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Mi novia culeada por otro en el parque (IA)

Hola compañeros de Poringa, me pico curiosidad de lo que puede hacer una IA así que le pedí que contara nuestro primer relato "Mi novia culeada por otro en el parque" desde el punto de vista de mi mujer. Les dejo el resultado espero les guste y lo disfruten!

Rosario, 1991. El verano era una bestia sofocante, una mantahúmeda y pesada que se apretaba sobre la ciudad. En una chopería cerca de laUniversidad, el aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra el calory el vapor que se elevaba de las cervezas rubias. A mi lado, mi novio, a quienllamaré "A", tenía veintiséis años y la mirada puesta en mí como siyo fuera el último sorbo de una bebida fría. Yo, con treinta y dos, me sentíaesa noche exactamente como él me veía: un plato que se servía caliente.
Esa noche, yo llevaba un "vestido bobo" de unaépoca pasada, sin mangas, ceñido a mi torso como una segunda piel. La falda,corta y con tablas, era una provocación ambulante. Apenas me cubría el iniciode mis nalgas; si me agachaba, el mundo entero tenía entrada gratis a ese culoque yo esculpía con horas de gimnasio, redondo, alto y firme. Las botas de tacoalto completaban la ilusión, una estatua de carne y deseo destinada a sermirada.
Salimos. Cada cabeza se giraba cuando pasábamos. Los hombresme devoraban con los ojos; las mujeres, con una mezcla de envidia y desprecio.Al principio, me sentía incómoda, pero después de un par de cervezas, empecé acaminar con una nueva confianza, una reina en mi corte de lujuriosos. El poderde mi cuerpo me embriagaba casi tanto que la cerveza.
Después de cenar, el calor y la cerveza habían hecho sutrabajo. Íbamos recalientes, con la piel erizada y la mente puesta en una solacosa.
"Vamos al parque", susurré en su oído, mi manoapretando su muslo por encima del pantalón. "Necesito que me cojas.Ahora".
El Parque Urquiza era nuestro territorio, un laberinto desombras y árboles ancianos que conocíamos como la palma de nuestra mano. Peroesa noche, el secreto estaba a voces. El parque estaba vivo, zumbando con laenergía de docenas de otras parejas con la misma idea. Cada banco oscuro, cadaárbol grueso, parecía albergar a una pareja en plena actividad, un concierto degemidos ahogados y susurros urgentes.
"Está lleno", se quejó él, frustrado.
Caminamos, buscando un rincón privado, hasta llegar a labajada que llevaba hacia el río, en la esquina de Pellegrini y la costa. Allí,un banco solitario nos esperaba, como un escenario preparado para una obra deteatro.
Nos sentamos. No necesitamos más. La primera vez que mebesó, supe que estaba más borracha de lo que pensaba. Mis labios se abrieronbajo los suyos con una urgencia desesperada, mi lengua buscaba la suya con unaferocidad que no era habitual. Sus manos viajaron por mi cuerpo, sintiendo elcalor de mi piel a través de la fina tela del vestido. Yo respondí con igualintensidad, mi mano ya frotando su pija endurecida a través de sus jeans.
"Quiero que me folles, A", gimió en mi oído."Aquí. Ahora".
"Quitate la tanga", me ordenó, su voz ronca dedeseo. "Así puedo entrar mejor".
Me paré, un poco inestable, y me dispuse a obedecer. Fue enese momento cuando lo escuchamos: una rama que se rompía en la oscuridad,detrás de un árbol cercano. Me helé.
"Hay alguien ahí", susurré, mis ojos muy abiertospor el miedo.
Su primer instinto fue el pánico. ¿Un ladrón? ¿Un policía?Pero entonces, sus ojos se acostumbraron a la penumbra y pudo distinguir unaforma humana, una silueta recortada contra la luz lejana de una farola. Y vioel movimiento rítmico de un brazo. No era un ladrón. Era un voyerista,masturbándose mientras nos miraba.
Se lo dijo a A, esperando una reacción de pánico. Pero yo,en mi estado de ebria desinhibida, me reí. Un sonido bajo, travieso.
"¿Y? Que mire si quiere", dije. "Mecalienta".
No lo podía creer. A, mi novio, excitado por la idea de queun extraño me observara mientras me follaba. La sangre me hirvió en las venas,una mezcla de posesividad y una lujuria tan intensa que casi me dolió.
Me agarró y me sentó sobre su regazo, de espaldas a él.Abrochó su pantalón, sacó su pija y, sin previo aviso, me la clavó de una.Grité, un sonido de sorpresa y placer que se perdió en la noche. Empecé amoverme, lentamente al principio, luego con más ritmo, mi culo rebotando contrasu pelvis. Me giré para besarlo, mi lengua en su boca.
"¿Sigue mirando?", pregunté, mi voz un alientocaliente en su oído.
"Espera que veo", respondió. Con una mano, mesubió la falda del vestido, dejando mi culo completamente al aire, expuesto ala oscuridad y a la mirada de nuestro espectador. Miró hacia el árbol. Lasilueta se asomó, valiente. Nuestros ojos se cruzaron por un instante. Seasustó y volvió a esconderse. Pero cuando vio que no reaccionaba, que no legritaba, volvió a salir, más audaz esta vez.
Yo cabalgaba cada vez con más fuerza, mis gemidos llenabanel aire. Él me mantenía la falda levantada, sus manos exploraban mi culo,abriendo mis nalgas para darle al espectador una vista perfecta de cómo su pijadesaparecía dentro de mí.
El tipo ya no se escondía. Estaba allí, a pocos metros denosotros, pajeándose sin tapujos, su pija en su mano, un espectáculo paranosotros tanto como nosotros lo éramos para él.
"Se está pajeando, viéndonos", susurró A.
Me giré para mirarlo. Y entonces, hice algo que lo heló y loexcitó a la vez. Le sonreí. Una sonrisa de pícara complicidad.
El tipo se movió, acercándose un poco más, hacia el borde dela luz. Ahora podíamos verlo mejor. Tenía unos treinta y tantos años, flaco,morocho, y alto, muy alto, fácilmente 1.85m. Lo miré y mi cabalgata se volviómás salvaje.
Entonces, en voz alta, lo suficientemente alto para que élme escuchara, grité: "¡Culeame! ¡Acabame en el culo!".
La orden colgó en el aire nocturno, un desafío lanzado a lostres. Me bajé de su regazo, mi cuerpo temblando de anticipación. Me apoyécontra el árbol rugoso que estaba junto al banco, levanté la falda hasta micintura y lo miré por encima de mi hombro.
"¡Dale! ¡Metémela!", supliqué.
Él se acercó, su pija dura y pulsante en su mano. Meacarició las nalgas, sintiendo la piel suave y tensa. Nuestro espectador semovió, buscando el mejor ángulo. Escupió en su mano, pasó la saliva por mi ano,despacio, deliberadamente, para que él viera cada detalle. Yo gemí.
"¡Metémela, hijo de puta!", grité, perdiendo lapaciencia.
Me la clavó de golpe. Entró hasta el fondo, y grité, unsonido de dolor puro que rápidamente se transformó en placer. Empezó abombearme con fuerza, sus golpes sacudiendo mi cuerpo contra el árbol. El tipose pajeaba como un loco, sus ojos fijos en el punto donde nos uníamos. Yo lomiraba directamente ahora, sin disimulo, mi boca entreabierta, mis ojosvidriosos por la cerveza y la lujuria.
De repente, lo detuve. "Para", dije, mi voz era uncomando ronco. Lo empujé suavemente hacia atrás y lo senté en el banco. Laconfusión debía estar pintada en su rostro, pero yo tenía un plan.
Me incliné hacia adelante, apoyando las manos en susrodillas, ofreciéndole mi culo, una duna perfecta apuntando hacia nuestroespectador. Con una mano, me acaricié las nalgas, con la otra, las separé,mostrándole a él el tesoro que se escondía entre ellas. Luego, me incliné y meempecé a chupar la pija.
No era una mamada para su placer. Era una preparación. Laensalivé con esmero, cubriéndola con mi saliva, haciéndola brillar bajo la luzde la luna. Cuando estuve satisfecha, me giré, de espaldas a él, y me sentésobre su pija, guiándola hacia mi culo. Me la ensarté de nuevo, pero esta vez,mi atención no estaba en él. Estaba en el espectador.
Le sonreí, una invitación silenciosa. Y el tipo entendió. Seacercó, saliendo de las sombras como una criatura nocturna. Ahora podíamos versu arma. No era gruesa, pero era larguísima, una serpiente curvada y erecta queapuntaba hacia el cielo. Calculo que debía medir unos 24 o 25 centímetros. Muydiferente a la de mi novio, sentí una diferencia abismal.
Emití un pequeño gemido de asombro y admiración. "Mierda...",susurré. Y empecé a moverme sobre él, con sentones cada vez más profundos, cadavez más urgentes, como si quisiera competir, como si quisiera demostrarle a esanueva pija lo que yo podía hacer.
Le hice señas con la mano. "Vení", le dije.
El tipo se acercó hasta que estuvo de pie frente a mí. Sindejar de cabalgar a mi novio, extendí la mano y agarré su pija. La palpé, lapesé, la pajeé lentamente, sintiendo su longitud, su calor. Y entonces, meincliné y me la metí en la boca.
Mi novio no lo podía creer. Su novia, la mujer con la queplaneaba casarse, estaba chupándole la pija a un desconocido delante de susnarices, mientras su pija estaba en mi culo. La imagen fue demasiado para él.La contradicción entre la humillación y la excitación fue tan abrumadora que sevino de inmediato, con un grito ahogado, uno de los orgasmos más intensos,violentos y humillantes de su vida. Su leche explotó dentro de mi culo.
Me bajé de él al instante, indiferente a su orgasmo. Mearrodillé en el suelo húmedo y me dediqué a esa pija extraña con una devocióncasi religiosa. Le chupaba las bolas, la recorría con mi lengua de arribaabajo, me la metía hasta el fondo de la garganta, ahogándome. El tipo seagarraba de mi pelo, guiándome, sus ojos cerrados en un éxtasis silencioso. Nosé cómo aguantaba sin venirse; me imagino que ya llevaba rato excitado,observando a otras parejas, guardándose su energía para este momento.
Después de lo que pareció una eternidad, me detuve. Me pusede pie, sin soltar la pija de él, y lo guíe hacia el árbol, hacia el mismolugar donde mi novio me había estado cogiendo momentos antes. Me recosté contrala corteza rugosa, mirándolo a los ojos.
"¡Rómpeme el culo, mirón hijo de puta!", lesusurré.
El hombre no dijo nada. Simplemente escupió en su propiapija, la ensalivó con la mano, y la dirigió hacia mi culo. Empezó a meterla,despacio, con una paciencia tortuosa. La cabeza entró con relativa facilidad,pero el tronco... el tronco parecía no tener fin. Sentí cómo mi cuerpo setensaba, cómo mis manos se aferraban al árbol. De repente, él empujó con fuerzacon sus caderas, y lancé un grito largo y profundo, un "¡AAHHH!" quesalió de lo más profundo de mi ser. Me la había clavado hasta el fondo. Hastael último centímetro.
El hombre empezó un ritmo lento, casi cruel. Se la sacabahasta la cabeza, dejando mi ano abierto y vacío por un segundo, para luegovolver a meterla hasta el fondo con una embestida seca y profunda. A veces sedetenía, sin sacarla del todo, y me la escupía para lubricarla más. Lo hacíacon una seguridad que me heló. No estaba follando. Estaba reclamando. Estabarefregándole a mi novio su superioridad, su tamaño, su poder.
Mi novio se había convertido en el espectador. Su pija,recién salida de mi culo, volvía a estar dura. Empezó a pajearse, viendo cómoesos 25 centímetros de carne entraban y salían de mi culo. Y yo estaba gozandocomo una loca. Mis gemidos eran cada vez más altos, más incontrolables.
El tipo, asustado de que nos descubrieran, me tapó la bocacon una mano. Yo lamí su palma, mordiéndola, mientras él seguía bombeándome.
De repente, mi cuerpo empezó a temblar violentamente. Ungrito ahogado escapó de mi garganta, ahogado por su mano. Mis piernas seaflojaron, y me habría caído si él no me hubiera sostenido, apretándome contrael árbol. Empezó a culearme con más fuerza, con una furia desatada, hasta quedio una última embestida, tan profunda que me levantó del suelo. Grité, unamezcla de dolor y placer puro, y vi cómo sus caderas se contraían contra mí,vaciándose dentro de mi culo.
Eso fue demasiado para mi novio. Se vino de nuevo, con unafuerza que salpicó su propio estómago y sus piernas. Era su primera vez comocornudo, aunque en ese momento no tenía ni idea de que existía esa palabra.Solo sabía que nunca había sentido nada tan humillante y excitante a la vez.
El hombre se retiró lentamente. Un chorro de leche blanca sederramó de mi culo, corriendo por mis muslos. Me giré, me apoyé en él,exhausta, y luego caminé hasta el banco, donde me desplomé a su lado. Mi carareflejaba una satisfacción que nunca había sentido antes.
El hombre se acomodó los pantalónes y se fue, sin decir unapalabra. Se desvaneció en la oscuridad de la misma manera en que habíaaparecido, como un fantasma de carne y hueso que nos había visitado paracumplir un deseo oscuro.
Nos quedamos allí un rato, en silencio. Luego nos levantamosy nos fuimos. Yo caminaba un poco torpemente, sin la tanga que había perdido enel calor del momento. Tomamos un colectivo hasta su casa, en un silencioincómodo pero cargado de lo que acabábamos de vivir. En esa época no teníamosun mango, y un taxi era un lujo que no nos podíamos permitir.
Pasaron veinte años antes de que decidiéramos intentarnuestro primer trío con un amigo suyo. Siempre hemos dicho que esa fue nuestraprimera experiencia de ese tipo, una mentira piadosa que nos permitía construirun nuevo recuerdo sobre las cenizas del viejo. La verdad es que nuestraverdadera primera vez fue esa noche de 1991, en el Parque Urquiza, con unhombre alto y silencioso cuya pija se convirtió en una leyenda privada entrenosotros.
Con los años, descubrimos que lo que hicimos tenía unnombre: "dogging". Una palabra fría, clínica, que no lograba capturarla locura, la vulnerabilidad y la intensidad cruda de esa noche. Pensándolofríamente, con la perspectiva de los años, fue una completa insensatez. Lohicimos sin protección, confiando en la suerte y en la oscuridad, una apuesta ala que podríamos haber pagado un precio muy alto.
Este relato empezó como una historia corta, un recuerdofugaz. Pero al empezar a escribir, los detalles volvieron a mí con una claridadasombrosa. El calor húmedo de la noche de Rosario, el olor a tierra y a río, elsonido de las cigarras, la forma en que la luz de la luna brillaba en mi piel.Sé que puede sonar a película, a una fantasía barata, pero les aseguro que esla verdad, tal y como sucedió. Una noche que nos definió, y que, de algunamanera extraña, nos mantuvo unidos por el secreto compartido. La noche en laque fui culeada por otro en el parque, y mi novio descubrió una parte de símismo que nunca supo que existía.

1 comentarios - Mi novia culeada por otro en el parque (IA)

putitamarica +2
Qué rico me gustó tu relato Pobrecito cornudito Pero estoy seguro de que le encantó cómo te cogío