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Compendio III
47: ENTREGA INFORMAL (Parte II)
Intrigada por mis acciones, Celeste siguió mis pasos. Sus cejas se arquearon levemente cuando desvié el rumbo, sus labios separándose como para protestar: pero no dijo nada.
- ¡Hola! —saludé al amable recepcionista.
La razón por la que lo recordaba era su parecido con el actor James Franco: el tipo que interpretó a Harry Osborne en la trilogía de Spider-Man de Sam Raimi. La misma sonrisa despreocupada, el mismo entrecerrar de ojos vagamente divertido. Aunque esta versión había cambiado el brillo de Hollywood por la hospitalidad de Melbourne, con una placa que decía Liam en letras azules nítidas.

> ¡Hola! ¡Bienvenido al Hyatt de Melbourne! ¡Me llamo Liam! ¿En qué puedo ayudarle?
La alegría profesional del recepcionista no llegaba a sus ojos… del mismo verde avellana que los del actor, pero apagados por años de sonreír a extraños. Sus dedos se cernían sobre el teclado, esperando. Detrás de mí, el aliento de Celeste se cortó: tan suave que solo alguien atento lo notaría.
- ¿Me... reconoces, por casualidad? - pregunté, apoyándome levemente en el mármol pulido del mostrador.
Mis dedos tamborilearon un ritmo perezoso (demasiado casual) mientras observaba el rostro de Liam en busca de cualquier destello de reconocimiento. Detrás de mí, el perfume de Celeste se intensificó con su inhalación; lavanda y algo más oscuro, como tallos triturados.

La sonrisa de Liam no vaciló, pero sus dedos se detuvieron sobre el teclado. Su mirada recorrió desde mis zapatos hasta mi rostro. Durante tres latidos, me estudió con la cortesía vacía reservada para huéspedes olvidables. Entonces su ceño se frunció.
> ¡Lo siento, señor! ¡No puedo decir que lo recuerde! - Incluso logró sonar arrepentido, encogiéndose de hombros con práctica.
Saqué mi billetera del bolsillo del pecho… lentamente, dejando que el cuero crujiera. Los nudillos de Celeste rozaron mi codo al acercarse. El aroma de su brillo labial de frambuesa cortó el aire estéril del lobby.
- ¡Uf! ¡Lamento mucho oír eso! - Desplegué tres billetes de cien dólares entre mis dedos como un mago mostrando cartas.
Los ojos de Liam siguieron el movimiento, su nuez de Adán moviéndose una vez...
- Si me hubieras reconocido… -continué, bajando la voz lo suficiente para que Celeste inclinara la cabeza. - tendría que pagarte trescientos para que olvidaras haberme visto.
La mandíbula del recepcionista trabajó en silencio un momento (como un pez agonizando en el muelle) antes de que la comprensión iluminara sus rasgos al estilo Franco. Su mirada osciló entre los billetes extendidos y el escote sonrojado de Celeste, donde su pulso golpeaba visiblemente bajo la piel. Ninguno de los dos tenía idea del juego que estaba proponiendo...
- ¿Ves a la dama que me acompaña? - Hice un gesto hacia Celeste sin mirar, manteniendo mis ojos fijos en los de Liam, que se ensanchaban.
El tono frambuesa de sus labios se intensificó al contener un respiro agudo. Una maleta de turista pasó rodando, sus ruedas chirriando contra el mármol como un animal moribundo.

- Es la esposa del CEO de mi empresa. Y planeo pasar un... tiempo de calidad con ella esta tarde.
Celeste emitió un sonido entre un jadeo y un gemido. Sus dedos se aferraron a la correa de su bolso con fuerza suficiente para blanquear sus nudillos. La nuez de Adán del recepcionista se movió dos veces antes de lograr un:
> ¡Señor, nuestro hotel...!
- ¡Lo sé! ¡Lo sé! - Lo interrumpí agitando los billetes, observando cómo sus pupilas se dilataban siguiendo el movimiento.
Detrás de nosotros, el murmullo de la fuente enmascaraba la respiración entrecortada de Celeste.
- ¿Confidencialidad, verdad? ¿Discreción? – Sonreí, recordando que la primera vez que vine con Ginny, me ofreció lo mismo, con una mirada cómplice y comprensiva. Sin prejuicios.
Liam asintió rígido, su cuello almidonado clavándose en su garganta.
- Bueno… - me incliné más cerca, dejando que el borde de un billete rozara su placa pulida. - como dije... si me hubieras reconocido, me vería obligado a pagar por tu silencio...
La boca del recepcionista se abrió (un perfecto 'O' de protesta), pero lo silencié con un dedo alzado.
- ¡Déjame terminar! - Mi susurro fue más cortante de lo previsto, cortando el murmullo del lobby como una cuchilla a través de seda.
Las uñas de Celeste se clavaron en mi codo, su aliento entrecortado al inclinarse más cerca, su exhalación con aroma a frambuesa calentando mi cuello.
- En cambio… - continué, suavizando mi tono hacia algo conspirativo. - te tengo una propuesta.
Las cejas de Liam treparon hacia su línea capilar al estilo Franco mientras desplegaba los billetes más abierto, los dólares australianos captando la luz del candelabro.
- Me preocupa que alguien pueda mencionarle a mi CEO que su esposa reciba... visitas los miércoles por la tarde…
Celeste emitió un sonido entre un jadeo y una risita, su agarre apretándose, al fin comprendiendo…

- Así que aquí está mi idea: te pago 500 extra por adelantado, por si Reginald pregunta alguna vez, y tú... - Me incliné, lo suficiente para oler el perfume genérico del hotel en su cuello. -...olvidas que me viste. ¿Entendido?
La risa de Celeste brotó (brillante, sin reservas) antes de ahogarla contra mi hombro. La máscara profesional de Liam se quebró en algo parecido a la diversión, su mirada saltando entre el dinero y el escote sonrojado de Celeste.
> ¡Eso es... inusualmente específico, señor! - logró decir, su voz estrangulada pero cooperativa.
- Además… - continué, golpeando los billetes contra el mármol para enfatizar. - me gustaría reservar tus servicios todos los miércoles por la tarde. Sin interrupciones, sin llamadas inesperadas a la puerta…. (Los dedos de Celeste se tensaron contra mi brazo ante la implicación.) Y el cambio de sábanas de la habitación una vez que me retire… ¿Puedes arreglar eso?
Liam exhaló por la nariz, hombros hundiéndose. Su mirada se desvió hacia la oficina del administrador (vacía, por ahora) y luego, de vuelta al dinero.

> No... estoy seguro. - admitió lentamente. Su pulgar rozó el borde de un billete de cien dólares, probando su peso. - Pero lo intentaré.
Le estreché la mano (deslizando los billetes discretamente en su palma) y le agradecí con un gesto que prometía más donde eso viniera. Las puertas del ascensor se cerraron con un thunk ahogado, encerrándonos en un silencio de espejos. El reflejo de Celeste permaneció anormalmente quieto junto al mío, sus dedos aferrados a la correa del bolso como si fuera un salvavidas. El aire zumbaba con el giro mecánico del ascenso, arrastrando el más tenue rastro de su perfume… lavanda, socavada por algo más oscuro, como tallos triturados.
• ¡Eres muy bueno en eso! - comentó de pronto, su voz apenas un susurro.

- ¿En qué? - Observé su reflejo ajustar el cuello del vestido, la tela susurrando contra su garganta.
• En hacer que la gente olvide que te ha visto. - Sus ojos se desviaron hacia la cámara de seguridad en la esquina, su luz roja parpadeando perezosamente. Un esbozo de sonrisa jugó en sus labios. - ¿Haces esto a menudo?
Me encogí de hombros…
- Riesgo laboral. Las políticas mineras requieren... discreción.
El ascensor zumbó entre nosotros, sus paredes espejadas reflejando las mejillas sonrojadas de Celeste en repetición infinita.

Nos besamos suavemente: una presión de labios que sabía a brillo de frambuesa y algo más oscuro bajo él, como el sabor metálico de las paredes de un pozo minero. Supe desde el minuto que la vi en el lobby, agarrando ese sándwich como un accesorio, que esto era lo que realmente había venido a buscar. El riesgo se enroscó bajo mi estómago, pero la sonrisa codiciosa del recepcionista relampagueó en mi mente: quinientos dólares compraban más que silencio; compraban un cómplice.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, los dedos de Celeste se enredaron con los míos: juguetones al principio, luego apretando con urgencia repentina al arrastrarme por el pasillo. Sus zapatos repiquetearon contra el mármol, cada paso una cuenta regresiva hacia lo que ambos sabíamos que ocurriría. El lector de tarjetas pitó bajo su agarre tembloroso, la puerta crujiendo al abrirse para revelar una suite bañada en la luz dorada de la tarde melburniana.
El aliento de Celeste se cortó: una inhalación aguda y audible que erizó los vellos de mi antebrazo. Su agarre en mi cuello se tensó, nudillos blanqueando la tela mientras probaba mis labios, mi lengua, mi alma. La luz vespertina filtrándose por las ventanas de su suite capturó los destellos dorados en sus ojos avellana, volviéndolos fundidos. Por un latido, pareció casi asustada. Pero para que este plan funcionara, necesitaba precisión quirúrgica, así que tuve que forzar una parada.

- Antes de empezar, quiero aclarar algunas cosas. - Mi voz sonó más áspera de lo planeado, grava arrastrándose contra acero.
El aliento de Celeste se cortó (agudo y audible), sus dedos apretando mi cuello como si se aferrara a un precipicio.
- Primero… esto no es solo follar. - La luz vespertina capturó el oro en sus ojos avellana, volviéndolos líquidos. - Esto es venganza. (Observé su garganta moverse al tragar.) Cada vez que Reginald te ignoró… (sus pestañas aletearon) cada vez que te trató como mobiliario… (su pulso martilló bajo esa peca que noté antes) lo estamos borrando desde hoy.
Sus dedos se tensaron en mi cuello...
- Segundo… no eres inexperta. Eres inexplorada. Y voy a mostrarte cada delicioso centímetro de lo que te has perdido.
Celeste exhaló bruscamente por la nariz: un sonido entre risa y rendición. Sus dedos temblaban donde agarraban mi cuello, las uñas frambuesa clavándose en la tela. La luz del atardecer en la suite convirtió los destellos dorados de sus ojos dilatados en fuego líquido.

• ¿Tercero? - susurró, su voz deshilachándose como seda vieja.
Mi pulgar trazó el arco de su labio inferior, sintiendo el delicado temblor bajo mi contacto… como una hoja atrapada en una brisa lenta.
- Tercero… vamos despacio. - Mi voz se endureció en los bordes, raspando contra el silencio entre nosotros. - Sin manos apresuradas. Sin bocas codiciosas…
El aliento de Celeste se cortó al sostener su mandíbula, mis dedos abarcando la frágil columna de su garganta...
- Quiero que lo sientas… cada caricia, cada suspiro, cada vez que tu cuerpo se dé cuenta de que fue hecho para más que sus patéticos ejercicios de dos minutos.
Sus pupilas devoraron el avellana de sus iris: oscuros e insondables, hambrientos pero vacilantes. Llevé sus nudillos a mis labios, besando cada uno con lentitud deliberada. El sabor de su piel era sal y algo floral, socavado por un regusto metálico de nervios.
- Última regla. -murmuré contra sus dedos. - Si dices 'para', paramos…
Mis dientes rozaron su lóbulo, sintiendo su estremecimiento recorriéndome...
- Pero si dices 'más'... - La promesa flotó entre nosotros, densa como la luz vespertina acumulándose en la alfombra. - ...te arruinaré para cualquier otro.
Celeste exhaló (un sonido suave, de rendición) y se inclinó hacia mi contacto. Sus dedos forcejearon con los botones de mi camisa, sus uñas enganchándose en la tela de un modo que delataba su inexperiencia. Dejé que luchara un momento, observando el rubor trepar de su pecho a su garganta, antes de cubrir sus manos con las mías.
- ¡Déjame! - murmuré, guiando sus dedos al dobladillo de su vestido en su lugar.
La tela susurró al deslizarse sobre sus hombros, formando un charco azul marino a sus pies. La luz vespertina capturó el encaje de su sostén blanco: discreto pero delicado, las copas apenas conteniendo el suave volumen de sus pechos. Sus bragas a juego se ajustaban bajas en sus caderas, los bordes festoneados enmarcando la curva gentil de su pelvis. Cuando cruzó los brazos sobre su pecho, sus hombros se encorvaron como si quisiera empequeñecerse bajo mi mirada.

• S-sé que quizás no soy... - Su voz se quebró, las palabras disolviéndose en un hipo húmedo. - Agradable para el…
Atrapé su mentón, inclinando su rostro hacia el mío. La lágrima aferrada a sus pestañas tembló antes de desbordarse. El descuido de Reginald había cavado zanjas en su confianza, dejándola insegura incluso en su propia piel. La besé lentamente… profundamente… dejando que mi lengua trazara la costura de sus labios hasta que se abrieron en un suspiro. Sus manos revolotearon contra mi pecho antes de asentarse, sus dedos enroscándose en mi camisa como si temiera que pudiera desaparecer.
- ¡No, Celeste! ¡Eres hermosa! - Las palabras salieron de mis labios como un juramento, ásperas de convicción.
Mis manos abarcaron su cintura, los pulgares trazando las delicadas crestas de sus costillas mientras la atraía contra mí. Su jadeo vibró en mi pecho (mitad sorpresa, en parte alivio) mientras sus frágiles brazos se enredaban alrededor de mi cuello como enredaderas buscando luz solar.
El sostén se abrió con facilidad, el sonido sorprendentemente fuerte en la habitación silenciosa. Celeste se congeló, su aliento cortándose audiblemente mientras el encaje se deslizaba por sus hombros. La luz vespertina capturó el suave volumen de sus pechos: más pequeños que los de Marisol, pero exquisitamente formados, los pezones rosados ya erectos.

• ¡Dios mío! - susurró, sus brazos crispándose como para cubrirse.
No la dejé. Mi boca cubrió un pezón, mi lengua trazando círculos lentos hasta que gimió. El sabor de su piel (sal y algo floral) me hizo succionar con más fuerza, mis dientes rozando el sensible botón. Los dedos de Celeste se enredaron en mi cabello, tirando casi dolorosamente mientras sus caderas se estremecían contra las mías.
- ¿Así? - murmuré contra su piel, sonriendo ante su asentimiento sin aliento.
Mis manos deslizaron más abajo, amasando la suave curva de su trasero a través del delicado encaje de sus bragas. Se arqueó bajo mi contacto con un gemido suave, sus muslos temblando donde presionaban contra los míos. El calor húmedo de su excitación traspasaba la tela, invitándome a bajar. Enganché un dedo bajo la cintura de encaje (lento, deliberado) viendo sus ojos dilatarse con comprensión.
• ¡No! ¡No! - Celeste jadeó cuando las bragas se deslizaron por sus muslos, sus manos revoloteando para cubrirse.

Pero atrapé sus muñecas, presionándolas suavemente contra el colchón mientras me colocaba entre sus piernas. Su aroma (almizclado y dulce) me golpeó con fuerza al separar sus pliegues con mis pulgares. Los rizos oscuros brillaban con su excitación, sonrosados contra su piel pálida.
• ¡Reginald nunca…! – emitió un leve jadeo.
- ¡Lo sé! - No la dejé terminar.
Mi lengua trazó círculos lentos en su clítoris, saboreando cómo sus muslos temblaban como árboles jóvenes en una tormenta. Su sabor (almizclado y levemente dulce, como duraznos maduros al sol) inundó mis sentidos al presionar más profundo.
- Ese es el punto.
Sus caderas se estremecieron cuando deslicé dos dedos dentro, curvándolos justo contra ese punto esponjoso que hizo que sus dedos de los pies se encogieran. El edredón se arrugó bajo nosotros como pergamino descartado, la tela susurrando secretos mientras ella se arqueaba bajo mi contacto. Su respiración llegaba en ráfagas entrecortadas (cada exhalación más caliente que la anterior) hasta que sus dedos se enredaron en mi cabello con fuerza suficiente para doler.
• ¡Dios, eres tan bueno en esto! - jadeó, su voz deshilachándose.

Sonreí contra la suave carne de su muslo interno, mordisqueando levemente solo para sentirla estremecerse.
- ¡Dices eso como si tuvieras un marco de referencia!
(You say that like you’ve got a frame of reference.)
Mis dedos la estimularon más rápido ahora, los sonidos húmedos obscenos en la habitación silenciosa.
La risa de Celeste fue sin aliento, incrédula… luego se quebró en un gemido cuando sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza. Su orgasmo llegó como una carga explosiva: demorado, luego devastador. Lo sentí primero en el aleteo de sus músculos alrededor de mis dedos, luego en el agarre convulsivo de sus manos arrastrándome más cerca mientras ahogaba un grito contra la almohada.
Mis labios trazaron un camino lento por su cuerpo tembloroso: deteniéndome en el hueco de su cintura donde el sudor se acumulaba como rocío matinal, luego más arriba hacia el aleteo frenético de su pulso bajo esa peca que había memorizado. Cuando finalmente llegué a su boca, jadeó contra mis labios, probándose en mí: aguda y desconocida, como morder un durazno para encontrar vino bajo la piel.
- ¿Sigues pensando que no eres agradable para la vista? - murmuré, atrapando su labio inferior entre mis dientes.
Sus mejillas se tiñeron de carmesí, el rubor extendiéndose por su garganta hasta donde mi pulgar presionaba levemente su tráquea.

• Eres... minucioso – exhaló en su fino acento británico, sus caderas arqueándose del colchón cuando arrastré mis nudillos por su muslo interno.
(You're... thorough)
- ¡Esa no es una respuesta!
Mi lengua pasó por su clavícula, saboreando la sal de su piel. Debajo de mí, Celeste se estremeció: no por miedo, sino por la aturdida comprensión de que su cuerpo podía cantar así. Observé sus manos aferrar las sábanas, las uñas teñidas de frambuesa clavándose en la tela mientras volvía a sumergir mi cabeza entre sus piernas.
Celeste tenía razón en una cosa: Marisol me había entrenado bien. Mi esposa me despertaba la mayoría de las mañanas con sus labios alrededor de mí, llamándolo su "desayuno caliente". A cambio, pasaba las mañanas del sábado trazando cada secreto de su cuerpo con mi lengua hasta que temblaba. ¿Pero Celeste? Jadeaba como una mujer descubriendo el fuego por primera vez, sus muslos apretándose alrededor de mis oídos mientras la trabajaba con movimientos lentos y deliberados. Para mujeres como ella, la idea de múltiples orgasmos parecía un evento raro. Sin embargo, cuando ocurre más de una vez, siguen regresando por más...

La habitación del hotel olía a loción corporal de lavanda y la leve carga de ozono del aire acondicionado: limpio, estéril, en contraste con el calor húmedo de la piel de Celeste bajo mi lengua. Sus piernas desnudas se estremecieron cuando arrastré mis labios por el interior de su muslo… lento, saboreando el jadeo de su respiración cuando me detuve justo antes de donde más me deseaba. Sus dedos se enredaron en mi cabello, no guiando, solo sosteniendo, la presión desigual como si no pudiera decidir si empujarme más cerca o alejarme. El aroma de su excitación se aferraba al aire, espeso y dulce como miel al sol.
• ¡Marco…! - Su voz titubeó, el nombre rompiéndose en dos sílabas. Sus caderas se estremecieron cuando mi aliento rozó su clítoris. - ¡No tienes que…!

Mordisqué la piel suave cerca de su hueso de la cadera, sonriendo contra el jadeo que le arrancó.
- ¡Quiero hacerlo! - Las palabras vibraron contra su carne, bajas y deliberadas. Sus muslos temblaron. - ¡Levanta las caderas!
Obedeció con un exhalo tembloroso, sus manos aferrando las sábanas mientras se arqueaba. En el instante en que mi boca volvió a cubrir su clítoris, su espalda se arqueó fuera de la cama como si un cable vivo hubiera tocado su columna. Su jadeo se quebró: un sonido atrapado entre el shock y el hambre, como si hubiera olvidado cómo respirar.
Mantuve mi ritmo lento, irregular. Sin patrones predecibles… solo la tortura deliberada del contraste. Suaves lengüetazos seguidos por el roce afilado de dientes, luego arrastrando calor húmedo en círculos lentos y amplios hasta que sus muslos se cerraron alrededor de mis oídos como orejeras. Sus gemidos se agudizaron, quebrándose en sonidos crudos y sin palabras que llenaron el aire estéril del hotel.
Cuando llegó al orgasmo, fue con un grito ahogado, sus caderas convulsionando contra mi boca como un motor fallando. No me detuve… no pude detenerme… no cuando sus músculos internos palpitaban alrededor de mis dedos en pulsaciones frenéticas. Sus manos volaron a mis hombros, empujando débilmente, sus uñas frambuesa clavando medias lunas en mi piel.
• ¡Demasiado! … ¡Demasiado!... - Las palabras salieron estranguladas, su garganta trabándose como si fueran piedras que no podía tragar.
(Too much!... Too much!)

Suavicé el contacto, pero no me retiré, manteniendo mi lengua plana y ancha contra ella en lugar de puntiaguda.
- Espera diez segundos. - Mi voz era áspera, las palabras vibrando contra su carne húmeda.
Su gemido fue mitad protesta, mitad súplica: el sonido que haría un animal herido al ser acorralado, pero no listo para huir. Para el quinto segundo, sus temblores cambiaron… los espasmos involuntarios por sobreexcitación cediendo a algo más lento, más deliberado. Sus muslos, que habían estado rígidos alrededor de mi cabeza, se relajaron lo suficiente para que sintiera la curiosidad filtrarse. Para el octavo segundo, sus dedos regresaron a mi cabello, titubeantes al principio, luego apretándose con fuerza cuando murmuré aprobación contra ella.
Reí contra su piel… un sonido bajo y cómplice que hizo que sus caderas se estremecieran.
- ¡Lo sabía!
La primera vez, siempre las rompía; La segunda, las enganchaba…
Esta vez, la desarmé más rápido: mis dedos curvándose dentro de ella en ese ángulo perfecto mientras mi lengua giraba alrededor de su clítoris en espirales estrechas e implacables. Sin preámbulos, solo eficiencia despiadada ahora que había cartografiado sus respuestas. Su segundo orgasmo la arrasó como una resaca: muslos temblando violentamente, dedos de los pies enroscándose en el edredón con fuerza suficiente para romper hilos, un gemido quebrado escapando de sus labios mientras se aferraba a las sábanas como si pudieran anclarla.

Cuando succioné su clítoris, fue un espectáculo completamente distinto: la espalda de Celeste se arqueó completamente fuera del colchón como si le hubieran electrocutado, un jadeo estrangulado escapándose de su garganta antes de que pudiera morderse. Sus manos volaron a mi cabello, los dedos enredándose violentamente en los mechones mientras sus muslos se cerraban alrededor de mis oídos con presión contundente. La habitación olía a loción de lavanda y el aroma acre de la excitación de Celeste, mezclándose con el tenue susurro metálico del aire acondicionado. Sus muslos temblaban contra mis hombros, aún resbaladizos por el sudor y las pruebas de su placer. Besé su cuerpo lentamente (el hueco de su cadera, la curva temblorosa de su cintura) dejándola sentir cada centímetro del recorrido. Su piel sabía a sal y al persistente toque floral de su perfume.
- ¡Estás temblando! - murmuré contra su esternón, sonriendo ante cómo su caja torácica palpitaba bajo mis labios.

La risa de Celeste era sin aliento, irregular.
• ¡No creo… oh… que mis piernas funcionen todavía! - Su voz se quebró en la última palabra, áspera por la incredulidad.
(I don’t… oh… I don’t think my legs work anymore)
Mordisqué la curva de su pecho, disfrutando su jadeo.
- ¡Bien! -Mi pulgar trazó la húmeda línea de sus labios, aún hinchados por reprimir gemidos. - ¡Eso fue solo el aperitivo!
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