You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

47: Entrega informal (Parte I)




Post anterior
Post siguiente
Compendio III


47: ENTREGA INFORMAL (Parte I)

Ese primer miércoles regresaba a mi oficina con un mal humor que se negaba a abandonar mi lengua. Probé un nuevo lugar de sándwiches de pastrami y lo encontré repugnante: el pan tenía un poco de moho, la carne sabía rara y el huevo estaba algo pasado. Además, el precio era caro. Podría haber comido un combo satisfactorio en una cadena de comida rápida por menos dinero.

Pero al entrar al lobby, la misma visión que había visto la última vez apareció ante mis ojos. Celeste llevaba un vestido azul marino: uno que le quedaba tan bien como para hacer que un hombre olvidara su propio nombre. Estaba junto al helecho en maceta, fingiendo revisar su teléfono, pero sus ojos se alzaron en el instante en que las puertas automáticas se abrieron con un silbido. ¿Coincidencia? Lo dudaba.

47: Entrega informal (Parte I)

- Todavía merodeando por los lobbies corporativos, por lo que veo. - La saludé, ajustando mi corbata. El sabor de ese maldito sándwich aún se aferraba a mi lengua.

Celeste se iluminó y sonrió, lento y deliberado, como si lo hubiera practicado frente al espejo cien veces antes de decidir la curvatura exacta.

• Quizás estoy esperando a alguien lo suficientemente cortés como para preguntar por qué. – respondió con ese luminiscente acento británico.

Me acerqué, inhalando profundamente. Su perfume no solo era diferente: era agresivo, algo como lavanda, pero más fuerte, que hacía que mi nariz se arrugara.

- ¡Déjame adivinar! - dije, señalando la bolsa de papel que sostenía en sus manos. - ¿Estás invitando a Reginald a un picnic?

Los dedos de Celeste rozaron la bolsa de papel, sus uñas (pintadas de un ciruela profundo) marcando un ritmo nervioso contra su superficie arrugada.

• En realidad, esperaba llevar el almuerzo a Reggie. - dijo, su voz ligera pero sus nudillos apretándose lo suficiente para delatarla. - ¡Ya sabes cómo son hombres como él!... ¡Déjalos sin supervisión y actúan como si los suministros fueran a agotarse!

Se rió, pero la risa se quebró a la mitad, disolviéndose en un suspiro.

• Aunque le he enviado mensajes toda la mañana y no parece responder.

Sentí un frío pinchazo de empatía en la espalda.

- Sí. Por lo que he escuchado, usualmente se reúne los miércoles con los jefes de departamento para discutir... asuntos privados.

Mis ojos se detuvieron en la bolsa del sándwich en las manos de Celeste: huevo y jamón, la misma combinación que Marisol solía empacar para mí en mi primer trabajo, cuando su legendario espagueti aún se refinaba. El plástico crujió cuando los dedos de Celeste se tensaron alrededor.

• ¿Y no se reúne contigo? - Preguntó, su mano moviéndose como para cubrir un jadeo.

La luz del tragaluz del lobby captó el borde de su anillo de bodas (un grueso aro de platino que parecía más un grillete que joyería) mientras se acomodaba un mechón suelto detrás de la oreja. Su aroma cambió al inclinarse, la lavanda cediendo a algo más cálido bajo ella, como piel caliente después de un baño largo.

- No. Me removió de la junta tan pronto llegó. - Me encogí de hombros, observando cómo sus pupilas se dilataban levemente ante la confesión.

El helecho junto a nosotros crujió cuando alguien pasó demasiado cerca, y Celeste dio medio paso hacia adelante… tan cerca como para contar las pecas esparcidas sobre sus clavículas.

• ¡Oh, lo siento mucho! - Se disculpó, cubriéndose la boca. El tono frambuesa de su lápiz labial se manchó levemente en sus yemas… una mancha accidental que la hacía verse de pronto, entrañablemente humana. - Si hubiera sabido... quizás...

- ¡No lo estés! —Agité una mano bajando el perfil, dejando que mi voz adoptara un tono más suave, conspirativo.

El ruido ambiente del lobby (murmullos, pasos, el lejano ping de un ascensor) se desvaneció en irrelevancia.

- ¡Nunca me gustó estar en la junta de todas formas! Demasiados egos apretados en una sala. —Incliné la cabeza, captando cómo sus ojos avellana centelleaban con algo indescifrable. - Y mi trabajo sigue siendo el mismo. Sigo pudiendo mandonear a la gente. Solo con menos presentaciones de PowerPoint.

Me miró fijamente, sus labios entreabriéndose lo suficiente para revelar el mínimo borde de sus dientes. Una pausa se extendió (lo suficiente para escuchar el crujido de su vestido al cambiar de postura) antes de exhalar, lenta y calmada.

• Bueno, creo que Reggie no merece este sándwich. - Lo dijo con una sonrisa, pero había un filo bajo ella, una daga envuelta en seda. La bolsa de papel crujió al extenderla hacia mí—. ¿Te gustaría probarlo? Lo hice yo misma… nada particularmente especial, me temo. Es huevo y jamón.

infidelidad consentida

- ¡Oh, me encantaría! - dije, aceptando el sándwich con dedos que se demoraron un latido de más contra los suyos. El primer bocado fue una revelación: el pan crujió bajo mis dientes, los huevos aún tibios y suaves, el jamón cortado tan fino que se disolvía en la lengua. No solo era bueno; era nivel-Marisol, el tipo de sándwich que hacía olvidar cualquier otro sabor. - ¿Dónde lo compraste?

La risa de Celeste fue discreta, casi tímida.

• ¡Oh, lo hice yo misma! - Se acomodó un mechón suelto detrás de la oreja, sus ojos avellana desviándose por un segundo… suficiente para que notara cómo la luz resaltaba sus destellos dorados. - Fui a la tienda, compré pan crujiente, freí los huevos... ¿De verdad te gusta?

- ¡Me encanta! - Las palabras salieron antes de poder detenerlas, con la boca medio llena. Otro bocado, y casi gemí: la yema había empapado el pan justo para suavizarlo sin encharcarlo, como solía hacer Marisol cuando aún desayunábamos juntos. - Sabe a cielo...

Las mejillas de Celeste se sonrojaron, sus dedos retorciendo la correa del bolso.

• No creo que sea tan bueno... - comentó, pero la comisura de sus labios delataba su placer.

- ¡Oh, pero lo es! - expliqué, limpiando una migaja de la comisura de mi boca. El recuerdo de ese pan mohoso y huevo podrido se evaporó ante la perfección crujiente del sándwich de Celeste. - Comí una aberración asquerosa minutos antes. Pero el tuyo... es como si lo hubieras sacado directamente de una cocina de cinco estrellas.

esposa infiel

Su sonrisa se profundizó, revelando un hoyuelo que no había notado antes: pequeño y preciso, como un signo de puntuación para subrayar su diversión.

• ¡Bien! ¡Me alegra que te guste! - Se sacudió pelusas imaginarias de su vestido, la tela susurrando contra sus muslos al enderezarse. - Entonces... supongo que eso te deja con pocas excusas para no acompañarme de vuelta a mi hotel.

Solté una carcajada, el sonido rebotando en las paredes de mármol del lobby. Cabezas giraron brevemente antes de volver a sus preocupaciones corporativas.

- Así que... ¿Me contratas como chófer por un sándwich? - Otro bocado… la yema, aún tibia, cubrió mi lengua. Mastiqué lento, saboreándolo. - ¿Debo esperar pago en favores culinarios?

• Bueno... dijiste que tenías la agenda libre... y también compartiste que mi esposo estará ocupado toda la tarde y no te extrañará... por lo que sí. Podría decirse que tus servicios ya están asegurados… por el precio de un sándwich. - Lo dijo con un tono juguetón que insinuaba algo más íntimo también...

- No me quejo. Soy yo quien acepta tu deliciosa propuesta. - Dije, ofreciéndole mi brazo.

El calor de sus dedos enroscándose alrededor de mi codo envió una sacudida inesperada por mi espina… algo en cómo su pulgar rozó mi manga, deliberado pero titubeante, como probando límites que ya decidió cruzar.

Lo tomó con gusto y subimos al ascensor al estacionamiento. Las paredes espejadas nos reflejaron…la cabeza de Celeste ladeada levemente hacia mi hombro, el tejido azul marino de su vestido moviéndose con cada respiración. Me atrapó mirando y esbozó una sonrisa pícara, mordiendo su labio inferior de manera que el ascensor de pronto se sintió insoportablemente pequeño. Las puertas se abrieron con un ding absurdamente fuerte en el denso silencio entre nosotros.

Subió a mi camioneta como un cachorro entusiasmado por un paseo, su vestido subiendo lo suficiente para revelar el mínimo asomo de muslo sobre la rodilla. El motor rugió, vibrando bajo nosotros como un segundo pulso. Celeste se abrochó el cinturón con cuidado exagerado, sus dedos demorándose cerca de la hebilla. La descubrí observándome… no mi rostro, sino mis manos agarrando el volante, cómo mi antebrazo se tensaba al cambiar de marcha.

- ¡Me estás mirando! - Dije, incorporándome al tráfico. El sol de la tarde se filtraba por el parabrisas, iluminando los reflejos dorados de su cabello.

encuentro

• ¿Ah, sí? - No apartó la vista. - Solo pensaba en lo diferente que eres de Reggie. Él conduce como si el auto pudiera morderlo.

Solté una risa divertida, manteniendo una mano relajada sobre el volante mientras el skyline de Melbourne se desdibujaba tras nosotros.

- ¿Y cómo conduzco yo?

• ¡Oh, conduces espléndidamente! ¡Como todo un caballero! - Su tono era alegre y melódico, sus dedos marcando un ritmo juguetón contra el tablero… aunque noté cómo sus nudillos palidecían cuando tomaba las curvas demasiado rápido.

El aroma de su sándwich aún flotaba entre nosotros, mezclado con algo más intenso… anticipación, quizás, o el perfume de lavanda que se había aplicado generosamente en sus pulsos.

- Entonces... ¿Has hecho turismo? - pregunté mientras doblaba en la avenida. El semáforo adelante cambió a rojo, y detuve la camioneta suavemente.

Celeste se movió en su asiento, su vestido susurrando contra el cuero al girarse completamente hacia mí.

• ¡Sí! ¿Ves? ¡Aprendí la lección! - Alzó orgullosa su bolso y celular. - Aunque lamentablemente no sirve para contactar a Reggie.

- ¿Cómo se conocieron? - pregunté, intrigado. Reginald ronda los 50, calvo y con algo de sobrepeso. Mientras que Celeste es demasiado joven para él...

El cuero de los asientos crujió cuando Celeste se ajustó, su vestido subiendo levemente sobre sus rodillas. Exhaló por la nariz (un sonido silencioso y cautivante) antes de responder.

esposa deliciosa

• En una subasta benéfica en Londres. Pujaba por una botella de vino. Yo le subí pura terquedad... y le pareció bastante gracioso. - Pasó un dedo por la costura del tablero, su uña haciendo un clic suave contra el plástico. - Después, mi madre me dijo que Reginald trabajaba en la oficina londinense de tu empresa. Que estaba muy bien posicionado en gerencia. Que estaba soltero y que buscaba esposa. (Su risa fue entonces aguda y amarga, como el primer sorbo de café frío.) Resulta que "buscar esposa" significaba "buscar alguien lo suficientemente presentable para sentarse callada en cenas corporativas".

Una motocicleta rugió al pasar, su escape llenando el aire de olor a aceite quemado. Bajé la ventana a la mitad.

- Suena... interesante. - dije, sintiendo que no era toda la historia.

• ¡No, para nada! —Suspiró. Entrecerró los ojos bajo el sol, sus ojos avellana estrechándose como si intentara enfocar algo lejano… o quizás, solo evitar mirarme. - Mi madre fue... bastante insistente. Creía que se me acababa el tiempo, lo cual me pareció dramático. (Sus dedos se apretaron más alrededor de la correa del bolso, el cuero crujiendo bajo la presión.) Le dije que no se preocupara, que se ocupara de sus propios problemas, pero mi madre insistió en que Reginald tenía buena posición. Le encantaba especialmente que él estuviera, aparentemente, en línea al trono... por distante que fuera esa línea.

Lo dijo con tono burlón, como si tampoco le pareciera importante… pero cómo su voz bajó al decir "trono" delató algo más agudo bajo la superficie.

- Sí, sobre eso... - La miré de reojo mientras esperábamos el verde del semáforo. La vibración del motor resonaba en el volante, sincronizada con el inquieto golpeteo del pie de Celeste contra el tapete. - ¿De verdad es tan importante ser heredero al trono? La primera vez que supe que era el 248º en la línea, pensé que tendría que ocurrir un accidente catastrófico en toda una mina donde trabajase la familia real para que él llegara a ser rey.

47: Entrega informal (Parte I)

Celeste estalló en una risa explosiva, el sonido rebotando en el interior de la camioneta como una bola de pinball. Siguió riéndose por cuadras (literalmente, cuadras enteras), sus hombros temblando, su cabeza echada hacia atrás contra el asiento hasta que lágrimas brillaron en las comisuras de sus ojos. Era el tipo de risa que hacía girar cabezas a los peatones, el tipo que me hacía sonreír solo por escucharla.

• Pensé... pensé... algo similar. - Jadeó entre respiraciones, secándose los ojos con el dorso de la mano. Su lápiz labial se difuminó ligeramente, dejando un tenue trazo frambuesa cerca de su sien. - Pero mi madre insistió en que él tenía buena posición, así que nos empujó, y nos comprometimos.

- ¿Nos? ¿Qué quieres decir con "nos"? ¿Habló con Reginald? —pregunté, observando cómo los dedos de Celeste se apretaban alrededor de la correa del bolso.

La camioneta se detuvo en otro semáforo en rojo, el rumor bajo del motor llenando el silencio entre nosotros.

• ¡Oh, sí! Bastante, en realidad. - Un músculo de su mandíbula se tensó al hablar, su voz normalmente melódica ahora plana. - Se tomó la libertad de... presentarme bajo una luz bastante conveniente. Disponible, complaciente y… según ella… bastante necesitada de dirección.

Sus dedos marcaron comillas alrededor de la última frase, uñas brillando color ciruela bajo la luz de la tarde. Afuera, la sombrilla de un vendedor ambulante se cerró con un chasquido como de disparo, haciéndola estremecerse.

- ¿Y tenías una vida antes de eso? - La pregunta se escapó antes de poder detenerla.

Los hombros de Celeste se tensaron. Bajó el rostro, repentinamente fascinada por cómo su pulgar trazaba círculos contra el cuero. El aroma a lavanda se intensificó cuando exhaló por la nariz.

• Bueno... no así. - Las palabras salieron lentamente, cada una pesada antes de liberarse. - Mi padre tenía su pensión del ministerio, y mi madre tenía algo de dinero...

Su voz se desvaneció, observando gotas de lluvia correr por la ventana del pasajero. Una gota particularmente gruesa se partió en dos a mitad de camino, bifurcando caminos divergentes en el cristal.

• Pero me hice una vida propia. - Su barbilla se elevó levemente, con orgullo propio. - Tenía mis rutinas… pequeñas cosas, en realidad. Suficiente para sentirme independiente, al menos en mi mente.

Celeste se volvió nostálgica después de eso. El zumbido de la camioneta se desvaneció en segundo plano mientras trazaba un patrón ocioso en el vidrio empañado, su dedo dejando estrías en la condensación.

• Tuvimos un momento... y él comenzó a cortejarme... pero no estaba enamorada. - Su suspiro empañó más el vidrio. - Lo entendió. Reginald dijo que era buena compañía y que era preciosa. Nos casamos. Muy sensatamente, en realidad. (Su pulgar presionó con más fuerza contra el asiento de cuero, hundiéndolo.) Era amable, atento a su manera... y pensé que tal vez sería suficiente.

infidelidad consentida

El silencio se estiró como caramelo: pegajoso y maleable. Por unos segundos, los ojos de Celeste perdieron el foco, mirando un punto invisible más allá del tablero. Luego, como una buceadora emergiendo, parpadeó y continuó:

• Suele serlo... para la mayoría.

- ¿Por qué? - pregunté, observando su reflejo en la ventana salpicada de lluvia. El azul de su estado de ánimo parecía filtrarse en el cristal, tiñendo el mundo exterior en tonos melancólicos.

• Bueno, ya debes conocerlo. - Otro suspiro. Sus dedos se tensaron contra el asiento de cuero, inquietos como un pájaro atrapado tras el vidrio. - Es... muy dedicado a su trabajo. Admirablemente. (Las palabras sonaron ensayadas, pulidas para cenas formales, pero con un tono solemne de dolor también.) Simplemente deja poco espacio para lo demás. Ya van cinco años…

Una pausa. La calefacción de la camioneta se encendió, llenando el silencio con un susurro seco.

• Rara vez hablamos. - Su pulgar presionó la costura del asiento, jugueteando con un hilo suelto. - Y aunque tengo una buena vida… (El hilo se rompió…) una se acostumbra a su propia compañía. Aunque no estoy segura de que esa fuera la intención.

esposa infiel

Su risa fue entonces abrupta y áspera, como porcelana rota. Afuera, la lluvia difuminaba la ciudad en manchas impresionistas de gris y dorado.

• Pero al menos, este viaje ha sido... inesperadamente refrescante. He disfrutado descubrir la ciudad a mi manera. Visitar galerías que nadie más quiere ver. Comer en cafés donde nadie sabe mi nombre. (Su voz se suavizó.) Hay libertad en ser olvidada.

Como seguía mirándola (observando cómo su mandíbula se tensaba al mentir), probablemente la hice sentir incómoda. Sus dedos revolotearon hacia su garganta, ajustando un collar invisible. El aire entre nosotros se espesó con preguntas no dichas.

• ¿Y tú? - preguntó, proyectando una sonrisa que no llegaba a sus ojos. El cambio de tema fue torpe, desesperado. - ¿Cómo te casaste?

Me ajusté en el asiento, el cuero crujiendo bajo mi peso. El volante se sintió repentinamente resbaladizo bajo mis palmas. El motor de la camioneta ralentizaba en otro semáforo en rojo, su vibración transmitiéndose al volante. La mirada de Celeste se aguzó, sus ojos avellana desplazándose hacia mis manos… luego de vuelta a mi rostro, esperando.

- Bueno... primero debes entender que nosotros... también tenemos una diferencia de edad con mi esposa. – Comencé nervioso, mis dedos apretándose mientras ordenaba mis pensamientos.

El sol de la tarde se filtraba por el parabrisas, proyectando sombras angulares sobre el rostro de Celeste.

• ¡Oh! - Sus cejas se arquearon… sorpresa genuina esta vez, no cortesía fingida. El sonido fue agudo, como un corcho de champán.

- Sí, soy doce años mayor. Y nos conocimos cuando yo estaba en la universidad... - El cuero del volante crujió bajo mi agarre. A mi lado, el perfume de Celeste (esa lavanda agresiva) llenó la cabina mientras se inclinaba levemente.

• Oh... eso es... curioso... - exclamó, sonando confundida. Sus labios se entreabrieron, mostrando el más leve destello de dientes bajo el brillo frambuesa. La camioneta golpeó un bache; su rodilla rozó la mía y no se apartó.

- Sí. Yo tenía veintiocho... y... - Dejé mis palabras suspendidas llevando las implicancias, observando cómo los ojos avellana de Celeste alternaban entre mi boca y la carretera.

encuentro

El aire acondicionado de la camioneta zumbaba entre nosotros, arrastrando el tenue aroma de su brillo labial…algo cítrico bajo lo frambuesa.

Entonces comprendió. Una sonrisa lenta se extendió por su rostro, formando un hoyuelo en una mejilla.

• ¡Oh, ya veo!... —Cubrió su boca con las manos, pero no lo bastante rápido para ocultar cómo sus dientes mordían su labio inferior.

Su risa quedó ahogada tras los dedos: cálida, gutural, absolutamente deleitada.

- Sí. Soy el primer amor de Marisol. - La confesión pesó menos de lo esperado, deslizándose de mi lengua como una piedra en agua quieta. Afuera, el perfil de Melbourne pasaba borroso, el sol destellando en ventanales de rascacielos. - Éramos vecinos. Se enamoró de mí a primera vista. Nos hicimos amigos... aunque yo no entendía que ella quería más. Compartíamos intereses. Yo no salía con nadie. Ella tampoco…

Las llantas golpearon uno de los pocos baches en el pavimento, acercando a Celeste. Su rodilla presionó contra la mía, cálida a través de la tela de mi pantalón.

- Empecé a darle tutorías para los exámenes de admisión universitaria. - Continué, doblando en otra avenida, las palabras brotando como un torrente. - Ella me dio su primer beso. Se disculpó. Yo la besé de vuelta, intrigado por sus labios con sabor a limón... ¡Y aquí estamos!

Celeste rió ante mi resumen: un sonido como burbujas de champán estallando contra cristal.

• ¡Dios mío! ¡Qué encantador! - Celeste rió, el sonido brillante y sin filtro. La luz del sol capturó las motas doradas en sus ojos avellana al ladear la cabeza. - Al principio, debió ser muy difícil...

Ajusté mis dedos en el volante, recordando la intensidad adolescente de Marisol: cómo presionaba contra cada límite que establecía como un oleaje probando un dique...

- ¡Sí! ¡Pero no para mí! - El cuero crujió bajo mi agarre. - Marisol era... curiosa sobre ciertas cosas... y bueno... yo era el adulto... así que debí marcar límites...

esposa deliciosa

El aliento de Celeste se cortó.

• ¡Oh, eso debió ser complicado! - Sus dedos revolotearon hacia su garganta, donde un pulso saltaba bajo la piel bronceada.

- Pero tenía la aprobación de la madre de Marisol. - El recuerdo emergió nítido como si fuera ayer: cómo le pedí a la madre de Marisol la mano de su hija, y sus miradas aterradas cuando le pregunté lo mismo al padre. - Finalmente, cuando vi que las cosas se ponían serias, me declaré y Marisol aceptó… (Suspiré, sintiendo la delicia del recuerdo.) Tuvimos una boda pequeña y apresurada en su cumpleaños 19. A la mañana siguiente, volamos a Adelaide, pues conseguí trabajo en una mina en Broken Hill, pero nuestro hogar estaba allí.

Las llantas zumbaron contra el asfalto al frenar en un semáforo. Los dedos de Celeste tamborilearon ausentes contra su muslo, el ritmo desigual.

- Marisol estaba embarazada de nuestras gemelas y quería retomar sus estudios para ser profesora de historia.

Celeste inhaló bruscamente. Por un largo momento, no habló. El silencio se extendió entre nosotros, lleno solo por el ralentí del motor y los cláxones lejanos del tráfico de Melbourne. Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de la correa del cinturón, el cuero crujiendo bajo la presión.

- Lo haces sonar tan simple. - dijo al fin, su voz más suave y melosa ahora. - Como... si fuera el destino.

Ajusté mi agarre al volante, sintiendo las estrías del cuero gastado imprimirse en mi palma. La cabina repentinamente pareció demasiado pequeña, el perfume de Celeste chocando con los recuerdos del jabón de piel de Marisol: algo floral y barato que aún impregnaba nuestras sábanas después de todos estos años.

- Sí... no del todo. No es divertido enterarte de que tus hijas dieron sus primeros pasos mientras estabas a 350 kilómetros.

La confesión tenía sabor a óxido, polvo y tierra. Recordé la videollamada pixelada, el labio tembloroso de Marisol murmurando ¡Lo siento! tras las cabezas saltarinas de las gemelas... y cómo esa noche, Hannah, mi esposa laboral, pagó las consecuencias de nuestra satisfacción mutua en la cama…

47: Entrega informal (Parte I)

Ella rió, pero el sonido se desvaneció demasiado rápido. Un autobús rugió al pasar, sus gases de diésel filtrándose por las ventilas. Celeste arrugó la nariz y se inclinó para ajustar el flujo de aire, su vestido tensándose sobre su espalda. Un solo botón de nácar resistió la tensión.

• Marisol debe ser una mujer extraordinaria. Para equilibrar todo eso. - Sus dedos se demoraron cerca de la ventana: largos, afilados, que parecían hechos para sostener copas de champán, no para manipular perillas de plástico.

- ¡Lo es! - No elaboré más.

Algunas cosas eran demasiado privadas: cómo Marisol aún se sonroja cuando beso sus mejillas, cómo sigue creyendo que podría divorciarme de ella por sus patadas al dormir. Lo último no era del todo erróneo. Había noches en las que despertaba con su talón clavado en mi riñón, murmurando cosas sobre calificar exámenes en sueños.

Celeste me estudió de reojo.

• ¡Tienes suerte! - Lo dijo como un epitafio, como algo tallado en piedra. Su pulgar siguió el borde de la ventana, persiguiendo las gotas de lluvia afuera. - La mayoría de los hombres no notaría ni la mitad de lo que acabas de compartir.

- Sí. - El semáforo cambió a verde. - Pero la suerte es solo... prestar atención en el momento correcto.

Su sonrisa titubeó…

• No creo que Reggie notara cuando entré a esa subasta. - La admisión quedó suspendida entre nosotros: pequeña y afilada, como una esquirla de vidrio atrapada en la luz del sol.

infidelidad consentida

La suspensión de la camioneta crujió al girar hacia el empedrado camino del hotel. Valets en chalecos burdeos holgazaneaban cerca de la entrada, sus zapatos pulidos brillando. Celeste desabrochó el cinturón con un clic decisivo, el sonido cortando la cabina como tijeras en seda.

• ¿Te... gustaría subir un momento? - Su invitación cayó abruptamente, sus dedos apretando la correa de su bolso. - El servicio de habitación sirve unos pasteles absurdamente pequeños. Casi son buenos… (Una risa nerviosa escapó de ella, demasiado brillante para la tarde que se oscurecía.) Podría ser agradable no tener que comerlos sola...

Apagué el motor. El silencio repentino hizo audible su respiración: superficial, como si la hubiera retenido…

• Sería maravilloso compartir algo más. Dijiste que Reggie estaría en reuniones todo el día. - Lo dijo con ojos casi suplicantes, el avellana oscureciéndose como nubes de tormenta sobre el Yarra.

Sus dedos se arrastraron hacia mi muslo, tentativos pero deliberados, las uñas color frambuesa marcando hoyuelos en la tela de mi pantalón...

• O quizás... puedo ofrecerte algo más que te guste...

esposa infiel

(Or perhaps... I can offer you something else you might fancy...)

Las rodillas de Celeste se separaron lentamente: movimiento calculado de quien prueba aguas prohibidas. El dobladillo de su vestido azul marino subió, revelando muslos tensos sonrosados por el calor vespertino. Sus dedos se enroscaron en el asiento de cuero, las uñas hundiéndose en la tapicería.

La miré intrigado. Esta mujer maravillosa había cruzado medio mundo solo para esperar en lobbies, mientras Reginald hacía lo que le placía: amargar la vida a todos los demás. Miré la entrada del hotel, luego de vuelta a ella. Esta vez no apartó la vista.

encuentro

- ¡Está bien! - acepté. - Tengo unas horas libres.

Sus ojos brillaron: no solo de placer, sino con algo más agudo, como la luz capturando el filo de un cuchillo. El valet abrió la puerta de Celeste antes que yo, su sonrisa pulida vacilando levemente cuando ella ignoró su mano extendida. Pisó los adoquines con una gracia sorprendente, su vestido azul marino atrapando la luz de modo que la tela onduló como agua. Por un instante, casi pude ver el contorno de su cuerpo bajo él (la curva de sus caderas, el hueco de su cintura) antes de que ajustara la correa del bolso y la ilusión se desvaneciera.

- ¡Después de ti! - dije, señalando las puertas giratorias del hotel.

Celeste vaciló (solo una fracción de segundo) antes de rozarme al pasar, su hombro apenas rozando mi brazo. Lavanda y almidón. De cerca, noté una peca justo bajo su clavícula, semioculta por el escote modesto del vestido. Sus dedos se flexionaron a los lados, luego se cerraron en puños sueltos. Finalmente entendió que lo estábamos haciendo…

El lobby era un estudio de caos controlado: un grupo de turistas apiñados alrededor de un guía estresado, sus credenciales balanceándose mientras discutían en alemán rápido. Un empresario gritaba en su teléfono cerca de la fuente de mármol, sus zapatos italianos repiqueteando con impaciencia. El aire olía a café caro y al tenue aroma cítrico de productos de limpieza. Celeste se movió entre todo con la facilidad de alguien acostumbrada a pasar desapercibida: pasos livianos, postura discreta. Pero luego me miró por encima del hombro, y la expresión en sus ojos avellana era cualquier cosa menos discreta.

No se detuvo en la recepción, ni miró el menú de tiza del café con sus especialidades sobrevaloradas y las raras promociones de la sala de eventos que todavía me sorprenden y aterran a la vez. En cambio, se dirigió directo a los ascensores, sus tacones repiqueteando contra el mármol con un ritmo que sugería que había recorrido este mismo camino antes. Quizás, más de una vez…

Pero entonces noté a alguien familiar en la recepción. Como mencioné antes, suelo traer mujeres a este lugar refinado, y el tipo en la recepción hizo sonar campanas en mi memoria. No tardé en reconocerlo como el mismo que me atendió cuando traje a Ginny (cuando trabajaba como Nicole) hace unos años...

esposa deliciosa

Y entonces, se encendió mi bombilla. Tenía un plan...


Post siguiente


0 comentarios - 47: Entrega informal (Parte I)