡Sí… así! —gemía sin poder evitarlo, abrazada a su cuello mientras él la follaba contra la pared.
Severo sonreía con arrogancia, sudando y gruñendo con cada estocada profunda.
—Así te gusta, ¿verdad, puta? —le decía al oído—. Bien cogida y bien llena.
Daniela ya no respondía con palabras. Solo gemía y se dejaba llevar, completamente entregada al placer en esa posición que la hacía sentir pequeña, dominada y llena.
Severo la sostenía en el aire sin esfuerzo, clavándole los dedos en las pompas mientras la subía y bajaba sobre su verga gruesa. Cada estocada era profunda y brutal, haciendo que Daniela rebotara contra la pared.
—Ahhh… ¡Severo! —gemía ella, abrazada con fuerza a su cuello, sin poder hacer otra cosa que recibirlo.
Severo se la estuvo cogiendo por varios minutos. La penetraba con ritmo salvaje, gruñendo contra su cuello y mordiéndole el hombro. Daniela ya estaba muy excitada, sus gemidos se volvían más altos y desesperados, su coño completamente empapado.
Cuando Severo notó que ella estaba al borde del orgasmo, se detuvo un poco y la llevó hasta la cama. La arrojó sobre el colchón sin cuidado. Daniela cayó de espaldas, jadeando.
—En cuatro patas, perra —ordenó Severo con voz ronca.
Daniela no puso ninguna resistencia. Se giró rápidamente, se puso de rodillas y apoyó las manos y brazos en la cama, levantando el culo hacia él en una clara sumisión.
Severo se colocó detrás de ella y, de un solo empujón fuerte, la penetró completamente en posición de perrito.
— ¡Ahhhhhh! —gritó Daniela, arqueando la espalda.
Severo la agarró de las caderas y comenzó a follársela con fuerza, embistiéndola con estocadas profundas y rápidas. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. El olor a sexo era inebitable.
Diana, que estaba sentada en la cama frente a Daniela, sonrió con deseo. Se acercó y tomó los pechos de Daniela con ambas manos, masajeándolos y apretándolos mientras se balanceaban con cada embestida de Severo.
—Qué ricas se ven tus tetas moviendose… —susurró Diana, sin dejar de masajearlas.
Daniela no podía parar de gemir. Cada estocada de Severo y el masajeo en las tetas la hacía temblar de placer.
—Ahh… ahh… ¡sí! ¡Así! —gemía sin control.
Diana bajó la cabeza y comenzó a besar y lamer el cuerpo de Daniela: primero el cuello, luego los hombros y después los pechos que se movían con cada embestida.
—Estás deliciosa… —murmuraba Diana entre besos—. Tan caliente… tan rica… eres toda una hembra…
Volvió a subir hasta su rostro y buscó la boca de Daniela.
Daniela volvió a girar la cara pero esta vez sin tanta fuerza, bastó con que Diana pusiera las yemas de sus dedos en la mejilla de su cuñada para girar nuevamente hacia ella y la beso. Al principio Daniela tenía la boca cerrada, pero no podía evitar sentir lo mucho que estaba disfrutando y después de unos segundos de duda, terminó respondiendo al beso. Sus labios se abrieron y su lengua se enredó tímidamente con la de Diana.
Diana sonrió dentro del beso y lo profundizó, besándola con más pasión mientras Severo seguía follándola con fuerza por detrás.
Daniela gemía dentro de la boca de Diana, completamente entregada al placer de los dos.
De pronto Diana dejó de besarla. —Quiero que me la mames, Daniela —le dijo con voz ronca de deseo—. Quiero sentir tu boca en mi coño.
Se recostó en la cama frente a ella, abrió las piernas y quedó completamente expuesta, con su vagina húmeda y depilada a pocos centímetros del rostro de Daniela.
Daniela se quedó paralizada. Estaba aún un poco insegura, respirando agitada por las estocadas de Severo. Nunca había visto tan de cerca la vagina de otra mujer. El olor era muy distinto a todo lo que había probado antes: no era el aroma fuerte y almizclado de los penes que tanto le gustaban, sino un olor más suave, dulce y femenino.
No sabía cómo hacerlo. Sabía muy bien cómo mamar una verga —lo disfrutaba y lo muy bien—, pero esto era completamente diferente.
Severo, desde atrás, le dio una fuerte nalgada.
—Anda, puta… no te quedes mirando. Lámela.
Daniela, aún temblando, se acercó lentamente. Su lengua inexperta salió tímidamente y dio el primer lengüetazo, pasando despacio por toda la raja de Diana.
El sabor era extraño para ella: ligeramente salado, un poco dulce y con un toque ácido y almizclado. No era desagradable, pero sí muy diferente a lo que estaba acostumbrada.
Diana soltó un gemido suave y placentero.
—Así… despacio… —susurró.
Daniela, insegura pero sin atreverse a negarse, dio otro lengüetazo, esta vez más lento, recorriendo los labios externos. Luego, con timidez, pasó la lengua por el clítoris de Diana. Sus movimientos eran torpes, vacilantes, sin la seguridad con la que chupaba una verga.
Diana le acarició el cabello con ternura.
—Estás aprendiendo… sigue, mi amor… lame más adentro.
Daniela obedeció y metió la lengua un poco más, lamiendo con timidez el interior de Diana mientras Severo seguía follándola por detrás con estocadas profundas y constantes.
Severo soltó una risa baja y satisfecha.
—Miren nada más… mi puta ahora también come coño —dijo orgulloso—. Sigue así, Daniela… que mi esposa se corra en tu boca.
Daniela gemía contra el sexo de Diana, aún insegura, pero el placer que Severo le daba desde atrás la estaba haciendo perder poco a poco la vergüenza.
Daniela seguía en cuatro patas, recibiendo las fuertes embestidas de Severo mientras intentaba complacer a Diana. Su lengua, inexperta y tímida, daba lengüetazos torpes y vacilantes sobre la vagina de su cuñada. No sabía exactamente qué hacer: lamía de forma irregular, a veces demasiado suave, a veces con demasiada presión, sin ritmo ni seguridad. Pasaba la lengua por los labios externos, luego intentaba chupar el clítoris, pero sus movimientos eran torpes y sin experiencia.
Diana, sin embargo, estaba completamente perdida en el placer. El solo hecho de tener a Daniela —la mujer que tanto había deseado— entre sus piernas, lamiéndola aunque fuera de forma torpe, la estaba volviendo loca.
—Así… sí… sigue, Daniela… —gemía Diana, acariciándole el cabello con una mano temblorosa—. No pares… tu lengua se siente tan rica…
Severo, follándola desde atrás con fuerza, soltó una risa oscura.
—Mírenla… la puta está aprendiendo a comer coño —gruñó, sin dejar de embestirla—. Aunque lo haga como una novata, se ve que le está gustando, vieja.
Daniela gemía contra el sexo de Diana cada vez que Severo la penetraba profundamente. Su lengua seguía moviéndose de forma insegura: lamía el clítoris con toques cortos y descoordinados, luego intentaba meterla dentro..
Diana empezó a respirar más agitada. Sus caderas se movían contra la cara de Daniela, buscando más contacto.
—Ahh… Daniela… así… más rápido en el clítoris… ¡sí! —jadeaba, cada vez más cerca.
El placer que le provocaba la situación —ver a su cuñada siendo follada por su esposo mientras ella la lamía— era demasiado. Diana arqueó la espalda y apretó con fuerza la cabeza de Daniela contra su sexo.
— ¡Ahhhhh… me corro! —gritó Diana, temblando violentamente.
Su orgasmo fue intenso y repentino. Todo su cuerpo se sacudió, sus muslos se cerraron alrededor de la cabeza de Daniela y un chorro caliente y abundante inundó la boca y la cara de su cuñada.
— ¡Síííí! ¡Me corroooo! ¡Qué rico, Daniela!
Diana se convulsionó con fuerza, gimiendo alto y apretando las sábanas mientras el orgasmo la recorría. Daniela, sorprendida, siguió lamiendo torpemente, tragando un poco de los fluidos de Diana sin saber muy bien qué hacer.
Severo, aún follándola con fuerza, soltó una carcajada satisfecha.
—Joder… mira cómo hiciste correr a tu cuñada con tu lengua de novata —dijo orgulloso, sin dejar de penetrarla—. Eres una puta talentosa, Daniela.
Diana, todavía temblando por el orgasmo, acarició el cabello de Daniela con ternura, respirando agitada.
—Qué rico… —susurró, con una sonrisa de placer absoluto.
Daniela no sabía qué decir. Aún tenía el sabor de Diana en la boca y el cuerpo temblando por el orgasmo que acababa de provocarle. Solo pudo sonreír débilmente, con la respiración agitada y la mirada perdida.
Severo sacó su verga de ella lentamente. Estaba completamente erecta, gruesa y brillante, escurriendo los jugos de Daniela en hilos largos y transparentes.
—Se me ocurrió algo —dijo con una sonrisa arrogante, mirando a las dos mujeres—. Quiero que la boca de esta puta nos dé placer a los dos al mismo tiempo.
Señaló a Daniela.
—Tú, acuéstate boca arriba en el centro de la cama.
Daniela obedeció sin decir una palabra. Se recostó de espaldas, con las piernas ligeramente abiertas y el pecho subiendo y bajando.
Severo miró a su esposa.
—Vieja, ponte en cuatro patas sobre ella. Quiero que tu coño quede justo encima de su cara.
Diana sonrió excitada y se colocó rápidamente. Se puso a cuatro patas encima de Daniela, su vagina quedó directamente sobre la boca y la nariz de su cuñada, mientras su cara quedaba hacia la rica vagina de Daniela.
Severo se posicionó detrás de Diana, agarró sus caderas y, de un solo empujón, la penetró profundamente.
—Ahhh… —gimió Diana al sentir la verga de su esposo entrar hasta el fondo.
Severo comenzó a follársela con fuerza, con estocadas largas y profundas. Su verga entraba y salía del coño de Diana justo encima del rostro de Daniela.
—Ahora tú, Daniela —ordenó Severo sin dejar de embestir a su esposa—. Lame, Quiero que lamas verga y coño al mismo tiempo.
Daniela no puso resistencia. Levantó un poco la cabeza y, con la lengua aún insegura, comenzó a lamer. Su lengua rozaba la verga gruesa de Severo cada vez que entraba y salía, y también lamía los labios hinchados y mojados de Diana.
—Así… bien puta… disfruta —gruñó Severo, acelerando el ritmo—. Lame todo… mi verga, su coño, mis huevos… todo.
Diana gemía de placer, moviendo las caderas contra la cara de Daniela mientras su esposo la follaba.
—Qué rico… tu lengua se siente tan bien ahí abajo —jadeó Diana.
Daniela, con la cara completamente mojada por los jugos de Diana y los líquidos preseminales, siguió lamiendo sin detenerse. Su lengua recorría la verga de Severo y el clítoris de Diana con cada embestida.
Severo sonreía con pura satisfacción, follándose a su esposa mientras Daniela lamía todo lo que salía de esa unión.
La habitación se llenó de los gemidos de Diana, los gruñidos de Severo y los sonidos húmedos de la lengua de Daniela trabajando sin parar.
La habitación olía intensamente a sexo: sudor, coño mojado, verga y el aroma dulce y salado de la excitación de las dos mujeres. El aire estaba cargado, pesado y caliente.
Severo seguía follándose a su esposa con fuerza, entrando y saliendo de Diana mientras la verga brillante pasaba justo por encima de la cara de Daniela.
—Joder… mira nada más —gruñó Severo con una sonrisa burlona, mirando hacia abajo—. ¿Te acuerdas cuando nos descubriste follando en la sala, Daniela? Estabas tan escandalizada… ¿Quién diría que terminarías así? Completamente sumisa, lamiendo la verga y coño que viste en ese momento.
Daniela no respondió con palabras. Solo gemía bajito y seguía lamiendo con obediencia. Su lengua recorría la verga de Severo cada vez que salía del coño de Diana, limpiando los jugos mezclados.
Luego, bajó un poco más y comenzó a chupar los testículos pesados y sudados de Severo, metiéndoselos uno a uno en la boca con suavidad.
—Ahhh… eso es, puta… —gruñó Severo, cerrando los ojos de placer—. Deja salir esa puta que llevas dentro, chúpame los huevos bien rico… qué boca tan obediente tienes.
Diana gemía encima de ella, moviendo las caderas contra la cara de Daniela.
Después de unos segundos, Daniela volvió a subir y regresó a lamer la penetración: la verga de Severo entrando y saliendo del coño de Diana, lamiendo ambos al mismo tiempo.
Severo soltó una risa satisfecha y aceleró un poco el ritmo.
—Me encantó que chuparas mis huevos sin que te lo pidiera… —dijo con voz ronca—. Por eso te voy a premiar, putita.
Entonces comenzó a alternar.
Sacó la verga completamente del coño de Diana y la metió directamente en la boca de Daniela, follándole los labios con varias estocadas profundas. Daniela probó un nuevo sabor: la verga caliente y mojada con los jugos de Diana. Era una mezcla salada, dulce y almizclada, el sabor de los dos al mismo tiempo. Le encantó. Chupó con más ganas, limpiándola completamente.
Severo gruñó de placer y volvió a meterla en el coño de Diana, follándola con fuerza por unos segundos antes de sacarla otra vez y regresarla a la boca de Daniela.
Alternando, penetrando un momento al coño de Diana y luego penetrando la boca de Daniela.
—Así… pruebas el sabor de coño de tu cuñada en mi verga —dijo con arrogancia—. ¿Te gusta ese sabor, puta? ¿Te gusta saborearnos a los dos juntos?
Daniela solo gimió afirmativamente, con la boca llena, chupando con más entusiasmo cada vez que Severo le daba su verga.
Diana, desde arriba, gemía y se movía contra la cara de Daniela, disfrutando del espectáculo.
Diana, completamente excitada, se acomodó mejor sobre el rostro de Daniela. Bajó la cabeza entre las piernas abiertas de su cuñada y, sin aviso, pasó su lengua caliente y húmeda por toda la vagina de Daniela en un lengüetazo largo y lento.
—Ahhh… —gimió Daniela contra el coño de Diana, sorprendida por la intensidad.
Diana no se contuvo. Comenzó a comerle el coño con ganas, lamiendo y chupando sus labios hinchados, introduciendo la lengua dentro y concentrándose después en el clítoris, succionándolo con fuerza. Sus gemidos vibraban contra el sexo de Daniela mientras Severo seguía follándola por detrás con estocadas profundas.
Después de varios minutos de ese doble placer, Severo sacó su verga del coño de Diana con un sonido húmedo y sonrió con malicia.
—Que rico es esto, pero quiero volverme a coger a Daniela —dijo con voz ronca—. Van a intercambiar de lugar… pero con una diferencia. La vagina de Daniela va a estar completamente libre para ti, vieja. Es hora de romperle el culo a esta puta.
Daniela se tensó al instante. Sus ojos se abrieron con miedo.
—Te… refieres a sexo anal… —dijo con voz temblorosa—. La verdad es que me da miedo, no se si pueda, nunca lo he hecho por ahí.
—¡Qué!, ¿no me digas que Mauricio nunca te ha dado por ahí? —se rio con desprecio—. ¿Teniendo un mujeron como tú en casa?, jaja sabia que era un Marica pero no pense que tanto, Joder, qué pendejo. Con lo rico que se ve este culito… pero no importa, mejor para mi, hoy voy a ser el primero en metértela por el culo, putita. Vas a sentir lo que es una verga de verdad.
Daniela tragó saliva, asustada, quería decir algo más, pero Severo ya la había tomado la decisión, tomó a Daniela de las caderas y la colocó en cuatro patas sobre la cama, justo al lado de Diana. Le separó las pompas con las manos y escupió directamente sobre su ano virgen.
—Pfff… voy a disfrutar siendo el primero —dijo con arrogancia, frotando la cabeza gruesa de su verga contra la entrada apretada del culo de Daniela.
Diana, todavía excitada, se acomodó frente a ella para tener acceso total a su vagina.
Severo empujó lentamente, forzando la cabeza de su verga contra el ano virgen de Daniela.
—Relájate, puta… vas a aprender a tomar verga por el culo hoy mismo.
Severo escupió abundantemente sobre el ano virgen y apretado de Daniela, frotando la cabeza gruesa y brillante de su verga contra la entrada cerrada. Diana observaba todo desde un lado, con los ojos brillantes de excitación.
—Relájate, putita… esto te va a doler pero te va a gustar —dijo Severo con voz ronca, sujetándola firmemente de las caderas.
Empujó con fuerza. La cabeza hinchada presionó con insistencia contra el ano de Daniela, que se resistía a abrirse.
— ¡Ahhhhh! ¡Duele! ¡Severo, para! —gritó Daniela, tensando todo el cuerpo y clavando las uñas en las sábanas.
Severo no se detuvo. Siguió empujando con determinación, girando ligeramente las caderas para forzar la entrada.
—Tranquila… solo la cabeza… respira —gruñó, sudando por el esfuerzo.
La cabeza de su verga finalmente logró entrar con un “pop” audible. Daniela soltó un grito agudo de dolor.
— ¡No Severo, sacala! ¡Me estás partiendo! ¡Es demasiado grande! —lloriqueó ella, con lágrimas en los ojos.
Severo se quedó quieto un momento, solo con la cabeza dentro, dejando que ella se acostumbrara. Pero no duró mucho. Volvió a empujar, ganando centímetro a centímetro. Daniela sentía un ardor intenso, como si la estuvieran desgarrando. Cada milímetro que entraba era una tortura.
— ¡No puedo! ¡Duele mucho! ¡Sácala, por favor! —suplicó Daniela, temblando.
Severo apretó los dientes y siguió haciendo fuerza, sudando profusamente.
—Vas a tomarla toda, puta… aguanta —dijo con voz ronca, sin dar marcha atrás.
Empujó con más decisión. La mitad de su verga ya estaba dentro. Daniela sentia que se moría, gritaba y gemía de dolor, con la cara hundida en las sábanas.
— ¡Ahhhhhh! ¡Me estás rompiendo! ¡Es demasiado gruesa!
Severo hizo todo lo posible: escupió más, movió las caderas en círculos, empujó con fuerza constante. Poco a poco, la verga fue desapareciendo dentro del ano de Daniela. El dolor era intenso, pero el cuerpo de ella, a pesar de todo, comenzó a ceder.
Con un último empujón fuerte y profundo, Severo logró meterla completamente. Sus caderas chocaron contra las pompas de Daniela y la verga quedó enterrada hasta el fondo.
— ¡Ahhhhhhhhh! —gritó Daniela con la voz rota, sintiendo cómo su ano se estiraba al límite.
Severo soltó un gruñido de triunfo y se quedó quieto un momento, disfrutando de la sensación.
—Así… toda adentro —dijo con orgullo—. Te la metí completa por el culo, putita. Ahora si te he hecho completamente mía.
Daniela respiraba entrecortadamente, con lágrimas corriendo por sus mejillas, sintiendo una mezcla de dolor intenso y una extraña plenitud.
Severo se quedó quieto un momento, disfrutando de la sensación de tener su verga completamente enterrada en el culo virgen de Daniela. Ella temblaba debajo de él, con la cara hundida en las sábanas sin dejar de llorar.
—Que rica te ves completamente ensartada —gruñó Severo con satisfacción—. Ahora sí vas a sentir lo que es una verga de verdad.
Comenzó a moverse lentamente. Sacó solo un par de centímetros y volvió a empujar con fuerza. Daniela soltó un grito agudo de dolor.
— ¡Ahhhhh! ¡Duele! ¡Severo, por favor, sácala! ¡No la aguanto!... sniff sniff —lloró ella, con la voz quebrada.
Severo no le hizo caso. Siguió penetrándola con movimientos lentos pero firmes, entrando y saliendo de su ano apretado. Cada estocada hacía que Daniela sollozara y temblara.
—Estas muy apretada zorra… —pero ya era hora de que ese rico culo también disfrutara de mi verga.
—Duele… duele mucho… —lloriqueaba ella, con lágrimas cayendo sobre las sábanas.
Diana, que observaba todo desde un lado, se acercó y acarició suavemente la espalda de Daniela.
—Respira, mi amor… el dolor va a pasar —susurró con voz suave.
Severo aumentó un poco el ritmo, follándola con estocadas más largas. El ano de Daniela se iba acostumbrando poco a poco a la invasión. El dolor intenso y ardiente comenzó a mezclarse con una sensación extraña, profunda y diferente.
—Ahhh… ahhh… —los gritos de dolor de Daniela empezaron a cambiar. Se volvieron más roncos, más entrecortados.
Severo lo notó y sonrió con arrogancia. Dio otro escupitajo en el ano de Daniela y aceleró el ritmo, penetrándola con más fuerza.
—Así… ya te estás acostumbrando, ¿verdad, puta? —gruñó, dándole una nalgada fuerte.
Daniela ya no lloraba tanto. Sus gemidos eran cada vez más profundos y placenteros.
—Ahh… ahhh… ¡sí! —gimió, empujando ligeramente hacia atrás contra él.
El dolor había desaparecido casi por completo. Ahora solo quedaba una sensación de plenitud extrema y un placer intenso y prohibido que la recorría por completo. Se sentía una verdadera hembra por estar siendo follada por ese conducto que le faltaba experimentar.
— ¡Ahhhh… Severo! ¡Me gusta! ¡Me está gustando! —gimió más alto, ya sin vergüenza.
Severo soltó una risa triunfante y comenzó a follársela con más fuerza, con estocadas profundas y rápidas.
—Esa es mi puta… te dije que te encantaría que te de por el culo —dijo con orgullo, agarrándola con más fuerza de las caderas.
Diana sonrió al ver cómo Daniela pasaba del llanto al placer y se acercó para besarle el cuello.
—Qué zorra eres Dany… sigue gimiendo como una perra —susurró.
Daniela comenzó a gemir sin ningún pudor. Sus gritos de dolor se habían convertido completamente en gemidos de placer puro mientras Severo la penetraba analmente sin piedad.
Severo seguía follándola por el culo con estocadas profundas y constantes, sujetándola firmemente de las caderas. Daniela gemía sin control, con el cuerpo temblando de placer.
Continuara...
Recuerden comentar amigos y también pueden proponer alguna escena que quieran que relate o algun nuevo personaje
0 comentarios - Daniela (la MILF de la familia) Cap 10