Tenía 32 años y hacía tres meses que me había mudado al edificio de Corrientes y Callao. El departamento era chico, pero tenía una ventana que daba directo al patio interno… y justo enfrente estaba el living de la mina del 3B.
Al principio pensé que era casualidad. Ella llegaba tipo 19:30, dejaba la cartera en la mesa, se sacaba los tacos y empezaba a desvestirse sin prender la luz del todo. Primero la blusa, después la pollera lápiz que se le pegaba al culo como segunda piel. Quedaba en corpiño y tanga, y se ponía a caminar por la casa como si nadie la viera.
Pero al cuarto día entendí que no era descuido. Me miró directo a los ojos mientras se bajaba el corpiño negro y se tocaba los pezones despacio, como probando si yo seguía ahí. Me quedé helado, con la pija ya dura apretando el jean.
La noche siguiente no aguanté más. Apagué mi luz para que no me viera bien la cara, me senté en el sillón con la ventana entreabierta y saqué la verga. Ella apareció con una bata finita, de esas que se abren solas. Se sentó en el borde de la mesa, abrió las piernas y empezó a masturbarse mirándome fijo. No había dudas: me estaba invitando.
Le hice una seña con la cabeza. Ella sonrió, se levantó, salió al pasillo y tocó mi timbre dos minutos después. No dijo ni hola. Entró, cerró la puerta con el culo y se arrodilló delante mío sin sacarse la bata.
“Vi cómo te hacías la paja anoche” me dijo mientras me la chupaba hasta la garganta. “Y me mojé tanto que tuve que cambiar las sábanas”.
La levanté del pelo, la tiré boca abajo en el sillón y le arranqué la tanga de un tirón. Estaba empapada, literalmente le chorreaba por los muslos. Se la metí de una, sin aviso. Gritó fuerte y clavó las uñas en el respaldo. Embestía como loco, sintiendo cómo me apretaba con cada empujón. “Más fuerte, por favor… rompeme” jadeaba.
La di vuelta, le abrí las piernas en el aire y seguí clavándola mientras le chupaba las tetas. Cuando sentí que se venía, me apretó con las piernas y me clavó los talones en la espalda. Se corrió temblando toda, gritando mi nombre (ni idea cómo lo sabía). Yo no aguanté más y me vacié adentro, hasta la última gota.
Después se quedó tirada, respirando agitada, con mi leche chorreándole por la concha. Me miró con una sonrisa sucia y me dijo:
“Mañana traigo a mi amiga del gimnasio… ¿te animás a dos a la vez o te asusta?”
Y se fue caminando por el pasillo con la bata abierta, el culo al aire y mi semen todavía corriendo por su pierna.


Lo que se comia
Al principio pensé que era casualidad. Ella llegaba tipo 19:30, dejaba la cartera en la mesa, se sacaba los tacos y empezaba a desvestirse sin prender la luz del todo. Primero la blusa, después la pollera lápiz que se le pegaba al culo como segunda piel. Quedaba en corpiño y tanga, y se ponía a caminar por la casa como si nadie la viera.
Pero al cuarto día entendí que no era descuido. Me miró directo a los ojos mientras se bajaba el corpiño negro y se tocaba los pezones despacio, como probando si yo seguía ahí. Me quedé helado, con la pija ya dura apretando el jean.
La noche siguiente no aguanté más. Apagué mi luz para que no me viera bien la cara, me senté en el sillón con la ventana entreabierta y saqué la verga. Ella apareció con una bata finita, de esas que se abren solas. Se sentó en el borde de la mesa, abrió las piernas y empezó a masturbarse mirándome fijo. No había dudas: me estaba invitando.
Le hice una seña con la cabeza. Ella sonrió, se levantó, salió al pasillo y tocó mi timbre dos minutos después. No dijo ni hola. Entró, cerró la puerta con el culo y se arrodilló delante mío sin sacarse la bata.
“Vi cómo te hacías la paja anoche” me dijo mientras me la chupaba hasta la garganta. “Y me mojé tanto que tuve que cambiar las sábanas”.
La levanté del pelo, la tiré boca abajo en el sillón y le arranqué la tanga de un tirón. Estaba empapada, literalmente le chorreaba por los muslos. Se la metí de una, sin aviso. Gritó fuerte y clavó las uñas en el respaldo. Embestía como loco, sintiendo cómo me apretaba con cada empujón. “Más fuerte, por favor… rompeme” jadeaba.
La di vuelta, le abrí las piernas en el aire y seguí clavándola mientras le chupaba las tetas. Cuando sentí que se venía, me apretó con las piernas y me clavó los talones en la espalda. Se corrió temblando toda, gritando mi nombre (ni idea cómo lo sabía). Yo no aguanté más y me vacié adentro, hasta la última gota.
Después se quedó tirada, respirando agitada, con mi leche chorreándole por la concha. Me miró con una sonrisa sucia y me dijo:
“Mañana traigo a mi amiga del gimnasio… ¿te animás a dos a la vez o te asusta?”
Y se fue caminando por el pasillo con la bata abierta, el culo al aire y mi semen todavía corriendo por su pierna.


Lo que se comia
2 comentarios - La vecina del 3B que no cierra la persiana