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Contrata una prostituta y llega su madre. Parte 2.

Fabiano la contactó esa misma noche. El mensaje fue directo:
«Quiero verte otra vez. Mañana. Misma hora. Esta vez no lleves máscara. Quiero ver tu cara.»
Katia contestó casi de inmediato, la voz escrita más dura de lo que pretendía:
«No. La máscara se queda. Sin máscara no hay cita.»
Él insistió un poco, pero al final cedió con una sonrisa que ella no pudo ver:
«Está bien. Yo te llevo el atuendo. Quiero que uses exactamente lo que te diga.»
Al día siguiente, a la hora acordada, la puerta se abrió. Katia entró con la misma máscara de gato negro que le cubría los ojos y el puente de la nariz. Solo se veían sus labios carnosos, pintados de rojo oscuro, y el cabello castaño cayéndole sobre los hombros.
Fabiano la esperaba de pie en el salón, sosteniendo una bolsa de tela negra. Cuando la vio, su sonrisa se ensanchó.
—Cierra la puerta —dijo—. Y quítate lo que traigas encima. Ahora.
Ella obedeció en silencio. Se despojó del abrigo largo y del body negro que llevaba debajo, quedando solo con las medias de red y el liguero. Fabiano abrió la bolsa y sacó la prenda con cuidado.
Katia sintió que el aire se le iba de los pulmones.
Era su vestido. El favorito. El negro de seda que le quedaba ceñido en la cintura y se abría en una falda corta que apenas le cubría el culo. El que usaba solo en ocasiones especiales. El que guardaba en el fondo del armario de su casa, a dos calles de distancia. El mismo con el que Fabiano siempre le decía que se veía hermosa!
—Póntelo —ordenó él, sin explicar de dónde lo había sacado.
Ella dudó un segundo. Después extendió la mano y se lo puso. La seda le acarició la piel como una traición. El escote profundo dejaba casi al aire sus tetas pesadas; la falda subía demasiado cuando se movía. Fabiano la miró de arriba abajo y soltó un silbido bajo.
—Joder… te queda perfecto. Ahora báilame.
Katia se quedó quieta.
—Baila —repitió él, más firme—. Lento. Como si me estuvieras seduciendo de verdad.
La música que puso era lenta, pesada, casi oscura. Ella empezó a moverse. Primero los hombros, después las caderas. La falda de seda subía y bajaba con cada balanceo, dejando ver el borde de las medias y el liguero. Fabiano se sentó en el sofá y se desabrochó el pantalón, sacando la polla ya dura. La miraba sin pestañear mientras se masturbaba despacio.
—Acércate —dijo al cabo de un rato—. De rodillas.
Katia se arrodilló entre sus piernas. Él le agarró el pelo por detrás de la máscara y le empujó la cabeza hacia abajo. Ella abrió la boca y se la metió entera, chupando con la misma destreza profesional de la primera vez. Fabiano gimió, empujando las caderas hacia arriba, follándole la boca con ritmo constante.
Después de un rato la levantó, la giró y la empujó contra el respaldo del sofá.
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—A cuatro. Ahora.
Ella obedeció. La falda de seda quedó subida hasta la cintura, el culo enorme y redondo expuesto, el coño ya brillante de humedad. Fabiano se posicionó detrás, le abrió las nalgas con ambas manos y entró de un solo golpe, hasta el fondo. Katia mordió el cojín para no gritar.
Él la folló con fuerza, agarrándola de las caderas, mirando cómo su culo maduro rebotaba contra su pelvis. El sonido de la carne contra carne llenaba el departamento. Cada embestida era más profunda, más violenta.
—Joder… qué rica estás —gruñó, acelerando—. Este culo… este coño… mierda…
En medio del ritmo, perdido en el placer, las palabras se le escaparon sin control:
—Katia… joder, Katia…
Ella se tensó por completo. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que pensó que iba a vomitar. Él no se dio cuenta. Siguió embistiéndola, más rápido, más profundo, repitiendo el nombre entre gemidos:
—Katia… sí… así… Katia…
Cuando sintió que estaba a punto de correrme, la soltó de las caderas, la giró bruscamente y le empujó la cabeza hacia su polla. Ella abrió la boca por instinto. Fabiano se corrió con un gemido largo y gutural, llenándole la lengua y la garganta de semen caliente mientras le apretaba el pelo y decía, casi con rabia:
—Ahí lo tienes, Katia.
Ella se lo tragó todo. No tuvo otra opción. Cuando él se retiró, jadeando, ella se quedó arrodillada, la boca hinchada, el maquillaje corrido bajo la máscara, el semen todavía espeso en la lengua.
Se limpió los labios con el dorso de la mano y levantó la cara hacia él. La voz le salió ronca, controlada, todavía disfrazada:
—¿Quién es Katia?
Fabiano se dejó caer en el sofá, todavía con la polla semidura y brillante. Sonrió, casi con ternura, y se pasó una mano por el pelo.
—La persona de la que te hablé la otra vez. La mujer con la que fantaseo desde hace años. La que nunca voy a poder tener de verdad. Mi… —se interrumpió, rio bajito—. No importa. Tú eres mejor. Tú sí te dejas follar como una puta.
Katia se levantó despacio. Se bajó la falda de seda, recogió su abrigo y su bolso. Las piernas le temblaban. El vestido le olía a él, a sexo, a culpa.
En la puerta se detuvo un segundo, sin mirarlo.
—Si quieres repetir… ya sabes dónde encontrarme.
Salió. Cerró la puerta con cuidado. En el ascensor se quitó la máscara con manos que no dejaban de temblar y se miró en el espejo: labios hinchados, maquillaje destruido, el vestido favorito todavía puesto y manchado.
Sabía que él volvería a llamarla.
Y sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que ella volvería a ir.

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